Dicho general, venciendo definitivamente á los indios, errantes por la

inmensa soledad de la Pampa, aumentó el territorio de la república con

muchos millones de hectáreas, preparó todos aquellos campos para el

advenimiento de la civilización y de la colonización europea, y,

libertándolos de las invasiones y rapiñas de los salvajes, les dió un

valor que sólo puede significarse por centenares de millones de pesetas.

Todo esto se hizo humana y hábilmente, sin disparar un tiro, sin

derramar una gota de sangre. Los indios fueron perseguidos, cazados y

confinados en sitios donde tendrán que reducirse á la vida civil, ó

morir y extinguirse como raza. Quichuas, guaranies, tehuelches,

pehuenches y araucanos, todo va á desaparecer y á ceder por completo la

tierra, desde el límite occidental de la dilatada provincia de Buenos

Aires y los límites meridionales de las de Córdoba, San Luis y Mendoza,

á fin de que por allí se explaye y se difunda la civilización

americano-española, hasta el estrecho de Magallanes.

¿Debemos recelar que amenace ahora cierto peligro á esta civilización, y

á la raza que la representa, y al lenguaje que la expresa? Yo creo que

no, á pesar de lo que sostienen y pronostican autores de nota, entre los

cuales sobresale el francés Emilio Daireaux, cuya obra, _Vida y

costumbres en la Plata_, Ud. mismo me ha dado á leer.

Suponiendo que en el día cuenta la República Argentina con una población

de cerca de cuatro millones de hombres, sólo podremos considerar la

cuarta parte, un millón, como inmigrados extranjeros, y aun en este

número habrá que contar más de 160.000 españoles. Los italianos son los

más numerosos entre estos inmigrados. Los franceses vienen después, casi

en el mismo número que los españoles. Y hay, por último, ingleses,

alemanes y de otros países de Europa.

A la verdad que no es corta esta inmigración. Para el pronto

crecimiento y grandeza de la República se ha de presumir que irá la

inmigración en aumento constante, pues hay tanto terreno desierto que

poblar y que cultivar; pero ni aun así creo yo que deba pronosticarse

que ha de fallecer la virtud absorbente de la raza española criolla, que

forma ya una nación perfecta y entera, y que del aluvión y conjunto de

gentes que acuden y acudirán de todas partes, habrá de surgir una

nacionalidad nueva y distinta, con otro idioma, con otra manera de ser y

con otros rasgos y caracteres que los que tienen hoy los argentinos y

llevaron allí los primeros colonos que fueron de España.

Para dar por seguro ó por probable lo contrario es menester suponer,

como sin duda supone Daireaux, que en la Plata no hay verdaderamente

nación todavía, sino gérmenes de nación, cuya elaboración definitiva

dice él que ha empezado, si bien se ignora qué elemento prevalecerá, y

qué lenguaje y qué modo de ser tendrán ustedes. Por lo pronto, afirma el

Sr. Daireaux que la raza, que era española en un principio, aunque con

mucha mezcla de judíos y de moros (lo cual pongo yo en duda, y si lo

concediese, no concedería que esos moros y esos judíos no fuesen ya al

ir á la Plata enteramente españoles), ha dejado de ser española y se ha

hecho latina, y afirma también que la lengua va sufriendo allí rápidas

modificaciones. Dentro de poco no podremos entendernos. Hablarán Uds. en

latín, ya que son ustedes latinos, ó en francés, que es la lengua más de

moda entre las neolatinas, ó tal vez en una lengua franca y flamante,

que saldrá de la mezcla de los diversos idiomas que hablen los que vayan

allí de inmigrados.

De nada de esto veo yo, por dicha, ni señales. Y digo por dicha, ya que,

si para nosotros, habitantes de esta Península ibérica, sería terrible

mortificación de amor propio que desapareciese hasta la huella de que

esa república es hija de España, para Uds. la mortificación sería mayor

al quedar tan absorbidos y tan desaparecidos como tendrán que quedar los

pehuenches ú otras tribus así.

La actividad, la energía y la riqueza que muestran hoy los argentinos,

hasta en empresas que parecen aventuradas y de inseguro buen éxito, nos

quitan todo recelo de esa á modo de desnaturalización con que el autor

francés amenaza á Uds. Sola la provincia de Buenos Aires, privada de su

capital, que se ha hecho neutra para ser capital de toda la república,

se ha creado en cinco años una nueva y magnífica capital, La Plata,

llena de soberbios edificios, monumentos y palacios, y poblada ya de

50.000 ciudadanos.

