del individuo, en este sistema _spencerino_. El medio ambiente sufrirá
tan radicales mudanzas, que aun sin contar con la fin del mundo,
ocurrirán cosas que nos maten á todos, y no sabremos, por mucho que
estudiemos, adaptarnos al medio ambiente.
Cada veinte mil y pico de años, v. gr., sobrevendrán períodos glaciales,
y luego surgirán nuevas floras y nuevas faunas. ¡Vaya Ud., pues, á
precaverse contra todo esto, por mucho que sepa! No habrá más remedio
que morir, en lo tocante al cuerpo sólido; pero á bien que tenemos el
cuerpo fluido. Yo me refugio en él y en el sistema de usted, y vengan
períodos glaciales y estíos abrasadores:
_Ast insueti aestus, insuetaque frigora mundo_,
como ya anunciaba el divino y precitado Fracastoro; y truéquese la
tierra en mar y el mar truéquese en tierra, y con el ardor del sol quede
todo agostado y sin vida, ó bien salgan, del removido y fecundo cieno,
inauditos monstruos, bichos rarísimos y ponzoñosos, y una caterva de
desaforados gigantes,
_Ausuros patrio superos detrudere coelo,_
_Convulsumque Ossum nemoroso imponere Olympo._
De todo esto me reiré, de todo esto no se me importará un ardite,
teniendo el cuerpo fluido bien adiestrado ya.
Como quiera que sea, por el sistema de Herbert Spencer, si no se prueba
la posibilidad práctica de nuestra inmortalidad, á causa de estos
grandes trastornos que él pronostica, queda probada la posibilidad
teórica ó especulativa de la inmortalidad en una combinación de materia;
y por el sistema de Ud., la realidad práctica de esa inmortalidad en
dicha combinación, cuando es de una materia sutil, pura, activísima y
ligera. Yo no quiero ni debo poner objeción á esto. Sólo siento tener
que decir que no es muy nuevo. Los cuerpos gloriosos, la resurrección de
la carne, son lo que Ud. dice. Israelitas, cristianos y muslimes apoyan
su teoría de Ud., y creen por fe que Henoch y Elías, sin morir,
_eterizaron_ ó _fluidificaron_ sus cuerpos, y llegaron á la inmortalidad
sin pasar por la muerte.
Queda, pues, como inconcuso que puede haber y que hay combinación de
moléculas tan sabiamente organizadas, que ya ni en la eternidad se
separen, y que resistan, para conservar su forma, á toda externa
violencia. Pero ¿cómo se da esta combinación? Se da, sin duda, por obra
de una fuerza individua, indivisible, _organizante_ é _individuante_,
que no está en ninguna de las moléculas de la combinación, sino que se
extiende por todas, y está toda en cada una de ellas. Sin esta fuerza,
una, verdaderamente una, _insecable_, _átomo_ real y no imaginario,
mónada sencillísima y no extensa, _entelechia_, en fin, ó cifra de todas
las perfecciones en cierne, ¿cómo quiere ni puede usted concebir la
existencia, la organización y la animación de un cuerpo fluido?
Viene á corroborar este pensamiento la consideración de que apenas hay
molécula en un organismo que no se separe ó que no se conciba que puede
separarse sin que el organismo padezca, con tal de que otra molécula de
igual valer la reemplace. No es, por consiguiente, la confederación de
cierto número de moléculas lo que constituye la vida. Es casi seguro que
en un tiempo marcado desaparecen en todo cuerpo orgánico cuantas
moléculas le compusieron, y vienen á componerle otras. Un hombre, por
ejemplo, de cuarenta años, es lo probable que no tenga en su organismo
ni un solo átomo de la materia que tuvo á los diez años, á los quince ó
á los veinte. Este hombre, sin embargo, sigue siendo el mismo y tiene la
conciencia de que sigue siendo el mismo; guarda en la memoria los
sucesos de su vida y lo que ha estudiado y aprendido. Si es buena
persona, ha progresado en ciencia y en virtud; y como muestra aún la
fisonomía y traza de antes, aunque un poco deteriorada ó alterada,
porque los años no pasan en balde, todo el mundo le reconoce y le da el
nombre que le dió cuando muchacho, y persiste en creer que es el mismo
sujeto, cuando le ve en calles y plazas, tertulias y reuniones. ¿Qué es,
pues, lo que persiste en este señor para que siga siendo siempre él y no
otro? Usted dirá que persiste la forma, pero la forma no tiene nada de
sustantivo: es un adjetivo, es una calidad que cae sobre la sustancia.
