--Dejémonos de bromas. Ni yo soy su enemigo ni su seductor. No hay para

qué guardarla de mí.

El Doctor quiso salir de la sala y registrar la casa del Padre, quien le

contuvo suavemente.

Entonces el Doctor empezó á llamar--¡María, María! no te ocultes de mí.

No me abandones.

El padre Piñón dijo: _Dominus, inter cætera potentiæ suæ miracula, in

sexu fragili victoriam contulit._

--¿Qué diantres pretende V. significar? ¿De qué victoria habla V.?

--_Dominus deduxit illam per vias rectas._

Este último latín hizo dar un salto al pobre Don Faustino.

--¡Ah! ¿No me engaña V., Padre? ¿Con que se ha escapado? ¿Á dónde?

¿Cuándo? ¿Por qué camino?

--Hijo, aunque te enfades conmigo, mi deber es arrostrar tu furia.

María se ha ido; pero no te diré por dónde ni á dónde. No quiero que la

sigas. Ayer me confesó sus pecados. Como condición de la absolución, le

impuse que se fuera. Además, había otras razones que la obligaban á

partir.

--¿Qué razones? No hay razón que valga,--dijo el Doctor enojado.

--Sí las hay, hijo mío. Hay una persona á quien la naturaleza concedió

poder sobre ella; pero á quien Dios quitó el derecho de ejercer ese

poder, en castigo de sus maldades. Esa persona sé yo que la busca; sé

que ha averiguado ya que estaba en esta casa. Es audaz, terrible...

Hubiera venido... venía ya á buscarla y á arrancarla de aquí. Por esto

también ha huído María. No puedo ni debo decirle más.

--Yo la hubiera defendido, Padre. Nadie hubiera osado venir á robármela.

--¿Y con qué título iba yo á poner á María bajo tu custodia y amparo?

--Con el título de mi mujer legítima.

--Mira, señorito, los frailes hemos sido siempre esto que llaman ahora

demócratas, pero entendida la democracia de un modo mejor. Ciertamente

que yo no me hubiera parado ante ningún humano respeto para disuadir á

María de que se casase contigo. Hubiera sido un modo de enmendar

vuestras gravísimas culpas, y yo le hubiera adoptado. María ha sido la

que se negó resueltamente á casarse. Creyó que era su deber irse y se

fué.

--¿Á dónde ha ido? Dígame V. á dónde.

--No puedo.

--V. me engaña. Está aquí todavía.

--No digas tonterías, D. Faustino--dijo el padre Piñón, algo

picado.--¿Tengo yo cara de embustero? Te aseguro que María se fué.

--Yo saldré ahora mismo en su busca: yo daré con ella; yo la detendré y

la traeré conmigo.

--Haz lo que quieras; pero todo será en balde. Considera, además, que

Joselito el Seco anda ya cerca, y te expones á caer en sus manos.

--Aunque caiga en manos de Lucifer.

--¡Ave María Purísima! Estás perdido, loco. Bien puedes decir de tí, con

el Salmista: _Miser factus sum queniam lumbi mei impleti sunt

illusionibus._

D. Faustino ni oyó ni contestó más, y salió corriendo de casa del padre

Piñón. Éste imaginó que el propósito del Doctor de ir en busca de María

era como una amenaza que no se cumpliría, y se fué á dormir muy

tranquilo.

Un cuarto de hora después, D. Faustino, solo, caballero en su jaca, que

había hecho ensillar á escape por Respetilla, y armado con trabuco y

pistolas, estaba fuera del lugar, camino de la ciudad de..., distante

tres leguas.

El Doctor había calculado que María no podía haber huído sino en un

carricoche que, á modo de diligencia, pasaba á las doce por Villabermeja

é iba á la ciudad de...

Desde esta ciudad salían al amanecer coches para Sevilla, Córdoba y

Málaga. Si el Doctor alcanzaba á María en el camino ó en dicha ciudad,

antes de que María saliera en ésta ó en estotra dirección, el Doctor

conseguía su objeto.

