Los poetas harán también brillante papel en este drama del porvenir.

Andrade no cree, por dicha, como creen y sostienen ahora algunos

pensadores del Ateneo de Madrid, que la poesía, al menos la rimada ó

metrificada, va á morir por inútil. Los poetas serán las aves que

cantarán la venida de esa aurora mental y social, y que secarán con sus

alas la sangre y el sudor de los pensadores, perseguidos ó afanosos, si

ellos se afanan y si alguien los persigue.

Para mí es evidentísimo que hay en todo este poema de Andrade portentoso

brío y gran vuelo de inspiración. Lo que se echa muy de menos, y ¿por

qué no decirlo con franqueza? es el estudio para prepararse á escribirle

y el estudio al escribirle.

No quiero pararme en el desaliño ni en las rarezas del lenguaje. No

gusto de disputar, y alguien hallará bien quizás lo que yo hallo

deplorable; pero quede consignado, sin atreverme á decir que no está

bien, que no me suena el que Cristo sea _planeta_, y que preferiría que

fuese _estrella_ ó _sol_; que la raza _prometeana_ me choca y lastima

los oídos, y que celebraría yo que Prometeo viese la Cruz y no la

_silueta_ de la Cruz. La _silueta_ me hace pensar en seguida en

figurillas de papel recortadas con tijeras.

Las fábulas gentílicas no merecen el respeto que merece la historia. El

poeta puede modificarlas á su antojo y bordar sobre ellas; pero aun en

esta licencia se han de poner condiciones: de no observarlas, surgirán

inconvenientes en daño del poema licencioso. Mientras más clara y

transparente sea en Prometeo la representación del genio del hombre ó

del pensamiento humano, menos vida poética tendrá el personaje: más se

acercará á la fría abstracción: más se esfumará como mera é insustancial

alegoría. Para Esquilo y para los atenienses, público de Esquilo,

Prometeo era persona de verdad; y Júpiter y las ninfas del Océano, y

todos los seres que aparecen en el drama, distan mucho de ser

abstracciones y vanas prosopopeyas. Por esto sólo, aunque no lo fuese

por más, sería el Prometeo de Esquilo superior á todos los Prometeos que

se han escrito más tarde.

Los denuestos del poeta griego contra su Zeus ó Júpiter, vivo y

reinante, debían de pasmar por su audacia: eran la protesta hermosa del

derecho y de la razón contra la violencia y el poder. En el día nada

significa hablar mal de Júpiter. Y si Júpiter es la superstición, el

fanatismo, la idea de Dios ó un Dios en quien no se cree, y es como si

no fuera, todo elemento dramático y épico se desvanece, y se reduce el

poema á la lucha de una abstracción contra otra.

Ya se entiende que digo esto como consideración general, que afecta poco

al mérito del poema de Andrade. El, ó reflexivamente ó por instinto,

pensó como yo, é hizo su poema lírico, y no epopeya ni drama.

Y no es esto decir que, en nuestra edad moderna, no sea posible una

epopeya ó un drama sobre Prometeo; pero, á mi ver, ha de ser de uno de

estos tres modos: ya poniendo en parodia y en solfa el asunto, como en

las operetas de Offenbach; ya ciñéndose con inspiración erudita al

espíritu y pensar de los antiguos, sin bastardear ni mezclar las ideas

anacrónicamente. Por tal estilo, bien podría un poeta muy helenista y

muy sabio restaurar la trilogía, completando lo que de Esquilo nos

falta, así como Leopardi compuso el himno á Neptuno, que parece

traducción literal de uno de los himnos que se atribuyen á Homero.

Puede, por último, y más bien pudo hará doscientos ó más años, cuando la

filosofía de la historia no se había popularizado tanto, y cuando los

poetas no metafisiqueaban tanto como hoy á sabiendas y reflexivamente,

dar la fábula de Prometeo asunto para un drama, que no fuese bufo como

las operetas, ni arqueológico tampoco, sino con moderno significado.

Calderón, á mi ver, nos dejó lindo ejemplo de esto en su precioso drama

_La estatua de Prometeo_. Su intento fué sólo escribir una gran comedia

de magia con mucha vistosa pompa, música y canto; pero la inspiración

fué más allá del intento. Informada é iluminada la fábula terrible por

la luz del cristianismo y por sus alegres esperanzas, toma el aspecto

más risueño y tiene el desenlace más dichoso. El coro canta, con razón,

al terminar:

Feliz quien vió

El mal convertido en bien

Y el bien en mejor.

