En la noche moral abrumadora,
Cuando surge el poeta,
Ave también de vuelo soberano,
Que en las horas sombrias
Canta al oído del linaje humano
Ignotas harmonías,
Misteriosos acordes celestiales,
Enseñando á los pueblos rezagados
El rumbo de las grandes travesías,
La senda de las cumbres inmortales.
Hecha ya esta definición, la ilustra con varios ejemplos históricos:
pone como prototipos de estos poetas que enseñan á la humanidad y que la
sacan ó tratan de sacarla del atolladero y de las tinieblas en que se
ha hundido, á Isaías, á Esquilo, á Juvenal y á Dante; y, por último,
síntesis maravillosa de todos éstos, y superándolos á todos, suscita
Dios á Víctor Hugo, cuya misión es más alta que la de Isaías, que la de
Juvenal y que la de Dante, porque viene á renovar el linaje humano, nada
menos.
Diré aquí con toda franqueza que si yo fuese Víctor Hugo, y alguien me
hubiera echado tanto incienso, y no tontamente, sino con gracia, y
moviendo bien el turíbulo, hubiera yo escrito una carta menos seca,
pagando al poeta sus alabanzas con otras iguales y no menos justas. La
carta de Víctor Hugo me da rabia, como si yo fuese Andrade. La única
disculpa que tiene la carta es que Víctor Hugo no sabía castellano y no
entendió los versos de su admirador.
La verdad es que, ó debe uno callarse y dejar que le adoren como á un
Dios, ó contestar con algo mejor que tres frases hechas á requiebros
como los que siguen:
Todo lo tienes tú, la voz de trueno
Del gran profeta hebreo,
Fulminador de crímenes y tronos!
El grito fragoroso del que un día
Encarnó, para ejemplo de los siglos,
La idea del derecho en Prometeo;
La cuerda de agrios tonos
De Juvenal, aquel Daniel latino,
Tremendo justiciero de su siglo,
Y el rumor de caverna de los cantos
Del viejo Ghibelino.
Todo lo tienes tú; por eso el cielo
Te dió tan vasto sin igual proscenio.
No hay notas que no vibren en tu lira,
Ni espacios que no se abran á tu genio.
Cantas al porvenir, y los que sufren,
Esclavos de la fuerza ó la mentira,
Sienten abrirse á sus llorosos ojos
De la esperanza las azules puertas.
Apostrofas al tiempo, y se levantan,
Mágico evocador de edades muertas,
Como viviente, inmenso torbellino,
Razas extintas, pueblos fenecidos,
Fantasmas y vestiglos,
Para contarte en misterioso idioma
La colosal _Leyenda de los siglos!_
Todo lo tienes tú; todo lo fuiste:
Profeta, precursor, mártir, proscrito.
Gigante en el dolor te levantaste
Cuando en la noche lóbrega sentiste
Temblar los mares, vacilar la tierra,
Con pavorosa conmoción extraña,
Cual si un titán demente forcejease
Por arrancar de cuajo una montaña.
Era Francia, montaña en cuya cumbre
Anida el genio humano;
La Francia de tu amor, que tambaleaba
Herida por el hacha del germano;
Y arrojando la lira en que cantabas
La _Canción de los bosques y las calles_,
Fuiste á tocar llamada,
De París sobre el muro ennegrecido,
En el ronco clarín de Roncesvalles.
Larga es la cita que acabo de hacer; pero ella muestra la excesiva,
candorosa y casi desdeñada adoración á Víctor Hugo; el concepto que
formaba Andrade de lo que era ó debía ser un poeta grande; y aun algunos
de sus sentimientos y creencias sobre el progreso y la libertad, y sobre
el alto destino de Francia, _cumbre donde anida el genio humano_.
Las faltas de Andrade se ven también en los versos que acabo de citar.
Por ellos se puede afirmar que se le empieza á conocer; mas para
conocerle á fondo, es fuerza hablar de su _Prometeo_, de su _Atlántida_
y de otras composiciones que piden más cartas. Por hoy añadiré sólo que
al terminar los versos á Víctor Hugo, muestra Andrade otro de sus
entusiasmos y sus creencias más poéticas: que el glorioso porvenir del
humano linaje está en el mundo que descubrió Colón.
