Un crimen es un caso de una enfermedad social, que puede ser endémica
ó epidémica. Por eso todo crimen debe ser asunto de meditación, de
recogimiento de nuestra conciencia. No caigan todo el horror y toda la
culpa sobre el _caso_, tan irresponsable como el palúdico que en su
organismo debilitado recogió los miasmas perniciosos, inofensivos para
el fuerte.
¿El anarquista? Si le consideráis como un hombre de ideas, _sus
ideas_, ya le enaltecéis demasiado y al mismo tiempo eludís vuestra
responsabilidad. El anarquista viene á ser lo que en Teosofía llamamos
una forma de pensamiento, un elemental artificial, producto de esa
misteriosa energía animada por nuestros pensamientos, buenos ó malos,
de amor ó de odio.
¿Sabéis de qué está hecho un anarquista? Del espectáculo del lujo
insolente, de la ociosidad parasitaria, de la envidia que calumnia y
murmura, de la intriga y del favor encumbrados, del mérito desconocido,
de la justicia recomendada, y, sobre todo esto, de mil ligerezas que
consideramos insignificantes: amenidades, pasatiempos de la vida
diaria...
El orador que, por redondear un discurso con una frase de efecto,
preconiza el atentado personal contra el enemigo político á quien
después saluda respetuoso, á quien por sí mismo ó por tercera persona,
pedirá algún favor, á quien estima personalmente, á quien sería incapaz
de ocasionar el menor daño.
El escritor--y entremos todos--malabarista de frases que desmiente
en privado lo que escribió en público, y esas graciosas charlas que
desgranamos en los Círculos, en los cafés, y esas indignaciones que no
llegan á perturbar nuestra digestión... ¡Qué país este! ¡Los políticos!
¡El chanchullo! ¡El negocio sucio! ¿Sabe usted por qué se ha hecho
esto? ¡Todos lo mismo!...
Y todo ello, un día y otro, va condensándose en una forma de
pensamiento, en ese elemental artificial, ávido de tomar vida y
cuerpo, y, al fin, como espíritu diabólico en los antiguos posesos,
se entra por el cerebro débil del mastoide, ya perturbado con pobres
lecturas, se adueña de él y le deslumbra con la idea fija de ser el
reparador, el justiciero. Una idea fija siempre parece una gran idea,
no por ser grande, sino porque llena todo un cerebro. Y el brazo se
arma, y el crimen, como el rayo, hiere brutalmente, sin elección,
sin descernimiento... Un zarpazo de fiera desgarra una página de la
Historia. Los más inconscientes culpan al criminal, los más cándidos
á la Policía, los más solapados aprovechan la ocasión para culpar al
enemigo, para pedir represión violenta, prevenciones extremadas. Todo
se vuelve aspavientos sobre el _caso_. No es el caso, es la enfermedad,
endémica ó epidémica, lo que importa.
Hagamos escrupuloso examen de conciencia social, y todos tendremos de
qué acusarnos. ¿Quién no ha sembrado un granito de anarquismo? ¿Quién
no ha perturbado con algún pensamiento de odio?
¡Hay que reprimir, hay que escarmentar, hay que suprimir! Ya se sabe:
al energúmeno siempre responde el energúmeno.
No; no es por el campo exterior por donde hay que dar la batida;
intrinquémonos dentro de nosotros mismos, y será más segura caza y más
acertado remedio.
Cuando ocurre un caso de enfermedad contagiosa--y ninguna tan
contagiosa como el crimen,--desinfectar la vivienda es muy importante,
por lo pronto; pero es más importante sanear toda la ciudad, todo el
ambiente.
* * * * *
La sesión del Congreso suspendida en señal de duelo por la muerte del
presidente del Consejo, fué de tan glacial severidad, que no parecía
sino que la mano trágica de la _Intrusa_ atenazaba todos los corazones.
Aquello fué hielito puro. Dícese que los grandes dolores son mudos y
que el verdadero sentimiento nunca es retórico. No lo creo yo así;
antes creo que el dolor, como todo sentimiento verdadero, son los
más grandes retóricos; que no fué la retórica la que dió reglas al
sentimiento, sino el sentimiento á la retórica.
Y la verdad es que un poco de retórica no hubiera sentado mal en
aquellos momentos. Se abomina, sin razón, de la retórica, y tal vez
creyóse dar más solemnidad al acto con aquel laconismo sin arte y sin
artificio.
Pero aquella elegante concisión, aquella noble sobriedad, no fueron
apreciadas en toda su delicadeza ni por los diputados en el Congreso,
ni por el público después.
El alma de la multitud es amplia y, como en los amplios lugares, se
pierden en ella los matices delicados; necesita de frases sonoras,
calurosas, vibrantes. Sin duda los oradores lloraban de verdad en
aquellos momentos; pero el público no pudo apreciar el valor de
aquellas lágrimas sin palabras...
Y es que el Arte será una mentira, pero es insustituíble para comunicar
verdades.