inmensa soledad de la Pampa, aumentó el territorio de la república con
muchos millones de hectáreas, preparó todos aquellos campos para el
advenimiento de la civilización y de la colonización europea, y,
libertándolos de las invasiones y rapiñas de los salvajes, les dió un
valor que sólo puede significarse por centenares de millones de pesetas.
Todo esto se hizo humana y hábilmente, sin disparar un tiro, sin
derramar una gota de sangre. Los indios fueron perseguidos, cazados y
confinados en sitios donde tendrán que reducirse á la vida civil, ó
morir y extinguirse como raza. Quichuas, guaranies, tehuelches,
pehuenches y araucanos, todo va á desaparecer y á ceder por completo la
tierra, desde el límite occidental de la dilatada provincia de Buenos
Aires y los límites meridionales de las de Córdoba, San Luis y Mendoza,
á fin de que por allí se explaye y se difunda la civilización
americano-española, hasta el estrecho de Magallanes.
¿Debemos recelar que amenace ahora cierto peligro á esta civilización, y
á la raza que la representa, y al lenguaje que la expresa? Yo creo que
no, á pesar de lo que sostienen y pronostican autores de nota, entre los
cuales sobresale el francés Emilio Daireaux, cuya obra, _Vida y
costumbres en la Plata_, Ud. mismo me ha dado á leer.
Suponiendo que en el día cuenta la República Argentina con una población
de cerca de cuatro millones de hombres, sólo podremos considerar la
cuarta parte, un millón, como inmigrados extranjeros, y aun en este
número habrá que contar más de 160.000 españoles. Los italianos son los
más numerosos entre estos inmigrados. Los franceses vienen después, casi
en el mismo número que los españoles. Y hay, por último, ingleses,
alemanes y de otros países de Europa.
A la verdad que no es corta esta inmigración. Para el pronto
crecimiento y grandeza de la República se ha de presumir que irá la
inmigración en aumento constante, pues hay tanto terreno desierto que
poblar y que cultivar; pero ni aun así creo yo que deba pronosticarse
que ha de fallecer la virtud absorbente de la raza española criolla, que
forma ya una nación perfecta y entera, y que del aluvión y conjunto de
gentes que acuden y acudirán de todas partes, habrá de surgir una
nacionalidad nueva y distinta, con otro idioma, con otra manera de ser y
con otros rasgos y caracteres que los que tienen hoy los argentinos y
llevaron allí los primeros colonos que fueron de España.
Para dar por seguro ó por probable lo contrario es menester suponer,
como sin duda supone Daireaux, que en la Plata no hay verdaderamente
nación todavía, sino gérmenes de nación, cuya elaboración definitiva
dice él que ha empezado, si bien se ignora qué elemento prevalecerá, y
qué lenguaje y qué modo de ser tendrán ustedes. Por lo pronto, afirma el
Sr. Daireaux que la raza, que era española en un principio, aunque con
mucha mezcla de judíos y de moros (lo cual pongo yo en duda, y si lo
concediese, no concedería que esos moros y esos judíos no fuesen ya al
ir á la Plata enteramente españoles), ha dejado de ser española y se ha
hecho latina, y afirma también que la lengua va sufriendo allí rápidas
modificaciones. Dentro de poco no podremos entendernos. Hablarán Uds. en
latín, ya que son ustedes latinos, ó en francés, que es la lengua más de
moda entre las neolatinas, ó tal vez en una lengua franca y flamante,
que saldrá de la mezcla de los diversos idiomas que hablen los que vayan
allí de inmigrados.
De nada de esto veo yo, por dicha, ni señales. Y digo por dicha, ya que,
si para nosotros, habitantes de esta Península ibérica, sería terrible
mortificación de amor propio que desapareciese hasta la huella de que
esa república es hija de España, para Uds. la mortificación sería mayor
al quedar tan absorbidos y tan desaparecidos como tendrán que quedar los
pehuenches ú otras tribus así.
La actividad, la energía y la riqueza que muestran hoy los argentinos,
hasta en empresas que parecen aventuradas y de inseguro buen éxito, nos
quitan todo recelo de esa á modo de desnaturalización con que el autor
francés amenaza á Uds. Sola la provincia de Buenos Aires, privada de su
capital, que se ha hecho neutra para ser capital de toda la república,
se ha creado en cinco años una nueva y magnífica capital, La Plata,
llena de soberbios edificios, monumentos y palacios, y poblada ya de
50.000 ciudadanos.
