Por desgracia, ni los razonamientos mundanos y filosóficos del padre

Piñón, ni sus creencias, ni las antífonas del breviario que citaba,

llevaban el mayor consuelo al ánimo de D. Faustino. Sólo dos personas

había hallado en el mundo con quienes su corazón verdadera y

profundamente simpatizase, con quienes su espíritu estuviese en

comunicación real: su madre y María. Una había muerto; de la otra, tal

vez para siempre le apartaba un obstáculo invencible. De esto no

acertaba á consolarse con nada.

Por otra parte, ahora que ya había perdido á su madre, el Doctor se

echaba en cara su desvío, ó por lo menos su tibieza para con ella. Se

culpaba de no haberla amado y respetado bastante, y no se lo perdonaba.

El Doctor se fingía creyente, religioso, por un momento, y comprendía

que, no sólo el padre Piñón, sino todos los sacerdotes del mundo le

absolverían de aquellos pecados. Dios, cuya justicia no es mayor que su

bondad, pues ambas son infinitas, le perdonaría también; pero él no se

perdonaba. Acumulaba sus faltas como quien hace una suma; y así como por

más que se esforzase no podía conseguir que tres y dos no fuesen cinco,

así tampoco podía lograr perdón para aquella suma dentro de su

conciencia recta y fría como la tabla de sumar ó como un conjunto de

axiomas. Entonces exclamaba:--¡Qué felicidad es creer en una

misericordia infinita, en un amor sin límites, que le perdona á uno lo

que uno mismo no se perdona! Yo tengo en mí un ideal de perfección, que

sólo me sirve de tormento, porque jamás llego á él; y cuando me examino

y estudio, veo que me aparto de él y me degrado más cada día. ¡Dichosos

los que imaginan percibir ó perciben una realidad suprema, cuya bondad

inagotable los purifica, elevándolos hasta ella!

La niña Araceli procuraba también consolar á D. Faustino; pero lograba

menos aún que el padre Piñón.

Entre tanto, la niña Araceli había prestado á la casa un servicio

inmenso. Todo el dinero que tenía ahorrado, que pasaba de dos mil duros,

le había traído y entregado á Respeta para que pagase á los acreedores.

La venta de las alhajas de Doña Ana y de los frutos que aun quedaban en

la casa había producido cerca de otros mil duros. Y por último, la niña

Araceli, empeñando sus bienes, había traído hasta otros seis mil duros,

con todo lo cual había nueve mil, y sobraba para salir del apuro y

salvarse de la ejecución.

Doña Ana logró morir con el consuelo de ver esta gran prueba de amistad

de la niña Araceli, que vino á cuidarla, recibió su último suspiro y le

cerró los ojos.

Para el Doctor, aunque agradecido á la niña Araceli, era una humillación

que hubiese hecho ella lo que él, que tan capaz de todo se juzgaba, no

había podido hacer. Tenía, además, el Doctor, cierta envidia generosa de

que la niña Araceli, y no él, hubiese sido quien oyó las últimas

palabras de la moribunda, y vió apagarse la postrera luz de su dulce

mirada, y sintió en su rostro, inclinado sobre el lecho de muerte, el

aliento final de aquel noble pecho.

Como la muerte de Doña Ana había provenido en parte de los disgustos é

insolencias del Escribano usurero, no dejó de pasar por las mientes del

Doctor la idea de tomar venganza. Pero pronto la desechó considerándola

miserable y hasta ridícula. El Escribano, y sobre todo, Rosita, que

mandaba en el Escribano, no habían recibido sino agravios de la casa de

los Mendoza; y si los habían satisfecho reclamando lo que les

pertenecía, nada había que vengar ni nada de que quejarse. Don Faustino

sólo sentía por el Escribano y por Rosita un desprecio profundo,

desprecio que estamos nosotros muy lejos de justificar.

D. Juan Crisóstomo Gutiérrez estaba compunjido y aterrado con la muerte

de Doña Ana y con la venida del Doctor. Unas veces soñaba que la muerta

entraba en su cuarto de noche y venía á tirarle de los piés; otras veces

sospechaba que el vivo D. Faustino iba á darle una paliza el día menos

pensado.

En el pueblo, donde el Escribano era por lo general odiado, como suelen

ser los ricos por los pobres, sobre todo cuando los ricos no son

generosos, casi todos los contrarios de los Mendoza, que en un principio

habían aplaudido la venganza, movidos á compasión por la muerte de Doña

Ana, se desataban en invectivas contra aquel usurero infame y sin

entrañas, que era lo menos que de él decían.

