En España, dicen, y acaso con razón, no hay actores para eso que llaman,

creo, la alta comedia, en que figuran personajes de la _high life_;

pero, por desgracia, todo es exótico en esta _high life_. ¿Cómo ha de

aprenderlo é imitarlo el actor ó la actriz que no ha salido de España?

¿Dónde están los amartelados lores ingleses, los ricos americanos, los

rusos tiernos y muníficos, que adiestren con su trato á nuestras

actrices en todos los primores del buen tono, y que les abran el camino

de las joyerías y de los talleres de los _modistos_ inspirados y

costosos? La actriz española, hablo en general, sólo conoce todo esto de

oídas. No lo ha _vivido_. Tal vez la actriz española, al pasar de su

casa á las tablas, pasa del mundo real á un mundo fantástico, mientras

la actriz francesa sigue en su elemento.

Otro defecto de que son acusadas nuestras actrices es más verdadero aún

y tiene menos excusa: el del continuo lloriqueo ó gimoteo, del sollozo

incesante, de lo que, con voz familiar, se llama _hipido_. Depende esto

de gran fuerza de imaginación y de cierta _presciencia_ estética.

Figurémonos un drama en cinco actos. Durante los cuatro primeros, la

heroína es dichosa en amores, en bienes de fortuna, en todo; pero en el

último ocurre la catástrofe, y tiene la heroína que arrojarse por un

tajo, ó que morir envenenada, ó que parar en las Recogidas ó en el

manicomio.

Como en la realidad la heroína no hubiera presentido ni sabido nada de

lo que le iba á suceder, lo natural es que hubiese estado más alegre que

unas castañuelas durante los cuatro primeros actos; pero, en la ficción,

como la actriz ha leído el drama, y sabe en qué va á parar todo aquello,

lo llora sin poderlo remediar, y lo lamenta mucho desde el principio. De

esto es menester corregirse, olvidando el actor y la actriz, al salir á

la escena, el tremendo fin que les aguarda.

Otro defecto tienen, por lo común, nuestros actores, contra el cual se

pone el grito en el cielo: cantan los versos demasiado, y se

entusiasman tanto cantándolos, que, según aseguran los detractores,

parecen energúmenos, y rompen ó descomponen los tímpanos del auditorio.

Además, como no hay garganta, aunque sea de bronce, que resista á tan

desaforados aullidos, el ó la que los da se enronquece, y se diría que

va á ahogarse, fatigándose con la carraspera é infundiendo en el público

el cansancio y el dolor que se apoderan de los órganos respiratorios.

Unese á este disgusto el de la monotonía, porque la música ó melopeya

con que el actor ó la actriz canta los versos es siempre la misma, y hay

quien supone que no se puede aguantar al cabo de un rato.

Muchas de estas observaciones son justas, y no he de negar yo que

conviene corregirse de los defectos que delatan.

Con lo que no me conformo es con que los actores franceses no tengan

semejantes defectos y aun peores. También ellos gastan tonillo para

recitar los versos, tonillo mil veces más inaguantable por lo monótono.

¿Cómo comparar el martilleo de los alejandrinos pareados, en una lengua

sin prosodia, con la variedad de acentos y cesuras que hay en el

endecasílabo español, por ejemplo? Si no fuera porque todo lo de París

nos hechiza, ¿qué oídos españoles habrían de sufrir un drama francés,

todo en verso? Por fortuna, se dice, los dramas franceses están hoy casi

siempre en prosa; contra lo cual nada he de decir, á fin de no entrar en

la cuestión de si debe á no desecharse el verso, porque en francés sea

cansado, sobre todo á la larga. Pero añaden algunos, y yo me pasmo de

oírlo, que no importa que haya verso, con tal de que suene como prosa y

parezca prosa cuando se recita. La verdad, no entiendo qué propósito ha

de tener una dificultad vencida, si no ha de nacer de ella efecto

sensible; si al espectador inocente y profano se le podrá decir al salir

del teatro: Pues mire Ud., eso que ha oído, y que le ha parecido prosa

tan natural y tan llana, es verso todo.

