Rivadavia, había reunido de todas las provincias, la que la Universidad,
el Seminario y los muchos establecimientos de educación que pululaban en
aquella ciudad que tuvo un día el candor de llamarse la _Atenas_
americana habían preparado para la vida pública, se encontraba sin foro,
sin Prensa, sin tribuna, sin esa vida pública, sin teatro, en fin, en
que ensayar las fuerzas de una inteligencia juvenil y llena de
actividad. Por otra parte, el contacto inmediato que con la Europa
habían establecido la revolución de la Independencia, el comercio y la
administración de Rivadavia tan eminentemente europea, había echado a la
juventud argentina en el estudio del movimiento político y literario de
la Europa y de la Francia sobre todo.
El romanticismo, el eclecticismo, el socialismo, todos aquellos diversos
sistemas de ideas tenían acalorados adeptos, y el estudio de las teorías
sociales se hacía a la sombra del despotismo más hostil a todo
desenvolvimiento de ideas. El doctor Alsina, dando lección en la
Universidad sobre legislación, después de explicar lo que era el
despotismo, añadía esta frase final: «En suma, señores: ¿quieren ustedes
tener una idea cabal de lo que es el despotismo? Ahí tienen ustedes el
Gobierno de don Juan Manuel Rosas con facultades extraordinarias.» Una
lluvia de aplausos siniestros y amenazadores ahogaba la voz del osado
catedrático.
Al fin esa juventud que se esconde con sus libros europeos a estudiar en
secreto, con su Sismondi, su Lherminier, su Tocqueville, sus revistas
_Británicas_, de _Ambos Mundos_, _Enciclopédica_, su Jouffroi, su
Cousin, su Guizot, etc., etc., se interroga, se agita, se comunica, y al
fin se asocia indeliberadamente, sin saber fijamente para qué, llevada
de una impulsión que cree puramente literaria, como si las letras
corrieran peligro de perderse en aquel mundo bárbaro, o como si la buena
doctrina perseguida en la superficie necesitase ir a esconderse en el
asilo subterráneo de las catacumbas para salir de allí compacta y
robustecida a luchar con el poder.
El Salón Literario de Buenos Aires fué la primera manifestación de este
espíritu nuevo. Algunas publicaciones periódicas, algunos opúsculos en
que las doctrinas europeas aparecían mal digeridas aún fueron sus
primeros ensayos. Hasta entonces nada de políticas, nada de partidos;
aún había muchos jóvenes que, preocupados con las doctrinas históricas
francesas, creyeron que Rosas, su Gobierno, su sistema original, su
reacción contra la Europa era una manifestación nacional americana, una
civilización, en fin, con sus caracteres y formas peculiares. No entraré
a apreciar ni la importancia real de estos estudios ni las fases
incompletas, presuntuosas y aun ridículas que presentaba aquel
movimiento literario; eran ensayos de fuerzas inexpertas y juveniles que
no merecerían recuerdo si no fuesen precursores de un movimiento más
fecundo en resultados. Del seno del Salón Literario se desprendió un
grupo de cabezas inteligentes que, asociándose secretamente, proponíase
formar un carbonarismo que debía echar en toda la República las bases de
una reacción civilizada contra el Gobierno bárbaro que había triunfado.
Tengo, por fortuna, el acta original de esta asociación a la vista, y
puedo con satisfacción contar los nombres que la suscribieron. Los que
los llevan están hoy diseminados por Europa y América, excepto algunos
que han pagado a la patria su tributo con una muerte gloriosa en los
campos de batalla.
Casi todos los que sobreviven son hoy literatos distinguidos, y si un
día los poderes intelectuales han de tener parte en la dirección de los
negocios de la República Argentina, muchos y muy completos instrumentos
hallará en esta escogida pléyade largamente preparada por el talento, el
estudio, los viajes, la desgracia y el espectáculo de los errores y
desaciertos que han presenciado o cometido ellos mismos.
