mejor esto que dos palabras que no sé por qué han caído en desuso en
nuestra lengua: la virtud de la _concinidad_ y el poder del
_concionador_, en su acepción más elevada.
Por una concinidad inspirada por el cielo, suponiendo fundada la crítica
del autor israelita, hizo Jesús ley de la humanidad de un centón de
máximas rabínicas; y por concinidad semejante, aunque en más baja
esfera, influye un poeta en el porvenir de su pueblo con otro centón de
lugares comunes.
Todo estriba, más que en lo que se dice, en el modo de decirlo; pero
este modo no está sujeto á reglas, ni se aprende estudiando la poética y
la retórica, sino que brota del alma humana, altamente iluminada,
predestinada y escogida. Así se concibe que sea poeta docente, poeta
concionador, Olegario Andrade, que al cabo, en prosa, sabía poquísimo, y
no tenía, por consiguiente, mucho que enseñar.
Dos terribles escollos tiene que evitar el poeta que se engolfa por este
mar de la poesía _docente_: el de mostrar enfático y falso sentimiento,
que en vez de entusiasmar mueve á risa, y en este escollo Andrade, que
es sincero, no tropieza jamás; y el de aspirar inocentemente á lo muy
didáctico y caer en el prosaísmo, en lo cual no he de ocultar que
Andrade alguna vez tropieza.
Para enseñar de cierto modo, no vale ya ni sirve la verdadera poesía,
aunque el metro y los consonantes valgan aún como recurso mnemotécnico.
Cuando se apela á este recurso, en vez de crear versos áureos, como los
de Pitágoras, ó máximas solemnes, como las de los antiguos sabios y
poetas gnómicos, se suelen hacer versos, cuya utilidad yo no niego, pero
que hacen reir de puro ramplones. Menester fué de todo el talento y buen
gusto de Martínez de la Rosa para que sus dísticos del _Libro de los
Niños_ no parezcan ridículas aleluyas, y suenen bien como suena:
La conciencia es á la vez
Testigo, fiscal y juez.
Las máximas del barón de Andilla, por ejemplo, pueden ponerse en solfa,
aunque enseñan cosas útiles, como la que dice:
Niña, en la iglesia la cabeza tapa:
San Lino lo ordenó, segundo Papa.
Y en versitos, útiles también, viven en boca de las personas cultas las
diferentes formas del silogismo, los impedimentos dirimentes del
matrimonio, los requisitos que debe tener toda demanda de un abogado,
los pretéritos y supinos y otras reglas de la gramática latina, y no
pocos aforismos de medicina casera, como
_Post prandium, dormire;_
_Post cenam, mille passus ire._
Ya, con mayor amplitud, se ha escrito en verso la Historia; y de ello
nos da muestra notable el reverendo padre Isla, escribiendo la de
España, que aprendí yo cuando chiquillo, desde
Libre España, feliz é independiente,
Se abrió al cartaginés incautamente,
hasta
Logre el cetro español años completos
En Felipe, en sus hijos y en sus nietos.
El canto _Atlántida_, si bien realzado con vuelos filosóficos, tiene
algo de compendio de la historia de los pueblos latinos. Empieza el
poeta con Roma, cuyo origen, crecimiento y grandeza nos pinta. Luego
trae su decadencia y caída. Después de Roma, se levanta España, y el
poeta encarece con amor nuestros grandes actos en la vida de la
humanidad. Caemos también, y el poeta lamenta nuestra caída, y la
atribuye á que cayó sobre nuestro espíritu
La sombra enervadora del Papado,
lo cual me desagrada, no tanto porque dude yo de que el Papado tenga
_sombra enervadora_, ni de que esta sombra sea como la del manzanillo,
causa de perdición y muerte, cuanto por el feísimo vocablo _Papado_, que
hace pensar en la _papada_, y que se me resiste en verso heroico.
En pos de España, que
..... duerme acurrucada
Al pie de los altares,
Calentando su espíritu aterido
En la hoguera infernal de Torquemada,
viene Francia, recoge el cetro de los latinos, produce á Voltaire, y nos
da en seguida su magnífica revolución, hoguera de efecto contrario al de
la hoguera inquisitorial:
Hoguera en cuya lumbre soberana
Va a forjar, como en fragua ciclopea,
Su eterno cetro la razón humana.
Francia cae también en Sedán, y ya le llega su turno á la América.
