XXXIX[4]

[4] Discurso de D. Jacinto Benavente. 11 de Mayo de 1911. En

los Juegos Florales de Badajoz.

Señoras y señores:

Fuera descortesía solicitar vuestra benevolencia. Al haberme designado

para ocupar este puesto de honor, ya os anticipasteis á ofrecerme algo

más: un cariño, al que sabré corresponder con toda la gratitud de

mi alma, y una admiración, á la que ya no puedo aseguraros si sabré

corresponder del mismo modo. Y, no por vanidad propia, creedme, para

contento vuestro, hoy más que nunca quisiera corresponder á ella. Mas

si en algo habíais de ser defraudados, antes prefiero que lo seáis

por mi entendimiento que por mi corazón. Si el verdadero cariño es

el que más perdona, y el más verdadero el que ni aun se cree en el

caso de perdonar, porque ni advierte si hubo falta, mayor será mi

agradecimiento cuanto más crea yo en conciencia que mucho habéis

tenido que perdonarme; como perdona el noble, por natural nobleza,

sin darme á entender siquiera cuanto habéis tenido que perdonar. En

ocasiones como esta, os sentisteis entusiasmados y conmovidos por

la palabra de elocuentes oradores; la palabra vibrante, con todo el

calor del sentimiento, con toda la gracia de la espontaneidad. Hoy la

palabra escrita llegará á vosotros apagada y descolorida. Hay de la

elocuencia del orador, corriente de agua saltadora y libre, á estas

mansas aguas aprisionadas, de la palabra escrita, la diferencia que

hay, entre enamorados, de la declaración de amor trémula, que va de

la boca al oído, mejor diré, de boca á boca, á la carta en que el

amor se declara, con palabras muy comedidas, muy respetuosas, porque

no están delante, al escribirlas, los ojos que niegan ó conceden

licencia para mayor atrevimiento. Y, menos mal, si aunque cortés y

fría, aun indica, por su misma timidez, la verdad del sentimiento,

peor, si con frialdades retóricas, que quieren parecer apasionadas,

dice bien claro que fué copiada de alguna novela ó más vulgarmente del

secretario de los amantes. Yo no soy orador, ni soy elocuente. Aquí me

tenéis con mi carta de enamorado tímido. Las hermosas jóvenes que me

escuchan comprenderán mejor que nadie la verdad de esta comparación

entre oradores y escritores. Habéis tenido novios orales y escritos.

Porque habréis tenido más de un novio. No temáis que descubra aquí

vuestro secreto. Las mamás no escuchan. Las mamás no escuchan nunca;

sólo miran. ¿No lo habéis observado? Al despedirse algún rendido

galán de ingeniosa charla, cuando las jóvenes encantadas dicen: ¡Es

muy simpático!, cómo las mamás solo advierten: lleva muy rozados los

puños ó tuerce los tacones. Es que las jóvenes escuchan hasta con los

ojos; las mamás no escuchan, miran siempre, hasta cuando parece que

leen un periódico ó que duermen. Y ¡qué bien hacen en mirar mientras

escucháis vosotras! Porque su triste experiencia ve más lejos, porque

el matrimonio de mañana y la vida de todos los días, tienen más

relación con los puños rozados y los tacones torcidos que con las

palabras seductoras, eterna letra sin sentido, de esa divina música

del amor, con que la vida se burla eternamente, sin vencerlos nunca,

del eterno dolor y de la eterna muerte. Pensaréis: ya pareció el

escéptico, el ironista. Mal sientan ironías y escepticismo en fiesta de

amor y poesía. Pero el escepticismo no es negación absoluta, es duda y

nadie duda de una verdad aparente, si no lleva en lo más profundo de

su alma el sentimiento íntimo, la limpia imagen de la verdad verdadera

y con ella de lo que es bueno, y es bello, y es justo, y es noble, y

es grande. El escepticismo es comparación y, naturalmente, todos los

que quieren engañarnos quisieran que no hubiera comparaciones, que no

fuéramos escépticos. Ya lo creo... ¡Qué ganga para los falsificadores

de moneda si no hubiera moneda legítima para confrontarla...! Nunca

veréis que el verdadero creyente se escandalice porque haya quien

no crea santidad la hipocresía de muchos devotos por conveniencia.

