Así la humanidad despierta inquieta,

En la noche moral abrumadora,

Cuando surge el poeta,

Ave también de vuelo soberano,

Que en las horas sombrias

Canta al oído del linaje humano

Ignotas harmonías,

Misteriosos acordes celestiales,

Enseñando á los pueblos rezagados

El rumbo de las grandes travesías,

La senda de las cumbres inmortales.

Hecha ya esta definición, la ilustra con varios ejemplos históricos:

pone como prototipos de estos poetas que enseñan á la humanidad y que la

sacan ó tratan de sacarla del atolladero y de las tinieblas en que se

ha hundido, á Isaías, á Esquilo, á Juvenal y á Dante; y, por último,

síntesis maravillosa de todos éstos, y superándolos á todos, suscita

Dios á Víctor Hugo, cuya misión es más alta que la de Isaías, que la de

Juvenal y que la de Dante, porque viene á renovar el linaje humano, nada

menos.

Diré aquí con toda franqueza que si yo fuese Víctor Hugo, y alguien me

hubiera echado tanto incienso, y no tontamente, sino con gracia, y

moviendo bien el turíbulo, hubiera yo escrito una carta menos seca,

pagando al poeta sus alabanzas con otras iguales y no menos justas. La

carta de Víctor Hugo me da rabia, como si yo fuese Andrade. La única

disculpa que tiene la carta es que Víctor Hugo no sabía castellano y no

entendió los versos de su admirador.

La verdad es que, ó debe uno callarse y dejar que le adoren como á un

Dios, ó contestar con algo mejor que tres frases hechas á requiebros

como los que siguen:

Todo lo tienes tú, la voz de trueno

Del gran profeta hebreo,

Fulminador de crímenes y tronos!

El grito fragoroso del que un día

Encarnó, para ejemplo de los siglos,

La idea del derecho en Prometeo;

La cuerda de agrios tonos

De Juvenal, aquel Daniel latino,

Tremendo justiciero de su siglo,

Y el rumor de caverna de los cantos

Del viejo Ghibelino.

Todo lo tienes tú; por eso el cielo

Te dió tan vasto sin igual proscenio.

No hay notas que no vibren en tu lira,

Ni espacios que no se abran á tu genio.

Cantas al porvenir, y los que sufren,

Esclavos de la fuerza ó la mentira,

Sienten abrirse á sus llorosos ojos

De la esperanza las azules puertas.

Apostrofas al tiempo, y se levantan,

Mágico evocador de edades muertas,

Como viviente, inmenso torbellino,

Razas extintas, pueblos fenecidos,

Fantasmas y vestiglos,

Para contarte en misterioso idioma

La colosal _Leyenda de los siglos!_

Todo lo tienes tú; todo lo fuiste:

Profeta, precursor, mártir, proscrito.

Gigante en el dolor te levantaste

Cuando en la noche lóbrega sentiste

Temblar los mares, vacilar la tierra,

Con pavorosa conmoción extraña,

Cual si un titán demente forcejease

Por arrancar de cuajo una montaña.

Era Francia, montaña en cuya cumbre

Anida el genio humano;

La Francia de tu amor, que tambaleaba

Herida por el hacha del germano;

Y arrojando la lira en que cantabas

La _Canción de los bosques y las calles_,

Fuiste á tocar llamada,

De París sobre el muro ennegrecido,

En el ronco clarín de Roncesvalles.

Larga es la cita que acabo de hacer; pero ella muestra la excesiva,

candorosa y casi desdeñada adoración á Víctor Hugo; el concepto que

formaba Andrade de lo que era ó debía ser un poeta grande; y aun algunos

de sus sentimientos y creencias sobre el progreso y la libertad, y sobre

el alto destino de Francia, _cumbre donde anida el genio humano_.

Las faltas de Andrade se ven también en los versos que acabo de citar.

Por ellos se puede afirmar que se le empieza á conocer; mas para

conocerle á fondo, es fuerza hablar de su _Prometeo_, de su _Atlántida_

y de otras composiciones que piden más cartas. Por hoy añadiré sólo que

al terminar los versos á Víctor Hugo, muestra Andrade otro de sus

entusiasmos y sus creencias más poéticas: que el glorioso porvenir del

humano linaje está en el mundo que descubrió Colón.