Pero ni esta bizarría y alarde de poder material, ni el comercio

floreciente, ni los adelantos en las varias industrias, prueban tanto el

arraigo en aquella tierra del ser argentino, español de origen, que

conservan y conservarán Uds., como el movimiento intelectual, cada día

más castizo, rico y fecundo, en todas las provincias de la república, y

en Buenos Aires sobre todo. El mismo Sr. Daireaux da testimonio del

valer é importancia de este movimiento, encomiando las obras del

general Mitre y del doctor V. F. López, que trazan la historia de la

independencia sudamericana; las de otros autores, como los doctores

Vicente Quesada, Navarro Viola y Trelles, que publican documentos sobre

los orígenes y la vida social; las de los estadistas y economistas

Agote, Latzina, Coni y Navarro; las de los antropólogos, etnógrafos y

exploradores Moreno, Ceballos, Lista y Fontana, y las de los

jurisconsultos Alcorta, Montes de Oca, Tejedor, Obarrio, Segovia, y

Carlos Calvo singularmente, «cuyo tratado de Derecho internacional

público y privado resume los progresos de esta ciencia oscura, en la

época moderna, figura entre las obras maestras de esta clase, y es

consultado por todas las cancillerías y por todos los diplomáticos».

Teatro, á lo que parece, no tienen Uds. aún.

De novelas, yo sólo conozco la _Amalia_, de Mármol; pero el Sr. Daireaux

cita _Pablo ó el hijo de las Pampas_, de doña Eduarda García, y varias

otras novelas de D. Eduardo Gutiérrez, como _Juan Moreira_ y _El tigre

de Quequen_, cuyos lances tremendos, crímenes y horrores, compara á los

de Eugenio Sue.

Donde, á la verdad, así en la República Argentina como en los demás

Estados de la América del Sur, se muestra más el genio castizo ó español

de origen, es en la poesía lírica y narrativa. Varias causas contribuyen

á esto. Las generales son las que en el siglo presente, aunque se llama

_positivo_, hacen que florezca la poesía en todas las regiones de la

tierra, como no ha florecido nunca. Y en cuanto á lo castizo y propio,

las causas son especiales. Ya sea porque nuestro lenguaje poético está

más trabajado y formado, ya sea porque nuestra prosodia es tan distinta

de la francesa, ello es que, aun queriendo, el poeta español más

entusiasta de los franceses no acertará á imitarlos en la forma si

escribe en castellano. Los galicismos de toda clase son más frecuentes

en prosa que en verso. Y en cuanto á los galicismos de fondo ó de

pensamiento, también en verso tienen que ser más raros; porque aun

cuando el poeta siga ó adopte sistemas ó doctrinas que estén de moda en

París, como en la poesía entra por mucho el sentimiento nacional y el

individual, éstos se combinan con lo que tal vez se aceptó por moda y le

presta fisonomía y valer castizos.

En cierto sentido no hay sabios _populares_; pero hay y hubo siempre

poetas populares que llevan la voz del pueblo y hacen oir con grata

resonancia y ritmo adecuado las palpitaciones del grande corazón

colectivo. De aquí que la ciencia sea cosmopolita y la poesía no.

En la República Argentina ha existido y existe esta poesía del pueblo ó

del vulgo al lado de la poesía sabia. Desde muy antiguo, desde que hubo

gauchos en la Pampa, los cuales no me puedo persuadir--á pesar de cuanto

dice Daireaux--de que sean más árabes ó más moros que cualquier

habitante de mi lugar ó de otro cualquier lugar de Andalucía ó de

Extremadura, hubo entre dichos gauchos cantadores y tocadores de

guitarra, músicos y poetas á la vez, que han lucido y nos han dejado en

sus coplas y canciones tesoros de inspiración original y fieles pinturas

de la vida nómada que en aquellos campos se hacía. Los poetas de esta

clase eran llamados ó se llaman _payadores_, y se citan como los más

ilustres entre ellos á Estanislao del Campo, á José Hernández y á

Ascasubi. Ignoro si el famoso payador simbólico Santos Vega, de quien

escribió Rafael Obligado leyenda tan preciosa, es personaje histórico ó

mítico; pero esto importa poco á mi propósito. Basta con que haya habido

otros _payadores_.