Las dos habían sonado largo rato hacía en el reló de la Iglesia. María

llevaba más de dos horas de delantera. El Doctor iba á galope por el

camino.

Más de la mitad llevaba andado, y la jaca, jadeante y cubierta de sudor,

daba muestras de hallarse rendida de cansancio, cuando el Doctor, tan

apasionado hasta entonces, que todo lo había hecho sin reflexión, se

puso á considerar que, con dos horas de delantera que llevaba el

carricoche, sería imposible alcanzarle en el camino, aunque reventase la

jaca. Para llegar á la ciudad antes de amanecer había tiempo de sobra,

aun yendo al paso. El Doctor, pues, si bien devorado por la impaciencia,

se resignó á proseguir al paso su viaje. En la ciudad de... buscaría á

María por todas partes, y esperaba que no partiría sin que él la viese.

Al paso iba D. Faustino hacía un cuarto de hora. Á un lado y otro del

camino había frondosos olivares. La luna brillaba en el cielo despejado

y con sus rayos argentinos lo iluminaba todo.

Acababa de bajar el Doctor una cuesta muy pendiente, y se hallaba en una

hondonada, por donde corría un arroyo, en cuyas márgenes había muchos

álamos y otros árboles y matas, que hacían el paraje sombrío, formando

verde espesura.

Siempre distraído el Doctor en sus cavilaciones no vió ni oyó que de

repente salieron en la arboleda cinco hombres á caballo, y con inaudita

rapidez se le pusieron delante, atajando el camino. No lo advirtió, ó no

tuvo tiempo para advertirlo; tan ligera fué la maniobra de los jinetes,

hasta que uno de ellos gritó: ¡Alto ahí!

Entonces vió el Doctor que cuatro de los cinco le apuntaban con las

escopetas. Quiso volver atrás para escapar, dando un rodeo, y notó que

otros tres hombres á pie, armados también de escopetas, se le venían

encima. Estaba completamente cercado, y en tan estrecho círculo, que ni

para revolverse le quedaba tiempo ni espacio.

--¡Ríndete ó mueres!--gritó otro de los de á caballo.

Hallábanse los enemigos tan cerca, y era tan apremiante la situación,

que todo lo que no fuese rendirse era una temeridad; pero nuestro héroe

desesperado de que en medio de su viaje le detuviesen, tomó una

resolución tremenda. Cogió del arzón de la silla una pistola, la montó,

y apuntando al de á caballo que tenía más cerca, le dijo:

--Abre paso, tunante, ó te levanto la tapa de los sesos. Al mismo tiempo

hirió fuertemente con las espuelas los ijares de la jaca, á fin de salir

escapado, rompiendo por entre la cuadrilla de foragidos.

Éstos, que tenían también montadas sus armas, apuntando al Doctor,

hubieran sin duda disparado, dejándole muerto, si la voz del Capitán no

se hubiera oído á tiempo, diciendo:

--No le matéis, no le matéis: es mi paisano Don Faustino López de

Mendoza.

El Doctor vaciló asimismo un instante en tirar, viendo la generosidad

que con él se usaba.

Todo esto fué obra de un segundo. La jaca, excitada por los espolazos,

iba ya á abrirse camino. Al atajar al Doctor los bandidos de á caballo,

se tocaban con él. Las bocas de las escopetas rozaban su cuerpo. La

pistola del Doctor podía matar á quemarropa al más cercano de los

bandidos.

No había ya tiempo de explicaciones ni de transacciones, y, sin duda,

hubiera habido alguna muerte, á pesar del grito del Capitán, si de

pronto no se hubiese sentido el Doctor asido fuertemente de uno y otro

brazo por dos de los de á pie, bastante robustos ambos para arrancarle

de la silla y dar con él en el suelo por detrás del caballo.

En los esfuerzos que hizo para desasirse, apretó el gatillo y disparó

la pistola; pero el tiro fué al aire, sin herir á persona alguna.

