III

Un curioso impertinente ha descubierto y publicado la verdadera fecha

del natalicio de algunas celebridades.

La gente goza mucho con estas indiscreciones.

Nuestra admiración se trocaría en odio si no considerásemos á los seres

superiores sujetos á estas miserias, patrimonio de la humanidad.

Necesitamos saber que en algo son nuestros iguales, y en algo, tal vez,

inferiores.

La tristeza de admirar sólo está comparada por la alegría de compadecer.

Pobre del grande hombre de quien no se haya dicho alguna vez ¡Pobre

hombre!

Por eso la admiración á los grandes hombres es más espontánea cuando

son más viejos. No se les admira por haber sido grandes más tiempo,

sino porque ya les queda menos tiempo de serlo.

Los setenta años de la Patti, los sesenta y pico de Sarah,

despertaron generales simpatías y admiración. Cuando un artista es

tan declaradamente viejo, quisiéramos que, á poder ser, no se muriera

nunca. Las gracias seniles hallan tan propicia nuestra admiración como

las gracias infantiles. Todo lo que sea poder decir: ¿Ha visto usted?

¡A su edad! ¡Es admirable!

Los perjudicados con estas indiscreciones son los de la edad ingrata:

Caruso y D'Annunzio, con sus cuarenta y tantos años, y las artistas

cincuentonas. Para estas edades no hay compasión. Son los años crueles,

sin amor y sin respeto. Años en que todo es ridículo, en que todo

parece afectado, impropio, equivalentes á las horas de la tarde en

el día, las más difíciles de distraer, las más difíciles en acertar

con el traje adecuado. Cualquiera es elegante por la mañana ó por la

noche; pero ¡por la tarde! La tarde es la verdadera piedra de toque

de la elegancia; como la tarde de la vida lo es del saber vivir. ¡No

ser ridículo en esa edad ingrata, de los cuarenta á los sesenta!

¡Insuperable dificultad!

Y ¡si hombres y mujeres se limitaran en esa edad terrible al trato y

sociedad de sus contemporáneos! Mas, justamente, en esa edad, como

se teme al espejo, se huye de la confrontación con los que pueden

servirnos de espejo.

Las señoras y los señores maduros se rodean de jovencitos. Es la edad

de los amores desproporcionados, trágicos. La edad en que á nuestro

llanto responden las risas; á nuestra fidelidad el engaño; en que

decimos: Tú, y nos dicen: Usted. Besamos en la boca y nos besan en la

frente.

* * * * *

También ha sido sabrosa indiscreción la de haber enterado al público de

lo que cobran anualmente los más aplaudidos autores y compositores.

A estas horas habrá quien crea que no hay profesión en España como la

de compositor ó autor dramático.

Yo me permito advertir á los deslumbrados por esas cifras, más

verdaderas que elocuentes en esta ocasión, cómo esas cantidades

apetitosas, cobradas por algunos autores durante algunos años de su

vida teatral, son, en parte, los atrasos de muchos años de penuria y

de lucha, y en parte anticipo de otros que llegarán, de agotamiento y

decadencia.

Si el público quiere saber la verdad que se esconde detrás de esas

cifras, no mire lo que cobran los autores; mire cómo viven muchos de

ellos, y sabrá mejor á qué atenerse.

Y no es que pequen de ahorradores ni de avarientos. ¡Si el público

supiera los apuros que pasan á veces, por muy poco dinero, muchos de

esos que cobran tanto!

No hay duda que sobre el dinero del teatro pesa alguna maldición, sin

duda por ser el teatro cosa diabólica. Lo cierto es que no hay dinero

que menos luzca. Ni renta que en menos tiempo consuma el capital.

Todo autor pudiera decir, como la actriz francesa Mme. Dorval, ante los

aplausos del público: Bien pueden aplaudirme; les doy mi vida.

En fin, si será teatral el dinero del teatro, que estoy seguro de que,

al leer las cantidades cobradas, los primeros sorprendidos habrán

sido los mismos autores. Pero ¿es posible que yo haya cobrado todo ese

dinero?--pensarán algunos.

Y no hay duda; las cifras no mienten, todo eso es verdad. La de autor

dramático debe ser profesión envidiable. ¡Ojalá pudiera cederse ó

traspasarse como un comercio ó establecimiento cualquiera con todos sus

enseres! Y ¡ojalá pudiera anunciarse la cesión ó el traspaso como en

Francia: _¡Après fortune faite!_

* * * * *

Entre dos amigos:

--Pero ¡chico! ¿Estás comprando ostras? ¿Quieres suicidarte?

--No. Yo no soy aprensivo. Además, tengo convidada á la familia de mi

mujer.

De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5) · 第 8 / 52 题