Con mis cartas á D. Jesús Ceballos Dosamantes me ha pasado algo más

gracioso aún, si no fuese tan lamentable. Para muchos, yo soy el

inventor de D. Jesús Ceballos Dosamantes y de su _Perfeccionismo

absoluto_, imaginado adrede por mí para decir algunas burlas, como si

mil sistemas filosóficos europeos no se prestasen á más burlas, si está

uno de humor para hacerlas; pero en cambio el público re-sabio nada

halla nuevo ni peregrino en D. Jesús Ceballos Dosamantes, ni en su

impugnador ó expositor tampoco: todo lo han leído y releído, y casi se

lo tienen ya olvidado, por saberlo tan bien desde que tomaban papilla.

Así, escribir para mí es como navegar entre dos escollos; pero yo he de

escribir sin remedio. No puedo curarme de mi afición á escribir. Lo que

procuro inculcar siempre en el ánimo de mis lectores es que no pretendo

enseñar, sino entretener un rato, si puedo, y además divulgar algunos

conocimientos que los sabios están ya hartos y aun tifos de saber, pero

que varias personas cándidas y de buena fe ignoran y no desdeñan que

lleguen á su noticia.

En estas cartas, pues, nada trato yo de enseñar á los sabios; pero me

daré por pagado de que á Ud. contenten y de que esas varias y pocas

personas cándidas sepan por ellas que hay del otro lado del Atlántico,

en el corazón de la América meridional, sobre esa elevada meseta ó nava

de los Andes, cierta agrupación de españoles emancipados, nación nueva,

hija de la nuestra, donde nuestro idioma se cultiva y se habla y se

escribe con primor, elegancia y pureza, y donde brillan nuestras artes y

antigua cultura, transfiguradas y modificadas por otro cielo, por la

distancia y por diversas condiciones sociales.

Con tan buen propósito seguiré escribiendo estas cartas, sin arredrarme

ni desanimarme, si bien procurando que no sean muy largas, ni muchas.

Y aquí termino la primera, asegurando á usted que soy su agradecido

amigo.

* * * * *

_20 de Agosto de 1888._

II

Muy estimado señor mío: En mi sentir, y ya lo he dicho no pocas veces,

sin que crea yo que mi aserto pueda ofender al colombiano más celoso de

su nacional autonomía, la literatura de su país de Ud. es parte de la

literatura española, y seguirá siéndolo, mientras Colombia sea lo que es

y no otra cosa. No quita esto que se dé diferencia dentro del género,

que en la unidad quepa la variedad con holgura; que sobre la condición

general de españolismo se note en toda obra del ingenio de Colombia un

sello especial y característico; y menos impide que, con el andar del

tiempo, pueda llegar lo que Colombia intelectualmente produzca á igualar

y aun á superar en mérito y en abundancia la producción literaria de

esta Península.

Entendidas las cosas así, es doble falta por parte de España el

desconocimiento general (y no niego que hay excepciones y personas que

saben aquí cuanto de ahí hay que saber) del movimiento intelectual de

esa República. Ustedes nos leen, nos conocen, nos estudian, pero en

España se sabe poquísimo de los autores colombianos. A remediar esto ha

venido la creación de la Academia colombiana de la lengua,

correspondiente de nuestra Real Academia Española. Así la fraternidad se

restablece, y así revive la comunicación entre España y su antigua

colonia, hoy emancipada. De esperar es que este elevado comercio,

digámoslo así, se extienda y divulgue algo más, para honra y provecho de

los que escribimos, y que un libro de historia, una novela ó un poema de

un ingenio de Colombia halle su público en Madrid, sea objeto de nuestra

crítica, llame aquí la atención é interese, y se venda en nuestras

librerías, con relación á su mérito, como cualquiera obra de un escritor

peninsular.

Mi deseo es que todo libro colombiano, de algún valer, deje de ser una

curiosidad bibliográfica en España, y naturalmente que también los

libros españoles lleguen á tener en Colombia más público del que tienen

hoy.

Aun distamos mucho de que se logre esta harto modesta aspiración. Y casi

me atrevo á asegurar que en toda nuestra Península é islas adyacentes no

hay, ni en poder de los libreros, ni en manos de aficionados á versos,

más ejemplares del _Parnaso Colombiano_ que los que Ud. y el Sr. Añez

hayan enviado de presente, entre los cuales está el mío.

