XLII[6]

[6] Leído en la inauguración del Florilegio de poetas

castellanos.

Señoras y señores:

La Sección de Literatura sabe muy bien á lo que se expone con este

florilegio de poetas cuya lectura hoy comenzamos. Se expone á vuestro

aburrimiento. Y á conciencia de aburriros nos arriesgamos en esta

empresa. Sí, señores. En España es preciso que nos acostumbremos al

aburrimiento. Los españoles somos tristes por ser demasiado divertidos.

Parece paradoja, ¿verdad? Pues así es... Todo nos aburre y todo nos

fastidia, porque pretendemos divertirnos con todo. De la palabra lata

hemos hecho una pavorosa divinidad. Todo es lata. Lata es un discurso

de presupuestos; los diputados y senadores huyen apenas se inicia la

discusión, se refugian en el salón de conferencias, en los pasillos

y allí se bromea á costa de los oradores serios y se prefiere la

amenidad, la diversión de la comidilla política diaria...

Después nos sorprende algún impuesto oneroso, algún despilfarro que ha

de pesar sobre el contribuyente harto castigado.

Pero ¿qué importa? Nos hemos librado de una lata.

La Ciencia nos engorra, el Arte en serio nos fastidia. Faltos de

ambiente, son muy contados los que trabajan por la Ciencia y el Arte...

¡Asusta tanto que nos llamen lateros!

Un día las naciones de Europa llaman á concurso, se buscan nombres,

obras, no hay nombres ni obras que ofrecer á los extranjeros. La

vanidad nacional se siente herida... No tenemos Ciencia, no tenemos

Arte. Está bien. Pero tampoco hemos tenido que soportar latas, ¿y lo

que nos hemos divertido entre tanto?

Yo confieso que me encanta y me enamora este modo de ser nuestro y

prefiero para vivir las ciudades á lo morisco, en que las gentes se

tienden al sol y van reposadas por las calles en amables y ociosas

charlas á las ciudades á la europea, á la americana, por donde se

camina á empujones, á codazos, sin un saludo cordial, sin un piropo

chirigotero...

Lo malo es que la humanidad ha llegado á su madurez, y estos pueblos

infantiles, que sólo quieren diversión y juego como los niños, están

muy expuestos á ser traídos á la razón de mala manera. Porque en la

casa donde se trabaja, á la hora de trabajar molestan los niños.

Por eso conviene que los españoles empecemos á saber aburrirnos. La

cultura no es otra cosa. Sólo son grandes y cultos los pueblos que han

logrado por fin no aburrirse con todo lo aburrido. Cuando se ha llegado

á sublimar el aburrimiento hasta el éxtasis, como en la música de

Wagner, se ha llegado á esa civilización suprema.

Por fortuna, este aburrimiento disciplinado concluye por ser más segura

diversión que la otra, la diversión alocada de un día y otro. Porque la

vida, aunque parece que es eso, un día y otro y una hora y otra hora es

algo más. Es el día de la suma, la hora de las cuentas, en que todo se

paga.

Hay una parte de nuestro ser perezosa, casi inerte, su aspiración es el

reposo y todo lo más un dulce columpiarnos, una diversión del espíritu;

avanzar un poco para retroceder al mismo punto. Hay otra parte más

alta y más noble que aspira á desprendernos de todo esto que sujeta y

detiene, de esto que llamamos la vida y con decir «la vida es así» lo

disculpa todo. Pero esta parte, única evolutiva, creadora, única que

puede libertarnos al fin de la vida y de nosotros mismos, es la que

hemos de cultivar con dolor y con aburrimiento hasta vencerlos, hasta

sobreponerse á ellos.

Decir ¡Qué lata! Es decir pereza mental, indigencia de nuestro

entendimiento, sequedad de nuestro corazón.

Decimos ¡Qué lata! Y cerramos el libro y apartamos al amigo y por no

aburrirnos un día nos quedamos en soledad para muchos días, para toda

la vida.

Y esa soledad, que es desolación porque nada queda donde nada hubo y

por habernos divertido unas horas nos aburrimos para siempre.

He dicho, y como pocas veces he dicho lo que sentía, porque ¡deja uno

tantas veces de decir lo que siente por temor á parecer latero...!

De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5) · 第 48 / 52 题