Desde aquí, teatro nuevo
Que Dios destina al drama del futuro,
Razas libres te admiran y se mezclan
Al coro de tu gloria,
Orfeo que bajaste
En busca de tu amante arrebatada,
La santa democracia,
A las más hondas simas de la historia!
Desde aquí te contemplan
Entre dos siglos batallando airado
Y arrancando á la lira
La vibración del porvenir rasgado
O el triste acento de la edad que espira!
Y al través de los mares,
Astro que bajas al ocaso, envuelto
En torrentes de llama brilladora,
Entonando tus cantos seculares,
Te saludan los hijos de la aurora.
Este final es magnífico.
No es más grandioso y arrogante nada de Víctor Hugo; pero, como el poeta
argentino, envolviendo á su ídolo en nubes de incienso y en nimbos y
aureolas de luz, le llama viejo y astro que baja al ocaso, ¿quién sabe
si Víctor Hugo lo entendería y se enojaría un poco?
Basta ya, por ahora. Otro día veremos cómo entrevé y predice Andrade el
porvenir de su América, y cómo teje guirnaldas ó coronas poéticas con
las flores que toma en la filosofía de la historia; jardín público donde
cada cultivador planta y recoge las flores que le convienen ó le gustan;
ciencia que cada cual construye, entiende y explica según le place.
* * * * *
_7 de Mayo de 1888._
IV
Mi distinguido amigo: La última producción de Andrade, titulada
_Atlántida_, es el canto de cisne, donde su sentir patriótico y de raza
está expresado con mayor elegancia y brío. Premiado el canto en público
certamen, y siendo además la obra más encomiada del poeta, bien puede
afirmarse que las ideas y los sentimientos que contiene son de los más
populares en las orillas de La Plata.
No pretendo yo negar que el canto es hermoso. No me propongo escatimar
las alabanzas, ni deslustrar los aciertos sacando á relucir faltas y
errores. Tampoco gusto, por lo común, de impugnar, con la fría
dialéctica de la prosa, lo que tal vez afirma un poeta arrebatado por el
estro; pero ¿cómo prescindir de mi propia manera de sentir, de mi ser de
español-peninsular, y no contradecir sentimientos é ideas que en la
_Atlántida_ se expresan y que en algo ó en mucho nos lastiman?
El canto _Atlántida_ está dedicado al porvenir de _la raza latina en
América_, y esto de _raza latina_ ofende mi amor propio español. En
esto, para España, hay algo que hiere, como se sentiría herido un
anciano al saber que un hijo suyo, emancipado, rico, con gran porvenir,
establecido en remotos países y lleno de altas miras ambiciosas, justas
y fundadas, había renegado del apellido paterno, y en vez de llamarse
como se llamó su padre, había adoptado el apellido de un amo, á quien su
padre sirvió en la mocedad.
Al llamarse latinos los americanos de origen español, se diría que lo
hacen por desdén ó desvío del ser que tienen y de la sangre que corre
por sus venas. Ellos se distinguen, entre sí y de nosotros, llamándose
argentinos, mexicanos, colombianos, peruanos, chilenos, etc. Pero si
buscan luego algo de común que enlace pueblos tan diversos é
independientes, me parece que el tronco de las distintas ramas no está
en el Lacio, sino en esta tierra española. Los Estados y las naciones
que han surgido en América de nuestras antiguas colonias son tan
españoles como fueron griegas las colonias independientes que los
griegos fundaron en Africa, en Asia, en Italia, en Sicilia, en España y
en las Galias. No se avergonzaron estos griegos independientes de seguir
llamándose griegos, y no imaginaron llamarse pelasgos ó arios para
borrar ó esfumar su helenismo en calificación más vasta y comprensiva.
Y aunque se diga que los portugueses no son españoles y que hay un gran
imperio de origen portugués en América, el argumento no vale. Si hemos
de reducir á un común denominador á los luso-americanos y á los
hispano-americanos, á fin de sumarlos luego, más natural sería hacerlos
á todos, no latinos, sino ibéricos y hasta españoles. Los portugueses,
en los siglos de su mayor auge y florecimiento, cuando tenían
navegantes, héroes y poetas, como Gama, Cabral, Diego Correa, D. Juan de
Castro, Alburquerque y Camoens, no desdeñaban el ser españoles, por más
que dentro de este predicamento general pusieran la distinción
específica de portugueses. Ni sé yo que los austriacos, cuando no son
húngaros, bohemios ó croatas, así como tampoco otros pueblos germánicos,
que no dependen del imperio alemán, fundado por los prusianos, repugnen
el dictado de alemanes y pretendan llamarse de otra manera. Más derecho
sería negar al imperio flamante el exclusivo título de alemán.