En el suelo ya, y detenido por los dos que le habían derribado, oyó el

Doctor la voz del Capitán, que le decía:

--Sr. D. Faustino, su merced es mi prisionero. Ríndase su merced, y déme

palabra de honor de que no intentará huir, de que me seguirá donde le

lleve y de que no tratará de emplear la fuerza contra nosotros. Su

merced volverá á montar en su jaca, y esta buena gente le respetará y

considerará como debe.

D. Faustino no tuvo más remedio que prometer lo que el Capitán le

exigía.

Apenas lo prometió, uno de los bandidos, que había tomado la jaca de la

brida, la acercó para que D. Faustino montase, y él, suelto ya, montó en

la jaca. Obedeciendo luego á una seña del Capitán, entró con los

bandidos por una vereda que había en medio de los olivares, apartándose

del camino real en tan belicosa compañía.

[Imagen decorativa]

XXII.

LA VENGANZA DE ROSITA

Después de los sucesos que se refieren en el capítulo anterior, había

pasado ya una semana, y nada se sabía en Villabermeja del paradero de

Don Faustino. Su madre, llena de angustia, procuraba en balde averiguar

dónde se hallaba un hijo tan amado.

Rosita, entre tanto, furiosa con los celos y los agravios, difundía por

todas partes que D. Faustino, prendado de María, había huído con ella,

sentando plaza de bandolero en la cuadrilla de Joselito el Seco. Como

alguien afirmase que la noche en que huyó D. Faustino, y como no sólo

Rosita, sino también Jacintica, diesen por seguros los amores de María

con el Doctor, nadie dudaba en el lugar, salvo el padre Piñón, de que D.

Faustino estuviese por su gusto con los bandoleros.

La propia ruina de la casa de los Mendozas hacía verosímil á los ojos de

aquellos lugareños el que D. Faustino hubiese adoptado determinación

tan heroica para salir de apuros.

El padre Piñón era el único que sabía que María no se había ido con el

Doctor, el único que sabía dónde María se hallaba; pero á nadie quería

confiarlo. Calculaba además que D. Faustino, no por su voluntad, sino

muy á despecho suyo, había caído en poder de los ladrones; pero, como

afirmando esto hubiera dado á Doña Ana más pesar que consuelo, el padre

Piñón se callaba.

Rosita no creía mentir asegurando que el Doctor estaba con María entre

los bandidos. Rosita lo daba todo por evidente. Su furia celosa la

estimulaba, pues, de contínuo. Las excitaciones á su padre para que la

vengase no cesaban á ninguna hora.

D. Juan Crisóstomo Gutiérrez, aunque avaro, usurero y poco escrupuloso

en punto á moral, tenía dos prendas de carácter que le hubieran movido á

obrar benignamente en aquella ocasión, si Rosita no le hubiese

violentado. D. Juan Crisóstomo era compasivo y cobarde.

Por un lado, le inspiraba piedad la aflicción de Doña Ana, y no quería

acrecentarla. Por otro lado, persuadido, como Rosita, de que D. Faustino

se había hecho bandolero, temía que viniese á su vez á vengarse, ó

cogiéndole á él para matarle ó darle, por lo menos, una paliza, ó bien

yendo á sus caserías para incendiar alguna, ó romper las tinajas y las

pipas, derramando el aceite, el vino y el vinagre, y haciendo de todo

una trágica ensalada.

La figura del Doctor Faustino, acompañada de Joselito el Seco y de un

coro de facinerosos, era la pesadilla del pobre Escribano. Durmiendo

soñaba con que le habían ya secuestrado y le daban martirio; despierto,

recelaba descubrir al Doctor ó á algún emisario suyo en cuantos hombres

venían hacia él.

Pero si el Escribano temblaba de excitar la cólera del Doctor, todavía

temblaba más delante de Rosita. Rosita le ponía entre la espada y la

pared. ¿Qué medio le quedaba? ¿Cómo resistir á los mandatos de aquella

hija imperiosa, de aquel tirano de su voluntad, frenético entonces de

ira?