Andrade, con todo, no nos da por muertos aún. Cree que aun tenemos ser,
y lo expresa en estos versos generosos:
Anteos de la historia,
Los pueblos que el espíritu y la sangre
Llevan de aquella tribu aventurera
Que encadenó á su carro la victoria,
Ya los postre ó abata
La corrupción ó la traición artera,
No mueren aunque caigan. Así Roma
En su tumba de mármol se endereza
Y renace en Italia, como planta
Que el polvo de los siglos fecundiza.
Así España sacude la cabeza
Tras largas horas de sopor profundo,
Y arroja los fragmentos
De su pasada lápida mortuoria,
Para anunciar al mundo
Que no ha roto su pacto con la gloria.
Y Francia, la ancha herida
Del pecho no cerrada,
En la sombra se agita cual si oyera
Rumores de alborada.
Á pesar de todo, América se adelanta y se apercibe ya á hacer el primer
papel:
Á celebrar las bodas del futuro
En sus campos de eterna primavera,
y á dar
Ámbito y luz en apartadas zonas
Al genio inquieto de la vieja raza,
Debelador de tronos y coronas.
Nada falta ya en América á este genio latino. Allí va á realizar
prodigios que en balde hemos pugnado por realizar nosotros: el poeta
sueña hasta con una nueva religión más comprensiva y sublime que las
profesadas hasta ahora.
Y el Andes, con sus gradas ciclopeas,
Con sus rojas antorchas de volcanes,
Será el altar de fulgurantes velos
En que el himno inmortal de las ideas
La tierra entera elevará á los cielos.
En la descripción de esta América, ocupada por la _raza latina_, campo
abierto á su afán, pone Andrade rasgos brillantes y espléndidos colores.
La enumeración y la calificación de las diversas repúblicas tienen
hermosos versos.
Allí vemos á
..... Colombia adormecida
Del Tequendama al retemblar profundo;
Colombia la opulenta,
Que parece llevar en las entrañas
La inagotable juventud del mundo;
Á Venezuela, cuna de Bolívar; al Perú, aunque vencido, no humillado; á
Chile, el vencedor, que
..... fuerte en la guerra,
Pero más fuerte en el trabajo, vuelve
A colgar en el techo
Las vengadoras armas, convencido
De que es estéril siempre la victoria
De la fuerza brutal sobre el derecho;
al Brasil,
Á quien sólo le falta
El ser más libre para ser más grande;
y, por último, á la patria del poeta, á la rica y extensa patria
argentina:
La patria, que ensanchó sus horizontes
Rompiendo las barreras
Que en otrora su espíritu aterraron,
Y á cuyo paso en los nevados montes
Del Génesis los ecos despertaron.
La patria, que, olvidada
De la civil querella, arrojó lejos
El fratricida acero,
Y que lleva orgullosa
La corona de espigas en la frente,
Menos pesada que el laurel guerrero.
¡La patria! En ella cabe
Cuanto de grande el pensamiento alcanza:
En ella el sol de redención se enciende;
Ella al encuentro del futuro avanza,
Y su mano, del Plata desbordante
La inmensa copa á las naciones tiende.
Los últimos versos, á pesar de las asonancias repetidas, y que ya no se
sufren, son un bellísimo y entusiasta llamamiento á los europeos, de
_raza latina_, para que vayan á colonizar en la Plata.
¡Ámbito inmenso, abierto
De la raza latina al hondo anhelo!
¡El mar, el mar gigante, la montaña
En eterno coloquio con el cielo.....
Y más allá desierto!
¡Acá ríos que corren desbordados;
Allá valles que ondean
Como ríos eternos de verdura,
Los bosques á los bosques enlazados;
Doquier la libertad, doquier la vida
Palpitando en el aire, en la pradera,
Y en explosión magnífica encendida!
Por lo citado y expuesto, se ve que, á pesar de todo su desaliño y demás
faltas, era Andrade un inspirado y original poeta; pero tal vez
resplandecen más sus buenas cualidades cuando desecha la serenidad
didáctica, es lírico puro y se deja llevar de la pasión que le agita.
Habrá acaso en esta pasión algo de poco razonable; pero esto no importa
cuando la pasión no es singular, sino de muchas gentes, de las cuales el
poeta se hace eco y es órgano.
Así, más que el patriotismo, el americanismo de Andrade.
