JOSÉ MAZZINI

_Sábado 29._--Garrón vino también hoy por la mañana a la escuela;

estaba pálido y tenía los ojos hinchados por el llanto; apenas miró los

regalillos que le habíamos puesto sobre el banco para consolarle. El

maestro había llevado, sin embargo, una página de un libro de lectura

para reanimarle. Primero nos advirtió que fuésemos todos mañana a las

doce al Ayuntamiento, para ver dar la medalla del valor a un muchacho

que ha salvado a un niño en el Po, y que el lunes nos dictaría él la

descripción de la fiesta, en vez del cuento mensual. Luego, volviéndose

a Garrón, que estaba con la cabeza baja, le dijo: “Garrón, haz un

esfuerzo y escribe tú también lo que voy a dictar”. Todos cogimos

la pluma. El maestro dictó: “José Mazzini, nació en Génova en 1805,

murió en Pisa en 1872; patriota de alma grande, escritor de preclaro

ingenio, inspirador y primer apóstol de nuestra revolución italiana,

por amor a la patria vivió cuarenta años pobre, desterrado, perseguido,

errante, con heroica fidelidad a sus principios y a sus propósitos.

José Mazzini, que adoraba a su madre, y que había heredado de ella

todo lo que en su alma fortísima y noble había de más elevado y puro,

escribía así a un fiel amigo suyo para consolarle de la mayor de las

desventuras. Poco más o menos he aquí sus palabras: ‘Amigo: No, no

verás nunca a tu madre sobre esta tierra. Ésta es la tremenda verdad.

No voy a verte, porque el tuyo es de aquellos dolores solemnes y santos

que es necesario sufrir y vencer cada cual por sí mismo. ¿Comprendes

lo que quiero decir con estas palabras? _¡Es preciso vencer el dolor!_

Vencer lo que el dolor tiene de menos santo, de menos purificante;

lo que, en vez de mejorar el alma, la debilita y la rebaja. Pero la

otra parte del dolor, la parte noble, la que engrandece y levanta

el espíritu, ésta debe permanecer contigo y no abandonarte jamás.

Aquí abajo nada substituye a una buena madre. En los dolores, en los

consuelos que todavía puede darte la vida, tú no la olvidarás jamás.

Pero debes recordarla, amarla, entristecerte por su muerte de un modo

que sea digno de ella. ¡Oh, amigo, escúchame! La muerte no existe, no

es nada. Ni siquiera se puede comprender. La vida es vida, y sigue la

ley de la existencia: el progreso. Tenías ayer una madre en la tierra:

hoy tienes un ángel en otra parte. Todo lo que es bueno sobrevive con

mayor potencia a la vida eterna. Por consiguiente, también el amor de

tu madre. Ella te quiere ahora más que nunca, y tú eres responsable

de tus actos ante ella más que antes. De ti depende, de tus obras, el

encontrarla, el volverla a ver en otra vida. Debes, por tanto, por

amor y reverencia a tu madre, llegar a ser mejor y que goce de ti, de

tu conducta. Tú, en adelante, deberás en todo acto tuyo decirte a ti

mismo: ‘¿Lo aprobaría mi madre?’. Su transformación ha puesto para

ti en el mundo un ángel custodio, al cual debes referir todas las

cosas. Sé fuerte y bueno; resiste el dolor desesperado y vulgar; ten la

tranquilidad de los grandes sufrimientos en las grandes almas; esto es

lo que ella quiere’.

“¡Garrón!--añadió el maestro--: _sé fuerte y está tranquilo_; esto es

lo que ella quiere. ¿Comprendes?”.

Garrón indicó que sí con la cabeza; pero gruesas y abundantes lágrimas

le caían sobre las manos, sobre el cuaderno, sobre el banco.

[Ilustración]

Corazón · 第 176 / 198 题