He suprimido la introducción como inútil, y los dos capítulos últimos

como ociosos hoy, recordando una indicación de usted en 1846 en

Montevideo, en que me insinuaba que el libro estaba terminado en la

muerte de Quiroga[41].

Tengo una ambición literaria, mi caro amigo, y a satisfacerla consagro

muchas vigilias, investigaciones prolijas y estudios meditados. Facundo

murió corporalmente en Barranca-Yaco; pero su nombre en la Historia

podía escaparse y sobrevivir algunos años, sin castigo ejemplar como

era merecido. La justicia de la Historia ha caído ya sobre él, y el

reposo de su tumba guárdanlo la supresión de su nombre y el desprecio de

los pueblos. Sería agraviar a la Historia escribir la vida de Rosas, y

humillar a nuestra patria recordarla, después de rehabilitarla, las

degradaciones por que ha pasado. Pero hay otros pueblos y otros hombres

que no deben quedar sin humillación y sin ser aleccionados. ¡Oh! La

Francia, tan justamente erguida por su suficiencia en las ciencias

históricas, políticas y sociales; la Inglaterra, tan contemplativa de

sus intereses comerciales; aquellos políticos de todos los países,

aquellos escritores que se precian de entendidos, si un pobre narrador

americano se presentase ante ellos con un libro, para mostrarles, como

Dios muestra las cosas que llamamos evidentes, que se han prosternado

ante un fantasma, que han contemporizado con una sombra impotente, que

han acatado un montón de basura, llamando a la estupidez, energía; a la

ceguedad, talento; virtud, a la crápula, e intriga y diplomacia, a los

más groseros ardides; si pudiera hacerse esto, como es posible hacerlo,

con unción en las palabras, con intachable imparcialidad en la

jurisprudencia de los hechos, con exposición lucida y animada, con

elevación de sentimientos y con conocimiento profundo de los intereses

de los pueblos y presentimiento, fundado en deducción lógica, de los

bienes que sofocaron con sus errores y de los males que desarrollaron en

nuestro país e hicieron desbordar sobre otros... ¿no siente usted que el

que tal hiciera podría presentarse en Europa con su libro en la mano, y

decir a la Francia y a la Inglaterra, a la Monarquía y a la República, a

Palmerston y a Guizot, a Luis Felipe y a Luis Napoleón, al _Times_ y a

la _Presse_: ¡leed, miserables, y humillaos! ¡He ahí vuestro hombre!, y

hacer efectivo aquel _ecce homo_, tan mal señalado por los poderosos,

al desprecio y al asco de los pueblos?

La historia de la tiranía de Rosas es la más solemne, la más sublime y

la más triste página de la especie humana, tanto para los pueblos que de

ella han sido víctimas, como para las naciones, Gobiernos y políticos

europeos o americanos que han sido actores en el drama o testigos

interesados.

Los hechos están ahí consignados, clasificados, probados, documentados;

fáltales, empero, el hilo que ha de ligarlos en un solo hecho, el soplo

de vida que ha de hacerlos enderezarse todos a un tiempo a la vista del

espectador y convertirlos en cuadro vivo, con primeros planos palpables

y lontananzas necesarias; fáltales el colorido que dan al paisaje los

rayos del sol de la patria; fáltales la evidencia que trae la

estadística que cuenta las cifras, que impone silencio a los fraseadores

presuntuosos y hace enmudecer a los poderosos impudentes. Fáltame para

intentarlo interrogar el suelo y visitar los lugares de la escena, oír

las revelaciones de los cómplices, las deposiciones de las víctimas, los

recuerdos de los ancianos, las doloridas narraciones de las madres que

ven con el corazón; fáltame escuchar el eco confuso del pueblo, que ha

visto y no ha comprendido, que ha sido verdugo y víctima, testigo y

actor; falta la madurez del hecho cumplido y el paso de una época a

otra, el cambio de los destinos de la nación, para volver con fruto los

ojos hacia atrás, haciendo de la historia ejemplo y no venganza.

Imagínese usted, mi caro amigo, si codiciando para mí este tesoro

prestaré grande atención a los defectos e inexactitudes de la vida de

Juan Facundo Quiroga ni de nada de cuanto he abandonado a la publicidad.

Hay una justicia ejemplar que hacer y una gloria que adquirir como

escritor argentino; fustigar al mundo y humillar la soberbia de los

grandes de la tierra, llámense sabios o gobiernos. Si fuera rico fundara

un premio Montyon para aquél que lo consiguiera.

