XXXVIII[3]

[3] Leído en una función á beneficio del Montepío para médicos.

Para mostrarnos cómo no puede haber paz en el alma de los malvados,

como aun al verlos triunfantes y en apariencia dichosos, no por eso

debemos desconfiar de la eterna justicia, dice un Santo Padre de la

Iglesia: «En la conciencia del malvado hay siempre algo que tiembla».

Sí, es verdad...; pero también para los buenos, para los justos hay

algo que tiembla siempre. Ved; es un día feliz en la familia, tal vez

se celebra un santo, una fecha venturosa, más unidos que nunca los

corazones, padres, hijos, allegados... todos respiran esa confianza

mutua, ese enlace de unas almas con otras, probadas en alegrías y

dolores compartidos á todas horas... el corazón de cada uno engrana

en el corazón de los otros, como una piedra en sólido edificio... el

edificio familiar; ¡la familia! Nuestro pequeño mundo, en que nunca

pesa sobre nosotros la angustia de sentirnos abandonados, como Robinsón

en su isla, ni la tristeza de sentirnos perdidos, dispersos en la

multitud del mundo grande, indiferente, hostil, acaso... Es la hora de

la comida; la familia modesta, parte de su pan de comunión, bendito por

el trabajo honrado. En el silencio hay más efusiva cordialidad que en

las palabras. Los pequeños ríen alborozados.

Los padres sin mirarse se miran en sus hijos... De pronto la mirada

del padre se nubla de tristeza, un pensamiento triste ha pasado por

su frente, ha estrujado su corazón. Sí, también en el alma de los

buenos hay algo que tiembla, como en el alma de los malvados. El amor

de los suyos. Si yo me muero, ha pensado el padre, ¿qué será de estos

hijos? ¿Quién podrá darles esta alegría de ahora? Y en la desolación

de su alma, los ve con hambre, con frío, como esas criaturas de la

calle que estremecieron tantas veces su corazón de padre, tanto de

compasión por ellos como de egoísmo por los suyos... las criaturas

que piden limosna, que venden periódicos, la mozuela desvergonzada,

víctima de hombres soeces... el ladronzuelo conducido entre guardias á

empellones... Todo eso puede ser de sus hijos, de aquellas criaturas

que ahora son tan felices con tan poco, con la alegría de estar juntos,

de compartir con amor aquella comida de bendición... alegrada por

alguna golosina de extraordinario... Y el padre tiembla y palidece, y

cuanto más ríen los hijos más le cuesta contener el llanto que desborda

en su corazón.

--¿Qué te pasa?--le pregunta la esposa, que advirtió pronto la cerrazón

de su alma.

--Nada, mujer. ¿Qué quieres que me pase?

Pero ella lo sabe, porque también ha pensado lo mismo muchas veces...

sólo que la mujer, cuando piensa en la muerte, piensa en Dios antes,

y ella está segura, porque así se lo ha pedido á Dios muchas veces...

de que el padre no les faltará nunca, porque ella le pide á Dios todos

los días que de morirse alguno sea ella... ¡Yo no les hago tanta falta!

Sólo las madres saben ofrecer así su vida en el recogimiento de sus

rezos, sólo ella, por amor á sus hijos, llega á creer que no les hacen

tanta falta en el mundo como los padres...

¡Bendita institución esta, que para socorro de viudas y huérfanos de

médicos algún consuelo será en la vida de los que apenas logran con

su trabajo la seguridad del día de hoy, siempre angustiada por la

incertidumbre del mañana!

Penosa profesión es siempre la medicina, aun para los que logran

cumplida recompensa. No se comprende sin vocación tan decidida como

la del sacerdocio. Consagrarse al dolor... luchar contra la muerte...

enemigo que cuando huye parece que no hubo mérito en vencerle, y cuando

se vence siempre deja lugar á la sospecha de que faltó el acierto en

combatirle.

Juzga la vulgar opinión que los médicos, en fuerza de frecuentar el

dolor, tienen embotada la sensibilidad... A pocos médicos han conocido

en la intimidad los que así juzgan. Yo sé de médicos que han llorado

por muchos niños las lágrimas que no lloraba alguna madre indigna

de serlo; yo sé de algunos médicos que han salvado con abnegación

á muchos enfermos del abandono de familias despreocupadas, yo sé de

muchos médicos que han muerto sin enfermedad, sin saber de qué... del

corazón, certificaba otro médico, más bien por convencimiento íntimo

que por diagnóstico seguro... Lo que sucede es que el médico, cuando

nadie ve llegar á la muerte, cuando todos sonríen á su alrededor

confiados, es el único que no puede llorar todavía, y cuando todos

lloran porque la ven llegar implacable, es el único que ha de sonreir

hasta el supremo instante... interponiéndose con fingida calma entre

los ojos espantados del moribundo y la negrura insondable de la muerte.

Pues estos hombres que pasan sonrientes como la esperanza, entre todos

los dolores y males de la tierra no pensaron apenas en el dolor de los

suyos. Ellos que saben como nadie, que esa crueldad del sentimiento

egoísta, cuando al llorar la pérdida de un ser querido hace pensar con

animal instinto:

¡En qué situación hemos quedado! Ellos que saben la brutalidad de

la frase: El muerto se lleva la llave de la despensa. Realidad más

descarnada que la misma muerte, consideración brutal que parece

como si rebajara el sentimiento del alma al grito de la animalidad;

ellos no habían pensado nunca en los suyos para evitarles este dolor

vergonzoso...

Pues es preciso que, unidos todos, los predilectos de la ciencia y

de la fortuna con los humildes sea desde hoy tranquilidad de todos y

honra de la clase el que vuestras esposas, vuestros hijos, no tengan

que añadir á un dolor del alma el dolor del hambre. Que el padre

trabajador y honrado no se lleve al morir la llave de la despensa. Que

esas palabras crueles, sólo justificadas por la crueldad de la vida, no

vuelvan á oirse en duelos familiares.

Es mala disculpa de nuestra indiferencia ante los males exclamar

resignados: ¡La vida es así! ¡Cosas de la vida!

Hay un espíritu en nosotros que nada valdría si no fuera capaz de

sobreponerse á los males del mundo.

Tened en cuenta que la mayor seguridad de que hay una Justicia y una

Bondad infinitas está en que nuestro espíritu las comprenda y las

desea, y que en nosotros hay poder para realizarlas, poder que Dios

bendice desde el cielo, cuando cantan sus ángeles: «Paz en la tierra á

los hombres de buena voluntad».

De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5) · 第 43 / 52 题