todos dicen federación, claro está que hay unidad. Rosas se llama
encargado de las Relaciones Exteriores de la República, y sólo cuando la
fusión está consumada y ha pasado a tradición, a los diez años después,
don Baldomero García en Chile cambia aquel título por el de Director
Supremo de los asuntos de la República.
He aquí, pues, la República unitarizada, sometida toda ella al arbitrio
de Rosas; la antigua cuestión de los partidos de ciudad desnaturalizada;
cambiado el sentido de las palabras, e introducido el régimen de la
estancia de ganados en la administración de la República más guerrera,
más entusiasta por la libertad y que más sacrificios hizo para
conseguirla.
La muerte de López le entregaba a Santa Fe, la de los Reinafé a Córdoba,
la de Facundo a las ocho provincias de la falda de los Andes. Para tomar
posesión de todas ellas, bastáronle algunos obsequios personales,
algunas cartas amistosas y algunas erogaciones del erario. Los
auxiliares acantonados en San Luis recibieron un magnífico vestuario, y
sus sueldos empezaron a pagarse de las cajas de Buenos Aires.
El padre Aldao, a más de una suma de dinero, empezó a recibir su sueldo
de general de mano de Rosas, y el general Heredia, de Tucumán, que; con
motivo de la muerte de Quiroga, escribía a un amigo suyo: «¡Ay, amigo!
¡No sabe lo que ha perdido la República con la muerte de Quiroga! ¡Qué
porvenir, qué pensamiento tan grande de hombre! Quería constituir la
República y llamar a todos los emigrados para que contribuyesen con sus
luces y saber a esta grande obra»; el general Heredia recibió un
armamento y dinero para preparar la guerra contra el _impío unitario_
Santa Cruz, y se olvidó bien pronto del cuadro grandioso que Facundo
había desenvuelto a su vista en las conferencias que con él tuvo antes
de su muerte.
Una medida administrativa que influía sobre toda la nación vino a servir
de ensayo y manifestación de esta fusión unitaria y dependencia absoluta
de Rosas. Rivadavia había establecido correos que de ocho en ocho días
llevaban y traían la correspondencia de las provincias a Buenos Aires, y
uno mensual a Chile y otro a Bolivia, que daban el nombre a las dos
líneas generales de comunicación establecidas en la República. Los
Gobiernos civilizados del mundo ponen hoy toda solicitud en aumentar a
costa de gastos inmensos los correos no sólo de ciudad a ciudad, día por
día y hora por hora, sino en el seno mismo de las grandes ciudades,
estableciendo estafetas de barrio, y entre todos los puntos de la tierra
por medio de las líneas de vapores que atraviesan el Atlántico o costean
el Mediterráneo, porque la riqueza de los pueblos, la seguridad de las
especulaciones de comercio, todo depende de la facilidad de adquirir
noticias.
En Chile vemos todos los días, o los reclamos de los pueblos para que se
aumenten los correos, o bien la solicitud del Gobierno para
multiplicarlos por mar o por tierra. En medio de este movimiento general
del mundo para acelerar las comunicaciones de los pueblos, don Juan
Manuel Rosas, para mejor gobernar sus provincias, suprime los correos,
que no existen en toda la República hace catorce años. En su lugar
establece chasques de gobierno, que despacha él cuando hay una orden o
una noticia que comunicar a sus subalternos.
Esta medida horrible y ruinosa ha producido, sin embargo, para su
sistema, las consecuencias más útiles. La expectación, la duda, la
incertidumbre, se mantienen en el interior; los gobernadores mismos se
pasan tres o cuatro meses sin recibir un despacho, sin saber sino de
oídas lo que en Buenos Aires ocurre. Cuando un conflicto ha pasado,
cuando una ventaja se ha obtenido, entonces parten los chasques al
interior conduciendo cargas de _Gacetas_, partes y boletines, con una
carta al amigo, al compañero y gobernador, anunciándole que los
_salvajes unitarios_ han sido derrotados, que la Divina Providencia vela
por la conservación de la República.