«En nombre de Dios--dice el acta--, de la patria, de los héroes y
mártires de la Independencia Americana; en nombre de la sangre y de las
lágrimas inútilmente derramadas en nuestra guerra civil, todos y cada
uno de los miembros de la asociación de la joven generación argentina:
»Creyendo que todos los hombres son iguales;
»Que todos son libres, que todos son hermanos, iguales en derechos y
deberes;
»Libres en el ejercicio de sus facultades para el bien de todos;
»Hermanos para marchar a la conquista de aquel bien y al lleno de los
destinos humanos;
»Creyendo en el progreso de la humanidad; teniendo fe en el porvenir;
»Convencidos de que la unión constituye la fuerza;
»Que no puede existir fraternidad ni unión sin el vínculo de los
principios;
»Y deseando consagrar sus esfuerzos a la libertad y felicidad de su
patria y a la regeneración completa de la sociedad argentina,
»1.º Juran concurrir con su inteligencia, sus bienes y sus brazos a la
realización de los principios formulados en las _palabras simbólicas_
que forman las bases del pacto de la alianza;
»2.º Juran no desistir de la empresa sean cuales fueren los peligros que
amaguen a cada uno de los miembros sociales;
»3.º Juran sostenerlos a todo trance y usar de todos los medios que
tengan en sus manos para difundirlos y propagarlos, y
»4.º Juran fraternidad recíproca, unión estrecha y perpetuo silencio
sobre lo que pueda comprometer la existencia de la Asociación.»
Las _palabras simbólicas_, no obstante la obscuridad emblemática del
título, eran sólo el credo político que reconoce y confiesa el mundo
cristiano, con la sola agregación de la prescindencia de los asociados
de las ideas e intereses que antes habían dividido a unitarios y
federales, con quienes podían ahora armonizar, puesto que la común
desgracia los había unido en el destierro.
Mientras estos nuevos apóstoles de la República y de la civilización
europea se preparaban a poner a prueba sus juramentos, la persecución de
Rosas llegaba ya hasta ellos, jóvenes sin antecedentes políticos,
después de haber pasado por sus partidarios mismos, por los federales
_lomos negros_ y por los antiguos unitarios. Fueles preciso, pues,
salvar con sus vidas las doctrinas que tan sensatamente habían
formulado, y Montevideo vió venir, unos en pos de otros, centenares de
jóvenes que abandonaban su familia, sus estudios y sus negocios para ir
a buscar a la ribera oriental del Plata un punto de apoyo para
desplomar, si podían, aquel poder sombrío que se hacía un parapeto de
cadáveres y tenía de avanzada una horda de asesinos legalmente
constituída.
He necesitado entrar en estos pormenores para caracterizar un gran
movimiento que se operaba por entonces en Montevideo y que ha
escandalizado a la América dando a Rosas una poderosa arma moral para
robustecer su Gobierno y su principio _americano_. Hablo de la alianza
de los enemigos de Rosas con los franceses que bloqueaban a Buenos
Aires, que Rosas ha echado en cara eternamente como un baldón a los
unitarios. Pero en honor de la verdad histórica y de la justicia, debo
declarar, ya que la ocasión se presenta, que los verdaderos unitarios,
los hombres que figuraron hasta 1829, no son responsables de aquella
alianza; los que cometieron aquel delito de leso americanismo; los que
se echaron en brazos de la Francia para salvar la civilización europea,
sus instituciones, hábitos e ideas en las orillas del Plata, fueron los
jóvenes; en una palabra: ¡fuimos _nosotros_! Sé muy bien que en los
estados americanos halla eco Rosas, aun entre hombres liberales y
eminentemente civilizados, sobre este delicado punto, y que para muchos
es todavía un error afrentoso el haberse asociado los argentinos a los
_extranjeros_ para derrocar a un tirano. Pero cada uno debe reposar en
sus convicciones, y no descender a justificarse de lo que cree
firmemente y sostiene de palabra y obra. Así, pues, diré en despecho de
quienquiera que sea, que la gloria de haber comprendido que había
alianza íntima entre los enemigos de Rosas y los poderes civilizados de
Europa, nos perteneció toda entera a nosotros.
Los unitarios más eminentes, como los americanos, como Rosas y sus
satélites, estaban demasiado preocupados de esa idea de la nacionalidad,
que es patrimonio del hombre desde la tribu salvaje y que le hace mirar
con horror al extranjero.
