porque si sé yo lo que son ustés, a cualisquier hora les pongo esta
mañana como les he puesto en el almuerzo atún en escabeche; ¡m’ha dao
una rabia!... ~(Vase izquierda haciendo reverencias.)~
PEPE
Bueno, yo confieso que desde que he llegado a casa del Alcalde, la
perplejidad está a punto de sumirme en la idiotez. Yo no me explico
lo que nos sucede. Yo no entiendo por quién nos toman o con quién nos
confunden... porque yo tengo cierto parecido con Lloyd George, pero
caramba, a la legua se conoce que no hablo en inglés.
ESCENA V
PEPE OJEDA y ALFREDO, primera derecha.
ALFREDO
¡Bueno, tío, tenemos unas alcobas que estupefaccionan!... ¡Qué
camas!... ¡Cinco mantas en cada una!
PEPE
¡Caracoles!... ¡Cinco mantas!... Oye, ¿no será una ironía alusiva a la
frescura de que nos consideran poseídos?
ALFREDO
Hombre, no lo creo. ¿Y usted ha sacado algo en limpio de esa señora...?
PEPE
Absolutamente nada. Sigo agitándome en el caos, Alfredo. He tratado
de sonsacarla con cierta habilidad y lo único que me ha dicho de un
modo concreto es que si ella sabe quiénes somos, esta mañana no nos da
escabeche. De lo que he deducido que nos suponen dos personas a las que
no se las puede escabechar, y esto ya es un buen síntoma.
ALFREDO
Pues yo le declaro a usted, tío, que me encuentro sumido en la
confusión más absoluta. Cada hora que pasa es mayor mi sorpresa. Cuando
creíamos que nos iban a recibir de un modo hostil y agresivo, nos
colman de atenciones, nos anegan en lujo.
PEPE
Nos recomiendan para una mesa luculesca y nos lo sufragan todo, que es
lo verdaderamente inaudito.
PEPE
Pues yo atribuyo esto a dos cosas: o a enajenación mental complicada
con delirio despilfarrante por parte de don Acisclo, o a que ese tío
se ha enterado de tus pretensiones y se trae la táctica de colmarnos
de agasajos e ir de obsequio en obsequio hasta favorecernos con dos
billetes de vuelta para la Corte con el fin de que nos restituyamos con
una celeridad cicloniana a la calle de Argumosa, 45, abandonando tus
pretensiones a la mano de su opulenta sobrina.
ALFREDO
Tiene usted razón, es muy posible que sea eso.
PEPE
Es casi seguro. ¡Como esta gente es tan pérfida!...
ALFREDO
¡Ah, pues sería vano su propósito!... ¡Renunciar yo a Cristina!...
¡Jamás! ¿Ha visto usted qué encanto de criatura, tío?
PEPE
Eso no es criatura; eso es meter la mano en el saco de una tómbola y
que te toque la Venus de Milo. ¡Qué suerte tienes!
ALFREDO
Bueno, y esa señora que estaba con ella y que ha dado un grito gutural
al verle a usted... ¿Quién es?... Porque también eso me ha sorprendido.
PEPE
¿Que quién es?... ¡Calla, hombre, que no he caído al suelo al verla
porque no había alfombra, que si no pierdo el conocimiento!
ALFREDO
¿Pero la conoce usted?
PEPE
¡Una ex-víctima! De esto hará ya cinco lustros... Yo habitaba en la
calle de los Tres Peces; ella era mi vecina. Un día se asomó a la
ventana, hice así, ~(Un revuelo de ojos.)~ la incendié y aún le queda
rescoldo, estoy seguro.
ALFREDO
¿Y esa señora es casada?
PEPE
Lo ignoro, pero de todas formas puede sernos de gran utilidad en el
desenvolvimiento de los sucesos que nos aguardan.
ALFREDO
Sobre todo por ser amiga de Cristina.
PEPE
En fin, pronto saldremos de dudas. El alcalde nos ha anunciado su
inmediata visita. Esperemos.