No hubo más recurso. El Escribano concitó á los acreedores, que le

obedecían más que puede obedecer á Rothschild cualquier banquerillo de

mala muerte, y reunió créditos contra la casa de Mendoza por valor de

cerca de ocho mil duros. Eran escrituras y pagarés vencidos todos y que

no se habían renovado, quedando así el deudor al arbitrio de los

acreedores, quienes seguían cobrando los réditos mientras les convenía ó

no se enojaban, y quienes, no contentos con los réditos, exigían

asimismo una gran dosis de humildad y agradecimiento, so pena de

enojarse y de pedir al punto el capital de la deuda, conminando con la

ejecución.

Tal era el estado de la casa de los Mendoza, por culpa del difunto D.

Francisco, y por poca habilidad, descuido y mala ventura de D. Faustino

y de su madre. Su caudal, mal cultivado por falta de capital, con los

frutos malbaratados siempre, apenas producía para pagar los enormes

réditos de aquella deuda. Varias veces se había tratado de vender fincas

para pagar lo que se debía; pero en los lugares pequeños hay una afición

extraordinaria á _tirar de los pies á los ahorcados_. Cuantos tienen

algún dinero andan siempre acechando la ocasión de que alguien esté en

apuros y quiera ó necesite vender algo para comprárselo por la tercera ó

cuarta parte de su justo precio. Aun así, piensan que favorecen al

vendedor, pues le dan dinero, cuyos intereses son grandísimos, á trueque

de tierras, que producen poco como no se esté sobre ellas y se emplee un

capital de metálico y de inteligencia en su administración y cultivo.

D. Juan Crisóstomo hizo aún laudables esfuerzos para calmar á Rosita.

Rosita llegó á decirle que preferiría ser hija de Joselito el Seco á ser

hija suya; que si la hija de Joselito fuese la agraviada, su padre la

vengaría.

D. Juan Crisóstomo no quiso ni pudo ser menos que Joselito el Seco, y

por medio de su aperador envió recado á Respeta, diciéndole que los

acreedores de los Mendoza no querían aguardar más; que era menester

pagarles en el término de diez días, y que, de lo contrario, serían

ejecutados los Mendoza.

Rosita, no contenta con esto, dictó ella misma una carta insolente á

Doña Ana, amenazándola si no pagaba en el término señalado. El

Escribano, aunque resistiéndose y con mano temblorosa, tuvo que firmar

la carta.

Respetilla, cuando se enteró de todo por su padre, fué á casa del

Escribano, habló con Rosita, le echó en cara su mal proceder y trató de

suavizarla. Viendo que era inútil la dulzura, empezó á echar fieros y á

desvergonzarse con Rosita; pero ésta se revolvió enérgica contra él y le

arrojó de su casa con cajas destempladas. Ganas se le pasaron á

Respetilla de dar una soba á la hija del Escribano, y aun de sacudir el

polvo al Escribano mismo; pero el miedo de provocar un lance sangriento

con algún criado de aquella casa, lance que podía terminar en que le

enviasen á Ceuta, tuvo á raya los ímpetus de su lealtad y devoción á D.

Faustino. Harto hizo el fiel escudero con no volver á ir en casa del

Escribano y privarse del dulce trato de Jacintica, con quien cortó

relaciones.

Sobre Doña Ana, entre tanto, habían venido todas las penas juntas.

Su hijo no parecía y su inquietud se aumentaba. Para consuelo, la

amenazaban con la vergüenza de una ejecución, con la ruina total de su

casa y hacienda.

Lo único que quedaba en casa, ya en el mes de Mayo, era un poco de vino,

cuyo valor en venta no ascendería á diez mil reales. Doña Ana mandó á

Respetilla que llamase á los corredores para que le vendiesen por lo que

quisieran dar. Pero ¿qué eran diez mil reales cuando necesitaba ciento

sesenta mil?

