Imposible parece que, en medio de las faenas de una fábrica de cerveza,

donde Rufino, auxiliado por su hermano Angel, creó los bienes de fortuna

que no tenía, le sobrasen tiempo y medios para leer, conocer á fondo y

poder citar todo libro escrito en castellano desde la formación del

lenguaje hasta ahora. Así será su obra alto monumento literario, honra

de Colombia, de él y de la raza á que pertenece. Al mismo tiempo da

Rufino Cuervo noble ejemplo de vivir, cuando, hijo del que fué

presidente de la república, no se avergüenza de emplearse en bajos y

mecánicos menesteres para ganarse la vida, y, ya ganada, la consagra por

completo á competir con Littré, si no á vencerle, haciendo un

_Diccionario de autoridades_, con tal copia de ejemplos, que pasma y

aturde, y donde está la historia de cada palabra y de todas sus

acepciones, desde el siglo XII hasta el XIX.

Hablo aquí de Cuervo para consagrarle este testimonio de mi admiración,

y para que sea como muestra y garantía de que en su tierra se sabe la

lengua castellana, lo cual importa mucho en la alabanza de sus poetas.

El crítico circunspecto, digan lo que digan los entusiastas y sublimes,

tiene que ir con pies de plomo en eso de conceder ó de negar patentes de

_genio_ y en disponer de la inmortalidad gloriosa para otorgarla ó

rehusarla, según su antojo; pero bien puede afirmar, y yo lo afirmo del

_Parnaso Colombiano_, que es un dechado de buen decir, y fehaciente

documento de la civilización del pueblo donde tales poetas hay, y del

arte, magisterio y esmerado tino con que manejan el habla, instrumento

de la poesía.

Prestan además carácter á la poesía colombiana en general dos

condiciones, ó mejor diré circunstancias, que influyen mucho en que sea

buena y original. Es una el espectáculo de la magnífica naturaleza que

rodea al poeta y le inspira, y es otra la sencillez patriarcal de

costumbres, que transciende y da clara y dichosa muestra de sí en el

estilo, á pesar de ciertos refinamientos de cultura intelectual, y á

pesar de autores, grandes sí, pero enrevesados, ampulosos y gongorinos

á su manera, que á veces se toman por modelo, como Víctor Hugo por

ejemplo.

Para citar algo que ponga de manifiesto lo que digo, tengo que ir muy á

la ventura y no respondo de que lo que yo cite sea siempre de lo mejor.

Los poetas citados tienen además que permanecer para nosotros medio

desconocidos. Por unos cuantos versos no es posible apreciar á los que

han escrito mucho.

Hay; v. gr., un doctor Manuel María Madiedo que ha escrito tanto como el

Tostado. Ha escrito tragedias, dramas, sainetes, novelas y obras por

cuyos títulos, que es lo único que yo conozco, se calcula que han de ser

de filosofía, de religión y de política, como _La ciencia social_,

_Crítica general_, _Derecho de gentes_, _Nuestro siglo_ XIX, _El cáncer

de los siglos_, _La razón del hombre juzgada por sí misma_ y _La divina

profundidad de la filosofía del Evangelio_.

El Sr. Madiedo ha escrito muchísimo en los periódicos; es de los que más

han hecho por la instrucción pública de su país: ha sido rector y

catedrático en varios colegios. En su misma casa ha puesto cátedra y ha

dado lecciones gratis. Es jurisconsulto, etc., etc. Y, sin embargo, no

hay en el _Parnaso Colombiano_ más que una sola composición del doctor

Madiedo, tal vez de su mocedad, tal vez de las más descuidadas. Es,

pues, evidente que yo no intento dar á conocer el mérito del doctor

Madiedo por un trozo de la susodicha composición. Cito sólo el trozo

para muestra del candor natural y sin aliño con que sin duda hace

versos en Colombia todo hombre de ingenio y de ciencia, fijando sus

fugitivas impresiones por medio de la palabra rítmica y procurando

transmitir y perpetuar la idea y el sentimiento que ha despertado en su

espíritu la naturaleza circunstante.

