LAS ILUSIONES DEL DOCTOR FAUSTINO
JUAN VALERA
NOVELAS
Las Ilusiones del Doctor Faustino.
II
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OBRAS COMPLETAS
TOMO VI
Es propiedad.
Derechos reservados.
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XV.
LA TERTULIA DE LOS TRES DÚOS
Respetilla se apresuró á poner en conocimiento de Rosita que su amo iría
aquella misma noche de tertulia á su casa. No podía dar á Rosita más
agradable nueva.
Rosita, soltera, con más de veintiocho años, sin haber hallado nunca en
el lugar hombre á quien sujetar su albedrío, dominando despóticamente en
su casa, mil veces más libre y señora de su voluntad y de sus acciones
que una reina no constitucional, no se aburría, porque su actividad y la
energía de su carácter no eran para que se aburriese, pero se divertía
poquísimo; asistía á la vida como quien asiste á la representación de un
drama que le parece tonto y cuyos personajes no le interesan.
Era Rosita perfectamente proporcionada de cuerpo; ni alta ni baja, ni
delgada ni gruesa. Su tez, bastante morena, era suave y finísima, y
mostraba en las tersas mejillas vivo color de carmín. Sus labios, un
poquito abultados, parecían hechos del más rojo coral; y cuando la risa
los apartaba, lo cual ocurría á menudo, dejaban ver, en una boca algo
grande, unas encías sanas y limpias y dos filas de dientes y muelas
blancos, relucientes é iguales. Sombreaba un tanto el labio superior de
Rosita un bozo sutil, y, como su cabello, negrísimo. Dos obscuros
lunares, uno en la mejilla izquierda y otro en la barba, hacían el
efecto de dos hermosas matas de bambú en un prado de flores.
Tenía Rosita la frente pequeña y recta, como la de la Venus de Milo, y
la nariz de gran belleza plástica, aunque más bien fuerte que afilada.
Las cejas, dibujadas lindamente, no eran ni muy claras ni muy espesas, y
las pestañas, larguísimas, se doblaban hacia fuera, formando arcos
graciosos. El conjunto de todo expresaba una mezcla de malicia,
soberbia, imperio, alegría, ternura y deseo de amor, imposible de
describir. Ojos negros y ardientes, lánguidos á veces, á veces activos y
fulmíneos como dos ametralladoras, iluminaban aquella movible fisonomía.
Ramoncita, la otra hija del Escribano, era blanca, no tenía lunares,
tenía la boca pequeña, era más alta que Rosita, y pasaba también por más
guapa; pero ni en media docena de años revelaba Ramoncita, ni al alma
ni á los sentidos, lo que Rosita en un momento. Rosita, sólo con
mostrarse, daba idea de la gloria y del infierno; Ramoncita, del limbo.
Aunque Rosita tuvo tentación de adornarse un poco más que de costumbre
para recibir á don Faustino, vencida la tentación por su orgullo,
aguardó la llegada del nuevo visitante con el mismo traje de percal, con
el mismo pañuelo de seda al cuello y con el mismo peinado que de
costumbre. Ni siquiera renovó las rosas que tenía en el pelo desde por
la mañana y que estaban marchitas. No hizo más que lo que hacía todas
las noches antes de acudir á la tertulia; limpiarse los dientes, que
ella cuidaba mucho, y lavarse las manos, que, por andar con las llaves
de la despensa ó contando el dinero, ya para recibirle, ya para pagar á
los trabajadores, requerían este cuidado en mujer tan pulcra. Conviene
advertir, sin embargo, que ni las manos ni la cara de Rosita se echaban
á perder fácilmente con las faenas caseras, con el aire del campo y de
los corrales y con andar por las despensas y las bodegas. Rosita no era
un ser delicado, era una hermosura de bronce.
El Doctor, acompañado de Respetilla, cumplió su palabra, y entró, poco
después de las nueve de la noche, de tertulia en casa de las Civiles.
Rosita, Ramoncita, la confidenta y acompañanta Jacintica, y el futuro
médico, hijo del boticario, componían toda la reunión.
La conversación fué general durante diez ó doce minutos; pero
languidecía cada vez más, por la visible propensión de D. Jerónimo, el
hijo del boticario, á tener apartes con Ramoncita, y la no menos visible
de Respetilla á entonar un dúo con Jacintica la viuda.
Esta propensión prevaleció al cabo; se apoderó de los ánimos de Rosita y
del Doctor, y al cuarto de hora de estar el Doctor en la sala baja,
alumbrada por un esplendoroso velón de Lucena, se habían ya formado
insensiblemente tres grupos naturales. En un rincón estaban Ramoncita y
don Jerónimo, charlando en voz baja; en otro rincón Respetilla y
Jacintica, y en otro rincón, por último, se quedaron Rosita y D.
Faustino, hablando con tanta confianza y de asuntos tan íntimos como si
toda la vida se hubiesen tratado.
--Nada, Sr. D. Faustino,--decía Rosita,--conviene que cada cual se
conforme con su suerte. Este lugar es un corral de vacas... convenido;
pero... ¿dónde irá V. que más valga y menos gaste? Viviendo V. aquí tres
ó cuatro años, si hay dos ó tres de buenas cosechas, podrá desempeñar su
caudal y ponerse á flote. Ya desempeñado, y con el crédito de su ilustre
apellido y de su mucho saber, tal vez no sea difícil que elijan á usted
diputado. Así fuesen como Villabermeja los demás pueblos del distrito.
Aquí manda mi padre, y, por consiguiente, mando yo. Si la ocasión se
presentase y hubiese con quien contar en los otros pueblos, aquí
volcaríamos el puchero en favor de usted. De este modo iría V. á Madrid
como debe ir. Entre tanto, siga V. en sus estudios, escriba, medite,
aumente sus conocimientos; pero no sea tan huraño. El arco no ha de
estar siempre tendido. Bueno es que tenga el alma sus ratos de solaz y
esparcimiento. Véngase V. por aquí, y charlaremos y seremos excelentes
amigos. Yo no soy ninguna sabia, y sólo podré decir á V. cosas vulgares;
pero tengo recto juicio y acertaré á dar á V. buenos consejos, y tengo
además el genio tan alegre, que si logro no fastidiar á V., no hay
término medio, he de lograr también disipar sus melancolías y ponerle
regocijado, con el regocijo rústico y lugareño que por acá se estila.
--¿Cómo había yo de imaginar, querida Rosita--respondió D.
Faustino,--que había de tener en usted una amiga tan buena? No llegaban
á mis oídos sino las burlas que V. hacía de mí. Tenía miedo de
presentarme á V. No debe V. tildarme de huraño.
