Sin duda hay en la colección que voy examinando algunos poetas más de

los ya citados que merecerían alabanzas no muy inferiores á las que he

dado hasta ahora; pero mi revista va siendo sobrado larga, y conviene

terminar.

No es justo callarse que hay también en el _Parnaso Colombiano_

bastantes composiciones que sólo demuestran la cultura general de

Colombia y la extremada afición que tienen á la poesía los ciudadanos de

aquella república. Hay bastantes composiciones correctas, pero

insignificantes é incoloras, que todo joven ó todo viejo, de algunos

estudios, puede hacer si en ello se empeña.

Tal vez será prevención mía; pero así como yo creo que el romance

octosílabo es propio para la poesía en nuestro idioma, así también, á

pesar de _El moro expósito_ y de otros ejemplos brillantes en contra de

mi opinión, yo entiendo que el romance endecasílabo se presta mucho al

prosaísmo más desmayado. En el _Parnaso Colombiano_ hay sobra de estos

romances.

Noto además que las Musas justicieras se inclinan á ponerse foscas con

los poetas de Colombia, cuando, por mal entendido patriotismo, ofenden é

injurian á la antigua madre patria, España. Sus versos entonces son casi

siempre malos. El más patente ejemplo de esta verdad le dan unas

estrofas de D. José María Torres Caicedo _A Policarpa Salabarriela_, que

fué la Mariana Pineda de por allá.

De lamentar es que, en el primer tercio de este siglo, así porque

Fernando VII no era rey muy blando ni muy amoroso, como porque la

enemistad y el furor entre liberales y absolutistas eran violentísimos,

y la lucha tremenda y desapiadada, hubiese tantas y tantas víctimas que

nos son simpáticas, y que hoy consideramos con razón como héroes ó

mártires. Mas no por eso está bien decir en pícaros versos:

Torres, Cabal, Torices y Camacho,

Casa-Valencia, Mutis y Mejía,

Caldas, mil libres más á muerte impía

Condenólos _el bárbaro español_.

Por desgracia, se podría llenar una hoja con los nombres de los

ajusticiados españoles que ajustició _el bárbaro español_, hacia la

misma época, aquí, en la Península, y con mucho menor motivo, pues al

cabo no es lo mismo querer cambiar la forma de gobierno de la patria que

deshacer y descuartizar la patria. Es indudable que de este

_descuartizamiento_ han nacido pueblos y Estados nuevos, por virtud de

una ley providencial ineludible: pueblos y Estados nuevos, por cuya

prosperidad y grandeza todo español peninsular hace hoy fervientes

votos, hasta por vanidad y amor propio de casta; pero entonces, cuando

se rebelaban ahí, ¿era posible que un rey absoluto y un gobierno

tiránico, de que los mismos peninsulares eran víctimas, no castigase con

dureza á los rebeldes?

Todos los horrores, todas las crueldades de la guerra de la

independencia americana, que no fueron mayores que los de cualquiera

otra guerra civil en la Península, no justifican la condenación y la

injuria que lanza sobre los españoles el Sr. Torres Caicedo. El Sr.

Torres Caicedo se ofende á sí mismo y á todo su linaje, pues yo presumo

que será tan español como cualquiera de nosotros, y que, si él no lo es,

lo fué su padre ó lo fué su abuelo.

No tiene la menor disculpa que el Sr. Caicedo califique todo el tiempo

que Colombia estuvo unida á España de

Centurias de baldón y afrenta

En que yació la tierra americana.

Eso estaría sólo bien en boca de los indios triunfantes, si se hubiesen

levantado contra el Sr. Torres Caicedo y contra todos los de origen

español y los hubiesen arrojado de la América que invadieron y

colonizaron.

Esos improperios contra España quizá parecerían fundados en boca del

Zipa, del Zaque y del Pontífice de Iraca, restablecidos, desechadas

nuestra lengua y nuestra cultura, y adorando otra vez á Chibchacum y á

Chiminigagua.

