todo. Me he comprometido neciamente. Es una embriaguez de los sentidos,
una pasión vulgar la que me ha llevado á tal extremo. ¡Si yo la amara,
si yo la estimara, aunque fuese hija de Satanás, y no ya del Escribano
usurero!... Yo la sacaría del lugar, yo me casaría con ella, yo haría
prodigios para elevarme y conquistar un nombre, una posición, á fin de
que no se dijese que todo se lo debía. Pero ¿la amo acaso? ¿Es esto
amor? La violencia de afectos, el delirio que sentí á su lado, ¿en qué
se parece al amor verdadero? ¡Ah! Yo comprendo el verdadero amor, hasta
le siento... pero sin objeto. Estoy condenado á llevar en el alma, en
embrión, todas las excelencias y virtudes, todas las grandes pasiones,
todos los nobles sentimientos, y no realizo más que lo bajo, lo
pedestre, lo ínfimo, lo truhanesco, como si fuese el hermano menor de
Respetilla. Mi Laura, mi Beatriz, mi Julieta, mi Isabel de Segura, ¿en
quién se han convertido? Y, sin embargo, ella es mejor que yo. Yo soy un
infame, un embustero, un ingrato. Por amor, sea como sea; por amor á su
modo, pero ardiente, sincero, generoso, ella me ha mimado, me ha
lisonjeado, me ha regalado, me ha rendido su voluntad, sin condiciones,
sin promesas, con ciego abandono. Y yo, aunque la deseo aún, y aunque el
recuerdo vivo de su ternura conmueve mi ser y le excita á nuevo deleite,
me atrevo á menospreciarla, en virtud de no sé qué pasiones ideales que
no realizaré nunca. Cuando miro el centro de mi alma, el abismo que tal
vez el orgullo abrió allí, me finjo que soy grande como un Dios. Cuando
miro mis actos y los resortes de mi voluntad, que á tales actos me
inducen, se me antoja que soy más vil que un perro.
D. Faustino se echó en un sillón que estaba junto á un velador, en medio
de la sala. Una sola bujía iluminaba aquel recinto.
Allí se entregó el Doctor á nuevas, tristes y profundas meditaciones.
Volvió á mirar en lo más hondo de su alma, y se encontró capaz de toda
grandeza. ¿Por qué, pues, no hacía sino lo que pudiera hacer el más
vulgar y bajo de los hombres? ¿Qué resorte le faltaba?
El Doctor discurrió entonces que le faltaba la dicha, que era víctima de
una fatalidad. Esta fatalidad sólo con la fe podía romperse; pero el
Doctor no poseía la fe sino á medias. Creía en sí mismo y no creía en
nada exterior que le llamase, moviese y estimulase.
El mundo no le ofrecía los triunfos, los sublimes amores, la gloria
pura, las victorias brillantes con que él había soñado y soñaba. El
mundo hasta entonces no había hecho sino trocar algunas de sus ilusiones
en desengaños, y hacerle pagar cualquier deleite efímero, cualquiera
satisfacción de amor propio, con una humillación. El Doctor, por otra
parte, al descender desde las alturas de sus ensueños, de sus esperanzas
y quizás de sus ilusiones; al tratar de dar consistencia á todo aquello
en el mundo real, sólo había logrado rebajarse á sus propios ojos,
hallarse indigno de sí, desfigurar y manchar y afear el ídolo hermoso,
el tipo de perfección que de sí mismo había creado en el seno de su
conciencia, y al que pugnaba por acercarse y por identificarse.
Lleno del espíritu de nuestro siglo, comprendía que el destino, la
misión del hombre, era realizar en esta vida todas las virtudes,
potencias y facultades de su alma, contribuyendo así al humano progreso,
poniendo su piedra en el monumento de la historia, y completando con su
propio ser, activo, noble y generoso, la dignidad y magnificencia de las
cosas creadas, entre las cuales y sobre las cuales debía descollar y
resplandecer el espíritu, la inteligencia, el fuego divino, de que su
cabeza y su corazón eran foco, templo y morada.