Nunca veréis que la verdadera caridad se alarme porque no tomemos en

serio esas funciones y esas rifas benéficas organizadas por alguna

Junta de señoras aristocráticas; esa caridad que no cuesta mayor

sacrificio que enviar unas circulares á los amigos, lucir un lindo

traje y leer después la revista de algún cronista de salones--acaso

éste sea el mayor sacrificio--donde á vuelta de adjetivarlas á todas

muy primorosamente, el propio cronista, con guante blanco y llave

de aluminio, les abre de par en par las puertas del cielo. Pues á

no creer en cosas como éstas se llama escepticismo. En cuanto á la

ironía ¿qué es la ironía sino la bondad en la indignación? Vamos á

indignarnos y nos entristecemos tanto que acabamos por compadecer y ni

queremos entristecer compadecidos. Y así es la ironía... una tristeza

que no quiere llorar... y sonríe... porque compadece y perdona. El

escepticismo y la ironía son alas también del ideal, que, si no sirven

para elevarnos á grandes alturas, como la fe y el entusiasmo, sirven

para no tocar demasiado bajo en la tierra cuando á la realidad hemos

de acercarnos. Pero, ¡no creer en nada! Eso sólo es posible cuando

hemos dejado de creer en nosotros mismos. Cuando nada bueno hallamos

en nosotros, es cuando podemos decir: todo es malo; porque es nuestra

alma como nuestros ojos, que al asomarse á otros ojos lo primero que en

ellos vemos es nuestra propia imagen... Pero el bien existe mientras

el sentimiento del bien esté en nosotros, aunque no seamos capaces

de realizarlo por imperfección de nuestra voluntad. El amor existe

mientras seamos capaces de amar, aunque nadie nos ame. La verdad es,

mientras nuestra razón no llegue á persuadirse de que son verdades,

todas las mentiras con que nuestros intereses y nuestras pasiones y

nuestras cobardías procuran engañar á nuestra conciencia. En nosotros

está nuestra vida y está nuestra muerte y está lo que más importa,

nuestra eternidad, siempre que nuestra conciencia esté sobre todo. No

hay que pedir fuera de nosotros mismos esa satisfacción del premio y

del castigo, buena para desenlazar melodramas y folletines. Ved, en

las grandes tragedias de Shakespeare, la más amplia concepción de la

humanidad que produjo el arte. En ellas, como en la vida, el dolor, que

pudiera parecer castigo, cae por igual sobre los buenos y los malos,

con más ciega fatalidad que en la tragedia griega. El poeta mismo, tal

vez espantado de no percibir en la tierra un resplandor de justicia

divina, llega á exclamar: Como las moscas para los chicuelos traviesos,

somos los hombres para los dioses; nos matan por divertirse... Pero

él sabe que sobre el terrible juego de los dioses, si eso fuera, está

siempre la idea de justicia en nuestra conciencia, más alta que los

mismos dioses. Cuando envueltos en la misma trama de maldades mueren

con muerte violenta el infame Yago, el apasionado Otelo, Desdémona

sin culpa; aunque la fatalidad del destino sea para los tres dolor

y muerte, ¿no es verdad que nuestra conciencia basta para decirnos,

aunque el poeta no lo diga, que es infierno y condenación la muerte

para Yago, el que solo vivió para su egoísmo, y es muerte animal,

muerte de fiera, la de Otelo, el que amaba mucho pero no amaba bien,

porque sólo amó por instinto, y es gloriosa la muerte de Desdémona, la

inocente, la que culpada no supo hallar más que sencillas disculpas

porque las razones de la virtud son sencillas siempre? Y de los

tres, aunque solo Yago, por crueldad del poeta, hubiera sobrevivido y

triunfado de todos... ¿Quién quisiera ser Yago? No hay víctima inocente

que quiera cambiarse al sucumbir por su verdugo triunfante. El que hace

bien ni sabe decir por qué lo hace; el que hace mal, ved cómo busca

explicación á su conducta; más que convencernos necesita convencerse

á sí mismo de que hizo bien, tan cierto está de que hizo mal. Y es

que toda la maldad de los malos quizás llegara á suprimir el bien

sobre la tierra, pero no la justicia. Cuando todos los buenos fueran

desdichados, no habría un solo malvado que fuera dichoso. El mundo

moral está regido por rigurosas leyes mercantiles; todo valor recibido

representa el mismo valor abonado. Tal vez recibimos mal por bien, bien

por mal de quien no lo esperábamos. Es que el bien y el mal que hicimos

son créditos transferibles; cobramos ó pagamos unos por otros, pero al

cabo de cierto tiempo todo está satisfecho. Vuelve el mal al mal, el

bien al bien; la moneda tal vez es distinta, el valor es el mismo. El

malvado parece hombre dichoso, está alegre... No os engañéis. Impunes

todos sus delitos que _escaparon_ á las leyes humanas, absuelto por

todas las indulgencias, ó descreído de la justicia de los hombres como

de la justicia de Dios, sin temor á nada ni á nadie, hay siempre en el

fondo algo que tiembla... En la mayor tristeza del justo, abrumado de

todos los males, sobre todas las negruras que pudieran obscurecer su

conciencia, hay siempre una serenidad de cielo, que ya sería el cielo

aunque otro cielo no existiera... Es tan mezquina nuestra idea de la

eternidad, que no podemos concebirla sin que de ella forme parte lo

que más nuestro nos parece, por sentirlo más cerca de nosotros. Esto

es, nosotros mismos; esta mezquindad, esta limitación que es nuestra

persona, un nombre propio, una percepción reducida en una reducción

del tiempo y del espacio. Esperamos que la otra vida sea... casi como

esta vida, otra vez nuestra vida; un lugar de reunión en que hemos

de saludar á la familia y á los amigos por sus nombres y aun hemos

de continuar murmurando de sus asuntos y preocupándonos por nuestros

negocios. ¿Qué eternidad sería esta? Eternidad es no saber de nosotros

mismos; porque la eternidad no es material ganancia. La riqueza de

nuestra vida no será lo que hayamos atesorado, sino lo que hayamos

repartido. Vivirá de nosotros lo que de nosotros hayamos dado; más

se encontrará de nosotros cuanto más hayamos perdido. Y ¿cómo hemos

de entregarnos, cómo hemos de perdernos? ¿Dónde hallaremos nuestra

eternidad, que por serlo del todo, ni podremos decir que es nuestra?

En el amor y solo por el amor. Religión, Ciencia y Poesía; los tres

más claros luminares de nuestro espíritu, nos esclarecen el camino del

Bien, de la Verdad, de la Belleza, que es el camino de la eternidad del

espíritu. Amar inmensamente, amar infinitamente: ascender por escala

de amor desde el instinto á la inteligencia, de la inteligencia á la

divinidad. Hablemos sólo de la poesía... Sabio es el lema tradicional

de su torneo: Fe, Patria, Amor. Amor todo. Amor, primero instinto;

