¡qué de empresas, qué de movimiento industrial! Los pueblos pastores
ocupados de propagar los _merinos_ que producen millones y entretienen a
toda hora del día a millares de hombres; las provincias de San Juan y
Mendoza, consagradas a la cría del gusano de seda, que con apoyo y
protección del Gobierno carecerían de brazos en cuatro años para los
trabajos agrícolas e industriales que requiere; las provincias del
Norte, entregadas al cultivo de la caña de azúcar, del añil que se
produce espontáneamente; las litorales de los ríos con la navegación
libre que daría movimiento y vida a la industria del interior. En medio
de este movimiento, ¿quién hace la guerra? ¿Para conseguir qué? A no ser
que haya un Gobierno tan estúpido como el presente que huye de todos
estos intereses, y en lugar de dar trabajo a los hombres, los lleva a
los ejércitos a hacer la guerra al Uruguay, al Paraguay, al Brasil, a
todas partes, en fin.
Pero el elemento principal de orden y moralización que la República
Argentina cuenta hoy es la inmigración europea, que de suyo, y en
despecho de la falta de seguridad que le ofrece, se agolpa de día en día
en el Plata, y si hubiera un Gobierno capaz de dirigir su movimiento,
bastaría por sí sola a sanar en diez años no más todas las heridas que
han hecho a la patria los bandidos, desde Facundo hasta Rosas, que la
han dominado. De Europa emigran anualmente medio millón de hombres por
lo menos, que, poseyendo una industria o un oficio, salen a buscar
fortuna y se fijan donde haya tierra que poseer. Hasta el año 1840 esta
inmigración se dirigía principalmente a Norteamérica, que se ha cubierto
de ciudades magníficas y llenado de una inmensa población a merced de la
inmigración. Tal ha sido a veces la manía de emigrar, que poblaciones
enteras de Alemania se han transportado a Norteamérica con sus alcaldes,
curas, maestros de escuela, etc.
Pero al fin ha sucedido que en las ciudades de las costas el aumento de
población ha hecho la vida tan difícil como en Europa, y los emigrados
han encontrado allí el malestar y la miseria de que venían huyendo.
Desde 1840 se leen avisos en los diarios norteamericanos previniendo los
inconvenientes que encuentran los emigrados, y los cónsules de América
hacen publicar en los diarios de Alemania, Suiza e Italia avisos iguales
para que no emigren más. En 1843 dos buques cargados de hombres tuvieron
que regresar a Europa con su carga, y en 1844 el Gobierno francés mandó
a Argel 21.000 suizos que iban inútilmente a Norteamérica.
Aquella corriente de emigrados que ya no encuentran ventaja en el Norte
ha empezado a costear la América. Algunos se dirigen a Tejas, otros a
Méjico, cuyas costas malsanas los rechazan; el inmenso litoral del
Brasil no les ofrece grandes ventajas a causa del trabajo de los negros
esclavos que quita el valor a la producción. Tienen, pues, que recalar
al Río de la Plata, cuyo clima suave, fertilidad de la tierra y
abundancia de medios de subsistir, los atrae y fija.
Desde 1836 empezaron a llegar a Montevideo millares de emigrados, y
mientras Rosas dispersaba la población natural de la República con sus
atrocidades, Montevideo se agrandaba en un año hasta hacerse una ciudad
floreciente y rica, más bella que Buenos Aires y más llena de movimiento
y comercio. Ahora que Rosas ha llevado la destrucción a Montevideo,
porque este genio maldito no nació sino para destruir, los emigrados se
agolpan a Buenos Aires y ocupan el lugar de la población que el monstruo
hace matar diariamente en los ejércitos, y ya en el presente año propuso
a la Sala enganchar vascos para reponer sus diezmados cuadros.
El día, pues, que un Gobierno nuevo dirija a objetos de utilidad
nacional los millones que hoy se gastan en hacer guerras desastrosas e
inútiles y en pagar criminales; el día que por toda Europa se sepa que
el horrible monstruo que hoy desola la República y está gritando
diariamente _muerte a los extranjeros_ ha desaparecido, ese día la
inmigración industriosa de la Europa se dirigirá en masa al Río de la
Plata; el _nuevo Gobierno_ se encargará de distribuirla por las
provincias; los ingenieros de la República irán a trazar en todos los
puntos convenientes los planos de las ciudades y villas que deberán
construir para su residencia, y terrenos feraces les serán adjudicados,
y en diez años quedarán todas las márgenes de los ríos cubiertas de
ciudades, y la República doblará su población con vecinos activos,
morales e industriosos. Estas no son quimeras, pues basta quererlo y
que haya un Gobierno menos brutal que el presente para conseguirlo.