Los versos del doctor son al río Magdalena, al que, entre otras mil

cosas que justifican no poco las que yo sospechaba que fuesen

ponderaciones de mi amigo el Sr. Cané, dice lo siguiente:

No nadan rosas en tus aguas turbias,

Sino los brazos de la ceiba anciana,

Que desgarró con hórrido estampido

Tremendo rayo de feroz borrasca.

Yo veo serpientes que tus aguas surcan,

Cuyos matices á la vista encantan,

Y oigo el ronquido del hambriento tigre

Rodar sobre tu margen solitaria;

Mientras salvaje el grito de los bogas,

Que entre blasfemias sus trabajos cantan,

Vuela á perderse en tus sagradas selvas,

Que aun no conocen la presencia humana.

¡Oh! ¡qué serían sátiros y faunos,

Bailando al son de femeniles flautas,

Sobre la arena que al caimán da vida

En tus ardientes y desiertas playas!

¡Ah! ¡qué serían cerca de los bogas

Que, rebatiendo las callosas palmas,

En el silencio de solemne noche

En derredor de las hogueras danzan!

Debe entenderse que estos _bogas_ son los indios briosos y sufridos,

aunque groseros y algo feroces, que se emplean en todas las faenas de la

navegación y tráfico por el gran río. Los sátiros y los faunos, el

doctor tiene razón, quedan chiquititos al lado de estos _bogas_, que

encienden las hogueras para ahuyentar á las bestias feroces, y que el

doctor ha visto

Dando á los aires la robusta espalda

Sobre la arena que marcado habían

De las tortugas la penosa marcha,

Y del caimán la formidable cola,

Y de los tigres la temible garra.

Yo los he visto en derredor del fuego

Danzar al eco de sonora gaita,

Mientras silbaba el huracán del Norte

Sobre tus olas con sañuda rabia.

El cuadro es completo en su sencillez y se ve que está tomado del

natural. Allí impera el hombre primitivo, libre, fuerte, luchando con

una naturaleza terriblemente poderosa, bella y rebelde.

En vano busca en tu desierta margen

El hombre, que cual leve sombra pasa,

Palacios y ciudades de una hora

Que derrumban del tiempo las pisadas.

Pero, en cambio, ¡cuánta poesía, cuánta libertad y cuánta hermosura,

apacible á veces,

Cuando, en un cielo plácido y sin mancha,

Mira la luna en tus remansos bellos

Su faz rotunda de bruñido nácar!

Entonces, al contemplar el poeta el Magdalena,

En sus riberas vírgenes admira

La creación saliendo de la nada,

y piensa que

El hombre libre, que sus redes seca

En tu sublime margen solitaria,

Como en Edén nuestros primeros padres,

Sólo de Dios adora la palabra.

* * * * *

Cedros y flores ornan tu ribera

Y aves sin fin que con tus ondas hablan,

En sus variados armoniosos cantos

De tus desiertos la grandeza ensalzan.

Si la pompa y la grandeza de estos desiertos han sido ensalzadas por los

poetas colombianos, natural es que lo haya sido más la útil y cómoda

beldad de la llanura elevada donde Bogotá se encuentra, y que, por

parecerse á Granada, con su Sierra Nevada y con su vega, valió á

aquellas regiones el nombre de Nueva Granada.

El prodigioso salto del Tequendama debió ser y ha sido también asunto

adecuado y frecuente de la poesía, compitiendo con el Niágara. Ya los

indios habían poetizado el Tequendama en su mitología. Nemterequeteba es

uno de los nombres del ser sobrenatural, que, como Manco Capac con

relación á los peruanos, trajo la civilización á los chibchas,

apareciendo entre ellos, estableciendo religión y vida política, y

enseñándoles á tejer, á labrar la tierra y á fundir y esculpir el oro,

aunque no el hierro, que desconocían.

