--De un arriero enriquecido--contestó Joselito.--Eso importa poco. El

caso fué que yo me enamoré perdidamente de Juanita. Mis ardientes

miradas lograron excitar en su alma un amor igual al mío. En la misma

iglesia nos hablamos con tal recato y disimulo, que Doña Petra no

sospechó nada. Juanita y yo nos pusimos de acuerdo. Yo me escapaba por

la noche del convento é iba á verla á su casa, saltando por las tapias

del corral. Así seguían nuestros misteriosos y felices amores, cuando la

belleza de Juanita despertó, en una feria, gran cariño en el corazón de

cierto mayorazgo de la ciudad de..., no distante de Villabermeja. Doña

Petra concertó el casamiento de Juanita, la cual no se atrevió á

oponerse; pero me informó de todo al momento. Ambos nos decidimos

entonces á huir. La noche en que estaba todo dispuesto ya para la fuga,

que iba á ser en un mulo que había en el convento, llevando yo á las

ancas á Juanita, fuí á buscarla y á sacarla de su casa. Por desgracia,

el novio mayorazgo, que rondaba por allí con un criado suyo, me vió

cuando yo saltaba la tapia del corral, y antes de que cayese yo del otro

lado, me asió de una pierna, y tirando de mí con violencia, logró

derribarme en el suelo. Me levanté al punto algo magullado, y antes de

que me rehiciese me aplicó el mayorazgo tres ó cuatro furiosos

puntapiés, llamándome ladrón. Casi me derribó en el suelo otra vez, pues

era hombre forzudo de veras. Á pesar de mi turbación y malas andanzas,

tuve tiempo de ver y reconocer en quien me maltrataba á mi rival

aborrecido. Los celos, entonces, y la ira y la vergüenza de verme

afrentado de un modo tan cruel, me hicieron olvidar toda mi humildad de

novicio, que tanto el padre Piñón celebraba. Mi antigua mansedumbre se

trocó de repente en ferocidad y en encono. Las llamas del infierno

abrasaron mi corazón en deseos de pronta y terrible venganza. El diablo,

á quien sin duda hube de llamar en mi socorro, me oyó y me proporcionó

los medios en el acto. Junto al sitio hasta donde el último puntapié me

había echado había un montón de gruesas piedras. Agarré una, y con la

velocidad del rayo volví contra mi enemigo, y antes de que tratase de

parar el golpe, se le dí con tal tino y brío sobre la cabeza, de la cual

al pegarme había dejado caer el sombrero, que le hundí y rompí los

huesos de un modo horroroso, haciéndole caer muerto á mis plantas. Fué

todo esto tan instantáneo, que el criado no había tenido tiempo para

favorecer á su amo. Cuando le vió caer, sintió miedo de mí y empezó á

gritar: «¡Al asesino, al asesino!» Lleno yo de terror, todo confuso y

aturdido, pues era al cabo la primera muerte que hacía, no tuve

serenidad para huir. Salieron hombres de varias casas; me prendieron; me

entregaron á la justicia, y, por último, me condenaron á presidio. Con

los años y las desgracias deseché en presidio los escrúpulos que en el

convento me habían inspirado; conocí á fondo lo que es la vida, y ví que

era mala mi estrella y que sólo á fuerza de valor podía yo dominar su

influjo funesto. Un día, mientras trabajábamos en un camino, concerté

tan hábilmente las cosas con cuatro compañeros, que logré recobrar mi

libertad en su compañía, no sin que perdiese la vida uno de los

capataces que quiso detenernos. Desde entonces ando en este oficio en

que ahora me vé su merced, y no es posible que ande en otro. Juanita

murió miserable y deshonrada mientras estaba yo con la cadena. Dejó una

hija, que es María. Yo adoro á mi hija, señor D. Faustino. La quiero por

ella y porque es un recuerdo vivo de Juanita; pero María se avergüenza

de mí, me huye, no quiere verme. Los que la han educado le habrán

inspirado quizás algunas buenas ideas; pero se han olvidado de

inspirarle amor y hasta respeto á su padre. Sea yo quien sea, ¿dejaré de

ser su padre? ¿No es un mandamiento de la ley de Dios el que ella me ame

y me respete?