El año 1835 emigraron a Norteamérica 500.650 almas; ¿por qué no
emigrarían a la República Argentina 100.000 por año si la horrible fama
de Rosas no los amedrantase? Pues bien: 100.000 por año harían en diez
años un millón de europeos industriosos diseminados por toda la
República, enseñándonos a trabajar, explotando nuevas riquezas y
enriqueciendo al país con sus propiedades; y con un millón de hombres
civilizados, la guerra civil es imposible, porque serían menos los que
se hallarían en estado de desearla. La colonia escocesa que Rivadavia
fundó al sur de Buenos Aires lo prueba hasta la evidencia; ha sufrido de
la guerra, pero ella jamás ha tomado parte, y ningún gaucho alemán ha
abandonado su trabajo, su lechería o su fábrica de quesos para ir a
corretear por la Pampa.
Creo haber demostrado que la revolución de la República Argentina está
ya terminada, y que sólo la existencia del execrable tirano que ella
engendró, estorba que hoy mismo entre en una carrera no interrumpida de
progresos que pudieran envidiarle bien pronto algunos pueblos
americanos. La lucha de las campañas con las ciudades se ha acabado; el
odio a Rosas ha reunido a estos elementos; los antiguos federales y los
viejos unitarios, como la nueva generación, han sido perseguidos por él
y se han unido.
Ultimamente, sus mismas brutalidades y su desenfreno lo han llevado a
comprometer la República en una guerra exterior en que el Paraguay, el
Uruguay y el Brasil, lo harían sucumbir necesariamente, si la Europa
misma no se viese forzada a venir a desmoronar ese andamio de cadáveres
y de sangre que lo sostiene. Los que aun abrigan preocupaciones contra
los extranjeros, pueden responder a esta pregunta: Cuando un forajido,
un furioso, o un loco frenético llegase a apoderarse del Gobierno de un
pueblo, ¿deben todos los demás Gobiernos tolerar y dejar que destruya a
su salvo, que asesine sin piedad y que traiga alborotadas diez años a
todas las naciones vecinas?
Pero el remedio no nos vendrá sólo del exterior. La Providencia ha
querido que al desenlazarse el drama sangriento de nuestra revolución,
el partido tantas veces vencido, y un pueblo tan pisoteado, se hallen
con las armas en la mano y en aptitud de hacer oír las quejas de las
víctimas. La heroica provincia de Corrientes tiene hoy 6.000 veteranos
que a esta hora habrán entrado en campaña bajo las órdenes del vencedor
de la Tablada, Oncativo y Caaguazú, el boleado, el manco Paz, como le
llama Rosas. ¡Cuántas veces ese furibundo, que tantos millares de
víctimas ha sacrificado inútilmente, se habrá mordido y ensangrentado
los labios de cólera, al recordar que lo ha tenido preso diez años y no
lo ha muerto, a ese mismo manco boleado que hoy se prepara a castigar
sus crímenes! La Providencia habrá querido darle este suplicio de
condenado, haciéndolo carcelero y guardián del que estaba destinado
desde lo alto a vengar la República, la Humanidad y la Justicia.
¡Proteja Dios tus armas, honrado general Paz! ¡Si salvas la República,
nunca hubo gloria como la tuya! ¡Si sucumbes, ninguna maldición te
seguirá a la tumba! ¡Los pueblos se asociarán a tu causa, o deplorarán
más tarde su ceguedad o su envilecimiento!
APÉNDICE
INTRODUCCIÓN AL APÉNDICE
Hemos dividido este _Apéndice_ en dos partes: la primera contiene las
_Proclamas de Quiroga_, agregadas siempre a las ediciones anteriores, y
la segunda contiene los prefacios de dichas ediciones y otras páginas de
Sarmiento sobre su obra.
