¡Ya lo creo que le da crédito, pues eso es lo trágico! En unas cuantas

horas, mi marido es otro. Antes no tenía más que ojos para mirarme.

Ahora busco su mirada y la encuentro en los calcetines, en la alacena,

en el _Blanco y Negro_, en cualquier parte menos en mí. Estamos en la

mesa, me habla, y lo hace en un tono tan glacial, que me enfría hasta

la sopa. Y luego, él, de suyo tan amable siempre, tan cortés conmigo...

¡Ay, lo que me ha hecho hoy a los postres, Cristina! ~(Llora.)~

CRISTINA

¿Qué le ha hecho?

EDUARDA

Figúrate que yo cuando una naranja me sale dulce, nunca me la como

sin darle dos o tres cascos. Pues hoy, hoy como siempre, se los di...

~(Llorando amargamente.)~ y me ha dado con los cascos en las narices...

¡Él, devolverme los cascos!

CRISTINA

¡Pues si con el carácter que tiene se pone furioso!...

EDUARDA

¡Figúrate qué tragedia! ¡Una mujer deshonrada, un hombre muerto!

CRISTINA

Sí, sí. Pues no perdamos tiempo. Hay que ponerlos sobre aviso. Llámelos

usté.

EDUARDA

¿Pero cómo?

CRISTINA

Acerquémonos al balcón a ver si nos ven.

EDUARDA

Sí, es lo mejor. Le haré una seña.

CRISTINA

Dé usted en los cristales.

EDUARDA

Calla, ya parece que mira. ¡Chistss, chistss!

~(Ojeda mira; le hacen señas que no entiende y que le obligan a poner

cara de extrañeza, sin interrumpir por eso el discurso.)~

CRISTINA

~(Abriendo el balcón.)~ Que vengan.

EDUARDA

~(Haciendo señas.)~ Venid...

PEPE

~(Como si continuara dirigiéndose al auditorio.)~ ¿Qué decís?

CRISTINA

Que vengan ustedes.

PEPE

¿Qué decís a esta afirmación que yo os hago?... ~(Más señas.)~ ¿Qué

queréis decir?... ¡Ah, señores!

EDUARDA

¡Que vengas, hombre!

PEPE

¿Yo?... ~(Le hacen señas que sí.)~ Yo... Ya voy... Ya voy a terminar...

EDUARDA

Pronto. ~(Señas.)~

PEPE

Voy a terminar y voy en seguida... porque en este brindis creo haberos

confirmado todo... ~(Cierran y deja de oírse a Ojeda.)~ cuanto en mi

larga actuación...

CRISTINA

Ya nos ha entendido.

EDUARDA

Entonces no tardarán. Estoy deseando que llegue.

CRISTINA

¿Y yo, qué hago yo, doña Eduarda, qué hago? ¿Qué le diré a mi

Alfredo?... ¡Estoy inquieta, indecisa, no duermo, no vivo!...

EDUARDA

¿Tú no le quieres, Cristina?

CRISTINA

Con un cariño inmenso, ya lo sabe usted.

EDUARDA

¿Pues entonces?...

CRISTINA

Pero por otra parte le tengo miedo a mi tío, que si supiera que venían

a quitarle mi fortuna, era capaz de hacer una brutalidad; y luego,

Alfredo parece que me quiere, pero hace tan poco que le conozco...

EDUARDA

Mira, Cristina. En amor sigue siempre el impulso de tu corazón. No

vaciles. ¿Tú, aunque lejanos, no tienes unos parientes en Madrid?

CRISTINA

Sí, señora.

EDUARDA

Pues vete con ellos. Emancípate de la tutela de estos egoístas. Dichosa

tú que puedes abrir tus alitas de golondrina, tender el vuelo y hacer

el nido en el alero de un tejado cortesano. ¡Ay de las que tenemos la

jaula colgada en el clavo del deber, a la puerta de un corral!

CRISTINA

Pero si yo me marchase, el pueblo... la gente... podrían decir...

EDUARDA

¿Serías tú capaz de algo indigno?

CRISTINA

Antes me moriría, ya lo sabe usted.