De esta suerte pudieran los portugueses, si hubiera tribunal con
jurisdicción para decidir y el negocio importase más, poner pleito á
España por haberse alzado con el nombre de España y pedir que este
Estado se llamase Reino Unido de Aragón y Castilla.
Me parece, por otra parte, que el título de América latina disuena más
al promover la contraposición con la América _yankee_, que han dado en
apellidar _anglo-sajona_. Para que la contraposición fuese exacta,
convendría, si llamamos anglo-sajona á una América porque se apoderó de
Inglaterra un pueblo bárbaro llamado anglo-sajón, llamar visogótica á
la otra América, porque otro pueblo bárbaro, llamado visogodo, conquistó
la España. Igual razón habría para llamar á los Estados Unidos y al
Canadá América normanda, con tal de que la restante América se llamase
moruna ó berberisca.
La verdadera contraposición, la innegable diferencia entre los _yankees_
y los hispano-americanos de cualquier república que sean, no está en lo
germánico, ni en lo latino, ni en lo normando, ni en lo moruno, ni en lo
anglo-sajón, ni en lo visogótico, sino en que una América, civilizada
ya, procede de ingleses, y de españoles otra, cuando Inglaterra y España
eran al fin dos naciones perfectamente formadas y distintas, con
condiciones propias y con carácter peculiar y con sello de originalidad
indeleble. Y este sello tiene ó debe tener fuerza y virtud informante
para marcar y asimilar á la gente que entre por aluvión á ser parte de
la población de los nuevos Estados. Y así como no es de presumir que los
franceses del Canadá y de Nueva Orleans, y que los españoles de origen
de California, Texas y la Florida, y mucho menos los seis ó siete
millones de negros, ciudadanos libres hoy de la república que fundó
Washington, cambien el ser de aquella república y borren su origen, en
su mayor parte inglés, menos debe temerse que los italianos ó los
franceses que emigran ahora á la América, de origen, no en su mayor
parte, sino exclusivamente española ó ibérica, borren la filiación y las
señales de la procedencia y conviertan aquella América en latina.
Hechas estas consideraciones para que quede en su punto la verdad,
severa y prosaicamente considerada, no debiéramos disputar más con el
poeta, sino repetir la sentencia de Horacio del _quidlibet audendi_, y
dejarle imaginar lo que se le antojara y convertir en latinos á todos
los hispano-americanos desde Nueva Méjico á Patagonia.
En medio de todo no hay concepto generalizador que, aun pareciendo
absurdo por un lado, no tenga por otro cierto racional fundamento, el
cual estriba en nociones vagas, que se desprenden de ciencias nuevas,
como, en este caso, de la filosofía de la historia, de la etnografía y
de la filología comparativa, y pasan al dominio del vulgo. De aquí, sin
duda, que habiendo sido tan pocos los latinos, allá en un principio, nos
convirtamos ahora todos en latinos, con sorpresa y pasmo de los que no
están en el secreto y por obra y gracia de las mencionadas ciencias.
Podemos llamarnos latinos, aunque no raza latina, como ya nos llamaron
latinos los griegos del Bajo Imperio, para quienes los alemanes y los
ingleses, y con sobrada razón, eran latinos, porque habíamos sido todos
civilizados por el latín y con el latín: por el Imperio latino de Roma y
después por la Iglesia latina, de Roma. Podemos llamarnos latinos,
porque nuestras lenguas proceden del latín, y, en este sentido, no son
latinos los alemanes; pero no sé yo por qué los ingleses han de ser más
germánicos que latinos ó celtas. Si es cuestión de vocablos, acaso, casi
de seguro, hay en un Diccionario inglés tantas palabras tomadas del
latín como tomadas de otro idioma. Y si nuestro latinismo se funda en
el influjo civilizador de la Iglesia romana, desde la caída del Imperio
hasta la Reforma, los ingleses y los irlandeses resultan más latinos que
los españoles, quienes, durante toda la edad media, estuvieron mucho más
separados que Inglaterra y que Irlanda del influjo de Roma.