--Es verdad--replicó Rosita,--estábamos mal informados. Nos estimábamos
sin saberlo; y como no nos conocíamos, trocábamos en odio el afecto, y
nos hacíamos la guerra. Ahora, que nos conocemos, se trocará el odio en
amistad. ¿No es así?
--Por mi parte, yo no la odié á V. nunca. Ahora, que la conozco, la
quiero mucho.
El Doctor cogió la mano de Rosita y la estrechó cariñosamente.
El diálogo entre el Doctor y Rosita prosiguió en el mismo tono
afectuoso, prometiendo el Doctor acudir todas las noches á aquella
tertulia de los tres dúos.
El Doctor estaba contentísimo de la franqueza, bondad y rapidez con que
Rosita intimaba con él. Un recelo, no obstante, le atormentaba algo.
¿Pretendería Rosita que él fuese su novio, y cambiaría en mayor
aborrecimiento la nueva amistad cuando en el pueblo se divulgase que él
la visitaba, y Rosita se convenciese de que D. Faustino López de Mendoza
no aspiraba á casarse con ella?
Movido por este recelo dijo el Doctor á Rosita:
--He dicho que vendré aquí todas las noches, sin reflexionarlo bien.
Para mí no puede haber cosa de mayor gusto; pero ¿qué dirán en el lugar?
¿No comprometerán á V. mis visitas?
La hija del escribano soltó una carcajada, enseñando todos los blancos
dientes de su fresca boca.
--No se apure V.--dijo,--que yo no tengo miedo de compromisos. Digan lo
que quieran en el lugar, yo no temo perder mi colocación. Tengo
veintiocho años cumplidos, y no me he casado porque no he querido ni
quiero casarme. Soy libre como el aire y sé lo que me importa hacer, y
hago lo que quiero. Á nadie tengo que dar cuenta de mi vida más que á mi
padre, y mi padre no me la pide. ¡Bueno fuera que, siendo mayor de edad,
reina y señora de mi casa, no pudiese yo tratar y hablar con quien me
gusta!
El _con quien me gusta_ fué acompañado de una mirada muy amorosa de
aquellos ojos de fuego. Rosita, que era tan soberbia como apasionada,
añadió después, deseosa de que el Doctor no temiese que ella aspiraba á
casarse con él:
--¿Pues qué, no podremos V. y yo ser amigos, y charlar y reir y hacernos
compañía en estas soledades, por miedo de que murmuren? ¿Con quién hemos
de hablar, si no hablamos el uno con el otro? Las mujeres que como yo,
llegan á los veintiocho años, pasan de la flor de la juventud á la edad
madura, y no han querido casarse, ni han tenido novio, ni han tenido
coqueteos siquiera, me parece que tienen derecho á que se las considere
y respete. No faltaba más sino que yo no pudiese hablar con V. con
frecuencia, á fin de evitar que dijese algún tonto que anhelaba yo
enlazarme á la noble familia de los López de Mendoza.
--Y ser Condesa de las Esparragueras de la Atalaya,--dijo el Doctor
riendo.
--Y no es mal título--respondió Rosita, poniéndose colorada de que el
Doctor aludiese á su burla, pero recobrando al punto la
serenidad:--además, que para titular no le faltan á V. tierras más
productivas y de más bonito nombre. Y en todo caso, mi padre tiene la
Nava, Camarena y el Calatraveño, que se prestan á ser títulos, como
otras fincas de las mejores. Pero no pensemos en necedades. No titulemos
ni contraigamos matrimonio. Seamos dos _amigos_ leales que se quieren
bien. Seamos Faustino y _Rosita_. Olvídese V. hasta de que soy una
mujer. Yo lo tengo olvidado hace tiempo. Míreme V. bien: vestida de
percal; despeinada casi; con estas rosas ajadas y marchitas--y se las
arrancó de un tirón;--con esta facha de mayordomo, de aperador ó de ama
de llaves. Vamos, ¿qué pretensiones he de tener yo con esta facha?--y
Rosita se puso en pie, riendo, y dió una vuelta para que el Doctor
mirase el descuido de su traje y su completa ausencia de adorno y
coquetería. Luego prosiguió:
--Varias veces hemos hablado de V. Respetilla y yo, y hemos decidido que
V. es un penitente del diablo. En esto nos parecemos. Yo soy una
penitente por el mismo estilo. Salvo que no soy tan seria. Yo me río
como una loca, hasta de mi penitencia.
En efecto, el Doctor miró detenidamente á Rosita, y vió que tenía
razón. No había en ella el más ligero asomo de coquetería ó de estudio,
ni en el vestido ni en el peinado. No había más que la salud y el aseo.
Parecía, como ya se ha dicho, una estatua de bruñido bronce. La
intemperie no había ajado ni sus manos ni su cara, que tenían algo de la
pátina que da el sol de Andalucía á las columnas y á otros monumentos
artísticos. Su cuerpo, sin corsé ni miriñaque, se dibujaba bajo los
pliegues del percal, tan gallardo y airoso como el de Diana cazadora.
--Todo cuanto ha dicho V.--contestó el Doctor,--me parece la discreción
misma. Sólo hay un mandato, pues sus insinuaciones son mandatos para mí,
que creo que no podré cumplir.
--¿Y cuál es ese mandato?
--Que me olvide de que es V. mujer. Ese es un mandato imposible. Es V.
mujer, y mujer muy bonita, y V. misma lo siente y lo sabe.
Las rosas marchitas que Rosita había arrancado de sus cabellos y tirado
al suelo, estaban entre las manos del Doctor.
--Estas rosas--dijo,--más bien que de haber sido cortadas, se han
marchitado de envidia de esa cara tan graciosa. Yo las he de guardar
como recuerdo.
--¡Qué bobería!--dijo Rosita.--¿Para qué ese recuerdo? ¿No vamos á
vernos diariamente?
--Sí; pero ¿y de día? ¿Y cuando no nos veamos?
--Dé V. acá esas cosas--dijo Rosita; y se las arrancó al Doctor de entre
las manos y las echó muy lejos de sí.--Para recuerdo, ya que V. necesita
recuerdo á fin de no olvidarme, yo le daré otro mil veces mejor.
Abriendo, al decir estas palabras, un poco el pañolito de seda que tenía
sobre el pecho, metió la mano Rosita y sacó un escapulario de la Virgen
del Carmen que llevaba pendiente y oculto en aquel sitio.
--Tome V. este escapulario y guárdelo como recuerdo mío. Está bordado
por mí y bendito por el señor Obispo. Bese V.
Y le puso el escapulario en la boca para que le besase.
El Doctor le besó con la mayor devoción, notando que conservaba aún el
grato calor de quien se le daba.