ALFREDO
Sí, esperemos. ~(Pasea. Dan las tres en el reloj.)~ Las tres.
PEPE
No... no hagas caso del reloj hasta que se lo consultemos a la dueña
del hotel, ~(Deteniéndole.)~ ni te sientes en la mecedora hasta que
ella te diga cómo tienes que columpiarte.
ALFREDO
¡Es curioso!
PEPE
Ya me ha dicho que me dará un cuaderno con instrucciones para usar el
mobiliario sin peligro.
ALFREDO
Verdaderamente en estos tristes pueblos españoles todo es extraño,
temeroso, desconcertante...
PEPE
Porque todo es viejo, solapado, sin sentido renovador... Muebles y
personas... ¡Todo tiene un misterio, un secreto, una mácula!...
ALFREDO
Cierto; sí, señor; ciertísimo; tan cierto, que yo que deseo
ardientemente la visita de don Acisclo, al mismo tiempo temo, no sé por
qué, que el enigma se aclare. ~(Dan golpes como llamando en la puerta
izquierda.)~
PEPE
Calla. ~(Alto.)~ ¿Quién?
ESCENA VI
DICHOS, EUSTAQUIO y MELITONA.
EUSTAQUIO
¿Dan los excelentísimos señores su premiso?
PEPE
Adelante quien sea. ~(Entran Eustaquio con cuatro pollos, unas largas
ristras de chorizos y dos jamones, y Melitona con otros dos jamones,
dos barriles de aceitunas, una orza de arrope y tres o cuatro quesos.)~
EUSTAQUIO
Pasa, Melitona. ~(Entran los dos.)~ Pos los señores dirán aónde y cómo
quieren que dejemos too esto.
ALFREDO
¿Cómo todo eso?
PEPE
¿Pero qué es eso?
EUSTAQUIO
Pos cuatro pollos, seis ristras de unas longanizas que aquí las
llamamos fritangueras, cuatro jamones, aceitunas, arrope y además...
ALFREDO
Bueno, ¿pero todo eso?...
MELITONA
Too esto es un regalo pa los excelentísimos señores.
PEPE
¿Un regalo para nosotros?...
EUSTAQUIO
Sí, señor; too esto lo han traído el tío Mangola y el señó Aniceto con
una carta, aquí presente... ~(La saca de la faja y se la da.)~
PEPE
¡Qué raro!... Veamos... ~(Lee.)~ «Excelentísimo señor don José María
de Ojeda. Al saber por Nemesio Ullares, alias Carlanca, la llegada
de vuecencia, dos humildes y fieles servidores le quien sinificar con
este pobre obsequio, su gran respeto y simpatía. Semos contratistas del
mercao. Servidores de usté pa too lo que sea menester en cuerpo y alma.
Que se lo coman con salú y a mandar a estos sus humildes servidores,
Calisto Mangola, Aniceto Barranco. Las longanizas son de confianza.»
Bueno, pero este señor Mangola...
ALFREDO
¿Pero este Mangola, por qué se ha molestado?
MELITONA
No podemos decirle al excelentísimo señorito.
EUSTAQUIO
¿Lo dejamos aquí?
PEPE
No, la volatería dejarla en el corral, que ya dispondremos. Lo demás
amontonarlo en esta mesa.
EUSTAQUIO
~(Enseñándole los pollos.)~ ¡Son mu majos!
PEPE
Sí, son unos pollos que harían buen papel hasta en el Ritz; regordetes
y tomateros. ~(Lo deja todo amontonado y se llevan los pollos.)~
MELITONA
Con premiso. ~(Se van izquierda.)~
ESCENA VII
ALFREDO y PEPE OJEDA, luego ANASTASIA.
ALFREDO
~(En el colmo de la estupefacción.)~ Bueno, tío; pero ¿qué es esto?
PEPE
¡Pues esto es Mangola, ya lo yes!
