El decreto para organización de la Policía ha promovido discusiones. La
Policía es uno de los organismos sociales más difíciles de acomodar á
gusto de todos. Si pretende ser previsora, es casi imposible que lo sea
sin profanar á cada paso las libertades públicas y hasta el sagrado de
la vida privada. Las indagaciones secretas, los informes privados, las
fichas; en una palabra, todo lo que viene á ser higiene en la Policía
es antipático á los ciudadanos. Sin perjuicio de censurarla airadamente
y de pedirle estrecha cuenta de la imprevisión, cuando no ha podido
evitar un delito, por falta, muchas veces, de esa higiene preventiva y
molesta.
¿Cómo conciliarlo todo? Llamamos inquisitorial á la Policía si se
excede en sus previsiones, y la censuramos por inepta si no es capaz de
impedir un delito ó, si cometido, no lo descubre y esclarece en todos
sus pormenores.
Sobre la Policía pesa una triste tradición en nuestro país, desde los
alguaciles siniestros de nuestras novelas picarescas y sus cuadrilleros
pavorosos hasta el polizonte del absolutismo y el guindilla de nuestras
jaranas populares. No se dignifica una institución en un día. ¿Qué
es preciso para ello? Que nadie considere vergonzosa la profesión de
policía, que nadie se desdore por ser auxiliar suyo.
Indicado el nombre de un distinguido personaje político para la
Jefatura de Policía, ¿no hemos leído la rectificación desabrida, como
de quien rechaza una injuria? Pues es preciso que la Policía llegue á
ser estimada como profesión noble.
Para ser un buen jefe de Policía son necesarias condiciones superiores
de inteligencia. Hay que ser hombre de mundo, ante todo, y no de un
solo mundo. Hay que ser gran psicólogo, para saber tratar las leyes
como á las mujeres; esto es: lo mismo cuando se las atropella que
cuando se las respeta, parezca siempre que es por amarlas, sobre todo.
En nombre del amor están justificados todos los atropellos. Un buen
jefe de Policía debe poseer con las leyes el supremo arte en que fué
maestro Don Juan Tenorio con las mujeres: el de violador que enamora;
al que, cuando atropella, se le dice: ¡Gracias!
* * * * *
En París se ha conmemorado el trescientos cincuenta aniversario del
natalicio de Lope de Vega. En un teatro de los llamados allí «à coté»
se ha representado, precedido de una interesante conferencia, un acto
de _La estrella de Sevilla_, otro de _El mejor alcalde, el rey_, unas
escenas de _La Dorotea_, no representadas nunca, ni en España, decía
el cartel, y unas escenas de _El castigo sin venganza_. Todo ello
traducido con cierta libertad, pero muy lindamente.
Aquí se ha representado por estos días _El anzuelo de Fenisa_, una
de las más primorosas comedias de Lope de Vega. Ya sabemos que estas
obras antiguas, nunca viejas, no pueden despertar hoy la viva emoción
de cualquier obra moderna. El teatro, como la oratoria, como el
periodismo, vive de lo actual y su mayor gracia es lo efímero; como en
la flor, como en la mariposa. Son contados los genios poderosos que en
la oratoria, en el teatro ó en el periodismo lograron «eternizar el
instante».
Pero causa tristeza la displicente actitud de nuestro público ante
esas obras. Ello revela una incultura, un alejamiento de nuestra
historia, una incapacidad de ponerse en situación, todo ello á base
de ignorancia, que mal pretende disfrazarse de sabiduría, echándolo á
elegante escepticismo.
Dentro de poco nuestro teatro clásico será letra muerta. Y lo malo es
que no lo habremos sustituído en nuestra admiración con el teatro de
Ibsen ni con el de Mæterlink.
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El doctor Moliner anda por Madrid en busca de... cien millones de
pesetas, nada menos. El doctor Moliner no es hombre para desistir de
su propósito. Esos cien millones son su idea fija. Tener en España
una idea fija, constituirse en incansable propagandista de ella,
sacrificar comodidades, posición social, por esa idea, es sentar plaza
de loco ó, por lo menos, de monomaníaco.
Las ideas son bonitas para exponerlas un día en un brillante discurso,
en un artículo vibrante, en una crónica de actualidad; pero ¡por Dios!,
no conviene insistir sobre ellas...
A mí me advirtieron: Ya verá usted; el doctor Moliner le irá á ver á
usted, le hablará á usted de sus cosas, le dará á usted la lata; no
sabe hablar de otra cosa.
Y el doctor Moliner vino á verme y le oí con admiración, y volví
á oírle en la conferencia que dió en el Ateneo sobre lo mismo;
conferencia, por cierto, que no ha merecido una noticia en muchos
periódicos, y el doctor Moliner tendrá en mí otro incansable
propagandista de su locura, de su lata, como quieran llamarla.
Esa locura, esa lata, es pedir al Gobierno cien millones de pesetas
para Sanatorios marítimos, para colonias escolares, para escuelas
higiénicas... Es un presupuesto que pudiéramos llamar de la salud, de
la vida. ¡Ya veis si la cosa es disparatada! Las Sociedades obreras de
Valencia lo piden en respetuoso mensaje, de que es portador el doctor
Moliner.
Las Sociedades obreras de Madrid, la Casa del Pueblo, no se han dignado
tomarlo en consideración.
Manifiesta señal de la funesta orientación revolucionaria de esas
Sociedades.
No quieren tener que agradecer nada para conservar en toda su plenitud
el derecho á la queja; opinan como el sabio, en la comedia de Calderón,
que:
A trueque de quejarse,
habían las desdichas de buscarse.
Ya lo dicen en carta dirigida al doctor Moliner: «Todo eso no es más
que un calmante...»
Lo quieren todo ó nada. ¿Todo? Y ¿qué es todo en la vida? ¿Qué es todo
si no es un poco cada día, un paso en el camino de la perfección?
¿Serían ellos capaces de revolucionar su mundo interior en un día? ¡Y
de lo que no son capaces en su espíritu, se creen capaces con el mundo
entero!
Por lo mismo que así desvarían, hay que darles eso que ellas llaman
calmante, á pesar suyo, contra su voluntad; voluntad que ni siquiera
interpreta la voluntad de todos, como lo muestra ese mensaje de las
Sociedades obreras de Valencia.
El Gobierno del señor conde de Romanones puede hallar el mejor programa
de su política en ese «calmante», en ese presupuesto de salud, de
vida.