Doña Ana escudriñó todos sus armarios y cómodas; juntó la poca plata

labrada y algunos dijecillos que conservaba aún; y aunque tampoco, por

bien vendidos que fuesen, importarían más de otros diez ó doce mil

reales, Doña Ana se decidió á venderlos.

Por último, venciendo su extrema repugnancia y sofocando su orgullo,

acudió á su única amiga de corazón: escribió una carta á la niña

Araceli, pintándole con vivos colores la terrible cuita en que se

hallaba y pidiéndole auxilio.

Respetilla, encargado de llevar la carta y las joyas, montó á caballo y

salió de viaje para el pueblo de la niña Araceli.

La infeliz Doña Ana, no pudiendo resistir por más tiempo tan crueles

emociones, cayó enferma en cama con una espantosa calentura.

El pueblo, en medio de estos lances, se había dividido en bandos. Unos

aplaudían la venganza de Rosita; otros la censuraban. Éstos juzgaban

abominable la conducta del Doctor, á quien ya suponían transformado en

bandolero; aquéllos pensaban que Rosita era el mismo demonio, y que el

seducido por ella había sido el Doctor, sin que ella tuviese derecho

para lamentarse de su abandono y para tomar tan despiadada y bárbara

venganza. Toda Villabermeja ardía, pues, en chismes, suposiciones y

disputas.

El padre Piñón era el más decidido partidario de los Mendozas. El médico

y él venían á visitar con frecuencia á la enferma Doña Ana, y el ama

Vicenta la cuidaba con el mayor esmero.

--¿Dónde habrá ido á parar D. Faustino?--se preguntaba á sí mismo el

padre Piñón, ya que á nadie se atrevía á confiar sus secretos

pensamientos.--¿Habrá caído en poder de Joselito? Me temo que sí... Yo

lo avisaré á María, la cual ya sé que está en salvo, gracias á Dios.

Allá veremos cómo recobra su libertad el señorito D. Faustino.

[Imagen decorativa]

XXIII.

CONFIDENCIAS DE JOSELITO

Fuerza es volver ahora á hablar del Doctor, quien, como sospecharán los

lectores, seguía en poder de Joselito el Seco.

Á poco de estar con él comprendió el Doctor que Joselito venía en busca

de su hija, con el intento de robarla de casa del padre Piñón, donde

había averiguado que se escondía por espías y amigos que tenía en

Villabermeja.

El padre Piñón y María habían prevenido á tiempo este golpe, huyendo

ella, sin que se supiese hacia donde.

El Doctor sufrió un prolijo interrogatorio de Joselito, quien, informado

también de que su hija andaba enamorada del Doctor, no sabía cómo

explicarse aquel viaje nocturno de D. Faustino.

Joselito no receló que su hija, sabedora de que él venía en su busca, se

hubiese escapado y que el Doctor fuese persiguiéndola; pero, aunque lo

hubiese recelado, era ya tarde para alcanzarla. Don Faustino, no

obstante, ocultó la fuga de María y buscó razones para explicar su viaje

nocturno, hasta que vió que Joselito, por caminos extraviados, los

llevaba á Villabermeja, con el evidente propósito de penetrar en casa

del padre Piñón. Para evitar este lance, el Doctor, ya cerca del pueblo,

declaró que María había huído y que él había salido persiguiéndola.

Joselito exigió al Doctor su palabra de honor de que decía verdad; y

convencido de que el Doctor no le engañaba, echó sus cuentas, y decidió

con gran rabia que ya era imposible alcanzar ni detener á su hija antes

de que llegase á cierto punto, donde estaba segura.

Desistió, pues, Joselito de entrar en Villabermeja; y él y su partida y

su prisionero anduvieron, durante muchos días, vagando por diferentes

sitios, fuera de los caminos reales, y haciendo noche en caserías y

cortijos, donde Joselito tenía partidarios ó cómplices.