Al dar yo cuenta aquí del _Parnaso Colombiano_ me parece, pues, que doy

cuenta de una rareza literaria.

Toda literatura tiene sus precedentes, y la de ustedes, que puede

decirse que empieza con esta centuria, los tiene nobilísimos desde que

nació la Colonia.

Ya anuncia y augura la vocación literaria de esa nación que el

descubridor, conquistador y fundador D. Gonzalo Jiménez de Quesada fuese

letrado á par que guerrero, que tomase _ora la espada, ora la pluma_, y

que dejase escritos un _Compendio historial_, y lo que peor parece que

se aviene con su carácter y condición de batallador y aventurero, una

obra devota: _Colección de sermones con destino á ser predicados en las

festividades de Nuestra Señora_.

También fué aventurero y soldado el ilustre Juan de Castellanos, que

igualmente fué por ahí desde España.

Después de larga vida militar, llena de azares y aventuras, se hizo

sacerdote, y retirado en Tunja, empleó los ocios de su sana y robusta

vejez en escribir todo cuanto sabía, ó por lectura, ó de oídas, ó por

haberlo presenciado, y aun representado en ello su papel, «de la

variedad y muchedumbre de cosas acontecidas en las islas y costas del

mar del Norte de estas Indias Occidentales, donde, añade él en su

dedicatoria á Felipe II, he gastado yo lo más y mejor del discurso de mi

vida,» etc.

No diremos que Juan de Castellanos sea un Virgilio, ni llegue siquiera

en pasaje alguno á la alta é inspirada entonación de Ercilla; pero son

asombrosos y simpáticos su facilidad, el candor de su estilo, la frase

natural y castiza, y á veces la gracia y el primor con que lo va

refiriendo todo en octavas reales ó de versos endecasílabos. Su obra es

inmensa, pues no sólo compuso las _Elegías de varones ilustres de

Indias_, que llenan un tomo de 565 páginas de la compacta edición de

_Autores Españoles_ de Rivadeneira, y contienen muy cerca de noventa mil

versos, sino también una _Historia del Nuevo Reino de Granada_, que

andaba inédita y como perdida, y que há poco publicó por vez primera D.

Mariano Catalina en su _Colección de Escritores castellanos_. Todo esto

lo hacía el historiador-poeta sin esperar remuneración alguna, sino la

de su beneficio, y, como dice con cándida sencillez, «para no comer el

pan de balde».

Y no se imagine que la lectura de las obras de Juan de Castellanos sea

fatigosa é inútil. Contienen las obras un precioso tesoro de noticias, y

no rara vez caen muy en gracia la inocente malicia, el desenfado y la

soltura con que refieren algunas cosas cómicas ó les ponen comentarios.

Así, al hablar de cierta fuente milagrosa que devolvía doncellez y vigor

á mujeres y á hombres, pondera Castellanos la multitud de gente que iría

en peregrinación allí, si el hecho fuera indudable, para recobrar _sus

antiguas gallardías_, y añade:

Cierto, no se tomaran pena tanta

Por ir á visitar la Tierra Santa.

Parece, á la verdad, un cuento de Lafontaine aquel episodio del

portugués, enamorado de la india, que no gustaba de él y quería

abandonarle. El portugués, para gala y como principio de civilización y

de púdico decoro, había revestido á la india de una camisa. Era de

noche: la india estaba al lado de su amigo, y para alejarse pretextó

cierto indispensable negocio. Como la india era ladina, pensó en que la

camisa blanqueaba en la obscuridad, y quitándosela á escape, se quedó

con el traje que fué de su crianza. Así se escapó de entre las manos

del portugués, el cual, contemplando siempre la camisa, que había dejado

ella tendida en unas matas, creía que allí estaba la señora de sus

pensamientos. Impaciente ya de que tardase tanto, el portugués decía:

_Ven ya á os brazos do galan que te deseia._

Viendo no responder, tomó consejo

De levantarse con ardiente brío,

Diciendo: _¿Cuidas tú que non te vejo?_

_¡Vejot muyto ben pelo atavio...!_

Echóle mano, mas halló el pellejo

De la querida carne ya vacío:

Tornóse, pues, con sólo la camisa,

Y más lleno de lloro que de risa.

