Con la firma de «Un concursante de buena fe» recibo una carta muy
atendible, de la que copio lo más interesante:
«¿Querría usted llamar la atención del Ayuntamiento respecto á lo que
está ocurriendo con el tercer concurso de comedias?
Es el caso que, iniciativa tan plausible, no ha dado hasta ahora otro
resultado práctico que molestar inútilmente á los Jurados y hacer
perder tiempo é ilusiones á los concursantes de buena fe.
Tres concursos van convocados; permítame que en pocas palabras le
recuerde el historial de cada uno.
El primero se convocó el 29 de Noviembre de 1909. Al expirar el plazo
de admisión se habían presentado 153 obras. El Jurado, que formaban
los señores Sellés, Rodríguez Marín, Répide, Gómez de Baquero, Linares
Rivas y Jurado de la Parra, falló el 25 de Junio. (Es decir, invirtió
menos de cuatro meses en examinar los 153 originales), premió la
comedia _Los jácaros_ y mencionó con elogio otras varias.
Bajo su firma declararon los señores del Jurado que el concurso era
excelente. ¿Recuerda usted el expresivo artículo que Répide publicó en
_El Liberal_? Pues si hubiera sido pésimo, no hubiera fracasado de más
completo modo. Ninguna de las obras elogiadas se ha representado, ni
siquiera la premiada, en el Español ni en ningún otro teatro.
Segundo concurso. Se convocó el 5 de Diciembre de 1910; se clausuró el
5 del siguiente Marzo, con 86 originales. El Jurado, que formaban los
señores Villegas, Linares Rivas, Zozaya, Bueno y Martínez Sierra, tardó
en fallar cerca de nueve meses. Por fin, premió la comedia _El bobo_ y
declaró por buenas otras cinco.
¿Resultado práctico? Acaso por la demora del fallo, _El bobo_ sólo
pudo estrenarse, al terminar la temporada oficial, en deplorables
condiciones. Así, mal ensayada, representada para salir del paso, la
obra sólo tuvo las tres representaciones á que obliga la ley. Las
demás comedias elogiadas siguen inéditas.
Antes de fallar en el segundo concurso--vea otra anomalía--se convocó
para el tercero. Al terminar el plazo de admisión--el 4 del pasado
Febrero--sólo había presentadas 46 obras. Esta progresión descendente
significa mucho también. Estamos á fines de Junio, esto es, han
transcurrido cinco meses, y ni hay fallo, ni se sabe si hay Jurado,
aunque en el Ayuntamiento son pródigos en dar noticias hasta de lo que
pasea cada concejal.
¿Considera usted justo hacer una excitación al Ayuntamiento, encaminada
á que se sepa lo que ha sido de esos originales y á evitar que, una vez
más, se esterilice la iniciativa con un fallo en exceso tardío?»
Queda complacido el comunicante. Muy razonables me parecen sus quejas;
pero ¡ay! ¡si el concursante de buena fe supiera lo que es ser Jurado,
también de buena fe, en uno de estos concursos! Por haberlo sido en
varios, no tengo ninguna fe en sus resultados.
Cierto que los autores desconocidos dirán: Y ¿cómo hemos de darnos á
conocer? Hay que ser algo fatalistas: lo que ha de ser, está escrito,
y cuando está bien escrito... es siempre. ¿Que puede existir algún
talento ignorado? Es posible. ¡Dichoso él, que, al verse desconocido,
llegará á dudar de su talento y podrá creerse tonto... y ser feliz!
* * * * *
El cultísimo escritor Bernardo Cándamo abre información sobre la
conveniencia de establecer la previa censura teatral.
Un exceso de celo del jefe superior de Policía ha dado ocasión á que se
discuta de la moral y del arte.
De todo ello podrá discutirse, como de las ventajas y desventajas de
la previa censura. Lo que está fuera de discusión es que un jefe de
Policía, de no producirse alboroto ó grave escándalo en el teatro,
no es quién para juzgar de moral ni de arte, cuando ni artistas, ni
críticos, ni filósofos han logrado dictaminar de acuerdo en tan ardua
materia.
La vulgar opinión entiende por inmoral en arte algo que muchas
veces nada tiene que ver con la moral, en el más alto sentido de la
palabra. Hay quien se escandaliza en el teatro por algo que bien puede
calificarse de «mera porquería», como un ingenio peregrino calificaba
en picarescos versos algo que otro, no menos peregrino, diputaba por
pecado nefando.
En cambio, obras que pueden ser antisociales, demoledoras ó tal vez
peligrosas por inoportunas, no pasan por inmorales ni dan ocasión á que
se alarmen los jefes de Policía.
Estas otras, que tanto alarman á los pudibundos, me parecen la suprema
inocencia, y el público que con ellas se regocija de una simplicidad
infantil. Considérese que toda la gracia del espectáculo consiste en
que nos digan ante centenares de personas lo que estamos aburridos
de oir en reducidos grupos. La novedad no está en lo que oímos, sino
en oirlo delante de mucha gente. Ya sabemos lo que ha de parecemos
á nosotros; la picardía está en averiguar lo que les parecerá á los
demás.
Obsérvese al espectador durante la representación de una de estas obras
«inmorales». Más que á la escena, atiende al público. No dirá nunca:
¡Cómo me he reído!, sino: ¡Cómo se reían!
El efecto cómico de este género es el mismo que se logra en cátedra ó
en el salón de sesiones con un chiste malo que en los claustros ó en el
salón de conferencias no tendría maldita la gracia.
¿Previa censura? Voto en contra. En España estaría supeditada á todo
género de pasioncillas, caprichos y arbitrariedades, sin contar con la
influencia de los cambios políticos.
Y no sería la censura conservadora la más temible. Sabido es que
los liberales son los que aquí se toman mayores confianzas con las
libertades.
Hay una solución productiva. Este género alegre no es más nocivo que
el juego. ¿Por qué no gravarle con un impuesto especial? Es el mejor
partido que puede sacarse de todo lo malo. ¡Ay! ¡Menos de los malos
Gobiernos!