Mucho había que contestar á esto; pero al Doctor no le pareció prudente

ni oportuno ponerse á disputar con Joselito, y permaneció callado.

[Imagen decorativa]

XXIV.

SUNT LACRIMÆ RERUM

Viendo Joselito que el Doctor nada contestaba, prosiguió hablando de

esta manera:

--V. no me contesta, Sr. D. Faustino, porque cree que mi hija hace bien

en huir de mi lado, en aborrecerme, en despreciarme quizás; pero yo me

examino, me juzgo y no me hallo ni despreciable ni aborrecible. Quiero

conceder que hubo un momento de mi vida en el cual fuí completamente

libre y del cual pendió toda mi conducta ulterior. ¿Cuál fué ese

momento? ¿Fué cuando recibí los puntapiés y demás afrentas del

mayorazgo? ¿Debí aguantarme y sufrirlos con resignación? ¿Es así como no

hubiera sido despreciable? ¿Estuvo quizá mi culpa en no medir ni

calcular bien ni el sitio en que dí con la piedra, ni la violencia que

la piedra llevaba? ¿Dependió de mí entonces tener serenidad y acierto

para no matar al mayorazgo y magullarle y vengarme, quedando bien puesto

mi honor, ó, si los novicios no deben hablar de su honor, mi dignidad

de hombre? Para evitar aquel trance, ¿debí acaso renunciar al amor de

Juana, aconsejándole que engañase al mayorazgo y se casase con él, dando

gusto á su madre, y siguiendo yo de novicio, como si tal cosa? Esto

hubiera sido muy cómodo para todos, pero hubiera sido muy ruín. Lo

mejor, dirá V., hubiera sido no enamorarse de Juana, no seducirla. Pero

ni yo seduje á Juana ni ella me sedujo. Fuímos el uno hacia el otro,

atraídos por un impulso irresistible, como van el río á la mar y el humo

á las nubes. Nada... estaba escrito... era mi sino. No lo dude V.: yo

hubiera sido un santo si no llego á ver á Juana. El diablo se valió de

ella para perderme y de mí para perderla, sin que ni ella ni yo

pudiésemos evitarlo.

El Doctor sintió el prurito de contestar á todos aquellos sofismas, con

los cuales el bandido trataba de justificarse; pero calculó que era

inútil. Además, no se hallaba el Doctor con autoridad suficiente. Su

moral era clara y severa en la teoría, pero en la práctica dejaba mucho

que desear. Concediéndose los mismos bríos de Joselito, el Doctor se

ponía en su lugar y aceptaba la muerte del mayorazgo como obra suya. No

hay que decir que los amores con Juana, el saltar por las tapias del

corral y el proyecto de rapto, no parecían al Doctor impropios de su

carácter; él hubiera obrado del mismo modo en iguales circunstancias,

mas sin considerarse por eso exento de culpa. Donde ya veía el Doctor

una culpa con la que jamás se hubiera manchado, era con la fuga de

presidio y con haber adoptado después la vida de bandolero. De esto no

se absolvía el Doctor. ¿Había, sin embargo, razones para absolver á

Joselito? Tampoco. Los principios de la moral, la ley de la conciencia,

la intuición viva de lo justo y de lo bueno no resultan de largos y

prolijos estudios: lo mismo están grabados en el alma del hombre de

ciencia que en la del campesino más rudo. El que borra, tuerce ó

desfigura esos principios, esas leyes, esas nociones, es siempre

responsable, es culpado. El error de su entendimiento implica una falta

de la voluntad, que se empeña en sofisticar las cosas para acallar la

voz de la conciencia. No se puede negar que en ciertos pueblos, entre

gentes selváticas ó bárbaras, esa degradación, ese obscurecimiento de la

moral es obra de la sociedad entera: el individuo puede, por lo tanto,

no ser responsable de todo; pero en el seno de la sociedad europea no es

dable suponer ignorancia ó perversión invencibles. Por más que se

ahonde, por más que se descienda hasta las últimas capas sociales, no se

hallará el abismo obscuro donde vive un ser humano sin que la luz

penetre en su alma y grabe allí las reglas de lo bueno y de lo justo.

Así pensaba el Doctor, en nuestro sentir muy atinadamente, por lo cual

distaba mucho de justificar á Joselito el Seco y de ver en él una

víctima de la fatalidad, del sino, según él decía.