Por lo demás, no podemos perdonar al Sr. Torres Caicedo, diplomático

ilustre, hombre político, notable escritor en prosa sobre todas

materias, filosóficas, literarias, económicas, etc., que sea tan

desaforadamente encomiador de doña Policarpa. El encomio, por merecido

que sea, debe tener su medida. Pase que Leonidas y Temístocles no valgan

más que Bolívar y Sucre, y pase que Ayacucho y Junin equivalgan á

Maratón y á Salamina. Ojalá (y lo digo sin ironía, movido del amor de

raza, superior al amor de patria), ojalá que el porvenir justifique la

que es hoy exageración, dando á las batallas de Ayacucho y Junin la

transcendencia que Salamina y Maratón tuvieron, siendo como el punto de

partida, en el terreno político de la acción, de una cultura y de una

fuerza civilizadora más fecundas y más grandes que las conocidas hasta

entonces, fuera de Grecia, y que en Salamina y en Maratón fueron

vencidas. Pase, por último, que doña Policarpa valga tanto ó más que

Débora, Judith, Mad. Roland, Juana de Arco y Carlota Corday; pero no se

puede tolerar, aun sin ser buen católico, y siguiendo un criterio

racionalista, que el Sr. Torres Caicedo compare también á doña Policarpa

con la Virgen María, porque la Virgen María

La muerto vió del Redentor divino,

Del que derechos, libertad trajera;

Del Hombre-Dios que al hombre enalteciera,

_Donando_ al mundo la igualdad, la luz.

Precisamente porque Cristo _donó_ al mundo todas esas cosas y otras

muchas más, y puso con su doctrina la base de una civilización que ha

durado siglos y que comprende á la más noble parte del linaje humano,

Cristo no puede compararse con ninguno de los insurgentes,

revolucionarios y conspiradores, por gloriosos que hayan sido. Y en

cuanto á la Virgen María, aun mirado todo ello con impía mirada, negando

el ser real de la Virgen y suponiéndola semidiosa simbólica, supremo

ideal, en quien se cifran todas las excelencias de la mujer, la

maternidad, la pureza virgínea y la piedad compasiva, no veo paridad, ni

buen gusto en que la comparemos ni con Policarpa, ni con la Mariana

Pineda, ni con Carlota Corday, ni con ninguna otra heroína de armas

tomar ó de pelo en pecho.

En general, en los versos patrióticos colombianos hay sobrada hipérbole,

así en alabar á los héroes de la independencia, como en denigrar á los

españoles y á España. No se considera bien que antes de la

independencia, los que más tiranizaron á la tierra y á la gente

americanas fueron los padres ó los abuelos de los que se sublevaron

contra esa tiranía, y que después ha habido un no corto período de

guerras civiles en que se ha derramado más sangre que la derramada por

los españoles, y ha habido tiranos en casi todas las repúblicas, que

nada tienen que envidiar en punto á crueldad, ni á Fernando VII, ni á

ningún otro rey, ni á ninguno de los virreyes ó generales y gobernadores

que los reyes enviaban. En varios poetas, á pesar del orgullo

patriótico, aparecen estas confesiones arrancadas por el dolor y el

enojo. Santiago Pérez dice:

No resta acaso un punto

Do la sangre que vierte nuestra mano

No cubra ya la que vertió el hispano.

Y en D. Miguel Antonio Caro llegan ya estos sentimientos de disgusto

hasta el extremo, que yo no puedo ni quiero aplaudir, de hacer que el

propio espíritu de Bolívar vacile entre si debe gloriarse ó arrepentirse

de haber dado á la América su independencia. Bolívar exclama:

¿Quién sabe

Si aré en la mar y edifiqué en el viento?

* * * * *

¿Si caerán sobre mí las maldiciones

De cien generaciones?

No. Es evidente que no caerán. Las repúblicas que de España nacieron

serán grandes también como la que nació de Inglaterra; y la gloria de

Bolívar no será inferior á la de Washington. Todo, si Dios quiere, y

Dios querrá, habrá de ser, sin que sea necesario para ello que se nos

trate mal en malas coplas.

La gloria de Bolívar, por sus hechos, sin consideración á los últimos

resultados, y el crecimiento de esta gloria, en lo porvenir, cuando las

repúblicas hispano-americanas se engrandezcan, están en perfecta

consonancia con nuestro interés y con nuestra vanidad patriótica de

peninsulares. Mientras más se encomien el tino político, la pericia

militar, el valor y la actividad infatigable del Libertador, más

cohonestada y ennoblecida quedará nuestra derrota.

