La situación, no obstante, no es incómoda para la gente sensata de

cierta ilustración y fuste. Prescinden de lo transcendente y de lo

sobrenatural para no calentarse la cabeza ni perder el tiempo en balde.

Esta eliminación les quita no pocas aprensiones y cierto miedo, aunque á

veces les infunde otro miedo y sobresalto fastidiosos. ¿Cómo contener á

la plebe, á los menesterosos, hambrientos é ignorantes, sin ese freno

que ellos han desechado con tanto placer? Fuera de este miedo que

experimentan algunos sensatos, en todo lo demás no ven sino motivo de

satisfacción y parabienes.

Los insensatos, en cambio, no se aquietan con el goce del mundo,

hermoseado por la industria é inventiva humanas, ni con lo que se sabe,

ni con lo que se fabrica, y anhelan averiguar y gozar más.

El conjunto de los seres, el universo todo, cuanto alcanzan á percibir

la vista y el oído, ha sido, como idea, coordinado metódicamente en una

anaquelería ó casillero para que se comprenda mejor; pero ni este orden

científico, ni el orden natural, tal como los insensatos le ven, los

satisface. La molicie y el regalo de la vida moderna los han hecho muy

descontentadizos. Y así, ni del mundo tal como es, ni del mundo tal como

le concebimos, se forma idea muy aventajada. Se ven en todo faltas, y no

se dice lo que dicen que dijo Dios: _que todo era bueno._ La gente se

lanza con más frecuencia que nunca á decir que todo es malo; y en vez de

atribuir la obra á un artífice inteligentísimo y supremo, la supone obra

de un prurito inconsciente de fabricar cosas que hay _ab aeterno_ en los

átomos, los cuales tampoco se sabe á punto fijo lo que sean.

Los dos resultados principales de todo ello en la literatura de última

moda son:

1.º Que se suprima á Dios ó que no se le miente sino para insolentarse

con él, ya con reniegos y maldiciones, ya con burlas y sarcasmos.

Y 2.º Que en ese infinito tenebroso é incognoscible perciba la

imaginación, así como en el éter, nebulosas ó semilleros de astros,

fragmentos y escombros de religiones muertas, con los cuales procura

formar algo como ensayo de nuevas creencias y de renovadas mitologías.

Estos dos rasgos van impresos en su librito de usted.--El pesimismo,

como remate de toda descripción de lo que conocemos, y la poderosa y

lozana producción de seres fantásticos, evocados ó sacados de las

tinieblas de lo incognoscible, donde vagan las ruinas de las destrozadas

creencias y supersticiones vetustas.

Ahora será bien que yo cite muestras y pruebe que hay en su libro de

Ud., con notable elegancia, todo lo que afirmo; pero esto requiere

segunda carta.

* * * * *

_29 de Octubre de 1888._

II

En la cubierta del libro que me ha enviado usted, veo que ha publicado

Ud. ya ó anuncia la publicación de otros varios, cuyos títulos son:

_Epistolas y poemas_, _Rimas_, _Abrojos_, _Estudios críticos_, _Albumes

y abanicos_, _Mis conocidos_ y _Dos años en Chile_. Anuncia igualmente

dicha cubierta que prepara Ud. una novela, cuyo solo título nos da en

las narices del alma (pues si hay ojos del alma ó tiene el alma ojos,

bien puede tener narices) con un tufillo á pornografía. La novela se

titula _La carne_.

Nada de esto, con todo, me sirve hoy para juzgar á Ud., pues yo nada de

esto conozco. Tengo que contraerme al libro _Azul_.....

En este libro no sé qué debo preferir: si la prosa, ó los versos. Casi

me inclino á ver mérito igual en ambos modos de expresión del

pensamiento de Ud. En la prosa hay más riqueza de ideas; pero es más

afrancesada la forma. En los versos, la forma es más castiza. Los versos

de usted se parecen á los versos españoles de otros autores, y no por

eso dejan de ser originales: no recuerdan á ningún poeta español, ni

antiguo, ni de nuestros días.

El sentimiento de la naturaleza raya en Ud. en adoración panteística.

