CAMPOAMOR

Siempre he temido volver á los lugares que dejaran en mí gratos

recuerdos. Siempre he temido volver á leer los libros que fueron el

encanto de mi niñez ó de mi juventud. El lugar será el mismo, el libro

también. Pero ¿estaba en ellos el encanto ó el encanto era el de

nuestras almas, sorprendidas y admiradas de todo, como ojos de ciego

abiertos por milagro á la luz... y sólo de ver ya gozosos, porque ya el

ver es una hermosura, aunque no sea hermoso todo lo visto...?

Pero, entonces, ¿es que las cosas no son nada por sí? ¿No hay valor

alguno objetivo? Sí; las cosas son algo, son ellas, las mismas siempre;

pero la luz que las alegra ó las entristece, auroras ó crepúsculos,

pleno sol estival ó luz de luna, nubarrones tormentosos con relámpagos

de luz ó relámpagos de sombra, frecuentes en el cielo de las almas,

todo eso es nuestro, y todo eso es el espíritu de las cosas... y

también nuestro espíritu. Nos vemos en los ojos que nos miran y vivimos

en las almas que nos atienden...

Nosotros mismos no sabemos de nosotros más de lo que saben decirnos los

demás. Nuestra propia conciencia, lo más nuestro, se esconde ante la

conciencia ajena para que ella no pueda decirnos la verdad de nuestra

conciencia. Y este ocultarnos unos á otros la verdad para creernos

mejores de lo que somos, si es hipocresía cuando nos damos tan mal arte

á vestir el disfraz que todos advierten que es disfraz, bien pudiera

ser toda nuestra verdad cuando sabemos disfrazarnos de tal suerte

que el disfraz llega á ser más que el vestido, algo tan propio y tan

adaptado á nuestro espíritu como nuestra corporal hechura. El que logra

hacerse una cara con la más agradable de las caretas ha dejado de ser

hipócrita para ser virtuoso. Y no digáis: ¡Buena virtud de mascarada

será esa!, si consideramos que ya es virtud llevar de ese modo una

careta, y que estas caretas espirituales, si han de parecer como

nuestra propia cara, han de amoldarse de dentro á fuera, y han de ir

muy prendidas en nuestro corazón.

Pues si difícil es saber la verdad de nosotros mismos, ¡cuánto más

difícil será saber la verdad de las cosas! Y si al volver á ellas ya no

somos los mismos, ¿qué habrá sido de ellas?

Como decía Ronssard, el poeta que dió sus mejores canciones á la gloria

efímera, ¿dónde están las nieves de antaño...? Nuestro corazón es

caminante que aunque dos veces pase por un camino siempre le parece

camino nuevo.

Un amigo mío acababa de reñir con su novia, á la que había jurado

amar eternamente, y á los pocos días me daba á leer una carta de otra

novia. Y con otra carta en sus manos de la novia antigua, me decía como

loco: «Esta sí que me quiere. Lee esa carta y compara, compara con esa

carta». Yo leí las dos cartas, y comparé: las dos decían lo mismo. Y

cuando él, al verme reir, se dió cuenta de ello, sin darse á partido,

me decía: «Sí, sí, dicen lo mismo; pero esta es verdad y aquella era

mentira».

Después de esto no extrañaréis que aun no os haya dicho nada de nuestro

poeta. Si veis que la apariencia de las cosas, no me atrevo á decir su

verdad, está en nosotros más que en ellas, estas emociones suscitadas

por el poeta, ¿no os dirán más lo que del poeta siento que si de él os

hablara?

¡Campoamor! Yo le conocí. Era yo un niño y su fisonomía me era ya

familiar. Sólo una vez hablé con él en los postreros años de su vida;

yo comenzaba á _literatear_, literatura de señorito.

Un ferviente admirador del gran poeta, gran amigo mío, me presentó

á él. Era á la puerta de la librería de Fe. Don Ramón, antiguo

tertuliante de la librería, por aquellos últimos años de su vida,

llegaba en coche ante la puerta, y desde allí saludaba á los amigos;

todos salían un momento de la tienda, rodeaban el coche y conversaban

con el anciano poeta, de rostro rubicundo, de ojos azules, muy claros,

unos ojos que sonreían á todo, con tal gracia, que con no sonreir sus

labios nunca, pues la boca era de severa expresión, la gracia de sus

ojos bastaba á mostrarle sonriente, como abuelo bondadoso que con la

voz reprende al nietezuelo y con los ojos ríe la travesura.

Un amigo le dijo al presentarme: «Maestro, le presento á usted á

Jacinto Benavente, escritor; tiene mucho talento». Y el maestro, el

abuelo, me miró muy despacio y dijo: «¿Mucho, mucho talento? Porque

si no tiene mucho talento, vale más que sea bueno». Y yo no he

olvidado nunca aquellas palabras ni la mirada de bondad. Y como no

he estado nunca muy seguro de tener mucho talento, mucho talento, he

procurado siquiera, ya que en talento no fuese aventajado, aventajar en

bondad. Porque aquellas palabras del poeta y otras del obispo, que al

confirmarme me dijo: «Hijito, seas santo», no he dejado de repetirlas

un solo día desde que las oyera, y han sido acaso mis oraciones más

fervorosas, para que ellas me guarden de toda vanidad.