A más de Juan de Castellanos habla Ud. en su _Estudio preliminar_ de

otros muchos escritores que hubo ahí durante el período colonial,

descollando entre los poetas Hernando Domínguez Camargo, autor de un

poema sobre San Ignacio de Loyola; D. Francisco Alvarez de Velasco y una

inspirada y mística monja llamada la Madre Castillo.

Por lo demás, la historia literaria de ahí sigue un curso paralelo al de

la nuestra: idéntico culteranismo ó gongorismo en el siglo XVII;

idéntica decadencia prosaica hasta mediado el siglo XVIII, y hacia fin

del siglo XVIII y en el primer tercio del siglo XIX, cierto renacimiento

y gusto más puro y elevado, aunque debido al menoscabo de la

originalidad castiza y á la imitación, si no de las composiciones, de

los preceptos del pseudo-clasicismo francés.

El romanticismo penetró ahí, como en España, por medio de la literatura

francesa. Y justo es confesar que si durante el imperio pseudo-clásico

seguimos los preceptos franceses, y nuestra poesía estuvo impregnada,

así como la política, de la ligera filosofía sensualista, liberalesca y

filantrópica ó humanitaria de Francia, la poesía era, en la forma, menos

imitadora que lo fué después de la francesa. El pseudo-clasicismo

francés no había tenido un Víctor Hugo que darnos por modelo. De aquí

que nuestros poetas peninsulares anteriores al romanticismo, aunque

estén inspirados por Rousseau ó por Voltaire ó por otros autores de

Francia, son castizos en la forma; y si á alguien imitan, es á los

clásicos griegos y latinos, á los italianos y á nuestros mismos clásicos

del siglo XVI. Lo propio puede decirse de los poetas hispano-americanos

del citado período. Con el romanticismo perdimos, sobre todo en América,

en la castiza originalidad de la forma. Y digo _sobre todo en América_,

porque ahí, como en tierra de menos recuerdos y que mira más al

porvenir, prevaleció el romanticismo de las ideas modernas sobre el

romanticismo retrospectivo é histórico, que nos dió en España al duque

de Rivas y á Zorrilla, y que prestó á Arolas, á Hartzenbusch, á García

Gutiérrez y á muchos otros un fondo y un color castizos y populares, los

cuales vinieron á extenderse hasta por las obras de los poetas más

cosmopolitas, como Espronceda.

Pero pasó de moda el romanticismo, como el pseudo-clasicismo había

pasado, y tanto en España cuanto en Colombia, realizada esta revolución

literaria, indispensable y bienhechora, se sintieron sus saludables

efectos, y apareció una filosofía del arte, y por lo tanto una crítica,

más comprensiva y transcendente.

En este punto, y guiado Ud. por esta más alta crítica, habla y juzga á

los autores, todos sus contemporáneos y compatricios, que el _Parnaso

Colombiano_ encierra.

En el fondo de sus ideas, como en el fondo de las nuestras, ¿quién

negará que hay mucho elemento filosófico y científico, importado de

Francia, de Inglaterra y de Alemania? Vamos detrás de estas naciones, y

el abatimiento y la modestia nos inducen á creer que vamos aún más

rezagados. Pero el sentimiento y la forma, y el medio ambiente y los

recuerdos históricos salvan y dan realce á la propia originalidad, y

producen una poesía que no carece de ser y de índole peculiares.

Aunque Uds., como nosotros, se dejan influir por poetas extranjeros,

siendo los que más han influído últimamente, tanto ahí cuanto aquí,

Byron, Víctor Hugo y Enrique Heine, yo noto con mucho gusto que, contra

esta corriente de extranjerismo, luchan en Colombia, no sin éxito, la

buena tradición española y el ejemplo y el modelo que ofrecen poetas

peninsulares del día, conocidos todos en América, y tal vez más

queridos, encomiados y estudiados que en España.

Nuestros poetas, de los que veo más huella y sabor en los novísimos

colombianos, son Bécquer, Campoamor y Núñez de Arce.

Los que Ud. más celebra y los que antes han tenido ahí más influjo son

Quintana, el duque de Rivas, Espronceda, García Gutiérrez, Tassara y

Bermúdez de Castro. Y al que Ud. pone por las nubes, como

contradiciéndonos, pero no á mí, que sigo casi su opinión, es á

Zorrilla, á quien Ud. llama _la primera figura poética de España en este

siglo_.