Luego si la sustancia varía y la forma persiste, por fuerza hemos de
conceder un principio informante que va amoldando y sujetando á
determinada forma la sustancia que llama á sí para constituir un
organismo.
Claro está que, según el sistema de Ud., el cuerpo fluido es quien tiene
esta habilidad y hace esta operación en el cuerpo sólido. Pero con el
cuerpo fluido, con toda combinación, por tenue y etérea que sea, ha de
ocurrir idéntica dificultad. Un cuerpo fluido, una sombra, una
aglomeración orgánica de las más alambicadas chispas de éter, tendrá
también pérdidas sensibles é insensibles, sudará á su modo, se
alimentará de purísimos efluvios y de refinadísimos aromas, y en suma
hará también sus digestiones y sus secreciones, de suerte que al cabo de
cierto tiempo ocurrirá al cuerpo fluido orgánico lo que al sólido: ni un
solo átomo tendrá ya de los que antes tenía, si bien persistirán su
individualidad y su forma. Luego, no ya la inmortalidad, sino la
duración y la persistencia, no residen en la cohesión ó agrupamiento de
las moléculas, sino en una virtud plasmante ó informante, la cual atrae
y colecciona los átomos, concertándolos para fines prescritos y
prefijadas operaciones. Y como esta virtud es calidad, y no sustancia,
menester es que supongamos sustancia en que resida y que sea sujeto de
este atributo.
Y como si esta sustancia fuese corporal ó extensa, volveríamos á las
andadas, y meteríamos en el cuerpo fluido otro más fluido y más sutil, y
así hasta lo infinito, ha sido menester poner, como hipótesis para
explicar esto, una sustancia incorpórea ó sin extensión, á la cual hemos
llamado _archea_, _entelechia_, alma ó espíritu, sustancia, en suma, que
ha tenido mil nombres y de cuya esencia convengo en que no se sabe nada;
pero como de la esencia de la materia no se sabe más, me parece que por
este lado espíritu y materia quedan iguales y nada tienen que echarse en
cara en cuanto al concepto oscurísimo que de ambos formamos. Por lo
cual, si hemos de negar el espíritu porque no sabemos lo que es, bien
podemos con el mismo fundamento negar la materia; y ya Ud. sabe que casi
ó sin casi la negaba Berkeley. Hasta se puede ir más allá y asegurar que
procedemos menos de ligero afirmando la existencia del espíritu, que
afirmando la existencia de la materia, porque la percepción del espíritu
es inmediata y la de la materia no.
Para percibir la materia necesita uno de ojos, de oídos ó de otro
sentido; y si no los tiene muy agudos, de lentes ó de trompetillas
acústicas; y si la materia es muy menuda, de microscopios; y si está muy
distante, de catalejos; mientras que para percibirse uno á sí mismo, no
tiene más que pensar y no necesita más medio ni más instrumento que el
pensamiento mismo.
De todo lo cual se infiere, y tengo que decirlo con la franqueza que me
es propia, que sus cuerpos fluidos de Ud. no explican nada como no les
prestemos alma inmortal que los informe y habilite. Hecho este préstamo,
su sistema de Ud. me agrada. Estamos de acuerdo, y hasta estamos de
acuerdo también con Allan Kardec y los espiritistas. Y si no reparamos
en pelillos, ni entramos en menudencias, y damos á nuestros asertos una
interpretación amplísima, generosa y conciliante, hasta estamos de
acuerdo con todo buen cristiano, que cree en la inmortalidad del alma
espiritual y en el cuerpo glorioso informado por ella.
Lástima es que no acepte Ud. también para todo el universo, que es
unidad á par que conjunto de cosas varias, cierta fuerza unitiva é
inteligente que lo ordene, enlace y una todo; algo, en suma, que se
parezca al Dios en que nosotros creemos; pero Ud. se muestra enojadísimo
contra Dios y le suprime, lo cual me apesadumbra de veras.
Y es lo más extraño que en el proceder de usted hay una inconsecuencia
capital que salta á la vista. Tal vez el motivo más fundamental que
tiene Ud. para suprimir á Dios es la existencia del mal moral y físico,
que, siendo Dios todopoderoso, inteligente y bueno, no consentiría.