El río Funca ó Bogotá se desbordó y cubrió la llanura toda. Los hombres,

para no morir ahogados, tuvieron que encaramarse y refugiarse en lo alto

de las montañas. Y entonces fué cuando Nemterequeteba, hiriendo con su

báculo una firmísima roca, abrió paso al agua, que se precipitó por allí

con estruendo y como en un abismo. Tal origen tuvo el salto del

Tequendama, en la imaginación de los chibchas. Los modernos colombianos

le celebran y describen en hermosos versos.

Uno de los cantores del Tequendama es D. José Joaquín Ortiz, de quien

tengo que decir lo mismo que de Madiedo, y que de casi todos. Es autor

de multitud de obras que no hemos visto por aquí; de novelas, de

comedias, de _Lecciones de literatura castellana_, de muchas _Poesías_ y

de un libro titulado _Testimonio de la historia y de la filosofía acerca

de la divinidad de Jesucristo_.

Sus versos al Tequendama son buenos, pero no los citaré para citar otros

que me parecen mucho mejores. Y no creo que el Sr. Ortiz se enoje ó se

aflija de esta preferencia, como dicen que una vez se enojó y afligió

mucho Píndaro de que, en los Juegos Olímpicos, Corina le venciese. En

tiempo de Píndaro no se usaba la galantería que ahora se usa, y que

tanto resplandece en otros versos del Sr. Ortiz, donde lindamente

encomia á sus paisanas. Yo, por otra parte, ya que no cite los versos

del Sr. Ortiz á la catarata, he de citar algo de estos otros de que

hablé, no sólo por el encomio de las damas colombianas y porque en ellos

se alude también al gigantesco salto, sino porque, escritos para una

fiesta nacional, y llenos del más ardiente afecto á Colombia,

manifiestan profundo amor filial á la antigua metrópoli, amor que nos

enorgullece, que procuramos pagar, y que muestran y sienten los

hispano-americanos, á pesar de los errores y torpezas en que han

incurrido con frecuencia nuestros gobiernos en sus relaciones con

aquellas repúblicas.

El Sr. Ortiz quiere cantar á su patria, duda de su estro y dice:

¡Oh! ¡no! para cantarte dignamente

Poderosa no fuera

Del viejo Homero la robusta trompa,

Ni de Marón la lira lisonjera.

¿Y yo he de alzar loándote mi acento,

De tu gran día en la solemne pompa?

¿Qué es la humilde retama

Junto al baobab, patriarca de la selva,

Que su gigante mole saca al cielo?

¿Qué el menguado arroyuelo

Que corre sin rüido,

En la callada soledad perdido.

En medio de los Andes,

Con nuestro poderoso Tequendama,

Que, al arrojarse en el abismo, brama

Atronando el desierto en voces grandes?

Toda esta composición está llena de apasionado lírico arrebato. El

poeta, ya anciano, es uno de los últimos testigos de la gloriosa guerra

de la independencia, y lamenta las discordias civiles del día, mientras

que las hazañas de Bolívar y de los demás libertadores dan á su ánimo

afligido

Consuelo celestial con su memoria.

Bolívar es para él tan grande como Colón. Si éste descubre la América,

el otro la liberta. Si Colón,

... el inmortal piloto,

Ve salir lentamente de la espuma,

Como alza el cáliz el fragante loto,

La americana tierra,

y si Colón puede entonces exclamar, ebrio de gozo,

¡Gloria al Señor! ¡He descubierto un mundo!

Bolívar también

Al través de los campos de la muerte,

Llega por fin, de donde el mar recibe

Al Orinoco en amoroso abrazo,

A la cima en que eleva al firmamento

Su frente de granito el Chimborazo,

Y derrama la vista abajo, y mira

Cual salidas del báratro profundo

Cinco grandes naciones,

Y clamar puede al fin, ebrio de gozo,

¡Gloria al Señor! ¡He libertado un mundo!

