valentía superior á la valentía de la Monja-Alférez ó á la de la propia
Pentesilea. Cada _dandy_, si por acaso la encuentra, será contra ella un
Aquiles, más para matarla, que para llorar su hermosura después de
haberla muerto. Quiero decir, dejando mitologías á un lado, que en la
literata suelen ver los solteros algo de anormal y de vitando, de
desordenado y de incorrecto, por donde crecen las dificultades para una
buena boda, etc., etc. De aquí que, si una jovencita sale aficionada á
literatear ó á versificar, ella misma lo oculta como un defecto ó
impedimento dirimente, cuando no es la propia familia la que procura
ocultarlo. Sólo la más ardiente y firme vocación y un extraordinario
mérito pueden sobreponerse á tanto cúmulo de inconvenientes.
Una pícara sentencia de Horacio, cuya falsedad é injusticia, perdóneme
Horacio, ofenden al recto juicio, viene á hacer más penosa la situación
de toda poetisa: la medianía en versos no la sufren ni los postes. De
modo que sufrimos la medianía en la cocinera (y ojalá que la mía fuese
siquiera mediana), en la planchadora, en la que borda, en la que dibuja,
en la que canta, y sólo para versos es menester que los haga una mujer
mejor que Safo, ó que no los haga. Yo declaro esto absurdo. Yo declaro
que sufro mejor, no ya un mediano soneto, sino una oda mala, que una
camisa mal planchada, que un caldo mal hecho, que un aria mal cantada, ó
que una melodía de Chopin chapuceramente tocada en el piano ó en el
arpa. Si por temor de hacer mal una cosa no se ha de hacer, la misma
razón hay para que una mujer no haga versos, que para que no cante, ó
baile, ó toque el piano. En verso se pueden decir tonterías: esto es
verdad; pero ¿acaso hablando en prosa no pueden también decirse
tonterías? ¿Y hemos de anudar ó cortar la lengua de las mujeres para que
no las digan? No niego yo que una tontería, dicha en verso, adquiere
cierta consistencia, compromete más, es más solemne, resonante y
repercutiente, que en prosa; pero, en cambio, debemos convenir en que,
por facilidad que se tenga para hacer versos, y por malos y flojos que
los versos sean, no se improvisan tanto, ni salen, ni manan con tanta
fluidez y copiosa vena como las tonterías en prosa desatada.
Otro argumento tengo yo en favor de los versos. Reflexiónese bien y no
se me rechace por sutil: es muy fundado. Todos, hombres y mujeres,
tenemos cierta dosis ó capital de tonterías, que gastamos ó difundimos
durante nuestra vida mortal. Ellas han de brotar de nosotros como la
flor de la planta. ¿No es mejor, pues, que se digan que no que se hagan?
Y al decirlas, ¿no es mejor decirlas con rima y con metro? No niego que
así subirá más alto, pero también será más delgada la tontería, como
cuando en el caño de la fuente que se desborda ponemos un apretado y más
angosto canuto, por donde sube más el surtidor, pero sale también menos
líquido.
Es indudable que, en la mujer, el hacer versos presenta otra dificultad
más grave; pero yo la allano ó salto por cima. La poesía, la lírica
sobre todo, siendo sincera como debe ser para ser buena, es
_autobiografía_ del corazón y de la mente: es exhibir el alma al público
en su desnudez; y esto parece que lastima algo el pudor y la modestia.
¿Cómo enterar á todo el género humano de tus afectos y pasiones? Pues
peor es todavía que le engañes y que supongas lo que no eres. Entonces
harás una mala acción, y harás además, de seguro, muy malos versos. La
mentira del sentimiento es adversa á toda estética.
No hay más remedio que decir la verdad. ¿Y por qué ha de ser tan costoso
é incómodo decirla? ¿A qué, en este punto, el misterio y el recato?