Ha sucedido en 1843, que en Buenos Aires las harinas tenían un precio
exorbitante y las provincias del interior lo ignoraban; algunos que
tuvieron noticias privadas de sus corresponsales, mandaron cargamentos
que les dejaron pingües utilidades. Entonces las provincias de San Juan
y Mendoza, en masa, se movieron a especular sobre las harinas. Millares
de cargas atraviesan la Pampa, llegan a Buenos Aires, y encuentran...
que hacía dos meses que habían bajado de precio, hasta no costear ni los
fletes. Más tarde se corre en San Juan que las harinas han tomado valor
en Buenos Aires; los cosecheros suben el precio; suben las propuestas;
se compra el trigo por cantidades exorbitantes; se acumula en varias
manos, hasta que al fin una árrea que llega descubre que no ha habido
alteración ninguna en la plaza, que ella deja su carga de harina porque
no hay ni compradores. ¡Imagináos, si podéis, pueblos colocados a
inmensas distancias, ser gobernados de este modo!
Todavía en estos últimos años las consecuencias de sus tropelías le han
servido para consumar su obra unitaria. El Gobierno de Chile,
despreciado en sus reclamaciones sobre males inferidos a sus súbditos,
creyó oportuno cortar las relaciones comerciales con las provincias de
Cuyo. Rosas aplaudió la medida y se calló la boca. Chile le
proporcionaba lo que él no se había atrevido a intentar, que era cerrar
todas las vías de comercio que no dependiesen de Buenos Aires. Mendoza y
San Juan, La Rioja y Tucumán, que proveían de ganados, harina, jabón y
otros ramos valiosos a las provincias del norte de Chile, han abandonado
este tráfico. Un enviado ha venido a Chile, que esperó seis meses en
Mendoza, hasta que se cerrase la cordillera, y que hasta aquí hace tres
que no ha hablado una palabra de abrir el comercio.
Organizada la República bajo un plan de combinaciones tan fecundas en
resultados, contrájose Rosas a la organización de su poder en Buenos
Aires, echándole bases duraderas. La campaña lo había empujado sobre la
ciudad; pero abandonando él la estancia por el Fuerte, necesitando
moralizar esa misma campaña como propietario y borrar el camino por
donde otros comandantes de campaña podían seguir sus huellas, se
consagró a levantar un ejército, que se engrosaba de día en día, y que
debía servir a contener la República en la obediencia y a llevar el
estandarte de la santa causa a todos los pueblos vecinos.
No era sólo el ejército la fuerza que había sustituído a la adhesión de
la campaña y a la opinión pública de la _ciudad_. Dos pueblos distintos
de razas diversas vinieron en su apoyo. Existe en Buenos Aires una
multitud de negros, de los millares quitados por los corsarios durante
la guerra del Brasil. Forman asociaciones según los pueblos africanos a
que pertenecen, tienen reuniones públicas, caja municipal, y un fuerte
espíritu de cuerpo que los sostiene en medio de los blancos.
Los africanos son conocidos por todos los viajeros como una raza
guerrera, llena de imaginación y de fuego, y aunque feroces cuando están
excitados, dóciles, fieles y adictos al amo o a los que los ocupa. Los
europeos que penetran en el interior del Africa toman negros a su
servicio, que los defiende de los otros negros, y se exponen por ellos a
los mayores peligros.
Rosas se formó una opinión pública, un pueblo adicto en la población
negra de Buenos Aires, y confió a su hija doña Manuelita esta parte de
su gobierno. La influencia de las negras para con ella, su favor para
con el Gobierno, han sido siempre sin límites. Un joven sanjuanino
estaba en Buenos Aires cuando Lavalle se acercaba en 1840; había pena de
la vida para el que saliese del recinto de la ciudad. Una negra vieja
que en otro tiempo había pertenecido a su familia y había sido vendida
en Buenos Aires, lo reconoce; sabe que está detenido: «Amito--le dice--,
¿cómo no me había avisado? En el momento voy a conseguirle
pasaporte.--¿Tú?--Yo, amito; la señorita Manuelita no me lo negará.» Un
cuarto de hora después la negra volvía con el pasaporte firmado por
Rosas, con orden a las partidas de dejarlo salir libremente.