Prometeo, así como Epimeteo su hermano, no son figuras alegóricas, sino

personajes reales. Prometeo, sabio; Epimeteo, guerrero. Representan, no

obstante, la lucha de las armas y las letras, de la razón y de la

pasión, de la ciencia y del instinto violento y ciego. Aunque rodeados

de personajes simbólicos y mitológicos, hay realidad y vida en ambos

protagonistas.

La lucha que entre ellos estalla viene á parar en reconciliación

interviniendo Minerva, ó la sabiduría misma, y Apolo, ó el padre de la

luz, los cuales interceden con el sumo Jove, quien perdona antes de que

Prometeo padezca el suplicio á que estaba condenado. Pandora no es

causa de todos los males, como en Hesíodo, tan aborrecedor de las

mujeres.

Para el galante Calderón, que rendía culto á la mujer, y para quien

.....Si el hombre es breve mundo,

La mujer es breve cielo,

Pandora, que representa á la mujer, completa la dicha del sabio,

casándose con él y amándole. Robar el fuego del cielo resulta chico

pecado y perdonable atrevimiento, en vista de los bienes que acarrea, y

sobre todo

Porque nunca niega

Piedades un Dios.

La maravillosa y estupenda fantasía de Calderón despliega toda su virtud

en el robo mismo del fuego, en la aparición de Prometeo, cuando ya le

trae del cielo, y en la repentina y milagrosa vivificación de la estatua

que se convierte en mujer, hermosa y sabia, hasta el punto de

confundirse con Minerva, cuando Prometeo le da la llama celestial, que

la penetra y la anima.

Un crítico de buena voluntad y transcendente, como hoy se usan, pudiera

sacar de _La estatua de Prometeo_ mil deliciosas, amenas y hasta

profundas filosofías.

No me incumbe á mí hacerlo ahora; y me vuelvo á Andrade.

En éste no son tan atinadas como en Calderón las modificaciones ó

innovaciones. Algunas van contra todo razonable simbolismo y le truecan

en embolismo. El Titán, hijo de Japeto, es y quiere Andrade que sea el

pensamiento humano. ¿Por qué, pues, le hace pelear contra Júpiter, con

los otros titanes, que significan las fuerzas cósmicas, fatales é

ininteligentes, en las que Júpiter pone orden y ejerce imperio? Prometeo

aconsejó á los titanes que no se rebelasen contra Júpiter.

También es raro que los titanes para escalar el cielo monten á caballo y

galopen como gauchos por la pampa, y en corceles de semoviente y animado

granito. Para subir al asalto de una fortaleza, á un monte enriscado ó

al cielo, no valen corceles si no tienen alas como el Pegaso. Además, yo

creo que la lucha de los titanes contra Júpiter es difícil de pintar sin

que el poeta moderno quede deslucido, cuando esta lucha inspiró en la

Teogonía los versos más sublimes y verdaderamente titánicos al vate de

Ascra.

A pesar de todo lo expuesto, y para terminar sin cansar demasiado ni al

público ni á Ud., diré que, tanto por las composiciones de que he

hablado, como por _El nido de cóndores_, _A Paisandú_ y otras que no

cito, Andrade es uno de los más ilustres poetas que ha habido en

América, y valdría más que Olmedo ó que Bello, y tanto como Quintana, si

hubiese cursado más humanidades y hubiese tenido más y mejores lecturas.

Andrade, por último, como otros poetas argentinos, como Mármol,

Echevarría y Obligado, tiene en su lira cuerdas que á Quintana le

faltan. Andrade siente, ve y comprende, con profundo sentimiento

poético, la naturaleza que le rodea. Si hubiera él olvidado ó

descuidado más á Víctor Hugo y engolfado menos su alma en la filosofía

de la historia, hubiera sido aún más notable poeta pintando la

naturaleza americana y cantando de amor y de hermosura, mejor que de

evoluciones y de progreso.

EL PARNASO COLOMBIANO

_13 de Agosto de 1888._

Á D. JOSÉ RIVAS GROOT

I

Muy distinguido señor mío: Vergüenza me da de no haber contestado aún á

la amabilísima carta de Ud. fecha en Bogotá el 29 de Octubre de 1887.

Pido á Ud. por ello mil perdones y le ruego que crea que en parte mi

desidia y en parte mil quehaceres y cuidados han tenido la culpa de mi

tardanza.