El Doctor, completamente desorientado ya, no sabía en qué punto, ni

siquiera en qué provincia de Andalucía se encontraba.

Fiado Joselito en la palabra de honor dada por el Doctor y en el

compromiso que había contraído, le dejaba ir en su jaca, con sus armas,

y al parecer completamente libre, aunque dos bandidos le vigilasen

constantemente.

No se permitió al Doctor que escribiese á su madre, por más que lo pidió

con gran empeño. Por lo demás, estaba todo lo regalado, considerado y

atendido que en aquella vida era posible.

Algunas veces se apartaron de Joselito varios de la partida, presumiendo

D. Faustino que fuese para algún lance ó golpe de poca importancia,

porque luego volvían, y notaba el Doctor que hablaban con el Capitán y

que dividían y repartían dinero.

Á todo esto, el Doctor se desesperaba cada vez más, rabiaba ó cavilaba,

y no atinaba con la razón de que así le llevasen cautivo.

Joselito era hombre de tan pocas palabras, que no había modo de que el

Doctor pusiese nada en claro, por más que le interrogaba.

Una noche, por último, estando en una casería, que debía de ser de algún

señor rico, pues había cuartos de dormir bastante cómodos y bien

amueblados, Joselito dijo al Doctor que deseaba hablarle á solas.

Subieron juntos al cuarto del Doctor, que era el más elegante y lujoso,

y allí tuvieron la siguiente conferencia:

--Sr. D. Faustino--dijo Joselito el Seco,--no era mi intención

secuestrar á su merced. Yo iba en busca de mi hija; hallé á su merced

por casualidad; le reconocí, y dé su merced gracias al cielo de mi buena

memoria y de lo mucho que se parece á su padre, porque si no le

reconozco, su merced sería ya pasto de los grajos; le reconocí, digo, y

le he detenido entre los míos. Hoy quiero y debo decirle mis propósitos

y muchas cosas que me importan y que le importan.

--Hable V., Joselito--interrumpió el Doctor:--la curiosidad me consume

hace días.

Ambos interlocutores se sentaron entonces, frente á frente, en sillas

que había junto á una mesa sobre la cual estaban dos candeleros de

cristal con sendas velas ardiendo.

La traza de Joselito era de lo menos patibularia que puede imaginarse.

Alto y esbelto de cuerpo; la tez blanca, aunque tostada del sol, y el

pelo negro, si bien con algunas canas. Parecía ser hombre de cuarenta

años, pero bien conservado y robusto. Los ojos eran entre garzos y

verdes, rasgados y dulces. Gastaba Joselito patillas y llevaba afeitado

el bigote, luciendo, en una boca pequeña, dientes blancos, iguales y

bien formados. En suma, Joselito era un majo muy guapo, y se conocía que

en su no lejana mocedad habría sido lo que se llama un real mozo.

--Aquí donde V. me ve--dijo á D. Faustino,--yo estaba destinado á hacer

otra vida harto distinta de la que estoy haciendo; pero el hombre

propone y Dios ó el diablo dispone. Cuando yo tenía diez y ocho años

estaba de novicio en el convento de Villabermeja. Bien se acordará de

aquellos tiempos el padre Piñón, que me quería en extremo por el fervor

y excelente voz con que yo cantaba las cosas de iglesia, y porque me

suponía tan humilde y sencillo, que siempre andaba diciendo que yo iba á

ser un santo. Tal vez lo hubiera sido, si no llego á ver á Juanita.

Antes hubiera cegado. Juanita frecuentaba mucho la iglesia en compañía

de su madre Doña Petra la viuda. Esta buena señora era muy presumida y

entonada. Se jactaba de hidalga, y no sin razón. Su madre, la abuela de

Juanita, había sido una hermana de su abuelo de V., señor D. Faustino.

El pobre novicio tuvo, pues, la audacia de poner los ojos en una

parienta de los Mendoza.

--¿De quién era viuda Doña Petra?--preguntó el Doctor.

Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.2 · 第 4 / 14 段