En los pueblos castellanos este sentimiento ha ido hasta convertirse en
una pasión brutal capaz de los mayores y más culpables excesos, capaz
del suicidio. La juventud de Buenos Aires llevaba consigo esta idea
fecunda de la fraternidad de intereses con la Francia y la Inglaterra;
llevaba el amor a los pueblos europeos asociado al amor a la
civilización, a las instituciones y a las letras que la Europa nos había
legado, y que Rosas destruía en nombre de América, sustituyendo otro
vestido al vestido europeo, otras leyes a las leyes europeas, otro
gobierno al gobierno europeo.
Esta juventud, impregnada de las ideas civilizadoras de la literatura
europea, iba a buscar en los europeos enemigos de Rosas sus antecesores,
sus padres, sus modelos; el apoyo contra la América tal como la
presentaba Rosas: bárbara como el Asia, despótica y sanguinaria como la
Turquía, persiguiendo y despreciando la inteligencia como el
mahometismo.
Si los resultados no han correspondido a sus expectaciones, suya no fué
la culpa, ni los que les afean aquella alianza pueden tampoco
vanagloriarse de haber acertado mejor; pues si los franceses pactaron al
fin con el tirano, no por eso intentaron nada contra la independencia
argentina, y si por un momento ocuparon la isla de Martín García,
llamaron luego un jefe argentino que se hiciese cargo de ella. Los
argentinos, antes de asociarse a los franceses habían exigido
declaraciones públicas de parte de los bloqueadores de respetar el
territorio argentino, y las habían obtenido solemnes.
En tanto, la idea que tanto combatieron los unitarios al principio, y
que llamaban una traición a la patria, se generalizó y los dominó y
sometió a ellos mismos, y cunde hoy por toda la América y se arraiga en
los ánimos.
En Montevideo, pues, se asociaron la Francia y la República Argentina
europea para derrocar el monstruo del _americanismo_ hijo de la Pampa;
desgraciadamente, dos años se perdieron en debates, y cuando la alianza
se firmó, la cuestión de Oriente requirió las fuerzas navales de
Francia, y los aliados argentinos quedaron solos en la brecha. Por otra
parte, las preocupaciones unitarias estorbaron que se adoptasen los
verdaderos medios militares y revolucionarios para obrar contra el
tirano, yendo a estrellarse los esfuerzos intentados contra los
elementos que se habían dejado formarse más poderosos.
M. Martigny, uno de los pocos franceses que habiendo vivido largo tiempo
entre los americanos, sabía comprender sus intereses y los de Francia en
América, francés de corazón que deploraba todos los días los extravíos,
preocupaciones y errores de esos mismos argentinos a quienes quería
salvar, decía de los antiguos unitarios: «son los emigrados franceses de
1789; no han olvidado nada ni aprendido nada». Y efectivamente: vencidos
en 1829 por la _montonera_, creían que todavía la montonera era un
elemento de guerra, y no querían formar ejército de línea; dominados
entonces por las campañas pastoras, creían ahora inútil apoderarse de
Buenos Aires; con preocupaciones invencibles contra los _gauchos_, los
miraban aún como sus enemigos naturales, parodiando, sin embargo, su
táctica guerrera, sus hordas de caballería y hasta su traje en los
ejércitos.
Una revolución radical, empero, se había estado operando en la
República, y el haberla comprendido a tiempo habría bastado para
salvarla. Rosas, elevado por la campaña y apenas asegurado del Gobierno,
se había consagrado a quitarle todo su poder. Por el veneno, por la
traición, por el cuchillo, había dado muerte a todos los comandantes de
campaña que habían ayudado a su elevación, y sustituído en su lugar
hombres sin capacidad, sin reputación, armados, sin embargo, del poder
de matar sin responsabilidad.
