¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el

ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la

vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de

un noble pueblo! Tú posees el secreto: ¡revélanoslo! Diez años aun

después de tu trágica muerte, el hombre de las ciudades y el gaucho de

los llanos argentinos, al tomar diversos senderos en el desierto,

decían: «¡No!; ¡no ha muerto! ¡Vive aún! ¡El vendrá!» ¡Cierto! Facundo

no ha muerto; está vivo en las tradiciones populares, en la política y

revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento; su alma

ha pasado a este otro molde más acabado, más perfecto; y lo que en él

era sólo instinto, iniciación, tendencia, convirtióse en Rosas en

sistema, efecto y fin. La naturaleza campestre, colonial y bárbara,

cambióse en esta metamorfosis en arte, en sistema y en política regular

capaz de presentarse a la faz del mundo como el modo de ser de un pueblo

encarnado en un hombre que ha aspirado a tomar los aires de un genio que

domina los acontecimientos, los hombres y las cosas. Facundo,

provinciano, bárbaro, valiente, audaz, fué reemplazado por Rosas, hijo

de la culta Buenos Aires, sin serlo él; por Rosas, falso, corazón

helado, espíritu calculador, que hace el mal sin pasión, y organiza

lentamente el despotismo con toda la inteligencia de un Maquiavelo.

Tirano sin rival hoy en la tierra, ¿por qué sus enemigos quieren

disputarle el título de grande que le prodigan sus cortesanos? Sí;

grande y muy grande es, para gloria y vergüenza de su patria, porque si

ha encontrado millares de seres degradados que se unzan a su carro para

arrastrarlo por encima de cadáveres, también se hallan a millares las

almas generosas que en quince años de lid sangrienta, no han desesperado

de vencer al monstruo que nos propone el enigma de la organización

política de la República. Un día vendrá; al fin, que lo resuelva; y la

Esfinge Argentina, mitad mujer por lo cobarde, mitad tigre por lo

sanguinario, morirá a sus plantas, dando a la Tebas del Plata el rango

elevado que le toca entre las naciones del Nuevo Mundo.

Necesítase, empero, para desatar este nudo que no ha podido cortar la

espada, estudiar prolijamente las vueltas y revueltas de los hilos que

lo forman, y buscar en los antecedentes nacionales, en la fisonomía del

suelo, en las costumbres y tradiciones populares, los puntos en que

están pegados.

La República Argentina es hoy la sección hispanoamericana, que, en sus

manifestaciones exteriores, ha llamado preferentemente la atención de

las naciones europeas, que no pocas veces se han visto envueltas en sus

extravíos, o atraídas, como por una vorágine, a acercarse al centro en

que remolinean elementos tan contrarios. La Francia estuvo a punto de

ceder a esta atracción, y no sin grandes esfuerzos de remo y vela, no

sin perder el gobernalle, logró alejarse y mantenerse a la distancia.

Sus más hábiles políticos no han alcanzado a comprender nada de lo que

sus ojos han visto al echar una mirada precipitada sobre el poder

americano que desafiaba a la gran nación. Al ver las lavas ardientes que

se revuelcan, se agitan, se chocan bramando en este gran foco de lucha

intestina, los que por más avisados se tienen, han dicho: es un volcán

subalterno, sin nombre, de los muchos que aparecen en la América: pronto

se extinguirá; y han vuelto a otra parte sus miradas, satisfechos de

haber dado una solución tan fácil como exacta de los fenómenos sociales

que sólo han visto en grupo y superficialmente. A la América del Sur en

general, y a la República Argentina sobre todo, le ha hecho falta un

Tocqueville, que, premunido del conocimiento de las teorías sociales,

como el viajero científico de barómetros, octantes y brújulas, viniera a

penetrar en el interior de nuestra vida política, como en un campo

vastísimo y aun no explorado ni descrito por la ciencia, y revelase a la

Europa, a la Francia, tan ávida de fases nuevas en la vida de las

diversas porciones de la humanidad, este nuevo modo de ser que no tiene

antecedentes bien marcados y conocidos.

