le dió rabia de no hallarle enfermo y triste, y tuvo, no se sabe cómo,

el desesperado pensamiento de que el recuerdo era el de su amor y de que

el remordimiento que anhelaba ahogar era ella.

Rosita continuó, pues, en acecho, esperando, ó mejor dicho, temiendo la

aparición de su rival. Ya pensaba que esta rival sería alguna criada de

la casa, alguna fregona; ya imaginaba que el doctor podría tener su poco

de brujo, y esto le infundía cierto terror de verse frente á frente con

espectros, y de figurar en escenas del otro mundo, entre hechiceras,

magas ó almas en pena; pero su ira era tan grande y sus bríos tan

varoniles, que estaba resuelta á vengarse del mismo demonio, si venía

con faldas y en forma de mujer á tener pláticas tiernas con D. Faustino.

Hasta sentía Rosita haberse venido desprovista de un par de pistolas ó

de un puñal siquiera, por lo que pudiese ocurrir. Mucho confiaba, no

obstante, en su lengua y en sus manos.

El Doctor, según costumbre, puso la bujía sobre el velador, se arrellanó

en el sillón y siguió recitando versos en voz, aunque sumisa, clara:

--Yo no sé de tu esencia el misterio,

Tu nombre y tu vago destino no sé,

Ni cuál es tu ignorado hemisferio,

Ni á dónde perdido siguiéndote iré.

¡Oh! si gozas de voz y de vida,

tienes un cuerpo palpable y real,

Deja al menos, fantasma querida,

Que goce un instante tu vida inmortal.

Los versos hicieron el efecto de una evocación.

La puerta se abrió sin ruido. El bulto negro apareció en la sala. Una

voz argentina contestó á los versos que el Doctor decía, con estos otros

versos:

--Tras de tí por las sombras camino,

Ni noche ni día descanso sin tí:

Ser tu esclava, adorarte es mi sino;

Ya postrada me tienes aquí.

María cayó de rodillas á los pies del Doctor. Éste la levantó entre sus

brazos, dándole mil besos en la frente y en las mejillas sonrosadas y

hermosas.

Rosita no supo contenerse por más tiempo. Casi creía aún que el ser á

quien D. Faustino abrazaba y besaba tenía algo de sobrenatural y de

diabólico; pero su forma era de mujer, y la tempestad de los celos hizo

á Rosita superior á todo miedo supersticioso.

Salió de su escondite, se arrojó sobre ellos como un tigre, los separó,

y encarándose con D. Faustino, que atónito y estupefacto la miraba,

--Malvado--le dijo,--¿Así pagas mi amor? ¿Por qué me has engañado

vilmente? ¿Por qué no guardaste para este demonio todas las dulces

mentiras, todas las emponzoñadas ternuras con que me lisonjeabas y

cegabas? Y tú, maldita de Dios, ¿de qué aquelarre vienes? ¿Dónde dejaste

la escoba? ¿De qué lupanar te has escapado?

Antes de que D. Faustino se repusiese del asombro; antes de que nadie la

respondiese, tomó Rosita la luz, y llevándola hacia la cara de María, se

quedó contemplándola de hito en hito, devorándola con ojos que arrojaban

fuego y rayos de ira. De súbito soltó Rosita una carcajada sarcástica.

Su memoria, iluminada por el odio, le había sido fiel. Acababa de

reconocer á María, á quien desde muy pequeña no había visto.

--¡Ah! Ya te conozco, infame; ya te conozco, digna manceba de este perro

judío, hereje, asesino. Tú eres María la seca. ¿Dónde has estado desde

que tu abominable madre bajó al infierno? ¿Y al ladrón de tu padre no le

dieron todavía garrote?

Dicho esto, y sin dejar tiempo para que nadie la respondiese, Rosita

volvió á poner la bujía en el velador y se lanzó sobre María, como para

despedazarla entre sus uñas.