Envíole, pues, el _Facundo_ sin otras atenuaciones, y hágalo que

continúe la obra de rehabilitación de lo justo y de lo digno que tuvo en

mira al principio. Tenemos lo que Dios concede a los que sufren: años

por delante y esperanza; tengo yo un átomo de lo que a usted y a Rosas,

a la virtud y al crimen, concede a veces: perseverancia. Perseveremos,

amigo; muramos, usted ahí, yo acá; pero que ningún acto, ninguna palabra

nuestra revele que tenemos la conciencia de nuestra debilidad y de que

nos amenazan para hoy o para mañana tribulaciones y peligros.

Queda de usted su afectísimo amigo,

DOMINGO F. SARMIENTO.

Yungay, 7 de abril de 1851.

INDICE

Págs.

NOTICIA PRELIMINAR, por Ricardo Rojas 9

PARTE PRIMERA

CAPÍTULO I.--Aspecto físico de la República Argentina

y caracteres, hábitos e ideas que engendra 25

CAPÍTULO II.--Originalidad y caracteres argentinos.--El

rastreador.--El baqueano.--El gaucho malo.--El cantor 47

CAPÍTULO III.--Asociación.--La pulpería 66

CAPÍTULO IV.--Revolución de 1810 75

PARTE SEGUNDA

CAPÍTULO I.--Infancia y juventud de Juan Facundo Quiroga 93

CAPÍTULO II.--La Rioja.--El comandante de campaña 110

CAPÍTULO III.--Sociabilidad.--Córdoba.--Buenos Aires (1825) 129

CAPÍTULO IV.--Ensayos.--Acciones del Tala y del Rincón 149

CAPÍTULO V.--Guerra social.--La Tablada 168

CAPÍTULO VI.--Guerra social.--Oncativo 185

CAPÍTULO VII.--Guerra social.--Chacón 197

CAPÍTULO VIII.--Guerra social.--Ciudadela 222

CAPÍTULO IX.--Barranca-Yaco 238

PARTE TERCERA

CAPÍTULO I.--Gobierno unitario 265

CAPÍTULO II.--Presente y porvenir 299

APÉNDICE

INTRODUCCIÓN AL APÉNDICE 337

PARTE PRIMERA.--Documentos de Quiroga 339

PARTE SEGUNDA.--Documentos del autor sobre el «Facundo» 347

FOOTNOTES:

[1] El _Facundo_ ha sido traducido total, o casi totalmente, al francés,

por M. A. Giroud, alférez de la Armada francesa; al alemán, por Juan

Eduardo Wapoeus, profesor de la Universidad de Gotinga; al inglés, por

la señora de Horacio Mann, y al italiano, por el señor Fontana de

Philipps. Cuando Sarmiento fué a París en 1847, llevó este libro como

carta de introducción, y M. de Mazade escribió sobre él una entusiasta

reseña en la _Revue des deux Mondes_. Sobre este episodio, Sarmiento ha

contado pormenores hilarantes en sus _Viajes_. En el tomo XLVI de las

_Obras Completas_ hay un artículo especialmente dedicado al _Facundo_

por su autor.

[2] _Obras Completas_; tomo XLVI, pág. 320.

[3] La primera edición del _Facundo_ se publicó en 1845 (Chile); la

segunda en 1851; la tercera en New York en 1868, corregidas las pruebas

por el «hablista» habanero Mantilla; la cuarta el año 1874, por

Hachette, en París--al ascender Sarmiento a la Presidencia de la

República--. Esta es una de las ediciones más cuidadosas, lo mismo que

la de 1886, publicada por Belín Sarmiento en el tomo VII de las _Obras

Completas_. Yo no he visto la de 1868, pero Belín Sarmiento asegura que

nada ha variado en ella el texto de la anterior, de suerte que las

correcciones del «hablista» Mantilla--de quien habló Sarmiento--, fueron

sólo correcciones de imprenta. La de 1851, lo mismo que la primera,

seguían la ortografía reformada que el autor preconizara en Chile por

entonces; pero como no persistió en ella al volver a su país, me ha

parecido que en este caso debía seguir el texto de las _Obras

Completas_, que es el de la edición príncipe, con la única variante de

la ortografía, que Sarmiento aceptó en vida; pues las primeras ediciones

siguieron la ortografía chilena de entonces, de a cual Sarmiento fué

promotor.

[4] _Páginas literarias._ (_Obras_; tomo XLVI, pág. 322.)

[5] Idem, íd., íd.

[6] Se refiere a la época de 1845, cuando Sarmiento y Vicente Fidel

López fraternizaban en Chile como proscriptos argentinos, dados ambos a

la Prensa y a la enseñanza.

[7] _Páginas literarias._ (_Obras_; tomo XLVI, pág. 322.)