Desde aquí, teatro nuevo

Que Dios destina al drama del futuro,

Razas libres te admiran y se mezclan

Al coro de tu gloria,

Orfeo que bajaste

En busca de tu amante arrebatada,

La santa democracia,

A las más hondas simas de la historia!

Desde aquí te contemplan

Entre dos siglos batallando airado

Y arrancando á la lira

La vibración del porvenir rasgado

O el triste acento de la edad que espira!

Y al través de los mares,

Astro que bajas al ocaso, envuelto

En torrentes de llama brilladora,

Entonando tus cantos seculares,

Te saludan los hijos de la aurora.

Este final es magnífico.

No es más grandioso y arrogante nada de Víctor Hugo; pero, como el poeta

argentino, envolviendo á su ídolo en nubes de incienso y en nimbos y

aureolas de luz, le llama viejo y astro que baja al ocaso, ¿quién sabe

si Víctor Hugo lo entendería y se enojaría un poco?

Basta ya, por ahora. Otro día veremos cómo entrevé y predice Andrade el

porvenir de su América, y cómo teje guirnaldas ó coronas poéticas con

las flores que toma en la filosofía de la historia; jardín público donde

cada cultivador planta y recoge las flores que le convienen ó le gustan;

ciencia que cada cual construye, entiende y explica según le place.

* * * * *

_7 de Mayo de 1888._

IV

Mi distinguido amigo: La última producción de Andrade, titulada

_Atlántida_, es el canto de cisne, donde su sentir patriótico y de raza

está expresado con mayor elegancia y brío. Premiado el canto en público

certamen, y siendo además la obra más encomiada del poeta, bien puede

afirmarse que las ideas y los sentimientos que contiene son de los más

populares en las orillas de La Plata.

No pretendo yo negar que el canto es hermoso. No me propongo escatimar

las alabanzas, ni deslustrar los aciertos sacando á relucir faltas y

errores. Tampoco gusto, por lo común, de impugnar, con la fría

dialéctica de la prosa, lo que tal vez afirma un poeta arrebatado por el

estro; pero ¿cómo prescindir de mi propia manera de sentir, de mi ser de

español-peninsular, y no contradecir sentimientos é ideas que en la

_Atlántida_ se expresan y que en algo ó en mucho nos lastiman?

El canto _Atlántida_ está dedicado al porvenir de _la raza latina en

América_, y esto de _raza latina_ ofende mi amor propio español. En

esto, para España, hay algo que hiere, como se sentiría herido un

anciano al saber que un hijo suyo, emancipado, rico, con gran porvenir,

establecido en remotos países y lleno de altas miras ambiciosas, justas

y fundadas, había renegado del apellido paterno, y en vez de llamarse

como se llamó su padre, había adoptado el apellido de un amo, á quien su

padre sirvió en la mocedad.

Al llamarse latinos los americanos de origen español, se diría que lo

hacen por desdén ó desvío del ser que tienen y de la sangre que corre

por sus venas. Ellos se distinguen, entre sí y de nosotros, llamándose

argentinos, mexicanos, colombianos, peruanos, chilenos, etc. Pero si

buscan luego algo de común que enlace pueblos tan diversos é

independientes, me parece que el tronco de las distintas ramas no está

en el Lacio, sino en esta tierra española. Los Estados y las naciones

que han surgido en América de nuestras antiguas colonias son tan

españoles como fueron griegas las colonias independientes que los

griegos fundaron en Africa, en Asia, en Italia, en Sicilia, en España y

en las Galias. No se avergonzaron estos griegos independientes de seguir

llamándose griegos, y no imaginaron llamarse pelasgos ó arios para

borrar ó esfumar su helenismo en calificación más vasta y comprensiva.

Y aunque se diga que los portugueses no son españoles y que hay un gran

imperio de origen portugués en América, el argumento no vale. Si hemos

de reducir á un común denominador á los luso-americanos y á los

hispano-americanos, á fin de sumarlos luego, más natural sería hacerlos

á todos, no latinos, sino ibéricos y hasta españoles. Los portugueses,

en los siglos de su mayor auge y florecimiento, cuando tenían

navegantes, héroes y poetas, como Gama, Cabral, Diego Correa, D. Juan de

Castro, Alburquerque y Camoens, no desdeñaban el ser españoles, por más

que dentro de este predicamento general pusieran la distinción

específica de portugueses. Ni sé yo que los austriacos, cuando no son

húngaros, bohemios ó croatas, así como tampoco otros pueblos germánicos,

que no dependen del imperio alemán, fundado por los prusianos, repugnen

el dictado de alemanes y pretendan llamarse de otra manera. Más derecho

sería negar al imperio flamante el exclusivo título de alemán.