ALFREDO
¡Yo estoy atónito, absorto!... ¿Pero usted comprende?...
PEPE
¡Yo que voy a comprender, hombre!... ¡Este kilómetro de longaniza acaba
de enrarecer las tinieblas de mi espíritu! Porque yo, últimamente, me
explico lo de instalarnos con comodidad, me explico el tratamiento,
el postre de cocina; pero que venga Mangola y nos ponga una tienda de
ultramarinos, eso no me lo explico yo... ¡Ni se lo explica Aristóteles!
ALFREDO
¡Porque, vamos, aquí en este pueblo, es que cree usted que le van a
pegar un tiro y le ponen un estanco!
PEPE
¡Ni más ni menos!... Y que no cabe duda que esto no es confusión, aquí
lo tienes bien claro. ~(Lee el sobre de la carta.)~ «Señor don José
María de Ojeda». ¡Esto es un cuento de hadas!
ALFREDO
Esto es una paliza que nos esnucan en cuanto caigan de su burro.
PEPE
De sus burros. Si te refieres a nosotros no singularices, que no me
gusta quedarme solo.
ANASTASIA
~(Izquierda.)~ ¿Dan ustés su premiso?
PEPE
Adelante, señora Anastasia.
ANASTASIA
Acaba de llegá el señor secretario que viene a hacerles a ustés una
vesita; que si le puen ustés recebir... Aquí m’ha dao la trajeta.
PEPE
~(La coge y lee.)~ «Justino Cazorla, Secretario del Ayuntamiento.
Ánimas benditas, 18, bajo.»
ALFREDO
¿Pero viene solo?
ANASTASIA
Sí, señor, solo.
PEPE
¿No viene el señor alcalde?
ANASTASIA
No, señor; viene don Justino naa más. Eso sí, de too lujo. Ya verán
ustés elegancia.
PEPE
Pues que pase. ~(Vase Anastasia.)~
ALFREDO
¿Lo ve usted, tío?... Lo que sospechábamos. El alcalde no se atreve a
afrontar cara a cara la cuestión, y nos envía a este para que nos eche.
PEPE
Es muy posible. Estemos sobre aviso. Prudencia y precaución. Llévate
las longanizas. Me hace poco serio.
ALFREDO
Las meteré aquí. ~(Entra primera derecha.)~
ESCENA VIII
PEPE OJEDA, CAZORLA. Luego ALFREDO.
CAZORLA
~(Desde la puerta.)~ Felices y augurales. ¿Da usted su aquiescencia
penetrativa?
PEPE
(¡Caray, qué léxico!) ~(Alto.)~ Sí, señor, pase usted, adelante.
CAZORLA
Discúlpeme, señor mío, si en una forma poco rectilínea y cediendo a
presiones jerárquicas, me permito intercalar en sus familiares sosiegos
la inoportunidad de una intromisión esporádica.
PEPE
~(Alto.)~ Alfredo, sal, que ha venido un pariente de Sánchez de Toca.
~(Alfredo sale y le hace una reverencia.)~
CAZORLA
No, perdone usted, señor Ojeda, no me une ningún lazo consanguíneo con
el susodicho primate, aunque por honra preclara yo tendríalo.
PEPE
No, yo lo decía porque verdaderamente, señor Cazorla, se expresa usted
con una corrección tan académica como desusada en estos pequeños
pueblos donde precisa un lenguaje vulgar para la recíproca comprensión.
CAZORLA
Exacto de toda evidencia; pero es que servidor dispone en su riqueza
idiomática, de lo que pudiéramos llamar dos léxicos o lenguajes.
Lengua de diario o trapillo para conversar con el elemento trashumante
y analfabeto de la localidad, y lenguaje de lujo para ocasiones
como la presente en que he de dirigir mi verbo sonoro y preciosista
a personalidades relevantes que pueden gustar las exquisiteces
filológicas de las más selectas locuciones.
PEPE
Vamos, un lenguaje de blusa y otro de chaquet, digámoslo así.