En resolución, y bajo cualquier aspecto que esto se mire, yo comprendo
que, con el andar de los siglos, desaparezca del todo entre los
_yankees_ la huella de su origen inglés, y entre los hispano-americanos
la huella de su origen español, para que _yankees_ é hispano-americanos
sean algo enteramente nuevo; pero no comprendo que _yankees_ é
hispano-americanos se borren el ser inglés ó español que tienen para que
aparezca por bajo un ser anglo-sajón ó latino, á la manera que se puede
borrar lo escrito recientemente en un palimpsesto, para que salga á
relucir por bajo alguna obra clásica de antigüedad remota.
Si otro modo de transformación puede ó no ocurrir, misterio es profético
en el que no debo entrar. Sólo digo que esta transformación, por cuya
virtud quedasen _descastados_ los españoles ultramarinos, los vejaría
más á ellos que á los españoles peninsulares. ¿Carecerá la raza que
colonizó tan inmensa extensión de ambas Américas de vigor y de nervio
suficientes para imponer el sello característico que la distingue?
¿Cederá al empuje de la inmigración creciente, dejando, v. gr.,
que los franceses ó los italianos se sobrepongan, y que las
nuevas nacionalidades y tal vez las lenguas sean un conjunto
italo-franco-hispano-lusitano, que venga á denominarse _latino_, para
que no sea tan largo el término de expresión?
Me parece que, en todo caso, han de pasar centenares de años antes de
que esto ocurra.
Lo más probable, así como lo más deseable, será que el Brasil,
prescindiendo de tupinambas y guaranies, y de negros bundas y minas, y
considerado como nación civilizada, siga siendo portugués de casta y
origen, y que sus habitantes sigan hablando y escribiendo la lengua
portuguesa, enriquecida ya por ellos con un tesoro de poesía épica y
lírica y con muy estimables libros de historia y de derecho; que todas
las repúblicas hispano-americanas, como pueblos civilizados, sigan
siendo de origen español, y que sus ciudadanos sigan hablando la lengua
de Castilla, en que han escrito Alarcón, Sor Juana Inés, Valbuena,
Gorostiza, Ventura de la Vega, Baralt, Bello y Olmedo; y que los sesenta
millones de _yankees_, que podrán dentro de poco pasar de ciento, sigan
siendo ingleses por su origen, como pueblo civilizado, y sigan hablando
la lengua inglesa. Las literaturas de estos pueblos seguirán siendo
también literaturas inglesa, portuguesa y española, lo cual no impide
que con el tiempo, ó tal vez mañana, ó ya salgan autores _yankees_ que
valgan más que cuanto ha habido hasta ahora en Inglaterra; ni impide
tampoco que nazcan en Río Janeiro, en Pernambuco ó en Bahía escritores
que valgan más que cuanto Portugal ha producido; ó que en Buenos Aires,
en Lima, en México, en Bogotá ó en Valparaíso lleguen á florecer las
ciencias, las letras y las artes con más lozanía y hermosura que en
Madrid, en Sevilla y en Barcelona.
No niego yo la posibilidad de que los hispano-americanos nos superen; y
si no deseo que se nos adelanten, porque la caridad bien ordenada
empieza por uno mismo, deseo que nos igualen. Lo que niego es que, á no
ser por decadencia y no por primor ó por adelanto, se vuelvan latinos.
Afirmo la persistencia del españolismo, y en este sentido creo que la
sentencia del Duque de Frías no puede fallar. Durante muchos siglos aún
podremos exclamar con dicho poeta:
Españoles seréis, no americanos,
y podremos afirmar que el navegante que vaya por allí desde Europa,
Al arrojar el áncora pesada
En las playas antípodas distantes,
Verá la Cruz del Gólgota plantada
Y escuchará la lengua de Cervantes.
Bolívar pudo sacudir el yugo del tirano Fernando VII; pero el otro yugo,
suave y natural, del Manco de Lepanto y del ejército de escritores que
le sigue, es yugo que nadie quiere, ni debe, ni puede sacudir.