Seamos positivistas, como mi amigo Juan Enrique Lagarrigue, en cuya
_Religión de la Humanidad_ es el Mandamiento III ó IV, no lo recuerdo
bien, _vivre au grand jour_.
No crea Ud. que es impertinente esta digresión. La traigo aquí para
hablar de la sinceridad, de la noble franqueza, de la verdadera poesía
íntima y honda que noto y admiro en algunos versos de sus paisanas de
Ud., y por cima de todos, en los de Mercedes Flórez. Dicen y afirman
cuantos la conocen que es hermosísima mujer; pero á mí, aunque fuese
fea, me sería simpática, por la limpia hermosura de su alma y por su
candidez generosa. Sus versos sí que son versos íntimos, sentidos y
_vividos_. La palabra _casera_, que aplicada á la poesía fué hasta hoy
despreciativa, tiene, por causa de la poesía de Mercedes Flórez, que
adquirir un valor encomiástico.
Los versos caseros y la vida casera de Mercedes Flórez se confunden y
son un idilio de verdad. El mismo año que ella, el año de 1859, nació su
novio Leonidas. Ella y él se amaron mucho. Como eran pobres ambos, los
padres se oponían á la boda; pero ellos prescindieron de todo y se
casaron.
Leonidas Flórez es también poeta, y compuso entonces unos lindos y
graciosos versos, que se titulan _Regalos de boda_, y que empiezan:
Nos hemos de casar, pese al demonio.
Ya han agotado todos sus consejos
Nuestros padres contra este matrimonio.
Así son las chocheces de los viejos.
Como toda la oposición se fundaba en la pobreza del novio, éste prueba
que es riquísimo, haciendo brillante enumeración de los espléndidos
regalos que trae á Mercedes.
Nada falta allí: estrellas, perlas, diamantes, palacios y jardines que
brotan del tesoro inagotable de su fantasía. Y no contento con probar
que él es rico, prueba el novio además que es riquísima ella:
Tú también eres rica y generosa;
Tu regalo es el colmo de mi anhelo:
Me entregas tu belleza, eres mi esposa:
Vale eso más que regalarme un cielo.
Él matrimonio ha sido y es dichosísimo, á pesar de esta única riqueza,
que no se cotiza en la Bolsa. Y una de sus dichas ha sido la de inspirar
las sencillas y tiernas poesías de Mercedes, humilde Victoria Colonna
americana.
Después de llamar esclavitud al matrimonio, exclama ella:
Mas ¡oh bendita esclavitud que adoro,
En que se reina al par que se obedece!
Cadenas tiene, mas cadenas de oro.....
¡Déjame en mi entusiasmo que las bese!
Mercedes sólo tiene un pesar: tiene celos de la gloria y de la ambición
de su marido.
La adoras, sí; lo leo en tu mirada;
En tus noches de insomnio lo confiesas,
Y quizá mientras duermo confiada,
Tú en tus sueños la abrazas y la besas.
Entonces procura ella demostrar la vanidad de la gloria, ó bien se queja
diciendo:
Ama á la gloria, pues. Vé hasta la altura;
Sube como el condor hasta los cielos,
En tanto que yo ahorro mi amargura
Amándote y muriéndome de celos.
En otra ocasión se afana ella por disuadirle de que sea ambicioso, y le
dice:
No busques oro y seda y pedrería,
Ni rico hogar ni deslumbrante coche;
Te bastarán tus libros en el día,
Te bastarán mis cuentos en la noche.
Pero donde Mercedes Flórez es divina y despierta envidia de su marido en
todo corazón de hombre, es en unos versos que compuso en Diciembre de
1883, cuando ella tenía veinticuatro años y veinticuatro años él, y
cuando acababa su marido de salir de una enfermedad que le tuvo á la
muerte. Los versos se titulan _En la agonía_, y la refieren como si
estuviera pasando: son admirables de verdad y de afecto; son la poesía
natural del corazón que trae lágrimas á los ojos:
¡No, no! ¡Tú me amas mucho para dejarme sola!