Justo es que todo Estado independiente ponga el mayor empeño en
conservar y hacer respetar su autonomía. Justa es también cierta
mancomunidad de intereses entre todas las repúblicas de origen español,
y así lamentamos las guerras, harto crueles con frecuencia, que se han
hecho entre sí estas repúblicas. Chile ha asolado y arruinado el Perú.
El Paraguay ha quedado medio desierto después de la última guerra. Justo
es que todas estas repúblicas, ya que se separaron de la metrópoli y de
los Estados de Europa, se enojen de toda tutela ó curatela que aspiremos
á imponerles. Nada más impolítico, absurdo y deplorable que nuestra
guerra del Pacífico y que la expedición á México, que puso al infeliz
Maximiliano sobre su instable y peligroso trono.
Delirio fué, en mi sentir, el más ó menos vago proyecto, no nacional,
sino palaciego, que hubo, tiempo há, en España, ya de levantar en la
misma México, ya en Quito, un trono para algún príncipe ó semipríncipe
de nuestra dinastía. España, por dicha, no piensa ya, si es que pensó
alguna vez, en nada semejante, y hasta abomina de ello.
Las demás naciones de Europa, escarmentadas con el cruelísimo ejemplo de
Maximiliano, y convencidas de que no es posible, ni conveniente, que
reine en América un príncipe europeo, no acometerán ya jamás tales
empresas, y no se dejarán seducir, y se taparán las orejas para no oir
las excitaciones, los ruegos y las promesas de los americanos
monárquicos, si aun los hubiere después del escarmiento último. Pero
concediendo esto, no podemos conceder que haya nada de juicioso en el
americanismo exagerado. ¿Dónde está, ni cómo puede concebirse este
antagonismo ó contraposición entre Europa y América, cuando la América
civilizada no es, ni puede ser, sino la prolongación, el complemento,
una parte del triunfo de la civilización europea y cristiana sobre la
naturaleza bravía y no domada aún por el hombre; y sobre las razas
bárbaras y salvajes, que, al contacto de los europeos, ó se mezclan con
ellos y se regeneran y levantan, ó perecen y se hunden?
Alzar en América un reino ó imperio nuevo sería locura. Admirémonos de
la previsión astuta de D. Juan VI, ó de sus consejeros, que habilitó á
D. Pedro de Braganza para decir su famoso _fico, me quedo_, y quedar en
efecto de emperador del Brasil; pero lo que no se hizo en sazón no se
remedia cuando fuera de sazón quiere hacerse. La América española debe
ya ser, y es menester que siga siendo republicana y señora de sí misma.
No autoriza esto, con todo, ni menos justifica los arbitrarios asertos
de que la virtud, el desinterés y la libertad se fueron al Nuevo Mundo,
y el hablar con horror de la tiranía de los reyes y de la bajeza
lacayuna de los pueblos que los sufren, cuando en América se han
sufrido dictadores y tiranos más zafios, ruines, sanguinarios y
codiciosos que nuestros peores reyes. En ninguna nación civilizada de
Europa ha habido, desde hace un siglo, sobre ningún trono, más
aborrecible y cruel tirano que Rosas. Y, por otra parte, el sufrir los
desmanes, los vicios, los crímenes y las insolencias de un rey no
humilla tanto, ya que, en virtud de una ficción legal, aquel hombre
está, para bien de todos, colocado aparte, y como por cima de los demás,
y es monumento vivo de antiguos héroes y caudillos y de mil gloriosos
hechos; mientras que un tirano improvisado sale á veces de la hez, del
cieno, del más hondo sedimento de las cloacas sociales, y se encumbra,
por fuerza ó astucia, no en virtud de ley antigua y veneranda, sino
hollando todas las leyes, para plantar su rudo pie sobre el pescuezo de
sus iguales y de sus superiores.
Pero, por cima de todas estas consideraciones, vienen á ponerse el brío
patriótico, la noble independencia, y el orgullo, para mí digno de
aplauso, que prefiere hasta la mayor infelicidad en casa, á un bien, á
una ventura, á una felicidad que acudan á traernos los extraños; por
todo lo cual aplaudo yo á Andrade, más que cuando adoctrina á todo el
humano linaje, cuando se revuelve contra nosotros los europeos y nos
injuria elegantemente, en el ardor de su lírica vehemencia, y nos llama
enflaquecidos, corrompidos, lacayos, esclavos y otras lindezas.
Su poesía _La Libertad y la América_ es á la vez una diatriba contra
nosotros, un himno triunfal al Nuevo Mundo y un cartel de desafío á los
europeos.