No hay español, que sepa de Bolívar, que, movido de estos sentimientos,

no levante á Bolívar á la altura de Washington. Y aun le pondría por

cima, como lo desea, si no se midiese la magnitud de los héroes por el

producto de sus heroicidades. Es tan bella, tan simpática y tan generosa

la vida de Bolívar, sobre todo en sus últimos años, que Bolívar, que

murió joven aún, infundiéndonos admiración por sus proezas, por su

desprendimiento y por su amor sincerísimo á la libertad, é

infundiéndonos piedad sublime por la ingratitud que ulceró su pecho,

resplandecería por cima de Washington, si las repúblicas de la América

del Sur llegasen, como es probable que lleguen, á ser tan poderosas

como la república por Washington fundada.

El liberalismo es hermosa doctrina. Yo soy, he sido y seré siempre muy

liberal; pero no desconozco que el liberalismo ha sido tan manoseado y

vulgarizado en discursos y peroratas, en brindis de comidas patrióticas

y en artículos para rellenar columnas de periódicos, que es difícil ser

_liberal_ en verso sin caer en la prosa más plebeya. Y si el poeta

liberal escribe en romance endecasílabo, peor que peor. Fiado en el

sonsonete de la continuada asonancia, descuida la dicción, y no sabe ó

no quiere saber que hay una forma ó una construcción propia de la

poesía. Lastimosa muestra de esto que digo dan los versos _Catón en

Utica_, de Luis Vargas Tejada.

El pobre Catón larga, antes de matarse, un romance tan pedestre como los

de muchas tragedias clásicas españolas del siglo pasado.

Inútiles han sido mis esfuerzos:

Al fin triunfar el despotismo logra,

Y delante del César abatida

Yace en el polvo la soberbia Roma.

Un hombre, un hombre solo usurpa el fruto

De tantos sacrificios y victorias.

Y así continúa Catón ensartando cerca de doscientos versos, sin que haya

razón para que no ensarte dos ó tres mil: para que cese el aguacero y

escampe.

Pero baste de censura.

El _Parnaso Colombiano_ prueba que en la tierra de Ud. hay un rico y

hermoso florecimiento literario, y lo probaría muchísimo mejor si el

señor Añez hubiera suprimido acaso una tercera parte ó más de lo que

inserta; y no para que el _Parnaso_ contuviese menos, sino para

sustituir lo suprimido con muchísimas composiciones buenas, como yo sé

que las hay.

Dispense Ud. que sea franco y que no todo lo que digo sea lisonjero, y

créame su amigo afectísimo.

AZUL.....

_22 de Octubre de 1888._

Á D. RUBÉN DARÍO

I

Todo libro que desde América llega á mis manos excita mi interés y

despierta mi curiosidad; pero ninguno hasta hoy la ha despertado tan

viva como el de Ud., no bien comencé á leerle.

Confieso que al principio, á pesar de la amable dedicatoria con que Ud.

me envía un ejemplar, miré el libro con indiferencia....., casi con

desvío. El título _Azul_..... tuvo la culpa.

Víctor Hugo dice: _L’art c’est l’azur_; pero yo ni me conformo ni me

resigno con que tal dicho sea muy profundo y hermoso. Para mí tanto vale

decir que el arte es lo azul como decir que es lo verde, lo amarillo ó

lo rojo. ¿Por qué, en este caso, lo azul (aunque en francés no sea

_bleu_, sino _azur_, que es más poético) ha de ser cifra, símbolo y

superior predicamento que abarque lo ideal, lo etéreo, lo infinito, la

serenidad del cielo sin nubes, la luz difusa, la amplitud vaga y sin

límites, donde nacen, viven, brillan y se mueven los astros? Pero

aunque todo esto y más surja del fondo de nuestro ser y aparezca á los

ojos del espíritu, evocado por la palabra _azul_, ¿qué novedad hay en

decir que el arte es todo esto? Lo mismo es decir que el arte es

imitación de la naturaleza, como la definió Aristóteles: la percepción

de todo lo existente y de todo lo posible, y su reaparición ó

representación por el hombre en signos, letras, sonidos, colores ó

líneas. En suma, yo, por más vueltas que le doy, no veo en eso de que

_el arte es lo azul_ sino una frase enfática y vacía.