EDUARDA

Entonces... ¿no te temes a ti misma y temes a los demás? No vaciles,

Cristina... vete a Madrid, cásate con Alfredo. Y ya ves que te lo digo

yo, yo que cuando te vayas me quedaré sin tu tierno afecto y sin...

~(Vacila.)~ ¡Ay!... Pero la jaula, el clavo... ¡qué remedio! Alegremos

la vida de los que nos enjaularon y bendigamos a Dios, hundiendo el

pico en el alpiste cuotidiano... y perdona esta imagen pajarera y

dolorida...

CRISTINA

Usted me da ánimos, doña Eduarda.

EDUARDA

¡Calla, sí... él sube!

ESCENA V

DICHOS y PEPE OJEDA, puerta izquierda.

PEPE

¡Eduarda!

EDUARDA

¡Pepe! ~(Se estrechan la mano.)~

CRISTINA

¿Y Alfredo?

PEPE

Ahora vendrá. Quedó con unos señores. Creo que querían regalarle un

perro y le llevaron a que lo viese.

EDUARDA

¿Un perro? ¡Qué cosa más rara!

CRISTINA

¡Ay! Yo no estoy tranquila. ¡Si vieran ustedes que también he oído a

Cazorla no sé qué de un perro!...

PEPE

Bueno, ¿y qué os ocurre?

EDUARDA

¡Ay! Pues que yo deseaba por momentos hablar contigo. ¿Sabes ya con

quién te confunden?

PEPE

Sí, al fin lo sé: con un Delegado del Gobierno.

CRISTINA

¿Quién se lo ha dicho a ustedes?

PEPE

~(Muy confidencial.)~ Pues el propio Delegado, que llegó esta tarde al

pueblo y que se aloja en casa del sargento de la Guardia Civil.

LAS DOS

¿Es posible?

PEPE

Se llama Abilio Monreal, y da la feliz coincidencia de que le

conozco por ser pariente de unos amigos míos. Le conté el objeto de

nuestro viaje, la confusión de que éramos víctimas, y me prometió no

presentarse hasta que yo le avise para darnos tiempo a que Alfredo y

tú resolváis lo que os convenga. De modo que por ese punto nuestra

seguridad personal no corre peligro.

EDUARDA

¡Ay, no, Pepe, no, no lo creas; tú estás en un error! ¡Tu vida corre

más peligro que nunca!

PEPE

Caracoles, ¿qué dices, Eduarda?

CRISTINA

¡Que está usted en un peligro terrible, señor Ojeda!

PEPE

¿Yo?... ¡Caramba! ¿Pero por qué en un peligro?... Haced el favor de

explicaros...

EDUARDA

¡Sí, Pepe, es preciso que lo sepas todo! Un canalla ha metido en el

corazón de mi esposo el torcedor de los celos.

PEPE

¡Cuerno!... ¿Quién dices que ha metido el torcedor?

CRISTINA

Un granuja.

PEPE

¿Pero quién ha sido ese sacacorchos?

EDUARDA

El infame de Cazorla. ~(Llora.)~

PEPE

¿El Secretario?

CRISTINA

Ese bandolero, que suponiéndole el Inspector que esperaban, le ha hecho

creer a don Régulo que usted pretende a doña Eduarda.

PEPE

¡Canastos!

EDUARDA

~(Llorando.)~ Y que yo, ¡pobre de mí!, te correspondo; para que así, mi

esposo ofendido, te rete a un duelo y te mate.

PEPE

¡Qué bestia!... Oye, tú, ¿ese facineroso ha hecho películas?

EDUARDA

No, pero tiene un ingenio maléfico que espanta. ~(Desconsolada.)~ Y lo

grave es que mi marido te reta.

PEPE

~(Alarmado.)~ ¿Tú crees?...

EDUARDA

Te reta, sí, te reta y te mata.

PEPE

~(Tratando de disimular el miedo.)~ Mujer, eso no; me mata o le mato yo

a él. Después de todo...

EDUARDA

No, no, te mata, Pepe, te mata. Mi marido tira a la pistola de un modo

que a veinte pasos le quita al canario un cañamón del pico.