Pero este mismo anciano poeta, que vió al libertador y que tanto le

ensalza, ama á España y nos asegura que no cesó de pensar en ella y de

desear la reconciliación.

En esos años de la ausencia fiera,

El recuerdo de España

Seguíamos doquiera.

Todo nos es común: su Dios, el nuestro;

La sangre que circula por sus venas

Y el hermoso lenguaje;

Sus artes, nuestras artes; la armonía

De sus cantos, la nuestra; sus reveses,

Nuestros también, y nuestras

Las glorias de Bailén y de Pavía.

Hasta las mujeres de su país traían al poeta, en su mocedad, el recuerdo

y el amor de España:

En el porte elegante,

En el puro perfil de su semblante,

En su mirada ardiente y en el dejo

Meloso de la voz, eran retrato

De sus nobles abuelas;

Copia feliz de gracia soberana,

En que agradablemente se veía

El decoro y nobleza castellana

Y el donaire y la sal de Andalucía.

Quien, á la edad de setenta años, echa aún tan bonitos requiebros á sus

paisanas, estoy seguro, repito, de que no ha de afligirse de que se dé á

una de ellas la preferencia en lo de cantar el Tequendama. Y no es esto

decir que el Sr. Ortiz no sienta y exprese bien la naturaleza, sino que,

ante la catarata, fué menos feliz que una poetisa. Ortiz, en su

composición _A una golondrina_, prueba que vale mucho en este género. No

me atrevo á decidir si es coincidencia ó imitación; pero, en el corte,

en el tono, en la serena melancolía de sus versos _A una golondrina_, se

recuerda á Leopardi, salvo siempre que la fe, que no abandona á Ortiz,

quita á sus versos la amarga desesperación que la incredulidad de

Leopardi prestaba siempre á cuanto escribía. Hay además en Ortiz no poco

de _quintanesco_ y clásico, al ver siempre al hombre y al pensar más en

su destino, en su progreso, en su libertad, en su infelicidad ó en su

dicha, que en todas las magnificencias de la tierra y de los cielos.

Todo esto es para él como el fondo que pinta ligeramente el artista en

un cuadro donde campea la figura humana.

En cambio, la ilustre poetisa antioqueña Agripina Montes siente y

refleja con gran viveza y vigor la hermosura y sublimidad de los seres

inanimados ó inferiores al hombre.

El sentimiento de la naturaleza es en su alma todo lo profundo que

puede ser en un alma católica y española; porque la idiosincrasia de

nuestra raza pone la propia individualidad por cima de todo, y jamás

hubo teósofo español que la disolviese en la inmensidad del Universo, ni

místico, y eso que los hemos tenido maravillosos, que la sepultase en el

abismo interior del centro del espíritu.

Yo no aclamo, me limito á repetir el grito de admiración con que, en su

patria, saludan á doña Agripina, aclamándola _Musa del Tequendama_.

Añadiré además que, por las noticias que me da el colector Añez, D.ª

Agripina es una señora guapa, joven aún, que se casó, en muy temprana

edad, con D. Miguel del Valle, de quien tuvo numerosa prole, y de quien,

en 1886, quedó viuda. Vive consagrada á sus hijos, á par que da

lecciones en establecimientos de educación y en casas particulares. En

1887 ha sido nombrada directora de la Escuela normal de Santamarta. El

Sr. Añez la celebra por no menos hábil y activa en labores caseras que

con la pluma.

Para muestra de esta última y superior habilidad quisiera yo poner aquí

toda la oda al Salto; pero no me atrevo á llenar mucho las columnas de

_El Imparcial_, y me limitaré á trasladar á ellas algunos fragmentos.

Aun así, lo dejaré para otro día, porque va ya siendo demasiado extensa

esta carta.