Lo que sí confieso es que los actores franceses no chillan ni se

desgañitan como los nuestros: economizan más el resuello y el empuje de

los pulmones; pero en cambio tienen el _subrayado_ ó la _letra

bastardilla_, que, lo que es á mí, me encocora mucho más. Un actor ó una

actriz de Francia, de pretensiones y de fuste, no se contenta con

aprender bien su papel y declamarle con el sentido, y con el accionar,

el gesto y la expresión convenientes, realzando así su papel y

completándole. No, señor; ha de _crear el papel_. Y por culpa de la

perversa y soberbia aspiración que denota la frase, tan contraria á la

piadosa sentencia de Quevedo, de que el crear es un oficio

Que sólo le sabe Dios

Con su poder infinito,

apenas queda palabra del papel que el actor no _subraye_, procurando

poner en ella ideas y sentimientos que no se le ocurrieron al poeta al

escribir la obra. Yo había entendido siempre que el verdadero productor

ó inventor de los personajes de un drama es el poeta que le escribe; y

que el actor lo que hace es interpretar fiel y hábilmente la invención

ó producción del poeta, presentándola de bulto, viva y animada. Hacer

esto bien es grande arte y muy rara y laudable habilidad; pero en lo de

_crear el papel_, ó hay _filfa_, ó se da ocasión á la más monstruosa

discordancia. Si el actor recita y acciona interpretando bien la mente

del poeta, hará algo de sublime, de estupendo, de todo lo que se quiera,

pero no creará el papel; y si para crearle va torciendo las palabras que

repite de memoria, dándoles distinto valer y significado á fuerza de

_subrayar_, ó también con los adornos mímicos que les pone, tal vez

resultará que el personaje así representado sea fenómeno inaudito, caso

teratológico, ser doble: uno, según el sencillo valor gramatical de lo

que dice; y otro, según las _sublíneas_ del actor y sus ademanes y

muecas.

Infiero yo de esta larga digresión, ó mejor diré preámbulo, que todo el

mundo es Popayán, que no es oro todo lo que reluce, y que, tanto aquí

como en París, el arte es difícil, los aciertos son raros, lo malo

abunda y lo bueno escasea.

Sobre los autores, ó sea sobre la literatura dramática de España, diré

menos aún. Me parece tan evidente mi propia opinión y tan infundada la

contraria, que ésta no merece que se refute.

No son muchas las naciones del mundo que han tenido ó tienen un gran

teatro; y entre estas naciones figuran como las primeras, Grecia en lo

antiguo, y en las modernas edades España é Inglaterra. Concedamos que

Francia tiene también un gran teatro, pero no le sobrepongamos al

nuestro. No se ha agotado el filón de la dramática española. Todavía

podemos contraponer los dramas de Echegaray á los de Sardou, y los

sainetes de Ricardo Vega y de otros á los más chistosos _vaudevilles_.

Con este concepto elevado de nuestro teatro ya se puede prestar atención

y mirar sin desdén al teatro de Chile, que es retoño del nuestro.

Como el Sr. Amunátegui cree también que es retoño del teatro español el

teatro chileno, lejos de deprimir, ensalza el árbol de que ha brotado el

retoño, y celebra su hermosura, fecundidad, constante florecimiento y

lozanía. Para él, Lope y Calderón, «gigantes de inmensa fama, han legado

á la posteridad obras maestras, cuya excelencia se ha proclamado por la

humanidad entera sin protesta ni discrepancia alguna. Tirso de Molina,

Alarcón, Moreto y otros, son capitanes capaces de igualar y aun de

superar á sus jefes, en tal cual ocasión». «Esta savia poderosa, añade,

no se ha agotado con el transcurso del tiempo.» Y luego celebra á

Martínez de la Rosa, á Bretón, al duque de Rivas, á López de Ayala, á

Gil y Zárate, á García Gutiérrez, á Hartzenbusch y á Zorrilla. De Tamayo

dice que «ha compuesto dramas que han dado la vuelta al mundo, que han

sido traducidos en todo idioma y que han sido representados en todo

país». Y en elogio de Echegaray, le llama «obrero poderoso del arte,

que, en medio de demasiados horrores y de muchas inverosimilitudes,

concibe escenas magníficas y pensamientos espléndidos, sin perjuicio de

haber dado á luz dos obras muy notables: _Locura ó santidad_ y _El gran

Galeoto_».

Proclamando así el Sr. Amunátegui la fecunda y perenne vida del teatro

español, lo que extraña y deplora es que aun sea tan pobre el chileno.