Rosita, por su parte, se mostraba sombría y silenciosa, aunque procuraba

parecer impasible. Si allá en el fondo de su alma pugnaba por surgir el

arrepentimiento, pronto le sofocaba ella evocando el recuerdo de todas

las injurias recibidas. La noche de la Nava se presentaba viva en su

imaginación, con su abandono, con su deleite, con todos sus hermosos

delirios, que casi al punto se desvanecieron. Estas imágenes eran para

el corazón de Rosita como una copa donde había gustado néctar y donde no

había ya sino turbias heces de hiel y veneno. Recordando aquella noche y

recordando la otra en que sorprendió al Doctor con María, Rosita, lejos

de arrepentirse, se apesadumbraba de ser una flaca y desvalida mujer, y

se avergonzaba de no ser bastante valerosa para buscar al Doctor y darle

de puñaladas.

D. Faustino, lleno de pena, ni quería salir de casa ni tratar de

negocios, y encargó al padre Piñón para que fuese en casa del Escribano,

en compañía de Respeta, á pagar lo que debía y á levantar las hipotecas

que pesaban sobre sus bienes.

De la materialidad de recibir y contar el dinero cuidó Rosita. Durante

esta prosaica operación, en el despacho particular de la casa, mientras

su padre estaba en la escribanía, Rosita se quedó á solas con el padre

Piñón, y éste le dijo:

--Ya tienes ahí todo el dinero; ya estás pagada; ya debes estar

contenta.

--¡Ay, padre, padre! La deuda que Faustino contrajo conmigo no se paga

con todo el oro del mundo. Ni con su sangre y su vida la pagaría.

--Eres una pecadora empedernida--replicó el padre Piñón.--Por ahí me

acusan de que tengo la manga ancha, y es verdad que la tengo. Á mucho

amor, mucho perdón; tal vez entienda yo muy á la letra aquello de que le

será perdonado mucho á quien mucho ha amado; pero cuando el amor se

trueca en odio, te aseguro que se me quitan las ganas de perdonar. Dime,

desalmada mujer, ¿no te remuerde la conciencia de la muerte de Doña Ana?

--Oiga V., Padre, ¿y por qué ha de remorderme la conciencia? ¿Qué culpa

tengo yo de que la tal señora se haya muerto? La matarían los diablos y

condenados con quienes andaba de tertulia por la noche. Lo que es

nosotros nos lavamos las manos. ¡Pues no faltaba más!... Lucidos

estaríamos si no pudiésemos pedir lo que se nos debe, por temor de que

los tramposos sensibles y delicados se nos murieran. Vaya... si por tan

poca cosa diesen los tramposos en la gracia de morirse, España se

convertiría en un desierto.

--En un desierto es en el que yo predico predicándote á tí,--dijo por

último el Padre Piñón, y selló sus labios.

Tres semanas después de la muerte de su prima, la niña Araceli se volvió

á su lugar, acompañada de Respeta y otros criados. La niña Araceli hizo

desde luego donación á D. Faustino de sus dos mil duros ahorrados. D.

Faustino trató en balde de reconocer aquella deuda y de pagar intereses.

De los otros seis mil duros que había Doña Araceli tomado prestados con

hipoteca de sus bienes, el Doctor se comprometió en regla á pagar los

réditos, para no ser más gravoso á su tía. Tía y sobrino se despidieron

con lágrimas y tiernos abrazos, á más de tres leguas del lugar, hasta

donde fué el Doctor acompañándola.

Durante la permanencia de Doña Araceli en Villabermeja al lado de su

sobrino, á pesar de que éste jamás preguntó por su prima Costanza, Doña

Araceli, que era locuaz y expansiva, le informó de que la marquesa de

Guadalbarbo era en extremo dichosa. Su marido la adoraba. La fortuna los

favorecía. Todo les salía bien. Nadaban en la opulencia. Se habían ido á

Londres, donde el marqués tenía negocios de banca, y cada día juntaba

más dinero, sin dejar por eso de conservar todas sus fincas en España y

aun de comprar otras.

De María es de quien el Doctor hubiera querido saber; pero el único que

de algo quizás podría informarle era el padre Piñón, que todo se lo

callaba, afirmando que no sabía dónde María había ido.