Y, sin embargo, ésta es la composición que más me agrada de Andrade. En
la facilidad, en la riqueza y en la fluidez, parece de Zorrilla; y
parece de Víctor Hugo en la crudeza y en el furor con que ensalza á los
suyos y á nosotros nos vilipendia y deprime.
Aquí donde algún día vendrán las razas parias
A entrelazar sus brazos en fraternal unión,
A despertar acaso las selvas solitarias,
Con el sublime acento de místicas plegarias,
Cantando los esclavos su eterna redención.
Aquí la vieja Europa con mano enflaquecida,
Con la altanera audacia de la codicia vil,
Quiere injertar su sangre, su sangre corrompida,
Que se derrama á chorros por anchurosa herida,
En la caliente sangre de un pueblo varonil.
Y allá en la blanca cima do el cóndor aletea,
Clavar sobre los cielos su roto pabellón;
Y acá sobre su espalda robusta y gigantea
Colgar de sus lacayos la mísera librea,
Colgar de sus esclavos la insignia de baldón.
Contra este supuesto propósito de Europa, el poeta se alza lleno de
indignación, y llama al combate, así á los héroes vivos, como á los
héroes muertos; á aquellos que, durante la guerra de emancipación,
En el mar, en el valle, en las montañas,
Revolcaban al león de las Españas,
Que bramaba de rabia y de coraje.
Volviendo luego al primer metro, continúa el cántico triunfal y
profético americano, vaticinando un porvenir glorioso para el Nuevo
Mundo, é implícitamente al menos, la ruina del Mundo Antiguo.
¡América! tus ríos te ofrecen ancha copa;
La túnica del iris, espléndido dosel;
Las selvas seculares son pliegues de tu ropa;
En tus desiertos cabe la vanidad de Europa:
Las razas del futuro te buscan en tropel.
¡Ni siervos, ni señores, ni estúpido egoísmo!
Al Universo anuncia tu gigantesca voz.
En vez de las almenas del viejo feudalismo,
Con la frente en el cielo, la planta en el abismo,
Los Andes se levantan para tocar á Dios.
Y, por último, el poeta asegura que la historia va á terminar allí; que
el _non plus ultra_ de todos los ideales está en su continente; que no
hay otro más allá de bello, de bueno, de noble, ni de santo, que lo que
su América realice:
Tus Andes son el templo de cúpula de hielo,
En que, después de rudo y ardiente batallar,
Vendrá á colgar sus armas con religioso anhelo
La caravana humana para elevar al cielo
El himno sacrosanto de amor y libertad.
Claro está que en todo esto hay mil parabienes agoreros que deben
lisonjear á los argentinos; justas aspiraciones y egregias esperanzas, y
además lirismo y pompa poética que á todos nos hechizan. Hay también
extravagancias, así en el fondo como en la forma, de cuyas tres cuartas
partes, lo menos, hago yo responsable á Víctor Hugo y á la manía que
inspira de imitarle.
Veremos aún el _Prometeo_ y otros poemas. Temo cansar á Ud. con tan
largo examen crítico; pero Ud. lo ha querido, y ya no hay más sino
llevarlo con paciencia.
* * * * *
_4 de Junio de 1888._
VI
Mi distinguido amigo: Incompleto quedaría mi examen de las obras
poéticas de Andrade si no hablase yo de la más transcendental: de su
_Prometeo_, inspirado por el de Esquilo.
La crítica literaria dictó en el siglo pasado sentencias tan contrarias
á las que dicta en el nuestro, que sería largo demostrar aquí que hoy es
cuando tenemos razón, y que los críticos de entonces se equivocaban.
Así, pues, suprimo pruebas en gracia de la brevedad, y doy por
demostrado que tenemos razón ahora: que ahora toda sentencia que recae
sobre libros de la clásica antigüedad es definitiva é irrevocable.