Las atrocidades de que era teatro sangriento Buenos Aires habían, por
otra parte, hecho huir a la campaña a una inmensa multitud de
ciudadanos, que, mezclándose con los gauchos, iban obrando lentamente
una fusión radical entre los hombres del campo y los de la ciudad; la
común desgracia los reunía; unos y otros execraban aquel monstruo
sediento de sangre y de crímenes, ligándolos para siempre en un voto
común. La campaña, pues, había dejado de pertenecer a Rosas, y su poder,
faltándole aquella base y la de la opinión pública, había ido a apoyarse
en una horda de asesinos disciplinados y en un ejército de línea. Rosas,
más perspicaz que los unitarios, se había apoderado del arma que ellos
gratuitamente abandonaban: la infantería y el cañón. Desde 1835
disciplinaba rigurosamente sus soldados, y cada día se desmontaba un
escuadrón para engrosar los batallones.
No por eso Rosas contaba con el espíritu de sus tropas, como no contaba
con la campaña ni con los ciudadanos. Las conspiraciones cruzaban
diariamente sus hilos que venían de diversos focos, y la unanimidad del
designio hacía por la exuberancia misma de los medios, casi imposible
llevar nada a cabo. Ultimamente, la mayor parte de sus jefes y todos los
cuerpos de línea estaban complicados en una conjuración que encabezaba
el joven coronel Maza, quien, teniendo en sus manos la suerte de Rosas
durante cuatro meses, perdía un tiempo precioso en comunicarse con
Montevideo y revelar sus planes.
Al fin sucedió lo que debía de suceder: la conspiración fué descubierta,
y Maza murió llevándose consigo el secreto de la complicidad de la mayor
parte de los jefes que continúan hoy al servicio de Rosas. Más tarde, no
obstante este contraste, estalló la sublevación en masa de la campaña,
encabezada por el coronel Cramer, Castelli y centenares de hacendados
pacíficos. Pero aun esta revolución tuvo mal éxito, y setecientos
gauchos pasaron por la angustia de abandonar su pampa y su parejero y
embarcarse para ir a continuar en otra parte la guerra. Todos estos
inmensos elementos estaban en poder de los unitarios, pero sus
preocupaciones no les dejaban aprovecharlos; pedían ante todo que
aquellas fuerzas nuevas, actuales, se subordinasen a nombres antiguos y
pasados.
No concebían la revolución sino bajo las órdenes de Soler, Alvear,
Lavalle u otro de reputación, de gloria clásica; y mientras tanto,
sucedía en Buenos Aires lo que en Francia había sucedido en 1830, a
saber: que todos los generales querían la revolución, pero les faltaba
corazón y entrañas; estaban gastados, como esos centenares de generales
franceses que en los días de julio cosecharon los resultados del valor
del pueblo, a quien no quisieron prestar su espada para triunfar.
Faltáronnos los jóvenes de la Escuela Politécnica para que encabezasen a
una ciudad que sólo pedía una voz de mando para salir a las calles y
desbaratar la mazorca y desalojar al caníbal. La mazorca, malogradas
estas tentativas, se encargó de la fácil tarea de inundar las calles de
sangre y de helar el ánimo de los que sobrevivían a fuerza de crímenes.
El Gobierno francés, al fin, mandó a M. Mackau a terminar a _todo
trance_ el bloqueo, y con los conocimientos de M. Mackau sobre las
cuestiones americanas, se firmó un tratado que dejaba a merced de Rosas
el ejército de Lavalle, que llegaba en aquellos momentos mismos a las
goteras de Buenos Aires y malograba para la Francia las simpatías
profundas de los argentinos por ella y la de los franceses por los
argentinos; porque la fraternidad galo-argentina estaba cimentada en una
afección profunda de pueblo a pueblo, y en tal comunidad de intereses e
ideas, que aun hoy, después de los desbarros de la política francesa,
no ha podido en tres años despegar de las murallas de Montevideo a los
heroicos extranjeros que se han aferrado a ellas como al último
atrincheramiento que a la civilización europea queda en las márgenes del
Plata. Quizá esta ceguedad del Ministerio ha sido útil a la República
Argentina; era preciso que desencantamiento semejante nos hubiese hecho
conocer la Francia poder, la Francia gobierno, muy distinta de esa
Francia ideal y bella, generosa y cosmopolita, que tanta sangre ha
derramado por la libertad, y que sus libros, sus filósofos, sus revistas
nos hacían amar desde 1810.