PEPE

~(Crece su alarma.)~ ¡Caracoles!

CRISTINA

¡A veinte pasos, sí, señor!

PEPE

¿Pero esos blancos?

CRISTINA

No le fallan.

PEPE

Pues me habéis dejado el corazón que parece un despertador sin timbre.

¿Y dices que un cañamón?

EDUARDA

Al canario.

PEPE

(¡Canario!)

EDUARDA

Además boxea de un modo, que aunque no tuviese armas, si te coge y te

tira un directo al estómago, te deja en _ocaut_.

PEPE

¿Ocaut?... ¿Ocaut a mí?... Oye: ¿la carretera es saliendo de aquí a

la izquierda? Porque a boxeo puede que me gane, pero en el último

_cross country_, he batido yo el récord de los cinco kilómetros con

obstáculos. Me seguían dos sastres en motocicleta y no me vieron, no os

digo más.

EDUARDA

Pero es que tú no puedes abandonarme, Pepe.

PEPE

¿Qué no puedo?

EDUARDA

¡No puedes, porque hay algo peor!

PEPE

¿Peor que el cañamón?

EDUARDA

Que mi marido cree que te correspondo y no me habla y me rechaza y

me desprecia... Y vosotros, al fin, os iréis de aquí, os iréis para

siempre; pero yo he de quedarme, ¿y cómo me quedo yo, infeliz de mí, si

del corazón de mi esposo no se disipa la duda infamante?

PEPE

¿Y qué puedo hacer yo, para disiparle esa ridiculez?

EDUARDA

Que le hables, que reivindiques mi honor, que le jures que es una

calumnia...

PEPE

¿Oye, y todo eso no se lo podría yo decir por escrito? Ya sabes que

tengo una letra clarísima y que redacto con cierta soltura.

CRISTINA

No, yo creo que solo oyéndole a usted mismo se quedaría tranquilo.

PEPE

Sí, Cristina, pero es que una persona tan exaltada y con esa

puntería... porque al canario le quita el cañamón y le estropea el

almuerzo, pero a mí me quita el cráneo... y ¡adiós Pepísimo!... Además,

¿cómo puede ese imbécil dudar de tu honra?

CRISTINA

Es que es Otelo.

PEPE

¡Aunque sea su padre, hija! Hay que tener sentido común y saber contar.

EDUARDA

Saber contar, ¿qué?...

PEPE

Años.

EDUARDA

¡Pepe!

PEPE

¡Lo digo por los míos!

EDUARDA

¡Ay, no, no me abandones, Pepe!

CRISTINA

¡No, no la abandone usted, señor Ojeda!

PEPE

Bueno, no tengáis cuidado. No soy ningún Cid Campeador, para qué voy

a engañaros, y sentiría que un ventajista o un loco me hiciera dejar

en este villorrio el agradable pergamino que me envuelve y que tantos

afanes me ha costado conservar; pero al cabo, más mérito tiene jugarse

el tipo con miedo que sin él. De modo que me quedo; le hablaré a tu

marido.

EDUARDA

Gracias, Pepe, muchas gracias. ~(Cristina va al balcón a mirar.)~

PEPE

Eso sí, que yo le hablo a tu marido, pero el Cazorlita ese y el Alcalde

me las pagan, vaya si me las pagan. ¿Lo que me contaste de que el

Alcalde te hace el amor es cierto, verdad?

EDUARDA

¡Cómo si no iba yo a decírtelo!

PEPE

Basta.

EDUARDA

¿Qué intentas?

PEPE

No, nada. A mí a agilidad intelectual no me sobrepasa ningún munícipe,

como diría ese mirlo legislativo. ¡Ya veréis!

CRISTINA

~(Que entra del balcón.)~ Alfredo, ya viene Alfredo... ¡Pero viene

corriendo, como aterrado!...

PEPE

¿Aterrado? ¿Qué le pasará?

ESCENA VI

DICHOS y ALFREDO.

ALFREDO

~(Que entra lívido, descompuesto, con la americana rota.)~ ¡Ay, tío,

ay, tío de mi alma!