CAZORLA
Exacto.
ALFREDO
Es originalísimo.
CAZORLA
En el primero uso las frases más corrientes, como mecachis, caramba,
¡un cuerno! ¡Que te crees tú eso!... y similares; y en el segundo
intercalo los bonitos vocablos, estulticia, exégesis, arcaico,
cariátide y miasmas, jugándolo todo ello con un sentido de agilidad y
aristocratismo que me envidia acerbamente el señor Azorín.
ALFREDO
Muy bien. Bueno, pero a nosotros háblenos usted con toda sencillez,
Cazorla.
PEPE
A nosotros nos habla usted en mangas de camisa...
CAZORLA
¡Señor!...
PEPE
Literariamente, claro está.
ALFREDO
~(Ofreciéndole un cigarro.)~ ¿Usted fuma?
CAZORLA
Estoy incurso en el consuntivo y depauperante vicio, sí señor. ~(Toma
el cigarro.)~
PEPE
Pues avance sin temor y obligérese romboideamente en ese adminículo
arrellanatorio. ~(Señalándole una silla.)~ (A mí no me achicas tú.)
ALFREDO
~(Quitándole el sombrero, al ver que se hace un lío entre los guantes,
el sombrero, el bastón y el cigarro.)~ Y si no se opone dejaremos aquí
su exornación craneana y borsalinesca. ~(Lo deja en una silla.)~
CAZORLA
Gratitudes mil. ~(Se sientan.)~
PEPE
~(Al ver que Cazorla trata en vano de encender un encendedor.)~ Parece
que la torcida está infulminable.
CAZORLA
~(Algo contrariado.)~ No, sabe usted, que en casa, cuando se acaba
la bencina le echan Anís del Mono y casi nunca prende. Pero con
paciencia... ~(Sigue disparando.)~
PEPE
Bueno, ¿y qué trae el señor Cazorla por este su cuarto hotelero?
CAZORLA
Pues servidor, viene, ante todo, en nombre del Consistorio que
indignamente secretarieo a ofrendarles los más férvidos testimonios
admirativos y las más respetuosas sumisiones. ~(Sigue disparando.)~
PEPE
Pues trasfusióneles usted nuestros más rendidos, ¡qué digo rendidos!...
nuestros más derrengados testimonios de inenarrable gratitud, aunque no
nos expliquemos la cortesía concejalesca.
ALFREDO
Tome una cerilla. ~(Se la ofrece.)~
CAZORLA
No, si es cuestión de amor propio. En cuanto vienen personas de Madrid
me pone en ridículo; pero a mí delante de forasteros, no... ~(Sigue
disparando.)~
PEPE
Pero no se moleste, si con una cerilla...
CAZORLA
No es molestia, es perseverancia. Ítem más, vengo también a adquirir
_de visu_ la seguridad de que su aposentamiento corresponde a cuanto se
debe a su jerarquía, y el Municipio tiene decretado.
ALFREDO
Ah, en eso esté usted absolutamente tranquilíneo.
PEPE
Las satisfacciones hospederiles y los aditamentos alimenticios
sobrepasan a lo que pudo fantasear nuestra más exaltada apetencia.
CAZORLA
~(Que sigue disparando.)~ Celébrolo, e _ipso facto_...
ALFREDO
¿Pero por qué no quiere usted aceptar? ~(Ofreciéndole su cigarro para
que encienda.)~
CAZORLA
No, perdone usted, es cuestión personal. Veremos quién puede más.
~(Sigue disparando.)~
PEPE
Convénzase usted que lo de hoy es mono.
CAZORLA
¡Qué sé yo!... Pues como les iba diciendo, satisfechas mis dos
encomendadas averiguaciones, deseo... y voy con esto a internarme en
un campo absolutamente confidencial... ~(Acercan los tres las sillas
sin levantarse para estar más juntos.)~ deseo decirles en nombre del
señor Alcalde, que le disculpen esta primera visita que me encomienda a
mí, compenetrado de la dificultad de los primeros _pour parlers_, dada
la enojosa cuestión que les trae a esta villa.