La política que al Gobierno francés trazan todos sus publicistas,
Considerant, Damiront y otros, simpática por el progreso, la libertad y
la civilización, podría haberse puesto en ejercicio en el Río de la
Plata, sin que por eso bambolease el trono de Luis Felipe, que han
creído acuñar con la esclavitud de la Italia, de la Polonia y de la
Bélgica; y la Francia habría cosechado en influencias y simpatías lo que
no le dió su pobre tratado Mackau, que afianzaba un poder hostil por
naturaleza a los intereses europeos, que no pueden medrar en América
sino bajo la sombra de instituciones civilizadoras y libres. Digo lo
mismo con respecto a la Inglaterra, cuya política en el Río de la Plata
haría sospechar que tiene el secreto designio de dejar debilitarse, bajo
el despotismo de Rosas, aquel espíritu que la rechazó en 1807, para
volver a probar fortuna cuando una guerra europea u otro gran movimiento
deja la tierra abandonada al pillaje, y añadir esta posesión a las
concesiones necesarias para firmar un tratado, como el definitivo de
Viena, en que se hizo conceder Malta, El Cabo y otros territorios
adquiridos por un golpe de mano. Porque, ¿cómo sería posible concebir de
otro modo, si la ignorancia en que viven en Europa de la situación de
América no lo disculpase; cómo sería posible concebir, digo, que la
Inglaterra, tan solícita en formarse mercados para sus manufacturas,
haya estado durante veinte años viendo tranquilamente, si no coadyuvando
en secreto a la aniquilación de todo principio civilizador en las
orillas del Plata y dando la mano para que se levante cada vez que le ha
visto bambolearse al tiranuelo ignorante que ha puesto una barra al río
para que la Europa no pueda penetrar hasta el corazón de la América a
sacar las riquezas que encierra y que nuestra inhabilidad desperdicia?
¿Cómo tolerar al enemigo implacable de los _extranjeros_ que, con su
inmigración a la sombra de un Gobierno simpático a los europeos y
protector de la seguridad individual, habrían poblado en estos últimos
veinte años las costas de nuestros inmensos ríos y realizado los mismos
prodigios que en menos tiempo se han consumado en las riberas del
Mississipí? ¿Quiere la Inglaterra consumidores, cualquiera que el
Gobierno de un país sea? Pero, ¿qué han de consumir 600.000 gauchos,
pobres, sin industria, como sin necesidades, bajo un Gobierno que,
extinguiendo las costumbres y gustos europeos, disminuye necesariamente
el consumo de productos europeos? ¿Habremos de creer que la Inglaterra
desconoce hasta este punto sus intereses en América? ¿Ha querido poner
su mano poderosa para que no se levante en el sur de la América un
Estado como el que ella engendró en el norte? ¡Qué ilusión! Ese Estado
se levantará en despecho suyo, aunque sieguen sus retoños cada año,
porque la grandeza del Estado está en la pampa pastora, en las
producciones tropicales del Norte y en el gran sistema de ríos
navegables cuya aorta es el Plata. Por otra parte, los españoles no
somos ni navegantes ni industriosos, y la Europa nos proveerá por
largos siglos de sus artefactos, en cambio de nuestras materias
primeras; y ella y nosotros ganaremos en el cambio; la Europa nos pondrá
el remo en la mano y nos remolcará río arriba, hasta que hayamos
adquirido el gusto de la navegación.
Se ha repetido de orden de Rosas en todas las Prensas europeas que él es
el único capaz de gobernar en los pueblos semibárbaros de la América. No
es tanto de la América tan ultrajada que me lastimo, sino de las pobres
manos que se han dejado guiar para estampar esas palabras. Es muy
curioso que sólo sea capaz de gobernar aquél que no ha podido obtener un
día de reposo, y que después de haber destrozado, envilecido y
ensangrentado su patria, se encuentra que, cuando creía cosechar el
triunfo de tantos crímenes, está enredado con tres Estados americanos:
con el Uruguay, el Paraguay y el Brasil, y que aun le quedan a su
retaguardia Chile y Bolivia, con quienes tiene todas las exterioridades
del estado de guerra; porque por más precauciones que el Gobierno de
Chile tome para no malquistarse con el monstruo, la malquerencia está en
el modo de ser íntimo de ambos pueblos, en las instituciones que los
rigen y las tendencias diversas de su política. Para saber lo que Rosas
pretenderá de Chile, basta tomar la Constitución del Estado; pues bien:
ahí está la guerra; entregadle la Constitución, ya sea directa o
indirectamente, y la paz vendrá en pos, esto es, estaréis conquistados
para el Gobierno _americano_.