CRISTINA

~(Anhelante.)~ ¡Alfredo!

PEPE

¿Qué te ocurre?

EDUARDA

¡Viene usted lívido!

CRISTINA

¡Tiemblas!

PEPE

¿Qué te ha pasado?

ALFREDO

No, nada. ¿Se acuerda usted del perro que me querían regalar?

PEPE

Sí, un «seter», un precioso «seter».

ALFREDO

«Seter», ¿eh? Pues mire usted la americana. ~(La lleva desgarrada por

detrás.)~ ¡Mire usted qué «seter»!

EDUARDA

¡Qué siete!

ALFREDO

El perrito, que estaba rabioso.

PEPE

¿Qué dices?

ALFREDO

Absoluta y totalmente rabioso. Si no tengo la suerte de esquivarle me

destroza.

CRISTINA

¡Qué infames!... ¿Ven ustedes lo que yo decía del perro?

EDUARDA

¡Asesinos!

ALFREDO

¡Ay, qué rato he pasado!

PEPE

Por lo que parece, estos cafres empiezan a tirar con bala.

CRISTINA

¡Por algo temblaba yo de que no vinieras!

ALFREDO

Y además, sospecho que nos preparan algo terrible. En ese callejón he

visto un tío envuelto en una manta y con algo debajo, que si no es un

trabuco es un pariente próximo.

CRISTINA

¡Ay!... ¿Os acecharán?

EDUARDA

¡Debe ser el Carlanca, es un asesino!

PEPE

Ya, ya... uno de los que gritaban ¡viva la España del Dos de Mayo y de

Covadonga!... ¡Y de las encrucijadas!... ¡Ladrones!... ¡Sois muchos y

malos, pero no podréis conmigo, yo os lo prometo! ¡Ay, la partida que

os voy a jugar!

ALFREDO

Ya lo oyes, Cristina, es imposible permanecer aquí sin grave riesgo. Es

necesario que resuelvas pronto.

CRISTINA

¿Y qué he de hacer yo?

ALFREDO

Decidirte, venirte a Madrid. Huir de estos canallas.

PEPE

Sí, hay que marchar esta misma noche.

CRISTINA

¡Pero huir, irme con ustedes!...

ALFREDO

Fía en mi amor y en mi lealtad.

CRISTINA

Sí, en ti fío, Alfredo... Pero irme sola... ¡No, no me atrevo!

ALFREDO

Entonces me quedo yo también; ¡porque yo no te dejo en manos de estos

energúmenos! Sea lo que Dios quiera.

CRISTINA

No, eso no, tú vete, sálvate.

ESCENA VII

DICHOS y EUSTAQUIO, puerta izquierda.

EUSTAQUIO

Excelentísimo señor.

PEPE

¿Qué se te ofrece?

EUSTAQUIO

Dispénseme usted y que haiga entrao sin premiso, pero es que la cosa...

PEPE

¿Qué pasa?

EUSTAQUIO

Don Sabino, el médico, que viene llorando que da compasión, con su hija

de la mano y un lío de ropa, que ice que tie precisión de hablar con

usté; que por Dios y que si pue usté recibilo.

PEPE

¿Que lo reciba yo?... ¿Al médico?... ¿Pero qué desea?

EUSTAQUIO

Yo no sé, pero está el pobre que su alma se la parten.

EDUARDA

¡Pobre don Sabino! ¿Qué le ocurrirá?

PEPE

En fin, dile que pase. Vosotros mientras entrad ahí y resolved con

urgencia lo que nos conviene a todos. Pero pronto, antes que nos corten

la retirada. ~(Entran Eduarda, Cristina y Alfredo, segunda derecha.)~

ESCENA VIII

PEPE OJEDA, DON SABINO y MARÍA TERESA, primera izquierda.

D. SABINO

~(Entra rápido, desolado, seguido de María Teresa y en actitud

suplicante)~ ¡Caballero, caballero, por piedad, ampárenos!

PEPE

¿Qué le ocurre a usted, señor mío?

D. SABINO

Ampárenos, vengo huyendo, lleno de temor y zozobra.

PEPE

¿Pero qué le pasa? ¿Qué es lo que teme?