* * * * *

_3 de Septiembre de 1888._

IV

Muy estimado señor mío: Yo hago muchos distingos y no afirmo ni niego

por completo sino rarísimas veces. Por esto me acusan de escéptico.

Pero, en fin, yo soy así, y no lo puedo remediar. La famosa sentencia

_ut pictura poesis_, que en Alemania y en Inglaterra ha sido fundamento

de sendas escuelas de poesía, me parece falsa como no se limite mucho.

Hay, debe haber poesía descriptiva, como hay pintura de paisaje; pero la

poesía describe de un modo reflejo lo que la pintura pinta de un modo

más directo. La poesía vence á la pintura, cuando la poesía describe, no

el objeto que se ve, sino la impresión, el sentimiento y la idea que el

objeto que se ve produce en lo profundo del alma. En cambio, para

conocer bien el objeto, tal como es, ó al menos tal como aparece, la

pintura y hasta la fotografía valen más que la poesía más fiel y más

pintoresca.

La palabra fría de la prosa, fórmulas aritméticas áridas, nomenclaturas

técnicas, dan más cumplido concepto de lo que es cualquier objeto ó

fenómeno del mundo exterior que los versos más elocuentes y sublimes.

Heredia, poeta de Cuba; Pérez Bonalde, poeta de Venezuela, han compuesto

versos hermosísimos al Niágara. Mas para formar idea del Niágara dice

más el que dice: el río se precipita desde una altura de más de 50

metros; contando con la isla de la Cabra, que está en medio, y divide la

catarata, la anchura del río, en el lugar en que se precipita, vendrá á

ser de 1.300 metros; y el volumen de agua que cae, cada hora, es de

noventa mil millones de pies cúbicos ingleses, según los cálculos de

Lyell.

No hay oda, ni himno, que haga concebir mejor la grandeza del Niágara.

De donde yo infiero que la poesía realista ó naturalista vale poco, y

que el verdadero valor de la poesía está, no en lo real, sino en lo

ideal, en la pasión en el sentimiento que produce el objeto en el

espíritu de quien le contempla: en lo sobrenatural y en lo infinito,

cuyo volumen Lyell no calcula: en Dios ó en el diablo que al poeta se le

aparece, ó que surge evocado por él del seno agitado y estrepitoso de

aquellos noventa mil millones de pies cúbicos por hora, que, desde hace

tantos siglos, sin que disminuyan, se van derrumbando á un lado y á otro

de la isla de la Cabra.

Siempre he leído con gusto el precioso libro de Víctor de Laprade sobre

_El sentimiento de la naturaleza_; y no porque me ha convencido, sino

porque ha corroborado, con todo su saber y su discreción, lo mismo que

yo pensaba y sentía. La poesía tiene por objeto al hombre, con todo lo

que hay en su espíritu. Su pensamiento, su acción es siempre el asunto.

Donde no hay acción humana, la poesía descriptiva se diría que está de

sobra; acuden á la memoria los versos de Lope:

En este valle y líquida laguna,

Si he de decir verdad como hombre honrado,

Jamás me sucedió cosa ninguna.

Así es que Homero, guiado por su instinto divino é infalible, no

describe, y si describe, la descripción se vuelve acción. No se para

Homero á describir las armas de Aquiles, sino que nos lleva á la fragua,

y vemos á Vulcano con el martillo y las tenazas; y vemos el oro y el

bronce que se derriten, y los fuelles que soplan, y el fuego que arde; y

vemos trabajar al dios, y salir de entre sus manos ágiles, y de su

maravillosa mente de artista, la fuerte coraza, el penachudo morrión y

el estupendo escudo, en cuyas cinco zonas el dios va esculpiendo á

nuestra vista, llena de grato asombro, cuanto hay de más hermoso en el

cielo y en la tierra.

