XLIII[7]

[7] Leído en la sesión en honor de Rubén Darío.

Señoras y señores:

Por esta vez ¡Loado sea Dios! la Sección de Literatura no celebra

funerales literarios. Hoy podemos regocijarnos sin asomos de tristeza,

más ó menos espontánea. En otras ocasiones, al honrar la memoria de

algún difunto, veníamos á ser como la viuda rica, según dice el refrán:

«La viuda rica con un ojo llora y con el otro repica». Hoy por fortuna

podemos repicar y tocar á gloria de todo corazón.

Vivo y entre nosotros está el poeta festejado, vivo y en plenitud

de su númen poético; así es que tampoco tiene esta fiesta ese dejo

amargo de las despedidas, como otras semejantes en que parece decirse

al festejado, al declinar de su vida y de su entendimiento: «Con esto

cumplimos; ahora á casita y no se moleste usted más por nosotros».

Estos homenajes á lo Carlos V vienen á ser algo así como el tercer

aviso ó como la salida de tono de aquel ingenioso cuanto iracundo

escritor, al increpar á un portero agonizante: Usted á morirse pronto,

que es su obligación.

La Sección de Literatura bien quisiera no ser siempre una especie de

funeraria. Y si no prodiga con los vivos estos homenajes es... porque

entre los vivos los hay tan vivos que se organizarían ellos mismos el

obsequio y habría que declararse en sesión permanente. Los muertos no

suelen valerse de recomendación ni son tan intrigantes. Aun así, yo no

sé, ahora que hemos dado en practicar el espiritismo, si no acudirá

alguno del otro mundo á solicitar su homenaje.

Pero, en verdad, estos honores, sólo son en verdad honores cuando más

honra á quien los ofrece que á quien los acepta. Y nadie dudará que hoy

es el caso para esta Sección de Literatura.

Fuera también de toda utilidad y de toda consideración extraña al Arte,

ni siquiera pensamos al realizar este acto en estrechar los consabidos

lazos hispano-americanos... esos lazos tan traídos y llevados en

congresiles discursos y brindis de banquetes.

¿Qué discurso valdrá lo que un solo verso de Rubén Darío escrito en

noble lengua castellana?

¿Qué brindis, como la inspirada elevación de su poesía al alzar

el poeta, como el sacerdote en el más sublime misterio de nuestra

religión, en cáliz de oro la propia sangre que no es otro el misterio

de la poesía?

No hay poeta cuyo corazón no sangre siempre. La sangre del poeta es

chorro de luz, pero esa luz que es resplandor para todos, es en el

corazón del poeta herida dolorosa. Cuando cantáis á nuestra gloria

cantáis á vuestro dolor. ¿No es cierto, poeta? Que vuestras rosas

suavicen por un instante las espinas de vuestra corona. Las mejores que

os ofrecemos son de vuestros floridos rosales.

Nos las ofrecísteis para gloria de todos. Su aroma fué una música

espiritual de oraciones que saturó nuestras almas de poesía. Al

prenderlas sobre nuestro corazón aprenderán la más dulce palabra de

gloria. ¡Amor! ¡Amor al poeta! canta hoy en nuestros corazones esa

canción que es armonía de risa y llanto y pone en las palabras más

vulgares acentos de una verdad resplandeciente, y es como temblar de

aguas vivas, y es la caricia de lo sublime, y es el pasar de Dios por

nuestras almas.

He dicho.

De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5) · 第 49 / 52 题