Un curioso impertinente ha descubierto y publicado la verdadera fecha
del natalicio de algunas celebridades.
La gente goza mucho con estas indiscreciones.
Nuestra admiración se trocaría en odio si no considerásemos á los seres
superiores sujetos á estas miserias, patrimonio de la humanidad.
Necesitamos saber que en algo son nuestros iguales, y en algo, tal vez,
inferiores.
La tristeza de admirar sólo está comparada por la alegría de compadecer.
Pobre del grande hombre de quien no se haya dicho alguna vez ¡Pobre
hombre!
Por eso la admiración á los grandes hombres es más espontánea cuando
son más viejos. No se les admira por haber sido grandes más tiempo,
sino porque ya les queda menos tiempo de serlo.
Los setenta años de la Patti, los sesenta y pico de Sarah,
despertaron generales simpatías y admiración. Cuando un artista es
tan declaradamente viejo, quisiéramos que, á poder ser, no se muriera
nunca. Las gracias seniles hallan tan propicia nuestra admiración como
las gracias infantiles. Todo lo que sea poder decir: ¿Ha visto usted?
¡A su edad! ¡Es admirable!
Los perjudicados con estas indiscreciones son los de la edad ingrata:
Caruso y D'Annunzio, con sus cuarenta y tantos años, y las artistas
cincuentonas. Para estas edades no hay compasión. Son los años crueles,
sin amor y sin respeto. Años en que todo es ridículo, en que todo
parece afectado, impropio, equivalentes á las horas de la tarde en
el día, las más difíciles de distraer, las más difíciles en acertar
con el traje adecuado. Cualquiera es elegante por la mañana ó por la
noche; pero ¡por la tarde! La tarde es la verdadera piedra de toque
de la elegancia; como la tarde de la vida lo es del saber vivir. ¡No
ser ridículo en esa edad ingrata, de los cuarenta á los sesenta!
¡Insuperable dificultad!
Y ¡si hombres y mujeres se limitaran en esa edad terrible al trato y
sociedad de sus contemporáneos! Mas, justamente, en esa edad, como
se teme al espejo, se huye de la confrontación con los que pueden
servirnos de espejo.
Las señoras y los señores maduros se rodean de jovencitos. Es la edad
de los amores desproporcionados, trágicos. La edad en que á nuestro
llanto responden las risas; á nuestra fidelidad el engaño; en que
decimos: Tú, y nos dicen: Usted. Besamos en la boca y nos besan en la
frente.
* * * * *
También ha sido sabrosa indiscreción la de haber enterado al público de
lo que cobran anualmente los más aplaudidos autores y compositores.
A estas horas habrá quien crea que no hay profesión en España como la
de compositor ó autor dramático.
Yo me permito advertir á los deslumbrados por esas cifras, más
verdaderas que elocuentes en esta ocasión, cómo esas cantidades
apetitosas, cobradas por algunos autores durante algunos años de su
vida teatral, son, en parte, los atrasos de muchos años de penuria y
de lucha, y en parte anticipo de otros que llegarán, de agotamiento y
decadencia.
Si el público quiere saber la verdad que se esconde detrás de esas
cifras, no mire lo que cobran los autores; mire cómo viven muchos de
ellos, y sabrá mejor á qué atenerse.
Y no es que pequen de ahorradores ni de avarientos. ¡Si el público
supiera los apuros que pasan á veces, por muy poco dinero, muchos de
esos que cobran tanto!
No hay duda que sobre el dinero del teatro pesa alguna maldición, sin
duda por ser el teatro cosa diabólica. Lo cierto es que no hay dinero
que menos luzca. Ni renta que en menos tiempo consuma el capital.
Todo autor pudiera decir, como la actriz francesa Mme. Dorval, ante los
aplausos del público: Bien pueden aplaudirme; les doy mi vida.
En fin, si será teatral el dinero del teatro, que estoy seguro de que,
al leer las cantidades cobradas, los primeros sorprendidos habrán
sido los mismos autores. Pero ¿es posible que yo haya cobrado todo ese
dinero?--pensarán algunos.
Y no hay duda; las cifras no mienten, todo eso es verdad. La de autor
dramático debe ser profesión envidiable. ¡Ojalá pudiera cederse ó
traspasarse como un comercio ó establecimiento cualquiera con todos sus
enseres! Y ¡ojalá pudiera anunciarse la cesión ó el traspaso como en
Francia: _¡Après fortune faite!_
* * * * *
Entre dos amigos:
--Pero ¡chico! ¿Estás comprando ostras? ¿Quieres suicidarte?
--No. Yo no soy aprensivo. Además, tengo convidada á la familia de mi
mujer.