En la sesión dedicada por el Ateneo de Madrid á la gloriosa memoria de
Menéndez y Pelayo, al oir algunos fragmentos de sus obras, sabiamente
glosados por el señor Bonilla San Martín en su magistral estudio de
las obras y del espíritu del gran don Marcelino; al sentir cómo la
prosa cálida, vibrante, toda emoción, toda elocuencia, del insigne
polígrafo conmovía hondamente al auditorio, pensaba yo cómo se debiera
en España, á imitación de Francia y de Inglaterra, sobre todo, publicar
selecciones de las obras maestras; medio eficacísimo para vulgarizar el
conocimiento de muchos escritores que, como Menéndez y Pelayo, por no
haber escrito siempre obras de un interés general, sólo consiguen ser
leídos por los especialistas interesados en aquellas materias.
Dije en otra ocasión que Menéndez y Pelayo era más admirado que leído.
Y no hay que espantarse por ello. Hay dos clases de lectores: los
estudiosos, atentos con preferencia á las obras que pueden servirles en
sus investigaciones especiales, y los desocupados, atentos sólo á la
amenidad de los libros; lectores de novelas, de poesías, de cuentos.
La obra total de Menéndez y Pelayo, cada una de sus obras en
particular, aunque nadie como él, por ser tan artista y tan poeta y
tan creador, supo dar amenidad y calor de vida á la crítica erudición,
todavía mantiene á respetuosa distancia á los que muy especialmente no
se interesan por la crítica y la historia literarias.
Una esmerada selección de sus obras, á semejanza de las muchas
publicadas en Inglaterra, de Ruskin, de Carlyle, de otros grandes
escritores, facilitaría la lectura de lo bueno á los asustadizos de lo
mucho.
En España no sabemos ser oportunistas; siempre por los extremos: ó todo
ó nada.
¿No convendría refundir, aligerar muchas de nuestras obras clásicas?
¿Es preferible que permanezcan ignoradas del todo? Ya sé que sus
admiradores incondicionales, muchos de los cuales las admiran de oídas,
no dejarían de clamar: ¡Profanación! ¡Sacrilegio!
Profanación sería recortar, borrar y repintar una pintura de Velázquez
ó de Goya, pues los cuadros sólo tienen un ejemplar. Pero una obra
literaria no padece detrimento por estas experiencias. Siempre queda el
original para los que quieran admirarla y estudiarla en su integridad.
Quevedo, Gracián, Saavedra Fajardo, otros grandes escritores, hoy
tan poco leídos; _La Celestina_, _Guzmán de Alfarache_, otras muchas
excelentes novelas, ¿perderían algo con estas selecciones?
De Inglaterra nos llegan todos los días libros pequeños, libros
amables, lindos como juguetes, con pensamientos y trozos escogidos
de los grandes poetas y escritores. Para quien de ellos sabe, son un
recuerdo, una flor del jardín, una rama del bosque; para el que nada
sabía, son una iniciación, tal vez la puerta de oro que se abre al
jardín encantado.
Pongamos estos libros ligeros en las manos perezosas, ante los ojos
distraídos de las almas frívolas, que vayan perdiéndoles el miedo...
El libro español trae siempre un severo ceño de maestro; es preciso
alegrarle con la sonrisa del buen amigo.
* * * * *
Por fin, el señor jefe superior de Policía, tan riguroso cumplidor de
la ley de protección á la infancia, cuando de espectáculos teatrales se
trataba, se ha convencido de que lo menos perjudicial, el trabajo menos
penoso para un niño es el de representar un corto papel en el teatro.
Era ridícula esa severidad en el trabajo de los niños en el teatro,
cuando á todas horas del día y de la noche andan infelices criaturas
tiradas como perros por esas calles; cuando niños de cuatro y de cinco
años vocean periódicos á las altas horas de la madrugada; cuando hay
vendedoras de periódicos y décimos de lotería, menores de edad, que,
como los horteras complacientes, siempre le preguntan al comprador:
¿Desea usted algo más? No hablemos de los botones y recaderos de
Círculos y hoteles que, por razón de su oficio, muy semejante, en
ocasiones, al que Cervantes tenía por muy necesario en toda república
bien ordenada, han de enterarse y entender de todo.
Y ya que de niños hablamos, á las muchas personas que á mí se dirigen,
interesadas en la buena obra del «Desayuno escolar» y de las Cantinas,
les diré, que, nombrada una Comisión, ella es la que ha de disponer lo
más conveniente.
A mí estas andanzas, por ahora, no me han traído más que disgustos y
molestias. A disposición de la Comisión está lo recaudado por mí; y en
cuanto á la nube de pedigüeños que de continuo me envía solicitudes y
memoriales, ha de saber que el cargo de académico no tiene asignadas
rentas ni sueldos; que agradezco mucho las postales alegóricas, mesas
revueltas, platos pintados y otras chucherías, como toda prueba de
admiración, siempre que sea, por lo menos, gratuita. Sí, por Dios.
«¡Basta de aplausos ya, bravos pecheros!»