Uno de los mil medios de que se valió Mora para mostrar su actividad

fecunda y cumplir su misión de sabio civilizador, fué componer

alocuciones en verso que se recitaban en el teatro. Claro está que estas

alocuciones, donde los españoles son pintados como tiranos, no se

insertaron en las colecciones que Mora hizo más tarde de sus poesías, en

Cádiz en 1836, y en Madrid en 1853. Por lo demás, así estas alocuciones

como otros versos chileno-patrióticos ó ultraliberales que hizo Mora en

Chile y que nos da á conocer é inserta Amunátegui, salvo el gusto

acendrado y la maestría en la lengua y en la metrificación que revelan,

no contienen bellezas por donde puedan ponerse muy por cima de lo

mediano.

En lo satírico brilla más Mora en estos versos que sólo publicó en

Chile. Hay algunas letrillas, como la titulada _En tiempo de los

Borbones_, que le valieron en Chile el título de Beranger español. A

Mora, con todo, le ocurría lo que á Arquíloco: la rabia le armaba del

jambo; era más poeta cuando se revolvía furioso contra los que

personalmente le ofendían; y así, con ser injusto é ingrato cuando

insulta á los chilenos, al ver que los del nuevo partido no le protegen

ni quieren ya que siga _iluminándolos_, Mora es entonces mucho más

poeta. Admiremos la ironía cruel y el osado denostar de estos tercetos:

Borrón es de la patria torpe y feo

Que á inocularnos venga un perro godo

En exótica charla y devaneo.

Raciocinemos, pues, á nuestro modo,

O más bien rebuznemos, que es lo mismo.

A uno gusta el almizcle y á otro el lodo.

Eso sí: guerra eterna al despotismo;

Sacudimos el yugo, por supuesto.

¡Viva la patria! ¡Viva el patriotismo!

Ya de Castilla el pabellón funesto

No profana esta tierra venturosa.

Vengan de Londres los millones: presto.

¡Qué ridícula farsa! ¡Qué afrentosa!

¡Qué engañifa de bobos! ¡Qué miseria

Por término de lucha tan gloriosa!

De reir y llorar larga materia

Damos al universo: aquí está el llanto

Y suenan carcajadas en Iberia.

De libertad el nombre sacrosanto

En boca de un gaznápiro insolente

Sólo produce destrucción y espanto.

_Virgen del mundo_, _América inocente_,

Bien entiende de vírgenes Quintana:

Llámela vieja, estólida ó demente.

No sólo contó en Chile el teatro con un gran promovedor español, como lo

fué Mora, sino que los primeros actores de más valía fueron españoles

también.

Cuando recibió el encargo de formar compañía D. Domingo Arteaga, era

comandante del depósito de prisioneros, y tuvo la feliz ocurrencia de

sacar de entre dicha gente actores, comparsas y sirvientes para su

teatro.

Al coronel Latorre, prisionero en la batalla de Maipo, le nombró

director, y de un sargento sevillano, llamado Francisco Cáceres, que se

rindió con la guarnición de Valdivia, cuando lord Cochrane se apoderó de

aquella plaza, hizo un primer galán celebérrimo y muy encomiado por su

arrogante figura, por su voz argentina y briosa, y por otras brillantes

prendas, que le convirtieron desde luego, y á pesar de su completa

carencia de instrucción, en el favorito del público.

Como en el depósito no había prisioneras, tampoco pudo haber, por lo

pronto, damas españolas en la compañía. La primera dama fué la chilena

Lucía Rodriguez, muy querida del público, y que se desahogaba con él,

cuando se consideraba ofendida, con el desenfado que hemos dicho.

No tardó, con todo, en aparecer en Santiago una _dama_ española, que

venía precedida de brillante reputación, y tenía las calidades que más

agradaban entonces. Se llamaba doña Teresa Samaniego, y era admirable

para expresar los sentimientos de heroicidad patriótica. En Barcelona,

cuando, con motivo de no sé qué guerra, salió á campaña un cuerpo de

ejército, se mostró la Samaniego, en las tablas, vestida de amazona, con

otras que con iguales trajes la seguían, é hizo á los militares una

alocución que terminaba:

Nosotras con las manos delicadas

Ceñiremos al menos las espadas.

Id, hijos, os diremos; id, esposos:

Volved á nuestros brazos amorosos,

Si vencéis en la lid;

Pero, vencidos, no tornéis: morid.