La carta de Ud., que recibí á su debido tiempo, me alegró y lisonjeó

mucho. Con ella recibí el estimable presente que me hizo Ud. de un

ejemplar del _Parnaso Colombiano_.

En la carta me pide Ud. ó muestra deseos de saber mi opinión sobre los

poetas cuyas composiciones contienen los dos tomos del _Parnaso_. Y

pensando yo en darla, después de reflexivo estudio, y con el mejor tino

que pudiese, he dejado hasta hoy correr el tiempo, sin hacer nada de la

tarea que me había prescrito.

Pocos meses há empecé á escribir estas _Cartas americanas_, y claro

está que de uno de los libros de que yo más detenidamente deseaba hablar

en ellas era del que Ud. me había remitido; pero más fáciles asuntos me

han salido al paso, y todavía no he satisfecho mi deseo.

Entre tanto, he recibido, sin saber quién me los envía, los números de

_La Nación_, de Bogotá, fechas 18 y 25 del último Mayo, donde contesta

usted muy discreta y amablemente á mi primera _Carta americana_,

defendiendo con gran calor y habilidad á Víctor Hugo é impugnando mi

crítica en lo que á Víctor Hugo es adversa.

En la impugnación se muestra Ud. tan cortés, tan benigno y tan amable

conmigo, que la gratitud me desarma, y casi me siento capaz, á fin de

ser á Ud. grato, de confesar que me he equivocado: que la musa de Víctor

Hugo no tiene falta ni mácula, y que, si la tiene, la hermosea en vez de

afearla, como velloso lunar á una linda moza, haciendo resaltar más con

su negrura lo sonrosado de la mejilla ó la limpia candidez de la desnuda

espalda, donde el lunar campea y descuella como matita de bambúes en

prado de flores.

Los artículos de Ud. me llevan además á hacer escrupuloso examen de

conciencia. ¿Señor--me digo,--habré yo pecado denigrando, ó rebajando al

menos, el mérito del gran poeta por odio y envidia de español contra lo

francés en particular, y en general contra todo lo extranjero? Raro es

el español que sintió jamás tal odio ni tal envidia, y no soy yo ese

español raro.

Hasta cuando estábamos muy soberbios y engreídos y no cesábamos de

hablar de Pavía, Otumba, San Quintín y Lepanto, y de que el sol no se

ponía en nuestros dominios, no nos dió jamás por denigrar á nadie.

Todo nos parecía mejor en tierra extranjera, ó porque era mejor, ó

porque el atractivo de la novedad hacía que así nos pareciese. Hasta los

poetas, que por lo común son arrogantes, eran humildes en España al

compararse con los extranjeros. Lope de Vega, por ejemplo, que no me

parece que era un poeta de tres al cuarto, decía, refiriéndose á los

italianos, que no se atrevía á competir con ellos,

Que son solos y soles,

Él con sus rudos versos españoles.

Lo que es en el día andamos tan abatidos, que no hay objeto que no nos

parezca mejor siendo extranjero que siendo español; y de cuanto

admiramos, es lo francés lo que admiramos más, por ser lo que menos mal

conocemos. Siguiendo esta regla y esta propensión nuestra, aseguro á

usted que mientras más hondamente lo considero, más me persuado de que,

lejos de escatimar á Víctor Hugo la alabanza, me he excedido en ella; y

llamando á Víctor Hugo rey de los poetas de nuestro siglo, he agraviado

á Byron, á Goethe y á no pocos otros, que tal vez tuvieran más derecho

que él á esa corona.

¿Qué es, pues, lo que yo puedo y debo replicar á los artículos de Ud.

insertos en _La Nación_? Lo mejor es dar el punto por suficientemente

discutido. Dejemos á Víctor Hugo que descanse en paz sobre sus laureles,

y hablemos de los poetas que escriben en mi propio idioma, y cuyas

obras usted me envía, como me dice en su carta, desde un rincón de los

Andes.

No puede Ud. imaginar cuánto me agrada y qué gran curiosidad me inspira

ese rincón, como usted le llama.

Cuantas descripciones he leído de su tierra de usted, hechas por

Alejandro Humboldt, por García Mérou, por el barón de Japurá, padre de

una simpática marquesa, española por adopción, y mujer de un antiguo y

excelente amigo mío, y por Miguel Cané, discreto escritor y viajero

argentino, hoy ministro de su república en esta corte, todo me atrae y

cautiva; y aseguro á usted que, si yo no fuese ya y no estuviese ya tan

viejo, había aún de ir á Bogotá á hacer á Ud. una visita y á ver el

estupendo salto del Tequendama, de tan superior elevación al del

Niágara, que he visto.