María estaba muda, inmóvil, serena, aunque triste, como estatua

alegórica del dolor resignado llena de cierta soberbia y reposada

majestad.

Rosita la hubiera, sin duda, herido el rostro con sus manos y arrancado

los cabellos, si el Doctor no hubiese acudido á tiempo, cogiéndola de

un brazo y separándola con violencia del lado de su rival.

¿Quién te ha traído aquí?--dijo el Doctor.--¿Cómo has entrado? Ahora

mismo te voy á echar á la calle. No chilles, no alborotes, ó te pondré

una mordaza.

Rosita dió un grito agudo.

--Cállate--dijo el Doctor,--cállate ó te ahogo.

--No quiero callarme, traidor. No quiero callarme. Como eres un hidalgo

de gotera, un danzante sin oficio ni beneficio, un tramposo con más

deudas que vergüenza, has elegido la querida más apropósito para tí.

Anda, vete con ella; alístate de bandido en la cuadrilla de su padre. El

Conde de las Esparragueras es el yerno pintiparado de Joselito el Seco.

D. Faustino se armó de la paciencia de Job para no pisotear allí aquella

víbora. Sin responderle palabra, pero sin soltarla del brazo, de que la

tenía asida fuertemente, la llevó medio arrastrando hacia el cuarto de

Respetilla.

Deseaba el Doctor llamar á su criado sin alborotar la casa y sin dejar

suelta á Rosita con María, á quien hubiera sido capaz de asesinar. Bien

calculaba que era Respetilla quien le había traído aquel presente, y

que, por lo tanto, Respetilla estaba en casa.

En efecto, apenas llegó á la puerta del cuarto de su criado y le llamó

dos ó tres veces, Respetilla apareció, seguido de Jacintica, que

proseguía con él la tertulia en la otra casa comenzada.

Ambos habían dado por cierto que habían proporcionado á sus amos una

gran ventura, y los suponían ejecutando la segunda parte del Paraíso

terrenal. Cuando de tan diferente modo los vieron, se llenaron de

espanto.

El Doctor tenía encendidos los ojos como brasas, el rostro pálido,

trastornadas las facciones. Con la mano que le quedaba libre asió á

Respetilla de una oreja, y tirando de él, exclamó:

--No sé cómo no te mato. ¿Por qué has traído á mi casa á esta furia del

averno? Vamos, pronto, abre la puerta de la calle, y llévatela de nuevo

sin hacer ruido.

Respetilla obedeció; Jacintica fué en pos de Respetilla, y el Doctor,

detrás de ambos, con Rosita, asida siempre del brazo.

Ya en el zaguán, y antes de que Respetilla abriese la puerta, dijo

Rosita al Doctor:

--Suéltame el brazo, cruel. ¡Me le destrozas, me le rompes! ¿Qué te hice

yo para que así me trates? ¿No te he amado? ¿No me he rendido á tu

voluntad sin condiciones? ¿Quién más humilde, más mansa, más enamorada

que yo? ¿Por qué me dejas por esa hija del bandido? Abandónala, échala

á ella, y yo seré tu esclava, besaré la tierra que pisas. Todo te lo

perdonaré. ¡Perdóname! ¡Ámame!

--Imposible--respondió el Doctor.--Ni te amo, ni te amaré nunca. Vete.

Apártate de mi vista.

Aquel último arranque de ternura se trocó en más cruda saña con el nuevo

desprecio. Rosita se revolvió contra el Doctor como un escorpión pisado.

--Villano--dijo,--te acordarás de mí; me vengaré de un modo sangriento.

Te he de reducir á la miseria. He de lograr que achicharren en una

hoguera á la bruja de tu madre.

D. Faustino no acertó á tener calma: perdió la paciencia y alzó la mano

para dar una bofetada á Rosita. Por fortuna se contuvo á tiempo.

--¡Cobarde! ¡Con una mujer te atreves!

--No, tú no eres una mujer--respondió el Doctor: tú eres una arpía.