--Sólo sé--añadía--que te amaba con todo su corazón; que, sin embargo,

ha debido abandonarte, y que tal vez no la volverás á ver en esta vida.

Sin madre y sin amiga, sin las dos únicas personas á quienes amaba y

respetaba, se halló el Doctor en la soledad más espantosa. Respetilla

trataba de entretenerle y distraerle; pero sus noticias y sus chistes no

le arrancaban ni una sonrisa. El padre Piñón había intimado con D.

Faustino y venía á verle con frecuencia; pero tampoco el padre Piñón

penetraba en el alma y en el pensamiento del Doctor. Es cierto que le

echaba sus sermones, que le citaba versículos y oraciones y sentencias

del Breviario, y que á veces apelaba al sentido común y razonaba con

cierta filosofía burda; pero siempre que el Doctor se dignaba dar

contestación á todo aquello, solía quedarse el Padre en ayunas de lo que

el Doctor decía, figurándosele que no hablaba en castellano, sino en

griego. De esta suerte venían á terminar los diálogos entre ambos,

quedando el Doctor y el clérigo muy poco satisfechos el uno del otro,

aunque buenos amigos.

Imaginó, pues, el Doctor que su espíritu, en lo que tenía de más íntimo

y esencial, estaba completamente incomunicado, y que sólo en lo somero,

vulgar y casi indiferente se tocaba con otros espíritus. Aquel

aislamiento y aquella soledad se le hicieron insufribles. Entonces pensó

de nuevo, como ya otras veces había pensado, en la posibilidad de

entenderse y comunicar con espíritus que no fuesen de los que tenían

cuerpo humano, y en si esto sería factible por otro medio más sutil que

la palabra material, que agita el aire y que el aire transmite. Tan

grande fué el esfuerzo de su fantasía y su contínua preocupación para

lograr esto, que no pocas noches, en el silencio de su retiro, creyó ver

á la coya que se destacaba del marco y venía á decirle misteriosos

discursos, que penetraban en su alma sin pasar por los oídos, y vió de

nuevo el espectro de María que llegaba hasta él y le infundía en la

mente y en el corazón sentimientos inefables y conceptos intraducibles

en toda lengua humana. Aun así, esto no satisfacía al Doctor.

--Si el mundo de los espíritus existe--calculaba él,--debe de tener más

realidad, más ser, más luz y más vida que el mundo de la materia; pero

en estas apariciones y visiones, y hasta en las ideas que me comunican,

hay tanto de vago, de inconsistente, de incierto, de crepuscular, que

sospecho que es un mundo de sombras fantásticas y de quimeras, y no un

verdadero mundo espiritual éste en que penetro. ¿Quién sabe? Quizás lo

sobrenatural, el espíritu, no esté por fuera, no esté como separado de

la naturaleza misma y contraponiéndose á ella. Quizás que la penetre

toda y la anime. Quizás hago mal en apartarme de la naturaleza para

hallar el secreto que está en ella misma. ¿Será el universo un torrente

de vida divina, una revelación sucesiva de las fuerzas permanentes y

eternas, un hieroglífico lleno de sentido, donde cada cosa es signo,

cifra, representación de algo oculto, y el todo, para quien logre

interpretarlo, la solución del enigma? Siendo de este modo, la

naturaleza sería el manantial del conocimiento del espíritu. En sus

profundidades estaría el misterio divino. Pero ¿cómo sumirse en esas

profundidades? Toda la ciencia experimental no traspasa jamás la

superficie, la corteza: describe minuciosamente la cifra, y no da la

clave para descubrir lo cifrado. ¿Dónde hallar esa clave? ¿La cábala, la

magia, la teurgia serán posibles?

El Doctor, á fuerza de no creer en casi nada, empezó á creer un poco en

las ciencias ocultas.

Á menudo se quedaba mirando á Faón, cuya compañía era la única que no le

cansaba, y sentía deseo de que el podenco se convirtiese en el diablo;

pero en seguida negaba resueltamente que el diablo existiese, negando,

por lo tanto, la magia negra. La magia blanca, la magia no diabólica, es

la que seguía pareciéndole verdadera. El diablo no servía de nada si un

fuego, un hálito divino circulaba por el universo todo vivificándole;