Pero ni esta bizarría y alarde de poder material, ni el comercio
floreciente, ni los adelantos en las varias industrias, prueban tanto el
arraigo en aquella tierra del ser argentino, español de origen, que
conservan y conservarán Uds., como el movimiento intelectual, cada día
más castizo, rico y fecundo, en todas las provincias de la república, y
en Buenos Aires sobre todo. El mismo Sr. Daireaux da testimonio del
valer é importancia de este movimiento, encomiando las obras del
general Mitre y del doctor V. F. López, que trazan la historia de la
independencia sudamericana; las de otros autores, como los doctores
Vicente Quesada, Navarro Viola y Trelles, que publican documentos sobre
los orígenes y la vida social; las de los estadistas y economistas
Agote, Latzina, Coni y Navarro; las de los antropólogos, etnógrafos y
exploradores Moreno, Ceballos, Lista y Fontana, y las de los
jurisconsultos Alcorta, Montes de Oca, Tejedor, Obarrio, Segovia, y
Carlos Calvo singularmente, «cuyo tratado de Derecho internacional
público y privado resume los progresos de esta ciencia oscura, en la
época moderna, figura entre las obras maestras de esta clase, y es
consultado por todas las cancillerías y por todos los diplomáticos».
Teatro, á lo que parece, no tienen Uds. aún.
De novelas, yo sólo conozco la _Amalia_, de Mármol; pero el Sr. Daireaux
cita _Pablo ó el hijo de las Pampas_, de doña Eduarda García, y varias
otras novelas de D. Eduardo Gutiérrez, como _Juan Moreira_ y _El tigre
de Quequen_, cuyos lances tremendos, crímenes y horrores, compara á los
de Eugenio Sue.
Donde, á la verdad, así en la República Argentina como en los demás
Estados de la América del Sur, se muestra más el genio castizo ó español
de origen, es en la poesía lírica y narrativa. Varias causas contribuyen
á esto. Las generales son las que en el siglo presente, aunque se llama
_positivo_, hacen que florezca la poesía en todas las regiones de la
tierra, como no ha florecido nunca. Y en cuanto á lo castizo y propio,
las causas son especiales. Ya sea porque nuestro lenguaje poético está
más trabajado y formado, ya sea porque nuestra prosodia es tan distinta
de la francesa, ello es que, aun queriendo, el poeta español más
entusiasta de los franceses no acertará á imitarlos en la forma si
escribe en castellano. Los galicismos de toda clase son más frecuentes
en prosa que en verso. Y en cuanto á los galicismos de fondo ó de
pensamiento, también en verso tienen que ser más raros; porque aun
cuando el poeta siga ó adopte sistemas ó doctrinas que estén de moda en
París, como en la poesía entra por mucho el sentimiento nacional y el
individual, éstos se combinan con lo que tal vez se aceptó por moda y le
presta fisonomía y valer castizos.
En cierto sentido no hay sabios _populares_; pero hay y hubo siempre
poetas populares que llevan la voz del pueblo y hacen oir con grata
resonancia y ritmo adecuado las palpitaciones del grande corazón
colectivo. De aquí que la ciencia sea cosmopolita y la poesía no.
En la República Argentina ha existido y existe esta poesía del pueblo ó
del vulgo al lado de la poesía sabia. Desde muy antiguo, desde que hubo
gauchos en la Pampa, los cuales no me puedo persuadir--á pesar de cuanto
dice Daireaux--de que sean más árabes ó más moros que cualquier
habitante de mi lugar ó de otro cualquier lugar de Andalucía ó de
Extremadura, hubo entre dichos gauchos cantadores y tocadores de
guitarra, músicos y poetas á la vez, que han lucido y nos han dejado en
sus coplas y canciones tesoros de inspiración original y fieles pinturas
de la vida nómada que en aquellos campos se hacía. Los poetas de esta
clase eran llamados ó se llaman _payadores_, y se citan como los más
ilustres entre ellos á Estanislao del Campo, á José Hernández y á
Ascasubi. Ignoro si el famoso payador simbólico Santos Vega, de quien
escribió Rafael Obligado leyenda tan preciosa, es personaje histórico ó
mítico; pero esto importa poco á mi propósito. Basta con que haya habido
otros _payadores_.