Coincidiendo con su poesía popular y agreste, produjo la tierra

argentina, como el resto de la América española, aun antes de la

independencia, otra poesía erudita y clásica, la cual siguió siempre la

manera de ser de la poesía de la metrópoli; y yo creo que esta poesía,

sobre todo la lírica, apenas se dejó influir por el gusto francés en

tiempo del _clasicismo_, ni en España, ni en sus colonias, ni en los

Estados independientes que de ellas nacieron. Hasta los poetas más

ajustados, en la teórica, á los preceptos de Boileau, que al cabo no

eran exclusivos de Francia, son muy españoles cuando escriben versos.

Meléndez, Jovellanos, Lista, Gallego, Quintana, todo el estol de líricos

españoles del siglo pasado y de principios del presente, no se parecen

más á los poetas franceses que fray Luis de León, Garcilaso, Herrera y

Rioja, de quienes son dignos sucesores. Lo mismo se puede afirmar de los

líricos hispano-americanos de aquella escuela y período: de Olmedo y de

Bello, por ejemplo.

Menor fué la independencia y mayor fué el remedo de lo francés cuando

vino el romanticismo. En la vieja España fué más fácil que algunos

poetas se libertasen de este remedo, refugiándose en lo pasado; en la

edad media, en nuestros romances, en nuestras tradiciones y en nuestro

teatro del siglo XVII; pero en América hubo menos reparo y defensa, y la

imitación de lo francés tuvo que ser mayor entre los románticos.

José Mármol es excepción de la regla. La vehemente energía de su odio

contra el tirano Rosas presta robusta entonación á sus versos, é imprime

en los mejores un sello característico y original, que les da grandísimo

valor á pesar de las incorrecciones y desaliños.

En cuanto á Echevarría, ¿cómo negar que malogró en parte sus no comunes

prendas? No lo digo yo: lo dice su compatriota de Ud. D. Calixto Oyuela:

«precisamente por haberse apartado de lo español y castizo más de lo que

nuestra propia naturaleza consiente, no pudo ser bastante americano.» Y

Oyuela añade luego: «Si Echevarría quiso renegar de esta índole y de

estas afinidades naturales, debió ser lógico, y renegar también del

idioma, que es su consecuencia necesaria, proponiendo que hablásemos en

francés ó en quichua.»--«Y no se alegue la quimera de formar nuevo

dialecto, desprendido del castellano: la historia nos enseña que de los

idiomas formados y fijados sólo pueden salir jergas informes.»

A pesar del pesimismo que muestra el señor Oyuela en este punto, bien

podemos afirmar, y más aún poniéndole á él y á su amigo Rafael Obligado

por claros y vivos testimonios, que en la Plata no se hablará jerga

nueva, ni francés, ni quichua, sino castellano puro y limpio.

Ni siquiera valdrá para torcerle, italianizándole, la gran colonia

italiana; porque si el influjo de la rica y noble literatura clásica de

Italia se deja sentir en la literatura argentina, será de modo benéfico,

como se dejó siempre sentir en la triple literatura española, en

Portugal, en Cataluña y en Castilla, tanto en los siglos XV y XVI,

cuanto en el XVIII y en el XIX.

Dispense Ud. que me valga de tan largos preámbulos y rodeos para llegar

al verdadero asunto.

Me pidió Ud., y yo prometí, un juicio franco sobre el poeta argentino

Olegario Andrade.

Sus obras, reunidas en un tomo elegantísimo, fueron impresas en el año

pasado (1887) en Buenos Aires, á expensas del Tesoro nacional, que

consignó por ley 16.000 pesos para la adquisición de los originales y

6.000 para su impresión. Tan espléndido favor á este poeta y á sus obras

hace patente la altísima estimación de que gozan en su país de Ud. Yo he

prometido decir sin disimulo mi parecer sobre estas obras, que bien se

ve, por lo que queda expuesto, que son el reflejo más popular y el eco

más vivo del sentir y del pensar argentino en este momento y del gusto

literario que allí prevalece.

Como prenda y señal de lo prometido, el general D. Julio Roca me dió el

mismo ejemplar que él tenía por no haber otro á mano. No puedo, pues,

excusarme.