Aun no había acabado de pronunciar estas palabras, cuando Rosita se

arrojó sobre él y con la mano que le quedaba libre le clavó las uñas en

el rostro, bañándosele en sangre.

Lo que antes quedó en amago, tuvo que terminarse entonces. Rosita sintió

en la mejilla los cinco dedos del Doctor, si bien más trémulos que

violentos.

--Mátale, Respetilla; véngame, mátale. Tú eres más fuerte. Tú puedes más

que él. Son las doce de la noche. Te doy dos mil duros si le matas. Te

doy tres mil duros y un caballo para que huyas á Gibraltar, y desde allí

á América. ¡No seas mandria! Mátale; y te harto de oro.

Respetilla, sin responder, abrió la puerta y echó á Jacintica á la

calle. Luego volvió por Rosita y tomándola de manos del Doctor, se la

llevó en volandas.

El Doctor cerró la puerta de la calle, y volvió en busca de su _inmortal

amiga_.

No la halló en el salón. Recorrió los otros cuartos, y no la halló

tampoco.

Sobre la mesa donde el Doctor escribía vió por último un papel, en el

cual María había escrito lo siguiente:

«Motivos muy poderosos me obligan á alejarme de tí. Adiós, quizás para

siempre.»

--¡Oh, no te irás!--dijo el Doctor.--Yo rompo el pacto que hice. No

dejaré que te vayas. Sabré detenerte.

Bien había calculado por dónde había entrado María. Sin vacilar, corrió

con la luz á un patio interior, donde estaba hacinada la leña. Uno de

los lados del patio estaba formado por el muro del castillo. En el muro

había una puerta que con el castillo comunicaba.

El Doctor dió un empujón á la puerta, pero no cedió. Estaba cerrada con

llave. La llave que había en la casa, ó se había perdido, ó era la

llave de que sin duda se servía María. No quedaba más recurso que echar

la puerta abajo.

D. Faustino agarró un hacha de leñador, y dió tres ó cuatro golpes

furiosos. La puerta, de madera vieja y apolillada, vino á tierra en

seguida.

Con la bujía en una mano y el hacha en la otra penetró entonces el

Doctor por los pasadizos obscuros, bajo las bóvedas ruinosas y por las

antiguas salas de armas, llenas de escombros.

Ignorante, ó más bien olvidado, de aquel laberinto (aunque no pocas

veces le había visitado en otro tiempo por curiosidad), tropezó en una

gruesa piedra que halló á su paso, y para sostenerse y no caer soltó

maquinalmente el candelero que llevaba en la mano. La luz se apagó, y D.

Faustino quedó en las tinieblas más completas, sin saber hacia qué lado

encaminarse á fin de encontrar salida ó volver á su casa á encender de

nuevo.

[Imagen decorativa]

XXI.

POR SEGUIR Á UNA MUJER

Aunque el Doctor logró recoger á tientas el candelero, de nada le

servía, sino de estorbo, con la luz apagada. En balde iba buscando

salida palpando las paredes. No había en aquel obscuro recinto ventana

ni hueco por donde entrase la luz de la luna, que, si bien en su cuarto

menguante, iluminaba los cielos en aquella noche de primavera.

Un vientecillo fresco susurraba, meciendo las copas de los árboles y

doblando la hierba; pero el susurro, oído desde el lugar donde el Doctor

se hallaba, tenía más de medroso que de apacible y grato. Penetrando el

aire por los pasadizos y aberturas, por donde el Doctor quisiera salir,

gemía encarcelado en la lobreguez de aquellas ruinas, produciendo mil

ecos tenues y mil tristes y fantásticos rumores. No menos desagradable

ruido hacían las ratas que allí abundaban y que corrían alborotadas con

el extraño y no esperado huésped que había venido á visitar sus

dominios.