Si nada de esto podía hacer, ¿por qué no huía del mundo? ¿Por qué no se
ocultaba en un desierto? En vez de ir á Madrid debía ir donde nadie le
viese. Aquel hastío, aquel odio á la sociedad humana, que en otras
épocas pobló los yermos y despobló las ciudades, ¿es quizás ahora un
absurdo anacronismo?
El Doctor imaginaba que sí y que no; imaginaba que el hastío y el odio
llenaban las almas de muchos hombres; que por momentos llenaban también
la suya. Pero, ¿dónde estaba la fe, la creencia en un objeto fuera del
alma y fuera del mundo, ante quien postrándose y humillándose, y con
quien viniendo á unirse luego, se limpiara el alma de todo pecado,
desechase toda bajeza y se levantase al fin á aquel grado de perfección
á donde había aspirado en vano á llegar por sí sola? No; ni el alma del
Doctor ni otras almas atormentadas como la suya, podían ya huir á la
Tebaida y renovar los tiempos y los prodigios de los Pablos, Antonios,
Pacomios é Hilariones. ¿Qué iban á adorar allí, como no fuese el
espectro de su mismo ser, sublimado y endiosado por la orgullosa
fantasía?
Para un tormento como el de su alma, se le figuraba á D. Faustino que no
había más que un remedio: la muerte. Y, sin embargo, apenas pensaba en
la muerte, todas las esperanzas, todas las ilusiones, todos los
propósitos de su lozana juventud surgían como de un abismo, y se
presentaban á sus ojos llenos de luz y belleza, y hacían llegar á sus
oídos una encantadora armonía. Eran como el cántico de la resurrección
que su semitocayo el Doctor Fausto creyó oir á los ángeles cuando iba á
apurar la copa de veneno.
Además, el horror á la nada podía más en el ánimo del Doctor que el
miedo de las penas eternas, si le hubiera tenido. Quería vivir, pero
vivir de una vida grande, noble, poderosa, fecunda; de una vida que
dejase en pos de sí un rastro luminoso é indeleble. El no ver hasta
entonces el medio de lograr este deseo era lo que le atormentaba; pero
la confianza en sus propias fuerzas y la risueña esperanza vivían aún en
su corazón.
Se sentía con bríos para remover todos los obstáculos, para vencer todas
las dificultades. Sólo un estímulo poderoso le faltaba. Sólo le faltaba
un agente que pusiese en actividad aquellos bríos; un objeto que
infundiese en su espíritu la fe, el amor, el entusiasmo suficientes.
Costancita había sido una coqueta sin corazón; Rosita, aunque graciosa,
discreta y apasionada, no podía adecuarse al ideal soberbio de sus
aspiraciones; la _amiga inmortal_ permanecía casi invisible.
¿Por qué no acudía en su auxilio la amiga inmortal, cumpliendo repetidas
promesas? Fuese quien fuese por su material origen, por su posición
entre los seres humanos en el momento presente, el Doctor comprendía que
había en aquella mujer un espíritu igual al suyo, que era cuanto
encarecimiento podía hacer de ella en su mente presuntuosa.
Mil extrañas ideas cruzaron entonces por el cerebro de D. Faustino. Mil
deseos y propósitos se ofrecieron á su voluntad. Si hubiera creído en la
posibilidad de pactar con el diablo, hubiérale dado cuanto hay que dar
al diablo, á trueque de un ferviente amor, de un punto fijo y radiante,
que fuese estrella polar en el mar tempestuoso de su vida, y al mismo
tiempo centro poderosísimo de atracción que le agitase y encaminase.