Joselito, permaneciendo siempre mudo el Doctor, trató de justificar y

hasta de glorificar su oficio.

Todo cuanto se ha dicho en libros y periódicos sobre lo mal organizada

que está la sociedad, sobre el modo que tienen muchos de adquirir la

riqueza explotando á sus semejantes, sobre el mal uso que de esta misma

riqueza se hace después, tiranizando y humillando á los pobres, todo se

lo sabía y lo explicaba Joselito; todo lo ha sabido y explicado, con

menos método y orden, pero con más viveza y primor de estilo, cuanto

ladrón ha habido en Andalucía desde hace años. El Tempranillo, el Cojo

de Encinas Reales, el Chato de Benamejí, los Niños de Écija y tantos

otros, sabían poco menos en esta censura de la economía social, que

Proudhon, Fourier ó Cabet pueden haber sabido. Joselito el Seco no se

quedaba á la zaga.

Tales declamaciones contra la sociedad parecían en aquellos tiempos, y

aun en años después, tan sin malicia, que las novelas de Eugenio Sué,

_El Judío errante, Martín el expósito_ y _Los Misterios de París_,

llenas del espíritu del socialismo, se publicaron en periódicos

moderados como _El Heraldo_.

Dejando aparte la cuestión de si es ó no justa, y de hasta qué punto lo

es la censura, no se ha de negar que, aun suponiendo parte de la

propiedad fundada en el robo, ora por violencia, ora por astucia, no es

modo de remediarlo robando también por medio de la astucia ó por medio

de la violencia, ya con la fuerza colectiva y grande de un estado

revolucionario, ya con la fuerza menos potente de una cuadrilla de

bandoleros. Joselito el Seco, no obstante, entendía ó quería dar á

entender que sí, apoyado en un antiguo refrán, cuya importancia es

inmensa. El refrán dice: _Quien roba al ladrón tiene cien años de

perdón_; y en este refrán se apoyaba para afirmar, no ya que no cometía

ningún delito, sino que ejercía todas las obras de misericordia,

cifradas y compendiadas en una. En efecto, Joselito no robaba jamás sino

á los ricos, á quienes despojaba sólo de lo que le parecía supérfluo,

dejándoles lo necesario. Hacía muchas limosnas, socorría no pocas

necesidades, y enviaba dinero á varios puntos para misas y funciones de

iglesia, porque era muy buen cristiano. Sostenía Joselito que casi todo

lo que había robado se lo había robado á ladrones, y los de su cuadrilla

jamás se echaban sobre la presa sin exclamar: «Rindete, ladrón, y suelta

la bolsa». La excesiva abundancia de dinero induce además á los hombres

á que se entreguen á la ociosidad, madre de todos los vicios; á que se

traten con sibarítico regalo, y á que ofendan á Dios, en suma, por no

pocos caminos. Por donde Joselito afirmaba que, despojando á muchos de

lo supérfluo, había contribuído poderosamente á la mejora de sus

costumbres y les había abierto y allanado el sendero de la virtud.

Después de esta apología, Joselito dió nuevo giro á su discurso, y habló

de la hacienda y casa de los Mendoza, cuyo estado conocía; lo pintó todo

como perdido sin remedio, y por último, dió al Doctor las noticias

recientes, que por sus espías y amigos él había recibido de

Villabermeja, sobre la venganza de Rosita y la amenaza de ejecución.

El dolor y la rabia de D. Faustino fueron muy grandes al saber tan

tristes nuevas. Al pensar en el apuro y desconsuelo en que estaría su

madre, no acertó á contener las lágrimas que brotaron de sus ojos.

--¡Por vida del diablo!--dijo Joselito,--¿qué lágrimas son esas? Un

hombre recio no llora nunca. ¿Quiere V. vengarse? Yo le doy mi auxilio.

Nada tiene V. ya que esperar de la gente. Rompa V. con toda. Declárele

la guerra con valor. ¿Sería V. acaso el primer mayorazgo arruinado que

se ha hecho de los nuestros? Una palabra resuelta de V., y V. es aquí el

amo. En tres ó cuatro días nos ponemos en la Nava, y hacemos, si V.

quiere, una atrocidad. El Escribano usurero nos soñará toda la vida. Le

quebraremos las tinajas, vertiendo el vino y el aceite; le mataremos las

reses; y si esto no basta, le incendiaremos la casería.