Sea, no obstante, el arte azul, ó del color que se quiera. Como sea

bueno, el color es lo que menos importa. Lo que á mí me dió mala espina

fué el ser la frase de Víctor Hugo, y el que usted hubiese dado por

título á su libro la palabra fundamental de la frase. ¿Si será éste, me

dije, uno de tantos y tantos como por todas partes, y sobre todo en

Portugal y en la América española, han sido inficionados por Víctor

Hugo? La manía de imitarle ha hecho verdaderos estragos, porque la

atrevida juventud exagera sus defectos, y porque eso que se llama

_genio_, y que hace que los defectos se perdonen y tal vez se aplaudan,

no se imita cuando no se tiene. En resolución, yo sospeché que era Ud.

un Víctor Huguito, y estuve más de una semana sin leer el libro de Ud.

No bien le he leído, he formado muy diferente concepto. Usted es Ud.:

con gran fondo de originalidad, y de originalidad muy extraña. Si el

libro, impreso en Valparaíso, en este año de 1888, no estuviese en muy

buen castellano, lo mismo pudiera ser de un autor francés, que de un

italiano, que de un turco ó de un griego. El libro está impregnado de

espíritu cosmopolita. Hasta el nombre y apellido del autor, verdaderos ó

contrahechos y fingidos, hacen que el cosmopolitismo resalte más. Rubén

es judaico, y persa es Darío: de suerte que, por los nombres, no parece

sino que Ud. quiere ser ó es de todos los países, castas y tribus.

El libro _Azul....._ no es en realidad un libro; es un folleto de 132

páginas; pero tan lleno de cosas y escrito por estilo tan conciso, que

da no poco en qué pensar y tiene bastante que leer. Desde luego se

conoce que el autor es muy joven: que no puede tener más de veinticinco

años, pero que los ha aprovechado maravillosamente. Ha aprendido

muchísimo, y en todo lo que sabe y expresa muestra singular talento

artístico ó poético.

Sabe con amor la antigua literatura griega; sabe de todo lo moderno

europeo. Se entrevé, aunque no hace gala de ello, que tiene el concepto

cabal del mundo visible y del espíritu humano, tal como este concepto ha

venido á formarse por el conjunto de observaciones, experiencias,

hipótesis y teorías más recientes. Y se entrevé también que todo esto ha

penetrado en la mente del autor, no diré exclusivamente, pero sí

principalmente, á través de libros franceses. Es más: en los perfiles,

en los refinamientos, en las exquisiteces del pensar y del sentir del

autor, hay tanto de francés, que yo forjé una historia á mi antojo para

explicármelo. Supuse que el autor, nacido en Nicaragua, había ido á

París á estudiar para médico ó para ingeniero, ó para otra profesión;

que en París había vivido seis ó siete años, con artistas, literatos,

sabios y mujeres alegres de por allá; y que mucho de lo que sabe lo

había aprendido de viva voz, y empíricamente, con el trato y roce de

aquellas personas. Imposible me parecía que de tal manera se hubiese

impregnado el autor del espíritu parisiense novísimo, sin haber vivido

en París durante años.

Extraordinaria ha sido mi sorpresa cuando he sabido que Ud., según me

aseguran sujetos bien informados, no ha salido de Nicaragua sino para ir

á Chile, en donde reside desde hace dos años á lo más. ¿Cómo, sin el

influjo del medio ambiente, ha podido Ud. asimilarse todos los elementos

del espíritu francés, si bien conservando española la forma que auna y

organiza estos elementos, convirtiéndolos en sustancia propia?

Yo no creo que se ha dado jamás caso parecido con ningún español

peninsular. Todos tenemos un fondo de españolismo que nadie nos arranca

ni á veinticinco tirones. En el famoso abate Marchena, con haber

residido tanto tiempo en Francia, se ve el español: en Cienfuegos es

postizo el sentimentalismo empalagoso á lo Rousseau, y el español está

por bajo. Burgos y Reinoso son afrancesados y no franceses. La cultura

de Francia, buena y mala, no pasa nunca de la superficie. No es más que

un barniz transparente, detrás del cual se descubre la condición

española.

