VALOR CÍVICO

(CUENTO MENSUAL)

A medio día estábamos con el maestro ante el palacio municipal, para

presenciar la entrega de la medalla del valor cívico al chico que salvó

a un compañero suyo en el Po.

Sobre la terraza de la fachada ondeaba la bandera tricolor.

Entramos en el patio.

Ya estaba lleno de gente. Se veía allí, en el fondo, una mesa con

tapete encarnado y encima varios papeles, y detrás una fila de sillones

dorados para el alcalde y la Junta, varios ujieres del Ayuntamiento

estaban de pie alrededor del estrado con sus dalmáticas azules y sus

calzas blancas. A la derecha del patio había formado un piquete de

guardias municipales, todos los cuales se hallaban condecorados con

muchas y distintas cruces, y al lado otro piquete de carabineros; en

la parte opuesta, los bomberos con uniforme de gala y muchos soldados

sin formar, que habían venido a presenciar la ceremonia, de caballería,

infantería, cazadores y artillería: de todas las armas, en fin. Y, por

último, alrededor, caballeros, gente del pueblo, oficiales, mujeres

y niños que se apretaban: un gentío inmenso. Nos arrinconamos en un

ángulo del patio.

Alumnos de otras escuelas estaban con sus maestros, y había cerca de

nosotros un grupo de muchachos del pueblo de diez a dieciocho años, que

reían y hablaban recio, y se comprendía que eran todos del barrio del

Po, compañeros o conocidos del que debía recibir la medalla. Arriba, en

todas las ventanas, estaban asomados los empleados del Ayuntamiento; la

galería de la biblioteca también estaba llena de gente, que se apiñaba

contra la balaustrada, y en la del lado opuesto, que está sobre la

puerta de entrada, se agolpaba gran número de muchachos de las escuelas

públicas, y muchas _huérfanas de militares_, con sus graciosos velos

celestes. Parecía un teatro. Todos discurrían alegremente, mirando de

vez en cuando el sitio donde estaba la mesa encarnada, a ver si se

presentaba alguno. La banda de música se oía a lo lejos, en el fondo

del pórtico. Las paredes resplandecían con el sol. Estaba aquello muy

hermoso.

De pronto todos empezaron a aplaudir; en los patios, en las galerías,

en las ventanas.

Yo, para ver, tuve que empinarme.

La multitud que estaba detrás de la mesa encarnada había abierto paso,

y se pusieron delante un hombre y una mujer. El hombre llevaba de la

mano a un niño.

Era el que había salvado al compañero.

El hombre era su padre: un albañil vestido de día de fiesta. La mujer,

su madre, pequeña y rubia, estaba vestida de negro. El muchacho,

también rubio y pequeño, tenía una chaqueta gris.

Al ver toda aquella gente y oír aquel ruido de aplausos, se quedaron

los tres tan sorprendidos, que no se atrevían a mirar ni a moverse. Un

guardia municipal les empujó al lado de la mesa, a la derecha.

Todos callaron un momento, y después resonaron de nuevo los aplausos

por todos lados. El muchacho miró hacia arriba, hacia las ventanas,

y luego a la galería de las _huérfanas de los militares_; tenía el

sombrero en la mano y parecía que no sabía bien en dónde estaba. Me

pareció que le daba cierto aire a Coreta en la cara, pero era más

sonrosado. Su padre y su madre no apartaban los ojos de la mesa.

Entretanto, todos los muchachos del barrio del Po, que estaban cerca

de nosotros, pasaron delante y le hacían señas a su compañero, para

hacerse ver, llamándole en voz baja. A fuerza de llamarle se hicieron

oír. El muchacho les miró y se cubrió la boca con el sombrero para

ocultar una sonrisa.

En un momento dado, todos los guardias se cuadraron.

Entró el alcalde acompañado de muchos señores.

El alcalde, que tenía el pelo cano y llevaba una faja tricolor, se puso

de pie junto a la mesa; los demás, detrás y a los lados.

Cesó de tocar la banda, hizo el alcalde una señal y callaron todos.