ALFREDO
¡Hombre, eso de enojosa!... ~(Todos otro avance con las sillas.)~
PEPE
Bueno, pero dígame usted, señor Cazorla, vamos a ver. ¿Ustedes saben a
lo que venimos nosotros aquí?...
CAZORLA
~(Mira a todos lados. Otro avance con las sillas.)~ Lo sabemos
exactamente, sí señor... lo sabemos todo, pero todo.
ALFREDO
Entonces, ¿el señor Alcalde?...
CAZORLA
Pues el señor Alcalde, encantado de su presencia en el pueblo vendrá
dentro de breves instantes al frente de una comisión del Casino, que
está organizando el homenaje con que pretendemos festejar a ustedes.
PEPE
¿Festejarnos a nosotros?... Pero...
CAZORLA
~(Otro avance.)~ Pero antes, señor Ojeda, me ha encomendado don
Acisclo, una delicada misión.
ALFREDO
¿Delicada?... ¿A ver si ahora?...
CAZORLA
~(Un poco azorado.)~ Facilítenmela ustedes, ahorrándome para cumplirla,
sutiles disculpas, y enojosos alegatos. ~(Se levanta y saca un sobre
del bolsillo del pecho.)~ Internado en este envelope encontrarán algo
que es súplica y ofrenda. Cuando yo me ausente rasguen, extraigan y
mediten. ~(Se lo da.)~ Nada más.
PEPE
¿Pero de qué se trata?
ALFREDO
¿Qué es?
CAZORLA
Me reitero en cordial servidumbre. ~(Coge todos sus chismes
apresuradamente e indica el mutis.)~
PEPE
Pero...
CAZORLA
Suyísimo. ~(Vase izquierda.)~
PEPE
¡Pero esta carta!...
ALFREDO
¡Qué hombre más estrafalario!
CAZORLA
~(Entra de nuevo radiante de satisfacción con el encendedor
encendido.)~ ¡¡¡Por fin!!!
LOS DOS
¡Enhorabuena!
CAZORLA
¡No era mono!... ~(Vase.)~
ALFREDO
Bueno; ¿y qué contendrá este sobre?
PEPE
Esto es una carta diciendo que nos larguemos.
ALFREDO
Abra usted a ver.
PEPE
~(Rasga el sobre y mira.)~ ¡Alfredo!
ALFREDO
¡¡Tío!!
PEPE
¡Cógeme, que me derrumbo!
ALFREDO
¿Pero qué es?
PEPE
~(Sacando dos billetes.)~ ¡¡Dos mil pesetas!!
ALFREDO
¡¡Dos mil pesetas!!
PEPE
Bueno; la vorágine espantosa de la duda acaba de sorberme.
ALFREDO
¡Yo ya no sé qué es esto!
PEPE
Pues dos mil pesetas, ¿no te lo digo?
ALFREDO
¿Pero a qué vienen esas dos mil pesetas?
PEPE
Hombre, dos mil pesetas vienen siempre a una cosa agradabilísima.
ALFREDO
Supongo que no tendrá usted la pretensión de quedarse con ellas.
PEPE
Te diré...
ALFREDO
¿Cómo te diré?... hay que arrojárselas a la cara inmediatamente.
PEPE
No; groserías, no.
ALFREDO
¿Por qué, por qué nos las dan?
PEPE
Hombre, yo lo ignoro, pero recuerdo lo que decía Tales de Mileto: «Si
te piden una peseta, pregunta por qué te la piden. Si te la dan, no
preguntes por qué.» El que te la da, es el encargado de saberlo.
ALFREDO
Argucias.
PEPE
Filosofías. A mí me puedes quitar la razón; a Tales de Mileto, no. ~(Se
las guarda.)~
ALFREDO
Pero no comprende usted...