D. SABINO

Que cometan conmigo la más infame de las iniquidades. Sospecho que me

persiguen, que me quieren encarcelar.

PEPE

¿Pero por qué causa?

D. SABINO

Por nada en realidad. El Alcalde, que pretexta un ridículo desacato.

¡Son unos miserables! Pero a mí lo que me importa, sobre todo, es

salvar a mi hija. ¡A mi hija!... No tengo otra cosa en el mundo... ¡Por

Dios, caballero!

M.ª TERESA

~(Suplicante.)~ ¡Piedad, señor!

PEPE

Cálmese usted, señorita, cálmense ustedes, siéntense y tengan la bondad

de decirme cuáles son sus desdichas y cómo puedo yo remediarlas. ~(Se

sientan.)~

D. SABINO

Caballero, soy el médico de este pueblo, me deben mis honorarios de

siete años. Ayer mañana fui con otros dos hombres de bien a elevar una

protesta a casa de ese fariseo. Mis compañeros ya están en la cárcel,

yo temo correr la misma suerte. Por eso vengo a implorar auxilio y

protección de usted, que en estos instantes es aquí autoridad suprema

como Delegado del Gobierno.

PEPE

(¡Caracoles! ¿Y cómo le digo yo a este pobre señor?)... ¿Pero usted es

realmente enemigo del alcalde?

D. SABINO

¡Yo qué he de ser!... Yo no soy enemigo de nadie, señor; pero como

yo no he tolerado que mi asistencia a los enfermos esté mediatizada

por los caprichos políticos de un bárbaro, me llama su enemigo y

me persigue, y no me paga, y quiere hundirme en la miseria y en

la desesperación, o quizá lanzarme al crimen... Por eso solicito

el auxilio de usted. Tengo miedo. Quiero irme, irme pronto. Antes

que permanecer aquí, prefiero morir de hambre en la cuneta de una

carretera. Después de todo, esto coronaría gloriosamente el martirio

de una vida consagrada a la humanidad y a la ciencia en un país de

ingratos. ~(Llora.)~

M.ª TERESA

¡No llores, papá!

PEPE

¿Pero tanta infamia es posible?...

D. SABINO

¡Qué saben ustedes los que viven lejos de estos rincones!... Treinta

y cinco años, señor, me he pasado de médico titular, de médico rural,

luchando siempre contra el odioso caciquismo; contra un caciquismo

bárbaro, agresivo, torturador; contra un caciquismo que despoja, que

aniquila, que envilece... y que vive agarrado a estos pueblos como la

hiedra a las ruinas... Yo he luchado heroicamente contra él, con mi

rebeldía, con mis predicaciones; porque yo que la conozco, estoy seguro

de que en esta iniquidad consentida a la política rural, está el origen

de la ruina de España.

PEPE

Ah, sí; tiene usted razón, señor mío, y lo grave es que esa tremenda

iniquidad de que usted habla no desaparece, porque en ella tienen su

fundamento las tradicionales oligarquías de nuestra vieja política.

D. SABINO

Exacto, exacto...

PEPE

~(Sigue con exaltación oratoria.)~ Por eso este mal es tan hondo y

tan permanente, porque es base de muchos intereses creados, raíz

sustentadora de muchos poderes constituidos.

D. SABINO

¿Y será tal nuestra desgracia, señor, que esta vileza no tenga remedio?

PEPE

¡Cómo no!... Abandonemos valientemente este árbol añoso y carcomido de

la política caciquil, y plantemos otro joven, sano y fuerte que absorba

para sí la savia fecunda, y seque al otro y dé con él en tierra, porque

solo en las ramas de ese árbol nuevo podrá cantar el pájaro de nuestra

aurora... (¡Ojeda, que te pones cursi!)

D. SABINO

¿Y usted que lo sabe y que lo dice, por qué no va a Madrid y lucha para

lograrlo, y trabaja?...

PEPE

~(Vivamente con disgusto.)~ ¡Ah, no; trabajar no!... A mí pedidme

verbo, no acción. Yo soy un apóstol, los apóstoles no han trabajado

nunca. Además, yo, que me parezco un poco a los políticos españoles,

soy como un libro de cocina; tengo recetas para todo; pero... pero hay

que buscar la cocinera.