Hubiérase entonces explicado el misterio de la lucha obstinada que

despedaza a aquella República; hubiéranse clasificado distintamente los

elementos contrarios, invencibles, que se chocan; hubiérase asignado su

parte a la configuración del terreno y a los hábitos que ella engendra;

su parte a las tradiciones españolas y a la conciencia nacional, íntima

plebeya que han dejado la Inquisición y el absolutismo hispano; su parte

a la influencia de las ideas opuestas que han trastornado el mundo

político; su parte a la barbarie indígena; su parte a la civilización

europea; su parte, en fin, a la democracia consagrada por la Revolución

de 1810, a la igualdad, cuyo dogma ha penetrado hasta las capas

inferiores de la sociedad.

Este estudio que nosotros no estamos aún en estado de hacer, por nuestra

falta de instrucción filosófica e histórica, hecho por observadores

competentes, habría revelado a los ojos atónitos de la Europa un mundo

nuevo en política, una lucha ingenua, franca y primitiva entre los

últimos progresos del espíritu humano y los rudimentos de la vida

salvaje, entre las ciudades populosas y los bosques sombríos. Entonces

se habría podido aclarar un poco el problema de la España, esa rezagada

de Europa que, echada entre el Mediterráneo y el Océano, entre la Edad

Media y el siglo XIX, unida a la Europa culta por un ancho istmo y

separada del Africa bárbara por un angosto estrecho, está balanceándose

entre dos fuerzas opuestas, ya levantándose en la balanza de los pueblos

libres, ya cayendo en la de los despotizados; ya impía, ya fanática; ora

constitucionalista declarada, ora despótica impudente; maldiciendo sus

cadenas rotas a veces, ya cruzando los brazos, y pidiendo a gritos que

le impongan el yugo, que parece ser su condición y su modo de existir.

¡Qué! El problema de la España europea, ¿no podría resolverse examinando

minuciosamente la España americana, como por la educación y hábitos de

los hijos se rastrean las ideas y la moralidad de los padres? ¡Qué! ¿No

significa nada para la historia ni la filosofía esta eterna lucha de los

pueblos hispanoamericanos, esa falta supina de capacidad política e

industrial que los tiene inquietos y revolviéndose sin norte fijo, sin

objeto preciso, sin que sepan por qué no pueden conseguir un día de

reposo, ni qué mano enemiga los echa y empuja en el torbellino fatal que

los arrastra mal de su grado y sin que les sea dado sustraerse a su

maléfica influencia? ¿No valía la pena de saber por qué en el Paraguay,

tierra desmontada por la mano _sabia_ de jesuitismo, un _sabio_ educado

en las aulas de la antigua Universidad de Córdoba, abre una nueva página

de la historia de las aberraciones del espíritu humano, encierra a un

pueblo en sus límites de bosques primitivos, y borrando las sendas que

conducen a esta China recóndita, se oculta y esconde durante treinta

años su presa en las profundidades del continente americano, y sin

dejarle lanzar un solo grito, hasta que muerto él mismo por la edad y la

quieta fatiga de estar inmóvil pisando un pueblo sumiso, éste puede al

fin, con voz extenuada y apenas inteligible, decir a los que vagan por

sus inmediaciones: ¡vivo aún!, ¡pero cuánto he sufrido!, _¡quantum

mutatus ob illo!_ ¡Qué transformación ha sufrido el Paraguay; qué

cardenales y llagas ha dejado el yugo sobre su cuello que no oponía

resistencia! ¿No merece estudio el espectáculo de la República Argentina

que, después de veinte años de convulsión interna, de ensayos de

organización de todo género, produce al fin del fondo de sus entrañas,

de lo íntimo de su corazón, al mismo doctor Francia en la persona de

Rosas, pero más grande, más desenvuelto y más hostil, si se puede, a las

ideas, costumbres y civilización de los pueblos europeos? ¿No se

descubre en él el mismo rencor contra el elemento extranjero, la misma

idea de la autoridad del Gobierno, la misma insolencia para desafiar la

reprobación del mundo, con más su originalidad salvaje, su carácter

fríamente feroz y su voluntad incontrastable, hasta el sacrificio de la

patria, como Sagunto y Numancia; hasta adjurar el porvenir y el rango de

nación culta, como la España de Felipe II y de Torquemada? ¿Es éste un

capricho accidental, una desviación momentánea causada por la aparición

en la escena de un genio poderoso, bien así como los planetas se salen

de su órbita regular, atraídos por la aproximación de algún otro, pero

sin sustraerse del todo a la atracción de su centro de rotación, que

luego asume la preponderancia y les hace entrar en la carrera ordinaria?