«¿Cuál es la razón, exclama, de que nosotros no hayamos sido movidos por

igual impulso? ¿De qué depende que andemos rezagados en ese camino, á

cuyo término se divisa la gloria?»

En mi sentir, es obvia la razón de este atraso. El teatro llega después

de otros géneros poéticos: en la plena madurez de la literatura

nacional; y Chile, como nación independiente, cuenta pocos años de vida.

No debe inferirse, por lo tanto, que la literatura chilena no será rica

en obras dramáticas porque ya no lo ha sido.

El conocimiento de lo que Chile ha hecho hasta ahora, aunque sea poco,

es interesante, y voy á dar de ello una idea, recorriendo á largos pasos

el extenso campo que el Sr. Amunátegui recorre.

Apenas había pasado un siglo desde el descubrimiento y la conquista, á

mediados del XVII, ya en Chile se representaban comedias. No había

teatros, y las representaciones se hacían en los cementerios, en las

fiestas religiosas y en los conventos de monjas y frailes. Claro está

que tales comedias se procuraba que fuesen _á lo divino_: de vidas de

santos y de otros asuntos devotos.

El obispo de Santiago era á la sazón, por los años de 1657, un varón

piadosísimo, aunque tolerante y alegre, de aquella santa alegría que se

regula por la eutropelia cristiana. D. Fray Gaspar de Villarroel gustaba

muchísimo de las comedias, y hacía sabia y elocuentemente su defensa.

Para ello se valía de un medio ingenioso. Suponía que los padres y

doctores de la Iglesia han anatematizado el teatro, porque en lo antiguo

eran los dramas tan lascivos, tan deshonestos y tan indecentemente

representados, «que fué menester que los santos armasen contra ellos

todas sus plumas». Pero, en los días del señor obispo, los dramas nada

tenían ya de pecaminosos, y, por lo tanto, no había para qué

prohibirlos.

Aducía el señor obispo como prueba que Lope escribió comedias á pesar de

haber vivido tan reformado en sus postreros años, ordenádose de

sacerdote y dado á Dios lo asentado y sesudo de su edad. El señor obispo

no podía haber leído el curioso libro del Sr. Asenjo Barbieri sobre los

_últimos amores_ del gran poeta; pues si no, ya hubiera visto con dolor

adónde fueron á parar el _asiento_ y el _seso_ de que habla. Pero de

todos modos, el razonamiento de D. Fray Gaspar de Villarroel era

irrefutable: Lope hizo comedias á vista del arzobispo de Toledo, del

nuncio de Su Santidad y del Consejo Supremo de Castilla, y no es de

suponer que personas tan santas lo hubieran sufrido si las comedias

fuesen pecado. Otro argumento más poderoso aún añade el señor obispo:

«Nuestros católicos reyes--dice--tienen en su salón comedias cada

martes.» _Ergo_ ni el componer, ni el representar, ni el oir comedias es

pecado. «Unos amores, honestamente referidos, concluye su señoría

ilustrísima, no inducen á pecar juicios cuerdos.»

Sin embargo, el señor obispo, con cierta apariencia de contradicción,

gustando mucho de las comedias, aborrecía á los farsantes, y los llamaba

_canalla_ y _gente perdida_. No podía elogiarlos, aunque quisiese, y él

mismo cuenta que, en sus mocedades, hallándose en Madrid, predicó en la

iglesia de San Sebastián un sermón, en una función que los farsantes

costeaban, y que los trató tan mal, que los curas de la parroquia le

dieron por baldado para su púlpito y los de la cofradía estuvieron á

punto de apedrearle.

Esta ojeriza contra los comediantes inclinaba además al señor obispo á

amonestar á los padres y á los maridos para que no llevasen al teatro á

sus hijas y mujeres: por donde el espectáculo debía ser para hombres

solos. Las mujeres se exponían mucho oyendo comedias. En apoyo de esto,

contaba el señor obispo un caso ocurrido, á lo que parece, en Lima, y en

que él había intervenido: «Una miserable tragedia de cierta doncella

principalísima. Crióse sin madre, y colgó su padre en ella grandes

esperanzas. Tenía cien mil ducados que darle en dote. Fué á una comedia

y aficionóse á un farsante. Desatóse el listón de una jervilla, y

enviósele con su criada. Y díjole de parte de su señora que en la

primera comedia que representara se le pusiera en la gorra. Estimó el

favor de la dama, pero temió por su vida. Perseguíale ella. Pidióme

consejo: di el que debía; pero vencieron la codicia y la hermosura.»