En estos coloquios se pasó el tiempo hasta que dieron las once.
Jacinta, auxiliada por Respetilla, sirvió entonces la cena á los cuatro
señoritos, echando los manteles sobre una mesa que había en medio de la
sala, y trayendo cubiertos, vasos y una limeta de vino añejo. La cena
consistía en un plato de lomo de cerdo, conservado en manteca y bien
aliñado, y en otro plato de espárragos trigueros en salsa, con huevos
estrellados encima. De postres, higos, pasas, peros y arrope.
En la cena reinó la mayor alegría; la conversación volvió á ser general;
la limeta, que era de cristal y triple que una botella ordinaria, se fué
quedando vacía; y ya cuando los señoritos estaban en los postres,
Jacintica y Respetilla se sentaron patriarcalmente en la misma mesa y
dieron fin de cuanto había quedado.
Á poco volvió de arrullar á su tórtola el Escribano y rico propietario
D. Juan Crisóstomo Gutiérrez; y alegrándose mucho de ver á sus hijas en
tan buena compañía, hizo mil cumplimientos al Doctor Faustino.
Á las doce terminó la tertulia, y se retiró el Doctor á su casa, seguido
de Respetilla, su escudero.
Durante seis noches más siguió el Doctor acudiendo á la casa, cenando
con las hijas del Escribano, y formando con Rosita uno de los tres dúos
en que la tertulia estaba dividida.
En la séptima noche, nos permitiremos oir parte del coloquio entre
Rosita y D. Faustino. Poco antes de las once, hora de la cena, hablaban
ambos de este modo en un rincón de la sala:
--Ya que te empeñas, te tutearé--decía Rosita:--pero soy tan distraída,
que temo que he de tutearte en público. ¿Qué dirá entonces la gente?
Vaya, que digan lo que digan. Yo te tuteo..... ¿Y el escapulario, le
llevas siempre?
--Aquí le llevo--contestó el Doctor,--sobre el pecho, por debajo de toda
la ropa.
--¿Me quieres mucho?
--Con toda el alma.
--Mira, Faustino, querámonos así; pero no nos preguntemos cómo nos
queremos. Hay un encanto en quererse sin saber cómo, que se desharía si
nos obstinásemos en definir este afecto. ¿Es amistad? ¿Es amor? ¿Qué es?
--Es todo. Es algo de indefinible y poético--contestó D.
Faustino.--Ignoro cómo te quiero, pero sé que te quiero.
--Pues abandonémonos á ese sentimiento indefinible, sin averiguar lo que
sea en lo presente--dijo Rosita,--sin preveer á dónde nos lleva en lo
porvenir. ¿No hemos convenido en que somos dos ermitaños, aunque algo
diabólicos; dos penitentes de extraña condición? Pues bien: yo he oído
contar de otros dos penitentes que se encontraron una vez en un frondoso
bosque, desierto y florido, por donde corría un río de claras ondas.
Atada á la margen estaba una ligera y frágil barquilla. Los ermitaños
tuvieron el valor de embarcarse, de desatar la barquilla y de
abandonarse á la corriente, sin saber á dónde los llevaba.--¿Sabes á
dónde fueron?
--¿Pues no lo he de saber?--respondió el Doctor.--Fueron al Paraíso
terrenal. El querubín que le guarda con una espada de fuego, ó estaba
dormido ó los quería bien, y no se opuso á su entrada, y entraron, y se
regalaron allí como unos bienaventurados que eran.
--Veo que sabes la historia lo mismo que yo.
--Y dime, Rosita, ¿por qué no hemos de tener igual valor y confianza que
los otros ermitaños? ¿Por qué no nos hemos de embarcar en la barquilla y
dejarnos llevar de la corriente?
--Allá veremos--replicó Rosita.--Eso es para pensado. Por lo pronto no
estamos mal. Nos hallamos en el bosque frondoso, en el florido desierto,
á orillas del río de ondas claras. ¿No es ya bastante regalo? ¿No te
contentas? Anda, ermitaño insaciable, ten calma. Oye cantar los
pajaritos en el bosque, contempla las florecillas, sueña arrobado
mirando cómo va corriendo el agua con manso murmullo, coge alguna
campanilla ó violeta de las que brotan á la orilla del río, y no pienses
aún en lanzarte á la navegación, ni pidas Paraíso, como quien no pide
nada. Pues qué, ¿vale tan poco lo presente? El Paraíso mismo, ¿no tiene
precio, para querer llegar á él sin más ni más? Y el querubín, ¿no podrá
oponerse á que entremos?
--No hay más querubín que tú. Tú eres á la vez ermitaño, querubín y
Paraíso.
Á este punto llegaban, cuando Jacintica los interrumpió, llamándolos á
la cena, que estaba ya dispuesta. La conversación tuvo que hacerse
general. Aquella noche fué más animada que nunca. Jacintica y Respetilla
se sentaron á la mesa sin ceremonia, poco después de los señoritos. Hubo
gran tiroteo de chistes y de bolitas de pan. Respetilla, que tenía mil
habilidades, lució algunas de ellas: cantó como el gallo, ladró como el
perro, maulló como el gato, zumbó como la abeja y la mosca, rebuznó como
el burro, é imitó los brincos y movimientos de la rana y del mono.
Jacintica, que remedaba muy bien á las personas, puso en caricatura á
varias de las más conocidas en el lugar. Hasta D. Jerónimo, aunque era
formalísimo, se salió algo de quicio, y procuró contar dos ó tres
cuentos; pero todos eran sabidos, y, como por allá se dice, se los
_espachurraron_ con alboroto y risa. Rosita, por último, viendo á todos
tan amenos y alegres, y considerando que estaban en el mes de Mayo,
propuso una expedición á la magnífica casería que tenía su padre en la
Nava.
Los tertulianos aprobaron y aplaudieron con frenesí.
--Iremos mañana mismo,--dijo Rosita.--Estas cosas, si se retardan, no se
hacen. Saldremos de aquí á las tres. Á las tres de la tarde, todos á
caballo, á mulo ó á burro, en la puerta de casa.
--No faltaremos,--contestó el Doctor.
--No faltaremos,--repitieron los otros.
Cuando llegó, á poco, el Escribano, Rosita le dió parte del proyecto, y
el Escribano le aprobó.
--Claro está, papá--añadió Rosita,--que tú vendrás acompañándonos.
--Pues ¿cómo había de ser de otra suerte?--dijo D. Juan Crisóstomo.
--Iremos--prosiguió Rosita,--todos los que estamos aquí, y además, papá
me permitirá que yo convide á una amiga mía.
--Haz como quieras.