D. Faustino no pudo menos de romper entonces el silencio que hasta allí

se había impuesto.

--Joselito--dijo,--cada hombre tiene su natural y su modo de proceder.

Yo no quiero probarle á V. que V. obra mal; pero no puedo menos de

decirle que yo pienso de muy diversa manera y no puedo hacer nada de lo

que V. hace. El Escribano, usurero por sí ó en nombre de otros, pide lo

que le pertenece de derecho. Ninguna injuria me infiere. Nada tengo que

vengar. Aunque mi madre muriese de pena, no pensaría yo que el Escribano

usurero fuera el causante de su muerte. La culpa sería mía, que con mi

imprevisión no he sabido evitar tanto bochorno.

--Me aflige oir á V., Sr. D. Faustino--replicó Joselito.--No quisiera

ofender á mi prisionero; mas no puedo resistir á la tentación de decir á

V. que es V. un blandengue. Es treta muy común negar la injuria para

excusar el peligro de la venganza. Tiene V. razón: la injuria que no ha

de ser bien vengada ha de ser bien disimulada.

El Doctor perdió los estribos: se puso más colorado que una amapola; se

olvidó de que Joselito estaba armado siempre; se olvidó de que á una

voz de Joselito podrían acudir sus hombres y darle muerte en el acto.

--¡Voto á Dios!--dijo,--que yo no disimulo injuria alguna, y menos la de

V., que es quien me injuria. ¿Piensa el ladrón que todos son de su

condición? ¿De dónde, por perdido que yo esté, puede V. inferir que yo

voy á adoptar la infame vida que V. lleva? Repito que el Escribano está

en su derecho; que no me injuria, y basta que yo lo diga. El Escribano

obra como quien es: es ruín y obra ruínmente; pero no me injuria.

Joselito, en el primer momento, estuvo á punto de romper la cabeza al

Doctor, que así se desahogaba. En todos los días de su vida había tenido

Joselito tanta paciencia. Reportó su cólera. Allá en su interior casi se

alegró de que la persona de quien su hija andaba enamorada tuviese

tantos arrestos.

--¡Bien está!--dijo.--Á quien hoy toca, no disimular, sino perdonar las

injurias, es á un servidor de V., Sr. D. Faustino. No disputemos más.

Cada loco con su tema.

--Dispense V., Joselito, si me he exaltado un poco.

--La cosa no es para menos. Comprendo que debe de estar V. más quemado

que candela. Sentiré quemarle más; pero me importa recordar el pacto

que hemos hecho. V. tiene algo viva la sangre y puede olvidarlo á lo

mejor. Un caballero tan cabal, que está en su punto, sería una lástima

que se cegase y faltase á lo pactado.

--Yo no faltaré nunca.

--Con todo, no está demás recordar á V. que es mi prisionero; que ha

prometido no huir ni hacer armas contra nosotros, sino seguirme y

obedecerme.

--En cuanto no se oponga á mi honor ni á mis principios.

--Convenido. Pues sepa V. ahora, Sr. D. Faustino, que por más que no

quiera V. ser de nuestra compañía, V. ha de permanecer conmigo á modo de

cimbel ó reclamo.

--¿Qué significa eso?

--La cosa es muy sencilla. ¿Para qué sirven el cimbel y el reclamo? Para

que las avecillas enamoradas acudan donde ellos están. Pues para esto me

está V. sirviendo. Deseo que mi ingrata hija venga á mí; y ya que no

venga por amor de su padre, vendrá por amor de usted. Para esto sigue V.

en mi poder. Luego que venga María, yo concertaré con ella el precio del

rescate. Yo tengo donde ella viva segura y con mucho regalo. ¿Por qué no

ha de vivir María donde esté bajo el dominio de su padre, donde su padre

pueda verla? ¿Por qué ha de andar huyendo siempre de mí?

El plan del bandido era hábil. El Doctor no dudó de que María iba á

venir en busca de su padre, á fin de salvarle á él del cautiverio. El

caso era triste. Él iba á tener la culpa de que aquella mujer, que había

podido hasta entonces librarse de padre tan tremendo y de vivir como su

cómplice á costa de sus robos, cayese en poder del capitán de

bandoleros. Las súplicas y los insultos hubieran sido inútiles para

hacer que Joselito cambiase de propósito. El Doctor se calló por

consiguiente.