Hay en las cuatro composiciones (_á_ _ó_ más bien _en_ las cuatro

estaciones del año) la más gentílica exuberancia de amor sensual, y en

este amor, algo de religioso. Cada composición parece un himno sagrado á

Eros, himno que, á veces, en la mayor explosión de entusiasmo, el

pesimismo viene á turbar con la disonancia, ya de un ay de dolor, ya de

una carcajada sarcástica. Aquel sabor amargo, que brota del centro mismo

de todo deleite, y que tan bien experimentó y expresó el ateo Lucrecio,

_medio de fonte leporum_

_Surgit amari aliquid, quod in ipsis floribus angat,_

acude á menudo á interrumpir lo que Ud. llama

La música triunfante de mis rimas.

Pero, como en Ud. hay de todo, noto en los versos, además del ansia de

deleite y además de la amargura de que habla Lucrecio, la sed de lo

eterno, esa aspiración profunda é insaciable de las edades cristianas,

que el poeta pagano quizá no hubiera comprendido.

Usted pide siempre más al hada, y.....

El hada entonces me llevó hasta el velo

Que nos cubre las ansias infinitas,

La inspiración profunda

Y el alma de las liras.

Y lo rasgó. Y allí todo era aurora.

Pero aun así, no se satisface el poeta, y pide más al hada.

Tiene Ud. otra composición, la que lleva por título la palabra griega

_Anagke_, donde el cántico de amor acaba en un infortunio y en una

blasfemia. Suprimiendo la blasfemia final, que es burla contra Dios, voy

á poner aquí el cántico casi completo.

Y dijo la paloma:

Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo,

En el árbol en flor, junto á la poma

Llena de miel, junto al retoño suave

Y húmedo por las gotas del rocío,

Tengo mi hogar. Y vuelo,

Con mis anhelos de ave,

Del amado árbol mío

Hasta el bosque lejano,

Cuando al himno jocundo

Del despertar de Oriente,

Sale el alba desnuda, y muestra al mundo

El pudor de la luz sobre su frente.

Mi ala es blanca y sedosa;

La luz la dora y baña

Y céfiro la peina.

Son mis pies como pétalos de rosa.

Yo soy la dulce reina

Que arrulla á su palomo en la montaña.

En el fondo del bosque pintoresco

Está el alerce en que formé mi nido;

Y tengo allí, bajo el follaje fresco,

Un polluelo sin par, recién nacido.

Soy la promesa alada.

El juramento vivo;

Soy quien lleva el recuerdo de la amada

Para el enamorado pensativo.

Yo soy la mensajera

De los tristes y ardientes soñadores,

Que va á revolotear diciendo amores

Junto á una perfumada cabellera.

Soy el lirio del viento.

Bajo el azul del hondo firmamento

Muestro de mi tesoro bello y rico

Las preseas y galas:

El arrullo en el pico.

La caricia en las alas.

Yo despierto á los pájaros parleros

Y entonan sus melódicos cantares:

Me poso en los floridos limoneros

Y derramo una lluvia de azahares.

Yo soy toda inocente, toda pura.

Yo me esponjo en las ansias del deseo,

Y me estremezco en la íntima ternura

De un roce, de un rumor, de un aleteo.

¡Oh inmenso azul! Yo te amo. Porque á Flora

Das la lluvia y el sol siempre encendido:

Porque, siendo el palacio de la Aurora,

También eres el techo de mi nido.

¡Oh inmenso azul! Yo adoro

Tus celajes risueños,

Y esa niebla sutil de polvo de oro

Donde van los perfumes y los sueños.

Amo los velos tenues, vagarosos,

De las flotantes brumas,

Donde tiendo á los aires cariñosos

El sedeño abanico de mis plumas.

¡Soy feliz! Porque es mía la floresta,

Donde el misterio de los nidos se halla;

Porque el alba es mi fiesta

Y el amor mi ejercicio y mi batalla.

Feliz, porque de dulces ansias llena,

Calentar mis polluelos es mi orgullo;

Porque en las selvas vírgenes resuena

La música celeste de mi arrullo;

Porque no hay una rosa que no me ame,

Ni pájaro gentil que no me escuche,

Ni garrido cantor que no me llame!.....

--¿Sí?--dijo entonces un gavilán infame,

Y con furor se la metió en el buche.

Suprimo, como dije ya, los versos que siguen, y que no pasan de ocho,

donde se habla de la risa que le dió á Satanás de resultas del lance y

de lo pensativo que se quedó el Señor en su trono.