porque lo ínfimo y lo supremo, lo pequeño y lo grande, este mundo

sublunar y toda la inmensidad del espacio poblado de soles debían de

estar estrechamente enlazados por aquella fuerza invisible. ¿Y por qué

el hombre no había de apoderarse de aquella fuerza? Si penetra y anima

el mundo de los cuerpos, la naturaleza toda, ¿dónde ha de ser más

enérgica que en la naturaleza humana? Si lo divino se filtra por el

universo y es el núcleo y constituye la esencia de las cosas, ¿cómo no

ha de estar asimismo en el centro de nuestro ser, en el abismo de

nuestra alma? De esta suerte pasaba el Doctor del arte mágica al arte

mística. Pero ni en el mundo exterior, penetrando en el seno de la

naturaleza con amor y entusiasmo; ni en el mundo interior de su alma,

buscando con el mismo entusiasmo y el mismo amor el objeto de su anhelo,

abstrayéndose de todo lo exterior, mortificando los sentidos é

imponiendo silencio á las pasiones, acertaba el Doctor á descubrir el

misterio, á declarar la cifra, á resolver el problema y á proporcionarse

un interlocutor que le conviniese é interesase más que el padre Piñón y

que Respetilla.

Tal vez le faltaban libros; tal vez ni de magia ni de mística había

leído lo bastante, y caminaba á ciegas, queriendo ejercer artes

dificilísimas, en las que apenas estaba iniciado.

Aunque sólo fuese por esto, el Doctor necesitaba ir á Madrid.

Por otra parte, lejos de aquel centro del movimiento intelectual, poco ó

mucho, que hay en España, no ya sólo serían estériles los trabajos del

Doctor, así en la magia como en la mística, en la filosofía y en la

poesía, sino también en las demás ciencias, artes y disciplinas más

bajas y vulgares, como la política, por ejemplo.

El Doctor, pues, á los seis meses de muerta su madre, impulsado de las

antedichas consideraciones, deseoso de acabar de aprenderlo todo, y

lleno de ambición difusa y de esperanza confusa de ser cuanto hay que

ser, hombre de Estado, poeta, orador, filósofo, sabio, y hasta mago y

místico, arregló sus negocios en Villabermeja; jubiló á Respeta, que lo

deseaba; puso de aperador á Respetilla; reunió hasta doce mil reales; y

con este dinero, después de una tierna despedida del padre Piñón, de

Respeta, de Respetilla, del ama Vicenta y del podenco favorito, se

plantó en la corte y se fué á vivir á una casa de huéspedes, donde por

un duro diario le daban cuarto, cama, luz, almuerzo, comida y cena.

[Imagen decorativa]

XXVI.

ILUSIONES QUE SE VAN PERDIENDO

Toda, casi toda la poesía, cómica y trágica, que había en la persona del

Doctor y en el ambiente que le circundaba, se disipó al salir de

Villabermeja. Allí se quedaron los dos uniformes de maestrante y de

lancero, el bonete y la muceta, los vestidos de majo, la jaca, el

podenco Faón y el fiel escudero Respetilla. Allí no podía menos de

quedarse también la noble casa solariega, el castillo de que él era

alcaide perpetuo, y la bóveda sepulcral donde yacían sus antepasados. De

señorito principal, aunque semiarruinado, medio ermitaño, medio mágico,

querido de las mujeres, objeto de adoraciones sublimes y de enconados

odios, figura novelesca, que ya podía compararse al Edgardo de Walter

Scott, ya al Manfredo de Byron, se transformó en un aventurero más, en

un perdido más, de los que vienen á Madrid á buscar fortuna.

Las locuras maravillosas, los conatos de ser teósofo, mágico y místico,

pasaron en seguida, preocupada la mente con otras aspiraciones más

vulgares. Las visiones y apariciones fantásticas de los espíritus de la

coya y de María no se dignaron entrar en la prosaica casa de huéspedes.

Durante muchos años permanecieron vivas, sin embargo, las ilusiones del

Doctor, aunque todas, una á una, iban lastimándose y quebrándose en la

piedra de toque del éxito.

Como poeta lírico, llegó á publicar algunas composiciones en periódicos

literarios; pero la gente estaba ya harta de suspiros, de lamentos y de

quejas con sonsonete ó cancamurria, y no hizo caso de los versos del

Doctor.