--Pues, entonces convidaré á Elvirita, y seremos ocho. Buen número, ¿no
es verdad?
--¡Buen número!--exclamó Respetilla.--No hay más que pedir. ¿Qué mejor
apaño?
Con estas profundas y filosóficas exclamaciones de Respetilla terminó
cuanto de importante se dijo aquella noche en la tertulia de los tres
dúos, y los tertulianos se separaron hasta el día siguiente.
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XVI.
EL PARAÍSO TERRENAL
Alguien pensará quizás que, estando de por medio los amores poéticos del
Doctor con su _inmortal amiga_, había mucho de profanación y de miseria
humana en enredar con Rosita, la hija del Escribano usurero, otros
amores bastante vulgares. El Doctor pensaba lo mismo, sobre todo cuando
no estaba bajo la influencia de Rosita. Cuando hablaba con ella, era el
Doctor hombre perdido. Desde la cumbre serena y clara de las sublimes
especulaciones se precipitaba y hundía en un abismo tenebroso.
¿De qué le valía meditar teóricamente en las cosas eternas, en lo
permanente y absoluto, en el origen, destino y último fin de lo creado,
si en la práctica venía á caer en ser un camarada de Respetilla y de D.
Jerónimo, con quienes hacía no ya _partida cuadrada_, sino partida
cúbica ó casi cúbica?
No pocas razones hallaba el Doctor para disculparse, algunas de las
cuales no estará de más consignar aquí. María, la _amiga inmortal_, era
sin duda una mujer que le amaba de un modo noble; pero el Doctor, en
vista de que ella misma se había descubierto y se había mostrado sin
ningún prestigio de elevación y tan envuelta en la realidad impura, no
podía convertirla en una como diosa, en un símbolo de todo lo santo y lo
bueno: no podía hacer de ella lo que Dante de Beatriz y Petrarca de
Laura. Exigir además amor exclusivo y fiel, aun siendo posible el
endiosamiento del ser amado, era empeño superior á nuestra condición
terrenal, ocultándose como el ser amado se ocultaba. El propio Dante
había tenido mil prosaicos extravíos, á pesar de Beatriz, y Petrarca, á
pesar de Laura, no se había descuidado tampoco.
El Doctor, por otra parte, aunque amaba lo ideal, no estaba muy seguro
de lo que fuese, porque de nada estaba seguro.
--Si lo que amo y quiero amar está abstraído, sacado por mí de lo real,
como si fuera una esencia ó un espíritu destilado ó más bien evaporado
en el alambique del entendimiento, cierto que sería un absurdo dejar la
realidad y la substancia por la apariencia, el vapor y la sombra. Ello
es que no acierto á concebir nada más bello que la forma de una mujer
bella. Si quiero poética ó artísticamente representarme á una diosa, á
una ninfa, á una sílfide, á la religión, á la filosofía, tengo que darle
forma de mujer. Verdad es que le quito imperfecciones y que le añado
bellezas, que las mujeres que he visto tal vez no tienen; pero, en lo
esencial, lo que me represento es una mujer. Luego la forma, el ser de
la mujer es lo más hermoso, deseable, poético y artístico que puede
concebir y amar el hombre.
En cuanto á las perfecciones y á las imperfecciones, también había mucho
que dilucidar. El Doctor abrió una vez el libro del orador romano, _De
natura deorum_, donde se toca magistralmente este punto, y halló que
hasta los lunares de Rosita pudieran pasar por divinas perfecciones. El
poeta Alceo estuvo perdidamente enamorado de un lunar: ¿por qué no había
él de enamorarse de dos lunares?
Hechos estos estudios filosóficos, el Doctor, si bien creyó ver en el
retrato de la coya ciertas miradas severas, desechó los escrúpulos que
le asaltaban y se decidió á imitar á su modo al ermitaño de la leyenda,
entrando en la barquilla y dejándose llevar de la corriente.
Doña Ana sabía ya las visitas de su hijo en casa del Escribano, y estaba
contrariada; estaba como sobre ascuas. Era duro exigir de un joven que
se enterrase en vida, que no tratase con nadie. De tratar con alguien
en Villabermeja, era evidente que lo más _comm’il faut_, _la high life_
legítima, el verdadero mundo _fashionable_ residía en la tertulia de las
Civiles. Y, sin embargo, Doña Ana (tan cogotuda la había hecho Dios) se
avergonzaba de que su hijo cenase con las Civiles y las tratase
familiarmente, y se asustaba previendo mil compromisos y enredos. Algo
de esto expuso á su hijo con notable circunspección y prudencia; pero
todo fué inútil. Á la hora convenida, el Doctor, caballero en su jaca, y
Respetilla en su mulo, estaban á la puerta de las Civiles para ir á la
gira campestre.
Rodeada de multitud de chiquillos, salió y se puso en marcha la
expedición. El Escribano y don Jerónimo iban en sendas mulas con
aparejos redondos. Rosita á caballo, á la inglesa, con traje de amazona
hecho en Málaga. Y por último, Ramoncita, Elvirita y Jacintica iban en
burros con jamugas. Resultaba, pues, que Rosita y el Doctor, que iban al
lado la una del otro, parecían los reyes de aquella pompa, y los demás
el séquito ó comitiva. Aquello era lo que vulgarmente se titula dar una
gran campanada. El lugarcillo se alborotó. Todas las mujeres salían á
las ventanas para ver pasar á las Civiles y al Doctor Faustino, que
desempedraban las calles. Se diría que era el triunfo de Rosita, que iba
luciendo á su cautivo enamorado.
Durante todo el viaje Rosita fué delante siempre con el Doctor al lado,
el cual le daba la derecha, mientras la anchura del camino lo consintió.
No hacía ni calor ni frío. El tiempo era hermosísimo.
Por medio de viñas y olivares fueron subiendo la falda de uno de los
cerros que tanto limitan el horizonte bermejino. Á la media legua no se
veía á un lado y otro ni planta ni hierba alguna, sino piedras enormes.
El cerro, casi como cortado á tajo, era una masa de áridos peñascos, sin
capa vegetal. Formando mil revueltas, se prolongaba el camino, que más
que camino pudiera calificarse de escalera. Sólo caballerías muy
acostumbradas, como las de que se servían nuestros expedicionarios,
podían ir por allí sin venir al suelo y derrocar á los jinetes.