¡No, no! ¡Yo te amo mucho para dejarte ir!
Llévame en ese viaje pesado de ultratumba,
O quédate conmigo: aun somos harto jóvenes
Para poner, amándonos, á nuestra vida fin.
Estréchame en tus brazos, amado mío, bésame;
Mis labios, nueva vida te volverán y ardor.
Lucha contra la muerte: véncela en el combate:
No me abandones, mi ídolo, que hoy te amo más que nunca.....
Conmuévante mis lágrimas..... ¡no lances ese adiós!
* * * * *
Aquí hay laureles muchos aún para tus sienes:
Yo con mis propias manos las tengo de adornar.
Amante de tu gloria, yo quiero que no trunques
Tu espléndida carrera, y de tu vida á lo último
El genio te dé aureolas haciéndote inmortal.
¡Dios mío! Mira tu obra: la flor abre sus pétalos;
El águila ya altiva levanta el vuelo audaz;
¿Y tú permitir puedes que el cierzo la marchite,
Y que cobarde flecha alcance el nido íntimo
Y rompa las entrañas del águila real?
¡Dios mío, tu justicia es grande cual tú mismo,
Y mi esperanza toda de hoy más cifraré en ti!
¡No arranques de mi cielo este lucero fúlgido
Que no hace falta al tuyo! Escucha..... En su delirio
Dice que me ama tanto..... ¡que no quiere morir!
Dispense Ud. y dispense el público, á quien confío estas cartas, á Ud.
dirigidas, que sea yo largo en ésta. Ya abreviaré en adelante.
* * * * *
_17 de Septiembre de 1888._
V
Mi distinguido amigo: Por más que me amonesto y me excito á ser breve,
tengo aún tanto que decir, que, sobreponiéndome al temor de cansar,
acabaré por decirlo. La floreciente literatura _castellana_, ó en
castellano, de esa república, me complace tanto como si yo soñase que á
una persona querida, á quien antes del sueño le hubiesen cortado ó
tratasen de cortarle los brazos, le brotasen alas de repente.
Diré á Ud., para que se entere de esta mi visión alegórica, que en gran
parte de España, por un lado en Cataluña y por otro en Galicia, ha
entrado la manía á no pocos valerosos y fecundos ingenios de privar de
sus frutos al habla de Castilla y de escribir sus mejores obras en prosa
ó en verso, en catalán ó en gallego. Á mí, que soy muy patriota, en
literatura como en todo, me aflige esto bastante; pero me consuela que
ustedes, desde tan lejos, nos den como rica compensación lo que dentro
de la Península nos quitan nuestros compatriotas.
Tengo además otras razones para extenderme, aunque peque de prolijo.
Los sabios está claro que lo saben todo, y yo no descubro ningún
palimpsesto para hablar de ustedes; pero al fin no faltan personas poco
sabias, entre las cuales nada se sabe de Uds., y yo puedo contarles
cosas casi tan interesantes y amenas como el crimen de la calle de
Fuencarral.
Me remuerde la conciencia de haber elogiado sólo á Mercedes Flórez y á
Agripina Montes y de no mentar siquiera á otras poetisas. En muchas de
ellas noto el mismo candor, la misma sencillez y no menor pasión
delicada que la que tan simpática me hace á la hermosa Mercedes.
Así, por ejemplo, Bertilda Samper, hija del doctor del mismo nombre y
de doña Soledad Acosta, ilustres escritores ambos. Esta poetisa se
complace en la solitaria vida del campo, donde se deleita su alma en la
contemplación de la naturaleza y en el devoto y ferviente amor de Dios.
Sus versos tienen singular dulzura religiosa. _La parábola del
sembrador_ es muy bella, y en las _Cartas de una campesina_ hay trozos
que no son inferiores.