Los negros ganados así para el Gobierno ponían en manos de Rosas un
celoso espionaje en el seno de cada familia, por los sirvientes y
esclavos, proporcionándole, además, excelentes e incorruptibles soldados
de otro idioma y de una raza salvaje. Cuando Lavalle se acercó a Buenos
Aires, el Fuerte y Santos Lugares estaban llenos, a falta de soldados,
de negras entusiastas vestidas de hombre para engrosar las fuerzas. La
adhesión de los negros dió al poder de Rosas una base indestructible.
Felizmente, las continuas guerras han exterminado ya la parte masculina
de esta población, que encontraba su patria y su manera de gobernar en
el amo a quien servía. Para intimar la campaña, atrajo a los fuertes del
Sur algunas tribus salvajes, cuyos caciques estaban a sus órdenes.
Asegurados estos puntos principales, el tiempo irá consolidando la obra
de organización unitaria que el crimen había iniciado, y sostenían la
decepción y la astucia. La República así reconstruída, sofocado el
federalismo de las provincias, y por persuasión, conveniencia o temor,
obedeciendo todos sus gobiernos a la impulsión que se les da desde
Buenos Aires, Rosas necesita salir de los límites de su Estado para
ostentar afuera, para exhibir a la luz pública la obra de su ingenio.
¿De qué le ha servido absorberse las provincias si al fin había de
permanecer, como el doctor Francia, sin brillo en el exterior, sin
contacto ni influencia sobre los pueblos vecinos? La fuerte unidad dada
a la República sólo es la base firme que necesita para lanzarse y
producirse en un teatro más elevado, porque Rosas tiene conciencia de su
valer y espera una nombradía imperecedera.
Invitado por el Gobierno de Chile, toma parte en la guerra que este
Estado hace a Santa Cruz. ¿Qué motivos le hacen abrazar con tanto ardor
una guerra lejana y sin antecedentes para él? Una idea fija que lo
domina desde mucho antes de ejercer el Gobierno supremo de la República,
a saber: la reconstrucción del antiguo virreinato de Buenos Aires.
No es que por entonces conciba apoderarse de Bolivia, sino que, habiendo
cuestiones pendientes sobre límites, reclama la provincia de Tarija; lo
demás lo darán el tiempo y las circunstancias. A la otra orilla del
Plata también hay una desmembración del virreinato: la República
Oriental. Allí Rosas halla medios de establecer su influencia con el
gobierno de Oribe, y si no obtiene que no lo ataque la Prensa, consigue
al menos que el pacífico Rivadavia, los Agüero, Varelas y otros
unitarios de nota sean expulsados del territorio oriental.
Desde entonces la influencia de Rosas se encarna más y más en aquella
República, hasta que al fin el ex presidente Oribe se constituye en
general de Rosas, y los emigrados argentinos se confunden con los
nacionales en la resistencia que oponen a esta conquista disfrazada con
nombres especiosos. Más tarde, y cuando el doctor Francia muere, Rosas
se niega a reconocer la independencia del Paraguay, siempre preocupado
de su idea favorita: la reconstrucción del antiguo virreinato.
Pero todas estas manifestaciones de la Confederación Argentina no bastan
a mostrarlo en toda su luz; necesítase un campo más vasto, antagonistas
más poderosos, cuestiones de más brillo, una potencia europea, en fin,
con quien habérselas y mostrarle lo que es un Gobierno americano
original, y la fortuna no se esquiva esta vez para ofrecérsela.