forma ya menos egoísta del instinto de conservación, del miedo á la

muerte, de su instintivo horror en toda criatura... Siente el hombre

que ha de morir y siente la necesidad de prolongar su existencia

en la prole, carne de su carne, vida de su vida. El amor es todavía

instinto... Después, siente que la conservación de la prole le impone

sacrificios, ha de defender á sus hijos, ha de cuidarlos... Empieza el

deber. Este deber se limita á la familia, todo lo más á la tribu... los

otros hombres son... el enemigo, el extraño... Pero el estado de lucha

no puede ser constante... Se pacta con la tribu vecina, tal vez para

combatir contra otra tribu más fuerte, tal vez porque la paz permita

el trabajo del campo, la quietud doméstica. Empieza la amistad. El

hombre, por su propio interés, se desinteresa ya en algo de sí propio

y de los suyos. Y al acercarse al extraño, que fué su enemigo, tal vez

se encuentra en él, porque el extraño también tiene hijos, también los

cuida y los defiende. Y empieza la simpatía, y tras la simpatía, que es

amor, la inteligencia. Sí; tan una es la inteligencia con el corazón

que no podremos nunca entender lo que no hemos sentido. Una vida de

estudios y de meditaciones no dará tanta luz á nuestra inteligencia

como una hora de amor. Cuántas veces nos sucede sentir por alguien una

antipatía invencible. Fulano es un ser odioso, insoportable; le oímos

hablar y sentimos la necesidad de llevarle la contraria, por poco le

mataríamos. Y aquel hombre odioso, antipático, llega un día á nosotros

con cara triste; habla de sus penas, tal vez perdió á su madre, tal

vez á su hijo, tal vez fué víctima de una crueldad, de una injusticia

de los hombres. Ya le escuchamos conmovidos; aquel hombre es un hombre

como nosotros, aquella pena ha sido nuestra alguna vez, puede volver

á serlo, no es una pena extraña, es una pena de nuestro prójimo. Ya

no parece aquel hombre tan odioso ni tan antipático, ya es nuestro

odio lo que nos parece injustificado. Y así todo se entiende cuando la

simpatía nos acerca... La virtud y sus más altos heroísmos, como el

vicio y el crimen. Hay en todo ello algo humano que puede ser también

nuestro. Para el amor no hay nada extraño ni nada incomprensible. Yo

he oído á una desdichada mujer, amante de un verdadero monstruo, un

criminal rematado de presidio: Me dicen todos por qué quiero á este

hombre tan malo; pues porque para mí no lo es, y si es malo para

todos y para mí no, señal de que á mí me quiere más que á nadie en el

mundo. Y era verdad, solo que ella equivocaba la razón de su cariño;

porque aquel hombre también era malo para ella, pero era ella quien le

quería más que nadie en el mundo, y aquel amor de mujer era bastante

para vestir de luz el alma del criminal, como de luz resplandecían las

llagas de los leprosos al posarse en ellas las manos de azucena de la

Santa Reina Isabel de Hungría. Milagros del amor, acaricie leprosos

ó criminales; milagros del amor, sobre todas las miserias del alma.