Mi empeño es ineludible y muy arduo y comprometido. Confieso que lo que

más temo es que no parezca mi crítica bastante encomiástica. Por la

incorrección, por el descuido á veces de la forma, tendré que censurar

no poco en las poesías de Olegario Andrade; pero me consuela y anima que

mis alabanzas han de ser grandes, sinceras y fervorosas, y muy

superiores á las que tributé ya á D. Rafael Obligado, poeta sin duda más

elegante y correcto, pero que jamás se remontó hasta ahora tan alto en

sus canciones como Andrade se remonta, ni tomó para ellas, como toma

Andrade, asuntos que mueven ó deben mover el ánimo de toda la nación

para quien canta. Andrade, á veces, movido por el asunto mismo que trata

y por su elevada inspiración, es más que un poeta nacional, es uno de

aquellos pocos poetas que aciertan á dirigir la voz dignamente á todo el

linaje de los hombres, excitando en ellos el amor de las teorías, la fe

en los propósitos que le son más caros, y la sublime esperanza de que

pronto habrán de realizarse. De esta suerte, el poeta tiene, hasta donde

es posible en lo humano y en una edad tan descreída como la nuestra,

algo del profeta antiguo: es el vate.

Ya se ve que debe ser difícil y delicado juzgar bien á Andrade; pero sin

creer en todas sus teorías y sin esperar el cumplimiento de todos sus

vaticinios, bien podemos celebrar el entusiasmo con que los expresa y

decir desde luego que por este entusiasmo le colocamos en el número de

aquellos poetas universales y sublimemente _didácticos_, entre los que

descuellan Schiller, Manzoni, Quintana y Víctor Hugo.

Con lo dicho se explica la razón de tan extenso preámbulo. Para entrar

de lleno en materia tendré que escribir otras cartas.

Ignoro si ésta alcanzará á Ud. en París, en Roma ó en Oriente; pero

donde quiera llega _El Imparcial_, á quien la confío. Con ella van mis

saludos afectuosos para el general D. Julio Roca, y para Ud. la

seguridad de que empiezo á cumplir mi promesa.

* * * * *

_23 de Abril de 1888._

III

Mi distinguido amigo: Cuando murió, poco há, Olegario Andrade, su muerte

dió ocasión para que se manifestase del modo más solemne el entusiasmo

que inspiraba á sus compatriotas. El gobierno nacional mandando publicar

á su costa, y con gran lujo, las obras del poeta; el general Roca

pronunciando la más sentida oración fúnebre; Benjamín Basualdo

escribiendo un prólogo altamente encomiástico, y la prensa periódica

aplaudiéndolo todo, vinieron á corroborar lo que ya era opinión del

público argentino, y había sido afirmado por los críticos de más

autoridad, como los doctores Wilde y D. Nicolás Avellaneda y el poeta

Carlos Guido Spano: que Andrade era un genio y que sus cantos tendrían

vida imperecedera y gloriosa.

Yo quiero y debo, no obstante, prescindir de todo esto al dar mi

parecer; darle como si nada de esto supiera, y no ceder al influjo de

los que tal vez por patriotismo y por la contagiosa sobreexcitación de

un momento ponen desmedida hipérbole en su alabanza.

Las poesías de Andrade son harto difíciles de juzgar con acierto y

suscitan multitud de dudas y cuestiones, supongo que en la mente de

todos, y de seguro en la mía, sobrado escéptica quizás, pues no sólo

halla muy sujeta á errores la aplicación de las reglas que sirven para

juzgar y apreciar las obras de un singular poeta, sino que, aun en las

reglas mismas, nota cierta confusión, contradicción é incertidumbre.

Lo llano, lo cómodo para mí sería no mostrar mis vacilaciones, seguir la

corriente y aplaudir sin reparo, como los otros; pero mi sinceridad se

sobrepone á toda consideración. El diablillo crítico que me atormenta, y

por el que estoy no sé si obseso ó poseído, no consiente que diga yo

cuando escribo aquello que quiero decir, sino aquello que él quiere que

yo diga; y lo más que logro á veces, y esto es peor, es decir lo que él

quiere y lo que yo quiero; de donde resulta, en algo como diálogo, más

que discurso, una verdadera sarta ó ristra de _antinomias_, según las

llaman ahora.

Yo he calificado á Andrade de poeta sublimemente didáctico, poniéndole

en el grupo en que pongo á Manzoni, á Quintana y á Víctor Hugo.