Hizo el Doctor varias tentativas para ser poeta dramático; pero se quedó

siempre en las dos ó tres primeras escenas de cada uno de sus dramas. La

crítica más despiadada acompañaba en su mente á la inspiración ó á lo

que otros llamarían inspiración; y convenciéndole á tiempo de que estaba

escribiendo tonterías ó disparates, le forzaba á dejarlos á un lado y á

que no los concluyese. El hambre no le apretó jamás por tal arte, que le

llevara á proseguir, para ver si el público, más indulgente ó menos

juicioso que él, aplaudía lo que él reprobaba, y tomaba por discreto lo

que él desechaba por sandio.

Creyéndose capaz de ser un gran poeta épico y de compendiar, cifrar y

resumir en una epopeya colosal toda la civilización presente, con

iluminaciones, vaticinios y como auroras de la futura, emprendió tres ó

cuatro veces la susodicha epopeya; pero no pasó nunca de un centenar de

versos. La perversa crítica acudía á su cuarto de la casa de huéspedes y

ahuyentaba á las musas á latigazos.

Procuró el Doctor hablar en el Ateneo, y siempre se le trabó la lengua y

no acertó á decir nada.

Consiguió entrar de redactor en un periódico; pero no sintiendo ni

sabiendo fingir que sentía la pasión política de otros, y siendo además

enorme su pereza, tuvo que salirse de la redacción, á fin de que no le

echaran por inútil.

Embobado con mil ideas de indefinido progreso, de paz, de bienandanza,

de luz y de gloria para el humano linaje en general, y en particular

para su patria, se encumbraba á tales alturas, que cuanto acá por la

tierra nos divide no le importaba un comino. Lo mismo le daba á él de la

monarquía que de la república, de la Constitución de tal año que de la

de tal otro, de esta ley electoral que de aquélla, de tal ley de

Ayuntamientos que de tal otra. Hasta la libertad, que era lo que más

amaba, considerándola como medio y no como fin, no era para él un ídolo

á quien no se pudiese en ocasiones dejar de rendir culto y ofrecer

sacrificios. Extrañaba, pues, el Doctor tanto frenesí, tanto calor

tanto brío como muchos ponían en la contienda, y se daba á sospechar si

las opiniones y teorías serían el pretexto, y si el verdadero motivo

serían las posiciones. En este punto, á pesar de toda su ilustración,

nuestro doctorcito era un bermejino completo, ó mejor dicho, un lugareño

español de cualquiera parte, salvo cuatro ó cinco provincias, donde

saben querer y saben lo que quieren, y por eso traen á mal traer á las

demás, que tienen la voluntad marchita. Lo cierto era, según el Doctor

notaba, que cada partido político de los que se disputaban el poder en

la prensa y en la tribuna se componía de unos cuantos señores visitantes

de la misma casa ó asistentes á la misma tertulia, los cuales no tenían

masas de pueblo detrás de sí, salvo varios espoliques que esperaban

cabalgar en un buen empleo, ni representaban una respetable

colectividad, ni eran como apoderados ó adalides de los altos intereses,

ideas, creencias y propósitos de clases enteras. Cada adalid fantaseaba

allá en su mente el credo que más le convenía y formaba á su antojo un

partido, del cual se hacía jefe. El Doctor se obstinaba en suponer que á

casi nadie le interesaba dicho credo más que á los que iban en su virtud

á tomar el mando; que el pueblo español no distinguía los matices, sino

los colores más vivos y marcados; que, según lo había declarado el gran

Donoso, se hartaba pronto de discusiones, de sutilezas y distingos, y

sólo gustaba de Barrabás ó de Jesús; y que, para pedir á cualquiera de

estas dos tan opuestas personas, no se valía del derecho de petición, ni

para proporcionarles un triunfo acudía á las urnas electorales, sino, ó

bien no hacía nada, ó echaba mano al trabuco.

Estas y otras consideraciones alejaban al Doctor de la política y le

hacían capaz de exclamar, como aquel viajero de un cuento de Voltaire,

cuando llegó á Persia, donde ardía la guerra civil, y le preguntaron qué

prefería, si el carnero blanco ó el carnero negro, que, con tal de que

el carnero estuviese bien asado, el color de la lana importaba poco; que

si, ora pidiendo carnero blanco, ora carnero negro, habían de consumir

en la lucha todos los otros carneros; y que si, ora pidiendo á Jesús,

ora á Barrabás, habían de hacer siempre barrabasadas, más valía que las

hiciesen pronto y de común acuerdo, sin pelearse ni arruinarlos á todos.