Coincidiendo con su poesía popular y agreste, produjo la tierra
argentina, como el resto de la América española, aun antes de la
independencia, otra poesía erudita y clásica, la cual siguió siempre la
manera de ser de la poesía de la metrópoli; y yo creo que esta poesía,
sobre todo la lírica, apenas se dejó influir por el gusto francés en
tiempo del _clasicismo_, ni en España, ni en sus colonias, ni en los
Estados independientes que de ellas nacieron. Hasta los poetas más
ajustados, en la teórica, á los preceptos de Boileau, que al cabo no
eran exclusivos de Francia, son muy españoles cuando escriben versos.
Meléndez, Jovellanos, Lista, Gallego, Quintana, todo el estol de líricos
españoles del siglo pasado y de principios del presente, no se parecen
más á los poetas franceses que fray Luis de León, Garcilaso, Herrera y
Rioja, de quienes son dignos sucesores. Lo mismo se puede afirmar de los
líricos hispano-americanos de aquella escuela y período: de Olmedo y de
Bello, por ejemplo.
Menor fué la independencia y mayor fué el remedo de lo francés cuando
vino el romanticismo. En la vieja España fué más fácil que algunos
poetas se libertasen de este remedo, refugiándose en lo pasado; en la
edad media, en nuestros romances, en nuestras tradiciones y en nuestro
teatro del siglo XVII; pero en América hubo menos reparo y defensa, y la
imitación de lo francés tuvo que ser mayor entre los románticos.
José Mármol es excepción de la regla. La vehemente energía de su odio
contra el tirano Rosas presta robusta entonación á sus versos, é imprime
en los mejores un sello característico y original, que les da grandísimo
valor á pesar de las incorrecciones y desaliños.
En cuanto á Echevarría, ¿cómo negar que malogró en parte sus no comunes
prendas? No lo digo yo: lo dice su compatriota de Ud. D. Calixto Oyuela:
«precisamente por haberse apartado de lo español y castizo más de lo que
nuestra propia naturaleza consiente, no pudo ser bastante americano.» Y
Oyuela añade luego: «Si Echevarría quiso renegar de esta índole y de
estas afinidades naturales, debió ser lógico, y renegar también del
idioma, que es su consecuencia necesaria, proponiendo que hablásemos en
francés ó en quichua.»--«Y no se alegue la quimera de formar nuevo
dialecto, desprendido del castellano: la historia nos enseña que de los
idiomas formados y fijados sólo pueden salir jergas informes.»
A pesar del pesimismo que muestra el señor Oyuela en este punto, bien
podemos afirmar, y más aún poniéndole á él y á su amigo Rafael Obligado
por claros y vivos testimonios, que en la Plata no se hablará jerga
nueva, ni francés, ni quichua, sino castellano puro y limpio.
Ni siquiera valdrá para torcerle, italianizándole, la gran colonia
italiana; porque si el influjo de la rica y noble literatura clásica de
Italia se deja sentir en la literatura argentina, será de modo benéfico,
como se dejó siempre sentir en la triple literatura española, en
Portugal, en Cataluña y en Castilla, tanto en los siglos XV y XVI,
cuanto en el XVIII y en el XIX.
Dispense Ud. que me valga de tan largos preámbulos y rodeos para llegar
al verdadero asunto.
Me pidió Ud., y yo prometí, un juicio franco sobre el poeta argentino
Olegario Andrade.
Sus obras, reunidas en un tomo elegantísimo, fueron impresas en el año
pasado (1887) en Buenos Aires, á expensas del Tesoro nacional, que
consignó por ley 16.000 pesos para la adquisición de los originales y
6.000 para su impresión. Tan espléndido favor á este poeta y á sus obras
hace patente la altísima estimación de que gozan en su país de Ud. Yo he
prometido decir sin disimulo mi parecer sobre estas obras, que bien se
ve, por lo que queda expuesto, que son el reflejo más popular y el eco
más vivo del sentir y del pensar argentino en este momento y del gusto
literario que allí prevalece.
Como prenda y señal de lo prometido, el general D. Julio Roca me dió el
mismo ejemplar que él tenía por no haber otro á mano. No puedo, pues,
excusarme.