PEPE
~(Sorprendido)~ Calla, que todavía hay algo dentro del sobre...
~(Rebusca.)~ Sí, una tarjeta. ~(La lee.)~ «Desistan de lo que les trae
y no serán las últimas. Acisclo Arrambla Pael.»
ALFREDO
¿Lo ve usted?... ¿Lo está usted viendo?... Desistan de lo que les trae.
Es decir, que ese inmundo sujeto nos adula, nos agasaja, nos colma de
honores y nos da ¡hasta dinero!... ¡para que yo, cobardemente, me vaya
del pueblo renunciando a su sobrina! ¡Cree, sin duda, ese miserable,
que es un repugnante egoísmo lo que nos trae aquí!... ¡Pues no, no me
voy; no me iré ni con dádivas, ni con halagos, ni con millones!... ¡No,
no y no!
PEPE
¡Hombre, Alfredito, no te exaltes!
ALFREDO
En cambio, estoy seguro que Cristina, la pobre Cristina, está a estas
horas encerrada en su habitación como en una mazmorra, para que yo no
la hable, para que yo no la vea. Para que yo...
ESCENA IX
DICHOS, CRISTINA y EDUARDA, izquierda.
CRISTINA
~(Asomándose puerta izquierda.)~ ¡Alfredo!
ALFREDO
¡¡Cristina!!... ¡¡Tú!!
CRISTINA
~(Corriendo a él.)~ ¡Por fin a tu lado! ¡Me parecía imposible!
ALFREDO
¡Pero tú!... ¡Tú aquí, Cristina mía! ~(Se cogen las manos efusivamente
y hablan aparte con apasionada vehemencia.)~
EDUARDA
~(Aparece en la puerta con digna severidad y saluda a Ojeda con una
inclinación ceremoniosa.)~ Caballero...
PEPE
~(Yendo a ella con impulso cordial.)~ ¡Eduarda!...
EDUARDA
~(Deteniéndole con un gesto altivo.)~ Yo le llamo a usted caballero
porque no sé cómo llamarle.
PEPE
~(Resignado ante la ironía.)~ Eduarda...
EDUARDA
Todavía ignoro su verdadero patronímico... Exuperio... Rigoberto...
PEPE
José María.
EDUARDA
~(Dudando.)~ ¡Bah!
PEPE
¡José María, por estas! ~(Jurando.)~ Eduarda, no me guarde usted
rencor. Han pasado cinco lustros. El tiempo todo lo purifica. Yo
comprendo que para usted fui un calavera.
EDUARDA
¿Cómo un calavera? ¡Un osario!
ALFREDO
~(Trayendo de la mano a Cristina.)~ Pero, a todo esto, ven que te
presente. Mi tío.
PEPE
¡Señorita, encantadísimo de usted! ~(Presentando Alfredo a Eduarda.)~
Mi sobrino.
EDUARDA
~(Le da las puntas de los dedos.)~ ¡Amable joven!
CRISTINA
¿De modo que viniste solo por mí?
ALFREDO
A cumplirte mi palabra, ¿no es verdad, tío?
PEPE
Exactamente; y garantiza la seriedad de semejante propósito el que
nuestro primer paso en este pueblo, ha sido ir a visitar a su pariente
y tutor.
ALFREDO
Y de ti estábamos hablando precisamente cuando llegasteis, y con
cierta inquietud, te lo aseguro.
CRISTINA
Con inquietud, ¿por qué?
ALFREDO
Pues porque, francamente, tu tío nos ha recibido con tan exagerada
amabilidad y con tales muestras de esplendidez... que sospechamos, no
sin cierto fundamento, que lo que pretende es que yo desista, por las
buenas, de tu cariño y me vaya de aquí.
CRISTINA
¿Pero qué estás diciendo? ¡Todo lo contrario!
ALFREDO
¡Cómo todo lo contrario!
CRISTINA
¡Que mi tío está encantadísimo con que nos queramos!