R. R.
PARTE PRIMERA
DOCUMENTOS DE JUAN FACUNDO QUIROGA
I
Las proclamas que llevan la firma de Juan Facundo Quiroga tienen tales
caracteres de autenticidad, que hemos creído útil insertarlas aquí, como
los únicos documentos escritos que quedan de aquel caudillo. Campea en
ellas la exageración y ostentación del propio dolor, a la par del no
disimulado designio de inspirar miedo a los demás. La incorrección del
lenguaje, la incoherencia de las ideas y el empleo de voces que
significan otra cosa que lo que se propone expresar con ellas, o
muestran la confusión o el estado embrionario de las ideas revelan en
estas proclamas el alma ruda aún, los instintos jactanciosos del hombre
del pueblo y el candor del que, no familiarizado con las letras, ni
sospecha siquiera que haya incapacidad de su parte para emitir sus ideas
por escrito.
¿Qué significa, en efecto, «presores y conquistadores de la libertad»;
«ninguna resolución es más poderosa que la invocación de la patria»;
«vengo a haceros partícipes de los auspicios que os extienden las
provincias litorales»; «elevad fervorosos sacrificios, dictad leyes
análogas al pueblo?» Todo esto es barbarie, confusión de ideas,
incapacidad de desenvolver pensamientos por no conocer el sentido de las
palabras. Es, sin duda, ingenuo aquel «libre por los principios y por
propensión, mi estado natural es la libertad»; frase que sería una
manifestación de la voluntariedad de su espíritu si tuviese sentido.
En las gacetas de Buenos Aires se registra un comunicado virulento, obra
suya, escrito contra el Gobierno por haber dictado una providencia sobre
fondos públicos que menoscababa el interés de los tenedores, siéndolo él
de algunos millones. Más tarde, mejor aconsejado, dió una satisfacción
al Gobierno por otro comunicado. Algunas cartas de Quiroga han visto la
luz pública; pero creo que, como sus proclamas, no merecen conservarse
sino como curiosidades y monumentos de la época de barbarie.
La primera de estas proclamas, sin fecha, pertenece, sin duda, al año
1829, cuando después de haberse rehecho de la derrota de la Tablada vino
a San Juan y a Mendoza. La segunda está datada de San Luis, de letra
manuscrita, y la traía impresa desde Buenos Aires para irla esparciendo
por los lugares de su tránsito. La tercera precedió a la salida del
ejército destinado a combatir al general La Madrid en Tucumán, y alude a
la reciente muerte de Villafañe.
Al pie de un decreto de la Junta de Representantes de Mendoza, en que se
permitía circular en la provincia papel moneda de Buenos Aires, Facundo
Quiroga hizo publicar la siguiente posdata, que tiene todos los
caracteres de sus anteriores proclamas: la jactancia, el enredo de la
frase y su prurito de aterrar.
«El Infrascrito--dice--, en vista del proyecto de ley que antecede,
protesta por lo más sagrado de los cielos y de la tierra que el papel
moneda no circulará en las provincias del interior mientras él
permanezca en ellas o partidarios de tan detestable plaga pasen por su
cadáver; pues que, viendo la justicia de su parte, no conoce peligro que
lo arredre ni lo haga desistir de buscarla, como lo hizo por sí solo y a
su cuenta en los años 26 y 27, contra todo el poder del presidente de la
República, don Bernardino Rivadavia, cuando quiso ligar las provincias
al carro del despotismo por medio de los Bancos subalternos de papel
moneda, y con el santo fin de abrir un vasto campo a los extranjeros
para que extrajesen de ellas el dinero metálico.--_San Juan, septiembre
20 de 1833._--JUAN FACUNDO QUIROGA.»
II
PROCLAMA
PUEBLOS DE LA REPÚBLICA: Destinado por el general que os dieron los RR.
Nacionales a servir de jefe de la segunda división del Ejército de la
Nación, ningún sacrificio he omitido por desempeñar tan alta confianza.
Los enemigos de las leyes, los asesinos del encargado del Poder
nacional, los insurrectos del Ejército y sus vendidos secuaces ningún
medio omiten para emponzoñar los corazones y prevenir a los incautos que
no me conocen. La perfidia y la detracción es la bandera de ellos,
mientras la franqueza y el valor es nuestra divisa.