Cerca de una hora duró esta ascensión dificultosa. El horizonte iba
extendiéndose á medida que subían. Al rayar en lo más alto, se
descubrían desde allí provincias enteras, iluminadas por un sol
refulgente, y claras y distintas, merced á la transparencia del aire,
limpio de nieblas y nubes. Se veían en lontananza Sierra Morena, al
Norte; hacia el Oriente, el picacho de Veleta, cubierto de nieve, y la
serranía de Ronda hacia el Mediodía. Dentro de estos límites,
poblaciones blancas y alegres, caseríos, huertas, viñedos, ríos y
arroyos, bosques de olivos y encinas, santuarios célebres en las cimas
de varios cerros, y muchísimos sembrados, que verdeaban entonces con
todo el esplendor de la primavera.
--¡Bendito sea Dios!--exclamó Rosita.--¡Qué vista tan hermosa!
--Yo no veo más que á tí--contestó el Doctor.--¿Para qué buscar la
hermosura remota cuando la tengo á mi lado? En tí se cifra todo lo mejor
de la tierra y del cielo. ¿Para qué cansar la mirada y la mente
recogiendo la belleza difusa, y para qué abarcar tanto espacio y cuadro
tan extenso al concebirla toda, si la tengo en tí en compendio y
resumen?
--Cállate, lisonjero, mentiroso; cállate, que me voy á volver tonta y
presumida con tus elogios. ¿Ves todos esos campos? ¿Ves todas esas
tierras que desde aquí se divisan? Pues en verdad que nada de por sí
vale tanto como la Nava, á donde pronto vamos á llegar. El verdadero
Paraíso terrenal está en la Nava.
--Donde quiera que estés tú, estará para mí el Paraíso.
Entre el Doctor y Rosita se cruzaron estas pocas palabras en un momento
en que pudo el Doctor aproximarse á ella. Casi siempre, durante la
subida, tenían que ir uno en pos de otro, pues la senda no tenía anchura
para más, y aspirar á ir dos en fondo por allí hubiera sido exponerse á
bajar derrumbados.
Respetilla, que iba detrás de Jacintica, como no podía tener _apartes_
con ella, se distraía cantando coplas de playeras muy amorosas. En todo
era Respetilla jocoso, menos en esto de cantar las playeras. Las cantaba
con mucho sentimiento. Era un gemido prolongado que ansiaba llegar al
cielo; era un suspiro melodioso que traspasaba los corazones. Así iba
cantando entre otras coplas:
Cuando yo me muera
Dejaré encargado
Que con una trenza
De tu pelo negro
Me amarren las manos.
Esta oración jaculatoria, esta melancólica saeta hería sin duda el alma
de la divinidad á quien se dirigía, que no era otra sino Jacintica; mas
no por eso dejaba de agradar á los demás oyentes. No hay nada que, en
medio del campo, en la soledad de un camino, cuando se va andando paso á
paso, tenga mayor hechizo que una copla de playeras bien cantada.
Por último, llegaron todos á lo alto. Un hermoso espectáculo se ofreció
entonces á sus ojos.
Aquellos peñascos áridos y desnudos se diría que forman como un enorme
vaso lleno de la tierra más fértil. La Nava es una meseta que tendrá
por la parte más ancha dos leguas de extensión. Por unos lados se sube á
la meseta desde terrenos más bajos; por otros, se levantan soberbios
montes, desde donde descienden varios arroyos abundantes, que fertilizan
aquel lugar delicioso. En las laderas, que se inclinan hacia la Nava,
hay viñas, almendros, acebuches y encinas; en la misma Nava, prados
cubiertos de hierba y de mil géneros de flores silvestres. Los arroyos
se han abierto cauce, al parecer sin que intervenga la mano del hombre,
y en sus orillas y cerca de sus orillas se han formado sotos frondosos,
donde resplandecen los alisos, los álamos blancos y negros, los fresnos
y los mimbrones. Cuando un arroyo hace remanso, crecen los juncos, las
espadañas y la juncia; y por todas las orillas embalsaman el ambiente
los mastranzos, el toronjil y la mejorana.
Florecía entonces todo en los prados, merced á la primavera; y sobre el
fondo verde de la hierba fresca y tierna lucían, cual rico esmalte ó
cual bordado primoroso, las nigelas azules, los lirios morados, la
salvia purpúrea, la amarilla gualda y las blancas margaritas.
Otras mil flores y plantas brotaban espontáneamente por toda aquella
llanura y al borde del sendero por donde iban ya caminando el Doctor y
Rosita. Las marimoñas y las mosquetas se podían segar; las adelfas
arbóreas empezaban á abrir sus capullos y mostrar el color sonrosado de
sus más tempranas flores, y el romero y el tomillo perfumaban el aire
puro.
Buscando sombra y frescura, habían acudido allí mil linajes de pájaros,
como pitirojos, vejetas, oropéndolas, verderoles, gorriones y jilgueros,
los cuales parecía con sus trinos que saludaban á los recién llegados.
Rosita estaba entusiasmada de todas aquellas bellezas y muy satisfecha
de mostrar á D. Faustino los encantos de los dominios de su papá, en los
cuales ya habían entrado. Aunque gentes de otros lugares tenían fincas
en la Nava, la mejor y más grande era la del escribano D. Juan
Crisóstomo Gutiérrez.
Poseía éste, en las laderas contiguas á aquel llano, muchas fanegas de
majuelo, que estaban á la sazón binando más de cincuenta hombres que
habían venido de varada; y en la misma meseta, muchos prados, donde
tenía toros bravos, vacas, novillos, ovejas y carneros. El Escribano
había asimismo circundado de un seto vivo de granados, zarzamora y
lentisco un buen espacio de tierra, donde tenía un huerto con frutales y
muchas legumbres. Á la entrada del huerto se parecía la casa de campo,
capaz, limpia y bonita. Allí había bodegas, lagar, tinado para los
bueyes, y algunas habitaciones cómodas para los señores.
La placeta, que se extendía delante de la fachada, estaba empedrada de
redondas chinitas ó piedrezuelas, formando dibujos con sus varios
colores, como si fuese un rústico mosaico, y todo alrededor había
higueras, nogales, floridas acacias y una multitud de rosales de todos
géneros, llenos entonces de rosas blancas, rojas y amarillas.
Una torre de la casería servía de palomar, y las mansas palomas bajaban
á la placeta y venían casi á posarse sobre las personas, y á tocarse los
picos y á arrullarse allí sin el menor recelo. Multitud de golondrinas
habían formado sus nidos entre las tejas salientes y el muro de la
casería. Aficionadas á la sociedad humana, las golondrinas prorrumpieron
en jubilosos chirridos cuando llegaron Rosita, el Doctor y los demás de
la expedición.
La casera, el casero y sus hijos salieron á recibirlos y á tener las
caballerías, que llevaron á los pesebres.