Era tal el orgullo del Doctor, que uno de los irrebatibles argumentos
que contra lo sobrenatural se le presentaban era la no intervención de
nada sobrenatural en su vida. Si no merecía él que los poderes
superiores buenos ó malos, que el principio de la luz ó el de las
tinieblas, acudiesen á sus evocaciones y conjuros, le prestasen
solícitos su apoyo, empleasen en él una providencia especialísima, ¿qué
otro ser humano había de merecerlo? Quizá no existían tales poderes,
cuando no se doblegaban á su voluntad ni á su llamamiento respondían.
Postración melancólica abatió al fin el ánimo de D. Faustino, tan
exaltado hasta entonces. Se juzgó una de las más infelices y cuitadas
criaturas que había sobre la tierra. Se alucinó hasta creer que la coya
y las demás imágenes de sus progenitores ilustres le miraban compasivas.
Lágrimas de despecho brotaron entonces de los ojos del Doctor y
corrieron por sus mejillas. Aunque por lo común no estén bien las
lágrimas en un rostro varonil, el dolor que á D. Faustino se las
arrancaba era tan alto, aunque extraviado, que, sellando su rostro con
expresión maravillosa, le hacía parecer bellísimo en aquel instante.
Eran más de las dos de la noche. El sombrío aspecto de aquel gran salón;
el silencio profundo que en torno reinaba; la cercanía del cementerio;
los retratos mismos, apenas iluminados entonces por una sola bujía; el
recuerdo de la última aparición de la mujer misteriosa, todo convidaba á
amarla, á desear aparición nueva.
Iba el Doctor á levantarse del sillón y á abrir la ventana, casi seguro
de que María estaba junto á él, de que se hallaba parada, con lágrimas
en los ojos, como la otra vez, de espaldas á la tapia del cementerio,
cuando se abrió suavemente la puerta y volvió á cerrarse en seguida,
dando entrada á un bulto negro, cuyos contornos y formas el Doctor no
distinguía. Sin embargo, así como había presentido que su _amiga
inmortal_ estaba cerca, antes de que la viese, así reconoció que era
ella, antes de verla y distinguirla por completo.
La persona que acababa de entrar traía en la mano una linternilla, que,
vertiendo luz delante de sí, la dejaba en obscuridad ó sombra confusa;
pero la persona colocó en seguida la linterna sobre la mesa donde
estaban los búcaros y los vasos de china. Al volver luego la cara, D.
Faustino, extático, absorto, reconoció á su _amiga inmortal_, más
hermosa, más gallarda que nunca. Si su mejor concepto de poeta, si su
más egregio pensamiento hubiera tomado cuerpo humano, no le hubiera
parecido más bello.
La luz de la bujía, que estaba sobre el velador, dió de lleno en el
rostro de la _amiga inmortal_ y trajo con el reflejo sus facciones
armoniosas y nobles á los ojos y al ánimo del Doctor, embelesado y mudo
de espanto.
--Los celos son más poderosos que el amor--dijo María con voz dulcísima
y triste.--Impulsada por ellos, lo he olvidado todo, lo he atropellado
todo: he venido á verte. Aquí me tienes.
D. Faustino no pensó en el modo con que aquella mujer había llegado
hasta allí. Poco le importaba que se hubiese filtrado, como un fantasma,
por los espesos muros de su casa solariega; que el diablo, para que él
no se quejase de que no le socorría, se la hubiese traído por el aire, ó
que hubiese penetrado por un medio natural y sencillo. Lo que le
importaba era tenerla allí, y sentir, al tenerla allí, una pasión que
jamás había sentido en toda su plenitud; no una pasión incierta y vaga,
cuyo valor no resistía al análisis ni al escalpelo de su espíritu
crítico, sino el amor evidente, perfecto, irresistible, vencedor de las
otras pasiones y digno de su alma.
--Aquí me tienes, Faustino--volvió á decir María.--Una fuerza superior á
mi voluntad me trae á tí. Soy tuya. ¿No valgo más que... esa otra? ¿No
lograré que me ames?