Citaré, por último, á otra notable poetisa y escritora colombiana,
aunque no lo es por nacimiento, sino por adopción. Hablo de la dama
irlandesa María Juana Christie, que casó con don Juan E. Serrano, á la
cual he tenido el gusto y la honra de tratar en Nueva York, y á la cual
Núñez de Arce y yo debemos estar y estamos muy agradecidos. La señora de
Serrano ha traducido al inglés, con singular maestría, venciendo á otros
traductores y satisfaciendo el gusto difícil de los críticos de la casa
de Appleton, mi novela _Pepita Jiménez_: ha traducido y publicado
también mi diálogo _Gopa_, y ha puesto en hermosos versos ingleses, con
general aplauso, no pocos de los que contienen los _Gritos del combate_.
Esta señora, sobre su llaneza de buen tono y natural modestia, está
dotada de muy agudo ingenio y de elevado entendimiento, cuyo cultivo ha
sido esmeradísimo. Habla el castellano tan bien como el inglés, y posee
además el alemán, el italiano y las lenguas clásicas griega y latina.
De obras originales no sé que haya publicado más la señora de Serrano
que un tomito de versos titulado _Destiny and other poems_, en Nueva
York, en 1883; pero este tomito, hasta donde yo soy capaz de comprender
el mérito de la poesía inglesa, me parece que no se perderá en el
inmenso cúmulo de dicha poesía, y que algo de lo que el tomito encierra
figurará como muestra, adorno y gala en las futuras Antologías
británicas.
La señora de Serrano, á quien estiman y quieren mucho en la sociedad más
distinguida de Nueva York y de Washington; que es hermosa, y que tiene
una hija ya casadera, en quien ve renovarse su hermosura, no debiera
estar muy melancólica, ni tener _blue devils_; pero los males de su
patria, Irlanda, el ejemplo de Byron y de Shelley, y la filosofía
pesimista alemana, hoy tan en moda, influyen poderosamente en ella, en
lo teórico al menos, ó sea cuando toma la lira y canta. De ordinario, no
me parece la señora de Serrano ni desesperada ni siquiera cejijunta,
sino llena de afabilidad y de agrado.
Sea como sea, no sé si lamentar su sombría tristeza, meramente
especulativa, como la supongo, y que produce tan magníficos versos.
Algunos, traducidos al español por D. Rafael Pombo, vienen insertos en
el _Parnaso Colombiano_; pero no bastan estos versos, y sería menester
estudiar con atención todo el tomo, en inglés, para penetrar bien en el
vacilante espíritu de la poetisa y determinar hasta qué extremo llega su
pesimismo, y cómo ella le contradice y vence por virtud de ciertas vagas
creencias en palingenesias en otros astros, donde la felicidad no es
tan difícil, ya que no imposible, como en este en que vivimos ahora.
Necesitaría yo hacer especial estudio del extenso poema _Destiny_ para
aquilatar bien el mérito y la originalidad de la señora de Serrano, y
hasta qué punto se deja influir por la celebrada y eminente poetisa
Isabel Browning, su compatriota. En las obrillas cortas de la señora de
Serrano se nota la impresión del momento. En algunas, como en
_Despondency_, _Días de otoño é Invocación á la muerte_, hay la más
negra y completa desesperación; en otras brillan esperanzas vagas
ultramundanas, y en otras, por último, hay yo no sé qué enigmático
remedio de todos los males, que la poetisa posee y disfruta, aun en esta
vida mortal, pero que no sabe, ó no debe, ó no quiere descubrir en qué
consiste. Así es que habla de su panacea como proponiendo un acertijo y
ofreciendo premio al que le declare. Yo, aunque mal y torpemente, he
traducido, ó mejor diré, he adaptado al español este acertijo, _riddle_.
Allá va: adivínele quien pueda.
Es mi tesoro una joya
Que en áureo cerco no brilla:
Me la dió Naturaleza
En su forma primitiva.
Mas quien de joyas entiende,
Si llega á mirar la mía,
Su inmenso valor pondera
Y palidece de envidia.
