XIX

Doña Sol Rubio, hija del eminente fundador del Instituto Rubio, me

pide en carta abierta rectificación de algunos errores en que incurrí,

por equivocados informes, al relatar los hechos que dieron ocasión á

disidencias en dicho Instituto.

No fué descortesía mi retraso en acusar recibo de tan atenta carta,

sino el deseo de rectificar en esta misma sección.

Lo de menos eran los hechos en mis apreciaciones. Pero, en fin, conste

que los cumplidores de la voluntad del doctor Rubio no podían admitir

la asistencia de hermanas de la Caridad, por oponerse á ello la

voluntad del fundador. Fueron, pues, las damas del Patronato las que

propusieron la asistencia mixta de hermanas y de enfermeras.

Lo importante era consignar que bien estaban unas y otras, como todas

cumplieran con su deber.

Al decir laicas á las enfermeras, sólo quise significar el no hallarse

sujetas á la regla de una Hermandad religiosa, sin poner en duda

su catolicismo. Por más que yo nunca haya creído que la caridad y,

sobre todo, el cumplimiento del deber sean patrimonio de una religión

determinada. Sin desconocer tampoco que en nuestra santa religión

católica resplandecen como en ninguna otra las más altas virtudes.

¿Estamos todos contentos?

* * * * *

La noche del miércoles pasado fué de fiesta mayor en casa de Joaquín

Sorolla. Se obsequiaba á Mr. Huntington, hispanófilo americano,

meritísimo de cuantos honores pueda España ofrecerle.

La casa de Sorolla es un palacio del Arte, tan á la española trazado,

que allí la suntuosidad no es soberbia ostentación, sino hidalga

limpieza. Antes que el palacio os admire os acaricia el hogar, y antes

que las maravillas del Arte absorten vuestros ojos el amor y la paz

familiares ungieron de buenos pensamientos vuestra frente. Por inquieto

y perturbado que esté nuestro espíritu, cuando nos hallamos entre

gentes buenas y dichosas nos sentimos también dichosos y buenos, como

si las alas de nuestros ángeles custodios, los que nos guardaban de

niños, volvieran á traernos nuestra inocencia.

Con vuelo impetuoso más suele el Arte destruir que labrar nidos. Sus

glorias rara vez van unidas á la gloria de amar y ser amado. Por eso

al juntarse en la casa de Joaquín Sorolla, este hogar del Arte, este

palacio del Amor, parece como un templo ideal á una diosa más ideal

todavía: la felicidad.

La casa de Joaquín Sorolla es tan española como el alma de cuantos la

habitan; modelo de la verdadera familia española. ¡La familia española,

la más pura gloria de nuestra raza!

La casa de Joaquín Sorolla debiera ser provechosa lección de

edificaciones españolas enfrente de tantos esperpentos á la francesa,

á la inglesa y á la suiza con que la cursilería europeizante deshonra

nuestras tradiciones arquitectónicas.

Sorolla debe ahora recorrer toda España. Estudia tipos y paisajes para

el grandioso friso decorativo del Museo Español de Mr. Huntington en

los Estados Unidos.

¿Podíamos soñar mejor desquite de pasadas humillaciones? Detrás de una

puerta cerrada, en un gran salón, se nos dice que están los estudios

del natural apuntados por Sorolla para su gran obra. La entrada está

prohibida. Míster Huntington no quiere que nadie goce las primicias de

su encargo. ¡El simpático hispanófilo no lo es del todo!

Nada podemos ver, pero es mucho lo que adivinamos. Adivinamos, con los

ojos que tantas admirables obras del gran pintor español admiraron, la

más asombrosa evocación de España, la verdadera España: luz, color,

brío. Se abren ante nosotros páginas del Romancero y del _Quijote_, de

las novelas picarescas y de las hazañas de Italia y de Nueva España...

Y también tristezas, y también sombras que el pincel de Sorolla, al

no mentir, no lisonjea. Pero de esas sombras y esas tristezas no se

alza el pesimismo espectral, agüero de muerte; es más bien la sensación

caótica de algo muy fuerte y vigoroso que no puede morir porque no ha

nacido todavía.

He aquí la obra de un gran pintor, todo realismo, que, para poner

espíritu en su obra, le basta con poner verdad. Y todo es Arte.

Y es que en Arte hay dos grandes estilos: uno, en que el alma del

artista envuelve el alma de las cosas; otro, en que el alma de las

cosas envuelve el alma del artista.

De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5) · 第 23 / 52 题