M. Guizot ha dicho desde la tribuna francesa: «hay en América dos

partidos: el partido europeo y el partido americano; éste es el más

fuerte»; y cuando le avisan que los franceses han tomado las armas en

Montevideo, y han asociado su porvenir, su vida y su bienestar al

triunfo del partido europeo civilizado, se contenta con añadir: «Los

franceses son muy entremetidos, y comprometen a su nación con los demás

gobiernos.» ¡Bendito sea Dios! M. Guizot, el historiador de la

_civilización_ europea, el que ha deslindado los elementos nuevos que

modificaron la civilización romana, y que ha penetrado en el enmarañado

laberinto de la Edad Media, para mostrar cómo la nación francesa ha sido

el crisol en que se ha estado elaborando, mezclando y refundiendo el

espíritu moderno; M. Guizot, ministro del rey de Francia, da por toda

solución a esta manifestación de simpatías profundas entre los franceses

y los enemigos de Rosas: «¡son muy entremetidos los franceses!» Los

otros pueblos americanos, que, indiferentes e impasibles, miran esta

lucha y estas alianzas de un partido argentino con todo elemento europeo

que venga a prestarle su apoyo, exclaman a su vez llenos de indignación:

«¡Estos argentinos son muy amigos de los europeos!» Y el tirano de la

República Argentina se encarga oficiosamente de completarles la frase,

añadiendo: «¡traidores a la causa americana!» ¡Cierto!, dicen todos;

¡traidores!; ésta es la palabra. ¡Cierto!, decimos nosotros; ¡traidores

a la causa americana, española, absolutista, bárbara! ¿No habéis oído la

palabra _salvaje_ que anda revoloteando sobre nuestras cabezas?

De eso se trata: de ser o no ser _salvaje_. Rosas, según esto, no es un

hecho aislado, una aberración, una monstruosidad. Es, por el contrario,

una manifestación social; es una fórmula de una manera de ser de un

pueblo. ¿Para qué os obstináis en combatirlo, pues, si es fatal,

forzoso, natural y lógico? ¡Dios mío! ¡Para qué lo combatís!... ¿Acaso

porque la empresa es ardua, es por eso absurda? ¿Acaso porque el mal

principio triunfa se le ha de abandonar resignadamente el terreno?

¿Acaso la civilización y la libertad son débiles hoy en el mundo porque

la Italia gima bajo el peso de todos los despotismos, porque la Polonia

ande errante sobre la tierra mendigando un poco de pan y un poco de

libertad? ¡Por qué lo combatís!... ¿Acaso no estamos vivos los que

después de tantos desastres sobrevivimos aún; o hemos perdido nuestra

conciencia de lo justo y del porvenir de la patria, porque hemos perdido

algunas batallas?, ¡Qué!, ¿se quedan también las ideas entre los

despojos de los combates? ¿Somos dueños de hacer otra cosa que lo que

hacemos, ni más ni menos como Rosas no puede dejar de ser lo que es? ¿No

hay nada de providencial en estas luchas de los pueblos? ¿Concedióse

jamás el triunfo a quien no sabe perseverar? Por otra parte, ¿hemos de

abandonar un suelo de los más privilegiados de la América a las

devastaciones de la barbarie, mantener cien ríos navegables abandonados

a las aves acuáticas que están en quieta posesión de surcarlos ellas

solas desde _ab initio_?

¿Hemos de cerrar voluntariamente la puerta a la inmigración europea que

llama con golpes repetidos para poblar nuestros desiertos, y hacernos a

la sombra de nuestro pabellón, pueblo innumerable como las arenas del

mar? ¿Hemos de dejar, ilusorios y vanos, los sueños de desenvolvimiento,

de poder y de gloria, con que nos han mecido desde la infancia los

pronósticos que con envidia nos dirigen los que en Europa estudian las

necesidades de la humanidad? Después de la Europa, ¿hay otro mundo

cristiano civilizable y desierto que la América? ¿Hay en la América

muchos pueblos que estén como el argentino, llamados por lo pronto a

recibir la población europea que desborda como el líquido en un vaso?

¿No queréis, en fin, que vayamos a invocar la ciencia y la industria en

nuestro auxilio, a llamarlas con todas nuestras fuerzas, para que vengan

a sentarse en medio de nosotros, libre la una de toda traba puesta al

pensamiento, segura la otra de toda violencia y de toda coacción? ¡Oh!

