Distinguidos escritores y críticos de Arte han solicitado, para la
próxima Exposición Nacional de Bellas Artes, una instalación destinada
á exponer obras de don Ignacio Pinazo.
Tan de justicia es la demanda que, sin duda, la inmediata respuesta
será la concesión, y aun ha de parecemos tardía, pues quizás hubiera
debido anticiparse á la petición el ofrecimiento en este caso.
En la inquietud algo anarquista de nuestra moderna pintura, entre
oscilaciones de la moda, influencia de fuertes individualidades,
titubeos de los unos y afirmaciones prematuras de los otros, Pinazo
ha sido de esos grandes y seguros artistas que, fieles á la realidad
objetiva del Arte, sobre modas y gustos pasajeros, son como estrellas
fijas guiadoras infalibles del derrotero cierto.
No quiere decir que la moda no sea legítima en arte y que no tenga sus
encantos. La moda es siempre expresión de una modalidad espiritual en
el tiempo, y por ser documento interesante en la Historia del Espíritu
Humano, también puede serlo en la Filosofía del Arte.
Mas si nada pierde una mujer hermosa con ir vestida y adornada al gusto
del día, y aun lo gracioso del atavío es picante realce de la hermosura
á los ojos vulgares, solicitados por lo llamativo del adorno antes que
por la verdad de la hermosura, no es menos cierto que, si el adorno es
gracia, sólo la desnudez es verdad.
Un figurín es muy poco; una hermosa mujer, bien vestida, es algo; una
mujer desnuda y muy hermosa, es hermosa de veras.
Pues de esta sólida hermosura es la obra de Pinazo. Por las obras
de otros pintores han dejado figurines y modas sus gracias y sus
artificios; en unas, eso fué toda su razón de ser; de otras, quizás por
haber atendido demasiado á lo pasajero no quedó todo lo que debiera
haber quedado. En Arte sólo sobrevive lo que es vida, lo que es
Espíritu.
La obra de Pinazo es algo más que un figurín, y la exposición de sus
obras puede ser saludable enseñanza para tantos jóvenes artistas en
camino de perderse desorientados; unos, por andar á la última moda;
otros, por sacar moda nueva, como no se haya visto, si es posible.
Hay obras de arte de contemplación recomendable contra neurastenias
artísticas, como el campo y el mar y sus aires puros contra la
neurastenia física.
Las obras de Pinazo son de estas obras privilegiadas; obras de salud,
de fuerza, de verdad, como las de Velázquez, sus hermanas mayores.
* * * * *
En París han andado á cachetes un autor y un crítico por un quítame
allá esa obra. El autor es M. Caillavet, fecundo colaborador de M.
Flers, con algunas infidelidades, como es natural en toda colaboración,
ya sea matrimonial, ya literaria; el crítico es M. Mas, del periódico
_Comedia_; y la obra en cuestión es _Primerose_, representada en la
Comedia Francesa.
En los Círculos teatrales de París ha sido sabrosa comidilla el
incidente. Unos ponen por Tenorio y otros por Mejía. No estoy seguro,
pero me atrevería á jurar, supuesto el compañerismo entre gente de
letras, que los autores estarán á favor del crítico y los críticos á
favor del autor. Los actores, naturalmente, á favor del autor y del
crítico, en presencia de cada uno de ellos, y en ausencia... deseando
que no hubieran quedado ni las plumas del uno y del otro.
En París, como en todas partes, la crítica teatral peca de benévola.
Su mayor injusticia consiste, quizás, en tratar con igual benevolencia
á todo el mundo. En este caso particular M. Caillavet no ha tenido
razón para incomodarse. M. Mas es un fanático admirador de la Comedia
Francesa. Considera dicho teatro como una preciosa institución nacional
y vela celoso por sus prestigios y por sus excelencias. M. Mas cree
que el teatro Francés no puede ser como otro teatro cualquiera, atento
sólo á lo productivo del negocio; cree que son más elevados sus deberes
y sus atenciones. Se lamenta de continuo porque los actores de la
Comedia andan desperdigados por esos mundos y dificultan con sus
continuas ausencias la esmerada interpretación de las obras. Deplora
que las actrices del severo teatro conviertan la clásica escena en
escaparate exhibitorio de atrevidas creaciones modistiles, y truena
contra el predominio de las obras modernas sobre el repertorio clásico
de Corneille, Racine y Molière.
Lo mismo que ahora contra _Primerose_, la obra de Flers y Caillavet,
ha protestado contra otras muchas obras de Lavedan, de Donnay, de
Bataille, de Hervieu.
Era un sistema, y ya se sabe que contra un sistema sólo es posible
otro sistema. Como las bofetadas no pueden ser un sistema, el mejor de
todos era el seguido por los demás autores y por el administrador de la
Comedia Francesa, M. Claretie, hombre de mundo y de teatro: Dejar decir
y... ¡que critiquen!, como decía Pina Domínguez al cerrar con ímpetu la
portezuela de su elegante berlina.
Monsieur Mas sostiene, con razón, que sólo por tratarse de un teatro
subvencionado se permitía protestar contra el excesivo número de
representaciones de _Primerose_.
Monsieur Claretie opina que, no sólo de la subvención oficial vive
su teatro, y con números, vencedores siempre de las letras, puede
demostrar que el público prefiere las obras modernas á las de
Corneille, Racine y Molière.
En un país republicano y democrático el sufragio universal es la razón
suprema.
Y en cuestiones de Arte es en lo único que estará de acuerdo la
aristocracia con la democracia. Votarán siempre por la vulgaridad y por
la tontería.
En un salón se notaría gran diferencia entre una duquesa y una
cocinera. En el teatro, si hay alguna, es en ventaja de la cocinera.