_Viernes 5_
Hoy he estado de vacación porque no me encontraba bien, y mi madre
me ha llevado al Instituto de los Niños Raquíticos, donde ha ido
a recomendar una niña del portero; pero no me ha dejado entrar
en la escuela... “¿No has comprendido, Enrique, por qué no te he
dejado entrar? Para no presentar delante de aquellos desgraciados,
en medio de la escuela, casi como de muestra, un muchacho sano y
robusto; ¡demasiadas ocasiones tienen ya de encontrarse en dolorosos
parangones! ¡Qué cosa tan triste! El llanto me sube del corazón al
entrar allí dentro. Habría unos sesenta entre niños y niñas. ¡Pobres
huesos torturados! ¡Pobres manos, pobres pies encogidos y crispados!
¡Pobres cuerpecillos contrahechos! Pronto se observan muchas caras
graciosas, ojos llenos de inteligencia y de cariño; había una carita
de niña, con la nariz afilada y la barba puntiaguda, que parecía una
viejecilla; pero tenía una sonrisa de celestial dulzura. Algunos,
vistos por delante, eran hermosos y parecía que no tenían defecto;
pero se volvían..., y angustiaban el corazón. Allí estaba el médico
que los visitaba. Los ponía de pie sobre los bancos, y les levantaba
los vestidos para tocarles los vientres hinchados y las abultadas
articulaciones; pero no se avergonzaban nada las pobres criaturas:
se veía que eran niños acostumbrados a ser desnudados, examinados y
vistos por todas partes. Y eso que ahora están en el período mejor
de su enfermedad, y ya casi no sufren. Pero ¿quién puede pensar
lo que sufrieron cuando empezó su cuerpo a deformarse; cuando, al
crecer su enfermedad, veían disminuir el cariño en torno suyo, pobres
niños a quienes se dejaba solos horas y horas en el rincón de una
habitación o de un patio, mal alimentados, escarnecidos a veces y
atormentados meses enteros con vendajes y aparatos ortopédicos, muchas
veces inútiles? Ahora, en cambio, gracias a las curas, a la buena
alimentación y la gimnasia, muchos se mejoran. La maestra les obligó
a hacer gimnasia. Daba lástima verlos extender sobre los bancos, al
oír ciertas voces, todas aquellas piernas fajadas, comprimidas entre
los aparatos, nudosas, deformes; piernas que se hubieran cubierto de
besos! Algunos no podían levantarse del banco, y permanecían allí con
la cabeza apoyada en el brazo, acariciando las muletas con la mano;
otros, al mover los brazos, sentían que les faltaba la respiración y
volvían a sentarse, pálidos, pero sonriendo para disimular su fatiga.
¡Ah, Enrique! ¡Vosotros que apreciáis la salud y os parece muy poca
cosa el estar bien! Yo pensaba en los muchachos hermosos, fuertes y
robustos que las madres llevan a paseo como en triunfo, orgullosas de
su belleza; y hubiera agarrado todas aquellas cabezas y las hubiera
estrechado sobre mi corazón, desesperadamente; hubiera dicho, si
hubiese estado sola: ‘No me muevo ya de aquí; quiero consagraros la
vida, serviros, hacer de madre para con vosotros, hasta el último día
de mi vida...’. Y entretanto cantaban; cantaban con ciertas vocecillas
delicadas, dulces, tristes, que llegaban al alma; y habiéndoles
elogiado la maestra, los pobrecillos se pusieron tan contentos, y
mientras pasaba por entre los bancos le besaban las manos y los brazos,
porque sienten mucha gratitud hacia el que les hace el bien, y son muy
cariñosos. También tienen talento y estudian aquellos angelitos, según
me dijo la maestra. La maestra es joven y agraciada; en su rostro,
lleno de bondad, se adivina cierta expresión de tristeza, reflejo de
las desventuras que acaricia y consuela. ¡Pobre niña! Entre todas las
criaturas humanas que se ganan la vida con su trabajo, no hay ninguna
que se lo gane más santamente que tú, hija mía.--_Tu madre_”.