PEPE
¡Pero es posible!
EDUARDA
Como que vinimos aquí porque él nos mandó, con la excusa de que
vigiláramos los detalles del alojamiento.
ALFREDO
~(Asombrado a Ojeda.)~ ¿Pero es posible?... ¿Pero ha oído usted cosa
igual?
CRISTINA
Verás. Cuando llegasteis a casa, nosotras oíamos absortas los encargos
que hacía a Morrones para que fueseis espléndidamente tratados. Os
despidió sin escucharos siquiera, y de pronto, cuando os alejabais, me
coge de la mano, me atrae hacia sí, y señalándote me dice conmovido:
¡Cristina, si me quieres, enamora a ese joven!
ALFREDO
¡Canastos!
PEPE
¡Señorita!
ALFREDO
¿Pero dijo eso?
EDUARDA
Como si lo hubieran ustedes oído. La suplicó que le amase a usted; yo
fui _testiga_.
ALFREDO
¡Ay, tío, pero suplicarle él mismo que!...
PEPE
Bueno, el cuentecito ese de Pinocho en el Japón es un precepto
evangélico comparado con lo que nos está pasando en esta localidad.
Honores, dádivas, regalos en especie, donativos en metálico, y encima
¡mandarle a uno la novia!... Bueno; o este pueblo pertenece al partido
judicial de Jauja, o yo no lo entiendo.
ALFREDO
~(A Cristina.)~ ¿Pero tú no sospechas a qué puede obedecer todo esto?
CRISTINA
No lo sé, Alfredo, no lo sé. Yo solo pienso en este instante que te
quiero con locura, que estoy a tu lado y que soy la más feliz de las
mujeres.
ALFREDO
¡Cristina mía! ~(Quedan hablando aparte en voz baja.)~
PEPE
~(Se acerca melancólicamente a Eduarda que se ha sentado lejos en una
silla.)~ ¡Eduarda!... La mano inescrutable del destino nos acerca de
nuevo. ~(Señala a los muchachos.)~ He aquí el pasado que reverdece. ¿No
lo envidias?
EDUARDA
¡No me tutees, que soy casada!
PEPE
¡Casada tú!... ¡¡Oh!!... ¿Tú casada?
EDUARDA
¿Lo sientes?
PEPE
Lo siento por tu marido... porque...
EDUARDA
¡Pepe!... Bueno, ¿te llamas Pepe, definitivamente?
PEPE
Pepísimo.
EDUARDA
¿No hago el ridículo?
PEPE
¡Lo de Pepe, machacao!
EDUARDA
Pues bien, Pepe, tú tienes la culpa si me encuentras vinculada a otro
hombre. Me abandonaste.
PEPE
Ya te he dicho que aquello fue una calaverada.
EDUARDA
Pero, ¡ah! una calaverada que me produjo trastornos mentales
horribles... Estuve dos años medio loca... Como me hiciste creer que
te llamabas Piñones, que eras seminarista y capitán, todo a un tiempo,
pues yo, en mi desvarío, aborrecí el cascajo y no hacía más que decir
_dominus vobiscum_ y saludar militarmente. ¡Con lo que yo te amaba!...
¡Abandonarme!
PEPE
¡Si vieras cuánto te he recordado!...
EDUARDA
¿Es de veras, Pepe?
PEPE
Como me llamo Rigober... Caramba, perdona, que... que me sentía
trasportado a aquellas locuras de cinco lustros ha.
EDUARDA
¡Ah!... ¡Cinco lustros transcurridos! Y dime, Pepe, ¿cómo me encuentras?
PEPE
Mejor que antes, Eduarda.
EDUARDA
~(Alegre.)~ ¿De veras?
PEPE
Tú eres como el oro; el tiempo te avalora y te embellece.
EDUARDA
¡Oh, qué galantería tan metalúrgica! ¡Pero, ah!... Estoy olvidando...
Bueno, caballero...