Lejos de parecerme Bogotá un rincón, se me figura que Bogotá va á ser el

centro del mundo en lo venidero, cuando el canal interoceánico acabe de

abrirse, y sea en el seno de esa república donde se celebre el gran

consorcio de la civilización, besándose y abrazándose, dentro de la

zona,

Que el sol enamorado circunscribe,

las ondas del Atlántico y del Pacífico.

Y no crea Ud. que lo que más me encantaría ahí, aunque soy muy

apasionado á la hermosura y sublimidad de la naturaleza, serían los

fértiles y exuberantes valles y vegas por donde corren el Magdalena y

el Cauca; ni la riqueza y variedad de frutos, plantas y flores que hay

en la hermosa patria de Ud.; ni la misma catarata, vencedora del

Niágara, y una de las maravillas que hay que ver en este planeta,

catarata en que se derrumban las aguas del Bogotá desde una altura de

180 metros, y pasan por el aire, desde la tierra fría, desde un clima

como el del centro de España, á la tierra caliente, poblada de

naranjales y de palmas, y donde revolotean los loros y guacamayos. Todo

esto, con un poco de imaginación, se ve en espíritu, leyendo las

descripciones de los viajeros, casi como si se viese materialmente con

los ojos del cuerpo y se tocase con las manos. Lo que á mí me encantaría

más sería ver trasplantada, en esa meseta de los Andes, con hondas

raíces, lozana y llena de savia y de vida, la antigua civilización de la

metrópoli; sería ver en Bogotá como un foco de luz propia, como un

primer móvil de inteligencia castiza, que sin desechar, sino conociendo

y estimando todo el moderno saber de los demás pueblos de Europa,

imprime en cuanto hace el sello y el carácter de la raza española, con

algo además de singular y exclusivo que la determina y distingue como

colombiana.

Es lástima que no lleguen por aquí ni leamos nosotros sino poquísimos de

los libros en prosa que Uds. escriben. Yo, lo confieso, aun no he leído

más que una novela de Bogotá: _Tránsito_, de Silvestre. Y aseguro á Ud.

que han quedado vivamente impresas en mi mente las escenas que describe,

en las fecundas márgenes del Magdalena; las fiestas populares, las

alegres cabalgatas, los apasionados amoríos, y el poético baile y tonada

y canto á la vez que llaman _bambuco_, y que se me figura que no ha de

ser inferior á nuestros fandangos, boleros, jotas y seguidillas. Todo lo

que leo de ahí me parece más que español. Tal vez nosotros vamos

degenerando, ó por decirlo así destiñéndonos y como perdiéndonos

modestamente en la cola de la cultura europea, mientras que Uds.

conservan mejor el individualismo, la autonomía de raza. Ahí puede

llamarse aún _cachaco_ un _dandy_ y _cachaquería_ la _high life_. Ahí

siguen los _coliches_ ó _asaltos_, como los había en mi mocedad en

nuestras ciudades de provincia cuando improvisábamos un baile en la casa

de algún amigo, invadida de repente. Y ahí se canta, se baila y se toca

el _bambuco_ en coro, por galanes y damas, que comprenden, estiman y

ejecutan, la música más sabia de Schubert, de Chopín y de Beethoven, y

aun compiten con ella, escribiéndola, como nos cuenta el Sr. Cané de la

señorita doña Teresa Tanco.

El mismo Sr. Cané, en su precioso libro de impresiones titulado _En

viaje_, nos describe con tal entusiasmo la cultura, la hospitalidad y el

trato afable y discreto de la sociedad elegante de Bogotá, que pone

deseo de ir á gozar de ella y de ver en el riñón de América, en una

planicie ó extensa nava en el centro de los Andes, á la altura de 2.700

metros sobre el nivel del mar, algo como un paraíso terrestre, de clima

apacible, de perenne primavera, donde existen todos los refinamientos

que la vida moderna puede dar al espíritu; y no pocos de los regalos,

comodidades y _conforts_, como dicen ahora, de que pueden disfrutar

nuestros cuerpos.