De esta suerte pudieran los portugueses, si hubiera tribunal con

jurisdicción para decidir y el negocio importase más, poner pleito á

España por haberse alzado con el nombre de España y pedir que este

Estado se llamase Reino Unido de Aragón y Castilla.

Me parece, por otra parte, que el título de América latina disuena más

al promover la contraposición con la América _yankee_, que han dado en

apellidar _anglo-sajona_. Para que la contraposición fuese exacta,

convendría, si llamamos anglo-sajona á una América porque se apoderó de

Inglaterra un pueblo bárbaro llamado anglo-sajón, llamar visogótica á

la otra América, porque otro pueblo bárbaro, llamado visogodo, conquistó

la España. Igual razón habría para llamar á los Estados Unidos y al

Canadá América normanda, con tal de que la restante América se llamase

moruna ó berberisca.

La verdadera contraposición, la innegable diferencia entre los _yankees_

y los hispano-americanos de cualquier república que sean, no está en lo

germánico, ni en lo latino, ni en lo normando, ni en lo moruno, ni en lo

anglo-sajón, ni en lo visogótico, sino en que una América, civilizada

ya, procede de ingleses, y de españoles otra, cuando Inglaterra y España

eran al fin dos naciones perfectamente formadas y distintas, con

condiciones propias y con carácter peculiar y con sello de originalidad

indeleble. Y este sello tiene ó debe tener fuerza y virtud informante

para marcar y asimilar á la gente que entre por aluvión á ser parte de

la población de los nuevos Estados. Y así como no es de presumir que los

franceses del Canadá y de Nueva Orleans, y que los españoles de origen

de California, Texas y la Florida, y mucho menos los seis ó siete

millones de negros, ciudadanos libres hoy de la república que fundó

Washington, cambien el ser de aquella república y borren su origen, en

su mayor parte inglés, menos debe temerse que los italianos ó los

franceses que emigran ahora á la América, de origen, no en su mayor

parte, sino exclusivamente española ó ibérica, borren la filiación y las

señales de la procedencia y conviertan aquella América en latina.

Hechas estas consideraciones para que quede en su punto la verdad,

severa y prosaicamente considerada, no debiéramos disputar más con el

poeta, sino repetir la sentencia de Horacio del _quidlibet audendi_, y

dejarle imaginar lo que se le antojara y convertir en latinos á todos

los hispano-americanos desde Nueva Méjico á Patagonia.

En medio de todo no hay concepto generalizador que, aun pareciendo

absurdo por un lado, no tenga por otro cierto racional fundamento, el

cual estriba en nociones vagas, que se desprenden de ciencias nuevas,

como, en este caso, de la filosofía de la historia, de la etnografía y

de la filología comparativa, y pasan al dominio del vulgo. De aquí, sin

duda, que habiendo sido tan pocos los latinos, allá en un principio, nos

convirtamos ahora todos en latinos, con sorpresa y pasmo de los que no

están en el secreto y por obra y gracia de las mencionadas ciencias.

Podemos llamarnos latinos, aunque no raza latina, como ya nos llamaron

latinos los griegos del Bajo Imperio, para quienes los alemanes y los

ingleses, y con sobrada razón, eran latinos, porque habíamos sido todos

civilizados por el latín y con el latín: por el Imperio latino de Roma y

después por la Iglesia latina, de Roma. Podemos llamarnos latinos,

porque nuestras lenguas proceden del latín, y, en este sentido, no son

latinos los alemanes; pero no sé yo por qué los ingleses han de ser más

germánicos que latinos ó celtas. Si es cuestión de vocablos, acaso, casi

de seguro, hay en un Diccionario inglés tantas palabras tomadas del

latín como tomadas de otro idioma. Y si nuestro latinismo se funda en

el influjo civilizador de la Iglesia romana, desde la caída del Imperio

hasta la Reforma, los ingleses y los irlandeses resultan más latinos que

los españoles, quienes, durante toda la edad media, estuvieron mucho más

separados que Inglaterra y que Irlanda del influjo de Roma.