Nunca tuvo más hermoso gesto el Cid Castellano, que al tender la

mano sin guantelete al lazarino hundido en el fangal. Como esa mano

entonces y tantas manos de mujeres divinas y de santos gloriosos,

fueron las que vistieron en la Edad Media las armaduras de sayales,

los sayales de armaduras, en aquella empresa de bárbara grandeza, que

fueron las cruzadas y el incesante guerrear de los cristianos contra

los infieles. Y ved también cómo lo que empezó en odio y en guerra,

fué origen de civilización y de tolerancia, que si el Occidente y el

Oriente guerrearon, también se conocieron y también llegaron á amarse

y los poetas cristianos cantaron gentilezas y amores y bizarrías de

los infieles, y los poetas orientales hazañas milagrosas, noblezas de

corazón de los cristianos. Y sobre el sentimiento de Patria y el de

Religión, surgió el de Humanidad... Y prendiendo sus alas de luz en el

espaldar de las corazas, el espíritu alboreaba... Aun alborea. No hay

que desesperar porque tarde en brillar el día. ¿Qué importa la tardanza

de siglos en las auroras del Espíritu si amanece para la Eternidad? El

amor á la Patria es primero instinto también, es el amor á la tierra,

al campo que el hombre labra con su trabajo; la Patria es la parte de

tierra necesaria á la subsistencia del hombre y de la prole, es el

terreno en que ha de afirmarse la perpetuidad de la raza. Después van

despertándose emociones; recuerdos de horas felices, recuerdos de días

gloriosos. El espíritu de la Patria surge; van quedando más hondas las

raíces y elevándose más aéreo el ramaje, y en la rama hay flor, y en

la flor aroma. La Patria va teniendo conciencia y se constituye como

Estado, que es ya la Patria inteligente. La raza aspira á realizar

el bien, la justicia. A la venganza se sobrepone la ley y á la ley

el perdón, que es tal vez la más segura justicia. Por el amor á la

Patria comprende el hombre como debe respetarse la Patria de otros

hombres; como por el amor á sus hijos comprendió cómo era respetable

el amor de otros hombres á los suyos. También en otras Patrias hay

campos labrados con pena, y hay hogares de amor, y en torno abuelos

y nietecitos, y recuerdos de días felices y gloriosos, y tierra

que cubre los restos de muertos llorados. Y la simpatía va de unas

Patrias á otras, y contra el combate injusto la conciencia universal

protesta como contra una lucha fratricida. No es decir que toda guerra

sea injusta. Hay guerras inevitables; cuando una nación, un Estado

constituído, olvida, egoísta, las relaciones de amor y de justicia

con otros Estados; cuando un pueblo bárbaro, todavía de instinto,

opone tenaz resistencia al avance de la civilización, precisa es la

guerra, como es preciso limpiar de salteadores los caminos. Si por

ambición personal de un tirano, como Napoleón; si por codicias de una

oligarquía; si por intereses egoístas de un pueblo entero el camino de

la civilización se dificulta, deber es de las naciones inteligentes,

de las que no descendieron de su elevación espiritual, combatir

contra los merodeadores. La guerra entonces es justa y es legítima,

como lo fué nuestra guerra de la Independencia, hoy conmemorada entre

vosotros en una de sus más gloriosas y decisivas batallas, en que

la conciencia de tres nobles pueblos se unió contra el instinto de

un gran ambicioso, de quién apenas desaparecido, ya preguntaba el

poeta: «Fu vera gloria, Ai posteri l'ardua sentenza». La posteridad

ha sentenciado. Todos los arcos triunfales, todas las columnas, todos