Pero, apenas dicto mi primera sentencia, cuando interviene mi diablillo

é interpone su apelación. ¿Qué enseña, dice, la poesía en nuestro siglo?

¿Qué sistemas filosóficos, qué doctrinas políticas y sociales, qué

dogmas religiosos, qué problemas y qué teoremas de la ciencia de

naturaleza podrá nadie resolver ó enseñar en verso, que no estén mejor

enseñados ó resueltos, explicados y demostrados, en el más compendioso

manual, catecismo ó cartilla para los niños de la escuela? Y como aun

reconociendo en el poeta, en Dante, Goethe ó Leopardi, por ejemplo,

todas las prendas de un sabio de primera magnitud, y creyendo que su

cerebro fué ó es el archivo de todos los conocimientos divinos y humanos

que en su época podían penetrar y conservarse con orden en el cerebro de

una persona mortal, todavía dudo de la virtud docente de su poesía, mil

veces más tengo que dudar de que ocurra y obre esta virtud en quien,

lejos de haber estudiado y aprendido mucho, deja el colegio

prematuramente con algunas ligeras nociones de historia y noticias muy

elementales de literatura, y se lanza á la vida del periodismo, tan

agitada y laboriosa.

Mirando este asunto bajo su aspecto prosaico, acude al pensamiento, al

ver cómo nos dedicamos muchos al magisterio de la prensa antes de saber

algo que enseñar, aquello del «Maestro Ciruela, que no sabía leer y

ponía escuela», ó el chistoso epígrafe de un capítulo de la novela del

Padre Isla que ha quedado como refrán: «Deja Fray Gerundio los estudios

y se mete á predicador.»

Claro está que en este sentido, cuando ni los poetas que fueron también

grandes sabios pueden ser poetas didácticos en el siglo XIX, menos lo es

Olegario Andrade, cuyos estudios habían sido cortos y someros; pero hay

otro sentido, según el cual, como por ciencia infusa, puede un poeta ser

sublimemente didáctico en nuestros días.

Las elevadas aspiraciones, el ideal cuya realización se columbra en el

porvenir, los planes, doctrinas y esperanzas que están en la mente

colectiva de un pueblo ó de la humanidad toda, por estilo vago, informe

y confuso, resplandecen con mayor luz en el alma del poeta, y merced á

la energía plástica que el poeta tiene, se revisten de forma

determinada, precisa y hermosa, en versos que muestran con claridad

aquello mismo que agitaba el centro oscuro del alma y que el vulgo

apenas comprendía. Para ser así poeta didáctico se requieren dos grandes

y raras condiciones, sin las cuales no se alcanza la perfección de la

forma en que estriba el misterio. Se requieren el entusiasmo y el buen

gusto.

El entusiasmo, esto es, el sentimiento fervoroso y la imaginación

potente que le pone de manifiesto, habilitaban é ilustraban, sin duda,

el espíritu de Olegario Andrade: poseía esta primera condición para ser

gran poeta docente. Sobre la otra condición, sobre la del buen gusto,

hay reparos que poner.

En mi sentir, es necesario dar á la forma extraordinaria belleza para

que este género de poesía transcendental y encumbrada penetre bien en

las inteligencias y en los corazones, y venga á ser como la fórmula

duradera de una tendencia general, de una aspiración nacional ó humana.

No bastan las imágenes de que reviste y adorna el poeta su pensamiento,

ni el fuego de la pasión con que le presta calor y vida; son

indispensables, además, el esmero, la reflexión y el arte más exquisito.

Acontece en ocasiones que un poeta, sin pensamientos muy por cima de lo

vulgar, pero con sentimiento delicado, cuando posee y emplea ese arte

exquisito, comunica al lector dicho sentimiento y le conmueve más que el

poeta desaliñado, aunque tenga ideas más hondas y nuevas. Así entre

nosotros, Moratín, hijo, es el más artista, el más primoroso cincelador

de versos. Gracias á aquel magistral arte suyo, lo más insignificante á

veces, por el fondo, nos penetra, interesa ó enternece. El pensamiento

expresado con nitidez y mesura no toca en lo ridículo por el empeño de

llegar á lo sublime; y el sentir, expresado con mesura también, aparece

sincero, y se apodera de nosotros, mientras que un sentir, más sincero

quizá, si está expresado con exageración, nos parece falso, y nos hace

reir cuando pretende hacer que lloremos.