En clara noche de estío,
Del mundo en la edad florida,
Cuando la tierra con lágrimas
Regado el hombre no había,
Pues deslumbraba sus ojos
La luz de fáciles dichas,
Cayó mi joya del cielo
Sin que su luz fuese vista.
Vino más tarde el dolor,
Que sueños calman y alivian,
Y quien alivio buscaba
Mi joya en sueños veía.
Danzas entonces tejiendo
En una selva, á la tibia
Claridad de las estrellas,
Y en el césped escondida,
Encontró un hada mi joya
Y la puso en su varita.
Protectora se hizo el hada
De mucha inocente niña,
Y trocó en sedas y encajes
Los harapos que vestía,
Y se la llevó en volandas
A dar, en fiestas magníficas,
A los príncipes amor
Y á las princesas envidia.
Luego empeoró nuestra raza,
Y las hadas afligidas
Huyeron sin que se sepa
A qué región ni á qué clima.
Antes de huir sepultaron
La joya en profunda sima,
Porque no la profanase
Ninguna mirada indigna.
Sobre esta piedra preciosa
Harto los sabios cavilan,
Y filosofal la llaman
Y estudian por descubrirla.
Mas, como nunca penetran
Bastante en la esencia íntima
De naturaleza, en balde
Ver la joya solicitan.
Así permaneció siempre
Blanco oculto á toda mira,
Hasta que en una mañana
De primavera, yo misma
Con mis lisonjas la atraje
Por mis conjuros cautiva.
En mi seno, desde entonces,
La joya está, do mitiga
Toda pena, y donde todo
Vano deseo amortigua:
Que hay en su centro brillante
Misteriosa hechicería
Y recuerdos de aquel sitio
Que abandonó en su caída.
Al contemplarla mi alma,
Mi alma á los cielos aspira,
Sin que en afanes diarios
La joya no valga y sirva,
Pues humildad y pobreza
No la avergüenzan ni humillan:
Y con rosicler de aurora
Baña su luz peregrina
Mejor que el alcázar regio
Las modestas alquerías.
Al sabio que de esta joya
Sepa el nombre, y dé noticias
Y explicación del encanto
Que en su talismán se cifra,
Tendré yo por el más sabio
Mortal que en el mundo viva,
Y también por el más rico,
Y, aunque nada anhele y pida,
A mi muerte ha de ganar
Esta joya por albricias.
Volviendo ahora á los poetas, que por admirar á las poetisas habíamos
abandonado, seré breve por varias razones.
Hay tres ó cuatro poetas en el _Parnaso Colombiano_ de quienes es mejor
limitarse á citar los nombres que decir poco sin haber estudiado todas
sus obras y sin conocer bien su vida.
Así, por ejemplo, Rafael Núñez, actual presidente de la república.
Núñez es autor de un libro titulado _Ensayos de crítica social_ y
también de muchas poesías, que no sé si ha publicado en tomo. Las que
inserta el _Parnaso_ son originalísimas por su fondo filosófico y por su
forma concisa, enérgica y sentenciosa. La primera, que es la más
encomiada y que merece serlo, deja pasmado á quien la lee, sobre todo al
considerar que es el autor un hombre político, presidente de la
república nada menos. Nosotros casi no podemos comprender la franqueza
de Núñez. Entre nosotros no diré yo que un jefe de partido, un eminente
hombre de Estado tenga por fuerza que creer en alguna cosa. Bien puede
no creer en ninguna; pero se guardará de decirlo. Decirlo sería
descarrilar: hacer mal su papel. Tendrá, pues, su _Credo_ ó _Símbolo_,
redactado por artículos; artículos de fe, de cada uno de los cuales no
renegará, aunque le descuarticen. Así serán ó aparecerán todos los
políticos. Este creerá en la soberanía del pueblo y en el sufragio
universal; aquel, en el derecho divino de los reyes y en la constitución
interna; uno será librecambista, proteccionista otro; pero todos se
mostrarán muy firmes en sus creencias y harán de las opiniones _dogmas_,
y de la profana política algo como _religión_ ultrasagrada, y llamarán
_comunión_ ó _iglesia_ á su bandería ó pandilla, y _correligionarios_ á
sus parciales, y pondrán en su _martirologio_ á cualquiera de estos
_correligionarios_, cuyo _suelto_ en los periódicos haya sido
denunciado.
