XXIX

Aquellas guerras de los cien años, de los treinta años, tan molestas

para los estudiantes de Historia Universal, ya no serían posibles.

Las guerras de ahora tienen la ventaja de la brevedad. Mueren en

ellas más hombres que en las antiguas; pero mueren más pronto. Puede

ponderarse su corta duración con las mismas expresivas frases de cierto

predicador, al considerar la rapidez de los deleites carnales: ¿Por qué

os condenáis, hermanos? Si fuera asunto de una hora... ¿Qué digo de una

hora? Si fuera asunto de cinco minutos... Pero, no; ¡zás, zás, zás, y

ya estáis en el infierno!

Por fortuna, las guerras modernas son un lujo muy costoso. Lo único

barato en ellas, por eso es lo único que puede derrocharse, es el

factor hombre. Un soldado, con su ración y todo, vale bastante menos

que los cartuchos por él disparados.

Esta baratura del factor hombre es consecuencia del poco coste de

producción.

En esta guerra de los Balkanes se ha dado el mismo edificante

espectáculo que solían dar en otros tiempos algunos príncipes

cristianos aliándose con el Gran Turco por enemistad con otros

príncipes cristianos. Mal disimuladas, por el buen parecer, las

simpatías de la culta y cristiana Europa estaban, en esta guerra, del

lado turco. No quiero pensar mal; pero sospecho que hasta oraciones, en

templos muy católicos, se han elevado al cielo en favor de las armas

mahometanas.

Los turcos tenían su deuda muy bien repartida. Los otros desgraciados,

por no tener, no tenían ni acreedores. ¿Qué interés podían inspirar á

nadie?

Todavía, después de las victorias conseguidas, han de esperar á que las

grandes potencias las den por buenas; porque los turcos habrán perdido

muchas batallas, pero ¡pensar que Europa va á perder su dinero!

Como que no hay quien mire por uno como los acreedores. Por

patriotismo, debiera procurar el Gobierno español, al levantar el

anunciado empréstito de 300 millones, que se cubriera en el extranjero;

de ese modo, tal vez en situaciones apuradas contaríamos con la

simpatía y el interés de otras naciones fuertes; interés y simpatía

que nos faltaron en momentos muy críticos, quizás porque no estábamos

bastante entrampados con el extranjero.

Todo el arte de la guerra moderna está en enzarzarse, no con quien

pueda menos que nosotros, sino con quien deba menos.

* * * * *

Tan vulgar tópico era el de la alegría española que, por extremosa

reacción, han sido muchos los escritores á rectificarle con la

contraria afirmación de nuestra tristeza. Yo no sé si seremos alegres;

pero tristes, de ningún modo. El pueblo español no es un pueblo triste;

es un pueblo duro, que no es lo mismo.

De que no somos tristes es buena prueba nuestro modo de celebrar la

conmemoración de los difuntos. ¿Puede darse menos emoción, menos

recogimiento espiritual, menos ternura, en una palabra?

La gente pasea por los cementerios como por un jardín; ríe y bromea

y comenta con chistes los epitafios. Esto no puede llamarse alegría,

ni siquiera desprecio á la muerte, por fe religiosa ó por elevado

estoicismo filosófico; esto es, sencillamente, dureza; esa dureza

agresiva que está en la entraña de la vida española. En el hogar, en la

vida pública, en el Arte. Por eso hemos sido siempre tan retóricos; por

eso tenemos tantas fórmulas de cortesía y de cumplimientos. ¡Nuestra

naturalidad es tan áspera!

La fiesta de los muertos debiera serlo de gratitud para los muertos

gloriosos, para los buenos muertos... Y el amor acude á las sepulturas

en el primer año, la vanidad hasta cinco; mas la verdadera piedad del

recuerdo no tiene flores para los poetas, ni para los héroes, ni para

los humildes... ¡Allá nos esperen por muchos años!, dicen los que viven

á gusto. ¡Están muy ricamente!, dicen los que viven desesperados. Y

así, entre el egoísmo satisfecho de los unos y el egoísmo desesperado

de los otros, los vivos van á la muerte, los muertos al olvido, y la

vida española es muy alegre, si alegría es que nada importe, y muy

triste, si tristeza es no amar la vida, en verdad, ni alegre ni triste;

dura como el odio: la única pasión sin risas y sin lágrimas.

* * * * *

_Don Juan Tenorio_, casi desterrado de Madrid, ha encontrado espléndido

refugio en Barcelona. En quince teatros, lo menos, se ha representado

allí en estos días.

Si no supiéramos que en Barcelona ha triunfado también durante

muchos años, y aun sostiene muy bien su cartel, el señor Lerroux,

que es el Don Juan Tenorio de la política española, por lo seductor,

por lo audaz y por lo de bajar á las cabañas y lo de subir á los

palacios--presidenciales, se entiende,--pudiera creerse que la

predilección del público de Barcelona por héroe tan nacional como Don

Juan Tenorio tenía mucho de ensañamiento despectivo: ¡Vean el personaje

que nos mandan esos castellanos!

Pero no; no hay segunda ni pérfida intención. El público de Barcelona

se entusiasma con nuestro Don Juan, como ya no nos entusiasmamos

nosotros. ¡Señales de los tiempos!

Váyase por el proyecto de mancomunidades, que tiene en Madrid más

decididos partidarios que en Barcelona.

De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5) · 第 33 / 52 题