El rubor encendió el rostro de D. Faustino. Pensó en que todas las
palabras de amor, todas las expresiones de ternura, todas las frases de
afecto y hasta de adoración que pueden dirigirse á una mujer, habían
sido profanadas en sus labios la noche antes. Nada respondió á María.
Voló hacia ella y la estrechó frenético entre sus brazos.
[Imagen decorativa]
XVIII.
PACTO AMOROSO
Los primeros albores empezaron á penetrar por las mil hendiduras que
había en las viejas maderas de las ventanas de aquella habitación. El
canto alegre con que los pajarillos celebraban la venida del día llegó á
los oídos de D. Faustino y de su amada.
Movida de los celos, atropellando respetos morales y religiosos, roto el
freno de la prudencia, con ímpetu irresistible de amor, de amor que
rayaba en fanatismo y que la hacía creer que estaba enlazada al Doctor
con vínculo eterno, María había caído entre sus brazos.
--No me detengas más--dijo desprendiéndose de ellos--; debo partir: no
me sigas. Cumple el pacto que hemos hecho.
--Le cumpliré, por más que sea difícil cumplirle; pero ¿no me dirás la
razón, el fundamento de ese misterio en que te envuelves?
--La razón del misterio es el misterio mismo, y no puedo revelarle.
Antes quiero que de nuevo me prometas no seguirme; no pensar siquiera en
explicarte cómo he llegado hasta aquí, y si te lo explicas, ocultártelo
á tí mismo, si es posible. Por último, no quiero que hables á nadie de
mí ni de nuestras ocultas entrevistas. ¿Me lo prometes?
--Te he dicho que sí, y no faltaré á mi palabra, contestó el Doctor.
--Yo te amo con todo mi corazón y soy tuya para siempre--añadió María--.
Sin embargo, entiéndelo bien: guardo mi libertad para huir de tu lado,
cuando deba, sin que aspires á detenerme. Cuando yo crea que debo huir,
no pondrás obstáculo, no preguntarás la razón. Bástete saber que estoy
ligada á tí con eternas ligaduras. Mi huída te devolverá todo tu
albedrío; pero yo, aunque de tí me separe un mundo, me consideraré
siempre como tu fiel compañera, como tu esclava. Tú eres, tú has sido,
tú serás mi único amor. Tenlo por delirio, pero yo creo que te amo
eternamente, al través de mil existencias; que eres el alma de mi alma;
que soy, no ya tu inmortal amiga, sino tu esposa inmortal, la esencia
dulce y suave de tu propio espíritu.
--No, bien mío; tú eres su energía, su vigor, su gloria, la estrella
que ha de guiarle, el imán que debe atraerle, la virtud divina que es y
será principio, raíz y manantial constante de todos sus excelsos
pensamientos y de todos sus actos mejores. El tormento de no amar me
destrozaba el alma; la sospecha injuriosa de que era incapaz de amar mi
corazón amargaba mi existencia. Tú has desvanecido la sospecha
injuriosa; tú has acabado con el tormento. El amor del amor era mi
martirio. Sin objeto que mi alma juzgase digno de ser amado, mi alma se
consumía. Hoy mi alma vive en tí: te amo. Esta breve frase, _te amo_,
profanada mil veces, mil veces pronunciada sin conciencia y sin
sentimiento, tiene ahora un valor infinito, absoluto.
--Otra de las condiciones de nuestro pacto--continuó María, aparentando
frialdad que su voz trémula desmentía--, condición fundamental para que
mi orgullo quede tranquilo, y en cierto modo serena mi conciencia, á
pesar de mi pecado, que Dios con su misericordia quizás me perdone, es
que yo á nada te obligo ni te comprometo. Tú no debes hoy tal vez, casi
de seguro no deberás jamás, hacerme tu mujer legítima en esta vida
transitoria. Tú no puedes tampoco tenerme á tu lado como tu amiga.