Ninguno de los hombres de letras de esta Península, que he conocido yo,

con más espíritu cosmopolita, y que más largo tiempo han residido en

Francia, y que han hablado mejor el francés y otras lenguas extranjeras,

me ha parecido nunca tan compenetrado del espíritu de Francia como Ud.

me parece: ni Galiano, ni don Eugenio de Ochoa, ni Miguel de los Santos

Alvarez. En Galiano había como una mezcla de anglicismo y de filosofismo

francés del siglo pasado; pero todo sobrepuesto y no combinado con el

ser de su espíritu, que era castizo. Ochoa era y siguió siendo siempre

archi y ultraespañol, á pesar de sus entusiasmos por las cosas de

Francia. Y en Alvarez, en cuya mente bullen las ideas de nuestro siglo,

y que ha vivido años en París, está arraigado el ser del hombre de

Castilla, y en su prosa recuerda el lector á Cervantes y á Quevedo, y en

sus versos á Garcilaso y á León, aunque, así en versos como en prosa,

emita él siempre ideas más propias de nuestro siglo que de los que

pasaron. Su chiste no es el _esprit_ francés, sino el _humor_ español de

las novelas picarescas y de los autores cómicos de nuestra peculiar

literatura.

Veo, pues, que no hay autor en castellano más francés que Ud. Y lo digo

para afirmar un hecho, sin elogio y sin censura. En todo caso, más bien

lo digo como elogio. Yo no quiero que los autores no tengan carácter

nacional; pero yo no puedo exigir de Ud. que sea nicaragüense, porque

ni hay ni puede haber aún historia literaria, escuela y tradiciones

literarias en Nicaragua. Ni puedo exigir de Ud. que sea literariamente

español, pues ya no lo es políticamente, y está además separado de la

madre patria por el Atlántico, y más lejos, en la república donde ha

nacido, de la influencia española, que en otras repúblicas

hispano-americanas. Estando así disculpado el galicismo de la mente, es

fuerza dar á Ud. alabanzas á manos llenas por lo perfecto y profundo de

ese galicismo; porque el lenguaje persiste español, legítimo y de buena

ley, y porque si no tiene Ud. carácter nacional, posee carácter

individual.

En mi sentir, hay en Ud. una poderosa individualidad de escritor, ya

bien marcada, y que, si Dios da á Ud. la salud que yo le deseo y larga

vida, ha de desenvolverse y señalarse más con el tiempo en obras que

sean gloria de las letras hispano-americanas.

Leídas las 132 páginas de _Azul_....., lo primero que se nota es que

está Ud. saturado de toda la más flamante literatura francesa. Hugo,

Lamartine, Musset, Baudelaire, Leconte de Lisle, Gauthier, Bourget,

Sully Proudhomme, Daudet, Zola, Barbey d’Aurevilly, Catulo Méndes,

Rollinat, Goncourt, Flaubert y todos los demás poetas y novelistas han

sido por Ud. bien estudiados y mejor comprendidos. Y Ud. no imita á

ninguno: ni es Ud. romántico, ni naturalista, ni _neurótico_, ni

decadente, ni simbólico, ni parnasiano. Usted lo ha revuelto todo: lo ha

puesto á cocer en el alambique de su cerebro, y ha sacado de ello una

rara quinta esencia.

Resulta de aquí un autor nicaragüense, que jamás salió de Nicaragua sino

para ir á Chile, y que es autor tan á la moda de París y con tanto

_chic_ y distinción, que se adelanta á la moda y pudiera modificarla é

imponerla.

En el libro hay _Cuentos en prosa_ y seis composiciones en verso. En los

cuentos y en las poesías, todo está cincelado, burilado, hecho para que

dure, con primor y esmero, como pudiera haberlo hecho Flaubert ó el

parnasiano más atildado. Y, sin embargo, no se nota el esfuerzo, ni el

trabajo de la lima, ni la fatiga del rebuscar: todo parece espontáneo y

fácil y escrito al correr de la pluma, sin mengua de la concisión, de la

precisión y de la extremada elegancia. Hasta las rarezas extravagantes y

las salidas de tono, que á mí me chocan, pero que acaso agraden en

general, están hechas adrede. Todo en el librito está meditado y

criticado por el autor, sin que esta su crítica previa ó simultánea de

la creación perjudique al brío apasionado y á la inspiración del que

crea.

Si se me preguntase qué enseña su libro de usted y de qué trata,

respondería yo sin vacilar: no enseña nada, y trata de nada y de todo.