Ya todos á pie, se formaron cuatro parejas, asidas de los brazos, y se
fueron á ver el huerto, que era precioso. Aún no había más fruta que
alguna fresa; pero el lozano y pródigo florecimiento de mil frutales,
como cerezos, manzanos, membrillos y albaricoqueros, prometía abundante
cosecha. Quedaban algunas violetas tardías, que era la flor de que más
gustaba Rosita, y en busca de las violetas se fué Rosita con el Doctor á
los umbríos, donde, penetrando poco los rayos del sol, se mantenía más
fresca la tierra y consentía que las violetas durasen.
Allí dijo el Doctor á su compañera:
--Todo esto es amenísimo, hechicero; mas, si tú no me amas, me parecerá
horrible.
--¿Pues no te he dicho que te amo?--contestó Rosita.
--No basta decirlo--replicó el Doctor.--Mira tú cómo se aman todos los
seres en esta venturosa estación. Imítalos amando. El aire que se
respira parece un filtro de amor, y en todos, menos en tí, obra sus
mágicos efectos.
--Déjame ahora tranquila--contestó Rosita.--¿No puedes gozar de la
felicidad presente, ambicioso, inquieto, anhelante de mayor bien? Oye,
Faustino: yo no soy calculadora; yo no reflexiono mucho cuando me mueve
la voluntad algún poderoso estímulo; pero un pensamiento triste me
conturba á veces. Imagínate que estamos á orillas de aquel río
misterioso de que habla la leyenda; que esta acequia, que riega el
huerto, es ese río; que esta hoja seca, que está cerca de la margen, es
la barquilla que nos convida á aventurarnos en la corriente, y que ya
nos hemos aventurado. ¿No será posible que nos castigue el cielo, y que
en vez de ir al Paraíso terrenal vayamos á caer en un precipicio?
--Cruel--dijo el Doctor,--si tú me amases no pensarías tanto en lo
futuro: reconcentrarías tanta felicidad en el momento presente, que
bastaría con ella á llenar todos los siglos. ¿Qué martirio, qué
desengaño, qué mal, que viniese más tarde, podría igualar la ventura de
ahora?
Así se explicaba el Doctor cuando D. Juan Crisóstomo y Elvirita llegaron
al sitio en que estaban. Luego vinieron también las otras dos parejas, y
todas juntas rieron y charlaron.
La hora del crepúsculo fué encantadora en aquel sitio. Las flores dieron
más perfume; el aire se llenó de más grata frescura; los pájaros
despidieron al sol, que se sepultaba entre nubes de carmín y oro, con
trinos y gorjeos más amorosos y suaves.
Volvieron al tinado los bueyes y las vacas, y al corral, que servía de
aprisco, los novillos más tiernos y muchas ovejas con sus recentales.
Los cincuenta hombres que habían estado binando se vinieron á la
casería, con el aperador á la cabeza. Todos traían las azadas al hombro,
menos el aperador, que llevaba la vara, signo de su autoridad y como
bastón de mando con que dirigía las faenas agrícolas. De la vara, sin
duda, proviene que cuando van jornaleros á una finca distante de la
población y duermen en ella, durante algunos días, hasta que terminada
la obra vuelven al lugar, se diga que van de varada.
La varada debía terminar al día siguiente. Los cincuenta hombres aún
dormían aquella noche en la casería, donde tenían para dormir una cámara
espaciosa.
Todo era, pues, animación y bullicio rústico en la puerta y placeta de
la casería, cuando llegó la noche. Con la venida de los amos no pudo
menos de prepararse una gran fiesta. La noche convidaba á ello. El cielo
despejado dejaba que la luna y las estrellas derramasen su luz pálida
sobre todos los objetos, orlando los árboles con perfiles de plata y
difundiendo por donde quiera una incierta y vaga claridad. Los
ruiseñores cantaban en la espesura; los arroyos murmuraban con cierta
monotonía, y lo apacible y regalado de la noche convidaba á tomar el
sereno.
Pronto se improvisó un magnífico baile en la ya descrita placeta. Entre
los jornaleros había dos que habían traído guitarras y que las tocaban
bien, no sólo de rasgueado, sino de punteo. Cantadores sobraban, y no
faltaba por cierto gente que bailase. La casera que era joven, las
Civiles y Elvirita y Jacinta gustaban todas del fandango. Los jornaleros
más ágiles bailaron con ellas; pero ni D. Juan Crisóstomo, ni D.
Jerónimo, ni el propio Doctor, á pesar de toda su gravedad filosófica,
pudieron excusarse de dar unos cuantos brincos y de hacer dos ó tres
docenas de piruetas y mudanzas.
Respetilla estuvo inspirado, sobre todo hacia lo último de la función,
porque en medio de ella todos cenaron corderos en caldereta, guisados
por los pastores, con lo cual se despilfarró el Escribano, cocina de
habas con cornetillas picantes, y un salmorejo rabioso de puro
salpimentado. Con estos llamativos de la sed nadie desdeñó el vino de
las bodegas de la casería, que circuló con profusión en jarros para los
jornaleros y criados, y en vasos, para los señores. Con el jaleo,
regocijo, confusión y general tremolina, Rosita y el Doctor pudieron
decirse cuanto quisieron. El Escribano se puso alegre, y Respetilla
recitó muy bien, y sin esforzarse, la relación del borracho que habla
con su novia, y recitó además la relación de _El Ganso de la
botillería_.
Para que nada faltase, hubo juegos, que Respetilla sabía dirigir y aun
componer admirablemente. Por _juegos_ se entienden algo como
representaciones dramáticas, en su forma más ruda. Los actores son
cómicos y poetas á la vez, y cada uno inventa lo que dice. Uno solo, y
aquella noche lo fué Respetilla, es el que dirige y compone el argumento
y plan del drama.
Dos juegos ó dramas hizo y representó Respetilla aquella noche: uno
histórico y otro fantástico. Versaba el histórico sobre las burlas que
la reina María Luisa hacía á muchas personas, porque era muy chistosa y
amiga de burlas. Solo Quevedo puede y sabe más que la reina en esto de
burlar, y acaba por hacer á la reina una burla más aguda, con lo cual
quedan las otras vengadas. En este juego hizo Jacintica de reina María
Luisa, y Respetilla de Quevedo.
El otro juego fué más común y ordinario; fué de los que más se usan en
las caserías y cortijos. El protagonista es un jornalero decidor,
enamorado, valeroso y algo borracho; en suma, un Don Juan Tenorio
plebeyo. Respetilla hizo este papel. Nuestro héroe, aunque comete
doscientas mil insolencias, se gana la voluntad de San Pedro, de San
Miguel ó de otro santo; y cuando viene el diablo en su busca para
llevárselo al infierno, hace que el diablo pase la pena negra y se mofa
de él á casquillo quitado. Para diablo se busca siempre en estos juegos
al más bobo que se puede hallar en toda la compañía. Aquella noche
había, por fortuna, uno muy bobo, y Respetilla hizo reir á su costa,
obligándole á salir dando bramidos, con unas trébedes en la cabeza, como
corona del monarca del abismo, á cuatro patas, todo tiznado con hollín
de la chimenea, y luciendo en cada pie de las trébedes un trapo mojado
en aceite y encendido como una antorcha.