Aunque las causas que me llevan á hacer vida tan misteriosa
desapareciesen, yo misma no consentiría en agravar el pecado con el
escándalo. Así, pues, quien no puede ser ni tu amiga ni tu esposa, debe
quedar libre para huir de tí cuando una imperiosa obligación la llame á
otro punto.
--No me atormentes, María--dijo el Doctor--. No sé quién eres; pero no
me importa desconocer estas ó aquellas circunstancias vulgares de lo
menos esencial de tu ser. María, yo conozco tu alma: mi alma se ha
confundido con tu alma. Quiero ser tu amante, tu esposo ante los
hombres, como ya lo soy ante Dios.
--No blasfemes, Faustino. El delirio de amor que nos une no tiene la
santidad de un sacramento.
--Pues ¿no dices tú misma que eres mi esposa inmortal?
--Sí, lo digo y lo creo. Nuestras almas están unidas; pero ¿hemos de
matarnos impíamente para que esta unión valga? ¿Hemos de prescindir del
ser corporal que tenemos? ¿Quién ha santificado la unión de Faustino y
de María, tales como son ahora en la tierra? Esta unión no es posible:
yo no la quiero. No puede santificarse.
--Y ¿por qué?--dijo D. Faustino--. Tú eres libre, tú eres hermosa, tú
eres sublime. Has venido inmaculada á mis brazos. Me has hecho dueño de
tu beldad y de tu corazón sin exigir nada en cambio. Yo ahora te lo doy
todo: mi mano, mi nombre, mi vida. ¿Quieres casarte conmigo?
--Nunca.
--¿Quieres vivir á mi lado?
--Tampoco.
--Y ¿por qué te niegas á casarte conmigo? ¿Por qué dices que nunca?
María estuvo un instante suspensa, silenciosa y como meditando. Luego
dijo:
--La sinceridad y el fervor con que me hablas me inducen á proponerte
una cláusula más en nuestro pacto amoroso. Me has preguntado si me
casaré contigo, y he contestado: «Nunca». Retiro el _nunca_. Yo estoy
tan cierta de que siempre te amaré, que te prometo ahora solemnemente
que, si pasada tu mocedad y realizados ó deshechos tus sueños
ambiciosos, eres libre, me amas aún, me buscas y vivo, seré tu esposa.
Antes no es posible... Tú no te comprometes á nada. Sola yo me
comprometo.
--Pues yo te juro que me casaré contigo cuando quieras.
--No jures. No acepto tu juramento. Dios no le aceptará tampoco y le
tendrá por vano. Adiós.
D. Faustino estrechó de nuevo entre sus brazos á la mujer querida. Ella
logró al cabo desprenderse de aquellas amorosas cadenas, corrió hacia la
puerta y desapareció sin que el Doctor se atreviese á seguirla.
María había prometido volver á la noche siguiente.
[Imagen decorativa]
XIX.
LOS MILAGROS DEL DESPRECIO
Ya no vacilaba ni dudaba D. Faustino. Su alegría era grande. Sentía
verdadero amor. Creía haber puesto en actividad el enérgico resorte que
antes faltaba á su alma, y se juzgaba capaz de acometer todas las
empresas y de abrirse camino al través de todos los peligros y
dificultades.
Sólo un escrúpulo de conciencia, casi un remordimiento, le atormentaba.
Era cierto que nada había prometido á Rosita; que ningún juramento le
había hecho; que ninguna palabra le había dado. Pero esto mismo
ilustraba y ensalzaba más la generosa confianza de la hija del
Escribano.
D. Faustino estaba decidido á no volver á verla; á sacrificarla á María,
á quien amaba con pasión, á quien pensaba amar siempre, aunque llegase á
saber que era la hija del verdugo; pero no podía menos de lamentar el
inmerecido desdén, el cruelísimo abandono de que iba á ser víctima
Rosita. Su resolución de no volver á visitarla era, no obstante,
inquebrantable.