Si el Doctor se hubiera limitado á sentir y pensar así, aunque nosotros

hallamos que hubiera sentido y pensado desatinadamente, no le hubiera

sido perjudicial; pero lo peor era la maldita franqueza de su condición,

la cual no consentía que se le pudriese en el alma ni sentimiento ni

pensamiento alguno, por recóndito que debiera tenerse. De este modo--y

por ser tan escéptico en política,--no consiguió jamás ni siquiera ser

diputado.

Otra de sus ilusiones, y de las más persistentes y tenaces, fué la de

creerse un gran filósofo. Mas por lo mismo que tal se creía, le era más

difícil dar á luz escritos filosóficos. ¿Cómo había él de conformarse

con ninguno de los sistemas inventados ya en tierras extrañas y

sucesivamente de moda en nuestro país? No había de ser tradicionalista

ni flamante tomista; y ni Cousin primero, ni Kant, ni Hegel, ni Krause

por último, lograron alistarle bajo sus banderas. El Doctor soñaba con

sacar á relucir, cuando menos el mundo se lo percatase, un nuevo sistema

todo suyo. Así se pasaban los años y no producía nada. Consolábase, no

obstante, con una sentencia, que no recordamos bien si es ó no de

Aristóteles, por la cual se afirma que hasta bien cumplidos los

cincuenta, no llega el hombre á toda la madurez y plenitud de su

entendimiento. El Doctor aguardaba, pues, dicha edad para eclipsar á

Krause, á Kant y á Hegel.

También, pasado ya algún tiempo, y conservando en el alma, sólo como una

dulce memoria que interiormente la iluminaba, la bella imagen de María,

trató el Doctor de brillar en la alta sociedad y de ser amado de las

damas madrileñas; pero esta ilusión fué más vana que las otras. Todo el

toque de la dificultad, todo el busilis de este negocio, según el Doctor

había oído decir, estribaba en que alguna muy elevada le quisiese. Las

otras le tendrían al punto por hombre digno de amor, y acudirían á él

como á la miel las moscas. Por desgracia, no halló el Doctor á ésta que,

digámoslo así, había de romper la marcha. No era posible tampoco renovar

la estratagema de aquel empresario de la plaza de toros, que en tiempo

en que había menos afición que hoy notó que ningún año iba gente á la

primera corrida, sino que empezaba la gente á ir á la segunda, y decidió

dar principio por la segunda para que hubiera gente desde luego. Lo

cierto es que, sin posición, sin el brillo de la gloria ó de la riqueza

ó de los mismos triunfos en otros amores, obscuro, algo encogido, pobre

como las ratas, pisaverde de casa de huéspedes, en suma, es muy difícil

deslumbrar al bello sexo. No se halla á cada paso una princesa del

Catay, una Angélica amorosa, que elija por su Medoro á un señorito sin

nombre, poco ameno además, y dado á melancolías. El Doctor, por lo

tanto, era en Madrid como aquel Leonardo que Camoens nos pinta en _Los

Lusiadas_, tan infortunado en amores, que en la propia isla de Venus,

donde todo estaba dispuesto para agasajar y deleitar á los heroicos

portugueses, estuvo á pique de no topar con una sola ninfa que se le

mostrase piadosa y que no huyera de él como de la peste.

Como el Doctor se acicalaba y vestía con alguna elegancia y esmero, iba

á los teatros, á los bailes y reuniones, y hacía de vez en cuando

alguna calaverada, por ejemplo, perder quinientos ó mil reales al juego,

ó ir á comer ó cenar á una fonda, juzgándose por un instante, en aquella

ocasión, un Sardanápalo ninivita, un Baltasar babilónico, un romano de

la decadencia ó un mega-duque del Bajo Imperio, siendo esto del Bajo

Imperio lo que priva más entre los escritores políticos y moralistas al

considerar el lujo y relajación de nuestra edad, y echarla de Juvenales

y de Tertulianos severos; y como por otro lado, las poesías líricas, la

epopeya, los dramas que no llegaban á concluirse, y el sistema

filosófico que no acababa de inventarse, no producían, ni era natural

que produjesen, un ochavo, el pobre Doctor estaba casi siempre á la

cuarta pregunta. El caudal de Villabermeja (aunque, según á mí me han

asegurado, Respetilla era fiel administrador, por más que parezca

inverosímil) apenas producía para pagar los réditos de los seis mil

duros y enviar mil reales mensuales al Doctor, los cuales desaparecían

casi siempre á los tres ó cuatro días de cobrada la letra.

Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.2 · 第 6 / 14 段