No es esto decir que lo primoroso y atildado de la forma salve nunca lo

que carece de fondo, lo que está vacío de pensamiento, y frío de

sentimiento, ó recalentado con sentimiento falso y postizo. Sean ejemplo

de esto los versos políticos de Monti: son un prodigio de _hechura_,

pero á mí me dejan helado: apenas tengo paciencia para leerlos.

No hay arte con que disimule el poeta la falta de convicción. Lo que sí

puede ser es que por ampulosidad sobrada se estropee un sentimiento leal

y sincero, y aparezca falso y mentido. Esto se advierte á veces en

Víctor Hugo. No ha de extrañarse, pues, que también se advierta en

Olegario Andrade, que tomó á Víctor Hugo por ídolo y modelo.

Víctor Hugo tenía mucho arte: ponía en la forma el mayor esmero y

estudio, como casi todos los poetas franceses; pero nuestros poetas

románticos, que no pueden imitar en la forma la poesía francesa, por ser

tan distinta, y que acaso se dejan engañar por lo que dice el poeta

extranjero de que la inspiración le arrebata y de que no reflexiona, ni

lima, ni pule, escriben sin arte y allá corren desbocados, dando rienda

suelta á su portentosa facilidad.

Presupuestos, con todo, el sentir y el pensar con hondura, y la

sinceridad, y el brío en el estilo, que todo esto tiene Andrade, no se

puede negar que fué egregio poeta, por más que á veces le falten el

arte, la mesura, la nitidez y la elegancia.

Contra los principios y doctrinas que sostiene y divulga, nada tiene que

decir el crítico que ama la poesía por la poesía. Lo que importa es la

nobleza del intento, la grandeza del fin, el valor de aquellas ideas y

aspiraciones generales en que estamos todos de acuerdo. Después, tan

gran poeta parece Schiller kantiano, como Manzoni católico-liberal,

como Whittier cuákero liberalísimo, como Quintana

enciclopedista-progresista.

La historia, la filosofía, las religiones, todo puede ser asunto de

versos con tal de que el asunto se trate bien; pero yo no me cansaré de

repetir que en estos asuntos han de exigirse más que en nada la

perfección de la forma, lo limpio y hermoso de la dicción, la riqueza de

las imágenes y el buen gusto y el peregrino empleo de frases y giros. El

poeta que no labre con todo esto sus versos filosóficos y políticos, se

expone á que parezcan _artículos de fondo_ con rimas ó índices y

extractos del Bouillet ó de cualquier librejo de texto, puestos en

coplas.

Con cuanto queda dicho se señalan y previenen los tropiezos á que se

expone el que se lanza á poeta _hierofante_, digámoslo así. Que Andrade

quería ser poeta de este género, y en lo posible lo era, se ve claro en

su composición á Víctor Hugo. Allí, al ensalzar al maestro, explica

Andrade el concepto que tuvo de la poesía y de la misión del poeta en

este mundo.

Diremos, entre paréntesis, que Víctor Hugo, que recibió la composición,

no la leyó, ó si la leyó, no entendió ni chispa, y contestó dando las

gracias, con tres frases huecas y frías, en vil prosa.

La composición á Víctor Hugo fué, pues, mal pagada, y, á mi juicio, fué

también despilfarrada. En este juicio no hay discrepancia entre mi

diablillo crítico y yo: estamos de acuerdo; pero el mal pago, y cuando

no el peor empleo, el derroche, no implican que sea mala la

composición. La composición, á pesar de las enormes alabanzas al poeta

francés, y á pesar de otros defectos, contiene, en mi sentir, bellezas

de primer orden.

Los que versificaban en castellano en el siglo XVI no se curaban de

evitar las asonancias.

En el día, nuestros oídos son más delicados y no las pueden sufrir; pero

Andrade se quedó con los antiguos y no cayó en esto. Sus versos están

plagados de asonancias que los desentonan y afean. Lo advierto, porque,

si bien procuraré citar versos en que no haya asonancias inoportunas,

será difícil.

Para Andrade, analizando ya la composición á Víctor Hugo, el poeta es un

hierofante, es quien trae luz á la humanidad cuando se extravía en las

tinieblas y quien le enseña el camino que debe seguir:

Cartas americanas. Primera serie · 第 4 / 16 段