Llegó aquel día la hora de la tertulia de los tres dúos, y Respetilla
fué solo. Rosita lo extrañó mucho y estuvo triste. Respetilla remedió el
mal por su cuenta, asegurando con un aplomo envidiable que D. Faustino
estaba enfermo, en cama. El disgusto de Rosita pasó entonces, de ser
algo colérico, á ser tierno y piadoso.
Durante cuatro días tuvo Respetilla la habilidad de seguir entreteniendo
á Rosita con la ficción de que D. Faustino estaba enfermo. Rosita le
enviaba con Respetilla los más cariñosos recados. Respetilla fingía, de
parte de su amo, otros recados no menos cariñosos.
Rosita pensó en escribir al Doctor; pero era tan mala su letra y tan
anárquica su ortografía, que para no desacreditarse no se atrevió á
escribirle.
Rosita preguntó al médico por la enfermedad de D. Faustino. El médico
contestó que no le había visitado y que no sabía de tal enfermedad; pero
Respetilla disipó la sospecha, asegurando que su amo se curaba á sí
propio.
Como D. Faustino no salía de casa, ni nadie le veía, lo de la enfermedad
era verosímil.
El Doctor, entre tanto, se calentaba la cabeza discurriendo el modo
menos malo de romper con Rosita. Pensaba escribirle una carta llena de
amistosos sentimientos de gratitud y de ternura, despidiéndose de ella
con razones alambicadas y sofísticas, con quintas esencias y
tiquis-miquis, más fáciles de inventar así en pelotón que de explicar
cumplidamente en un escrito.
Arduo empeño era el de escribir la tal carta. El tiempo pasaba y D.
Faustino no la escribía.
Cuando Respetilla interpelaba á su amo, como varias veces lo hizo, sobre
los motivos que tenía para no ir á ver á Rosita, D. Faustino, no
teniendo qué contestar, daba un sofión á Respetilla.
Hasta Doña Ana hallaba mal aquel rompimiento brusco y grosero; y aunque
no sospechaba cuán estrechos y apretados eran los lazos, extrañó que su
hijo no volviese en casa de las Civiles; y le excitó á que fuese, y á
que se apartase del trato de ellas con suavidad y cortesía.
D. Faustino, á pesar de estas juiciosas amonestaciones, estaba tan
prendado, tan en éxtasis perpetuo, tan elevado en los amores de su
_amiga inmortal_, que sentía repugnancia invencible por volver á visitar
á Rosita y á hablar de ella.
Aceptando por bueno el embuste de su criado, el Doctor explicó á su
madre el súbito abandono en que dejaba á las Civiles, alegando también
que estaba algo enfermo, pero que iría á verlas cuando estuviese mejor.
Para todos los de la casa, ignorantes del misterio de los amores, la
enfermedad del Doctor parecía verdadera. Ya no había paseos, ni á pie ni
á caballo; ya no había combates al sable, y el Doctor, cuando no hablaba
ni hacía compañía á Doña Ana, se encerraba en sus habitaciones.
Rosita, entre tanto, estaba llena de inquietud. Á veces dudaba de que
fuese cierta la enfermedad de D. Faustino. Su orgullo y la persuasión en
que estaba del valer de su ingenio y de su belleza apartaban de su mente
el horrible recelo de que un tedio súbito, una saciedad desdeñosa, un
desprecio invencible, hubiesen suplantado en el alma del Doctor aquel
fervor amoroso que ella había compartido y al que había cedido la noche
de la Nava. La soberbia montaraz de Rosita y su vanidad de labradora
rica y de reina de aldea no habían consentido que pusiese condiciones al
Doctor ni que exigiese de él promesa ni juramento alguno. Rosita no
había pensado distinta y claramente ni en que D. Faustino se casase con
ella, ni en nada parecido; pero tampoco había pensado, ni temido por un
instante, que el amor, satisfecho y pagado, había de alejar de ella á
aquel hombre, sino que había de aprisionarle más y más y hacerle para
siempre su siervo... ¡Tan poderosa se creía!