[8] _Obras Completas_; tomo VII, pág. 6.

[9] Idem, íd., íd., pág. 16.

[10] Sarmiento escribe aún desde el destierro, en 1851, o sea poco antes

de Caseros.

[11] _Obras Completas_; tomo VII, pág. 16.

[12] No siendo ésta una edición crítica, tampoco me he considerado en el

deber de glosar su texto. Debo tan sólo recordar que el doctor David

Peña es autor de un novedoso libro sobre el general don _Juan Facundo

Quiroga_ (edición Coni, Buenos Aires, 1906), en el cual se nos presenta

un Quiroga caucásico y urbano. Quizá este general vestido de levita, que

frecuentaba con don Braulio Costa y el general Mansilla las tertulias

aristocráticas de Buenos Aires, difiera tanto del modelo real como el

Tigre de los Llanos, sediento de sangre, que Sarmiento nos ha pintado.

Dada la compleja psicología del hombre superior--aunque éste sea un

genio del mal--, es posible también que Facundo haya tenido la extraña

complejidad de ambos tipos. No olvidemos, además, que Quiroga pudo ser

un hombre amable o ingenuo en la intimidad, y transfigurarse en el

desierto y la guerra. Mis dos abuelas me han referido la tradición del

terror que las montoneras de Facundo dejaron en Santiago y en Tucumán;

pero se me ocurre que una leyenda igualmente siniestra habrá de unirse

en ciertas familias belgas al nombre del general von der Goltz, militar

diplomático a quien veían sonreír gentilmente nuestras damas del

Centenario... Las inexactitudes o exageraciones del _Facundo_ han sido

señaladas también por Guerra en su _Biografía de Sarmiento_, sobre todo

en el capítulo VI.

[13] _Obras Completas_; tomo XLVI, pág. 84. La tumba de Quiroga a que

este pasaje se refiere, es, en efecto, uno de los más conmovedores y

bellos monumentos de la Recoleta más notable hoy que el fúnebre solar ha

sido colmado de una sórdida marmolería, costosa y vulgar, como sus

glorias burguesas...

[14] _Obras Completas_; tomo XLVI, pág. 293. Ese artículo se publicó en

_El Nacional_ del 7 de noviembre de 1878.

[15] En la edición de 1874 (París, Hachete, cuarta edición castellana),

el libro comprendía ya las tres biografías o _vidas_ de Quiroga, Aldao y

el Chacho, como aparece en el volumen VII de las _Obras Completas_. La

agregación de la _Vida del Chacho_ obedece a los mismos propósitos que

las dos anteriores; pero en ese caso, ya la doctrina asume todo un

carácter de alegato en un caso que le era demasiado personal. Nosotros

no damos aquí sino la _Vida de Facundo_, pues forma parte del paisaje

descripto y de la doctrina esquematizada en esos términos: «Civilización

y barbarie».

[16] _Obras completas_; tomo XLVI, pág. 321.

[17] Life of Napoleon Buonaparte; tomo II, cap. I.

[18] El año 1826, durante una residencia de un año en la Sierra de San

Luis, enseñé a leer a seis jóvenes de familias pudientes, el menor de

los cuales tenía veintidós años.

[19] El general Mansilla decía en la Sala, durante el bloqueo francés:

«¿y qué nos han de hacer esos europeos que no saben galoparse una

noche?»; y la inmensa barra plebeya ahogó la voz del orador con el

estrépito de los aplausos.

[20] ECHEVERRÍA, _La Cautiva_.

[21] DOMÍNGUEZ.

[22] No es fuera de propósito recordar aquí las semejanzas notables que

representan los argentinos con los árabes. En Argel, en Orán, en Máscara

y en los aduares del desierto vi siempre a los árabes reunidos en cafés,

por estarles completamente prohibido el uso de los licores, apiñados en

derredor del cantor, generalmente dos, que se acompañan de la vihuela a

dúo, recitando canciones nacionales plañideras como nuestros tristes. La

rienda de los árabes es tejida de cuero y con azotera como las nuestras;

el freno de que usamos es el freno árabe, y muchas de nuestras

costumbres revelan el contacto de nuestros padres con los moros de la

Andalucía. De las fisonomías no se hable: algunos árabes he conocido que

jurara haberlos visto en mi país. (_Nota de la edición de 1850._)

[23] El doctor don Manuel Ignacio Castro Barros, canónigo de la catedral

de Córdoba.

[24] Detalles sobre el sistema y organización de este establecimiento de

educación pública, se encuentran en _Educación Popular_, trabajo

especial consagrado a la materia y fruto del viaje a Europa y Estados

Unidos hecho por encargo del Gobierno de Chile.--_El Autor._--(Véase

tomo XII de las _Obras de Sarmiento_.)

