Desde Hamburgo me envía persona respetable el original y la traducción
de un artículo publicado en el diario _General Anzeigner_, de la ciudad
citada.
Extractaré lo más substancioso, según la traducción de referencia. El
artículo se titula «Deshonra de la raza», y dice, entre otras cosas:
«Varios periódicos publican relación de las impúdicas aproximaciones
de algunas señoras y señoritas de raza blanca, á los hombres de la
tribu de beduínos que actualmente se exhibe en el Jardín Zoológico de
Hagenbeck, en Hamburgo.
Los buenos beduínos vinieron á las manos por cuestión de faldas y fué
necesaria la intervención de la Policía y la repatriación de los más
levantiscos.
Aunque la empresa Hagenbeck ha tomado enérgicas medidas para evitar
la repetición de estos incidentes y ha dado á sus empleados orden
terminante de expulsar del parque á toda _señora_ que se aproxime á
los beduínos en forma sospechosa, todavía han ocurrido escenas tan
lamentables como la que acabamos de describir.
Triste y lamentable es que la mujer alemana, por lo general de carácter
y costumbres ejemplares, olvide hasta ese punto su decoro.»
Otras muchas consideraciones trae el artículo; pero no quisiera que,
al transcribirlo, nadie creyera que yo me complacía en publicar
debilidades de algunas señoras alemanas; debilidades que, si allí son
excepcionales, aunque numerosas, no son exclusivas de Alemania.
Cuando en París se han exhibido de estas tribus salvajes, en el Jardín
de Aclimatación ó con motivo de Exposiciones universales ó coloniales,
tampoco han faltado curiosas de amores exóticos.
Los mulateros de la calle del Cairo, en la Exposición de 1889, fueron
en aquella temporada, la _coqueluche de cés dames_.
Por aquí no menudea ese género de exhibiciones. Sólo hemos tenido una
de aschantis y otra de esquimales, en los malogrados Jardines del Buen
Retiro. Para prueba no es mucho. La mujer meridional, contra la vulgar
opinión, es mucho menos acometedora en amor que las mujeres del Norte.
Pero, en fin, celebremos que las exhibiciones no hayan sido muchas y
que los aschantis y los esquimales fueran, unos, demasiado negros, y
otros, demasiado descoloridos.
Las inglesas, por su parte, también se han significado bastante en
estas exhibiciones; con más cautela y decoro, claro está: con pretextos
de filantropía ó de evangelización. La raza inglesa ha sido siempre
maestra en hallar buenas razones para hacer lo que le conviene ó lo que
se le antoja. En esto tal vez consiste su superioridad. Los ingleses
tienen una religión ó una filosofía para justificarlo todo. Pero su
conducto no es nunca consecuencia de una religión ó de una filosofía,
sino lo contrario; la religión ó la filosofía, consecuencia de su
conducta. La conciencia procede del acto; como en todos los pueblos y
en todos los hombres fuertes.
Las alemanas, por lo visto, á pesar de hallarse en tierra de filosofías
para todos los gustos, no se andan por las ramas filosóficas y se
descaran buenamente en este sistema de colonización pacífica y casera.
La mujer tiende siempre á restaurar más que á revolucionar. Esta
manifiesta inclinación por los hombres de otras razas es, quizás, un
argumento á favor de la unidad de origen de las diversas razas humanas.
Pero aunque á la unidad volviéramos por estos procedimientos, respecto
á las mujeres, siempre habría dos razas, comunes á todos los pueblos y
en todas las latitudes: las unas y... las otras. Es á saber, para que
no haya duda en la clasificación: las limpias y... las puercas.
* * * * *
De todas las intolerancias, la más intolerable es la pretensión de un
monopolio para ejercitar el bien ó cumplir un deber.
Por esta pretensión se ha planteado un desagradable conflicto en el
benéfico Instituto del doctor Rubio.
La Junta de señoras pretendía sustituir á las enfermeras laicas por
hermanas de la Caridad. Los fieles guardadores de la voluntad del
doctor Rubio se oponían á esta sustitución. No obstante, con mayor
espíritu de tolerancia, no se oponían á que alternara un número
determinado de hermanas de la Caridad con otro determinado número de
enfermeras en la asistencia de los enfermos.
Las señoras intransigentes no admitieron este _modus vivendi_.
Dimitieron sus cargos muy ofendidas y retiraron su valiosa protección
al benéfico Instituto.
No soy sospechoso; desde muy niño aprendí á respetar, á admirar á las
hermanas de la Caridad. En una de mis obras presento la figura de una
de ellas, de tal modo, que muchos la juzgaron por ideal; pero yo sé que
bien podía ser copia exacta de la realidad. Hay muchas hermanas como
aquella hermana.
Cuando se fundó el hospital del Niño Jesús, el primitivo, en el barrio
de las Peñuelas, era su directora una admirable mujer, por su talento
y por sus virtudes: sor Rosalía. El doctor Tolosa Latour la conoció
seguramente y podrá atestiguarlo. Ella sola podía ser honor de una
institución. Pero también, como aquélla, son muchas otras.
Pero también como éstas y como todas las hermanas de la Caridad, hay
otras mujeres inteligentes y honradas y buenas, capaces de cumplir con
su deber profesional tan santamente como las hermanas de la Caridad con
su deber religioso.
Cuando alguien cumple con su deber, no debe preguntársele en nombre
de qué ideal lo cumple. A buen seguro que si esas señoras de la
Junta se hallaran en peligro de muerte y supieran que sólo un doctor
especialista podía salvarlas, no se andarían preguntando si era buen
católico, protestante ó librepensador.
El personal facultativo del establecimiento se basta y se sobra para
juzgar si las enfermeras atienden con solicitud á los enfermos y
cumplen con su deber. Ellos son los más interesados en que así sea.
Ni el amor al prójimo, ni la más sublime caridad, ni el sacrificio por
la más alta idea del deber, son patrimonio de una creencia religiosa
determinada. ¿Con qué derecho puede negarse á nadie que cumpla con su
deber, porque sus razones no son las mismas que las nuestras?
Además, no hay religión en el mundo que llegue á imprimir uno solo de
sus mandamientos en nuestro corazón, si en nuestro corazón no estaban
ya impresos todos los mandamientos religiosos.