En resolución, y bajo cualquier aspecto que esto se mire, yo comprendo

que, con el andar de los siglos, desaparezca del todo entre los

_yankees_ la huella de su origen inglés, y entre los hispano-americanos

la huella de su origen español, para que _yankees_ é hispano-americanos

sean algo enteramente nuevo; pero no comprendo que _yankees_ é

hispano-americanos se borren el ser inglés ó español que tienen para que

aparezca por bajo un ser anglo-sajón ó latino, á la manera que se puede

borrar lo escrito recientemente en un palimpsesto, para que salga á

relucir por bajo alguna obra clásica de antigüedad remota.

Si otro modo de transformación puede ó no ocurrir, misterio es profético

en el que no debo entrar. Sólo digo que esta transformación, por cuya

virtud quedasen _descastados_ los españoles ultramarinos, los vejaría

más á ellos que á los españoles peninsulares. ¿Carecerá la raza que

colonizó tan inmensa extensión de ambas Américas de vigor y de nervio

suficientes para imponer el sello característico que la distingue?

¿Cederá al empuje de la inmigración creciente, dejando, v. gr.,

que los franceses ó los italianos se sobrepongan, y que las

nuevas nacionalidades y tal vez las lenguas sean un conjunto

italo-franco-hispano-lusitano, que venga á denominarse _latino_, para

que no sea tan largo el término de expresión?

Me parece que, en todo caso, han de pasar centenares de años antes de

que esto ocurra.

Lo más probable, así como lo más deseable, será que el Brasil,

prescindiendo de tupinambas y guaranies, y de negros bundas y minas, y

considerado como nación civilizada, siga siendo portugués de casta y

origen, y que sus habitantes sigan hablando y escribiendo la lengua

portuguesa, enriquecida ya por ellos con un tesoro de poesía épica y

lírica y con muy estimables libros de historia y de derecho; que todas

las repúblicas hispano-americanas, como pueblos civilizados, sigan

siendo de origen español, y que sus ciudadanos sigan hablando la lengua

de Castilla, en que han escrito Alarcón, Sor Juana Inés, Valbuena,

Gorostiza, Ventura de la Vega, Baralt, Bello y Olmedo; y que los sesenta

millones de _yankees_, que podrán dentro de poco pasar de ciento, sigan

siendo ingleses por su origen, como pueblo civilizado, y sigan hablando

la lengua inglesa. Las literaturas de estos pueblos seguirán siendo

también literaturas inglesa, portuguesa y española, lo cual no impide

que con el tiempo, ó tal vez mañana, ó ya salgan autores _yankees_ que

valgan más que cuanto ha habido hasta ahora en Inglaterra; ni impide

tampoco que nazcan en Río Janeiro, en Pernambuco ó en Bahía escritores

que valgan más que cuanto Portugal ha producido; ó que en Buenos Aires,

en Lima, en México, en Bogotá ó en Valparaíso lleguen á florecer las

ciencias, las letras y las artes con más lozanía y hermosura que en

Madrid, en Sevilla y en Barcelona.

No niego yo la posibilidad de que los hispano-americanos nos superen; y

si no deseo que se nos adelanten, porque la caridad bien ordenada

empieza por uno mismo, deseo que nos igualen. Lo que niego es que, á no

ser por decadencia y no por primor ó por adelanto, se vuelvan latinos.

Afirmo la persistencia del españolismo, y en este sentido creo que la

sentencia del Duque de Frías no puede fallar. Durante muchos siglos aún

podremos exclamar con dicho poeta:

Españoles seréis, no americanos,

y podremos afirmar que el navegante que vaya por allí desde Europa,

Al arrojar el áncora pesada

En las playas antípodas distantes,

Verá la Cruz del Gólgota plantada

Y escuchará la lengua de Cervantes.

Bolívar pudo sacudir el yugo del tirano Fernando VII; pero el otro yugo,

suave y natural, del Manco de Lepanto y del ejército de escritores que

le sigue, es yugo que nadie quiere, ni debe, ni puede sacudir.