Con el Tequendama ocurre lo mismo que con el Niágara. Cualquiera

descripción en prosa, la de Humboldt, la del matemático Caldas, la del

barón de Japurá, dan más cumplida idea que los mejores versos. La masa

de agua que se precipita es muy inferior, pero cae de un lugar cerca de

cuatro veces más alto. El agua además choca primero contra un banco de

piedra, y allí revienta; hierve y se lanza de nuevo en plumas

divergentes hacia el abismo. En el fondo es más terrible el choque y no

puede mirarse sin horror. Las plumas de agua, las puntas de lanzas, que

tal parecen, se despeñan con increíble rapidez y se suceden unas á

otras. Al llegar al fondo, cuando no antes, en virtud de su vertiginoso

descenso, se desmenuza el agua y se pulveriza, y asciende luego en

forma de nubes, que el sol dora y adorna con el iris. Se diría que el

Bogotá, acostumbrado á correr por las regiones elevadas de los Andes,

baja á pesar suyo á aquella profundidad y quiere otra vez elevarse

orgulloso en difusos vapores. Estos vapores asegura Humboldt que se ven

desde la ciudad de Bogotá á cinco leguas de distancia.

Después de esto, ¿qué podrá añadir la poetisa; qué ponderación realzará

en sus versos la pintura de la catarata? La impresión propia, el vuelo

de su espíritu, su humano pensamiento y su elevada fantasía, que entrevé

á Dios en el horrendo arco que forma el agua.

Después prosigue la poetisa:

¿Qué buscas en lo ignoto?

¿Cómo, adónde, por quién vas empujado?

Envuelto en los profusos torbellinos

De la hervidora tromba de tu espuma,

E irisado en fantástico espejismo

Con frenesí de ciego terremoto,

Entre tu aérea clámide de bruma,

Te lanzas despeñado,

Gigante volador, sobre el abismo.

Se irgue á tu paso murallón inmoble

Cual vigilante esfinge del Leteo;

Mas de tu ritmo bárbaro al redoble

Vacila con medroso bamboleo.

Y en tanto al pie del pavoroso salto,

Que desgarra sus senos al basalto,

Con tórrida opulencia

En el sonriente y pintoresco valle

Abren las palmas florecida calle.

* * * * *

La indiana piña de la ardiente vega,

Adorada del sol, de ámbar y de oro,

Sus amarillos búcaros despliega.

Sus ánforas de jugo nectarino

Te ofrece hospitalaria

La guanábana en traje campesino,

A la par que su rica vainillera

El tamarindo tropical desgrana,

Y la silvestre higuera

Reviste al alba su lujosa grana.

Bate del aura al caprichoso giro

Sus granadillas de oro mejicano

Con su plumaje de ópalo y zafiro

La pasionaria en el palmar del llano;

Y el cámbulo deshoja reverente

Sus cálices de fuego en tu corriente.

Miro á lo alto. En la sien de la montaña

Su penacho imperial gozosa baña

La noble águila fiera;

Y espejándose en tu arco de topacio,

Que adereza la luz de cien colores,

Se eleva majestuosa en el espacio

Llevándose un jirón de tus vapores.

Y las mil ignoradas resonancias

Del antro y la floresta,

Y místicas estancias

Do urden alados silfos blanda orquesta,

Como final tributo de reposo

¡Oh émulo del destino!

Ofrece á tu suicidio de coloso

La tierra engalanada en tu camino.

Todo esto es bello; pero en el fondo del cuadro, la figura principal es

la misma poetisa. El Tequendama es el pedestal ingente sobre el cual se

pone su espíritu

A retocar sus desteñidos sueños.

El desaliento que se apodera del espíritu en presencia de tan grande

escena, hace concebir mejor su magnificencia que la descripción más

atinada y exacta.

Manzoni, cantando á Napoleón, que al fin era un hombre como él, y por la

elevación del pensamiento mucho menor que él, puede decir, sin que nos

ofenda la jactancia, que va á entonar un cántico que _forse non morrà_.