Con lo dicho se empieza á formar idea de la fisonomía general del

_Parnaso Colombiano_. Hay que añadir ahora otros rasgos singulares. A

pesar de la extraordinaria facilidad con que en Colombia se versifica, y

aunque es Colombia una república democrática, su poesía es

aristocrática, culta y atildada. Se ve que es producto de algo como una

casta superior, dominadora aún, no por las leyes que á todos hacen

iguales, sino por la inteligencia, el saber y la cultura, que importó en

el país, sobre otra casta inferior, que no se ha extinguido ni ha

desaparecido casi, como en las que fueron colonias inglesas, sino que

vive en cierta subordinación patriarcal y suave.

Las ideas, los sentimientos, el habla, la religión, las costumbres y

tradiciones importados de España por los que vinieron á fundar la

colonia, persisten, pues, y son tenidos en gran veneración. Son como los

dioses penates, que no ahuyentaron ni la revolución, ni la guerra de la

independencia contra la metrópoli, ni las ulteriores guerras civiles.

De aquí que el hombre quizá más eminente en Colombia por el pensamiento,

en el vigor de su edad aún (nació en 1843), sea un ultraconservador, un

tradicionalista, lo que llamábamos pocos años há en España un

neocatólico; pero un neocatólico, un _retrógrado_, que, como dice el

liberal Sr. Cané, «ha leído cuanto es posible leer en treinta años de

vida intelectual. Su alta inteligencia ha entrado á fondo en la

literatura moderna, y pocos como él podrían hablar con tal autoridad de

lo que en materia de ciencias y letras se ha hecho en el mundo en los

últimos cien años.»

Este hombre, además, es un sabio filólogo y humanista, muy versado en

los autores clásicos; griegos y latinos, como lo demuestra su hermosa

traducción de Virgilio.

Ya se entiende que hablo de Miguel Antonio Caro, hijo de José Eusebio,

poeta ilustre también, y de cuyas poesías ha hecho linda edición,

agotada ya, el Sr. D. Mariano Catalina, en su _Colección de Escritores

castellanos_.

Miguel Antonio ha escrito mucho en prosa, así de ciencias morales y

políticas como de filología. En pocos escritos modernos resplandece más

que en los de este autor lo que podemos llamar el españolismo.

Por ello le censuran no pocos americanos, pero no hemos de ser los

españoles los que también le censuremos. Además que los mismos

americanos más liberales empiezan ya á calificar de injusta y de cansada

y de falsa tanta y tanta declamación contra los descubridores y

conquistadores de América. Sus culpas, si por herencia se transmiten,

más pesan sobre los americanos, si no son indios, que sobre nosotros, ya

que nuestros padres, salvo el caso de algunas familias históricas, como

Colón, Pizarro, Cortés y Orellana, se quedaron por acá, y no cometieron

las atrocidades feroces que á los conquistadores se atribuyen.

Y aun dando por evidentes todas esas atrocidades, ¿es de presumir que á

fines del siglo XV y principios del siglo XVI hubieran sido más humanos,

más benignos y más generosos los ingleses ó los alemanes, por ejemplo,

si les hubiera tocado hacer nuestro papel, descubrir ese continente, y

el mar del Sur, y los Andes, y echar por tierra los imperios del Perú y

de Méjico? ¿Habría en Colombia tanto indio vivo si en vez del literato y

autor de sermones D. Gonzalo Jiménez de Quesada, y de los frailes, entre

los cuales hubo más Las Casas que Valverde, hubiera ido por ahí un

aventurero tudesco con buen golpe de _lasquenetes_?

Estas y otras consideraciones por el estilo, que se le ocurren á

cualquiera, valen para disculpa, suponiendo que necesite disculpa el

_retrogradismo_ ó _tradicionalismo_ de D. Miguel Antonio Caro, y prueban

que no se puede acusar á este señor de que defiende hasta la

Inquisición, y de que su prurito de santificar lo pasado es

irreconciliable con la clara luz de su elevado entendimiento.