Otro sentimiento, que no nos es favorable, se deja traslucir además en

el canto _Atlántida_. Es legítimo, sin duda, el deseo, y no deja de

tener fundamento la esperanza que anima á los americanos, esto es, á los

descendientes de europeos que fueron á colonizar á América, de que el

porvenir de la humanidad está allí: de que, si en Asia, cuna de la

civilización, hizo la humanidad grandes cosas, y de que, si más tarde,

tal vez desde las guerras médicas, Europa adquiere la hegemonía,

civiliza, domina el mundo y obra mil portentos, todavía América los

obrará mayores en lo futuro, eclipsando las glorias de las más ilustres

naciones de Asia y de Europa. Hasta este punto, el pensar y el aspirar

son razonables y nada tienen de odiosos. Nada hay que decir, pongo por

caso, de que un ciudadano de Chicago espere que el esplendor de su

ciudad anuble dentro de poco el esplendor de la memoria de Roma, ó de

que Nueva York haga olvidar á Sidón y á Tiro, ó de que por Boston se

venga á oscurecer la fama de Atenas. Pero ya es de censurar, si

traspasando este límite se advierte la impaciencia, que tiene algo de

antinatural, como cuando un hijo piensa en que se le muera pronto su

padre para heredarle, de que decaiga Europa, á fin de que se levanten

las naciones de América con superior y no disputada grandeza.

De todos modos, yo no apruebo esta especie de naciente rivalidad entre

el mundo nuevo y el viejo, y creo compatible la grandeza de ambos mundos

y posible el florecimiento de las naciones de por allá y de las de por

acá; pero como de la emulación nacen los grandes hechos, y no hay éxito

dichoso donde no hay confianza, aplaudo el júbilo soberbio con que

Andrade parece que espera más de su raza que de Europa y que de los

_yankees_, asegurando que su raza va á cumplir las promesas de oro del

porvenir, el cual está reservado (en América se entiende)

Á la raza fecunda

Cuyo seno engendró para la historia

Los Césares del genio y de la espada.

Andrade quiere decir con esto, y yo me alegraría de que tuviese razón,

pues aunque quiero bien á los _yankees_, quiero más á la gente de mi

casta y sangre, que lo grande que tiene aún que hacer la humanidad lo

van á hacer los hispano-americanos. Ojalá, repito, que sea así. Pero

¿qué necesidad hay para ello de que nos considere ya muertos ó

arruinados?

Andrade, profetizando en favor de su raza, que él llama latina, exclama:

Aquí va á realizar lo que no pudo

Del mundo antiguo en los escombros yertos:

La más bella visión de las visiones:

Al himno colosal de los desiertos,

La eterna comunión de las naciones.

Supongo que el poeta intenta decir, aunque, francamente, lo dice mal,

que, escuchando el himno colosal de los desiertos, esto es, en medio de

la magnífica, exuberante y hermosa naturaleza de aquel nuevo é inmenso

continente, la raza latina realizará al cabo

La eterna comunión de las naciones,

ó sea una confederación y consorcio de pueblos libres, prósperos,

fuertes, ricos y llenos de altísima cultura.

A nada de esto debe oponerse, sino aplaudir, todo _latino_ de por acá.

Lo que yo no apruebo, y lo que no aprobará ningún _latino_ de los de

esta banda, es que los _latinos_ de la otra banda pongan como condición,

á lo que parece, el que se convierta en _escombros yertos_ este mundo

antiguo, en el que hemos nacido y en el que vivimos.

