Los Museos de cuadros antiguos tienen algo de panteón. Un cuadro sólo
parece animado con vida propia como acorde justo en toda una armonía
de ambiente. El retrato del noble caballero ó de la dama infanzona,
en la sala señorial de linajudo palacio, entre sillones y escaños de
roble, mullidos de terciopelos ó damascos desvaídos; entre tapicerías
heráldicas, candelabros de plata ó de hierro forjado, armaduras
enmohecidas y códices miniados. La pintura religiosa de atormentado
ascetismo, á la indecisa claridad de lámpara votiva, en un rincón
de alguna antigua iglesia ó convento pobre. La pintura religiosa
risueña, de vírgenes y niños de Dios familiares, divinizados por
gozosa humanidad, en altares acariciados de sol, en iglesias muy
blancas, de algún convento de monjitas más hacendosas que rezadoras;
hadas de santidad con manos milagrosas para confituras, bizcochadas,
bordados al realce y randales sutiles como vilanos ó telas de araña.
Las triunfantes alegorías, entre mitológicas y caballerescas, con su
trompetear de oros y púrpuras, en la amplia galería del alcázar, frente
á los ventanales que dominan á la ciudad de leyenda.
Fuera de su lugar son los cuadros vago contorno espectral sin vida.
Siquiera en los Museos dice la tumba, que es cada cuadro, un nombre
glorioso. Y el nombre evoca un recuerdo vivo en nuestra memoria, y no
es todo muerte.
Pero estas Exposiciones de cuadros modernos son aun más tristes. Si
nos ponemos en la realidad, parecen almacén y dicen comercio. Si
poetizamos, son como galería de nichos; pero con nombres que no dicen
glorias; sólo dicen muerte, con la frialdad de una estadística.
Y uno por uno, en adecuado lugar, en propio ambiente, es posible que
todos los cuadros estuvieran bien. Figuraos una Exposición de niños:
al verlos allí solos, ante las miradas curiosas, indiferentes del
público, no pensaríamos en que era alegría de una casa; pensaríamos
en la Inclusa. El Arte necesita un calor que no puede hallar en las
Exposiciones. Todo parece allí muerto ó abandonado, y, con la multitud
de sepulturas, todo va en el recuerdo al hoyo grande.
Cuando la Exposición haya terminado, el Arte reconocerá á los suyos,
como Dios en la matanza de hugonotes.
* * * * *
Los sultanes de Marruecos serán muy brutos, pero no tienen nada
de tontos. Cuando se hallan muy empeñados, en toda la magnitud de
la palabra, corte de cuentas, borrón y... sultán nuevo. Como su
dulce hermano, cuando se vió metido en el callejón sin salida de la
Conferencia de Algeciras, Muley Haffid, acorralado por los franceses,
tira por la calle de en medio y les deja con tres palmos de narices.
Esta insolvencia--también en toda la extensión de la palabra--supone
mucho trabajo y mucho dinero perdidos para los franceses. La diplomacia
marroquí es única en el arte de no pagar al casero. Aunque, en este
caso, el casero era el sultán y su arte ha sido el de quedarse con
la fianza y el mes adelantado por un inquilino que está pagando el
alquiler bastante caro.
Con este juego de sultanes compadres todo es tejer y tejer, para la
diplomacia europea, en los asuntos de Marruecos. Lo peor es que Europa
no consigue la civilización de Marruecos; pero Marruecos va á conseguir
la descivilización de Europa.
En Francia, en el propio París, en el corazón de su corazón, como si
dijéramos, ya se ha levantado cruzada contra el extranjero.
¡Si esto no es africanizarse!
* * * * *
La opereta vienesa triunfante no será una fórmula suprema ni definitiva
del Arte para los teatros de género chico. Yo la juzgo reacción
saludable; tal vez extremosa, como todas las reacciones. Hay quien la
juzga inferior á nuestro género chico; hay quien, por el contrario,
asegura que ésto ha matado aquéllo. En mi opinión, mejor puede
decirse: Aquéllo ha traído ésto.
Aquéllo, es decir, nuestro género chico ¡había caído tan bajo! Hay que
convenir en que la gracia española es siempre agresiva, dura. ¿No ha
sido el hambre tema fecundo de chistes en nuestra novela y en nuestro
teatro?
También el error de muchos escritores, al creer que lo castizo sólo se
halla en las clases bajas de la sociedad española, porque es en ellas
más superficial y no cuesta desentrañarlo, como en las clases alta y
media, trajo la fatigosa repetición de cuadros populares, de cada vez
más falseados.
De la calle vinieron admirables cuadros al teatro: _La verbena de la
Paloma_, _El santo de la Isidra_; los hermanos Quintero trajeron las
calles andaluzas, con su sana alegría y sus limpios donaires. Pero
después llegaron los imitadores; como ya no quedaba qué traer de la
calle más que el arroyo, se trajeron el arroyo al teatro con toda su
suciedad y su grosería.
Esta opereta vienesa representa, en el género, la reacción idealista.
Su gracia es inocentona, sus chistes infantiles, su literatura de
novela sentimental á la moda del año 30; pero todo es dulce, amable,
de una fantasía sin perversión, como sueño de niña casadera. Los dúos
de amor terminan con besos en tiempo de vals y en el ritmo del vals se
espiritualizan. Los hombres son galantes y las mujeres coquetas. Nadie
se insulta ni salen á relucir las navajas. Las aldeanas visten de raso
y ofrecen flores. Los militares son como príncipes de cromo...
Todo es lindo, lindo. ¿Pondremos á la finura el reparo de cursi? De
ningún modo. Más vale que nuestras cocineras aprendan estas finuras de
las operetas vienesas que no nuestras señoritas aquellas ordinarieces.
Y perdonen los casticistas.