Pero, como en seguida se pone Ud. á cavilar, á trabajar y á arreglar el
mundo, y resulta que todo está á pedir de boca, y que no podemos
quejarnos, no comprendo cómo no vuelve Ud. á Dios el crédito que ha
querido quitarle, y ya que lo halla todo tan bien y tan enderezado á
nuestro progreso físico, intelectual y moral, no vuelve á dar á Dios la
gobernación de todas las cosas, y aun á celebrar en su honor una función
eucarística y de desagravios.
La verdad es que acerca de todo eso, así como acerca de cuanto en su
sistema de Ud. tiene que ver con la moral y con las ciencias sociales y
políticas, hay muchísimo que decir todavía, y más importante que lo
dicho hasta ahora; pero yo estoy cansado de escribir sobre tan arduas
cuestiones, y Ud., y el público, á quien comunico las cartas que á Ud.
escribo, recelo yo que estén cansados de estas filosofías que voy
enjaretando. Dejémoslas, pues, al menos por ahora, y ya veremos si más
adelante vuelvo á escribir á usted sobre su libro con más serenidad y
reposo. Entre tanto, aunque disto mucho de haber expuesto aquí toda la
doctrina que el libro contiene, y de haberla juzgado, ya creo que doy
alguna idea, así de la doctrina como de lo que pienso acerca de ella.
Sólo añadiré hoy cierta alabanza, que lo es para un escéptico como yo,
aunque para usted no lo sea. Su libro de Ud. no convence, pero
entretiene. Luce Ud. en él su brillante imaginación, y llena no pocas de
sus páginas de elocuentísimas frases. Ya esto es mucho, y yo le doy por
ello mi más cumplida y cordial enhorabuena.
POESÍA ARGENTINA
_26 de Marzo de 1888._
Á D. RAFAEL OBLIGADO
I
Muy señor mío: Hace ya más de dos años que tuvo Ud. la bondad de
enviarme un ejemplar de su precioso tomo de poesías, impreso en 1885. El
ejemplar ha estado, como otros muchos libros y cartas, aguardándome en
mi casa de Madrid, mientras que andaba yo por esos mundos, sin saber que
tal obsequio me había Ud. hecho. No extrañe Ud., pues, y perdone que yo
acuda tan tarde á darle las gracias.
El libro de Ud. agrada antes de leerle. El libro de Ud. excitaría,
además, cierta envidia en mi alma, si yo fuese propenso á sentir tan
mala pasión. Nunca hubo poeta en España que lograse ó soñase siquiera
con tener tan elegante edición de sus versos. El magnífico retrato de
Ud. y los demás grabados y viñetas son modelo de buen gusto y de gracia.
El papel, la impresión, todo es bellísimo.
Declaro mi ignorancia cándidamente. Yo no había oído hablar de Ud.
hasta que recibí el tomo. Y, al verle, en lo material tan lindo, pues no
creo que exagero si digo que no vi tomo de versos de ningún país que
esté mejor impreso que el de Ud., me entró desazón y recelo de que los
versos fuesen malos y de que todo el valor del libro estuviese en la
estampa. Por fortuna, recelo y desazón pasaron pronto. Leí los versos, y
hallé que merecen estar tan bien impresos y tan ricamente adornados de
primorosas láminas.
Al escribir á Ud. hoy, agradeciéndole el presente, me he de permitir
también poner aquí mi juicio sobre los versos y darlos á conocer á la
generalidad de los españoles que no saben de usted sin duda.
Gran satisfacción es para todos nosotros cualquiera gloria literaria que
adquieran en América los ciudadanos de las repúblicas que salieron de
nuestras antiguas colonias. Es algo que viene á acrecentar el tesoro de
nuestra civilización castiza y á probar su vitalidad fecunda. Tan
nuestras, tan españolas considero yo las poesías de usted, que me
avergüenzo de no entender por completo aquellos vocablos que significan
objetos de por ahí, como _aberemoa_, _guayacán_, _pacará_, _quinchar_,
_burucuyá_, _seibo_, _ombú_, _payador_, _chaja_, _ñandubay_, _molle_,
_chañar_, _achiras_, _totoral_, _camalote_, _quena_ y otros; y si no
están en nuestro Diccionario, como sospecho, quisiera definirlos bien é
incluirlos en él.