Todo lo que el Sr. Cané cuenta de este paraíso lo creo yo á pie

juntillas; y no es exceso de fe, pues está confirmado por las relaciones

de otros viajeros, como el Sr. García Mérou, el barón de Japurá y el

mismo Humboldt, á quienes ya he citado, y sobre todo por los libros que

Uds. escriben, que son la mejor y más irrefragable prueba de dicha

cultura.

En lo que yo creo descubrir cierta exageración es en los graves

peligros, dificultades enormes y rudas fatigas que hay que arrostrar,

superar y sufrir para llegar á esa ciudad, capital de los Estados Unidos

de Colombia, donde tan agradablemente se vive. Bien dijo el divino poeta

Ludovico Ariosto:

_Chi va lontan dalla sua patria, vede_

_Cose da quel, che già credea, lontane,_

_Che, narrandole poi, non se gli crede_

_E stimato bugiardo ne rimane,_

_Ch’il vulgo sciocco non gil vuol dar fede_

_Se non le vede e tocca chiare e piane._

Y así, si bien yo no quiero pasar por alguien del _volgo sciocco_, y

menos aún por poner en duda la exactitud de las noticias del Sr. Cané, y

no niego nada de lo que cuenta, todavía me atrevo á disminuir un poco en

mi mente de los calores infernales que pasó desde Barranquilla hasta

Honda; de la violencia de los chorros ó rápidos del Magdalena; de la

multitud de caimanes que se ven en el río y por las orillas del río, por

manadas á veces de sesenta, y cada uno con cinco ó seis metros de

longitud; de las feroces picaduras de los mosquitos, de que es víctima

quien sube en vapor contra la corriente del Magdalena, navegación que

dura doce ó catorce días; y de la expedición á caballo ó en mulas desde

Honda ó Bodegas, al borde del río, hasta la nava ó planicie de Bogotá,

pasando por espantosos desfiladeros, capaces de poner de punta los

cabellos del mismo Cid Campeador.

A la verdad que á tanta costa, y exponiéndome á tanto percance, tal vez

ni aun cuando yo estuviese ahora en la flor de la juventud, me atrevería

á ir á Bogotá. El Sr. Cané pinta la empresa casi como sobrehumana para

un hombre civilizado. Hubo momentos en que dice que se apoderó de su

espíritu una desesperación infinita y en que sintió deseos de arrojarse

al río á pesar de los caimanes, ó de pegarse un tiro y acabar con aquel

martirio sin gloria, sin excitación moral, sin propósito alentador.

Repito que todo esto me parece exagerado. Los argentinos deben de ser

más vivos de imaginación y más dados á ponderar que los andaluces. Pero

como quiera que sea, en vista de esos peligros, de ese abrasado país que

rodea el paraíso de Bogotá, y que es menester atravesar para penetrar en

él, me representaba yo á Bogotá, al leer el libro del Sr. Cané, como á

la hermosa Walquiria Brunequilda, á quien el dios su padre, á fin de que

nadie pudiese gozar de su gentil presencia, trato y afecto, sin mostrar

antes el ánimo más esforzado, circundó de un espantoso círculo de

voraces llamas, en cuyo centro ella quedó dormida durante siglos, como

puede verse en la bella ópera de Ricardo Wagner.

Asimismo, representándome todo el cúmulo de obstáculos que para llegar á

Bogotá deben allanarse, y después lo agradable y ameno de la vida en

Bogotá, donde hay tanto músico y tanto poeta, recordaba yo la

antiquísima fábula griega del país de los Hiperbóreos, para llegar al

cual se necesita pasar más allá de las Montañas rifeas, donde Bóreas

vive y donde hay tremendos peligros y todo es inhospitable. Pero,

salvados la aspereza y el horror de las referidas montañas, hallábase el

viajero en medio de un pueblo excelente, predilecto del dios Apolo,

donde casi todos los habitantes cantaban y tocaban deliciosamente la

lira, y donde las lindas mujeres eran también cantoras, y bailaban con

rara gallardía, y cautivaban los corazones con su ingenio y con su

gracia.

En resolución, yo acepto, sin rebajar un ápice y sin borrar un tilde,

todo lo bueno que en alabanza de Bogotá dice el Sr. Cané en su divertido

é interesante libro; pero si no borro, rebajo bastante de los trabajos y

de los casos peligrosos de la peregrinación hasta allí desde

Barranquilla. ¿Quién sabe si dentro de diez ó doce años, ó antes, ya

desde Barranquilla, ya desde un punto cualquiera de la costa, se subirá

por ferrocarril hasta Bogotá con la misma facilidad con que se va ahora

desde París á Bruselas?