[25] Después de escrito lo que precede, he recibido de persona fidedigna

la aseveración de haber el mismo Quiroga contado en Tucumán, ante

señoras que viven aún, la historia del incendio de la casa. Toda duda

desaparece ante deposiciones de este género. Más tarde he obtenido la

narración circunstanciada de un testigo presencial y compañero de

infancia de Facundo Quiroga, que le vió a éste dar a su padre una

bofetada y huirse; pero estos detalles contristan sin aleccionar, y es

deber impuesto por el decoro apartarlos de la vista.

[26] _Registro oficial de la provincia de San Juan:_

«A consecuencia de la presente ley, el gobierno de la provincia ha

estipulado con S. E. el señor general don Juan Facundo Quiroga los

artículos siguientes, conforme a su nota de 13 de septiembre de 1833:

»1.º Que abonará al Excmo. Gobierno de Buenos Aires la cantidad que ha

invertido en dichas haciendas.

»2.º Que suplirá cinco mil pesos a la provincia sin pensión de rédito,

para la urgencia en que se halla de abonar la tropa que tiene en

campaña, dando tres mil pesos al contado, y el resto del producto del

ganado, a cuyo pago quedará afecto exclusivamente al ramo de

degolladuras.

»3.º Que se le ha de permitir abastecer por si solo, dando al pueblo a

cinco reales la arroba de carne, que hoy se halla a seis de mala

calidad, y a tres al Estado, sin aumentar el precio corriente de la

gordura.

»4.º Que se le ha de dar libre el ramo de degolladura desde el 18 del

presente hasta el 10 de enero inclusive, y pastos de cuenta del Estado

al precio de dos reales al mes por cabeza, que abonará desde 1.º de

octubre próximo.--San Juan, septiembre 13 de 1833.--Ruiz.--_Vicente

Atienzo._»

[27] El señor Alberdi me suministra este dato tomado en su viaje a

Italia.

[28] Puede verse esta cinta en la botonadura de los domésticos de la

Legación Argentina. El enviado y los _atachés_ han tenido pudor de

ostentar el retrato.--(_Nota de la edición de 1845._)

[29] Estos sacerdotes fueron el cura Villafañe, de la provincia de

Tucumán, de setenta y seis años de edad.

Dos curas Frías, perseguidos, de Santiago del Estero, establecidos en la

campaña de Tucumán, el uno de sesenta y cuatro años y el otro de sesenta

y seis.

El canónigo Cabrera, de la catedral de Córdoba, de sesenta años. Los

cuatro fueron conducidos a Buenos Aires y degollados en Santos Lugares,

previas las profanaciones referidas.

[30] Tengo estos hechos de don Domingo de Oro, quien estaba por entonces

al lado de López, y servía de padrino a Rosas, muy desvalido para con

aquél en aquellos momentos.

[31] El éxito final no ha justificado tan halagüeñas esperanzas; la

industria de la seda languidece hoy en Mendoza, y desaparecerá por falta

de fomento.--(_Nota de la edición de 1851._)

[32] Frase vulgar tomada del modo de lavar de la plebe golpeando la

ropa; quiere decir que todavía faltan muchas dificultades que vencer.

[33] Pueblos de abajo, Buenos Aires, etc., de arriba, Tucumán, etc.