Á pesar de todas sus filosofías, el Doctor pensó que no estaba muy bien

demostrado que no hubiese diablos ó duendes, ú otros monstruos y seres

sobrenaturales, y tuvo algún miedo de ellos. Sin embargo, la rabia de

verse burlado y encerrado en aquella á modo de mazmorra, sin poder

salir, pesó más en su ánimo que la hipotética y vaga aprensión de que

hubiese diablos y anduviesen cerca. El Doctor, dando forma á su

pensamiento en resonantes palabras, lanzó, Dios se lo haya perdonado,

dos ó tres blasfemias espantosas. Como si con su voz le atrajera, sintió

entonces cerca de sí los pasos de un ser de mucha mayor corpulencia que

las ratas. Nada se veía en realidad, pero de los ojos del Doctor

brotaban unos círculos luminosos que se dilataban en el espacio y

llenaban las tinieblas, ensanchándose cada vez más, como los círculos de

una fantasmagoría. Dentro de aquellos círculos, rojos á veces, á veces

entre verdes y amarillos, ora se mostraba Joselito el Seco, con corbatín

de hierro y sacando un palmo de lengua; ora un espectro de mujer, que ya

se parecía á María, ya á la coya, ya tenía de ambas; ora otras figuras

como las que se pintan en los cuadros de las tentaciones de San Antonio.

No se acobardó por eso el Doctor; antes bien, como para desafiarlo

todo, blasfemó de nuevo en voz alta.

No bien salió de sus labios la reiterada blasfemia, aquel ser que había

sentido cerca de sí, se le echó encima. Parecióle al Doctor que le

enlazaban unos brazos deformes, forzudos, aunque descarnados como los de

la momia de un gigante, y sintió en su cara el contacto de un rostro

peludo. El efecto que esto le produjo fué horrible. Casi maquinalmente,

pues no tuvo fuerzas ni serenidad para reflexionar, dió un empellón al

monstruo; pero el monstruo, rechazado por un instante, volvió sobre el

Doctor, y le aplicó un inmundo y frío beso, pasando por su mejilla el

hirsuto y húmedo hocico.

Confesemos que el lance era para asustar á cualquiera. El viento gemía,

zumbaba, murmuraba, remedando mil voces, cantos, suspiros, sollozos y

hasta palabras de un mágico y desconocido idioma, y un ser repugnante y

maravilloso abrazaba y besaba á D. Faustino.

D. Faustino se dió á creer, á despecho de su ciencia, que se las había

con el mismo diablo. Ya vacilaba entre si debía esgrimir el hacha para

vencer al monstruo ó hacer la señal de la cruz para ahuyentarle, cuando

éste exhaló un aullido lastimero, que nada tenía de humano.

El Doctor se echó á reir y dijo, algo confuso y vergonzoso:

--¡Hola, Faón! ¿Tú por aquí?... ¡Qué demonio de Faón!

Era el más hermoso y grande de sus podencos, que, lleno de buen deseo,

circunspección y prudencia, le había seguido silencioso á fin de no

espantar la caza, y sin recelar que espantara á su amo.

El Doctor pasó la mano por el lomo de Faón, y se cercioró bien de que no

era otro quien había acudido á sus blasfemias. Confiando en la clara

inteligencia canina del amante de Safo, esperó que le sacase de aquella

obscuridad; y para servirse de él como de lazarillo, le ató el pañuelo

al pescuezo, guardando en la mano uno de los picos.

El podenco entendió, con admirable instinto, que le convenía guiar; pero

no sabía á dónde. Echó á andar, no obstante, y el Doctor le siguió.

Pronto llegaron á un punto en que percibió el Doctor que Faón subía.

Luego tropezó con el primer escalón de una escalera, y subió por ella en

pos de su perro. Á poco vió el Doctor la luz de la luna, sintió

vientecillo fresco en la cara y se encontró en el adarve, no lejos de la

albacara ó torre saliente que comunica con la iglesia por medio del

arco-pasadizo.