los monumentos alzados en su honor por el pueblo cuyo nombre usurpó

para imponer sus ambiciones personales como aspiración nacional, no

hablan tan alto de justicia como cualquiera de esos humildes campos

aldeanos, cuyos terruños, nutridos con la sangre de sus labriegos,

que supieron morir gloriosos sobre la misma tierra que cultivaron

humildes, levantan las espigas de sus mieses, como si protestaran

de haber sido pisoteados por el extranjero. Extranjero de espíritu,

que extranjeros eran también por la Patria y no lo fueron al pelear

con nosotros en nombre de la justicia y del Derecho atropellados, los

nobles ejércitos de Inglaterra y de Portugal que en España y por España

combatieron. Si necesaria es en ocasiones semejantes la solidaridad de

naciones alejadas por la distancia, unidas sólo por el sentimiento,

¿qué debemos pensar de esas demencias separatistas que pretenden la

desunión en un Estado inteligente para volver á la Patria primitiva del

instinto? ¿Empequeñecer la Patria que antes debe tener por aspiración

constante destruir fronteras por el amor, que levantarlas por el odio?

Si una Patria se perdiera y hasta el recuerdo de todas sus tradiciones

y todas sus glorias, por realizar mejor la justicia al fundirse con

otras naciones, para constituir un Estado más perfecto, más apto para

realizar la justicia... bien perdida estaría; nunca había realizado

mejor el destino de su eternidad. ¿Y qué decir de esos que en nombre

de la Patria son constantes perturbadores del Estado? ¿Qué les impide

aportar su concurso inteligente á mejorar lo que sólo por solicitud

amorosa de todos llegará á ser perfecto? ¡Ah, no están conformes con

la forma de gobierno! ¿La forma? ¿No les dice bastante esta palabra?

¿Hay alguna forma de Gobierno en los pueblos modernos civilizados que

se oponga á la realización de los más altos ideales de justicia? Todo

será saber imponerlos y por el odio nada se impone. ¡Ah, cuantas de

esas brillantes inteligencias servirían mejor á la Patria trabajando

más por ideales de fondo que por ideales de forma! ¿Qué importa el

metro en que se versifica si la poesía es buena? Cuánto mejor fuera

que muchos de esos halagadores de instintos despertaran inteligencias

dormidas, y mejor que á prometer bienaventuranzas que ellos son los

primeros en saber que no consisten en cambiar de régimen, en vez de

decir al pueblo mentiras de la República fueran á los palacios á decir

á los Reyes, cara á cara, sin grosería pero con entereza, verdades

de la Monarquía... ¡Ah, ese amor á la Patria que lo pide todo de

los demás y nada ofrece por cuenta propia! El que no lee, pide que

se estudie; el holgazán, que se trabaje; el falsificador, que no se

engañe. El padre que no supo educar á sus hijos, se lamenta de la

falta de escuelas. No: en la escuela, en la Universidad, ilustran los

maestros, los libros. Educar sólo educan los padres. Y no con palabras

que se contradicen después en las acciones, sino con ejemplos. Por eso

son tantos los padres que dicen: Que vayan al colegio estos chicos,

hay que educarlos. Saben que ellos no los educarían nunca. Y cuando

no se educa á la Patria en nuestros hijos, cuando nada hacemos por

ella en nuestra propia casa, queremos que los gobiernos trabajen por

los que no trabajan, estudien por los que no estudian, piensen por

los que nunca pensaron, tengan una conciencia que nadie tiene. Nadie

barre la puerta de su casa y nos quejamos de que la calle esté sucia.