Dos días después del coloquio que acabamos de referir, permanecían aún

los bandidos y el Doctor en la hermosa casería de que se ha hablado. Sin

duda esperaban la llegada de alguien: casi de seguro, imaginaba el

Doctor, esperaban la llegada de María.

Eran las diez de la noche. Se oyeron resonar fuera de la casería los

cascos de dos caballos, que á poco llegaron y pararon á la puerta.

Joselito, su tropa y el Doctor se hallaban tomando el fresco en el

patio, cuando el bandido que estaba de atalaya entró seguido de dos

hombres. El uno, que parecía criado, venía descubierto; el otro venía

embozado en su capa hasta los ojos y con el ala del sombrero tapada la

frente y envueltos en sombra los ojos mismos. Sin desembozarse, sin

descubrirse, dijo el incógnito:

--Á la paz de Dios, caballeros.

--Á la paz de Dios--le contestaron.

Encarándose luego con Joselito, añadió:

--Dios te guarde. Guíame á un cuarto cualquiera. Tengo que hablarte á

solas.

Estas palabras, pronunciadas con imperio, fueron oídas con profundo

respeto por Joselito, que conoció en la voz á quien las pronunciaba.

Guió, pues, al embozado á un cuarto, donde hizo poner luces. El criado

quedó en el patio aguardando en silencio. Los caballos en que habían

venido amo y criado estaban fuera de la casería, atados de la brida á

unas argollas que al efecto había en la pared.

La conferencia duró más de una hora; y terminada que fué, el embozado

partió con su acompañante, á quien el mismo Joselito vino á llamar para

que siguiese á su amo. Las pisadas de los dos caballos que se alejaban

se oyeron resonar desde el patio.

--Señor D. Faustino--dijo entonces Joselito--, tenga su merced la bondad

de venir conmigo.

El Doctor siguió á Joselito al mismo cuarto donde con el embozado había

estado hablando. Solos allí, con voz conmovida dijo Joselito al Doctor:

--Todos mis planes se han deshecho. Es mi sino. Hay una fuerza superior

á mi voluntad que me avasalla y sujeta. María no ha muerto; pero V. y yo

debemos considerarla como muerta. No la volveremos á ver más. Para nada

le necesito á V. ahora. He prometido además al hombre que acaba de irse

de este cuarto que pondré á V. en libertad inmediatamente. Voy á cumplir

la promesa. ¿Quiere usted irse ahora mismo?

--Estoy impaciente por ver á mi madre, por salvarla, por consolarla al

menos. Ahora mismo me voy--contestó el Doctor.

En balde intentó averiguar quién era el personaje misterioso que

procuraba su libertad, y, sobre todo, cuáles eran el paradero y el

destino de María, para que tuviese él que considerarla como muerta.

Joselito no quiso ó no pudo revelarle nada. Mandó que ensillasen la jaca

del Doctor y que dos de los de más confianza de la cuadrilla se

preparasen á acompañarle.

Todo dispuesto ya, el Doctor se despidió de Joselito alargándole la

mano, que éste apretó amistosamente entre las suyas.

Por trochas y atajos, por sendas extraviadas, caminando más de noche que

de día, llegaron, al tercero, el Doctor y su comitiva á un sitio

distante media legua de Villabermeja y muy conocido del Doctor, porque

estaba en el camino de su casa de campo. Allí los bandidos le pidieron

su venia para volverse. El Doctor se la dió de buen grado, con mil

gracias por el favor que le habían hecho. Procuró también darles el

dinero que llevaba consigo; pero la caballerosidad y desprendimiento de

aquellos valientes no lo consintió.

Empezaba á clarear cuando el Doctor se quedó solo. Era una mañana

hermosísima. Con la impaciencia de volver á ver á su madre, puso el

Doctor espuelas á la jaca, y pronto se halló en el lugar y á la puerta

de su casa, que vió abierta, aunque tan temprano.

Entonces le dió un vuelco el corazón. Presintió una desgracia. Una nube

de tristeza nubló sus ojos.