Hazte cargo de lo que sucedería siendo joven y guapo el farsante, y la

doncella tan determinada y fogosa que le envió de buenas á primeras la

cinta de sus zapatos ó botines.

De todos modos, yo hallo cruel que el obispo Villarroel condenase á las

mujeres á no oir comedias porque oyéndolas había pecado una; pero aun

así, Villarroel fué el menos severo de los obispos. Otro hubo, D. Manuel

de Aldai, cuya rigidez impidió que se fundase en Chile teatro

permanente, en el año de 1778. El Sr. Aldai afirmaba que, según la

mayoría de los teólogos, era pecado mortal el asistir á las comedias.

Con tan firme oposición, y en una colonia sumisa y obediente á la tutela

de la autoridad eclesiástica, no era posible que el teatro floreciese.

Aun así, hubo varias representaciones, con ocasión de grandes fiestas y

solemnidades, señalándose entre todas las que tuvieron lugar en 1693

para celebrar el casamiento del nuevo presidente D. Tomás Marín de

Poveda con la señorita peruana D.ª Juana Urdánegui, hija del marqués de

Villa Fuerte. En esta ocasión se dió en Chile el primer drama escrito

allí, titulado _El Hércules chileno_.

Con todo, la oposición, según hemos dicho, de la autoridad eclesiástica,

que hasta por motivos económicos prohibía las representaciones, á fin de

evitar gastos de trajes y galas, en un país entonces pobre, no permitió

que la afición al teatro creciera y diera fruto. Las representaciones

dramáticas siguieron haciéndose muy de tarde en tarde y con lamentable

pobreza y falta de medios: sin decoraciones, sin vestuario y con actores

improvisados.

En 1777 hubo un empresario que formó compañía de actores para

representar autos. Y dice un autor, describiendo estas representaciones,

que «algunos mulatos notables por su desplante estaban vestidos de

casacas, como los oficiales de la guardia del gobierno, para representar

á los reyes magos, á Herodes y á Pilatos; y dos ó tres mujeres, más

recomendables por su locuacidad que por la cultura de sus maneras, se

habían cubierto de vistosas sayas para desempeñar los papeles de Santa

Ana, de Santa Isabel y de la Virgen María.» Ni es muy de extrañar esta

falta de exactitud histórica en la indumentaria. De principios de este

siglo he oído yo contar á testigos oculares haber asistido en ciudades

de esta Península á la representación de _El maestro de Alejandro_, y

haber visto á Aristóteles de abate, con traje negro, chupa y calzón

corto, zapato de hebilla de plata, capita y tricornio.

Todavía se infiere de lo citado un no pequeño progreso en el arte

escénico de Chile en 1777. Ya entonces representaron mujeres, cuando era

lo común que para los papeles de mujeres sirviesen muchachos.

En suma, durante casi todo el tiempo del régimen colonial, ni floreció

ni pudo florecer el teatro en Chile. Para divertir al público y

proporcionarle espectáculos había otras tres ó cuatro cosas más fáciles

de hacer, y que se hacían más á menudo á despecho casi siempre de los

obispos, en extremo celosos de la moral de sus ovejas.

Estos otros espectáculos, que agradaban en Chile y á los que la gente

acudía con entusiasmo, eran las corridas de toros, que después de la

independencia prohibió perpetuamente el Congreso por ley de 1823: las

_chinganas_ y los retablos de nacimientos, contra los cuales, á pesar de

ser tan religioso el asunto, se estrelló también el obispo Aldai y los

prohibió bajo pena de excomunión mayor, porque aseguraba y lamentaba

que, merced al agolpamiento y apreturas de los muchos sujetos de ambos

sexos que acudían á ver los nacimientos, sobrevenían mil desmanes. Las

mismas corridas de toros habían dado motivo á quejas semejantes, porque

terminada la función y ya de noche, hombres y mujeres, ellos embozados y

tapadas ellas, se acogían debajo de los tablados provisorios con el

pretexto de tomar dulces, refrescos ó licores, de lo que resultaban

escenas poco edificantes.