¡Este porvenir no se renuncia así no más! No se renuncia porque un

ejército de 20.000 hombres guarde la entrada de la patria; los soldados

mueren en los combates; desertan o cambian de bandera. No se renuncia

porque la fortuna haya favorecido a un tirano durante largos y pesados

años; la fortuna es ciega, y un día que no acierte a encontrar a su

favorito entre el humo denso y la polvareda sofocante de los combates,

¡adiós, tirano!; ¡adiós, tiranía! No se renuncia porque todas las

brutales e ignorantes tradiciones coloniales hayan podido más en un

momento de extravío en el ánimo de masas inexpertas; las convulsiones

políticas traen también la experiencia y la luz, y es ley de la

humanidad que los intereses nuevos, las ideas fecundas, el progreso,

triunfen al fin de las tradiciones envejecidas, de los hábitos

ignorantes y de las preocupaciones estacionarias. No se renuncia porque

en un pueblo haya millares de hombres candorosos que toman el bien por

el mal; egoístas que sacan de él su provecho; indiferentes que lo ven

sin interesarse; tímidos que no se atreven a combatirlo; corrompidos, en

fin, que conociéndolo se entregan a él por inclinación al mal, por

depravación; siempre ha habido en los pueblos todo esto, y nunca el mal

ha triunfado definitivamente. No se renuncia porque los demás pueblos

americanos no puedan prestarnos su ayuda; porque los Gobiernos no ven de

lejos sino el brillo del poder organizado, y no distinguen en la

obscuridad humilde y desamparada de las revoluciones los elementos

grandes que están forcejeando para desenvolverse; porque la oposición

pretendida liberal abjure de sus principios, imponga silencio a su

conciencia, y por aplastar bajo su pie un insecto que importuna, huelle

la noble planta a que ese insecto se apegaba. No se renuncia porque los

pueblos en masa nos den la espalda a causa de que nuestras miserias y

nuestras grandezas están demasiado lejos de su vista para que alcancen a

conmoverlos. ¡No!; no se renuncia a un porvenir tan inmenso, a una

misión tan elevada, por ese cúmulo de contradicciones y dificultades.

¡Las dificultades se vencen; las contradicciones se acaban a fuerza de

contradecirlas!

Desde Chile, nosotros nada podemos dar _a los que perseveran_ en la

lucha bajo todos los rigores de las privaciones, y con la cuchilla

exterminadora, que, como la espada de Damocles, pende a todas horas

sobre sus cabezas. ¡Nada!, excepto ideas, excepto consuelos, excepto

estímulos; arma ninguna nos es dado llevar a los combatientes, si no es

la que la _Prensa libre_ de Chile suministra a todos los hombres libres.

¡La Prensa!, ¡la Prensa! He aquí, tirano, el enemigo que sofocaste entre

nosotros. He aquí el vellocino de oro que tratamos de conquistar. He

aquí cómo la Prensa de Francia, Inglaterra, Brasil, Montevideo, Chile y

Corrientes, va a turbar tu sueño en medio del silencio sepulcral de tus

víctimas; he aquí que te has visto compelido a robar el don de lenguas

para paliar el mal, don que sólo fué dado para predicar el bien. He aquí

que desciendes a justificarte, y que vas por todos los pueblos europeos

y americanos mendigando una pluma venal y fratricida, para que por medio

de la Prensa defienda al que la ha encadenado! ¿Por qué no permites en

tu patria la discusión que mantienes en todos los otros pueblos? ¿Para

qué, pues, tantos millares de víctimas sacrificadas por el puñal; para

qué tantas batallas, si al cabo habías de concluir por la pacífica

discusión de la Prensa?

El que haya leído las páginas que preceden, creerá que es mi ánimo

trazar un cuadro apasionado de los actos de barbarie que han deshonrado

el nombre de don Juan Manuel Rosas. Que se tranquilicen los que abriguen

ese temor. Aún no se ha formado la última página de esta biografía

inmoral; aún no está llena la medida; los días de su héroe no han sido

contados aún. Por otra parte, las pasiones que subleva entre sus

enemigos, son demasiado rencorosas aún para que pudieran ellos mismos

poner fe en su imparcialidad o en su justicia.