D. SABINO

¿Pero si la cocinera no parece, qué vamos a hacer políticamente los

españoles?

PEPE

Pues lo que venimos haciendo, ¡comer de fiambre!... Pero usted, mi

pobre amigo, no ceje en su generosa lucha.

D. SABINO

¿Y cómo no cejar? ¿No ve usted el resultado de mi rebeldía? La niña

y yo hemos sufrido miseria, nos morimos de hambre, de hambre ¡señor

mío!... y cuando voy a implorar como una limosna mi sueldo, no quieren

pagarme, me dicen que el Ayuntamiento no tiene dinero... ¡no tiene

dinero!...

PEPE

~(Exaltado.)~ ¿Que el Ayuntamiento no tiene dinero?... ¡Canallas!...

¡Y me dan a mí todo esto para que no los lleve a la cárcel!... ¡Don

Sabino, tome usted! ~(Le entrega los billetes que ha sacado del

bolsillo.)~

PEPE

Dos mil pesetas.

D. SABINO

¡Señor!...

PEPE

Guárdeselas. No le humillo con el oprobio de una limosna, no. Ese

dinero es del Ayuntamiento. ¿No es usted su acreedor?... Pues

guárdeselo sin escrúpulo.

D. SABINO

Pero...

PEPE

¿No le deben a usted siete años? Pues uno menos.

D. SABINO

¿Y cómo le pagaría yo a usted, señor Delegado?...

PEPE

A mí no me llame usted Delegado, ¡por lo que más quiera!

D. SABINO

¿Pero por qué?

PEPE

Pues... porque no lo soy.

D. SABINO

¿Qué dice usted?

PEPE

La verdad.

D. SABINO

¿Entonces usted ha venido aquí?...

PEPE

A una cosa muy distinta de la que suponen, y para la cual usted podría

hacerme ahora un favor inmenso.

D. SABINO

Usted me dirá.

PEPE

¡Mi sobrino y la sobrina del alcalde se aman!

D. SABINO

¡Cielos! ¿Cristinita?

PEPE

Es preciso que esa muchacha salga para Madrid esta misma noche. ¿Usted

tendría inconveniente en acompañarla?

D. SABINO

¡Con alma y vida! Si ella quiere... Precisamente a Madrid vamos

nosotros.

PEPE

¿A qué hora sale el tren?

D. SABINO

A las diez y cuarto.

PEPE

Todavía queda media hora; sobra tiempo. Usted y su hija se llevan a

Cristina, esperan en la estación y toman los billetes. Nosotros no

tardaremos.

D. SABINO

¡Pero cómo podrá usted salir del pueblo, porque yo he sabido que

quieren coaccionarle, que le tienen cercado!

PEPE

No importa. Me iré.

D. SABINO

Además, esos bribones no tardarán en venir con los libros... ¡y con la

murga!

PEPE

¿Con la murga, para qué?

D. SABINO

Es la costumbre del alcalde. En cuanto tiene que rendir cuentas

de cualquier cosa, lleva la murga para que en cuanto le pidan

una aclaración, toque el pasodoble de Joselito y no haya modo de

entenderse.

PEPE

No está mal. Ahora, que a mí, como si me quiere traer la Sinfónica.

Contra todos puedo. Yo le doy a usted mi palabra que no solo no han de

tocarme el pelo de la ropa, sino que hasta alguno de ellos puede que me

acompañe a la estación.

D. SABINO

¡Pero usted es el demonio!

PEPE

Peor. Soy el hombre que ha vivido sin dinero.

ESCENA IX

DICHOS y EUSTAQUIO.

EUSTAQUIO

¿Da usté su premiso?

PEPE

Pasa.

EUSTAQUIO

El señó Alcalde, el Secretario y don Régulo, que si puen pasar a

saludarle a usté.

D. SABINO

(Ahí están.)

PEPE

Sí, pero que tengan la bondad de aguardar un instante.

EUSTAQUIO

Está bien.

