XXXI

Un crimen es un caso de una enfermedad social, que puede ser endémica

ó epidémica. Por eso todo crimen debe ser asunto de meditación, de

recogimiento de nuestra conciencia. No caigan todo el horror y toda la

culpa sobre el _caso_, tan irresponsable como el palúdico que en su

organismo debilitado recogió los miasmas perniciosos, inofensivos para

el fuerte.

¿El anarquista? Si le consideráis como un hombre de ideas, _sus

ideas_, ya le enaltecéis demasiado y al mismo tiempo eludís vuestra

responsabilidad. El anarquista viene á ser lo que en Teosofía llamamos

una forma de pensamiento, un elemental artificial, producto de esa

misteriosa energía animada por nuestros pensamientos, buenos ó malos,

de amor ó de odio.

¿Sabéis de qué está hecho un anarquista? Del espectáculo del lujo

insolente, de la ociosidad parasitaria, de la envidia que calumnia y

murmura, de la intriga y del favor encumbrados, del mérito desconocido,

de la justicia recomendada, y, sobre todo esto, de mil ligerezas que

consideramos insignificantes: amenidades, pasatiempos de la vida

diaria...

El orador que, por redondear un discurso con una frase de efecto,

preconiza el atentado personal contra el enemigo político á quien

después saluda respetuoso, á quien por sí mismo ó por tercera persona,

pedirá algún favor, á quien estima personalmente, á quien sería incapaz

de ocasionar el menor daño.

El escritor--y entremos todos--malabarista de frases que desmiente

en privado lo que escribió en público, y esas graciosas charlas que

desgranamos en los Círculos, en los cafés, y esas indignaciones que no

llegan á perturbar nuestra digestión... ¡Qué país este! ¡Los políticos!

¡El chanchullo! ¡El negocio sucio! ¿Sabe usted por qué se ha hecho

esto? ¡Todos lo mismo!...

Y todo ello, un día y otro, va condensándose en una forma de

pensamiento, en ese elemental artificial, ávido de tomar vida y

cuerpo, y, al fin, como espíritu diabólico en los antiguos posesos,

se entra por el cerebro débil del mastoide, ya perturbado con pobres

lecturas, se adueña de él y le deslumbra con la idea fija de ser el

reparador, el justiciero. Una idea fija siempre parece una gran idea,

no por ser grande, sino porque llena todo un cerebro. Y el brazo se

arma, y el crimen, como el rayo, hiere brutalmente, sin elección,

sin descernimiento... Un zarpazo de fiera desgarra una página de la

Historia. Los más inconscientes culpan al criminal, los más cándidos

á la Policía, los más solapados aprovechan la ocasión para culpar al

enemigo, para pedir represión violenta, prevenciones extremadas. Todo

se vuelve aspavientos sobre el _caso_. No es el caso, es la enfermedad,

endémica ó epidémica, lo que importa.

Hagamos escrupuloso examen de conciencia social, y todos tendremos de

qué acusarnos. ¿Quién no ha sembrado un granito de anarquismo? ¿Quién

no ha perturbado con algún pensamiento de odio?

¡Hay que reprimir, hay que escarmentar, hay que suprimir! Ya se sabe:

al energúmeno siempre responde el energúmeno.

No; no es por el campo exterior por donde hay que dar la batida;

intrinquémonos dentro de nosotros mismos, y será más segura caza y más

acertado remedio.

Cuando ocurre un caso de enfermedad contagiosa--y ninguna tan

contagiosa como el crimen,--desinfectar la vivienda es muy importante,

por lo pronto; pero es más importante sanear toda la ciudad, todo el

ambiente.

* * * * *

La sesión del Congreso suspendida en señal de duelo por la muerte del

presidente del Consejo, fué de tan glacial severidad, que no parecía

sino que la mano trágica de la _Intrusa_ atenazaba todos los corazones.

Aquello fué hielito puro. Dícese que los grandes dolores son mudos y

que el verdadero sentimiento nunca es retórico. No lo creo yo así;

antes creo que el dolor, como todo sentimiento verdadero, son los

más grandes retóricos; que no fué la retórica la que dió reglas al

sentimiento, sino el sentimiento á la retórica.

Y la verdad es que un poco de retórica no hubiera sentado mal en

aquellos momentos. Se abomina, sin razón, de la retórica, y tal vez

creyóse dar más solemnidad al acto con aquel laconismo sin arte y sin

artificio.

Pero aquella elegante concisión, aquella noble sobriedad, no fueron

apreciadas en toda su delicadeza ni por los diputados en el Congreso,

ni por el público después.

El alma de la multitud es amplia y, como en los amplios lugares, se

pierden en ella los matices delicados; necesita de frases sonoras,

calurosas, vibrantes. Sin duda los oradores lloraban de verdad en

aquellos momentos; pero el público no pudo apreciar el valor de

aquellas lágrimas sin palabras...

Y es que el Arte será una mentira, pero es insustituíble para comunicar

verdades.

De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5) · 第 35 / 52 题