Se concibe que dicho esto con brío y gracia por una mujer guapa y

discreta, había de levantar en masa á un pueblo entusiasta y empeñado en

una lucha patriótica, y hacerle romper en aplausos frenéticos.

Así es que la Teresa Samaniego fué muy aplaudida en Chile.

Llegó allí con ella un gracioso, llamado don Francisco Villalba, que

hacía reir mucho y se ganó la voluntad del público. Tenía este gracioso

otras varias habilidades, y entre ellas la de ser pintor de

decoraciones, haciéndose aplaudir tanto ó más como pintor que como

actor.

Otro forastero, D. Francisco Rivas, catalán, se unió con Villalba, y

haciendo de galán compitió con Cáceres, y casi venció á este rival.

Entre tanto, como el teatro seguía siendo escuela de liberalismo, las

tragedias que más gustaban eran la _Jornada de Maratón_, _Roma libre_,

la _Muerte de César_ y _Catón en Utica_.

Un crítico á la moda entonces, Camilo Henríquez, sostenía y divulgaba

que el teatro no era mero pasatiempo, sino institución social para

difundir máximas patrióticas y formar costumbres cívicas. «La sublime

majestad de Melpómene, decía, debe llenar la escena, inspirar odio á la

tiranía y desplegar toda la dignidad republicana.»

Aspiraba Henríquez y otros revolucionarios vehementes á que, lograda la

independencia de la América española, no siguiese ésta siendo un remedo

de España, estancada ó retrógrada; y para lanzar á los pueblos

emancipados por la vía del progreso, encontrábase que era menester

vencer el espíritu clerical. Misión fué, pues, del teatro, á más de

infundir patriotismo heroico, propagar el odio á la hipocresía, á la

Inquisición y á las creencias fanáticas.

Se reprobaba en el teatro todo lo que era fútil, enervante y afeminador.

Camilo Henríquez llegó á calificar de _bufonada inmoral El sí de las

niñas_. Cuando así se trataba á Moratin, ya imaginará cualquiera cómo

serían tratados nuestros autores dramáticos del siglo XVII: de

fanáticos, serviles, inquisitoriales, absurdos, supersticiosos y

ultramonárquicos.

Es divertidísimo seguir paso á paso, en el libro de Amunátegui, todas

las peripecias de esta lucha entre clericales y anticlericales, ó más

bien entre librepensadores y católicos, que se dió en Chile en torno de

los teatros.

El librepensamiento se había encastillado en los teatros para combatir

al clero desde allí. El clero propalaba que iba á caer fuego del cielo y

abrasar los teatros. Desde éstos, en cambio, se arrojaban contra el

clero tremendas diatribas.

La más ruidosa fué el _Aristodemo_, no la tragedia de Monti, sino otra

compuesta por un poeta, creo que de Buenos Aires, llamado D. Miguel

Cabrera Nevares. El _Aristodemo_ estaba lleno de feroces declamaciones

contra el sacerdocio. Para que á nadie le cupiese duda de que se aludía

en la tragedia al clero católico, el _Boletín del Monitor_ interpretaba

las fuertes razones del filósofo Polignosto, que era quien llevaba la

voz docente en la tragedia, la cual, según dicho _Boletín_, «difundía

principios luminosísimos sobre el carácter de esos hombres viciosos, á

quienes la ignorancia ha deificado, ofuscada con sus intrigas

tenebrosas. El hombre ilustrado ve en el sumo sacerdote Cleofante al

obispo de Roma, y en sus secuaces, al clero fanático, enriqueciéndose á

costa de la necia credulidad.»

Con el _Aristodemo_ hacía juego, por lo cómico, _El abate seductor_,

donde se pintaba á un clérigo libertino y taimado. Los periodistas

liberales excitaban á los padres de familia á llevar á sus muy caras

hijas á ver dicha comedia para que estudiasen las malas artes y supiesen

defenderse contra ellas, «pues son las mismas que han usado y usan los

presentes abates de nuestro suelo».

No bastando estas representaciones, se hacían también peroratas

anticlericales en verso, desde la escena. En Santiago, el actor D. Luis

Ambrosio Morante, que era también poeta, aunque malo, recitó una, que

empezaba:

¿Por qué será que en la era de las luces

Se haya de introducir el fanatismo?

Y en Valparaíso, la joven actriz española doña Emilia Hernández

pronunció, entre salvas de aplausos, otra alocución á los chilenos, que,

si bien detestable y pedestre como poesía, hemos de poner aquí por ser

curioso documento:

El cielo os conceda ver

La libertad de conciencias.