La lisonjera impresión que recibe un natural de esta Península,
aficionado á las letras, al recibir poesías tan bellas como las de Ud.,
venidas de tierra tan remota, es como la que recibiría un ciudadano de
Atenas cuando llegasen á su noticia las obras en griego de algún insigne
sabio, poeta ó historiador de su casta que viviese en el Asia central,
en Egipto, en Libia ó en alguna ciudad helénica de la misma Hesperia,
hasta donde la civilización, el habla y todo el ser de Grecia habían
penetrado, creando nuevas repúblicas y Estados independientes, si bien
conservando la unidad superior de la sangre, del lenguaje y de la
cultura.
Así también, cuanto se escriba en América, salvo en el Canadá y en los
Estados Unidos, es de esperar que siga siendo literatura española. Y
mientras más adelanten los ingenios de ahí y superen en lo futuro á los
ingenios de la antigua metrópoli, más sello castizo, más aire de
parentesco, más color y sabor españoles tendrán sus obras. Sólo por
decadencia podrá ocurrir que se borre ó esfume en Uds. el ser propio
nuestro, y que sean Uds. otros de los que son. Y no es de temer que las
razas indígenas prevalezcan, ni que las lenguas guarani ó quichua
destierren la castellana, ni tampoco se ha de presumir y pronosticar que
los primitivos colonizadores pierdan ahí su virtud asimilante y
plástica, y se fundan en los nuevos colonos é inmigrados, en vez de
fundir en sí á cuantos acudan á esas regiones, desde Alemania, Francia,
Bélgica é Italia.
Gran dolor sería esto para nosotros. Esto daría indicio de que somos de
raza inferior, y quitaría fundamento al orgullo legítimo con que,
después de la gente inglesa, nos consideramos como la primera de todas
las gentes civilizadas en haber difundido sobre la faz de este planeta
su lenguaje, sus creencias, su saber, sus artes y todas las demás
manifestaciones de su espíritu. Esto nos quitaría la esperanza que hoy
tenemos de nuestra inmortalidad colectiva, aun cuando ocurriese el
grande infortunio de que se hundiera España ó quedase desierta, ya que
ahí, ó del otro lado de los Andes, ó en el rico Anahuac, renacería
España, joven, poderosa y lozana, y pondría los recuerdos de nuestra
gloria como digno principio de la que nuestros hijos hubiesen ya
adquirido ó adquiriesen en lo futuro.
A pesar de cierto americanismo, que tal vez á algunos de los habitantes
de esta vieja España nos parezca sobrado, veo yo con viva satisfacción
que el espíritu de Ud. y el de su crítico, encomiador é intérprete D.
Calixto Oyuela, poeta asimismo de mucho mérito, coinciden en esto que
afirmo. Poco importa, como el Sr. Oyuela confiesa y deplora, que su
patria esté aquejada de cosmopolitismo. El medio millón de italianos á
que ascenderá pronto la inmigración, los ciento cincuenta mil franceses
y los demás hombres llegados ahí de distintas partes de Europa para
aumentar la riqueza, la industria y el comercio de esa república,
tendrán que españolizarse, ó, si usted quiere mejor, que _argentinarse_.
La vitalidad de nuestra raza debe salir triunfante de esta prueba.
Libros como el de Ud. vienen en corroboración de mi pronóstico. Dejemos
hablar al señor Oyuela, cuyas palabras hago mías: «Los nobles
sentimientos é ideas que Ud. expresa son tales como deben ser, y son
naturalmente imaginados y sentidos por un argentino de raza española. La
lengua en que están es pura lengua española. Aunque Ud. conoce y estima,
como toda persona de buen gusto, la literatura francesa, no se deja
dominar por su influjo. Ni el más leve soplo francés corre por las
delicadas páginas de su libro. Tampoco hay en él nada italiano, nada
inglés ni nada alemán. En cambio, sin que Ud. lo haya solicitado, quizá
desconociéndolo, y con sólo dar rienda suelta á su naturaleza americana
y á su carácter argentino, tiene el libro de Ud. no poco de andaluz. De
ahí que maneje Ud. el castellano con tanta pureza, soltura y gallardía.»
El mismo Sr. Oyuela añade: «Somos, es cierto, un país colonizador, y
necesitamos de la inmigración para engrandecernos; pero á condición de
asimilárnosla y de fundirla en nuestra nacionalidad propia. Las
naciones, como los individuos, sólo valen y significan algo por su
carácter, por su personalidad. Un país sin sello propio es como un
escritor sin estilo: no es nadie. El cosmopolitismo no ha engendrado ni
engendrará jamás nada fecundo, ni en política, ni en literatura.»