Pedimos gobiernos inteligentes. ¡Felices los pueblos que pueden ser

gobernados por tontos! Y ahora, ved otra grave falta de educación. Si

preguntáis al pueblo para qué sirve el Ejército, os dirá: para hacer la

guerra. Así lo aprendió, así se lo dijeron. No fuera mejor decirle: el

Ejército sirve para mantener la paz. El Ejército es la fuerza, sí, pero

es la fuerza á la orden de la razón y de la justicia. No es amenaza,

es seguridad. Si le juzgáis improductivo en su acción, no veis que

es todo vigilancia y la vigilancia no es nunca ociosa aunque parezca

improductiva. La espada del Ejército, como la espada de la justicia,

vela sobre vuestros campos, sobre vuestros talleres, sobre vuestros

amores y vuestros ideales; sobre las codicias de fuera y las traiciones

de dentro. Desconfiad de los que dicen: ¿para qué tanta fuerza, para

qué tantas precauciones? El que nada intenta contra la seguridad de

un domicilio, no se ofende si al llamar á la puerta observa que le

miran por el ventanillo. Sólo á la gente maleante le parece que sobra

la policía. Hasta del cielo cristiano, mansión de amor, donde la fe

del creyente ó la imaginación del poeta asientan todos los ideales de

perfección, se dice que hay milicias celestiales. Hasta la justicia y

el amor divino afirman el santo temor de Dios entre espadas flamígeras

de arcángeles. Aun no ha llegado el día en que la inteligencia sea

tan natural en los hombres como el instinto, cuando todo instinto

animal se haya espiritualizado en la conciencia de nuestra eternidad.

La fe religiosa del hombre es también instinto al despertar. Es anhelo

angustioso de no morir para siempre. El hombre mira dentro de sí y

halla una vida interior que es algo que no palpan sus manos, ni ven

sus ojos: es el pensamiento que vive en todo él y no está en parte

alguna de su cuerpo. No es el latir de su corazón, ni es el golpear

de su cerebro, es algo sutil, algo impalpable. Cierra los ojos, y le

parece que ha muerto al cerrarlos á la visión de cuanto le rodea y su

pensamiento vive todavía, dormido sueña... No hay duda, el pensamiento

es la parte inmortal de su ser. Morirá, pero seguirá pensando siempre.

Y su pensamiento sueña con una eternidad de vida. Vivirá eternamente,

pero ¿dónde vivirá? Y sus ojos entonces se vuelven adonde el horizonte

es limitado, al misterio insondable de los cielos donde todo habla

eternidad. Y allí va su esperanza y allí pone su fe. Después, aquel

cielo ignorado va poblándose de imágenes ideales. Primero, para el

hombre de instinto, hay un Dios de venganza; después es un Dios de

justicia, después un Dios de misericordia, un Dios que por amor se

hace hombre y siendo todo sabiduría y todo poder, no quiere juzgar á

los hombres sin haber padecido todo el dolor de la humanidad. Y padece

como si no supiera. El, que todo lo sabe, que es un Dios quien padece

y puede sobreponerse al dolor. ¡Hermosa verdad para el creyente!

¡Hermoso símbolo de la verdad para los descreídos! Al expirar en la

cruz, al gemir como una pobre criatura humana, ¡Padre mío! ¿por qué

me has abandonado? Habrá quien dude de que Dios pudiera nunca hacerse

hombre; no habrá quien dude de que en aquel instante, crucificado por

amor á todos los dolores de la carne y á todas las tristezas del alma,

el hombre se hizo Dios. Y nunca alboreó la aurora del espíritu como al

morir un Dios crucificado, señalando á los hombres el camino de nuestra

redención y nuestra eternidad. Poetas, reina, damas gentiles, señores

todos: vuestro corazón sea conmigo, el mío es con vosotros. Nada más.

De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5) · 第 44 / 52 题