Y á Chile vendrán las ciencias,

Como lo anunció _Voltér_.

Entonces ¡oh qué placer!

Las artes renacerán:

Todos á Dios amarán,

Aunque de diversos modos;

Pues siendo un Dios para todos,

Todos de un Dios gozarán.

Mas no quieras, suerte impía,

Que esta tierra fortunada,

Por el fanatismo hollada

Se encuentre como la mía;

En tal caso ¡ay! gemiría

En llanto y desolación,

Presa de la Inquisición,

De ese tribunal horrendo,

El más bárbaro y tremendo

Que inventara la opresión.

Mas yo, no estando en España,

Nada temo á los tiranos;

Y entre ilustres araucanos

Me burlaré de la saña

De ese hombre de fiera entraña,

De ese Fernando cruel,

De ese monstruo atroz é infiel,

Que causa mi mal eterno,

Y ha vomitado el Averno

Por ser aun peor que Luzbel.

Entre el tumulto de estas contiendas civiles, político-religiosas, que

Bello y Mora procuraban moderar con más alta crítica, si bien

inficionada por las pasiones y el espíritu liberalesco de entonces,

nació y empezó á florecer la literatura dramática chilena.

Fuerza es confesar que los primeros frutos y flores no fueron muy

sazonados ni hermosos.

D. Juan Egaña, limeño, naturalizado en Chile y competidor con mala

suerte de Mora por querer ser el Solón de la nueva república, era, á par

de gran liberal, galante y enamorado caballero. La dama de sus

pensamientos, á quien llama Marfisa en sus versos, le inspiró hasta los

dramas que tradujo ó compuso, figurando entre ellos la _Cenobia_, de

Metastasio, su poeta predilecto.

El notable personaje de la revolución, Camilo Henríquez, de quien ya

hemos hablado como crítico, escribió dos dramas, informados ambos por

sus ideas filosóficas á la Rousseau. Se titulaban _La patriota de Sud

América_ y _La inocencia en el asilo de las virtudes_, y eran, á lo que

parece, menos que medianejos.

D. Bernardo Vera y Pintado es el tercer autor dramático chileno de que

habla nuestro libro. Sus composiciones fueron á modo de loas para

celebrar victorias contra los españoles, como la de Chacabuco.

Naturalmente, los interlocutores de estas loas son araucanos, que

describen como funestísima la conquista de Chile y fantasean la

independencia como la reconquista que los araucanos hacen de su tierra

contra los españoles.

Otro autor, D. Manuel Magallanes, fué silbado, á pesar de su fervor

patriótico y de su ilustre apellido.

Resulta, pues, que hasta 1829 no se representa en Chile ninguna obra de

bastante valer literario escrita allí, y que esta obra es de D. José

Joaquín de Mora, si bien no toda suya, ya que en parte está tomada de

_Le mari ambitieux_, de Picard, y lleva el mismo título: _El marido

ambicioso_. Aunque peque de prolijo he de continuar haciendo este

extracto. Hasta otro día.

* * * * *

_17 de Diciembre de 1888._

III

Querido primo: Siguiendo en mi tarea de extractar, diré que, hasta el

instante en que aparece en Chile el romanticismo, se escribieron y

representaron allí estas obras dramáticas.

Además de _El marido ambicioso_, dió Mora _El embrollón_.

El poeta colombiano D. José Fernández Madrid dió _Atala_, tragedia en

verso.

D. Ventura Blanco Encalada tradujo en verso la _Merope_, de Voltaire, y

en prosa _La marquesa de Seneterre_, de Menesville y Duvegrier.

D. Gabriel Alejandro Real de Azúa, argentino, dió al teatro, en

Santiago, en 1834, una comedia de índole política y de escaso valer,

titulada _Los aspirantes_.

Mora ejerció sobre esta comedia benignísima crítica.

En el mismo año, el actor argentino Luis Ambrosio Morante, que, según he

dicho ya, era también poeta y había compuesto una tragedia, _La

revolución de Tupac-Amaru_, dió á la escena en la noche de su beneficio

una comedia titulada _Adulación y fingimiento, ó el intrigante_.

Morante no puso su nombre en el cartel; pero se tiene por seguro que la

comedia era suya. Su mérito, por otra parte, debió de ser corto, cuando

nada se dice de ella.

El primer poeta dramático chileno de alguna fecundidad y de cierto

mérito fué D. Salvador Sanfuentes. Escribió antes y después del

romanticismo, y sus obras marcan la transición de una escuela á otra.