Este entendimiento elevado brilla en todas las obras de D. Miguel

Antonio, le ha hecho célebre y muy estimado en toda América, y aun entre

nosotros, é ilumina singularmente sus poesías, de las que en el _Parnaso

Colombiano_ hay hermosísimas muestras. No sin motivo califica Ud. al

autor de gran poeta, y considera sus mejores versos _La vuelta á la

patria_. En lo que no estoy conforme con Ud. es en que no hay nada por

el estilo de esta composición en la poesía castellana y en colocarla en

el género de poesía inglesa. Ferviente admirador soy yo también de la

poesía inglesa, y la creo, por lo general, más concisa que la nuestra y

muy hondamente sentida. Para lo de la concisión hasta hay razones

materiales. En inglés bien se puede afirmar que la mitad ó menos de

sílabas que en castellano basta á expresar las mismas cosas.

Y, sin embargo, yo nada veo de exótico en _La vuelta á la patria_ del

Sr. Caro. No es menester dejar de ser español para ser sencillo, sentido

y profundo. No eran ingleses, ni habían leído poesía inglesa, fray Luis

de León y Jorge Manrique. Dejando, no obstante, esta discusión á un

lado, convengo en que es preciosa _La vuelta á la patria_. Aquella dulce

y mística melancolía, aquella vaguedad esfumada con que percibimos como

verdadera patria la que está más allá de la muerte, y aquella pintura,

tan natural y verdadera, de la patria terrenal, de la casa de nuestros

padres, del valle tranquilo en que pasó nuestra niñez; y aquella mengua

y abatimiento del corazón enfermo, que vuelve á su antigua soledad, que

la desea y que ya no la halla, porque ya no existe sino en su mente como

ideal divino: todo, en suma, en esta composición, en que hay más

sentidos y más ideas que palabras, la hacen en mi opinión perfecto

dechado de poesía de sentimiento en cualquier idioma. No se puede citar

un solo verso sin citarlos todos. Nada huelga en la composición. Todo

está primorosamente enlazado y forma el más armonioso conjunto.

Tampoco estoy conforme con Ud. en calificar de germánica _La flecha de

oro_. Aquello es original, es nuevo; pero ¿por qué no ha de haber nada

español que tenga algo de original y de nuevo, que no esté vaciado en

los antiguos moldes, y que no por eso sea germánico ó inglés? El asunto

de _La flecha de oro_, el _cuento_, es tan poco germánico, que está

tomado del principio de un _cuento_ de _Las mil y una noches_. Lo

inventado por Caro es el valor simbólico y transcendente, que adquiere

en su breve poesía la antigua leyenda india, persa ó arábiga. El

príncipe, en los versos de Caro, no vuelve á encontrar la flecha, como

la encuentra en el cuento de _Las mil y una noches_. No hubo hada

Parabanú, que, enamorada de él, la extraviase para atraerle. La _flecha_

del antiguo cuento nada significa: la _flecha_ del poemita de Caro tiene

alta significación. Y la sobriedad artística con que esta significación

queda indeterminada, hace aún más poéticos los versos, abriendo la

puerta á la fantasía del lector, para que se lance volando por todos los

libres, infinitos espacios de las filosofías y de las religiones, en

busca de la perdida flecha, sin envidiar al hermano que, por apuntar más

bajo, tocó en el blanco y heredó el reino terrenal de su padre.

De aquí que toda alma soñadora y entusiasta pueda creerse el héroe ó la

heroína de los versos, y decir:

Yo busco una flecha de oro

Que, niño, de una hada adquirí,

Y «Guarda el sagrado tesoro»,

Me dijo; «tu suerte está ahí.»

Mi padre fué un príncipe: quiere

Un día nombrar sucesor,

Y á aquel de dos hijos prefiere

Que al blanco tirare mejor.

A liza fraterna en el llano

Salimos con brío y con fe:

La punta que arroja mi hermano

Clavada en el blanco se ve.

En tanto mi loca saeta,

Lanzada con ciega ambición,

Por cima pasó de la meta

Cruzando la etérea región.

En vano en el bosque vecino,

En vano la busco doquier:

Tomó misterioso camino

Que nunca he logrado saber.

El cielo me ha visto horizontes

Salvando con ávido afan,

Y mísero á valles y á montes

Pidiendo mi infiel talismán.

Y escucho una voz ¡_Adelante_!

Que me hace incansable marchar:

Repítela el viento zumbante:

Me sigue en la tierra y el mar.

Yo busco la flecha de oro

Que, niño, de una hada adquirí,

Y «Guarda el sagrado tesoro»,

Me dijo; «tu suerte está ahí.»