Entre las cuatro composiciones en las estaciones del año, todas bellas y

raras, sobresale la del verano. Es un cuadro simbólico de los dos polos

sobre los que rueda el eje de la vida: el amor y la lucha; el prurito de

destrucción y el de reproducción. La tigre virgen en celo está

magistralmente pintada, y mejor aún acaso el tigre galán y robusto que

llega y la enamora.

Al caminar se vía

Su cuerpo ondear con garbo y bizarría.

Se miraban los músculos hinchados

Debajo de la piel. Y se diría

Ser aquella alimaña

Un rudo gladiador de la montaña.

Los pelos erizados

Del labio relamía. Cuando andaba,

Con su peso chafaba

La hierba verde y muelle,

Y el ruido de su aliento semejaba

El resollar de un fuelle.

Síguense la declaración de amor, el sí en lenguaje de tigres y los

primeros halagos y caricias. Después..... el amor en su plenitud, sin

los poco decentes pormenores en que entran Rollinat y otros en casos

semejantes.

Después el misterioso

Tacto, las impulsivas

Fuerzas que arrastran con poder pasmoso,

Y ¡oh gran Pan! el idilio monstruoso

Bajo las vastas selvas primitivas.

El príncipe de Gales, que andaba de caza por allí con gran séquito de

monteros y jauría de perros, viene á poner trágico fin al idilio.

El príncipe mata á la tigre de un escopetazo. El tigre se salva, y luego

en su gruta tiene un extraño sueño:

Que enterraba las garras y los dientes

En vientres sonrosados

Y pechos de mujer; y que engullía

Por postres delicados

De comidas y cenas,

Como tigre goloso entre golosos,

Unas cuantas docenas

De niños tiernos, rubios y sabrosos.

No parece sino que, en sentir del poeta, tendría menos culpa el tigre,

aunque fuese ser responsable, devorando mujeres y niños, que el príncipe

matando tigres. El afecto del poeta se extiende casi por igual sobre

tigres y sobre príncipes, á quienes un determinismo fatal mueve á

matarse _recíprocamente_, como el ratón y el gato de la fábula de

Alvarez.

Los cuentos en prosa son más singulares aún. Parecen escritos en París,

y no en Nicaragua ni en Chile. Todos son brevísimos. Usted hace gala de

laconismo. _La Ninfa_ es quizá el que más me gusta. La cena en la quinta

de la cortesana está bien descrita. El discurso del sabio prepara el

ánimo del lector. Los límites, que tal vez no existan, pero que todos

imaginamos, trazamos y ponemos entre lo natural y sobrenatural, se

esfuman y desaparecen. San Antonio vió en el yermo un hipocentauro y un

sátiro. Alberto Magno habla también de sátiros que hubo en su tiempo.

¿Por qué ha de ser esto falso? ¿Por qué no ha de haber sátiros, faunos y

ninfas? La cortesana anhela ver un sátiro vivo: el poeta, una ninfa. La

aparición de la ninfa desnuda al poeta, en el parque de la quinta, á la

mañana siguiente, en la umbría apartada y silenciosa, entre los blancos

cisnes del estanque, está pintada con tal arte que parece verdad.

La ninfa huye y queda burlado el poeta; pero en el almuerzo, dice luego

la cortesana:

--«El poeta ha visto ninfas.»

«Todos la contemplaron asombrados, y ella me miraba como una gata y se

reía, se reía, como una chicuela á quien se le hiciesen cosquillas.»

_El velo de la reina Mab_ es precioso. Empieza así:

«La reina Mab, en su carro hecho de una sola perla, tirado por cuatro

coleópteros de petos dorados y alas de pedrería, caminando sobre un rayo

de sol, se coló un día por la ventana de una buhardilla, donde estaban

cuatro hombres flacos, barbudos é impertinentes, lamentándose como unos

desdichados.»

Eran un pintor, un escultor, un músico y un poeta. Cada cual hace su

lastimoso discurso, exponiendo aspiraciones y desengaños. Todos terminan

en la desesperación.

«Entonces la reina Mab, del fondo de su carro, hecho de una sola perla,

tomó un velo azul, casi impalpable, como formado de suspiros ó de

miradas de ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo era el velo de los

sueños, de los dulces sueños que hacen ver la vida de color de rosa. Y

con él envolvió á los cuatro hombres flacos, barbudos é impertinentes.

Los cuales cesaron de estar tristes, porque penetró en su pecho la

esperanza, y en su cabeza el sol alegre, con el diablillo de la vanidad,

que consuela en sus profundas decepciones á los pobres artistas.»