Tradujo la _Ifigenia_ y el _Británico_, de Racine; imitó _Le cocu

imaginaire_, bajo el título de _Los celos infundados_, y compuso los

siguientes dramas originales: _Caupolicán I_, _Caupolicán II_, _El mal

pagador_, _El castillo de Mazini_, _Carolina ó una venganza_, _Cora ó la

Virgen del Sol_, _Juana de Nápoles_ y _D. Francisco de Meneses_.

Á lo que parece, Sanfuentes vino temprano, cuando en Chile había poco

público aún. Descorazonado, quemó parte de sus obras: otras quedaron por

terminar: otras, inéditas: sólo el drama _Juana de Nápoles_ se

representó con éxito creo que menos que mediano.

D. Andrés Bello, que también tradujo dramas y los compuso originales,

ejerció durante años el magisterio de la crítica dramática en Chile. Son

curiosos y dignos de atención sus juicios sobre algunos de nuestros

autores dramáticos contemporáneos. Á Bretón de los Herreros, á quien

juzga con ocasión de la _Marcela_, le pone desde luego por cima de

Moratín, á quien califica de lánguido y descolorido. En Moratín halla

además falta de «aquel sabor poético que es propio aun de las

composiciones escritas en estilo familiar, y que tanto luce en los

fragmentos de Menandro y en los buenos pasajes de Terencio»; mientras

que en Bretón ve la gracia y el brillo en el estilo, y asimismo una _vis

cómica_ que falta algo á Terencio, y «en que tampoco es muy aventajado

Moratín».

Ya se entiende que cito para narrar, y no para aprobar ni impugnar.

Yo creo que, al menos, _El café_ tiene más _vis cómica_ y más durable

chiste que media docena de las más chistosas comedias de Bretón.

Y esto á pesar de la pedantería grave de don Pedro, que eclipsa un poco

el resplandor de la graciosísima pedantería de D. Hermógenes.

En cambio de este grande entusiasmo por Bretón, Bello es severo con

Hartzenbusch al juzgar _Los amantes de Teruel_, cuyos defectos señala y

pondera y cuyas bellezas no ve ó no encomia.

La guerra promovida con ocasión del teatro entre timoratos y

desenfadados, librepensadores y clericales, devotos é impíos, se

enardeció más en Chile con el advenimiento del romanticismo.

Aunque había censura previa de teatros, establecida en 1830, ésta no se

ejercía con severidad. Sin embargo, mucha parte del público,

cristianamente educada, repugnaba las impiedades y se rebelaba contra

ellas.

En 1832 se representó en Santiago el _Aristodemo_, no ya el de Cabrera

Nevares, sino el de Monti, traducido, que es mucho mejor. El pasaje en

que Lisandro llama á los dioses

Fútiles sombras del temor humano,

escandalizó á gran número de los espectadores.

Más tarde, en 1835, quiso la compañía dramática representar _El

fanatismo ó Mahoma_, tragedia de Voltaire, traducida al castellano por

D. Dionisio Solís; pero aunque esta obra había sido dedicada por su

autor al Papa Benedicto XIV, que la aceptó con gusto, el clero de Chile

se resistió con tal energía á que se representase, que la compañía

desistió de su propósito.

La nueva escuela romántica, con todos sus apasionados atrevimientos de

expresión, no apareció triunfante en Chile hasta 1841, con la

representación del _Macías_, de Larra.

Este drama fué aplaudido con entusiasmo; pero los escrupulosos le

hallaron gravemente perjudicial á las buenas costumbres; citaban escenas

corruptoras que atropellaban el recato, la moral y las leyes; y entre

ellas nada pareció peor que aquello que dice Macías á Elvira, ya casada:

Ven á ser dichosa.

¿En qué parte del mundo ha de faltarnos

Un albergue, mi bien? Rompe, aniquila

Esos que contrajiste horribles lazos.

Los amantes son sólo los esposos,

Su lazo es el amor: ¿cuál hay más santo?

Su templo, el universo: donde quiera

El Dios los oye que los ha juntado.

* * * * *

......... Huyamos: ¿qué otro asilo

Pretendes más seguro que mis brazos?

Los tuyos bastáranme; y si en la tierra

Asilo no encontramos, juntos ambos

Moriremos de amor.

Todavía, un año después de representado el _Macías_, se quejaban los

escritores clericales de su inmoralidad. «¿Qué impresión--decía uno

indignado--pueden hacer en el corazón de una joven versos tan

indecentes?»