PEPE

Dales el recado y vuelve, que he de hacerte un encargo.

EUSTAQUIO

Volando. ~(Vase.)~

D. SABINO

¡Ellos aquí!...

PEPE

Calma. Tenga la bondad de hacerme un recibo de las dos mil pesetas.

D. SABINO

Con mucho gusto, sí, señor.

PEPE

Mientras escribiré yo unas líneas. ~(Los dos se sientan y escriben

rápidamente.)~ ¡A mí Carlancas y Régulos!... ¡Ya veréis la que os

preparo!

D. SABINO

~(Entregándoselo.)~ El recibo.

PEPE

Muy bien. Pues ahora, sin perder minuto, entre en esa habitación y

explique a Cristina, a mi sobrino y a doña Eduarda, que están en

ella, cuanto hemos convenido. Salgan al marcharse usted y su hija,

con Cristina y mi sobrino, por la puerta que da a esa calleja y a la

estación. Dígale a doña Eduarda que espere mi aviso. Gracias por todo y

hasta luego.

D. SABINO

Vamos, hija.

M.ª TERESA

¡Caballero! ~(Vanse segunda derecha.)~

EUSTAQUIO

~(Entrando.)~ Usté mandará.

PEPE

Toma esta carta y llévala a casa del sargento de la Guardia Civil.

EUSTAQUIO

Sí, señor.

PEPE

Si no la llevas te mando fusilar.

EUSTAQUIO

No, señor.

PEPE

A escape.

EUSTAQUIO

Sí, señor.

PEPE

No tardes.

EUSTAQUIO

No, señor.

PEPE

Y a esos señores que pasen.

EUSTAQUIO

Sí, señor.

PEPE

Ahora, Dios mío, inspiración y desenvoltura para acabar con estos

reptiles. Es una villanía la que voy a hacer, pero con fulleros no es

cosa de jugar limpio.

ESCENA X

PEPE OJEDA, DON ACISCLO, CAZORLA y DON RÉGULO de la izquierda.

D. ACISCLO

¡Excelentísimo señor!...

CAZORLA

Señor Ojeda.

~(Don Régulo solo una grave reverencia. Lleva un garrote enorme )~

PEPE

¡Señores!... (Vaya una carita que trae el del cañamón.) ¿Quiere usted

dejar el junquito?...

D. RÉGULO

Gracias. ~(No lo suelta.)~ Es comodidad.

D. ACISCLO

¿Qué, y qué tal y cómo les pinta a ustés por este pueblo, señor Ojeda?

PEPE

Pues nos pinta que ni Zurbarán, señor Alcalde. Esto es tan pintoresco

como paradisíaco. ¡Un vergel!

D. ACISCLO

Aquí otra cosa no tendremos, pero buena voluntá...

PEPE

¡Calle usted, hombre, una gloria!

D. ACISCLO

Porque el acidente del cohete... si viera usté que m’ha quitao a mí el

sueño.

CAZORLA

Aquello ya comprendería el señor que fue un accidente meramente

fortuito.

PEPE

Fortuito y que si me da en el ojo, pues para sacarme la niña a paseo,

¡pero nada más!... ¿Y a ustedes, señores, qué les trae por esta su

fonda?

D. ACISCLO

Pues con permiso de usté, y aunque la hora no sea muy allá que digamos,

pues por salir de esto, le traemos a usté los libros; naa... Cuatro

cuentejas... Aquí se puen llevar las cuentas por los dedos... naa. Usté

nos pone el visto bueno...

PEPE

Bueno.

D. ACISCLO

Amos, pa que uno pueda responder el día de mañana, y naa...

CAZORLA

Esta contabilidad es tan sencilla que no hace falta tenedor.

PEPE

Pues si no hace falta tenedor, con los dedos, como dice el Alcalde.

D. ACISCLO

De forma que si usté quiere dar un vistacillo...

PEPE

Con alma y vida... pero antes, señores, si yo me atreviese, les pediría

un favor inmenso.

D. ACISCLO

¿Cómo favor? Toos criaos de usté. Usté es el que manda. ¿Qué hay que

hacer?