Es obra de artista, obra de pasatiempo, de mera imaginación. ¿Qué enseña

ó de qué trata un dije, un camafeo, un esmalte, una pintura ó una linda

copa esculpida?

Hay, sin embargo, notable diferencia entre toda escultura, pintura, dije

y hasta música, y cualquier objeto de arte cuyo _material_ es la

palabra. El mármol, el bronce y el sonido no diré yo que sutilizando

mucho no puedan significar algo de por sí; pero la palabra, no sólo

puede significar, sino que forzosamente significa ideas, sentimientos,

creencias, doctrinas y todo el pensamiento humano. Nada más factible, á

mi ver (acaso porque yo soy poco agudo), que una bella estatua, un lindo

dije, un cuadro primoroso, sin transcendencia ó sin símbolo; pero ¿cómo

escribir un cuento ó unas coplas sin que deje ver el autor lo que niega,

lo que afirma, lo que piensa y lo que siente? El pensamiento en todas

las artes pasa con la forma desde la mente del artista á la sustancia ó

materia del arte; pero en el arte de la palabra, además del pensamiento

que pone el artista en la forma, la sustancia ó materia del arte es

pensamiento también, y pensamiento del artista. La única materia extraña

al artista es el Diccionario con las reglas gramaticales que siguen las

voces en su combinación; pero como ni palabras ni combinaciones de

palabras pueden darse ni deben darse sin sentido, de aquí que materia y

forma sean en poesía y en prosa creación del escritor ó del poeta: sólo

quedan fuera de él, digámoslo así, los signos hueros, ó sea abstrayendo

lo significado.

De esta suerte se explica cómo, con ser su libro de Ud. de pasatiempo, y

sin propósito de enseñar nada, en él se ven patentes las tendencias y

los pensamientos del autor sobre las cuestiones más transcendentales. Y

justo es que confesemos que los dichos pensamientos no son ni muy

edificantes ni muy consoladores.

La ciencia de experiencia y de observación ha clasificado cuanto hay, y

ha hecho de ello hábil inventario. La crítica histórica, la lingüística

y el estudio de las capas que forman la corteza del globo han

descubierto bastante de los pasados hechos humanos que antes se

ignoraban; de los astros que brillan en la extensión del éter se sabe

muchísimo; el mundo de lo imperceptiblemente pequeño se nos ha revelado

merced al microscopio: hemos averiguado cuántos ojos tiene tal insecto y

cuántas patitas tiene tal otro: sabemos ya de qué elementos se componen

los tejidos orgánicos, la sangre de los animales y el jugo de las

plantas: nos hemos aprovechado de agentes que antes se sustraían al

poder humano, como la electricidad; y gracias á la estadística, llevamos

minuciosa cuenta de cuanto se engendra y de cuanto se devora; y si ya no

se sabe, es de esperar que pronto se sepa, la cifra exacta de los

panecillos, del vino y de la carne que se come y se bebe la humanidad de

diario.

No es menester acudir á sabios profundos: cualquiera sabio adocenado y

medianejo de nuestra edad conoce hoy, clasifica y ordena los fenómenos

que hieren los sentidos corporales, auxiliados estos sentidos por

instrumentos poderosos que aumentan su capacidad de percepción. Además

se han descubierto, á fuerza de paciencia y de agudeza, y por virtud de

la dialéctica y de las matemáticas, gran número de leyes que dichos

fenómenos siguen.

Natural es que el linaje humano se haya ensoberbecido con tamaños

descubrimientos é invenciones; pero, no sólo en torno y fuera de la

esfera de lo conocido y circunscribiéndola, sino también llenándola, en

lo esencial y sustancial, queda un infinito inexplorado, una densa é

impenetrable oscuridad, que parece más tenebrosa por la misma

contraposición de la luz con que ha bañado la ciencia la pequeña suma de

cosas que conoce. Antes, ya las religiones con sus dogmas, que aceptaba

la fe, ya la especulación metafísica con la gigante máquina de sus

brillantes sistemas, encubrían esa inmensidad incognoscible, ó la

explicaban y la daban á conocer á su modo. Hoy priva el empeño de que no

haya ni metafísica ni religión. El abismo de lo incognoscible queda así

descubierto y abierto, y nos atrae y nos da vértigo, y nos comunica el

impulso, á veces irresistible, de arrojarnos en él.

Cartas americanas. Primera serie · 第 12 / 16 段