Otro sentimiento, que no nos es favorable, se deja traslucir además en
el canto _Atlántida_. Es legítimo, sin duda, el deseo, y no deja de
tener fundamento la esperanza que anima á los americanos, esto es, á los
descendientes de europeos que fueron á colonizar á América, de que el
porvenir de la humanidad está allí: de que, si en Asia, cuna de la
civilización, hizo la humanidad grandes cosas, y de que, si más tarde,
tal vez desde las guerras médicas, Europa adquiere la hegemonía,
civiliza, domina el mundo y obra mil portentos, todavía América los
obrará mayores en lo futuro, eclipsando las glorias de las más ilustres
naciones de Asia y de Europa. Hasta este punto, el pensar y el aspirar
son razonables y nada tienen de odiosos. Nada hay que decir, pongo por
caso, de que un ciudadano de Chicago espere que el esplendor de su
ciudad anuble dentro de poco el esplendor de la memoria de Roma, ó de
que Nueva York haga olvidar á Sidón y á Tiro, ó de que por Boston se
venga á oscurecer la fama de Atenas. Pero ya es de censurar, si
traspasando este límite se advierte la impaciencia, que tiene algo de
antinatural, como cuando un hijo piensa en que se le muera pronto su
padre para heredarle, de que decaiga Europa, á fin de que se levanten
las naciones de América con superior y no disputada grandeza.
De todos modos, yo no apruebo esta especie de naciente rivalidad entre
el mundo nuevo y el viejo, y creo compatible la grandeza de ambos mundos
y posible el florecimiento de las naciones de por allá y de las de por
acá; pero como de la emulación nacen los grandes hechos, y no hay éxito
dichoso donde no hay confianza, aplaudo el júbilo soberbio con que
Andrade parece que espera más de su raza que de Europa y que de los
_yankees_, asegurando que su raza va á cumplir las promesas de oro del
porvenir, el cual está reservado (en América se entiende)
Á la raza fecunda
Cuyo seno engendró para la historia
Los Césares del genio y de la espada.
Andrade quiere decir con esto, y yo me alegraría de que tuviese razón,
pues aunque quiero bien á los _yankees_, quiero más á la gente de mi
casta y sangre, que lo grande que tiene aún que hacer la humanidad lo
van á hacer los hispano-americanos. Ojalá, repito, que sea así. Pero
¿qué necesidad hay para ello de que nos considere ya muertos ó
arruinados?
Andrade, profetizando en favor de su raza, que él llama latina, exclama:
Aquí va á realizar lo que no pudo
Del mundo antiguo en los escombros yertos:
La más bella visión de las visiones:
Al himno colosal de los desiertos,
La eterna comunión de las naciones.
Supongo que el poeta intenta decir, aunque, francamente, lo dice mal,
que, escuchando el himno colosal de los desiertos, esto es, en medio de
la magnífica, exuberante y hermosa naturaleza de aquel nuevo é inmenso
continente, la raza latina realizará al cabo
La eterna comunión de las naciones,
ó sea una confederación y consorcio de pueblos libres, prósperos,
fuertes, ricos y llenos de altísima cultura.
A nada de esto debe oponerse, sino aplaudir, todo _latino_ de por acá.
Lo que yo no apruebo, y lo que no aprobará ningún _latino_ de los de
esta banda, es que los _latinos_ de la otra banda pongan como condición,
á lo que parece, el que se convierta en _escombros yertos_ este mundo
antiguo, en el que hemos nacido y en el que vivimos.
En un porvenir remoto, todo, sin embargo, es posible. Tal vez dentro de
algunos siglos, en vez de venir los chilenos, peruanos, brasileños,
etc., á estudiar, á divertirse y á gozar, en escuelas, teatros y
bullicios de París, de Roma y hasta de Madrid y Sevilla, aunque decaídas
ya estas poblaciones, vengan á visitar sus ruinas como visitan ahora los
europeos las ruinas de Persépolis, Palmira, Nínive y Babilonia. Lo que
casi no es posible, y vuelvo á mi tema, es que los hispano-americanos,
aun después de ocurrido todo lo que dejo consignado, se conviertan en
_latinos_. ¡Cuidado que á mí me encantan Horacio y Virgilio, y los
Gracos y los Scipiones, y Paulo Emilio y Régulo, y los Fabios y los
Decios! Aunque propiamente no sean latinas, todas las grandes cosas de
la Italia moderna me maravillan también y me atraen. Yo reconozco y
bendigo el influjo civilizador de Italia, la cual, hasta el siglo XVI, y
desde siete siglos antes de Cristo, y aun desde más temprano si contamos
con el florecimiento de la Etruria y de la Magna Grecia, es la maestra
de las gentes; pero los discípulos no han perdido su ser y dejado de ser
lo que eran. Un cordobés, paisano de Lucano y de Séneca; un señorito de
Sevilla, paisano casi de Silio Itálico y de los emperadores Trajano,
Adriano y Teodosio el Grande, ó un natural de Cádiz, paisano de los
Balbos, me chocaría á mí que saliese con la tonada de que era latino,
cuando tal vez no supiese decir en latín sino el _Gloria Patri_ y el
_Sicut erat_. Hágase Ud. cargo si me chocará que un ciudadano de Buenos
Aires, ó de Montevideo, ó de Quito, salga con que es latino ó de raza
latina, como si tuviese á menos ó se avergonzase de ser de raza
española.