Empezó a hablar. Sus primeras frases no las oí bien; pero comprendí

que estaba contando la hazaña del muchacho. Después levantó la voz, y

se esparció tan clara y sonora por todo el patio, que no perdí ya ni

palabra--“...Cuando vió desde la orilla al compañero que se revolvía en

el río, presa ya del terror de la muerte, se quitó la ropa y acudió sin

titubear un momento. Le gritaron: ‘¡Que te ahogas!’. ‘No’, respondió;

lo agarraron y se soltó; lo llamaron, y ya estaba en el agua. El río

iba muy crecido, y el riesgo era terrible hasta para un hombre. Pero

él desafió la muerte con toda la fuerza de su pequeño cuerpo y de su

gran corazón; alcanzó y agarró a tiempo al desgraciado, que estaba ya

bajo el agua, y lo sacó a flote; luchó furiosamente con las ondas, que

lo querían envolver, y con el compañero, que se le enroscaba; varias

veces desapareció bajo la superficie y volvió a salir fuera, haciendo

esfuerzos desesperados, obstinados, y decidido en su santo propósito,

no como un niño que quiere salvar a otro, sino como un hombre, como un

padre que lucha por salvar a su hijo, que es su esperanza y su vida.

En fin, Dios no permitió que fuese inútil hazaña tan generosa. El

pequeño nadador arrebató su presa al gigante río y lo sacó a tierra,

y aun le prestó, con los demás, los primeros auxilios; después de lo

cual se volvió a su casa, sereno y tranquilo, a contar sencillamente

el suceso. Señores: hermoso, admirable es el heroísmo de un hombre;

pero en el niño, en el cual no es posible aún ninguna mira de ambición

o de otro interés; en el niño, que debe tener tanto más arrojo cuando

menos fuerza tiene; en el niño, en el cual nada pedimos, que en nada es

temido, que ya nos parece tan noble y digno de ser amado, no ya cuando

cumple, sino sólo cuando comprende y reconoce el sacrificio de otro; en

el niño el heroísmo es divino. No diré más, señores. No quiero adornar

con elogios superfluos una grandeza tan sublime. He aquí delante de

vosotros el salvador, noble y generoso. Soldados, saludadlo como a un

hermano; madres, bendecidlo como a un hijo; niños, recordad su nombre;

estampad su rostro en vuestra memoria, que no se borre ya de vuestra

mente ni de vuestro corazón. Acércate, muchacho. En nombre del rey de

Italia te doy la cruz de Beneficencia”. Un viva atronador, lanzado a

la vez por multitud de voces, atronó el palacio.

El alcalde tomó la condecoración de la mesa y la puso en el pecho del

muchacho. Después lo abrazó y lo besó.

La madre se llevó la mano a los ojos; el padre tenía la barba en el

pecho.

El alcalde estrechó la mano a los dos; y cogiendo la orden de concesión

de la cruz, atada con una cinta, se la dió a la madre.

Después se volvió al muchacho y le dijo: “Que el recuerdo de este día,

tan glorioso para ti, tan feliz para tus padres, te sostenga toda

la vida en el camino de la virtud y del honor. ¡Adiós!”. El alcalde

salió; tocó la banda, y todo parecía concluido cuando de las filas de

la multitud salió un muchacho de ocho a nueve años, impulsado por una

señora que se escondió en seguida, y se lanzó al condecorado, dejándose

caer en sus brazos.

Otro rumor de vivas y aplausos hizo atronar el patio; todos

comprendieron desde luego que era el muchacho salvado en el Po el que

acababa de dar las gracias a su salvador. Después de haberlo besado,

se le agarró a un brazo para acompañarlo fuera. Ellos dos primeros,

y el padre y la madre detrás, se dirigieron hacia la salida, pasando

con trabajo por entre la gente, que les hacía calle, confundiéndose

guardias, niños, soldados y mujeres. Todos se echaban hacia adelante y

se empinaban para ver al muchacho. Los que estaban más cerca, le daban

la mano. Cuando pasó por delante de los niños de la escuela, todos

echaron sus sombreros por el aire. Los del barrio del Po prorrumpieron

en grandes aclamaciones, agarrándole por los brazos y por la chaqueta

gritando “¡Viva Pinot! ¡Bravo, Pinot!”. Yo lo vi pasar muy cerca.

Iba muy encarnado y contento; la cruz tenía la cinta blanca, roja y

verde. Su madre lloraba y reía; su padre se retorcía el bigote con

una mano, que le temblaba mucho, como si tuviese calentura. Arriba,

por las ventanas y galerías, seguían asomándose y aplaudiendo. De

pronto, cuando iban a entrar bajo el pórtico, cayó de la galería de las

_huérfanas de los militares_ una verdadera lluvia de pensamientos, de

ramitos de violetas y margaritas, que daban en la cabeza del muchacho,

en la de sus padres y en el suelo. Muchos se bajaban a recogerlos y

se los alargaban a la madre. Y a lo lejos, en el fondo del patio, se

oía la banda que tocaba un aire precioso que parecía el canto de otras

tantas voces argentinas que se alejaban lentamente por orillas del río.

[Ilustración]

[Illustration: MAYO]

Corazón · 第 177 / 198 题