Todos rieron y celebraron mucho lo mortificado, vejado y rendido que
quedó el diablo en aquella contienda.
Con esta representación diabólica terminó la función.
En la casa había cuartos de sobra para los señores, y todos fueron á
acostarse, á su cuarto cada uno, á fin de levantarse temprano y ver
amanecer en la Nava.
D. Faustino estaba tan embelesado de la fiesta del campo, de aquellas
escenas primitivas y agrestes, y sobre todo de Rosita, que se creyó
trasladado á la Edad de oro; se olvidó de sus ilustres progenitores de
Mendozas, de la coya y hasta de María, y se tuvo por un pastor de
Arcadia y tuvo á Rosita por su pastora.
Á la mañana siguiente salieron todos á caballo á recorrer la Nava, á ver
los toros y á visitar el majuelo, donde los trabajadores terminaban ya
la bina.
El Doctor iba al lado de Rosita, como encadenado por el amor y la
gratitud. Rosita parecía una reina que mostraba su favorito á los demás
vasallos. Parecía la reina de Cilicia, Epiaxa, pasando revista con el
joven Ciro á los bárbaros y á los griegos, ó Catalina II presentando á
Potemkin á toda su corte.
Por la tarde volvieron los señores al lugar. Los jornaleros, que habían
ido de varada, volvieron también, y no quedó casa en que no se refiriese
y comentase el triunfo de Rosita.
Por la noche se suprimió la tertulia de los tres dúos. Á la puerta de la
casa del Escribano se despidieron todos.
--¡Adiós, hasta mañana!--dijo Rosita al Doctor.
--¡Adiós, bien mío!
--¿Me querrás siempre? ¿Estás contento de mí? ¿Eres dichoso?--añadió
Rosita en voz baja.
D. Faustino le apretó la mano con efusión y contestó:
--Te adoro.
[Imagen decorativa]
XVII.
MÁS PUEDEN CELOS QUE AMOR
El Doctor, de vuelta á su casa, fué á ver á su madre y le dió el gusto
de estar de conversación y de cenar aquella noche con ella, de lo cual
la tenía muy deseosa, por acudir á la tertulia de las Civiles.
Después de la cena, y retirada el ama Vicenta, que la servía, Doña Ana y
su hijo hablaron de sus negocios, nada florecientes, y al cabo dijo Doña
Ana:
--Mal estamos, hijo mío; pero te aseguro que hoy me arrepiento de que no
te hayas ido á Madrid, y sueño con buscar medio de que te vayas, aunque
sea empeñándonos más.
--¿Y por qué, madre mía, quiere V. ahora alejarme de sí?
--Voy á decírtelo claro, sin andar con rodeos, como una madre debe
hablar á su hijo: porque tus relaciones con Rosita me traen
sobresaltada.
--¿He de vivir como en un desierto, sin tener relaciones con nadie?
--Tienes razón. Yo debí pensar en eso, y, no ya detenerte, sino
estimularte para que te fueses de este lugar. Aquí tenías que
avillanarte por fuerza.
--Madre, esa palabra es muy dura. ¿En qué y por qué me he avillanado?
--Faustino, no creas que te culpo; casi te excuso. Conozco que no habías
de vivir, en la flor de tu edad, como vive un anacoreta. Sólo un fervor
de religión, que por desgracia no tienes, podría haber hecho tal
milagro. Los hombres, ó por educación ó por naturaleza, carecéis del
santo pudor; carecéis del estímulo de quien cifra en el recato la honra,
que es lo que salva á las mujeres.
--Aun así, madre mía--dijo el Doctor,--no todas las hermanas de mis
abuelos, cuando tuvieron hermanas, acabaron por meterse monjas, á fin de
no emparentar con gente baja y deslustrar el brillo de nuestra familia.
Algunas se casaron con arrieros enriquecidos, con labriegos dichosos y
con afortunados contrabandistas. Parientes tenemos por este lado entre
lo más ruín del lugar.
--Lo sé, hijo mío; pero sé también que ningún López de Mendoza, ningún
varón de tu casta, desde hace siglos, se ha casado jamás con mujer que
no sea de su clase. ¿Serás tú el primero?
--Y á V., madre mía, ¿quién le ha dicho que yo me voy á casar?
--Pues entonces, ¿á qué esas visitas? ¿Á qué esos amores? ¿Me negarás
que los hay? ¿Qué fin, qué desenlace van á tener?
Don Faustino se puso rojo como la grana y bajó los ojos al suelo,
guardando silencio.
--Todo me lo explico--prosiguió Doña Ana;--pero has caído en un error
harto peligroso; no has comprendido los mil inconvenientes de tu
conducta. Quiero prescindir del pecado, de la vergüenza, del escándalo
de unas relaciones amorosas que no se piensa en que tengan por término
el matrimonio. Quiero suponer, además, que esa Rosita es tan descocada y
sin decoro que te acepta por amigo, y que no piensa siquiera, por amor á
su libertad y por seguir siendo señora de sí misma, de su casa y de sus
bienes, en convertir á su amigo en dueño y marido legítimo. Todo esto
quiero suponer. ¿Has reflexionado tú el papel que vas á hacer, el papel
que probablemente estás ya haciendo?
Don Faustino entrevió todo el peso de la acusación de su madre. Se
sintió abrumado bajo él. No contestó palabra.
--Los vicios de un caballero--prosiguió Doña Ana,--no dejan de serlo
aunque sean de un caballero; pero aún es mayor dolor cuando se llega á
ser vicioso sin nobleza y sin hidalguía.