Por desgracia, no había medio de penetrar en la albacara desde el

adarve. No había puerta por allí, y por los angostos tragaluces no cabía

ningún cuerpo humano, por escuálido que estuviese.

El Doctor dió en el suelo con el pie en señal de impaciencia y cólera.

Faón se puso en marcha de nuevo; bajó por la misma escalera por donde

había subido, llevando en pos á su amo, y sacándole de aquella

obscuridad, le condujo á un patio interior del castillo, todo cubierto

de larga hierba. Aunque el Doctor no era observador muy experto de las

cosas naturales, no pudo menos de notar sobre la misma hierba, ajada y

pisada, las huellas recientes de unos pies humanos, ligeros y

pequeñitos. No se había engañado. María había pasado por allí.

Conoció Faón en el ademán de su amo que estaba contento y que era á

María á quien buscaba, y, dando un ladrido alegre, apretó el paso,

siguiéndole el Doctor.

Entraron en un corredor, llegaron á otra escalera, la subieron y se

hallaron en el segundo piso de la albacara. En uno de los lados del

cuadro que aquella estancia formaba, se abría en el muro el pasadizo del

arco que une el castillo con la iglesia.

Don Faustino y Faón atravesaron por el hueco del arco, bajaron por otra

escalerilla, y se hallaron al fin en el coro de la hermosa iglesia de

Villabermeja, silenciosa y sombría entonces, aunque tres lámparas ardían

en su seno: una delante del altar mayor, y otras dos delante de los

camarines donde estaban el Santo Patrono y Jesús Nazareno.

Desde el coro hasta la iglesia pudo bajar el Doctor, sin ningún estorbo,

por escalera harto conocida y trillada.

Ya en la iglesia misma, se dirigió á la puerta de la sacristía. El

Doctor estaba seguro de que María se había ido por allí. Aunque no

hubiese estado seguro de ello, los signos que daba Faón de no haber

perdido la huella le hubieran corroborado en su pensamiento.

El disgusto del Doctor fué grandísimo al hallar la puerta de la

sacristía cerrada con llave. Aquella puerta no era tan fácil de derribar

como la otra. Estaba formada de espesos tablones de nogal y podía

resistir sin romperse un diluvio de hachazos.

La violencia era inútil; mas, aunque no lo hubiese sido, tal vez no se

hubiera atrevido el Doctor á emplearla.

La puerta de la sacristía estaba al lado del magnífico retablo

churrigueresco de los López de Mendoza, en cuyo camarín habitaba nuestro

Padre Jesús. Bajo el piso de grandes losas, que el Doctor hollaba,

estaba la bóveda sepulcral con los restos de sus ascendientes. Cada paso

que daba el Doctor sonaba sobre lo hueco, y era repetido por las naves

del templo solitario, cuyos muros repercutían cualquier ruido. La escasa

luz que entraba por las claraboyas de la cúpula ó que difundían las

lámparas, deteniéndose y reflejándose en los altos pilares, poblaba de

vagarosas sombras todo el recinto, que ya se deshacían, ya se

agrandaban, ya volvían á desvanecerse, conforme oscilaban las lámparas,

levemente tocadas por un soplo de aire, ó el mustio resplandor de la

luna se amortiguaba un poco antes de entrar por las claraboyas, merced

al paso é interposición de alguna nube. Todo esto infundía cierto

respeto semi-religioso en el espíritu descreído del Doctor.

No obstante, llamó á la puerta con el hacha, sin tocar de filo. Nadie

respondió. Llamó más fuerte, y tampoco. Acabó por perder la paciencia:

por golpear con todo su brío. Cada golpe, duplicado, triplicado,

quintuplicado por los ecos, parecía un trueno prolongado. Se diría que

Dios llamaba á juicio á los frailes dominicos y á los Mendozas todos,

que en sendas criptas estaban enterrados allí; pero ni por esas

respondió persona viva.

