_Voces de gesta_ ha aparecido en las librerías antes de ser
representada en Madrid. Esto indica en cuánto más estima Valle-Inclán
el juicio reposado del lector que la emoción arrancada al público,
por sorpresa unas veces, con habilidades teatrales, que tienen más de
lo artificioso que de lo artístico; otras, con los recursos del arte
escénico: brillantez de la interpretación ó del decorado.
Son muy pocas las obras dramáticas que, como esta admirable tragedia
de Valle-Inclán, pueden permitirse el lujo de su desnudez artística al
presentarse sin engaños teatrales.
Al escribir estas líneas ignoro la opinión del público de teatro.
Importa poco. Obras como _Voces de gesta_ están sobre el público, y
su probable fracaso demostraría, una vez más, que hay un nivel medio
del que no conviene elevarse. Yo estoy seguro de que el público del
estreno, en el teatro de la Princesa, alcanza ese nivel con holgura.
No me atrevería á decir lo mismo del público en los días de abono
aristocrático.
_Voces de gesta_ es obra redentora. Ella sola se basta á redimir de
muchos pecados teatrales. Es obra de esas que sirven para justificar á
un empresario: «No dirán que no se hace Arte.» Y sirve para disculparle
cuando no lo hace: «Pero, ya ven ustedes, el Arte no da dinero.»
Por desgracia, los empresarios tienen razón... mientras el público se
obstine en dársela.
* * * * *
Hay que afrontar la verdad cara á cara. La Prensa periódica ha
procurado, con alto patriotismo, realzar la tristeza de todos por la
muerte de Menéndez y Pelayo.
En este caso, la actitud de tristeza no ha bastado á determinar el
sentimiento, como afirma el psicólogo James.
Cierto que la persona de Menéndez y Pelayo ni su obra, por su índole
misma, podían ser populares. Lo triste ha sido que, entre la misma
gente culta, antes hemos advertido el revuelo alrededor de las muchas
vacantes dejadas por el muerto glorioso que la emoción por su prematura
pérdida.
En los mismos artículos necrológicos han podido advertirse más
amplificaciones de fórmulas encomiásticas que estudio detenido de
las obras de Menéndez y Pelayo. Sin duda el dolor embargaba las
inteligencias.
Es muy de la tierra lo de contar por cada lector cien admiradores.
Hablen los muchos que se decían admiradores de Costa, sin haber leído
uno solo de sus libros; hablen muchos de los que se decían admiradores
de Menéndez y Pelayo.
La fe y la admiración son muy amables formas de la pereza. Hay quien no
cree y quien no admira por la misma causa.
Por todo esto, sucede que la fe, como la admiración, como sus
contrarios, adolecen entre nosotros de una tibieza fundamental, por
falta de fundamento, que en vano pretende mostrarse calurosa entre
voces enfáticas y gestos exaltados.
Sólo parece al exterior, con luz del alma, lo que ha sido calor del
alma interiormente.
Por eso al morir Menéndez y Pelayo hemos oído clamar su nombre;
pero ese clamor sonaba como el eco de vacío aposento: un aposento
que debieran haber llenado las obras del escritor, más admirado que
conocido.