ARGENTINOS: Os juro por mi espada que ninguna otra aspiración me anima
que la de la libertad. A nadie se le oculta que mi fortuna es el
patrimonio y el sostén de los bravos que mando, y el día que los pueblos
hayan recuperado sus derechos será el mismo de mi silencio y mi retiro.
Nada más aspira un hombre que no necesita ni cortejar el Poder ni al que
manda. Libre por principios y por propensión, mi estado natural es la
libertad; por ella verteré mi sangre y mil vidas, y no existirá esclavo
donde las lanzas de La Rioja se presenten.
SOLDADOS DE MI MANDO: El que quiera dejar mis filas puede retirarse y
hacer uso de mi oferta, que os hago por tercera vez. Mas el que quiera
enristrar la lanza contra los opresores y oprimidos (_sic_), quedad al
lado mío. Los enemigos ya saben lo que leéis y os tiemblan.
OPRESORES Y CONQUISTADORES DE LA LIBERTAD: Triunfaréis acaso de los
bravos riojanos, porque la fortuna es inconstante; pero se legará hasta
el fin de los siglos la memoria de mil héroes que no saben recibir
heridas por la espalda.
OPRIMIDOS: Los que deseéis la libertad o una muerte honrosa, venid a
mezclaros con vuestros compatriotas, con vuestros amigos y con vuestro
camarada.--JUAN FACUNDO QUIROGA.
III
EL GENERAL QUIROGA
A LOS HABITANTES DE LAS PROVINCIAS INTERIORES DE LA REPÚBLICA ARGENTINA
MIS COMPATRIOTAS: Ninguna resolución es más poderosa que la invocación
de la patria, anunciando a sus hijos la ocasión de domar el orgullo de
los opresores de los pueblos. Había formado la decisión de no volver a
aparecer como hombre público; mas mis principios han sofocado tales
propósitos. Me tenéis ya en campaña para contribuir a que desaparezcan
esos seres funestos que osadamente han despedazado los vínculos entre
_el pueblo y las leyes_.
Las provincias litorales, después de un largo sufrimiento de
humillaciones muy marcadas en obsequio de la paz, y de haber perdido
todas esperanzas de una reconciliación fraternal y benéfica que
consultase la libre existencia de todas, han puesto en acción sus
recursos para guardar sus libertades y salvar las vuestras. Fieles y
consecuentes a la amistad, han jurado que las armas que han empuñado no
las depondrán hasta no dejar salva la patria, libres y en tranquilidad
los pueblos oprimidos de la República Argentina.
Los instantes de crisis que apuntan el término de la existencia de los
pérfidos anarquistas del 1.º de diciembre, que os han sumido en los
males que os agobian, se dejan sentir ya manifiestamente.
Ejércitos respetables marchan en diferentes direcciones para combatir y
destruir en todos puntos a los anarquizadores. El excelentísimo señor
gobernador de Santa Fe, brigadier don _Estanislao López_, es el jefe que
manda las fuerzas combinadas de los Gobiernos litorales aliados en
perpetua federación, y que ya están en campaña. Una división de este
ejército, a las órdenes del general don _Felipe Ibarra_, se interna a
Santiago a engrosar las fuerzas que operan por esa parte, y el
excelentísimo señor gobernador de la provincia de Buenos Aires, general
don _Juan Manuel de Rosas_, se halla situado a los confines de su
territorio por el Norte con un fuerte ejército de reserva. En fin: todo
anuncia que ya podéis contaros en el número de los _hijos de la
libertad_.
Estoy, pues, en campaña, mis amigos, al frente de una división del
ejército combinado y a las órdenes del excelentísimo señor general en
jefe, para redimiros del cautiverio. Marcho a protegeros y no a
oprimiros. Vengo a haceros partícipes de los auspicios que os extienden
las provincias litorales para aliviar vuestras desgracias, y a serviros
de apoyo contra la crueldad y perfidia de vuestros opresores.