Ahora, de la vida de Campoamor, ¿que sabré deciros? La vida de los

poetas está en sus poesías. La poesía de Campoamor es toda inquietud

espiritual; pero una inquietud que pudiera decirse sosegada. Hay

hombres de vida azarosa, perdida en vanas agitaciones, que al parecer

responden á desasosiego interior, á inquietud espiritual, y si vamos á

ver, toda aquella turbulencia es epidérmica, de gestos y pasos.

Otras vidas hay de tranquila apariencia, sin sacudidas aparentes,

y toda aquella serenidad y placidez es muro de piedra en palacio

señorial, que parece al exterior alegre mansión de riqueza y es por

dentro mansión de dolor.

Nuestro poeta hubiera podido escribir como Goethe: «Tengo bien señalada

la demarcación entre mi vida política y social y mi vida moral y

poética. Demarcación puramente exterior, se entiende; pero me va muy

bien así». Goethe llamaba á Beethoven ser indomesticable, y él se decía

á sí mismo un ser social.

Campoamor era, como Goethe, un ser social. Y como el hombre era tan

amable de cerca, su poesía era también amable. Y el poeta de las

ironías y de los sarcasmos, el menos ortodoxo de los poetas españoles,

oía celebrados y repetidos sus versos en labios de las damas y de las

jóvenes más distinguidas de la mejor sociedad.

Fué el poeta preferido de las mujeres. Era el poeta que mejor las

comprendía; las perdonaba todo. Las mujeres ¡pobres mujeres! creían

por eso que las amaba mucho... No comprendían que aquel su amable

perdón, aquella su indulgencia para todas las faltas y errores que

pueden cometer las mujeres, tenía más de profundo conocimiento de que

no podían ser de otra manera, de que no se las debía pedir lo que no

pueden dar...

Las mujeres que saben de amor saben que el hombre que de verdad las

ama es el que peor habla de ellas y más abomina de sus engaños y más

se atormenta por sus traiciones... Lo otro no es amar, es comprender

y perdonar. Ahora, que la mujer, cuando sólo de poesía se trata, no

sabe distinguir al amigo del amante. El poeta amigo de las mujeres,

comprende y perdona. El poeta amante, maldice y castiga.

En la realidad, ya saben ellas distinguirlos. Al buen amigo es al que

las mujeres le cuentan las perrerías que les hace el verdadero amante,

y suelen decirle: ¿Por qué no será como usted? Usted sí que me quiere,

usted sí que es bueno para mí. No hay que creerlas mucho, porque si lo

creyeran así, con dejar al amante y tomar al amigo... Y ya se sabe que

las mujeres conceden rara vez ese ascenso.

El amor y la muerte fueron las dos grandes inquietudes que animaron

en la poesía de Campoamor. ¿Y qué pensaba Campoamor del amor y de la

muerte?

Del amor, tal vez como el filósofo pesimista. Es el lazo que la

Naturaleza nos tiende para perpetuar la especie.

¿Nada más? No, que de este lazo tendido por la Naturaleza, de este

instinto en que el hombre puede ser inferior al bruto, cuando el hombre

solo atienda al placer que engendra dolor, el espíritu puede elevarse

en sacrificio que, con ser dolor, será más alto goce, si nuestro

espíritu sabe elevarse al aceptarlo. Así, del placer instintivo, por

su conciencia de dolor, podemos elevarnos al amor espiritual. Cerrado

queda así el círculo de nuestra evolución. Completa será cuando en

sentido inverso, aceptado el deber, ya todo será espiritualidad en

nuestros amores, y del deber como instinto proceda el goce espiritual,

en vez de proceder del goce instintivo el deber doloroso.

Y de la muerte... La región ignorada, de cuyos límites ningún caminante

torna, como dice Hamlet, ¿qué pensó Campoamor?

Campoamor no sabía si había un Dios; creía que debía haberlo. Y

esta creencia ya era una realidad. Si encerrados en un aposento

obscuro, por donde entre las maderas entornadas llega un rayo de sol

á nuestra frente, no supiéramos que el sol estaba allí detrás; si

ese rayo viniera del cielo azul sin astro visible á nuestros ojos,

¿no pudiéramos creer que ese rayo de luz lo mismo pudiera llegar del

cielo á nuestra frente que de nuestra frente perderse en el cielo? ¿Y

dejaría su luz de ser luz por eso? ¡Dios! ¡Dios! ¿Dónde está? ¿Qué

es? ¿Qué importa? Si el sol fuese invisible á nuestros ojos pero su

luz no nos faltara... ¿qué importaría? Creyéramos que el rayo de sol

en el aposento obscuro era luz de nuestra frente ó luz de lo alto, su

resplandor siempre sería divino.

De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5) · 第 47 / 52 题