Ahora recelaba, ahora temía, ahora tenía celos, si bien todo de una
manera vaga y confusa. Cuando esta pasión se apoderaba de su pecho,
forjaba planes de venganza; maldecía en su interior á don Faustino;
volvía á llamarle D. Pereciendo, conde de las Esparragueras y abogado
Peperri; se sentía humillada de haberle querido; deseaba matarle, y
faltaba poco para que no rugiese como una leona.
Respetilla, imperturbable, intrépido, pertinaz en mentir, seguía
sosteniendo la enfermedad de su amo. Así templaba la furia de Rosita;
así lograba aún que su ánimo pasase de los ímpetus iracundos á la
compasión amorosa.
Por último, Rosita no pudo sufrir más; quiso salir de la duda que la
atosigaba. Una noche, al llegar Respetilla á la tertulia, tomó Rosita
por auxiliar á Jacintica, é intimó, ordenó y mandó al buen escudero que
las llevase á ambas á casa de don Faustino y que la hiciese entrar á
ella de oculto en la estancia del Doctor, mientras éste cenaba ó
conversaba con su madre en el piso alto. Así quería, saltando por cima
de todo respeto, ver á su amigo y cerciorarse de su desgracia ó de su
dicha. Respetilla aguzó en balde el ingenio para excusarse; Jacintica
suplicaba: Rosita exigía con imperio. Una y otra sabían que Respetilla
tenía la llave de la casa en su poder. No hubo más que rendirse. Además,
Respetilla decía para sus adentros:
--¿Qué mal ha de haber en esto? Quizás luego me lo agradezca mi amo. Él
no viene por aquí por alguna extravagancia que no comprendo. Esto será
sin duda algo de filosofías que no se me alcanzan. Pero en cuanto mi amo
vea á Rosita tan guapa, así de repente y como caída del cielo, en su
propio cuarto, á las once de la noche, vamos, no le parecerá mal. De
fijo que se alegra.
Hechas estas reflexiones, Respetilla cedió, y cedió con gusto: llevaba
en su compañía á Jacintica.
Se dispuso que otra criada se quedase haciendo de dueña, y autorizando
con su presencia los coloquios de Ramoncita y de D. Jerónimo. Al mismo
D. Jerónimo, que era un bendito, se le persuadió de que Rosita tenía un
jaquecazo de todos los diablos y que debía irse á acostar. Jacintica se
fué con Rosita como para cuidarla. Respetilla se despidió á poco rato, y
las dos mujeres, que estaban aguardándole, en un rincón obscuro del
portal, con los pañolones por la cabeza, se escabulleron con él, sin ser
vistas de nadie.
[Imagen decorativa]
XX.
CONTINÚAN LOS MILAGROS.
Eran las once de la noche cuando el Doctor bajó de la estancia de su
madre y entró en el salón de los retratos. Como había dado licencia á
Respetilla para que no viniese á desnudarle, le creía aún en la tertulia
de las Civiles, que terminaba á las doce. La amiga inmortal debía llegar
á las once y media. El Doctor solía luego encerrarse con llave. Tenía
además prohibido á Respetilla que entrase en su cuarto, como él no le
llamara. En suma, estaban tomadas todas las precauciones, ó al menos así
lo creía el Doctor. El triste no sabía lo que se preparaba. Rosita
estaba ya escondida detrás de una cortina, que cubría la puerta que
desde el salón de los retratos iba al dormitorio.
Cuando vió entrar al Doctor, bueno, sano, alegre y recitando unos versos
de Zorrilla, que decían:
Si eres recuerdo, endulzarás mi vida;
Si eres remordimiento, te ahogaré,