Las corridas de toros tenían además otro grave peligro, no habiendo

circo á propósito. Era frecuente que los toros bravos se escaparan,

causando no pocos males, pues no siempre hacía Dios un milagro para

salvar á la gente, como el milagro que se cuenta en la _Vida del

venerable siervo de Dios fray Pedro Bardesi_. Este fray Pedro detuvo un

toro que corría furioso por las calles de Santiago: se arrancó una manga

del hábito y se la puso al toro en el hocico, y el toro se hincó de

rodillas para venerarla y besarla, y entonces acudieron los de la plaza

y le ataron y se le llevaron sin resistencia como si fuese cordero.

La otra gran diversión, que suplía el teatro, y que más tarde compitió

con él y pugnó por vencerle, fué la diversión de las _chinganas_. Eran

reuniones donde se bailaban los preciosos bailes del país, y

singularmente la _zamacueca_; pero el tratar de esto requiere detención,

y lo dejo para la carta siguiente.

* * * * *

_3 de Diciembre de 1888._

II

Querido primo: Siguiendo hoy en el ligero extracto del curioso y extenso

libro de Amunátegui, veo que las _chinganas_ fueron el obstáculo más

persistente contra el florecimiento del teatro; florecimiento que, más

que nadie, promovieron después de la independencia de Chile los dos

famosos literatos D. Andrés Bello y D. José Joaquín de Mora.

La afición á las _chinganas_ persistió y aun se recrudeció pasado ya el

primer tercio del siglo presente. Por esta afición, los teatros quedaban

desiertos.

Contribuía poderosamente á tal resultado la malevolencia contra el

teatro del clero y del partido clerical, malevolencia no infundada, ya

que el teatro, de que gustaban y que concebían los doctos de entonces,

era una escuela de moral, que reemplazaba al púlpito con ventaja, y

donde habían de enseñarse además virtudes cívicas y patrióticas, y odio

y desconfianza á la religión y á los sacerdotes.

Resultaba asimismo de este prurito de doctrinar desde la escena que no

se podía dar en el teatro nada divertido, sino tragedias pesadas y

filosóficas, traducidas ó imitadas del francés, y donde todo se volvía

sermonear y despotricarse contra los tiranos sacros y profanos de todas

las edades. Era tal la tiramira de desvergüenzas con que los varones

libres y virtuosos atarazaban á los tiranos, que casi parecían ellos los

tiranos, y los tiranos las víctimas, hasta que á lo último perdían los

tiranos la paciencia y mandaban degollar á los otros. En suma: había

razones, hasta cierto punto plausibles, para justificar ó disculpar la

preferencia que se daba en general á las _chinganas_.

Yo creo que éstas habían de ser, ó son, si subsisten aún, algo parecido

á nuestros cafés, en donde se canta y se baila á lo _flamenco_, por más

que las _chinganas_, si hemos de no ver exageración en lo que dice D.

Andrés Bello, eran más frecuentadas por toda clase de gentes, y daban

mayor pábulo á la deshonestidad y á la licencia. Yo presumo que Bello,

cegado y exaltado por el espíritu de partido, exagera mucho cuando

califica á las _chinganas_ de burdeles autorizados, «donde la confusión

de todo género de personas afloja los vínculos de la moral y abre la

puerta á la corrupción, donde los movimientos voluptuosos, las canciones

lascivas y los dicharachos insolentes hieren con vehemencia los sentidos

de la tierna joven, á quien los escrúpulos de sus padres ó las

amonestaciones del confesor han prohibido el teatro».

Bello y Mora siguieron declamando contra las _chinganas_ y en favor del

teatro con poco fruto por lo pronto. Ellos mismos hubieron de entrever

que en gran parte tenían la culpa las tragedias pseudoclásicas, tan

cívicas y filosóficas, y las comedias docentes á la francesa; y ya

proponían que se representasen obrillas más alegres y de menos doctrina

y comedias del antiguo teatro español.