Es de otro personaje de quien debo ocuparme. Facundo Quiroga es el

caudillo cuyos hechos quiero consignar en el papel. Diez años ha que la

tierra pesa sobre sus cenizas, y muy cruel y emponzoñada debiera

mostrarse la calumnia que fuera a cavar los sepulcros en busca de

víctimas. ¿Quién lanzó la bala _oficial_ que detuvo su carrera? ¿Partió

de Buenos Aires o de Córdoba? La historia explicará este arcano. Facundo

Quiroga es, empero, el tipo más ingenuo del carácter de la guerra civil

de la República Argentina; es la figura más americana que la revolución

presenta. Facundo Quiroga enlaza y eslabona todos los elementos de

desorden que hasta antes de su aparición estaban agitándose

aisladamente en cada provincia; él hace de la guerra local la guerra

nacional argentina, y presenta triunfante, al fin de diez años de

trabajos, de devastación y de combates, el resultado de que sólo supo

aprovecharse el que lo asesinó. He creído explicar la revolución

argentina con la biografía de Juan Facundo Quiroga, porque creo que él

explica suficientemente una de las tendencias, una de las dos fases

diversas que luchan en el seno de aquella sociedad singular.

He evocado, pues, mis recuerdos, y buscado para completarlos los

detalles que han podido suministrarme hombres que lo conocieron en su

infancia, que fueron sus partidarios o sus enemigos, que han visto con

sus ojos unos hechos, oído otros, y tenido conocimiento exacto de una

época o de una situación particular. Aún espero más datos de los que

poseo, que ya son numerosos. Si algunas inexactitudes se me escapan,

ruego a los que las adviertan que me las comuniquen; porque en Facundo

Quiroga no veo un caudillo simplemente, sino una manifestación de la

vida argentina tal como la han hecho la colonización y las

peculiaridades del terreno, a lo cual creo necesario consagrar una seria

atención, porque sin esto la vida y hechos de Facundo Quiroga son

vulgaridades que no merecerían entrar sino episódicamente en el dominio

de la historia. Pero Facundo, en relación con la fisonomía de la

naturaleza grandiosamente salvaje que prevalece en la inmensa extensión

de la República Argentina; Facundo, expresión fiel de una manera de ser

de un pueblo, de sus preocupaciones e instintos; Facundo, en fin, siendo

lo que fué, no por un accidente de su carácter, sino por antecedentes

inevitables y ajenos de su voluntad, es el personaje histórico más

singular, más notable, que puede presentarse a la contemplación de los

hombres que comprenden que un caudillo que encabeza un gran movimiento

social, no es más que el espejo en que se reflejan, en dimensiones

colosales, las creencias, las necesidades, preocupaciones y hábitos de

una nación en una época dada de su historia. Alejandro es la pintura, el

reflejo de la Grecia guerrera, literaria, política y artística; de la

Grecia excéptica, filosófica y emprendedora, que se derrama por sobre el

Asia para extender la esfera de su acción civilizadora.

Por esto nos es necesario detenernos en los detalles de la vida interior

del pueblo argentino, para comprender su ideal, su personificación.

Sin estos antecedentes, nadie comprenderá a Facundo Quiroga, como nadie,

a mi juicio, ha comprendido todavía al inmortal Bolívar, por la

incompetencia de los biógrafos que han trazado el cuadro de su vida. En

la _Enciclopedia Nueva_ he leído un brillante trabajo sobre el general

Bolívar, en el que se hace a aquel caudillo americano toda la justicia

que merece por sus talentos y por su genio; pero en esta biografía, como

en todas las otras que de él se han escrito, he visto al general

europeo, los mariscales del Imperio, un Napoleón menos colosal; pero no

he visto al caudillo americano, al jefe de un levantamiento de las

masas; veo el remedo de la Europa, y nada que me revele la América.

Colombia tiene llanos, vida pastoril, vida bárbara, americana pura, y de

ahí partió el gran Bolívar; de aquel barro hizo su glorioso edificio.