La Francia mantenía en Buenos Aires, en calidad de agente consular, un
joven de corazón y capaz de simpatías ardientes por la civilización y la
libertad. M. Roger está relacionado con la juventud literata de Buenos
Aires, y mira, con la indignación de un corazón joven y francés, los
actos de inmoralidad, la subversión de todo principio de justicia y la
esclavitud de un pueblo que estima altamente. Yo no quiero entrar en la
apreciación de los motivos ostensibles que motivaron el bloqueo de
Francia, sino en las causas que venían preparando una coalición entre
Rosas y los agentes de los Poderes europeos. Los franceses, sobre todo,
se habían distinguido ya desde 1828 por su decisión entusiasta por la
causa que sostenían los antiguos unitarios. M. Guizot ha dicho en pleno
Parlamento que sus conciudadanos son muy entrometidos; yo no pondré en
duda autoridad tan competente; lo único que aseguraré es que, entre
nosotros, los franceses residentes se mostraron siempre franceses,
europeos y hombres de corazón; si después en Montevideo se han mostrado
lo que en 1828, eso probará que en todos tiempos son entrometidos, o
bien, que hay algo en las cuestiones políticas del Plata que les toca
muy de cerca.
Sin embargo, yo no comprendo cómo concibe M. Guizot que en un país
cristiano, en que los franceses residentes tienen sus hijos y su
fortuna, y esperan hacer de él su patria definitiva, han de mirar con
indiferencia el que se levante y afiance un sistema de gobierno que
destruye todas las garantías de las sociedades civilizadas, y abjura
todas las tradiciones, doctrinas y principios que ligan aquel país a la
gran familia europea.
Si la escena fuese en Turquía o en Persia, comprendo muy bien que serían
entrometidos por demás los extranjeros que se mezclasen en las querellas
de los habitantes; entre nosotros, y cuando las cuestiones son de la
clase de las que allí se ventilan, hallo muy difícil creer que el mismo
M. Guizot conservase cachaza suficiente para no desear siquiera el
triunfo de aquella causa que más de acuerdo está con su educación,
hábitos e ideas europeas. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que los
europeos, de cualquier nación que sean, han abrazado con calor un
partido, y para que esto suceda, causas sociales muy profundas deben
militar para vencer el egoísmo natural al hombre extranjero; más
indiferentes se han mostrado siempre los americanos mismos.
La _Gaceta_ de Rosas se queja hasta hoy de la hostilidad puramente
personal de Purvis y otros agentes europeos que favorecen a los enemigos
de Rosas aun contra las órdenes expresas de sus Gobiernos. Estas
antipatías personales de europeos civilizados, más que la muerte de
Bacle, prepararon el bloqueo. El joven Roger quiso poner el peso de la
Francia en la balanza en que no alcanzaba a pesar bastante el partido
europeo civilizado que destruía Rosas, y M. Martigny, tan apasionado
como él, lo secundó en aquella obra más digna de esa Francia ideal que
nos ha hecho amar la literatura francesa, que de la verdadera Francia,
que anda arrastrándose hoy día tras de todas las cuestiones de hechos
mezquinos y sin elevación de miras.
Una desavenencia con la Francia era para Rosas el bello ideal de su
Gobierno, y no sería dado saber quién agriaba más la discusión, si M.
Roger con sus reclamos, su deseo de hacer caer aquel tirano bárbaro, o
Rosas, animado de su ojeriza contra los extranjeros y sus instituciones,
trajes, costumbres e ideas de gobierno. «Este bloqueo--decía Rosas
frotándose las manos de contento y entusiasmo--va a llevar mi nombre por
todo el mundo, y la América me mirará como el defensor de su
independencia.» Sus anticipaciones han ido más allá de lo que él podía
prometerse, y sin duda que Mehemet-Alí ni Abdel-Kader gozan hoy en la
tierra de una nombradía más sonada que la suya.
En cuanto a Defensor de la Independencia Americana, título que él se ha
arrogado, los hombres ilustrados de América empiezan hoy a disputárselo,
y acaso los hechos vengan tristemente a mostrar que sólo Rosas podía
echar a la Europa sobre la América y forzarla a intervenir en las
cuestiones que de este lado del Atlántico se agitan. La triple
intervención que se anuncia es la primera que ha tenido lugar en los
nuevos Estados americanos.