La Europa, que ha estado diez años alejándose del contacto con la
República Argentina, se ve llamada hoy por el Brasil para que lo proteja
contra el malestar que le hace sufrir la proximidad de Rosas. ¿No
acudirá a este llamado? Acudirá más tarde, no haya miedo; acudirá cuando
la República misma salga del aturdimiento en que la han dejado los
millares de asesinatos con que la han amedrentado, porque los asesinatos
no constituyen un Estado; acudirá cuando el Uruguay y el Paraguay pidan
que se haga respetar el tratado hecho entre el león y el cordero;
acudirá cuando la mitad de la América del Sur se halle trastornada por
el desquiciamiento que trae la subversión de todo principio de moral y
de justicia.
La República Argentina está organizada hoy en una máquina de guerra, que
no puede dejar de obrar sin anular el poder que ha absorbido todos los
intereses sociales. Concluída en el interior la guerra, ha salido ya al
exterior; el Uruguay no sospechaba ahora diez años que él tuviese que
habérselas con Rosas; el Paraguay no se lo imaginaba ahora cinco; el
Brasil no lo temía ahora dos; Chile no lo sospechaba todavía; Bolivia lo
miraría como ridículo; pero ello vendrá por la naturaleza de las cosas,
porque esto no depende de la voluntad de los pueblos ni de los
Gobiernos, sino de las condiciones inherentes a toda faz social. Los que
esperan que el mismo hombre ha de ser primero el azote de su pueblo y el
reparador de sus males después, el destructor de las instituciones que
traen la sanción de la humanidad civilizada y el organizador de la
sociedad, conocen muy poco la Historia. Dios no procede así: un hombre,
una época para cada faz, para cada revolución, para cada progreso.
No es mi ánimo trazar la historia de este reinado del terror, que dura
desde 1832 hasta 1845, circunstancia que lo hace único en la historia
del mundo. El detalle de todos sus espantosos excesos no entra en el
plan de mi trabajo. La historia de las desgracias humanas y de los
extravíos a que puede entregarse un hombre cuando goza del poder sin
freno, se engrosará en Buenos Aires de horribles y raros datos. Sólo he
querido pintar el origen de este Gobierno y ligarlo a los antecedentes,
caracteres, hábitos y accidentes nacionales que ya desde 1810 venían
pugnando por abrirse paso y apoderarse de la sociedad. He querido,
además, mostrar los resultados que ha traído y las consecuencias de
aquella espantosa subversión de todos los principios en que reposan las
sociedades humanas.
Hay un vacío en el Gobierno de Rosas que por ahora no me es dado sondar,
pero que el vértigo que ha enloquecido a la sociedad ha ocultado hasta
aquí. Rosas no _administra_; no gobierna en el sentido oficial de la
palabra. Encerrado meses en su casa, sin dejarse ver de nadie, él solo
dirige la guerra, las intrigas, el espionaje, la mazorca, todos los
diversos resortes de su tenebrosa política; todo lo que no es útil para
la guerra, todo lo que no perjudica a sus enemigos, no forma parte del
Gobierno, no entra en la administración.
Pero no se vaya a creer que Rosas no ha conseguido hacer progresar la
República que despedaza, no; es un grande y poderoso instrumento de la
Providencia, que realiza todo lo que al porvenir de la patria interesa.
Ved cómo. Existía antes de él y de Quiroga el espíritu federal en las
provincias, en las ciudades, en los federales y en los unitarios mismos;
él lo extingue, y organiza en provecho suyo el sistema unitario que
Rivadavia quería en provecho de todos. Hoy todos esos caudillejos del
interior, degradados, envilecidos, tiemblan de desagradarlo y no
respiran sin su consentimiento. La idea de los unitarios está realizada;
sólo está de más el tirano; el día que un buen Gobierno se establezca,
hallará las resistencias locales vencidas y todo dispuesto para la
_unión_.