Por lo pronto, no podemos negar, aunque sí atenuar algo, las penalidades

de la ascensión. Y, por cierto, que lo que apenas puede concebir la

fantasía, y supone un valor sobrenatural, es la hazaña de llegar hasta

allí, y de descubrir y conquistar aquello, como lo hicieron en 1556 un

puñado de españoles, á las órdenes de D. Gonzalo Jiménez de Quesada.

Cerca de un año duró la peregrinación, y en ella murió la mitad de los

aventureros que mandaba D. Gonzalo, vencidos por el hambre, los animales

ponzoñosos, las fiebres y las inclemencias del cielo; pero, como dice el

Sr. Martín García Mérou en sus _Impresiones_, «al alcanzar la elevada

planicie, hallaron la recompensa de sus fatigas. Aquel era el país de

los chibchas, el más opulento y el más civilizado que habían encontrado

hasta entonces, con sus verdes sementeras, sus poblaciones indígenas,

los palacios de sus caciques, la fecundidad de sus campos y la

abundancia de sus aguas».

La planicie de Bogotá fué, pues, desde antes que los españoles la

descubrieran, centro y foco de civilización. Los chibchas ó muiscas de

entonces no eran inferiores en cultura á los súbditos de Atahualpa y de

Moctezuma, así como los bogotanos de ahora son el pueblo más aficionado

á las letras, ciencias y artes de toda la América española.

Desde que el Nuevo Reino de Granada se cristianizó y se españolizó han

abundado en él poetas é historiadores, que algo nos han descubierto de

su antigua manera de ser, de su mitología, leyendas y vida anterior á la

conquista.

De todo esto quisiera yo hablar extensamente, porque todo esto es muy

curioso; pero si empiezo tan _ab ovo_, ¿qué infinidad de cartas no

tendré que escribir si he de llegar á decir algo del _Parnaso

Colombiano_ que Ud. me ha remitido?

El _Parnaso Colombiano_ consta de dos tomos de cerca de 400 páginas cada

uno, impresos el tomo I en 1886 y el tomo II en 1887, y que contienen

composiciones de más de cien poetas y de quince ó diez y seis poetisas,

contemporáneos todos, ó sea posteriores á la independencia. Pero como

Ud. amplifica é ilustra la colección hecha por Julio Añez con un extenso

discurso preliminar, que puede considerarse como compendio de la

historia literaria de Colombia, por fuerza, aunque no quiera, tendré que

hablar de todo, si he de dar mi opinión á Ud.; y á los demás que leyeren

estas cartas, cierta idea de lo que es ese pueblo y de lo que importa y

vale su vida intelectual.

Y ya se entiende que lo que yo diga ha de ser muy somero, por dos

razones: porque yo, de mío, soy muy poco profundo, y porque debo ser

breve para no cansar.

Aseguro á Ud. que si no fuese por esta invencible _scribendi cacoethes_

que me aqueja, la tal cuestión de lo profundo y de lo somero me hubiera

hecho arrojar la pluma lejos de mí desde hace años. Yo necesito un

público mediano en lo tocante á sabidurías: que sepa algo para que no le

parezca pesada mi corta erudición; que no sea muy desdeñoso é

indiferente para el saber, á fin de que el mío le interese; y que no

sepa mucho, á fin de que algo de lo que yo le diga le coja de nuevas, y

no lo considere como sabido y resabido, y que ya no se debe ni

recordar. Como aquí, ó el público es muy sabio, sobrado sabio, ó no se

le da un comino de todas las sabidurías, yo estoy perdido, y con las

cosas que he publicado me han ocurrido mil desengaños.

Pondré ejemplos.

Cuando traduje del alemán la obra de Schack titulada _Poesía y arte de

los árabes en España_, imaginaron muchos que todas aquellas coplas y

todos aquellos poetas eran creación mía, y como creación mía, los

desdeñaron; pero en cambio los profundos orientalistas españoles

despreciaron, no sólo la traducción, sino el original que yo había

traducido. Los versos todos estaban tomados por Schack, que no sabe

árabe, de no sé cuántas traducciones en lenguas modernas de Europa. En

suma, mi trabajo era superficialísimo y no enseñaba nada.

Cartas americanas. Primera serie · 第 7 / 16 段