El Sr. Oyuela, pues, comentando los versos de usted, y Ud.
escribiéndolos, reniegan de ese cosmopolitismo estéril y procuran que
brote de la raíz española, trasplantada á ese suelo, la originalidad
nacional que anhelan, y que ya tienen sin duda.
A este fin, además, se puede ir por muy distintos caminos, y tanto Ud.
como el Sr. Oyuela siguen, á mi ver, el más seguro, recto y hermoso.
Dentro de la afición á lo castizo desechan Uds. la equivocada distinción
entre el arte gentílico y el arte cristiano. No hay verdaderamente más
que un arte bueno y legítimo, en cuya forma pagana ó griega no cabe hoy
sólo el espíritu racionalista de Goethe, de Leopardi, de Chénier, de
Fóscolo y de Carducci, sino que puede también vivir y vive el espíritu
español y católico. Así lo entendió y lo realizó fray Luis de León, á
quien usted y su amigo ensalzan y siguen; y así lo proclama hoy Menéndez
Pelayo, á quien el señor Oyuela llama «_el gran ortodoxo_, griego en
arte hasta la medula de los huesos»: Ni se opone esto á lo popular y
castizo; porque, como su crítico de usted dice muy bien, los buenos
poetas griegos hubieran sido en América tan americanos como usted; y
Echevarría, que señala el punto de partida de la literatura nacional
argentina, es en sus aciertos clásico sin saberlo; y más lo hubiera sido
si, al libertarse del pseudo-clasicismo francés, no hubiera imitado el
romanticismo francés, no hubiera pensado en francés y no hubiera escrito
en castellano de baja ley.
Por dicha, Ud. tiene lo que faltó á Echevarría. Como él, posee Ud. la
facultad de reflejar, á modo de claro y mágico espejo, la naturaleza
circunstante, hermoseándola y depurándola en la imagen; pero Ud. posee
además el arte y la forma adecuada para que esta imagen pase, sin
disiparse ni afearse al pasar, desde la mente de Ud. á las mentes de los
demás hombres, hiriéndolas y penetrándolas. Se diría que todo el
concierto, toda la magnificencia y toda la hermosura de la tierra de
Ud., aunque conocidos por la geografía y por la estadística, eran
ignorados por el sentimiento, ya que no habían llegado á reflejarse en
el alma de un poeta, ni habían aparecido en sus cantos. Así es que mucha
parte del elogio que hace Ud. de Echevarría, podemos nosotros con más
razón aplicarle á Ud., y repetir:
Como surgiendo de silente abismo,
El mundo americano
Alborozado se escuchó á sí mismo:
El Plata oyó su trueno;
La Pampa, sus rumores;
Y el verjel tucumano,
Prestando oído á su agitado seno,
Sobre el poeta derramó sus flores.
Desde la hierba humilde
Hasta el ombú de copa gigantea;
Desde el ave rastrera que no alcanza
De los cielos la altura,
Hasta el chajá que allí se balancea,
Y á cada nube oscura
A grito herido sus alertas lanza;
Todo tiene un acento
En su estrofa divina,
Pues no hay soplo, latido, movimiento,
Que no traiga á sus versos el aliento
De la tierra argentina.
En todos los versos de Ud. hay inspiración propia, por donde, sin buscar
la originalidad, Ud. la tiene. Se conoce que ha leído Ud. los poetas
españoles, hasta los más recientes, como Campoamor, Núñez de Arce y
Velarde. En trozos descriptivos, sobre todo en décimas, creo notar
cierto confuso recuerdo del estilo de los dos últimos. En varias
composiciones amorosas de Ud. hay también algo del modo de Bécquer.
Siempre, no obstante, la imitación ó la coincidencia es tan vaga, que no
está uno seguro de que no sea ilusión.
Por lo demás, nada tan opuesto como su espíritu de Ud., sano, optimista,
lleno de esperanzas en el progreso y en la grandeza de la patria, y de
todo el humano linaje, al espíritu de Bécquer, pesimista y hondamente
herido. Hasta en las poesías más melancólicas de Ud. hay consuelo, hay
bálsamo, hay luz celestial que lo alegra é ilumina todo. Así, por
ejemplo, en _El hogar vacío_, donde tan sentida y tiernamente llora Ud.
la muerte de una joven, dulce compañera de su niñez acaso, termina Ud.
con esta estrofa, cuya sencillez no deja comprender bien el efecto que
produce al terminar la composición, si antes no se ha leído la
composición toda:
Así mi lira llorará tu ausencia.