Mi empeño es ineludible y muy arduo y comprometido. Confieso que lo que
más temo es que no parezca mi crítica bastante encomiástica. Por la
incorrección, por el descuido á veces de la forma, tendré que censurar
no poco en las poesías de Olegario Andrade; pero me consuela y anima que
mis alabanzas han de ser grandes, sinceras y fervorosas, y muy
superiores á las que tributé ya á D. Rafael Obligado, poeta sin duda más
elegante y correcto, pero que jamás se remontó hasta ahora tan alto en
sus canciones como Andrade se remonta, ni tomó para ellas, como toma
Andrade, asuntos que mueven ó deben mover el ánimo de toda la nación
para quien canta. Andrade, á veces, movido por el asunto mismo que trata
y por su elevada inspiración, es más que un poeta nacional, es uno de
aquellos pocos poetas que aciertan á dirigir la voz dignamente á todo el
linaje de los hombres, excitando en ellos el amor de las teorías, la fe
en los propósitos que le son más caros, y la sublime esperanza de que
pronto habrán de realizarse. De esta suerte, el poeta tiene, hasta donde
es posible en lo humano y en una edad tan descreída como la nuestra,
algo del profeta antiguo: es el vate.
Ya se ve que debe ser difícil y delicado juzgar bien á Andrade; pero sin
creer en todas sus teorías y sin esperar el cumplimiento de todos sus
vaticinios, bien podemos celebrar el entusiasmo con que los expresa y
decir desde luego que por este entusiasmo le colocamos en el número de
aquellos poetas universales y sublimemente _didácticos_, entre los que
descuellan Schiller, Manzoni, Quintana y Víctor Hugo.
Con lo dicho se explica la razón de tan extenso preámbulo. Para entrar
de lleno en materia tendré que escribir otras cartas.
Ignoro si ésta alcanzará á Ud. en París, en Roma ó en Oriente; pero
donde quiera llega _El Imparcial_, á quien la confío. Con ella van mis
saludos afectuosos para el general D. Julio Roca, y para Ud. la
seguridad de que empiezo á cumplir mi promesa.
* * * * *
_23 de Abril de 1888._
III
Mi distinguido amigo: Cuando murió, poco há, Olegario Andrade, su muerte
dió ocasión para que se manifestase del modo más solemne el entusiasmo
que inspiraba á sus compatriotas. El gobierno nacional mandando publicar
á su costa, y con gran lujo, las obras del poeta; el general Roca
pronunciando la más sentida oración fúnebre; Benjamín Basualdo
escribiendo un prólogo altamente encomiástico, y la prensa periódica
aplaudiéndolo todo, vinieron á corroborar lo que ya era opinión del
público argentino, y había sido afirmado por los críticos de más
autoridad, como los doctores Wilde y D. Nicolás Avellaneda y el poeta
Carlos Guido Spano: que Andrade era un genio y que sus cantos tendrían
vida imperecedera y gloriosa.
Yo quiero y debo, no obstante, prescindir de todo esto al dar mi
parecer; darle como si nada de esto supiera, y no ceder al influjo de
los que tal vez por patriotismo y por la contagiosa sobreexcitación de
un momento ponen desmedida hipérbole en su alabanza.
Las poesías de Andrade son harto difíciles de juzgar con acierto y
suscitan multitud de dudas y cuestiones, supongo que en la mente de
todos, y de seguro en la mía, sobrado escéptica quizás, pues no sólo
halla muy sujeta á errores la aplicación de las reglas que sirven para
juzgar y apreciar las obras de un singular poeta, sino que, aun en las
reglas mismas, nota cierta confusión, contradicción é incertidumbre.
Lo llano, lo cómodo para mí sería no mostrar mis vacilaciones, seguir la
corriente y aplaudir sin reparo, como los otros; pero mi sinceridad se
sobrepone á toda consideración. El diablillo crítico que me atormenta, y
por el que estoy no sé si obseso ó poseído, no consiente que diga yo
cuando escribo aquello que quiero decir, sino aquello que él quiere que
yo diga; y lo más que logro á veces, y esto es peor, es decir lo que él
quiere y lo que yo quiero; de donde resulta, en algo como diálogo, más
que discurso, una verdadera sarta ó ristra de _antinomias_, según las
llaman ahora.
Yo he calificado á Andrade de poeta sublimemente didáctico, poniéndole
en el grupo en que pongo á Manzoni, á Quintana y á Víctor Hugo.