Vino á colmar el enojo la representación, pocos días después de la del

_Macías_, de otro drama, traducido del francés, titulado _La nona

sangrienta_. Se dejó adrede en el título la palabra _nona_, en vez de

_monja_, para no alarmar y para engañar á los incautos; pero no valió la

artimaña, y el arzobispo de Santiago dirigió al gobierno un oficio

quejándose de la impiedad é inmoralidad de los dramas.

De este oficio no se hizo caso por lo pronto, y siguieron

representándose dramas inmorales é impíos.

En 1841 había en Santiago una actriz limeña, idolatrada del público, y

que era una revolución andando. Se llamaba Toribia Miranda. Amunátegui

la pone por las nubes, y es tal su entusiasmo, que hace recelar que él,

allá en su mocedad, fué uno de los muchos admiradores de la Toribia:

«Tenía, dice, un instinto artístico admirable. Se introducía

maravillosamente bajo la piel de la heroina á quien caracterizaba, y

procedía como tal. Sentía lo que hablaba y lo que accionaba. La pasión

palpitaba en sus labios. El llanto corría por sus mejillas. La belleza

de que estaba adornada, contribuía poderosamente á la influencia y

fascinación que ejercía en el auditorio. Tenía la tez pálida; los ojos

negros, rasgados, incendiarios; el cuerpo contorneado y voluptuoso; los

pies pequeños, y ese donaire que es la sal de su suelo nativo. Los mozos

se inflamaban con sus miradas. Los viejos perdían el seso con ellas. Los

sujetos más graves y doctos le componían sonetos y decían en prosa:

«Esta mujer tiene en su cuerpo todo el fuego de su patria.»

Tal era la actriz destinada á trasplantar en Chile el romanticismo

vehemente, á pesar de las quejas del arzobispo y del escándalo de los

timoratos.

La más tremenda batalla que se riñó en esta guerra fué en la

representación de _Angelo, tirano de Padua_, de Víctor Hugo. El drama

fué frenéticamente aplaudido, y no fué menos frenética la protesta que

se levantó entre los devotos, censurando duramente que la cortesana

brillase con mengua de la legítima esposa; que el amor impuro se

albergase en el corazón de todos los personajes, y que la mujer casada

muriese para el marido y viviese para el amante. El drama fué calificado

de inmoral en grado sumo por muy respetable porción de la sociedad.

El gobierno tuvo al fin que ceder á las quejas del arzobispo y dirigir

severa amonestación al censor de teatros, que lo era D. Andrés Bello.

Los dramas románticos siguieron, no obstante, representándose, pero

mutilados ó desfigurados por la censura.

_El paje_, de García Gutiérrez, se representó con no pocas de estas

mutilaciones ó cambios.

A veces se cambiaban, no sólo frases, sino los desenlaces, á fin de que

no fuesen tan tétricos.

En el drama _Los hijos de Eduardo_, de Delavigne, traducción de Bretón

de los Herreros, aquellos interesantes niños lograban escapar de la

Torre de Londres, á despecho de la historia.

Poco á poco fué haciéndose en Chile menos asustadizo el público. La

censura acabó por consunción; pero hasta más de mediado el siglo

presente se opusieron en Chile á las libertades del teatro un ardiente

espíritu religioso y lo que llama Amunátegui _la excesiva gazmoñería en

materia de amor_.

El romanticismo tuvo en Chile un eco prodigioso. Los románticos se

diferenciaban de los demás hombres hasta en el vestido. Los cuatro

poetas de quienes más se admiraban, procurando imitarlos, eran Víctor

Hugo, Dumas, Espronceda y Zorrilla. Venía después D. Nicomedes Pastor

Díaz, cuya _Mariposa negra_ se sabía la juventud de memoria.

Los poetas chilenos, con todo, apenas escribían para el teatro más que

arreglos y traducciones.

D. Andrés Bello tradujo _Teresa_ y _Antony_, de Dumas.

D. José Victorino Lastarria arregló _El proscrito_, de Federico Soulié.

D. Santiago Urzúa tradujo _Pablo el marino_, de Dumas.

Y D. Juan García del Río, _Pizarro_, tragedia en cinco actos, de

Sheridam.

El primer drama romántico original que se representó en Chile, con éxito

muy lisonjero, fué producción de un hijo de D. Andrés Bello, llamado D.