¿Cómo es, pues, que su biografía lo asemeja a cualquier general europeo

de esclarecidas prendas? Es que las preocupaciones clásicas europeas del

escritor desfiguran al héroe, a quien quitan el _poncho_ para

presentarlo desde el primer día con el frac, ni más ni menos como los

litógrafos de Buenos Aires han pintado a Facundo con casaca de solapas,

creyendo impropia su chaqueta, que nunca abandonó. Bien; han hecho un

general, pero Facundo desaparece. La guerra de Bolívar pueden estudiarla

en Francia en la de los _chouanes_; Bolívar es un Charette de más anchas

dimensiones. Si los españoles hubieran penetrado en la República

Argentina el año 11, acaso nuestro Bolívar habría sido Artigas, si este

caudillo hubiese sido, como aquél, tan pródigamente dotado por la

naturaleza y la educación.

La manera de tratar la historia de Bolívar de los escritores europeos y

americanos, conviene a San Martín y a otros de su clase. San Martín no

fué caudillo popular; era realmente un general. Habíase educado en

Europa y llegó a América, donde el Gobierno era el revolucionario, y

pudo formar a sus anchas el ejército europeo, disciplinarlo y dar

batallas regulares, según las reglas de la ciencia. Su expedición sobre

Chile es una conquista en regla, como la de Italia por Napoleón. Pero si

San Martín hubiese tenido que encabezar _montoneras_, ser vencido aquí,

para ir a reunir un grupo de llaneros por allá, lo habrían colgado a su

segunda tentativa.

El drama de Bolívar se compone, pues, de otros elementos de los que

hasta hoy conocemos; es preciso poner antes las decoraciones y los

trajes americanos, para mostrar en seguida el personaje. Bolívar es

todavía un cuento forjado sobre datos ciertos; Bolívar, el verdadero

Bolívar, no lo conoce aún el mundo, y es muy probable que cuando lo

traduzcan a su idioma natal, aparezca más sorprendente y más grande aún.

Razones de este género me han movido a dividir este precipitado trabajo

en dos partes: la una, en que trazo el terreno, el paisaje, el teatro

sobre que va a representarse la escena; la otra, en que aparece el

personaje, con su traje, sus ideas, su sistema de obrar; de manera que

la primera está ya revelando a la segunda, sin necesidad de comentarios

ni explicaciones.

V

CARTA-PRÓLOGO DE LA EDICIÓN DE 1851

_Señor don Valentín Alsina:_

Conságrole, mi caro amigo, estas páginas que vuelven a ver la luz

pública, menos por lo que ellas valen, que por el conato de usted de

amenguar con sus notas los muchos lunares que afeaban la primera

edición. Ensayo y revelación para mí mismo de mis ideas, el _Facundo_

adoleció de los defectos de todo fruto de la inspiración del momento,

sin el auxilio de documentos a la mano, y ejecutada no bien era

concebida, lejos del teatro de los sucesos y con propósitos de acción

inmediata y militante. Tal como él era, mi pobre librejo ha tenido la

fortuna de hallar en aquella tierra, cerrada a la verdad y a la

discusión, lectores apasionados, y de mano en mano, deslizándose

furtivamente, guardado en algún secreto escondite, para hacer alto en

sus peregrinaciones, emprender largos viajes, y ejemplares por centenas

llegar, ajados y despachurrados de puro leídos, hasta Buenos Aires, a

las oficinas del pobre tirano, a los campamentos del soldado y a la

cabaña del gaucho, hasta hacerse él mismo, en las hablillas populares,

un mito como su héroe.

He usado con parsimonia de sus preciosas notas, guardando las más

sustanciales para tiempos mejores y más meditados trabajos, temeroso de

que por retocar obra tan informe, desapareciese su fisonomía primitiva y

la lozana y voluntariosa audacia de la mal disciplinada concepción.

Este libro, como tantos otros que la lucha de la libertad ha hecho

nacer, irá bien pronto a confundirse en el fárrago inmenso de

materiales, de cuyo caos discordante saldrá un día, depurado de todo

resabio, la historia de nuestra patria, el drama más fecundo en

lecciones, más rico en peripecias y más vivaz que la dura y penosa

transformación americana ha presentado. ¡Feliz yo si, como lo deseo,

puedo un día consagrarme con éxito a tarea tan grande! Echaría al fuego

entonces, de buena gana, cuantas páginas precipitadas he dejado escapar

en el combate en que usted y tantos otros valientes escritores han

cogido los más frescos lauros, hiriendo de más cerca, y con armas mejor

templadas, al poderoso tirano de nuestra patria.

Facundo · 第 23 / 24 段