Acercando la boca á la cerradura, gritó varias veces el Doctor:

--¡Padre Piñón! ¡Padre Piñón! ¡Padre Piñón! ¿Es V. sordo?

El padre Piñón estaba sordo en efecto. Los gritos del Doctor fueron

inútiles. No le contestaron.

Una idea súbita atravesó la mente de D. Faustito. Se figuró que había

tomado una resolución precipitada y absurda en venir por allí. Temió que

mientras se hartaba de golpear y de gritar en vano, María se escapaba

por la puerta de la casa del padre Piñón, que daba á la calle.

No bien se le ocurrió esto, el Doctor corrió como un loco hacia el coro,

y pasó, seguido ya del podenco, por los mismos sitios por donde había

venido, hasta que llegó al patio del castillo. Allí tomó de nuevo al

podenco por guía, y el podenco le condujo á la entrada de su casa.

Respetilla, que había vuelto de cumplir con su comisión, sospechó que se

le había trastornado el juicio á su amo, al verle con el hacha y todo

descompuesto.

Don Faustino agarró su sombrero á escape y se salió á la calle,

prohibiendo á Respetilla é impidiendo á Faón que le siguiesen.

En cuatro brincos estuvo á la puerta del padre Piñón, y empezó á dar

aldabonazos furibundos.

Tal vez por aquel lado se oía mejor, ó tal vez el padre Piñón había

recobrado el oído. Lo cierto es que á los tres ó cuatro minutos, el

propio Padre se asomó á una ventana y preguntó:

--¿Quién llama á estas horas?

--Yo soy--contestó el Doctor.--¿No me conoce V.?

--¡Ah! Sí... ¿Hay alguien de peligro?

--No hay nadie de peligro; pero que me abran. Tengo que hablar con V.

--¡Ea!--se oyó decir al padre Piñón,--despáchate, Antonio, y baja á

abrir al señorito D. Faustino.

Antes de que siga adelante nuestra historia, conviene informar á los

lectores de quién era el padre Piñón.

Era el único fraile que del antiguo convento quedaba todavía. Enjuto y

pequeñuelo, recibió el nombre de padre Piñón, y apenas si nadie

recordaba su verdadero nombre.

Aunque el edificio en que vivieron los frailes se había vendido y estaba

sirviendo de molino aceitero, había quedado una habitación cómoda,

grande y hermosa, aneja á la sacristía. Ésta concedieron por morada las

gentes del pueblo al padre Piñón, á quien querían mucho.

Allí, teniendo á sus órdenes de noche y de día al sacristán Antonio, y

de día además á dos monaguillos, cuidaba el padre Piñón del grandioso

templo, gloria del lugar, y conservaba las ricas casullas, las

dalmáticas y capas pluviales recamadas de oro, la exquisita ropa blanca,

como albas, estolas, amitos, sobrepellices y roquetes, llena en gran

parte de preciosos encajes y bordados, la custodia cuajada de esmeraldas

y de perlas, y otros ornamentos, joyas y primores artísticos que

atesoraba la iglesia. Todo esto se hallaba encerrado en armarios,

alacenas y arcones que había en la sacristía.

El padre Piñón, no sólo encantaba á las gentes del lugar por sus

virtudes, sino por su alegría, buen humor y dichos agudos. Era un

dechado de las gracias de la gracia y del poder de la eutropelia, y el

célebre padre Boneta hubiera sin duda cantado sus loores, si le hubiese

conocido.

Algunos sujetos sobrado rígidos le acusaban de tener la manga muy ancha;

pero sin motivo, según hemos llegado á averiguar. Lo cierto es que era

aún, y sobre todo, había sido en la época de su mayor auge, el confesor

más buscado, y eso que costaba caro confesarse con él. El antiguo refrán

que dice: _quien reza y peca la empata_, parecíale abominable. Bien

sabía él que la bondad de Dios es infinita y que perdona al que llora,

reza, se arrepiente y hace propósito de la enmienda; pero el mal, hecho

ya por el pecado, hecho se queda, y no se remedia ni subsana con el

arrepentimiento ni con la penitencia, como ésta no vaya bien encaminada.