Hay en el libro otros varios cuentos, delicados y graciosos, donde se

notan las mismas calidades. Todos estos cuentos parecen escritos en

París.

Voy á terminar hablando de los dos más transcendentales: _El rubí y La

canción del oro_.

El químico Fremy ha descubierto, ó se jacta de haber descubierto, la

manera de hacer rubíes. Uno de los gnomos roba uno de estos rubíes

artificiales del medallón que pende del cuello de cierta cortesana, y le

lleva á la extensa y profunda caverna donde los gnomos se reunen en

conciliábulo. Las fuerzas vivas y creadoras de la naturaleza, la

infatigable inexhausta fecundidad de la alma tierra están simbolizadas

en aquellos activos y poderosos enanillos que se burlan del sabio y

demuestran la falsedad de su obra. «La piedra es falsa, dicen todos:

obra de hombre ó de sabio, que es peor.»

Luego cuenta el gnomo más viejo la creación del verdadero primer rubí.

Es un hermoso _mito_, que redunda en alabanza de Amor y de la madre

Tierra, «de cuyo vientre moreno brota la savia de los troncos robustos,

y el oro y el agua diamantina y la casta flor de lis: lo puro, lo

fuerte, lo infalsificable». Y los gnomos tejen una danza frenética y

celebran una orgía sagrada, ensalzando á la mujer, de quien suelen

enamorarse, porque es espíritu y carne: toda Amor.

_La canción del oro_ sería el mejor de los cuentos de Ud. si fuera

cuento, y sería el más elocuente de todos si no se emplease en él

demasiado una _ficelle_, de que se usa y de que se abusa muchísimo en el

día.

En la calle de los palacios, donde todo es esplendor y opulencia, donde

se ven llegar á sus moradas, de vuelta de festines y bailes, á las

hermosas mujeres y á los hombres ricos, hay un mendigo extraño,

hambriento, tiritando de frío, mal cubierto de harapos. Este mendigo

tira un mordisco á un pequeño mendrugo de pan bazo: se inspira y canta

la canción del oro.

Todo el sarcasmo, todo el furor, toda la codicia, todo el amor

desdeñado, todos los amargos celos, toda la envidia que el oro engendra

en los corazones de los hambrientos, de los menesterosos y de los

descamisados y perdidos, están expresados en aquel himno en prosa.

Por esto afirmo que sería admirable la canción del oro si se viese menos

la _ficelle_: el método ó traza de la composición, que tanto siguen

ahora los prosistas, los poetas y los oradores.

El método es crear algo por superposición ó aglutinación, y no por

organismo.

El símil es la base de este método. Sencillo es no mentar nada sin

símil: todo es como algo. Luego se ha visto que salen de esta manera

muchísimos _comos_, y en vez de los _comos_ se han empleado los _eses_ y

las _esas_. Ejemplo: la tierra, esa madre fecunda de todos los

vivientes; el aire, ese manto azul que envuelve el seno de la tierra, y

cuyos flecos son las nubes; el cielo, ese campo sin límites por donde

giran las estrellas, etc. De este modo es fácil llenar mucho papel. A

veces los _eses_ y las _esas_ se suprimen, aunque es menos enfático y

menos francés, y sólo se dice: el pájaro, flor del aire; la luna,

lámpara nocturna, hostia que se eleva en el templo del espacio,

etcétera.

Y, por último, para dar al discurso más animación y movimiento, se ha

discurrido hacer enumeración de todo aquello que se semeja en algo al

objeto de que queremos hablar. Y terminada la enumeración, ó cansado ya

el autor de enumerar, pues no hay otra razón para que termine, dice: eso

soy yo: eso es la poesía: eso es la crítica: eso es la mujer, etc. Puede

también el autor, para prestar mayor variedad y complicación á su obra,

decir lo que no es el objeto que describe antes de decir lo que es. Y

puede decir lo que no es como quien pregunta. Fórmula: ¿Será esto, será

aquello, será lo de más allá? No; no es nada de eso. Luego..... la

retahila de cosas que se ocurran. Y por remate. Eso es.

Este género de retórica es natural, y todos le empleamos. No se critica

aquí el uso, sino el abuso. En el abuso hay algo parecido al juego

infantil de apurar una letra. «Ha venido un barco cargado de.....» Y se

va diciendo (si v. gr. la letra es b) de baños, de buzos, de bolos, de

berros, de bromas.....