En un porvenir remoto, todo, sin embargo, es posible. Tal vez dentro de

algunos siglos, en vez de venir los chilenos, peruanos, brasileños,

etc., á estudiar, á divertirse y á gozar, en escuelas, teatros y

bullicios de París, de Roma y hasta de Madrid y Sevilla, aunque decaídas

ya estas poblaciones, vengan á visitar sus ruinas como visitan ahora los

europeos las ruinas de Persépolis, Palmira, Nínive y Babilonia. Lo que

casi no es posible, y vuelvo á mi tema, es que los hispano-americanos,

aun después de ocurrido todo lo que dejo consignado, se conviertan en

_latinos_. ¡Cuidado que á mí me encantan Horacio y Virgilio, y los

Gracos y los Scipiones, y Paulo Emilio y Régulo, y los Fabios y los

Decios! Aunque propiamente no sean latinas, todas las grandes cosas de

la Italia moderna me maravillan también y me atraen. Yo reconozco y

bendigo el influjo civilizador de Italia, la cual, hasta el siglo XVI, y

desde siete siglos antes de Cristo, y aun desde más temprano si contamos

con el florecimiento de la Etruria y de la Magna Grecia, es la maestra

de las gentes; pero los discípulos no han perdido su ser y dejado de ser

lo que eran. Un cordobés, paisano de Lucano y de Séneca; un señorito de

Sevilla, paisano casi de Silio Itálico y de los emperadores Trajano,

Adriano y Teodosio el Grande, ó un natural de Cádiz, paisano de los

Balbos, me chocaría á mí que saliese con la tonada de que era latino,

cuando tal vez no supiese decir en latín sino el _Gloria Patri_ y el

_Sicut erat_. Hágase Ud. cargo si me chocará que un ciudadano de Buenos

Aires, ó de Montevideo, ó de Quito, salga con que es latino ó de raza

latina, como si tuviese á menos ó se avergonzase de ser de raza

española.

Pero, en fin, nada de esto destruye el mérito de los versos de Andrade,

de que seguiré hablando otro día.

Perdone Ud. que por hoy haya perdido yo tanto tiempo en mi inocente

desahogo contra esta _latinidad_ postiza que por moda científica nos han

colgado á todos.

* * * * *

_14 de Mayo de 1888._

V

Mi distinguido amigo: Confieso que el canto _Atlántida_ hace que me

asalten con vigor mis dudas y cavilaciones sobre la poesía _docente_ en

nuestra edad, en que todas las ciencias están metodizadas y ordenadas.

Es de toda evidencia que existe aún sublime poesía _docente_, la cual,

no sólo enseña el camino del progreso al linaje humano, sino que habla

de Dios, revela los misterios del universo y de la historia, y mueve y

levanta los corazones para que realicen nobles y útiles empresas. El

influjo de esta poesía es hoy como nunca poderoso, y da un mentís á los

que afirman que vivimos en época positiva y prosaica. Más que Tirteo en

la antigua Grecia, influyen Whittier en la guerra civil de los Estados

Unidos para dar libertad á los esclavos, y Quintana, en España,

sosteniendo á la vez, con idéntico brío y en maravillosa y rica

combinación, las ideas y los sentimientos que habían producido la

revolución en Francia y el fervoroso patriotismo que abominaba de los

que, por fuerza y sometidos ya á un tirano, aparentaban divulgar esos

sentimientos y esas ideas á costa de la dignidad y de la independencia

de las otras naciones.

Jamás como ahora, á pesar de la manía de afirmar que estamos en la edad

de la razón y que ha pasado la edad de la fe, ha sido el entusiasmo más

contagioso, ni ha tenido más eficacia, precediendo á la acción el

pensamiento, y revistiéndose para propagarse y transformarse en obras de

la palabra rítmica, sonora y alada.

Pero todo esto no es porque los poetas patenticen los arcanos que antes

sabían sólo asociaciones secretas, ni hagan raros descubrimientos de que

nadie se hubiera enterado hasta que ellos lo dijeron, sino porque á lo

sentido, á lo imaginado y á lo pensado por muchos, tal vez informe y

confusamente, aciertan á dar forma divina, sintiéndolo con más energía,

imaginándolo con mayor lucidez, pensándolo con más limpia y pura

claridad y comunicándolo así á las muchedumbres.

Todo depende, pues, de una feliz forma íntima, de la oportunidad y del

tino.

Cierto escritor israelita ha compuesto un libro donde trata de probar

que no hay sentencia alguna en el _Sermón de la Montaña_ que no hubieran

pronunciado antes de Cristo estos ó aquellos doctores de la Sinagoga ó

de sectas judaicas en disidencia. Miremos el asunto con mirada

racionalista y profana, y concedamos por un instante que dice verdad el

autor del libro. El mérito de Jesús no se menoscabará por eso; antes

crece en nuestra mente y se magnifica. ¡Con qué inspiración

imperiosamente persuasiva, con qué soberano magisterio, con qué arte

prodigioso no diría Jesús su Sermón, cuando de un tejido de frases

olvidadas ó desdeñadas de rabinos obscuros, y de los que nadie hacía ya

caso, compuso una obra moral y social que ha renovado el mundo y que

hace cerca de dos mil años es como el fundamento ideal de la vida y de

las costumbres entre las naciones que gobiernan y dirigen los destinos

humanos!

Cartas americanas. Primera serie · 第 5 / 16 段