Pero, en fin, nada de esto destruye el mérito de los versos de Andrade,
de que seguiré hablando otro día.
Perdone Ud. que por hoy haya perdido yo tanto tiempo en mi inocente
desahogo contra esta _latinidad_ postiza que por moda científica nos han
colgado á todos.
* * * * *
_14 de Mayo de 1888._
V
Mi distinguido amigo: Confieso que el canto _Atlántida_ hace que me
asalten con vigor mis dudas y cavilaciones sobre la poesía _docente_ en
nuestra edad, en que todas las ciencias están metodizadas y ordenadas.
Es de toda evidencia que existe aún sublime poesía _docente_, la cual,
no sólo enseña el camino del progreso al linaje humano, sino que habla
de Dios, revela los misterios del universo y de la historia, y mueve y
levanta los corazones para que realicen nobles y útiles empresas. El
influjo de esta poesía es hoy como nunca poderoso, y da un mentís á los
que afirman que vivimos en época positiva y prosaica. Más que Tirteo en
la antigua Grecia, influyen Whittier en la guerra civil de los Estados
Unidos para dar libertad á los esclavos, y Quintana, en España,
sosteniendo á la vez, con idéntico brío y en maravillosa y rica
combinación, las ideas y los sentimientos que habían producido la
revolución en Francia y el fervoroso patriotismo que abominaba de los
que, por fuerza y sometidos ya á un tirano, aparentaban divulgar esos
sentimientos y esas ideas á costa de la dignidad y de la independencia
de las otras naciones.
Jamás como ahora, á pesar de la manía de afirmar que estamos en la edad
de la razón y que ha pasado la edad de la fe, ha sido el entusiasmo más
contagioso, ni ha tenido más eficacia, precediendo á la acción el
pensamiento, y revistiéndose para propagarse y transformarse en obras de
la palabra rítmica, sonora y alada.
Pero todo esto no es porque los poetas patenticen los arcanos que antes
sabían sólo asociaciones secretas, ni hagan raros descubrimientos de que
nadie se hubiera enterado hasta que ellos lo dijeron, sino porque á lo
sentido, á lo imaginado y á lo pensado por muchos, tal vez informe y
confusamente, aciertan á dar forma divina, sintiéndolo con más energía,
imaginándolo con mayor lucidez, pensándolo con más limpia y pura
claridad y comunicándolo así á las muchedumbres.
Todo depende, pues, de una feliz forma íntima, de la oportunidad y del
tino.
Cierto escritor israelita ha compuesto un libro donde trata de probar
que no hay sentencia alguna en el _Sermón de la Montaña_ que no hubieran
pronunciado antes de Cristo estos ó aquellos doctores de la Sinagoga ó
de sectas judaicas en disidencia. Miremos el asunto con mirada
racionalista y profana, y concedamos por un instante que dice verdad el
autor del libro. El mérito de Jesús no se menoscabará por eso; antes
crece en nuestra mente y se magnifica. ¡Con qué inspiración
imperiosamente persuasiva, con qué soberano magisterio, con qué arte
prodigioso no diría Jesús su Sermón, cuando de un tejido de frases
olvidadas ó desdeñadas de rabinos obscuros, y de los que nadie hacía ya
caso, compuso una obra moral y social que ha renovado el mundo y que
hace cerca de dos mil años es como el fundamento ideal de la vida y de
las costumbres entre las naciones que gobiernan y dirigen los destinos
humanos!