Á este fin, tenía ideado y ponía en práctica el padre Piñón un sistema

de penitencia, por medio del cual, ya que los pecados fuesen

inevitables, lograba sacar provecho de los de los ricos en favor de los

menesterosos. Teniendo en cuenta, á par de la magnitud del pecado, la

riqueza del pecador, solía multarle, ya en una docena de huevos, ya en

una gallina, ya en un jamón, ya en un pavo, ya en alguna cosa de comer ó

de vestir, que repartía luego á los pobres. Claro está que el padre

Piñón era prudente, y cuando se trataba de alguna casada á quien había

que imponer, por ejemplo, un pavo de penitencia, lo hacía con el mayor

disimulo, á fin de que el marido no se enterase y se echase á cavilar,

muy escamado, sobre la equivalencia de un pavo en los aranceles

penitenciarios.

Cuando no había de por medio tales respetos, el pago de la multa era

público, con lo cual decía el Padre que se conseguía, además, que el

pecador se avergonzase y buscase, por esta razón más, el corregirse.

No faltarán censores severos que hallen ridículo el método y condenen al

padre Piñón; pero, ó no lo entiendo, ó el método es tan discreto y

atinado, que quisiera yo que se generalizase. El padre Piñón no excitaba

al pecado, ni mucho menos; pero una vez cometido, y castigándole, sacaba

provecho de él para los desvalidos. ¡Qué diferencia de lo que se

acostumbra ahora en las grandes ciudades, dando, v. gr., un baile de

máscaras en beneficio de los niños de la Inclusa, lo cual, hasta

mirándolo económicamente, es absurdo, pues quizás los ingresos que á la

cuna se proporcionan están compensados y aun sobrepujados,

proporcionándole á los pocos meses multitud de nuevos gastos y

quehaceres!

Las acusaciones de manga ancha que se habían lanzado contra el padre

Piñón, provenían de los serviles, y tenían otro fundamento. Asegurábase

que en tiempo del absolutismo, cuando era indispensable proveerse de una

cédula de haber cumplido con la Iglesia, el padre Piñón daba cédulas á

los liberales libre-pensadores, en cambio de limosnas; pero esto más

bien merece elogio, pues evitaba confesiones hipócritas y comuniones

sacrílegas. Añadíase que el padre de D. Faustino, cuando recibía la

cédula, daba al padre Piñón media onza de oro, diciéndole:--Vaya, para

que diga V. unas cuantas misas por el alma de Riego.

En fin, el padre Piñón, pese á quien pese, era mejor que el pan; más

regocijado que unas sonajas, y tan indulgente y caritativo como un

ángel. Apenas si había leído más que el Breviario; pero el Breviario se

le sabía de memoria, comprendiendo todos los bellos pensamientos, todas

las sentencias sublimes y todos los tesoros poéticos que en dicho libro

se contienen.

Dispense D. Faustino que le hayamos en apariencia detenido á la puerta

para dar alguna noticia del padre Piñón, en cuya sala de recibo se

halló, á poco de haber llamado, introducido y guiado por Antonio.

--¿Qué tiene que mandar á su capellán el señorito D. Faustino?--preguntó

el padre Piñón.

--Padre--contestó el Doctor,--omito preámbulos: el disimulo es inútil.

V. sabe quién es María. Aquí se oculta María. Vengo en su busca. Quiero

verla. Es mi mujer. Tengo razón y justicia para exigir que no me huya.

--¡Hijo mío! ¿Qué locura es esa?

--Responda V.--añadió el Doctor.--¿Dónde está María?

--Ya que exiges respuesta categórica, te la daré: _Dominus custodivit

eam ab inimicis et a seductoribus tutavit illam._

Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.2 · 第 3 / 14 段