Tu cándida existencia
Cual blanca nube se elevó del suelo
Y en lo infinito desplegó sus galas.....
Los que nacen con alas,
¡Cuán pronto suben de la tierra al cielo!
Tal vez cuando, en mi sentir, recuerda Ud. más á Bécquer por la forma,
es cuando por el fondo dista Ud. más de él; cuando hay en Ud., no ya la
luz y la gloria del _amor que pasa_, sino el júbilo y el dulce contento
del amor que vive y queda en el alma para siempre, haciéndola dichosa:
Porque el amor es dueño
De todo Paraíso;
Porque toda belleza de la tierra
Es un fragmento del Edén perdido.
Por eso, sin duda, hay más alegría, más resplandores beatificantes que
en la aparición momentánea del amor de Bécquer, en la aparición, en el
bosque, que se mostraba mustio, de la mujer por Ud. amada:
Pero llegas....., y el agua,
El bosque, el cielo mismo,
Es como una explosión de mil colores,
Y el aire rompe en sonorosos himnos.
Así la primavera
Del trópico vecino
Desciende, y canta repartiendo flores
Y colgando en las vides los racimos.
¡Cuán suenan gratamente
Acordes, en un ritmo,
Del agua el melancólico murmullo
Y el leve susurrar de tu vestido!
Difícil es dar á conocer á un poeta citando así trozos arrancados de sus
obras. Más que darle á conocer es esto despedazarle. Por eso no gusto yo
de hacer muchas citas.
A más de excelente poeta lírico me parece Ud. buen poeta narrativo,
según el testimonio brillante que de ello da en la leyenda de Santos
Vega. Las décimas en que está escrita esta leyenda son no menos fluidas,
bien hechas y ricas de rimas que las décimas empleadas por Núñez de Arce
y por Velarde en descripciones y narraciones. Las de Ud. tienen además
para mí algo de peregrino y nuevo: me pintan, con el colorido y la
precisión de la verdad, la pampa y la vida primitiva de sus habitantes;
me traen como un aroma sutil de sus flores y un eco suave y adormido de
sus músicas y de sus rumores misteriosos.
Santos Vega es el _payador de larga fama_: el más celebrado poeta,
cantor y tocador de guitarra que ha habitado en la pampa entre los
gauchos. Su contienda con otro trovador exótico, medio hechicero, que
aparece obrando prodigios, y el triunfo de este nuevo trovador sobre el
antiguo, que muere de pesar del vencimiento, todo es sin duda simbólico:
es el triunfo de la vida moderna, y de la industria, y de los
ferrocarriles, y de las ciudades, sobre el modo agreste de vivir en lo
antiguo, en aquel florido y verde desierto, en aquella extensa llanura
que los Andes limitan; pero si bien Ud., como poeta, lamenta la pérdida
de un poco de poesía, harto deja conocer que sobre esa poesía perdida,
si es que se pierde, ha de florecer otra, y ya florece en la mente y en
el libro de Ud., que vale muchísimo más que la del _payador_ Santos
Vega.
Justo es, no obstante, que Ud. dé á Santos Vega las alabanzas que
merece, por más que, al dárselas, se las dé escribiendo tan preciosa
leyenda, y dándole envidia de la que el pobre Santos Vega sería capaz de
morirse, si ya en la lucha con el trovador y mago intruso no hubiera
muerto.
Como por el retrato veo que es Ud. joven, espero que seguirá escribiendo
poesías líricas y leyendas no menos bonitas que las que aquí con tanta
justicia he celebrado.
* * * * *
_16 de Abril de 1888._
Á D. ENRIQUE GARCÍA MÉROU
II
Muy señor mío y distinguido amigo: Cuando en el verano pasado de 1887
tuve el gusto de conocer y de tratar en Spa á Ud. y al general don Julio
Roca, hablamos mucho de la patria de usted, de su próspera situación y
del brillante porvenir que todo el mundo le augura.
Bien puede afirmarse que el general D. Julio Roca ha sido quien más ha
contribuído á disipar las nubes que oscurecían y velaban el horizonte, y
quien así nos ha dejado ver el cielo de ese porvenir despejado y claro.