No he sabido resistir á la tentación de poner aquí _La flecha de oro_,

aunque me acuse Ud. de impertinente y de copiarle lo que de memoria

sabe.

Yo soy tardío, pero cierto. Hace cerca de un año que debo contestación á

la carta de Ud.; pero ahora voy á pagar con usura, escribiéndole una

serie de ellas, pues no se requieren menos para dar alguna idea de lo

que es el _Parnaso Colombiano_.

* * * * *

_27 de Agosto de 1888._

III

Muy estimado señor mío: Entre las varias dificultades con que tropiezo

al emitir mi juicio sobre el _Parnaso Colombiano_, cuenta por mucho (¿y

por qué no confesarlo?) mi corto saber de los hombres y las cosas de ese

país. En una recopilación de versos escogidos de varios sujetos, que son

además personajes políticos, y que han escrito en prosa, en periódicos,

y que han compuesto novelas, y libros de derecho, de filosofía, de

filología y de historia, que no conozco, es menester que yo adivine

mucho, y toda adivinación está sujeta á graves errores.

La mayoría de los poetas, de quienes el señor Añez pone tres ó cuatro

composiciones en su _Parnaso_, han escrito tomos enteros. ¿Quién me

asegura que lo que inserta el Sr. Añez sea lo mejor y lo más

característico? ¿Y cómo, por las breves noticias biográficas que

preceden á las composiciones de cada autor, y por lo que él dice en

ellas, averiguar con plena certidumbre sus doctrinas y creencias y tasar

su valer en lo justo?

Por todo esto, y porque no me es dable extenderme demasiado, mi crítica

tiene que ser incompleta: no será crítica; me limitaré á participar á

usted mis impresiones en general, sin detenerme á decir algo en

particular sobre tanto poeta.

He empezado por Miguel Antonio Caro, porque es el más conocido entre

nosotros. Es fundador de la Academia Colombiana, correspondiente de la

Española; director de la Biblioteca Nacional en su país, y ahí y en

todas partes muy notable polígrafo y erudito, lo cual no impide que sea

también elegante, inspirado y entusiasta poeta. Las dos composiciones

suyas, que ya hemos citado, lo demuestran bien, y no lo desmienten otras

cuatro que inserta de él el _Parnaso_: una _A la estatua de Bolívar_,

obra admirable de Teneranni, que está en la Plaza Mayor de Bogotá, y

otra de ellas _A la gloria_, donde yo admiro y envidio el fervor amoroso

del poeta que la canta y la desea, exento de aquella mala vergüenza con

que por Europa tratamos de encubrir ese entusiasmo, si por acaso le

sentimos. Todos los que componen versos le sienten aún, pero con más

tibieza, y no todos se atreven á decir, ni dicen tan bien á la gloria:

A cantar me obligaste con levantado aliento,

Y en premio me ofreciste tu divinal favor.

Hoy á buscarme vuelves. Yo conozco tu acento

Y sé de tus miradas el mágico fulgor.

* * * * *

¡Oh! ¡cumple tus promesas: alza mi nombre al cielo:

Lleva los cantos míos al último confín,

Y dales, incansable en tu radioso vuelo,

La heroica resonancia de tu inmortal clarín!

En casi todos los poetas de que hay obras en el _Parnaso Colombiano_

debo decir, en honor de la verdad, que se advierte un sabor castizo, una

corrección y una elegancia sencilla, que, no en todos, sino sólo en

nuestros mejores y más cultos peninsulares se nota. Claro se ve que en

Colombia es cultivado con amor y con atinado ahinco nuestro patrio

idioma; que en Colombia ha nacido Rufino Cuervo. Todas las locuciones

vulgares, todas las adulteraciones que pueblo tan remoto de España ha

introducido en el lenguaje español, quedan tan estudiadas y corregidas

en las _Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano_ de Cuervo, que

no hay rastro de ello en la buena poesía.

De este respeto general al idioma aun da Cuervo otra prueba más

brillante, viniendo á constituirse, como Ud. dice, desde un rincón de

los Andes, en maestro excelente y superior del habla de Castilla. Su

_Diccionario de construcción y régimen_ es un portento de erudición, de

buen gusto, de tenacidad y de paciencia.

Cartas americanas. Primera serie · 第 8 / 16 段