PEPE

Pues nada; el asunto es que me han sorprendido ustedes de visita con

una persona que tengo en esa habitación.

D. ACISCLO

¡Carape!

PEPE

La cosa que ha venido a tratar es grave y urgente. Si ustedes me

permitiesen yo reanudaría el _pour parler_ y en seguida a sus gratas

órdenes.

D. ACISCLO

Sí, señor; como usté mande. No faltaba más.

PEPE

Pues pasen por aquí; aguarden y perdonen unos minutos. ~(Invitándoles a

pasar.)~ Don Régulo...

D. RÉGULO

(¡No sé cómo puedo contenerme!)

D. ACISCLO

(¿Qué será esto?)

CAZORLA

(Observaremos.) ~(Entran primera derecha.)~

ESCENA XI

PEPE OJEDA, DOÑA EDUARDA, segunda derecha. Los otros al paño.

PEPE

(Audacia, Ojeda.) ~(Abre la puerta segunda derecha. Alto.)~ Tenga la

bondad, señora.

EDUARDA

~(Saliendo)~ Pero...

PEPE

(Nos oyen; discreción.) ~(Le ofrece una silla de espaldas a primera

derecha.)~

EDUARDA

(¿Quién?)

PEPE

(¡Tu marido!)

EDUARDA

¡Ah!...

PEPE

(Silencio. Va a quedar tu honor como las propias rosas. Calma.)

~(Se sienta también.)~ Pues nada, señora, perdone esta pequeña e

involuntaria interrupción en nuestra conferencia, que estaba deseando

reanudar; y estaba deseando reanudarla, porque la honra de una señora

tan digna como usted, me interesa como mi propia honra.

D. RÉGULO

~(Por entre las cortinas.)~ ¡Ella!

EDUARDA

¡Muchísimas gracias, señor mío!...

PEPE

Y claro está que yo, como usted me exige, le diré a su esposo, dándole

cuantas pruebas estime justas, que es usted víctima de una calumnia

incalificable.

EDUARDA

¡Más que incalificable, artera!

PEPE

Fementida. Pero le añadiré que él sin sospecharlo, también es víctima

de una villanía inmunda.

EDUARDA

¡De una trama diabólica!

PEPE

Es preciso que le digamos que no soy yo, ¡pobre de mí! que he llegado

hace cuarenta y ocho horas a este pueblo, el que le hace a usted el

amor, no; que el que le hace a usted el amor, hace más de seis años, el

que la viene a usted asediando con cartas y la atropella y la pellizca

bárbara y villanamente, por rincones y pasillos, que no soy yo, que

no soy yo... ¡que es el señor Alcalde! ¡El señor Alcalde! ¿No es esto

verdad, señora?

~(Se han ido asomando poco a poco don Acisclo y Cazorla por el

montante, don Régulo por entre las cortinas.)~

EDUARDA

¡No ha de serlo! ¡Pruebas mil puedo dar!

PEPE

Es preciso que su esposo sepa también que el que me inculpa a mí es el

canalla de Cazorla.

EDUARDA

Sí, señor; ese zorro consistorial y académico.

PEPE

Que quiere que su esposo me finiquite para que una vez yo en la huesa y

don Régulo en presidio, echarla a usted en brazos del Alcalde. ¿No es

verdad todo esto, doña Eduarda, no es verdad?

EDUARDA

Tan verdad como el Evangelio. Lo juro por la sagrada memoria de mi

padre. ~(Se oyen en la habitación primera derecha, estacazos, ayes,

golpes, gritos de socorro.)~ ¿Pero qué sucede ahí dentro?

PEPE

Parece que están jugando a carambolas. ~(Más golpes.)~

EDUARDA

¡Jesús!

PEPE

¡Pues es a palos!

~(Salen lívidos, descompuestos, con los pelos en desorden, don Acisclo

y Cazorla, huyendo de don Régulo, que los persigue frenético y al que

no queda ya del bastón más que una viruta.)~

D. ACISCLO

¡Socorro!

CAZORLA

Los caciques farsa cómica de costumbres de política rural, distribuída en tres actos · 第 5 / 6 段