Simónides, reviviendo en los versos de Leopardi, puede pedir para sus

versos la misma inmortalidad que da la gloria á los trescientos héroes

que los versos celebran; pero ante el espectáculo solemne de aquella

fuerza ciega, fatal y sin término, el ánimo se apoca. Es además una

mujer la que canta, y yo veo algo de amable y de muy delicado en la

timidez y desconfianza con que la poetisa predice, engañada por su

modestia, que su canto va á morir; que

Así como se pierden á lo lejos,

Blancos al alba y al morir bermejos,

En nívea blonda de la errante nube,

O en chal de la colina,

Los velos primorosos

De tu sutil neblina,

Va en tus ondas mi cántico arrollado

Bajo tu insigne mole confundido,

E, inermes ante el hado,

Canto y cantor sepultará el olvido.

No es de recelar que tal suceda, porque los versos son hermosos y

muestran el arte de la poetisa, su viva imaginación y el buen gusto para

la dicción poética. Tal vez el _bamboleo_ con que, alucinada ella por un

momento, cree que se estremecen y vacilan las inmobles rocas al rudo

golpe del agua, parezca á alguien palabra sobrado vulgar; pero es

gráfica y está realzada por el epíteto _medroso_.

La pintura de la vegetación tropical, que se extiende al pie del Salto,

no es inferior á la de D. Andrés Bello, que la poetisa recordó é imitó,

y aun se puede afirmar que hace más impresión que la de Bello, porque no

habla en general de las plantas y flores de la zona tórrida, sino que

describe lo que está viendo allí mismo.

No es Agripina Montes la única poetisa de nota que el _Parnaso

Colombiano_ nos da á conocer. Hay otras que llaman mucho la atención y

se ganan el aprecio y las simpatías de los lectores.

Yo me figuro que en Colombia no deben de ocurrir las varias causas que

en España, y sobre todo en Madrid, influyen para que las mujeres no

escriban versos. Nuestros padres y abuelos, hartos de los discreteos,

latines y tiquis-miquis de las damas de Calderón, condenaron el saber en

las mujeres, denigraron á las mujeres sabias con los apodos de licurgas

y marisabidillas, y pusieron el ideal femenino en la más crasa

ignorancia. Mas tarde, y ya bien entrado este siglo de las luces, volvió

la mujer á querer saber y á saber; pero en muchas partes, y sobre todo

en Madrid, en las clases elegantes y abastadas, la educación de la mujer

fué exótica: en colegios, ingleses ó franceses, con ayas inglesas ó

alemanas. De aquí que el castellano fuese en boca de muchas damas la

lengua del vulgo, sólo aristocratizada por la pronunciación gangosa de

las erres. Si la dama salía aficionada á leer, leía á Musset ó á

Lamartine ó á los poetas británicos, y lo español le parecía tonto y

cursi, aunque no lo dijese ella. Cuando la dama no salía muy aficionada

á leer, como esta vida de Madrid, la _high life_, es un torbellino de

fiestas, toros, bailes y paseos, no había para qué leer ni siquiera por

pasatiempo. Al teatro se iba á oir música, y de la dama _comm’il faut_,

si por acaso se allanaba á ir á la comedia, se podía decir lo que ya

Iriarte decía de las _currutacas_ de su tiempo:

Aplauden cuando más al tramoyista;

Oyen tal cual chulada del sainete,

Y sirve lo demás de sonsonete,

Mientras que están haciendo una conquista.

De aquí que, con relación á la gracia, chiste, despejo y portentosa

facundia de la mujer española, hayan sido muy pocas las que han escrito

y han ganado alta fama escribiendo. Y estas pocas han venido casi

siempre á este centro, desde el fondo de alguna apartada ciudad de

provincia. Así la Avellaneda, de Cuba; Carolina Coronado, de una villa

de Extremadura; María Mendoza y Josefa Barrientos, de Málaga; y de la

Coruña, doña Emilia Pardo Bazán.

Cartas americanas. Primera serie · 第 9 / 16 段