Existen industrias por esos mundos de las que no tenemos aquí la menor
idea. Una de ellas es la cría de mariposas. En Inglaterra, en el
condado de Kent, Mr. Newman ha destinado una granja á esta novísima
producción, recompensada con no despreciables rendimientos.
En Inglaterra son muchos los coleccionistas de mariposas. Son muchos
también los Museos que tienen por proveedor á míster Newman. La moda
también ha venido á favorecer su industria. Mesas y veladores se
cubren con una tela de seda y sobre ella mariposas disecadas de varias
especies y múltiples colores. Todo ello se cubre con un cristal y el
efecto es muy vistoso, como de bordado japonés ó chinesco.
Para obtener alguna nueva especie de mariposas es preciso un
procedimiento llamado «azucarar». Para azucarar se emplea una mezcla
de azúcar, melaza, ron, cerveza y jugo de pera. Con esta mezcla se
trazan rayas sobre la corteza de los árboles. Las rayas han de ser
verticales, á un metro del suelo, y han de tener 45 centímetros de
largo por dos de ancho. Entrada la noche, las mariposas acuden á
golosear. Las mejores noches de caza son las noches tormentosas. Cuanto
más cerrada la noche, más fructuosa recolección.
Para la caza hay que proveerse de una cajita, bien mullida de algodón
en rama, y de una linterna: con la linterna se ilumina la raya
azucarada; el cazador acerca la caja, cuya tapa sostiene abierta con
un dedo; el cazador elige su presa, toca ligeramente en la cabeza á la
mariposa, la mariposa cae en la caja, que se cierra de golpe. Desde
allí pasa á las jaulas de cultivo, cuando no es condenada á inmediata
muerte.
Míster Newman posee unas cien mil mariposas. Algunas de ellas, como
la llamada «Rey de la selva» (Purple Emperor), se paga á cinco y seis
francos. Aunque son muchas las pérdidas en tan frágil mercancía, las
ganancias compensan lo suficiente.
Y ¡es una industria tan poética! Aquí no se concibe. Y eso que el
procedimiento de «azucarar» es muy conocido. Es el medio empleado
por los Gobiernos para obtener mayoría en todas las votaciones. Los
caramelos repartidos con profusión en el Parlamento vienen á ser el
símbolo tangible y chupable de otras más apetitosas golosinas. Todo es
«azucarar».
Pero ¿quién ha de criar mariposas aquí, donde es preciso proteger á los
pájaros y donde no quedará dentro de poco animalito con alas, pájaro,
mariposa ó poeta?
Lo raro es no ver cazuelas de mariposas fritas como de pájaros. Entre
la substancia de una mariposa y la de un pájaro... ¡Comida de ilusión!
Por eso tan española, tan madrileña sobre todo. El pájaro frito viene
á ser para los madrileños la gallina que Enrique IV de Francia deseaba
para todo ciudadano francés, como garantía de paz y de ventura en sus
Estados.
En estos de España no pueden pedir los gobernantes más de lo que
asegura un pájaro frito.
Ahora se trata de proteger á los pájaros con detrimento de la popular
alimentación.
El pájaro tiene una leyenda sentimental de beneficioso para la
agricultura.
Yo sé de quien prohibió que se matara ni se hostigara á un solo pájaro
en sus huertas y tierras de labranza, y ¡vaya si notó el beneficio! De
la siembra dieron tan buena cuenta como administrador en «absentismo»
del amo. Y de la fruta... como si se hubieran propuesto anunciar un
remedio contra la obesidad: la dejaron toda en los huesos.
Por eso digo que lo de beneficiar á la agricultura debe ser leyenda
que han hecho correr los pájaros en combinación con los naturalistas.
Y es que la mayor parte de los naturalistas estudian á los animales...
disecados. Como al pueblo la mayor parte de los sociólogos. Así hay
tantas lamentables equivocaciones al legislar.
* * * * *
Dentro de pocos días tendremos en el teatro de la Comedia una compañía
italiana con el repertorio del Gran Guignol, á imitación del tan
celebrado de París.
Género teatral, á ratos también literario, muy á la moderna. Rápido,
cinematográfico, violento, brutal en ocasiones, se apodera del
espectador por los nervios. ¡La inteligencia y el corazón se defienden
tanto! Los autores dramáticos, atentos á la psicología del público,
han comprendido que el espectador moderno es más atacable por lo
fisiológico. Se impone un teatro rascanervios. Como única emoción, el
espanto; como único razonamiento, la sorpresa; como único sentimiento,
la curiosidad.
El autor se entra por los nervios del espectador como un loco, como un
criminal, como un violador. Le considera como á una mujer histérica,
se impone á él como hipnotizador, como alienista, como juez de
instrucción. Es un teatro para estudiar á los espectadores. Obtendrá un
excelente éxito. Sobre todo con las señoras. ¡A las mujeres les gusta
tanto asustarse en público!
Después, y visto el buen éxito, padeceremos las imitaciones
consiguientes. Y aquí sí que puede decirse como de tantas otras cosas:
¡Bien vengas, Gran Guignol, si vienes solo!