Faón fué el primero que salió á recibirle; pero en vez de mostrar

contento, daba aullidos tristes.

Bajó el Doctor de la jaca, y dejándola en el zaguán, entró por el patio,

sin hallar á persona alguna. El podenco iba delante, aullando á veces,

como si quisiera darle una nueva dolorosa.

Al ir á subir la escalera para dirigirse al cuarto de su madre, apareció

la niña Araceli y se echó en los brazos del Doctor.

--¡Hijo mío, hijo mío!--dijo.--¿Dónde has estado? ¡Gracias á Dios que

sano y salvo te volvemos á ver!

--Tía, ¿cómo está V. por aquí? ¿Qué ha pasado?

--Tu madre está enferma, hijo mío.

--No me oculte V. la verdad, tía. Es inútil. Mi madre...

--No subas ahora... está durmiendo.

--Está durmiendo un sueño eterno--exclamó el Doctor.--Mi madre ha

muerto.

La niña Araceli ni afirmó ni negó, pero prorrumpió en amargo llanto.

El Doctor subió precipitadamente la escalera. Iba á dirigirse á la

alcoba de su madre, cuando el ama Vicenta le detuvo á la puerta,

diciéndole:

--No está aquí.

Instintivamente se fué entonces hacia la sala-estrado. También allí

estaba á la puerta otra persona: el padre Piñón.

--Déjeme V. que entre y la vea,--dijo D. Faustino.

El padre Piñón, juzgando ya inútil todo disimulo, respondió al Doctor:

--No entres; no perturbes su reposo: pide á Dios que descanse en paz.

D. Faustino cayó llorando entre los brazos del Padre.

--¡Ha muerto!--dijo.

--Ha muerto como una santa,--contestó el padre Piñón.

--Soy un miserable. Yo la he muerto con mis locuras. ¡Dios mío! ¡Dios

mío! ¿por qué no me matas á mí?

--_Quia Dominus eripuit animam tuam de morte_,--dijo el Padre, que

siempre llevaba el Breviario en la memoria, y que entonces, además, le

traía en la mano, abierto por el Oficio de Difuntos.

--Hijo mío--añadió,--reza por tu madre, reza por tí; mira que en estas

grandes tribulaciones el rezar es el mayor consuelo: _Tribulationem et

dolorem inveni, et nomen Domini invocavi._

--Es cierto--respondió D. Faustino;--he hallado la tribulación y el

dolor, pero no he hallado la fe.

--¡Qué horror! Si has de hablar así, vete, no profanes este sitio.

El Doctor tomó entonces maquinalmente el Breviario que tenía el padre

Piñón. Fijó sus ojos en la página por donde estaba abierto, y leyó unas

desesperadas sentencias del libro de Job, encarándose al leerlas con el

Padre, como si le contestara.

--Mi alma--dijo--tiene tedio de mi vida. Hablaré con amargura de mi

alma. Diré á Dios: no quieras condenarme. Manifiéstame por qué me juzgas

así. ¿Por ventura te parece bien el que me calumnies y me oprimas?

Aterrado el Padre de que así convirtiera el Doctor el bálsamo en veneno,

le arrancó el Breviario de entre las manos.

D. Faustino se precipitó dentro de la sala.

En medio de ella, en un féretro, entre cuatro blandones ardiendo, hacía

más de veinticuatro horas que estaba su madre de cuerpo presente.

D. Faustino se acercó al féretro con silencio respetuoso; se hincó de

rodillas como quien pide perdón, y levantándose luego del suelo, se

inclinó sobre el rostro de la difunta, le contempló con honda pena, y

exclamó como si anhelase despertarla:

--¡Madre, madre mía!

Respetilla, que estaba velando el cadáver; el padre Piñón; Doña Araceli,

que había subido, y el ama Vicenta, callaban y lloraban.

El Doctor, aproximando, por último, los labios á la cara pálida y

desfigurada de Doña Ana, la besó en la frente y en las mejillas.

Los que asistían á este espectáculo se apoderaron de D. Faustino, y casi

por fuerza le sacaron de allí y se le llevaron á su cuarto.

[Imagen decorativa]

XXV.

LA SOLEDAD

El dolor de D. Faustino fué grandísimo en aquellos días. Nació, no sólo

del amor que profesaba á su madre, sino del remordimiento de haber sido,

en parte, causa de su muerte.