--V. se propone martirizarme. V. está afrentándome, madre. ¿Qué pretende
V. decir con eso?
--No, hijo de mis entrañas: tu madre, que te ama, no puede afrentarte,
diga lo que diga. Si mi voz es hoy harto severa, acalla tus pasiones,
oye en silencio la voz de tu conciencia, y lo será más aún. Lo que yo
quiero significar (estamos solos y voy á hablarte con crudeza) es que si
tu mocedad te incitaba á tener amores groseros y vulgares, hubiera sido
menos indigno, menos impropio de un caballero, buscarlos en una mujer
pobre, de lo más infeliz del pueblo, á quien, sin engañarla nunca con
necias esperanzas, hubieras en cierto modo elevado hasta tí: cuya
miseria hubieras socorrido. Aunque pobre y empeñado, todavía podías
permitirte este lujo en nuestro miserable lugar. Ante Dios hubieras
cometido un pecado gravísimo; para los hombres hubiera sido un
escándalo; pero sobre el escándalo y el pecado no hubiera venido la
humillación, como viene ahora. La hija del Escribano usurero es rica, te
agasaja, te lleva á sus posesiones, te muestra á sus criados como si tú
fueses su criado favorito, su Gerineldos, su... chulo. No falta ahora
más sino que digan por ahí que te mantiene, ó que te mantenga en efecto.
Tal vez un orgullo aristocrático desmedido exageraba las cosas; pero en
el fondo había mucho de verdad en lo que Doña Ana estaba diciendo. Don
Faustino lo sentía así: le irritaba la fiereza de expresión y de
sentimientos con que su madre le zahería; pero allá en lo más hondo de
su conciencia se declaraba culpado.
--Los jornaleros que han estado binando en la Nava--prosiguió la
tremenda matrona rondeña,--vuelven contándolo todo según su estilo. Todo
ha llegado á mis oídos como lo cuentan. La señorita Doña Rosa Gutiérrez
te obsequia, te favorece, te regala, te encumbra hasta ella, te elige
por su favorito, te luce como pudiera lucir un brinquillo, se muestra
espléndida por tu causa, dando á todos para cenar cordero y vino
generoso; en fin, aparece á los ojos de todos como reina ó emperatriz
que saca de la nada á uno de sus vasallos, porque le ha caído en gracia.
Los que hayan vivido en una aldea y conozcan sus usos y costumbres,
comprenderán el furor de Doña Ana, dado su carácter. La malicia de los
campesinos es sin piedad; y cuantos habían visto á Don Faustino y á
Rosita en la Nava habían vuelto explicando aquellos amores del modo que
Doña Ana decía. Por el ama Vicenta y por otros criados sabía Doña Ana
los comentarios lugareños, y estaba fuera de sí, herida en lo más
sensible de su alma: en su orgullo aristocrático y en su amor de madre.
Consternado el Doctor, permanecía silencioso y con la cabeza baja.
--Créeme, hijo mío, es muy cruel para tu madre lo que está
sucediendo--prosiguió Doña Ana.--Ya te consideran todos en el lugar como
el amigo, el protegido de la hija del Escribano. Esta gente soez imagina
que tú eres para Rosita algo parecido á lo que el vulgo de Madrid
imaginaría de Godoy con relación á una gran señora. En que te tengan por
tal han venido á parar todos nuestros sueños ambiciosos, todas nuestras
ilusiones. Mira qué princesa te tiende la mano y te levanta á su altura.
Mira qué emperatriz te da su privanza, gentil y valeroso caballero. ¿Fué
para eso para lo que te concibió y te parió tu madre?
Jamás había visto el Doctor á aquella señora tan irritada y violenta.
Quería el Doctor disculparse y hasta vindicarse; mas no acertaba á decir
palabra. En medio de todo, Doña Ana no sospechaba siquiera que las
relaciones entre Rosita y el Doctor estuviesen tan adelantadas. Amores
tan por la posta no cabían en la cabeza de la severa hidalga. Temeroso
Don Faustino, ó de tener que mentir, ó de tener que revelar algo que
molestaría y afligiría más á Doña Ana, seguía callándose, en actitud
humilde.
Más mitigada la furia con el silencio y la humildad que con la
contradicción ó la apología que el Doctor hubiera podido hacer,
continuó Doña Ana en tono menos acre:
--Ten valor, Faustino. Acuérdate de quién eres. Deja de ir todas las
noches en casa de esas mozuelas. Ve apartándote poco á poco de su trato
y familiaridad. No te digo que rompas de repente, porque no es justo
ofender á nadie. El Escribano, además, es malo para enemigo. En un
instante, si quisiera tomar venganza de tí, podría concitar á nuestros
acreedores, ejecutarnos, hollarnos, perdernos. Pero si tú, sin faltar á
la cortesía, pretextando enfermedad ú ocupaciones, vas dejando de ir á
su casa, ni él ni sus hijas tendrán razón de quejarse. Su venganza se
limitará á alguna burla tonta como la que hacen de mí. Dirán también de
tí que eres brujo; que te tratas, como yo, con el Comendador Mendoza,
con la coya Doña María y con otras almas en pena de nuestra familia.
--Madre--contestó al fin el Doctor,--nada puedo prometer á V. ahora;
pero no dude que deseo complacerla. Por lo pronto sólo diré que no tengo
yo la culpa de que los jornaleros y las comadres de este lugar
interpreten mis acciones aviesamente. Baste saber que yo no he dado
motivo para la censura acerba que V. ha formulado. Podrá haber habido
imprudencia en mí; pero nada he hecho indigno de un caballero. Si el
Escribano es rico y nosotros somos pobres, tampoco es culpa mía. ¿Cómo
quiere V. que me enriquezca en este lugar? Por consejo y excitación de
V. fuí á vistas de mi prima Costanza y salí desairado. No tema V. que,
después de aquel escarmiento, vaya yo por mi iniciativa á buscar, ni en
la hija del Escribano, ni aunque fuera en la hija de un rey, remedio ó
alivio para la pobreza en que vivimos.
Doña Ana amaba con pasión á su hijo: empezó á sentir que había estado
con él cruel en demasía; el recuerdo del desaire que por culpa suya
había sufrido el Doctor de Doña Costancita le ablandó más el corazón; y
dándose por satisfecha con lo que el Doctor acababa de decir, se levantó
Doña Ana de su asiento, se echó en los brazos de su hijo y le dió muchos
besos, vertiendo á la vez amargo llanto.
--¡Qué desgracia, hijo mío! ¡Qué desgracia! ¡Somos unos miserables: nos
miran como á unos pordioseros!
El pobre Doctor consoló á su madre lo mejor que supo y pudo, aunque él
también tenía harta necesidad de consuelo.
Á poco se retiró Doña Ana á descansar, y el Doctor descendió á sus
habitaciones del piso bajo. Estaba agitadísimo y no quiso meterse en la
cama.
Respetilla, según costumbre, acudió á desnudarle. Don Faustino le
despidió y se quedó en el salón de los retratos.
Don Faustino no pudo ni estudiar, ni escribir, ni leer. Andaba á grandes
pasos por la sala; meditaba y cavilaba con tal exaltación, que á menudo
pronunciaba las palabras que acudían á su mente con las ideas, y
accionaba y manoteaba como un loco.