Las composiciones escritas según este método retórico tienen la ventaja

de que se pueden acortar y alargar _ad libitum_, y de que se pueden leer

al revés lo mismo que al derecho, sin que apenas varíe el sentido.

En mis peregrinaciones por países extranjeros, y harto lejos de aquí,

conocí yo y traté á una señora muy entendida, cuyo marido era poeta; y

ella había descubierto en los versos de su marido que todos se leían y

hacían sentido empezando por el último verso y acabando por el primero.

Querían decir algunos maldicientes que ella había hecho el

descubrimiento para burlarse de los versos de la cosecha de casa; pero

yo siempre tuve por seguro que ella, cegada por el amor conyugal, ponía

en este sentido indestructible, léanse las composiciones como quiera que

se lean, un primor raro que realzaba el mérito de ellas.

Me ha corroborado en esta opinión un reciente escrito de D. Adolfo de

Castro, quien descubre y aplaude en algunos versos de Santa Teresa, casi

como don celeste ó gracia divina, esa prenda de que se lean al revés y

al derecho, resultando idéntico sentido.

La verdad del caso, considerado y ponderado todo con imparcial

circunspección, es que tal modo retórico es ridículo cuando se toma por

muletilla, ó sirve de pauta para escribir; pero si es espontáneo, está

muy bien: es el lenguaje propio de la pasión.

Figurémonos á una madre, joven, linda y apasionada, con un niño rubito y

gordito y sonrosado de dos años que está en sus brazos. Mientras ella le

brinca y él le sonríe, ella le dará natural y sencillamente

interminable lista de nombres de objetos, algunos de ellos disparatados.

Le llamará angel, diablillo, mono, gatito, chuchumeco, corazón, alma,

vida, hechizo, regalo, rey, príncipe, y mil cosas más. Y todo estará

bien, y nos parecerá encantador, sea el que sea el orden en que se

ponga. Pues lo mismo puede ser toda composición, en prosa ó verso, por

el estilo, con tal de que no sea buscado ni frecuente este modo de

componer.

El modelo más egregio del género, el ejemplar arquetipo, es la letanía.

La Virgen es puerta del cielo, estrella de la mañana, torre de David,

Arca de la Alianza, casa de oro, y mil cosas más, en el orden que se nos

antoje decirlas.

La canción del oro es así: es una letanía, sólo que es infernal en vez

de ser célica. Es por el gusto de la letanía que Baudelaire compuso al

demonio; pero, conviniendo ya en que la canción del oro es letanía, y

letanía infernal, yo me complazco en sostener que es de las más

poéticas, ricas y enérgicas que he leído. Aquello es un diluvio de

imágenes, un desfilar tumultuoso de cuanto hay, para que encomie el oro

y predique sus excelencias.

Citar algo es destruir el efecto que está en la abundancia de cosas que

en desorden se citan y acuden á cantar el oro, «misterioso y callado en

las entrañas de la tierra, y bullicioso cuando brota á pleno sol y á

toda vida; sonante como coro de tímpanos, feto de astros, residuo de

luz, encarnación de éter: hecho sol, se enamora de la noche, y, al darle

el último beso, riega su túnica con estrellas como con gran muchedumbre

de libras esterlinas. Despreciado por Jerónimo, arrojado por Antonio,

vilipendiado por Macario, humillado por Hilarión, es carne de ídolo,

dios becerro, tela de que Fidias hace el traje de Minerva. De él son las

cuerdas de la lira, las cabelleras de las más tiernas amadas, los granos

de la espiga, y el peplo que al levantarse viste la olímpica aurora».

Me había propuesto no citar nada, y he citado algo, aunque poco. La

composición es una letanía inorgánica, y, sin embargo, ni la ironía, ni

el amor y el odio, ni el deseo y el desprecio simultáneos, que el oro

inspira al poeta en la inopia (achaque crónico y epidémico de los

poetas), resaltan bien sino de la plenitud de cosas que dice del oro, y

que se suprimen aquí por amor á la brevedad.

En resolución, su librito de Ud., titulado _Azul_...., nos revela en Ud.

á un prosista y á un poeta de talento.