Mora, calculando que no podía vencer á la Terpsícore chilena, trató de

adularla, de educarla y de hacer de ella una poderosa aliada. Para esto,

así como había redactado el Código fundamental ó Constitución de Chile,

quiso reglamentar el baile y convertir á los chilenos en un pueblo de

bailarines honestos y morigerados. Propuso que se organizasen por todo

Chile comparsas de danzantes de doce ó más parejas, de un solo sexo ó de

los dos, destinadas á bailar en los grandes días festivos, acordándose,

sin duda, de David y de los seises. Cada parroquia había de tener su

número completo de bailarines que bailasen con trajes airosos y decentes

al son del tamboril y de una gaita delante de la iglesia al concluirse

los oficios divinos, y luego, por la tarde. Asimismo se les había de

permitir ir á bailar en los días de cumpleaños y en los casamientos de

las personas más condecoradas del barrio, para de este modo mantener

trajes y músicos. Y, por último, en las grandes festividades nacionales

debían ir á la Plaza Mayor á tejer con arcos, guirnaldas y espadas,

varias danzas que entretuviesen á la muchedumbre.

Mora se prometía de todo esto mil beneficios que elocuentemente expone.

Casi da lástima de que su proyecto no cuajase. Pero dejemos lo

coreográfico y volvamos á lo dramático.

Cuando Chile era colonia aún, cabe la honra á España de haber fundado

allí un teatro, aunque provisional, menos efímero que los anteriores. El

último capitán general y presidente de la Audiencia, superintendente de

Hacienda, etc., que allí tuvo España, se llamaba D. Casimiro Marcó del

Pont, y era vehemente aficionado á comedias. A pesar, pues, de la

oposición del clero y de la gente devota, hubo teatro en su tiempo. En

él se representaban aún comedias españolas castizas, del gusto antiguo.

Pronto vino la independencia, el ejército patriota triunfó en Maipo, y

en seguida empezaron á pedir los periódicos que hubiese un buen teatro

para la república, donde aprendiesen los ciudadanos á ser libres, á

odiar á los tiranos y á combatir por la patria.

El general director D. Bernardo O’Higgins comprendió todo lo útil y

transcendental del teatro como escuela de costumbres y de virtudes

cívicas, y encargó á uno de sus ayudantes, D. Domingo Arteaga, para que

organizase una compañía de cómicos y construyese un _buen coliseo_

permanente.

Se construyó éste y se estrenó en 1820.

En el telón se leía, en letras de oro, el siguiente dístico:

Hé aquí el espejo de virtud y vicio:

Miraos en él y pronunciad el juicio.

Lo grave y serio del público y de los actores no respondía aún á la

gravedad y seriedad del dístico citado. En el teatro, que era de madera,

y malo, reinaba chistosa franqueza patriarcal. En cierta ocasión, la

Lucía, actriz mimada del público, se enojó porque la silbaron, y lanzó á

los concurrentes, con ademán desdeñoso, «la palabra más puerca que puede

salir de la boca de una irritada verdulera». Otra vez, durante la

representación del _Otelo_, un inglés encendió un puro y se puso á

fumar, lo cual estaba prohibido. El soldado, que hacía cerca centinela,

le dijo que apagase, y el inglés se echó sobre él para quitarle el

fusil. Se armó brava pendencia entre el inglés y el soldado, y público y

actores prescindieron de la tragedia para contemplar la realidad.

Entonces el general O’Higgins sacó el cuerpo fuera del palco y gritó:

«Muchacho, cuidado con que te quiten el fusil». Animado el militar con

esta voz de mando y aliento, logró desasir el arma de las garras

británicas, y aplicó un buen culatazo al inglés, tumbándole en el suelo.

Se le llevaron, y siguió la representación interrumpida.

Visto que este primer teatro era peor que un corral de títeres é

infundía poco respeto, D. Domingo Arteaga siguió afanándose y logró

construir otro teatro, ya bueno y respetable, que se abrió al público en

1827.

Por aquella época llegó á Chile el gran protector del teatro.

D. José Joaquín de Mora llegó á Chile, llamado por el jefe del Estado,

D. Francisco Antonio Pinto, para que contribuyera «á derramar el

bautismo de la ilustración en una sociedad que acababa de nacer á la

vida del entendimiento».

Se renovó en Mora aquello que se cuenta de antiguos sabios de la Grecia,

que eran llamados por las remotas colonias para darles Constitución y

leyes é iluminarlas con su sabiduría.

Cartas americanas. Primera serie · 第 14 / 16 段