[6] Leído en la inauguración del Florilegio de poetas
castellanos.
Señoras y señores:
La Sección de Literatura sabe muy bien á lo que se expone con este
florilegio de poetas cuya lectura hoy comenzamos. Se expone á vuestro
aburrimiento. Y á conciencia de aburriros nos arriesgamos en esta
empresa. Sí, señores. En España es preciso que nos acostumbremos al
aburrimiento. Los españoles somos tristes por ser demasiado divertidos.
Parece paradoja, ¿verdad? Pues así es... Todo nos aburre y todo nos
fastidia, porque pretendemos divertirnos con todo. De la palabra lata
hemos hecho una pavorosa divinidad. Todo es lata. Lata es un discurso
de presupuestos; los diputados y senadores huyen apenas se inicia la
discusión, se refugian en el salón de conferencias, en los pasillos
y allí se bromea á costa de los oradores serios y se prefiere la
amenidad, la diversión de la comidilla política diaria...
Después nos sorprende algún impuesto oneroso, algún despilfarro que ha
de pesar sobre el contribuyente harto castigado.
Pero ¿qué importa? Nos hemos librado de una lata.
La Ciencia nos engorra, el Arte en serio nos fastidia. Faltos de
ambiente, son muy contados los que trabajan por la Ciencia y el Arte...
¡Asusta tanto que nos llamen lateros!
Un día las naciones de Europa llaman á concurso, se buscan nombres,
obras, no hay nombres ni obras que ofrecer á los extranjeros. La
vanidad nacional se siente herida... No tenemos Ciencia, no tenemos
Arte. Está bien. Pero tampoco hemos tenido que soportar latas, ¿y lo
que nos hemos divertido entre tanto?
Yo confieso que me encanta y me enamora este modo de ser nuestro y
prefiero para vivir las ciudades á lo morisco, en que las gentes se
tienden al sol y van reposadas por las calles en amables y ociosas
charlas á las ciudades á la europea, á la americana, por donde se
camina á empujones, á codazos, sin un saludo cordial, sin un piropo
chirigotero...
Lo malo es que la humanidad ha llegado á su madurez, y estos pueblos
infantiles, que sólo quieren diversión y juego como los niños, están
muy expuestos á ser traídos á la razón de mala manera. Porque en la
casa donde se trabaja, á la hora de trabajar molestan los niños.
Por eso conviene que los españoles empecemos á saber aburrirnos. La
cultura no es otra cosa. Sólo son grandes y cultos los pueblos que han
logrado por fin no aburrirse con todo lo aburrido. Cuando se ha llegado
á sublimar el aburrimiento hasta el éxtasis, como en la música de
Wagner, se ha llegado á esa civilización suprema.
Por fortuna, este aburrimiento disciplinado concluye por ser más segura
diversión que la otra, la diversión alocada de un día y otro. Porque la
vida, aunque parece que es eso, un día y otro y una hora y otra hora es
algo más. Es el día de la suma, la hora de las cuentas, en que todo se
paga.
Hay una parte de nuestro ser perezosa, casi inerte, su aspiración es el
reposo y todo lo más un dulce columpiarnos, una diversión del espíritu;
avanzar un poco para retroceder al mismo punto. Hay otra parte más
alta y más noble que aspira á desprendernos de todo esto que sujeta y
detiene, de esto que llamamos la vida y con decir «la vida es así» lo
disculpa todo. Pero esta parte, única evolutiva, creadora, única que
puede libertarnos al fin de la vida y de nosotros mismos, es la que
hemos de cultivar con dolor y con aburrimiento hasta vencerlos, hasta
sobreponerse á ellos.
Decir ¡Qué lata! Es decir pereza mental, indigencia de nuestro
entendimiento, sequedad de nuestro corazón.
Decimos ¡Qué lata! Y cerramos el libro y apartamos al amigo y por no
aburrirnos un día nos quedamos en soledad para muchos días, para toda
la vida.
Y esa soledad, que es desolación porque nada queda donde nada hubo y
por habernos divertido unas horas nos aburrimos para siempre.
He dicho, y como pocas veces he dicho lo que sentía, porque ¡deja uno
tantas veces de decir lo que siente por temor á parecer latero...!