_Sábado 29._--Apenas volví a la escuela, recibí muy triste noticia.
Hacía varios días que Garrón no iba porque su madre estaba gravemente
enferma. Murió el sábado por la tarde. Ayer mañana, en seguida de
que entré en la escuela, nos dijo el maestro: “Al pobre Garrón le ha
cabido la más negra desgracia que puede caer sobre un niño. Su madre
ha muerto. Mañana volverá a clase. Desde ahora os suplico, muchachos,
que respetéis el terrible dolor que destroza su alma. Cuando entre,
saludadlo con cariño, estad serios; nadie juegue, nadie sonría al
mirarlo, nadie, os lo recomiendo”. Y en efecto, esta mañana, algo más
tarde que los demás, entró el pobre Garrón. Sentí una grande angustia
en el corazón al verlo. Tenía la cara sin vida, los ojos encendidos,
y apenas se sostenía sobre las piernas: parecía que había estado
enfermo un mes; era difícil reconocerlo; vestía todo de negro, y daba
compasión. Nadie respiró; todos le miraron. Apenas entró, al ver por
primera vez la escuela, donde su madre había venido a buscarle casi
todos los días; aquel banco sobre el cual tantas veces se había
inclinado ella los días de examen para hacerle la última recomendación,
y donde él tantas veces había pensado en ella, impaciente por salir
a encontrarla, no pudo menos que estallar en un golpe de llanto
desesperado. El maestro lo trajo a su lado, y apretándole contra su
pecho, le dijo: “¡Llora, llora, pobre niño, pero ten valor! Tu madre
ya no está aquí; pero te ve, te ama todavía, vive a tu lado, y la
volverás a ver, porque tienes un alma buena y honrada como ella. Ten
valor”. Dicho esto, le acompañó al banco, cerca de mí. Yo no me atreví
a mirarle. Sacó sus cuadernos y sus libros, que hacía muchos días que
no había abierto; al abrir el libro de lectura, donde hay una viñeta
que representa una madre con su hijo de la mano, no pudo contener el
llanto, y dejó caer su cabeza sobre el brazo. El maestro nos hizo señal
para que lo dejásemos estar así, y comenzó la lección. Yo hubiese
querido decirle algo, pero no sabía. Le puse una mano sobre el brazo,
y le dije al oído: “No llores, Garrón”. No contestó, y sin levantar
la cabeza del banco, puso su mano en la mía, y así la tuvo un buen
rato. A la salida nadie le habló; todos pasaron a su lado con respeto
y silencio. Yo vi a mi madre, que me esperaba, y corrí a su encuentro
para abrazarla; pero ella me rechazaba y miraba a Garrón. En el primer
momento no comprendí por qué; pero luego advertí que Garrón solo, a un
lado, me miraba; me miraba con implacable tristeza, que quería decir:
“¡Tú abrazas a tu madre; yo ya no la abrazaré más! ¡Tú tienes todavía
madre, y la mía ha muerto!”. Entonces comprendí por qué mi madre me
rechazaba, y salí sin darle la mano.