Acostumbrados nosotros á esta severidad dogmática, y dichosos poseedores
de una ciencia ó de una creencia, ¿cómo no maravillarnos de los versos
del Sr. Núñez, que se titulan, con la frase de Montaigne, _Que
sais-je?_, y donde el autor viene á declarar que no cree en nada y que
no sabe nada? El Sr. Núñez no está seguro de
Si es la ciencia dudosa que aquí hallamos
Escala vacilante en que pasamos
De un error á otro error.
Así es que termina exclamando:
¡Oh confusión! ¡Oh caos! ¡Quién pudiera
Del sol de la verdad la lumbre austera
Y pura en este limbo hacer brillar!
De lo cierto y lo incierto, ¡quién un día
Y del bien y del mal conseguiría
Los límites fijar!
Otros varios poetas figuran en el _Parnaso Colombiano_, de quienes no se
debe aquí decir nada. Sería menester escribir un largo artículo sobre
cada uno. Hay que hacerse cargo de que el _Parnaso Colombiano_ es un
muestrario de toda una rica literatura contemporánea.
Tal vez un día, si sigo yo escribiendo estas cartas, hable extensamente
y como ellos merecen, de José María Samper, poeta, novelista,
dramaturgo, filósofo, político y el más fecundo escritor de Colombia; de
Julio Arboleda, lírico famoso y autor de un poema ó leyenda cuyo título
es _Alvaro de Oyón_; de José María Marroquín, sabio filólogo y discreto
poeta, lleno á veces de chiste; de Gregorio Gutiérrez González, gran
pintor de la naturaleza de su tierra, y cuyo poema sobre el cultivo del
maíz acaso compite con la sublime _Destrucción de las florestas_ del
brasileño Araujo Porto-Alegre; de los Caros, padre é hijo, de quienes he
dicho tan poco, y de otros más.
Por lo pronto, aunque no baste esta carta y tenga yo que escribir la
sexta para terminar mi trabajo, he de decir algo todavía de varios
poetas que me parecen muy originales, y de otros, jóvenes los más, que,
sin dejar de ser originales, siguen algo en la forma y en la manera, ya
á Campoamor, ya á Bécquer, que son, á par de Núñez de Arce, los poetas
españoles del día más populares y celebrados hoy en Colombia.
Justo es decir que, entre estos jóvenes poetas, Bécquer es más seguido é
imitado que Campoamor, y que su escuela está también mejor representada.
Verdad es que Bécquer tiene á Heine por auxiliar, y el auxiliar de
Campoamor no acude ó no se ve tan claro.
Como muestras de estos _becqueristas_ citaré de Emilio Antonio Escobar
las siguientes composiciones, que él llama _Rimas_, como llama Bécquer á
las suyas:
Allá en el fondo de la tumba fría,
Del cadáver los átomos inertes
Se transforman, se buscan y palpitan
En las auroras de un eterno génesis.....
Y aquí en mi pecho un corazón vacila
Y el hielo horrible del sepulcro tiene.....
Allá se siente palpitar la vida,
Aquí se siente palpitar la muerte.
Cada vez que tu mano, al despedirme,
Estrecho conmovido entre las mías;
Cada vez que me dices: «Hasta luego»,
Fijando en mí tus húmedas pupilas,
Oigo un eco lejano que repite
Dolorosa y eterna despedida,
Y siento que una lágrima que oculto
Me cae al corazón pesada y fría.