PEPE
¡Por Dios, Eduarda, no vuelvas a la seriedad! ¡Quiero ver en tus labios
aquel ritus de alegría que tanto me gustaba!
EDUARDA
¡Ah, mi ritus, mi ritus!... Esfumose en el dolor y en el tiempo. ~(Va
a caer sentada en una silla.)~
PEPE
~(Deteniéndola.)~ ¡No, ahí no te sientes que hay manteca! ~(Se sientan
en otro lado y siguen hablando.)~
ALFREDO
~(Alto, a Cristina.)~ ¿Pero es de veras que dudabas que yo volviese?
CRISTINA
Sí, Alfredo, sí, no quiero engañarte, lo dudaba. Cuando se ama mucho,
mucho, mucho, todo es duda... El tiesto de mis margaritas siempre ha
estado sin flores. ¡A quién iba yo a preguntar si volverías!
ALFREDO
¿Y qué te contestaban, vamos a ver?
CRISTINA
Pues, como las flores son buenas, cuando una me decía que no, otra, al
verme llorar, me consolaba diciéndome que sí, que vendrías... que te
esperase.
ALFREDO
Pues ya ves como las que negaron mintieron.
CRISTINA
Pero mira, yo en cambio a mi corazón a todas horas le decía lo mismo.
Si vuelve será mi amor de siempre; si no vuelve, mi recuerdo de toda la
vida.
ALFREDO
¿Pero por qué dudabas?
CRISTINA
¡Qué sé yo!... Creí que nunca podría interesarte una pobre señorita de
pueblo.
ALFREDO
¿Y por qué no?... ¡Una señorita de pueblo!... Precisamente por eso me
interesaste más.
CRISTINA
¡Amabilidad!
ALFREDO
No lo creas. La señorita de pueblo siempre me ha inspirado a mí una
profunda, una viva simpatía.
CRISTINA
¿De veras?
ALFREDO
Cuando en mis viajes he visto, paseando por los andenes de las pequeñas
estaciones, esos grupos de muchachas cogidas del brazo, me ha parecido
siempre adivinar en la mirada de sus ojos dulces el cansancio de la
vida monótona, y en su triste sonrisa, el anhelo de una existencia
mejor. ¡Con qué resignada melancolía miraban alejarse el tren!... A mí,
te digo que me daban ganas de cogerlas a todas en un puñado y llevarlas
a otro mundo y a otra vida que valiera la pena de vivirse, fuera de
aquel estrecho ambiente pueblerino, egoísta y brutal, que solo ellas
encantaban con el hechizo de su juventud.
CRISTINA
¿Pero llevártelas a todas?... ¡Con que te lleves una!...
ALFREDO
¡Sí, pero una que vale por todas!... Una, que quizá no esté ducha
en las artes de una vida refinada, en los encantos de una gentil
desenvoltura, como las señoritas de grandes ciudades, pero cuyo aspecto
de simpática cortedad, me dice a mí --no sé por qué-- que posee un
alma blanda, de matiz suave... ¡Alma propicia a un amor largo, leal y
profundo!... ¿Me engañé?
CRISTINA
¿Qué has de engañarte?... Ahora, que yo, así muchas cosas bonitas, como
tú, no sabré decir; pero sentirlas, sí; sentirlas, las sentiré todas...
¡todas las que hagan falta para quererte una vida entera!
ALFREDO
¡Cristina!
CRISTINA
¡Alfredo!
PEPE
¡Eduarda!
EDUARDA
¡Pepe! ~(Hablan y ríen.)~
ESCENA X
DICHOS, DON RÉGULO y CAZORLA (en el balcón del Casino).
CAZORLA
~(Asomándose recatadamente por las persianas entreabiertas.)~ ¡Mire
usted, don Régulo, mire usted los hombres que nos manda el Gobierno
para moralizarnos!
D. RÉGULO
~(Asomándose.)~ ¡Porra! ¡Mi mujer bromeando con él!
CAZORLA