El _Prometeo_ de Esquilo, por lo tanto, drama para los críticos
franceses pseudoclásicos, como Voltaire y La Harpe, bárbaro, sin acción
y sin caracteres, es para nosotros, y en realidad y para siempre, un
prodigio de poesía: una de las obras más sublimes que ha producido el
ingenio humano. Dicen que Esquilo consagró sus tragedias al Tiempo, y
tuvo razón, ya que el Tiempo agradecido le hace justicia. Hoy las
admiramos todas, y sobre todas la de _Prometeo_, aunque es la segunda
parte de su trilogia, de la cual, salvo cortos fragmentos, se han
perdido la primera parte y la tercera. En traducir el _Prometeo_, en
comentarle, en explicarle, en completarle ó en imitarle, se han empleado
los más egregios poetas, críticos, filólogos y pensadores de nuestra
edad: Shelley, Byron, Edgardo Quinet, Goethe, Bunsen, A. Maury, Patin y
mil otros. Unos han puesto en verso cuanto suponen que Esquilo dejó por
decir, ó cuanto dijo y se perdió; otros han dado sentido nuevo á la
fábula; otros han disertado largamente para desentrañar todos los
misterios que la fábula esconde.
Tal vez esta fábula, entendida de cierto modo, se aviene con el prurito
de impiedad y de rebeldía blasfema que hoy atosiga muchos espíritus, y
que ha inspirado, por ejemplo, el himno á Satanás de Josué Carducci: tal
vez se aviene con la suposición de que en el Supremo Dispensador de los
destinos humanos hay tiranía y malevolencia, y de que la gloria y la
grandeza del audaz linaje de Japeto está en rebelarse contra esa tiranía
y su bienaventuranza en sacudir el yugo.
Aun antes de nuestro siglo, entre los vates precursores, aparece Milton,
el cual, en medio de su fe cristiana, sentía ya ese espíritu de rebelión
y simpatizaba con él; por donde pone noble grandeza y egregia hermosura
en su Príncipe de los demonios, y aun toma para pintarle rasgos del
Prometeo del trágico griego.
La sospecha ó la acusación contra la impiedad de Esquilo hubo de
mostrarse ya cuando él vivía, y dar origen á la historia de que le mató
el águila de Júpiter, dejando caer sobre su calva frente una tortuga que
llevaba entre sus garras por el aire.
Críticos y comentadores hay, con todo, que, lejos de ver impiedad en
Esquilo, le consideran piadosísimo, y explican la trilogia de Prometeo
dándole significación profundamente religiosa. Si el poeta pecó en algo,
fué en divulgar doctrinas esotéricas, que se transmitían sólo á los
iniciados en los misterios y que se custodiaban en el seno de colegios
sacerdotales.
Por lo demás, como todas las mitologías, y singularmente la griega, se
formaron por amalgama ó fusión de opuestas y encontradas creencias y
modos de sentir y entender, resulta que en esta fábula de Prometeo hay
varias y aun opuestas interpretaciones, según se la considere, y aun
según sea el autor de que se tome, pues también antes de Esquilo la
trató Hesíodo.
De aquí que muchos, apoyándose en la idea de que hubo una revelación
primitiva, cuya luz aparece, aunque ofuscada, en el seno del paganismo,
ya ven en el Titán filántropo, que padece por amor de los hombres, una
confusa prefiguración del Redentor; y ya ven lo mismo en el hijo de
Júpiter, en Hércules, que mata el buitre ó el águila que devoraba el
renaciente hígado de Prometeo, y reconcilia á éste con Júpiter, á la
cual interpretación vienen á dar más fuerza las palabras en que explica
Hesíodo la buena voluntad con que Júpiter perdona; porque «así se
difundía con mayor gloria sobre la tierra la virtud de su Hijo muy
amado».
En el poema de Andrade, más lírico que épico, donde se narra poco y hay
muchos versos en que habla el Titán, esta confusión, ó más bien
oscuridad entre lo impío y lo piadoso, persiste y no se disipa.
¿Será á Júpiter, ó á Dios mismo, á quien por boca del Titán dice el
poeta todos estos insultos y amenazas?
¡Oh Dios caduco! grita
El titán impotente:
Como esta negra carne que renace
Bajo el pico voraz del cuervo inmundo,
Renacerá fulgente
Para alumbrar y fecundar el mundo
La chispa redentora
Que arrebaté á tu cielo despiadado.
Germen de eterna aurora
Del caos en las entrañas arraigado!
Desata, Dios caduco,
La turba ladradora de tus vientos;
Sacude los andrajos de tus nubes,
Y acuda á tus acentos
La noche con sus sombras,
Con montañas de espuma el Oceano:
No apagarán la luz inextinguible
Del pensamiento humano.
¿Qué importa mi martirio,
Mi martirio de siglos, si aun atado,
Júpiter inmortal, yo te provoco,
Júpiter inmortal, yo te maldigo?