Con el _galicismo mental_ de Ud. no he sido sólo indulgente, sino que

hasta le he aplaudido por lo perfecto. Con todo, yo aplaudiría muchísimo

más, si con esa ilustración francesa que en usted hay se combinase la

inglesa, la alemana, la italiana, y ¿por qué no la española también? Al

cabo, el árbol de nuestra ciencia no ha envejecido tanto que aun no

pueda prestar jugo, ni sus ramas son tan cortas ni están tan secas que

no puedan retoñar como mugrones del otro lado del Atlántico. De todos

modos, con la superior riqueza y con la mayor variedad de elementos,

saldría de su cerebro de Ud. algo menos exclusivo y con más altos, puros

y serenos ideales: algo más _azul_ que el azul de su libro de usted:

algo que tirase menos á lo _verde_ y á lo _negro_. Y por cima de todo,

se mostrarían más claras y más marcadas la originalidad de Ud. y su

individualidad de escritor.

EL TEATRO EN CHILE

_5 de Noviembre de 1888._

Á D. ANTONIO ALCALÁ GALIANO Y MIRANDA

I

Querido primo: Sin terminar han quedado las cartas que empecé á

escribirte sobre la vida de D. José Joaquín de Mora, escrita por D.

Miguel Luis Amunátegui. Yo no desisto, sin embargo, de terminar y

completar lo que deseo decir sobre Mora. Entre tanto me has enviado otro

libro, obra también póstuma de Amunátegui, cuyo interés más general me

atrae. Voy, pues, dejando para más tarde el continuar hablando de Mora,

á hablar hoy sobre el nuevo libro. Su modestísimo título no da idea de

su grande importancia. Se titula _Las primeras representaciones

dramáticas en Chile_; pero es, en realidad, una historia completa de la

literatura y del arte dramáticos en aquel país, desde los primeros

tiempos, después del descubrimiento y la conquista, hasta el día de hoy.

Dice el mismo Amunátegui: «Chile es un fragmento de España transportado

al Pacífico por ese aluvión llamado la conquista de América.»

La historia literaria de Chile forma, pues, parte de nuestra historia

literaria.

El libro de Amunátegui, además, no es de mera literatura: está lleno de

anécdotas, pinta las costumbres, la cultura, las diversiones públicas,

la vida de los chilenos, y por todo esto debe interesarnos doblemente.

Si yo no logro que interese, extractando aquí algo de su contenido,

culpa será de lo desmañado del extracto, y tal vez asimismo de la

profunda humildad que abate en el día el espíritu de los españoles,

sobre todo de los españoles más _elegantes_.

Se les ha metido en la cabeza que en España todo es malo ahora. De donde

nace la sospecha de que todo fué malo en las edades pasadas. Nada es

bueno sino lo de París. Y entre todas las cosas buenas en París y malas

en España, nada es allí mejor y aquí peor que el teatro: actores y

autores.

Y si actores y autores son malos en España, no es de presumir que en

Chile, prolongación de España en esto de literatura y de arte, sean

buenos tampoco.

Aunque sea empezar por lo secundario, voy á empezar hablando de los

actores.

Estos españoles _elegantes_, á que he aludido y que todo lo censuran,

rara vez se dignan escribir para el público; pero sus opiniones

desdeñosas se propagan en las tertulias, y en un país como el nuestro,

donde se lee poquísimo y donde se habla mucho, y se oye más que se lee,

las murmuraciones de viva voz tienen acaso más eco que lo que nosotros,

los que escribimos para el público, ponemos en letras de molde.

Además, los que escribimos para el público, á fuerza de hipérboles

encomiásticas, hemos perdido crédito y autoridad, y se nos hace menos

caso que á la lluvia quien oye llover. Y, sin embargo, ya es difícil

dejar de ser magníficos en el encomio. Cuando queremos ser razonables,

ofendemos á los encomiados. Llamar distinguido á un literato equivale

hoy á llamarle adocenado ó de tres al cuarto, y llamar simpática á una

señora equivale á llamarla fea y tonta.

Para remediar tanto mal importa restablecer el primitivo sentido de los

vocablos, y que toda alabanza valga lo que debe valer. Importa asimismo

no disimular los defectos, y aun reconocer algunos de los fundamentos y

razones en que se apoyan los que denigran.

Convengamos en que los actores de París son excelentes; pero convengamos

también en que muchas de sus excelencias nacen de que son ellos de

París; y como los de Madrid no son de París, es equitativo perdonarles

la falta de esas excelencias que en ser de París estriban.

Cartas americanas. Primera serie · 第 13 / 16 段