[34] Estancieros del sur de Buenos Aires me han aseverado después que la

expedición aseguró la frontera, alejando a los bárbaros indómitos y

sometiendo muchas tribus, que han formado una barrera que pone a

cubierto las estancias de las incursiones de aquéllos, y que, a merced

de estas ventajas obtenidas, la población ha podido extenderse hacia el

Sur. La geografía hizo también importantes conquistas, descubriendo

territorios desconocidos hasta entonces y aclarando muchas dudas. El

general Pacheco hizo un reconocimiento del río Negro, donde Rosas se

hizo adjudicar la isla de Choelechoel, y la división de Mendoza

descubrió todo el curso del río Salado hasta su desagüe en la laguna de

Yauquenes. Pero un Gobierno inteligente habría asegurado de esta vez

para siempre las fronteras del sur de Buenos Aires. El Río Colorado,

navegable desde poco más abajo de Cobu-Sebu, cuarenta leguas distante de

Concepción, donde lo atravesó don Luis de la Cruz, ofrece en todo su

curso, desde la cordillera de los Andes hasta el Atlántico, una frontera

a poca costa impasable para los indios. Por lo que hace a la provincia

de Buenos Aires, un fuerte establecido en la Laguna del Monte en que

desagua el arroyo Guamini, sostenido por otro a las inmediaciones de la

laguna de las Salinas hacia el Sur, otro en la sierra de la Ventana

hasta apoyarse en el Fuerte Argentino, en Bahía Blanca, habrían

permitido la población del espacio de territorio inmenso que media entre

este último punto y el Fuerte de la Independencia en la sierra del

Tandil, límite de la población de Buenos Aires al Sur. Para completar

este sistema de ocupación, requeríase, además, establecer colonias

agrícolas en Bahía Blanca y en la embocadura del río Colorado, de manera

que sirviesen de mercado para la exportación de los productos de los

países circunvecinos; pues careciendo de puertos toda la costa

intermediaria hasta Buenos Aires, los productos de las estancias más

avanzadas al Sur se pierden, no pudiendo transportarse las lanas, sebos,

cueros, astas, etc., sin perder su valor en los fletes.

La navegación y población de Río Colorado adentro traería, a más de los

productos que pueden hacer nacer, la ventaja de desalojar a los salvajes

poco numerosos que quedarían cortados hacia el Norte, haciéndolos buscar

el territorio al sur del Colorado.

Lejos de haberse asegurado de una manera permanente las fronteras, los

bárbaros han invadido desde la época de la expedición al Sur, y

despoblado toda la campaña de Córdoba y de San Luis; la primera hasta

San José del Morro, que está en la misma latitud que la ciudad. Ambas

provincias viven desde entonces en continua alarma, con tropas

constantemente sobre las armas, lo que, con el sistema de depredación de

los gobernantes, hace una plaga más ruinosa que las incursiones de los

salvajes. La cría de ganado está casi extinguida, y los estancieros

apresuran su extinción para librarse al fin de las exacciones de los

gobernantes por un lado, y de las depredaciones de los indios por otro.

Por un sistema de política inexplicable, Rosas prohibe a los Gobiernos

de la frontera emprender expedición alguna contra los indios, dejando

que invadan periódicamente el país y asolen más de doscientas leguas de

frontera. Esto es lo que Rosas no hizo como debía hacerlo en la tan

decantada expedición al Sur, cuyos resultados fueron efímeros, dejando

subsistente el mal, que ha tomado después mayor agravación que

antes.--(_Nota de la edición de 1851._)

[35] En la causa criminal seguida contra los cómplices en la muerte de

Quiroga, el reo Cabanillas declaró en un momento de efusión, de

rodillas, en presencia del doctor Maza--degollado por los agentes de

Rosas--, que él no se había propuesto sino salvar a Quiroga; que el 24

de diciembre había escrito a un amigo de éste, un francés, que le

hiciese decir a Quiroga que no pasase por el monte de San Pedro, donde

él estaba aguardándole con veinticinco hombres para asesinarlo por orden

de su Gobierno; que Toribio Junco--un gaucho de quien Santos Pérez

decía: «Hay otro más valiente que yo: es Toribio Junco»--había dicho al

mismo Cabanillas que, observando cierto desorden en la conducta de

Santos Pérez, empezó a acecharlo, hasta que un día lo encontró

arrodillado en la capilla de la Virgen de Tulumba, con los ojos

arrasados de lágrimas; que preguntándole la causa de su quebranto, le

dijo: «Estoy pidiéndole a la Virgen me ilumine sobre si debo matar a

Quiroga, según me lo ordenan; pues me presentan este acto como convenido

entre los gobernadores López de Santa Fe, y Rosas, de Buenos Aires,

único medio de salvar la República.--(_Nota de la edición de 1851._)

[36] Tuve estos detalles del malogrado doctor Piñero, muerto en 1846 en

Chile, pariente del doctor Ortiz, compañero de viaje de Quiroga desde

Buenos Aires hasta Córdoba. Es triste necesidad, sin duda, no poder

citar sino los muertos, en apoyo de la verdad.--(_Nota de la edición de

1851._)

[37] _Histoire de Venise_; tomo II, lib. VII, pág. 84.

[38] _Chronique du moyen âge._

[39] _Histoire de París_; tomo III, pág. 176.

[40] Es decir, corrigió las pruebas de la edición de 1868; pues al hacer

esta reimpresión y comparar esa edición con la de 1845, no hemos

encontrado otra diferencia que la que resulta de la mejor corrección de

pruebas.--_El Editor_ de las OBRAS COMPLETAS.

[41] Ambos capítulos los reproducimos en esta edición, así como lo

fueron en la de París de 1874 y en la edición de las OBRAS COMPLETAS.

Facundo · 第 24 / 24 段