Carlos. El drama se titulaba _Los amores del poeta_, y se representó en

1842. Era de lo más poético, exaltado y lleno de lirismo.

D. Carlos Bello, que sin duda tenía notable talento de poeta, dejó por

concluir otro drama titulado _Inés de Mantua_, cuyo principal héroe era

César Borgia. D. Carlos Bello murió muy joven, y este segundo drama se

ha perdido.

Poco después del estreno de _Los amores del poeta_ empieza á figurar en

la no larga lista de los autores dramáticos de Chile un español que,

como Mora, emigró á Chile, mal avenido con el gobierno absoluto de

Fernando VII, y contribuyó muchísimo al desenvolvimiento intelectual de

aquel país. Tuvo colegio, primero en Buenos Aires y después en Santiago,

y por él fueron educados no pocos personajes ilustres de aquellas

repúblicas.

Este español, aunque hijo de francés, había nacido en San Felipe de

Játiva, y se llamaba D. Rafael Minvielle.

Era gran matemático, á más de ser literato y poeta, y hablaba con igual

perfección el francés, idioma de su padre, y el castellano, lengua de su

madre y suya.

Minvielle vivió en Chile hasta principios del año pasado de 1887, en que

ocurrió su muerte, siendo tan lamentada cuanto encomiado él por haber

sido de los que más cooperaron, durante medio siglo, al progreso

intelectual de aquella república, como maestro, como empleado en

administración y en Hacienda, y como escritor infatigable, ya

componiendo obras originales, ya traduciendo.

Su drama _Ernesto_, representado en 1842, fué aplaudido y encomiado. En

su primera representación, la Toribia Miranda «arrancó muchas lágrimas á

las señoritas concurrentes».

Aunque Minvielle era medio francés, se consideraba tan español, que

durante la última guerra de España con Chile no quiso permanecer en

aquella república, y se fué á Buenos Aires, de donde no volvió hasta que

se ajustó la tregua, que fué la paz sin el nombre.

Aquí casi puede decirse que termina la historia de la literatura

dramática en Chile.

La mojigatería, según el Sr. Amunátegui, ha sido causa de que el teatro

chileno, como fecundo ramo del español, no haya florecido todo lo que

debiera.

Tres puntos toca el Sr. Amunátegui extensamente al terminar su libro,

que son como síntomas de que la mojigatería va á pasar y de que el

teatro va á florecer en Chile.

Estos tres puntos no son en realidad tres puntos, sino tres personas

hechas y derechas, que han venido sucesivamente á prestar atractivo casi

irresistible á las representaciones teatrales chilenas, á vencer la

repugnancia de los timoratos, y á dar fuego á la inspiración dramática

de los autores.

Fué la primera persona, en el tiempo aún del romanticismo, una gentil

bailarina de Chile, llamada Carmen Pinilla, á quien apellidaban la

Terpsícore araucana y la Sílfide de los Andes. Dicen que era el genio

alado de la _zamacueca_.

Tenía otra hermana, notable también, aunque no tanto. Cuando se las

mentaba juntas, se las designaba con el nombre de las _Petorquinas_;

pero la Carmen era la que se llevaba la palma.

Dos cosas consiguió esta Carmen: la primera suscitar aún una tremenda y

postrera lucha entre despreocupados y timoratos, horrorizados aquéllos y

entusiasmados éstos por la ágil, gallarda y hermosa bailarina, que

enviaba su retrato con el anuncio de su beneficio; «para quien vestirse

de gasa transparente era casi desnudarse, y que ostentaba su carne

juvenil á la luz de la batería escénica ante la vista de dos mil

espectadores».

El segundo triunfo fué la sumisión del baile al teatro, y la

consiguiente decadencia de las _chinganas_, visto que el baile chileno

formaba estrecha alianza con el histrionismo.

Después, ya en 1885, hay un momento solemne para el teatro de Chile.

Amunátegui se entusiasma y dice: que sus jóvenes compatriotas van á

sentir bullir en sus cabezas magníficas escenas; que un choque ligero

hará saltar la chispa eléctrica; que una frase va á revelar una vocación

ó á poner de manifiesto una aptitud; que el teatro va á florecer en

Chile, y que una semilla que el viento trae de tierras remotas va á

convertirse en árbol majestuoso ó en flor espléndida.

Todo este alegre y entusiasta vaticinio le produjo la llegada á Chile

del actor D. Rafael Calvo con una compañía dramática en que figuraban su

hermano D. Ricardo, D. Donato Jiménez y las Sras. Contreras, Revilla,

Casa y Tobar.

Cartas americanas. Primera serie · 第 15 / 16 段