No trato de sorprenderos ni de llamaros en mi auxilio; lo primero sería
engañaros; lo segundo, un insulto a la decisión con que constantemente
se han mantenido las provincias por la causa de la libertad. Esta verdad
se encuentra plenamente comprobada en el hecho mismo de que habéis
formado tres ejércitos de hombres puramente voluntarios para sostener
los derechos de los pueblos, sin haber tenido enganche que os halagase,
ni la más remota esperanza del miserable celo del saqueo; la moral fué
vuestra guía, y la seguisteis hasta la conclusión de los dos últimos
ejércitos, que fueron tan desgraciados como feliz el primero. Si bien
que vive vuestro amigo.--_San Luis, marzo 22 de 1831._--JUAN FACUNDO
QUIROGA.
IV
PROCLAMA
EL GENERAL DE LA DIVISIÓN DE LOS ANDES A TODOS LOS HABITANTES DE LAS
PROVINCIAS DE CUYO
MINISTROS DEL SANTUARIO: Elevad al Ser Supremo fervorosos sacrificios, y
pedidle con la efusión de vuestros piadosos corazones que suspenda el
azote de la guerra fratricida en que yace la República Argentina.
HONORABLES RR. DE LAS LEGISLATURAS PROVINCIALES: A vosotros toca el
deber sagrado de dictar leyes análogas y benéficas al pueblo que os
honró con tan alto cargo. La generosidad de los Gobiernos litorales, de
esos padres de la República, que sin reparar en sacrificios os han
puesto en plena libertad para ejercer vuestras funciones, no entre el
estruendo de las armas, sino en el silencio y reposo de la más perfecta
tranquilidad.
JEFES MILITARES: Respetad y obedeced la autoridad civil; estad siempre
en vigilia para sostenerla contra todo aquél que intente derrocarla;
éste es vuestro deber.
CIUDADANOS TODOS: Respetad la religión de nuestros padres y sus
ministros, las leyes que nos rigen y las autoridades constituídas. Si
así lo hiciereis, seréis felices y no tendréis motivo de
arrepentimiento.
La división auxiliar de los Andes se retira de vuestro territorio, no al
descanso de una vida privada, sino a continuar sus tareas contra los
enemigos implacables de la libertad y de las leyes. Ella marchará de
frente, pues no conoce peligro que la arredre; se ha propuesto dar
libertad a las tres provincias oprimidas en el Norte o dejar de existir.
Ella os deja libres del poder militar de los asesinos del 1.º de
diciembre, y en esto mismo ha recibido la más grata recompensa a sus
débiles esfuerzos. Que las tres provincias de Cuyo se mantengan en unión
indisoluble y se sostengan mutuamente contra toda tentativa de los
enemigos de su libertad es la aspiración y el más ardiente deseo del que
os habla.
ENEMIGOS DE LA LIBERTAD NACIONAL: Sabed que desde el 23 de mayo del
presente año, en que tuve pleno conocimiento de que vuestros partidarios
cometieron el más horrendo, alevoso y negro crimen de asesinar al
benemérito general don José Benito Villafañe, desenvainé mi espada
contra vosotros, protesté que la justicia ocuparía el lugar de la
misericordia, convencido que los delitos tolerados mil veces han
sacrificado más víctimas que los suplicios ejecutados a su tiempo.
[** Symbol: pointing finger] _Temblad_, de cometer el más leve atentado.
_Temblad_, si no respetáis las autoridades y las leyes. Y _temblad_, si
no desistís de ese loco empeño de cautivar la libertad de los pueblos,
mientras exista.--JUAN FACUNDO QUIROGA.--_San Juan, septiembre 7 de
1831._
PARTE SEGUNDA
DOCUMENTOS DEL AUTOR SOBRE EL «FACUNDO»
I
CARTA AL PROFESOR DON MATÍAS CALLANDRELLI, AUTOR DE UN DICCIONARIO
ETIMOLÓGICO DE LA LENGUA CASTELLANA
Mi estimado señor:
Tengo el gusto, para satisfacer a su pedido, de enviarle un ejemplar de
la _Vida de Facundo Quiroga_, reputado generalmente como el escrito más
peculiar mío.
En cuanto a lenguaje, revisó esta última edición el hablista habanero
Mantilla[40], hallando poco que corregir de los anteriores, y, según
dijo, llamándole la atención la ocurrencia frecuente de locuciones
anticuadas, pero castizas, que atribuía a mucha lectura de autores
castellanos antiguos.