¿Si el viejo Prometeo, el titán loco,
El mártir de tu encono,
Siente tronar la ráfaga tremenda
Que va á tumbar tu trono?
Otro punto hay también, en el cual los opuestos y discordantes elementos
que entraron en la fábula, argumento de la tragedia de Prometeo, hacen
oscura su significación en Esquilo. Todavía, después de tantos siglos,
queda en el poema de Andrade la misma oscuridad, vaguedad ó indecisión,
la cual sería grave falta en cualquiera obra didáctica en prosa; pero en
verso está bien y tiene singular hechizo, pues pinta la indecisión, las
dudas, las contradicciones de la mente humana, así cinco ó seis siglos
antes de Cristo, como diez y nueve después.
Entonces y ahora los hombres no estaban ni están contentos y satisfechos
de lo presente; y así, ya fingen la edad de oro en lo pasado, de la cual
hemos descendido por nuestra culpa hasta esta mísera edad de hierro; ya
pintan, en lo pasado, una humanidad bestial y feroz, que ha ido y va
levantándose, poco a poco, hacia el bien, la luz y la perfección; ya,
concertando la antinomia, aseguran la caída primera, creen en una
redención ulterior, y en pos de esta redención en el progreso.
De todo esto hay vagamente en Esquilo; y de todo esto hay también
vagamente en Andrade.
A la verdad, cuando el Prometeo de este último, atado siempre y
padeciendo su martirio, llega á descubrir sobre el Gólgota la Cruz del
Salvador, el poeta argentino nos alucina por un momento y nos parece
completamente cristiano. Se puede imaginar que la significación
profética que da Augusto Nicolás á Prometeo es la que le inspira. El
Prometeo de Andrade dice algo por el orden de las santas y hermosas
palabras del viejo Simeón: _Nunc dimittis servum tuum, Domine, in pace,
quia viderunt oculi mei salutare tuum._
«¡Al fin puedo morir--grita el gigante
Con sublime ademán y voz de trueno.--
Aquella es la bandera de combate,
Que en el aire sereno
Ó al soplo de pujantes tempestades
Va á desplegar el pensamiento humano,
Teñida con la sangre de otro mártir,
Prometeo cristiano,
Para expulsar del orgulloso Olimpo
Las caducas deidades.
Es un nuevo planeta que aparece
Tras los montes salvajes de Judea
Para alumbrar un ancho derrotero
Á la conciencia humana:
El germen fulgurante de la idea
Que arrebaté al Olimpo despiadado;
La encarnación gigante de mi raza,
La raza prometeana.
¡Al fin puedo morir! Hijo de Urano,
Llevo sangre de dioses en las venas.
¡Sangre que al fin se hiela!
Aquel que me sucede, hijo del hombre,
Lleva el fuego sagrado,
Que eternamente riela,
Ya le azoten los siglos con sus alas,
Ó el viento furibundo;
El fuego del espíritu, heredero
Del imperio del mundo.»
Sin embargo, después de la atenta lectura de estos versos, se nota harto
bien que el sentimiento cristiano ha entrado en ellos en pequeñísima
dosis.
Cristo, según el poeta, vale más que Prometeo, no porque es Dios, sino
porque es menos Dios y más hombre que el titán. Para el poeta, Prometeo,
Cristo, Galileo, Sócrates, en suma, todo sabio que haya sido algo
perseguido ó muy perseguido por clérigos y frailes, por inquisidores ó
por dioses de cualquiera laya, viene á ser un titán, un Prometeo de
mayor ó menor calibre, la personificación ó la encarnación del
pensamiento humano, que es el verdadero Dios que inspira su poema y á
quien le dedica.
El Prometeo de Andrade muere en cuanto ve morir á Jesús, y muere porque
mueren los dioses todos para que reine sin rival el espíritu del hombre.
El poeta termina su obra entonando á este espíritu un cántico triunfal
muy entusiasta. Todos los pensadores futuros serán otros tantos
Prometeos, que es de suponer que no llegarán á padecer, ni con mucho, lo
que padeció el titán, ni serán crucificados como Cristo, ni beberán
cicuta como Sócrates, ni tendrán que sentir ninguna otra desazón
mayúscula, como no hagan alguna tunantería ó algún disparate. Estos
nuevos pensadores contribuirán á que amanezca pronto el claro día
En que el error y el fanatismo espiren
Con doliente y confuso clamoreo.