Pero, apenas dicto mi primera sentencia, cuando interviene mi diablillo
é interpone su apelación. ¿Qué enseña, dice, la poesía en nuestro siglo?
¿Qué sistemas filosóficos, qué doctrinas políticas y sociales, qué
dogmas religiosos, qué problemas y qué teoremas de la ciencia de
naturaleza podrá nadie resolver ó enseñar en verso, que no estén mejor
enseñados ó resueltos, explicados y demostrados, en el más compendioso
manual, catecismo ó cartilla para los niños de la escuela? Y como aun
reconociendo en el poeta, en Dante, Goethe ó Leopardi, por ejemplo,
todas las prendas de un sabio de primera magnitud, y creyendo que su
cerebro fué ó es el archivo de todos los conocimientos divinos y humanos
que en su época podían penetrar y conservarse con orden en el cerebro de
una persona mortal, todavía dudo de la virtud docente de su poesía, mil
veces más tengo que dudar de que ocurra y obre esta virtud en quien,
lejos de haber estudiado y aprendido mucho, deja el colegio
prematuramente con algunas ligeras nociones de historia y noticias muy
elementales de literatura, y se lanza á la vida del periodismo, tan
agitada y laboriosa.
Mirando este asunto bajo su aspecto prosaico, acude al pensamiento, al
ver cómo nos dedicamos muchos al magisterio de la prensa antes de saber
algo que enseñar, aquello del «Maestro Ciruela, que no sabía leer y
ponía escuela», ó el chistoso epígrafe de un capítulo de la novela del
Padre Isla que ha quedado como refrán: «Deja Fray Gerundio los estudios
y se mete á predicador.»
Claro está que en este sentido, cuando ni los poetas que fueron también
grandes sabios pueden ser poetas didácticos en el siglo XIX, menos lo es
Olegario Andrade, cuyos estudios habían sido cortos y someros; pero hay
otro sentido, según el cual, como por ciencia infusa, puede un poeta ser
sublimemente didáctico en nuestros días.
Las elevadas aspiraciones, el ideal cuya realización se columbra en el
porvenir, los planes, doctrinas y esperanzas que están en la mente
colectiva de un pueblo ó de la humanidad toda, por estilo vago, informe
y confuso, resplandecen con mayor luz en el alma del poeta, y merced á
la energía plástica que el poeta tiene, se revisten de forma
determinada, precisa y hermosa, en versos que muestran con claridad
aquello mismo que agitaba el centro oscuro del alma y que el vulgo
apenas comprendía. Para ser así poeta didáctico se requieren dos grandes
y raras condiciones, sin las cuales no se alcanza la perfección de la
forma en que estriba el misterio. Se requieren el entusiasmo y el buen
gusto.
El entusiasmo, esto es, el sentimiento fervoroso y la imaginación
potente que le pone de manifiesto, habilitaban é ilustraban, sin duda,
el espíritu de Olegario Andrade: poseía esta primera condición para ser
gran poeta docente. Sobre la otra condición, sobre la del buen gusto,
hay reparos que poner.
En mi sentir, es necesario dar á la forma extraordinaria belleza para
que este género de poesía transcendental y encumbrada penetre bien en
las inteligencias y en los corazones, y venga á ser como la fórmula
duradera de una tendencia general, de una aspiración nacional ó humana.
No bastan las imágenes de que reviste y adorna el poeta su pensamiento,
ni el fuego de la pasión con que le presta calor y vida; son
indispensables, además, el esmero, la reflexión y el arte más exquisito.
Acontece en ocasiones que un poeta, sin pensamientos muy por cima de lo
vulgar, pero con sentimiento delicado, cuando posee y emplea ese arte
exquisito, comunica al lector dicho sentimiento y le conmueve más que el
poeta desaliñado, aunque tenga ideas más hondas y nuevas. Así entre
nosotros, Moratín, hijo, es el más artista, el más primoroso cincelador
de versos. Gracias á aquel magistral arte suyo, lo más insignificante á
veces, por el fondo, nos penetra, interesa ó enternece. El pensamiento
expresado con nitidez y mesura no toca en lo ridículo por el empeño de
llegar á lo sublime; y el sentir, expresado con mesura también, aparece
sincero, y se apodera de nosotros, mientras que un sentir, más sincero
quizá, si está expresado con exageración, nos parece falso, y nos hace
reir cuando pretende hacer que lloremos.