Ya en la iglesia de los cielos
Alguien enciende los cirios,
Y el órgano de los vientos
Suspira ya sus registros;
Largos nubarrones negros
Enlutan el infinito.....
Se va á cantar el entierro
De nuestro amor muerto niño.
En todo esto hay lo más lastimoso de Bécquer y de Heine: olor de
cementerio y cancamurria de gori-gori.
Muy superior me parece otro _becquerista_ de veintitrés años: Joaquín
González Camargo, médico y literato. Sus versos _Viaje de la luz son
becqueristas_; pero, ¿yo no sé?, me siento inclinado á decir que me
gustan más que los mejores de Bécquer y de Heine. Y dicen los versos:
Empieza el sueño á acariciar mis sienes:
Vapor de adormideras en mi estancia;
Los informes recuerdos en la sombra
Cruzan como fantasmas.
Por la angosta rendija de la puerta
Rayo furtivo de la luna avanza,
Ilumina los átomos del aire:
Se detiene en mis armas.
Se cerraron mis ojos, y la mente,
Entre los sueños, á lo ignoto se alza:
Meciéndose en los rayos de la luna,
Da formas á la nada.
Y ve surgir las ondulantes costas,
Las eminencias de celeste Atlántida,
Donde viven los Genios y se anida
Del porvenir el águila.
Allí rima la luz y el canto alumbra,
Aire de eternidad alienta el alma,
Y los poetas del futuro templan
Las cristalinas harpas.
Auroras boreales de los siglos
Allí se encuentran, recogida el ala;
Como una antelia vese el pensamiento
Que gigantesco se alza.
Allí los Prometeos sin cadenas
Y de Jacob la luminosa escala;
Allí la fruta del Edén perdida,
La que el saber entraña.
Y el libro apocalíptico, sin sellos,
Suelta á la luz sus misteriosas páginas,
Y el Tabor del espíritu su cima
De entre la niebla saca.
Y allí el Horeb de donde brota puro
El casto amor que con lo eterno acaba:
Allá está lo ideal, allá boguemos.....
Dad impulso á la barca.
Despertéme azorado..... ¿Y ese mundo?
Para volar á él ¿en dónde hay alas?
Interrogué á las sombras del pasado,
Y las sombras callaban.
Pero el rayo de luna ya subía
Del viejo estante á las polvosas tablas,
Y lamiendo los lomos de los libros,
En sus títulos de oro se miraba.
Y ahora que acabo de copiar los versos del señor Camargo,
comprendiéndolos bien, no vacilo ni dudo. Digo, parodiando al Duque de
Rivas, que, en esta ocasión,
No el padre guardián, el lego
Tuvo la revelación.
El discípulo Camargo se adelanta aquí á sus dos maestros, al español y
al alemán, y hace una linda poesía, sobria de palabras, rica de
pensamientos, llena de imágenes y de galanura.
Y baste por hoy. Prometo que la próxima carta será mi última sobre este
asunto.
* * * * *
_8 de Octubre de 1888._
VI
Mi distinguido amigo: Ya habrá Ud. notado que en la rápida y poco
ordenada reseña que de los poetas de esa república voy haciendo, hay un
espíritu que, por lo mismo que es muy español, propende más á poner de
realce lo original que lo imitado. Sin duda que algo lisonjea el amor
propio nacional percibir en región tan remota la resonancia ó el eco de
Quintana, de Bécquer, de Campoamor y de Núñez de Arce, que son hoy los
poetas de esta Península más populares ahí; pero si todo es uno, según
mi teoría; si Uds. no han proclamado la independencia literaria, ni
nosotros la hemos reconocido tampoco; si no conviene además esta
independencia, y si toda la riqueza nuestra y de Uds. debe seguir _pro
indiviso_, creo yo que nos trae más cuenta que todo sea diverso dentro
de la grande unidad, que no tener _doublettes_ ó ejemplares dobles en
nuestro tesoro común intelectual ó biblioteca castellana.