El Doctor, allá en el seno de su conciencia, recordaba la vida de Doña

Ana, y comprendía que había sido un prolongado martirio, en que su padre

y él habían hecho el oficio de verdugos.

Doña Ana, resignada á vivir en Villabermeja, con un espíritu elevado y

culto, no había tenido con quién entenderse. Su marido, rudo, selvático,

montaraz, no sabía estimarla. Ni siquiera por gratitud, viéndose tan

cuidado y respetado, había mostrado amor y consideración á Doña Ana. Con

sus amores viciosos por la Joya y la Guitarrita, y por otras daifas

palurdas por el estilo, había humillado cruelmente á su mujer. Ni

siquiera amistad, ya que no amor, había sabido mostrar á aquella noble

señora, con quien jamás había acertado á sostener un diálogo que durase

cinco minutos. En cambio, ora jugando, ora en francachelas, en ferias y

en excursiones á otros pueblos de Andalucía, ora en regalos á las

mancebas que había tenido, ora con su desorden, mala administración y

necios planes, D. Francisco López de Mendoza se había empobrecido y se

había empeñado.

D. Faustino, lejos de remediar los males de su casa, los había agravado

más, si no con gastos grandes, con su imprevisión y su descuido y con su

incapacidad para las cosas prácticas de la vida. Su conducta reciente

había provocado, por último, la cólera de Rosita, y había traído sobre

la cabeza de su madre el golpe rudo que, en unión con su fuga y

cautiverio entre los ladrones, había acabado por matarla. D. Faustino no

quería perdonarse nada de esto. Estaba inconsolable.

La niña Araceli y el padre Piñón, que eran tan buenos, le hablaban de

resignación; le decían que era menester conformarse con la voluntad de

Dios, y aseguraban que Doña Ana, que había sido tan virtuosa no podía

menos de estar en el cielo. Á par de estas razones, fundadas en la fe,

sacaba á relucir el padre Piñón, con un candor delicioso y con un

sentido común exento de sentimentalismo, otros pensamientos y discursos

que, ya que no convenciesen al Doctor, le hacían sonreir y aliviaban

algo su pena.

--Faustinito--decía el Padre,--no te aflijas tanto. ¿Qué se gana con

afligirse? ¿Hay nada más natural que morir? Si no se muriese la gente,

¿cabríamos ya en el mundo? Además, ¿crees tú que nos podríamos sufrir,

al cabo de cierto tiempo, si fuésemos inmortales? ¡Qué monotonía tan

inaguantable la de la vida si no hubiera en ella término! Yo creo que en

este bajo suelo sería peor una vida inmortal que el tormento de quien no

duerme y se cansa. Al cabo de cierto tiempo de velar y de trabajar, te

sientes cansado y deseas dormir; pues lo mismo, después de vivir y de

afanar mucho, se desea la muerte. La muerte es el reposo, es el sueño

para los que velaron y se fatigaron demasiado. Se me figura á veces que

en el morir debe de haber muy semejante deleite, aunque mil veces más

intenso, al del hombre que, después de haber ganado su jornal y empleado

bien el día en obras útiles y misericordiosas, se tiende en una buena

cama, estira las piernas y se queda dormido.

--Sí, Padre--contestaba el Doctor;--pero ese hombre se duerme con la

esperanza cierta de despertar á la mañana siguiente y de ver la luz y de

hallarse más fuerte y brioso.

--Pues con más bella y sublime esperanza se entregó tu madre al sueño

del sepulcro--replicaba el padre Piñón, dejando á un lado sus filosofías

instintivas y volviendo á su papel de creyente y de sacerdote.--Tu

madre se entregó al sueño del sepulcro con la esperanza cierta de

despertar á la mañana, pero á la mañana que no termina ni cansa; de

gozar de otra luz más hermosa, de gozar de un día eterno, y de recibir

una magnífica paga, un jornal espléndido por sus trabajos y virtudes.

Sin duda, que, al morir, la palabra de Dios resonó en el centro de su

alma, diciendo: _Ego sum resurrectio et vita: qui credit in me, etiam si

mortuus fuerit, vivet; et omnis qui vivit et credit in me non morietur

in æternum._

Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.2 · 第 5 / 14 段