No es esto decir que lo primoroso y atildado de la forma salve nunca lo
que carece de fondo, lo que está vacío de pensamiento, y frío de
sentimiento, ó recalentado con sentimiento falso y postizo. Sean ejemplo
de esto los versos políticos de Monti: son un prodigio de _hechura_,
pero á mí me dejan helado: apenas tengo paciencia para leerlos.
No hay arte con que disimule el poeta la falta de convicción. Lo que sí
puede ser es que por ampulosidad sobrada se estropee un sentimiento leal
y sincero, y aparezca falso y mentido. Esto se advierte á veces en
Víctor Hugo. No ha de extrañarse, pues, que también se advierta en
Olegario Andrade, que tomó á Víctor Hugo por ídolo y modelo.
Víctor Hugo tenía mucho arte: ponía en la forma el mayor esmero y
estudio, como casi todos los poetas franceses; pero nuestros poetas
románticos, que no pueden imitar en la forma la poesía francesa, por ser
tan distinta, y que acaso se dejan engañar por lo que dice el poeta
extranjero de que la inspiración le arrebata y de que no reflexiona, ni
lima, ni pule, escriben sin arte y allá corren desbocados, dando rienda
suelta á su portentosa facilidad.
Presupuestos, con todo, el sentir y el pensar con hondura, y la
sinceridad, y el brío en el estilo, que todo esto tiene Andrade, no se
puede negar que fué egregio poeta, por más que á veces le falten el
arte, la mesura, la nitidez y la elegancia.
Contra los principios y doctrinas que sostiene y divulga, nada tiene que
decir el crítico que ama la poesía por la poesía. Lo que importa es la
nobleza del intento, la grandeza del fin, el valor de aquellas ideas y
aspiraciones generales en que estamos todos de acuerdo. Después, tan
gran poeta parece Schiller kantiano, como Manzoni católico-liberal,
como Whittier cuákero liberalísimo, como Quintana
enciclopedista-progresista.
La historia, la filosofía, las religiones, todo puede ser asunto de
versos con tal de que el asunto se trate bien; pero yo no me cansaré de
repetir que en estos asuntos han de exigirse más que en nada la
perfección de la forma, lo limpio y hermoso de la dicción, la riqueza de
las imágenes y el buen gusto y el peregrino empleo de frases y giros. El
poeta que no labre con todo esto sus versos filosóficos y políticos, se
expone á que parezcan _artículos de fondo_ con rimas ó índices y
extractos del Bouillet ó de cualquier librejo de texto, puestos en
coplas.
Con cuanto queda dicho se señalan y previenen los tropiezos á que se
expone el que se lanza á poeta _hierofante_, digámoslo así. Que Andrade
quería ser poeta de este género, y en lo posible lo era, se ve claro en
su composición á Víctor Hugo. Allí, al ensalzar al maestro, explica
Andrade el concepto que tuvo de la poesía y de la misión del poeta en
este mundo.
Diremos, entre paréntesis, que Víctor Hugo, que recibió la composición,
no la leyó, ó si la leyó, no entendió ni chispa, y contestó dando las
gracias, con tres frases huecas y frías, en vil prosa.
La composición á Víctor Hugo fué, pues, mal pagada, y, á mi juicio, fué
también despilfarrada. En este juicio no hay discrepancia entre mi
diablillo crítico y yo: estamos de acuerdo; pero el mal pago, y cuando
no el peor empleo, el derroche, no implican que sea mala la
composición. La composición, á pesar de las enormes alabanzas al poeta
francés, y á pesar de otros defectos, contiene, en mi sentir, bellezas
de primer orden.
Los que versificaban en castellano en el siglo XVI no se curaban de
evitar las asonancias.
En el día, nuestros oídos son más delicados y no las pueden sufrir; pero
Andrade se quedó con los antiguos y no cayó en esto. Sus versos están
plagados de asonancias que los desentonan y afean. Lo advierto, porque,
si bien procuraré citar versos en que no haya asonancias inoportunas,
será difícil.
Para Andrade, analizando ya la composición á Víctor Hugo, el poeta es un
hierofante, es quien trae luz á la humanidad cuando se extravía en las
tinieblas y quien le enseña el camino que debe seguir: