[7] Leído en la sesión en honor de Rubén Darío.
Señoras y señores:
Por esta vez ¡Loado sea Dios! la Sección de Literatura no celebra
funerales literarios. Hoy podemos regocijarnos sin asomos de tristeza,
más ó menos espontánea. En otras ocasiones, al honrar la memoria de
algún difunto, veníamos á ser como la viuda rica, según dice el refrán:
«La viuda rica con un ojo llora y con el otro repica». Hoy por fortuna
podemos repicar y tocar á gloria de todo corazón.
Vivo y entre nosotros está el poeta festejado, vivo y en plenitud
de su númen poético; así es que tampoco tiene esta fiesta ese dejo
amargo de las despedidas, como otras semejantes en que parece decirse
al festejado, al declinar de su vida y de su entendimiento: «Con esto
cumplimos; ahora á casita y no se moleste usted más por nosotros».
Estos homenajes á lo Carlos V vienen á ser algo así como el tercer
aviso ó como la salida de tono de aquel ingenioso cuanto iracundo
escritor, al increpar á un portero agonizante: Usted á morirse pronto,
que es su obligación.
La Sección de Literatura bien quisiera no ser siempre una especie de
funeraria. Y si no prodiga con los vivos estos homenajes es... porque
entre los vivos los hay tan vivos que se organizarían ellos mismos el
obsequio y habría que declararse en sesión permanente. Los muertos no
suelen valerse de recomendación ni son tan intrigantes. Aun así, yo no
sé, ahora que hemos dado en practicar el espiritismo, si no acudirá
alguno del otro mundo á solicitar su homenaje.
Pero, en verdad, estos honores, sólo son en verdad honores cuando más
honra á quien los ofrece que á quien los acepta. Y nadie dudará que hoy
es el caso para esta Sección de Literatura.
Fuera también de toda utilidad y de toda consideración extraña al Arte,
ni siquiera pensamos al realizar este acto en estrechar los consabidos
lazos hispano-americanos... esos lazos tan traídos y llevados en
congresiles discursos y brindis de banquetes.
¿Qué discurso valdrá lo que un solo verso de Rubén Darío escrito en
noble lengua castellana?
¿Qué brindis, como la inspirada elevación de su poesía al alzar
el poeta, como el sacerdote en el más sublime misterio de nuestra
religión, en cáliz de oro la propia sangre que no es otro el misterio
de la poesía?
No hay poeta cuyo corazón no sangre siempre. La sangre del poeta es
chorro de luz, pero esa luz que es resplandor para todos, es en el
corazón del poeta herida dolorosa. Cuando cantáis á nuestra gloria
cantáis á vuestro dolor. ¿No es cierto, poeta? Que vuestras rosas
suavicen por un instante las espinas de vuestra corona. Las mejores que
os ofrecemos son de vuestros floridos rosales.
Nos las ofrecísteis para gloria de todos. Su aroma fué una música
espiritual de oraciones que saturó nuestras almas de poesía. Al
prenderlas sobre nuestro corazón aprenderán la más dulce palabra de
gloria. ¡Amor! ¡Amor al poeta! canta hoy en nuestros corazones esa
canción que es armonía de risa y llanto y pone en las palabras más
vulgares acentos de una verdad resplandeciente, y es como temblar de
aguas vivas, y es la caricia de lo sublime, y es el pasar de Dios por
nuestras almas.
He dicho.