No siendo ésta la verdad, indiquele como causa que habiéndome criado en
una provincia apartada y formándome sin estudios ordenados, la lengua de
los conquistadores había debido conservarse allí más tiempo sin
alteraciones sensibles, lo que corroboraba yo con muchos hechos, y
aceptaba él como plausible, bien así como los ingleses insulares de hoy
han hallado en Norteamérica locuciones que atraía Johnson y no conserva
Webster en su Diccionario.
La corrección de pruebas de mis _Viajes_ la hizo don Juan M. Gutiérrez,
de la Academia de la Lengua; y don Andrés Bello, igualmente académico,
que gustaba mucho de _Recuerdos de provincia_ como lenguaje y como
recuerdos de costumbres americanas, rechazaba por infundadas muchas de
las correcciones de Villergas que la echaba de hablista y que encontró
en la Habana a quien _parler_ en achaque de lengua castellana; pues es
hoy un hecho conquistado que los mejores hablistas modernos son
americanos, hecho reconocido por la Academia misma, acaso porque
necesitan más estudios de la lengua los que viven fuera del centro que
la vivifica, y están más influídos por los elementos extranjeros y
extraños a su origen, que tienden a incorporársele.
Es lo más breve que puedo decirle para su dirección en el uso que quiera
hacer de mis escritos, agradeciéndole cordialmente su buen deseo.
Tengo con este motivo el gusto de suscribirme su afectísimo amigo
D. F. SARMIENTO.
Buenos Aires, agosto 12 de 1881.
II
JUAN FACUNDO QUIROGA
ADVERTENCIA DEL AUTOR
Después de terminada la publicación de esta obra, he recibido de varios
amigos rectificaciones de varios hechos referidos en ella. Algunas
inexactitudes han debido necesariamente escaparse en un trabajo hecho de
prisa, lejos del teatro de los acontecimientos, y sobre un asunto de que
no se había escrito nada hasta el presente, al coordinar entre sí
sucesos que han tenido lugar en distintas y remotas provincias, y en
épocas diversas, consultando a un testigo ocular sobre un punto,
registrando manuscritos formados a la ligera, o apelando a las propias
reminiscencias, no es extraño que de vez en cuando el lector argentino
eche de menos algo que él conoce o disienta en cuanto a algún nombre
propio, una fecha, cambiados o puestos fuera de lugar.
Pero debo declarar que en los acontecimientos notables a que me refiero,
y que sirven de base a las explicaciones que doy, hay una exactitud
intachable de que responderán los documentos públicos que sobre ellos
existen.
Quizá haya un momento en que, desembarazado de las preocupaciones que
han precipitado la redacción de esta obrita, vuelva a refundirla en un
plan nuevo, desnudándola de toda digresión accidental, y apoyándola en
numerosos documentos oficiales, a que sólo hago ahora una ligera
referencia.
1845
III
On ne tue point les idées.
FORTOUL.
A los hombres se les degüella; a
las ideas, no.
A fines del año 1840 salía yo de mi patria, desterrado por lástima,
estropeado, lleno de cardenales, puntazos y golpes recibidos el día
anterior en una de esas bacanales sangrientas de soldadesca y
mazorqueros. Al pasar por los baños de Zonda, bajo las armas de la
patria que en días más alegres había pintado en una sala, escribí con
carbón estas palabras:
_On ne tue point les idées._
El Gobierno, a quien se comunicó el hecho, mandó una comisión encargada
de descifrar el jeroglífico, que se decía contener desahogos innobles,
insultos y amenazas. Oída la traducción, «¡y bien!--dijeron--, ¿qué
significa esto?»...
Significaba simplemente que venía a Chile donde la libertad brillaba
aún, y que me proponía hacer proyectar los rayos de las luces de su
Prensa hasta el otro lado de los Andes. Los que conocen mi conducta en
Chile, saben si he cumplido aquella protesta.
IV
INTRODUCCIÓN A LA EDICIÓN DE 1845
«Je demande à l'historien l'amour
de l'humanité ou de la liberté; sa
justice impartiale ne doit être impassible.
Il faut au contraire, qu'il
souhaite, qu'il espérè, qu'il souffre,
ou soit heureux de ce qu'il raconte.»
VILLEMAIN, _Cours de Littérature._