El bloqueo francés fué la vía pública por la cual llegó a manifestarse
sin embozo el sentimiento llamado propiamente _americanismo_. Todo lo
que de bárbaros tenemos; todo lo que nos separa de la Europa culta, se
mostró desde entonces en la República Argentina organizado en sistema y
dispuesto a formar de nosotros una entidad aparte de los pueblos de
procedencia europea. A la par de la destrucción de todas las
instituciones que nos esforzamos por todas partes en copiar a la Europa,
iba la persecución al frac, a la moda, a las patillas, a los peales del
calzón, a la forma del cuello del chaleco y al peinado que traía el
figurín; y a estas exterioridades europeas se sustituía el pantalón
ancho y suelto, el chaleco colorado, la chaqueta corta, el poncho, como
trajes nacionales, eminentemente americanos, y este mismo don Baldomero
García que hoy nos trae a Chile el _Mueran los salvajes, asquerosos,
inmundos unitarios_, como «signo de conciliación y de paz», fué botado a
empujones del Fuerte un día en que, como magistrado, acudía a un
besamanos, por tener el salvajismo asqueroso e inmundo de presentarse
con frac.
Desde entonces la _Gaceta_ cultiva, ensancha, agita y desenvuelve en el
ánimo de sus lectores el odio a los europeos, el desprecio de los
europeos que quieren conquistarnos. A los franceses los llama
_titiriteros tiñosos_; a Luis Felipe, _guarda chanchos_ unitario, y a la
política europea, _bárbara_, _asquerosa_, _brutal_, _sanguinaria_,
_cruel_, _inhumana_. El bloqueo principia y Rosas escoge medios de
resistirlo, dignos de una guerra entre él y Francia. Quita a los
catedráticos de las Universidades sus rentas; a las escuelas primarias
de hombres y de mujeres, las dotaciones cuantiosas que Rivadavia les
había asignado; cierra todos los establecimientos filantrópicos; los
locos son arrojados a las calles, y los vecinos se encargan de encerrar
en sus casas a aquellos peligrosos desgraciados.
¿No hay una exquisita penetración en estas medidas? ¿No se hace la
verdadera guerra a la Francia, que en luces está a la cabeza de la
Europa, atacándola en la educación pública? El Mensaje de Rosas anuncia
todos los años que el celo de los ciudadanos mantiene los
establecimientos públicos. ¡Bárbaro! ¡Es la _ciudad_, que trata de
salvarse de no ser convertida en pampa si abandona la educación que la
liga al mundo civilizado! Efectivamente: el doctor Alcorta y otros
jóvenes dan lecciones gratis en la Universidad durante muchos años, a
fin de que no se cierren los cursos; los maestros de escuela continúan
enseñando y piden a los padres de familia una limosna para vivir, porque
quieren continuar dando lecciones.
La Sociedad de Beneficencia recorre secretamente las casas en busca de
suscripciones; improvisa recursos para mantener a las heroicas maestras,
que, con tal que no se mueran de hambre, han jurado no cerrar sus
escuelas, y el 25 de Mayo presentan sus millares de alumnas todos los
años, vestidas de blanco, a mostrar su aprovechamiento en los exámenes
públicos... ¡Ah, corazones de piedra! ¿Nos preguntaréis todavía por qué
combatimos?
Diera con lo que precede por terminadas las consecuencias que de la vida
de Facundo Quiroga se han derivado en los hechos históricos y en la
política de la República Argentina, si por conclusión de estos apuntes
aún no me quedara que apreciar las consecuencias morales que ha traído
la lucha de las campañas pastoras con las ciudades y los resultados, ya
favorables, ya adversos, que ha dado para el porvenir de la República.
CAPÍTULO II
PRESENTE Y PORVENIR
Aprés avoir été conquérant, aprés
s'étre déployé tout entier, il s'épuise,
il a fait son temps, il est conquis
lui mème: ce jour-là il quitte la scêne
du monde, parce qu'alors il est
devenu inutile à l'humanité.
COUSIN.
El bloqueo de la Francia duraba dos años había, y el Gobierno
_americano_, animado del espíritu _americano_, hacía frente a la
Francia, al principio europeo, a las pretensiones europeas. El bloqueo
francés, empero, había sido fecundo en resultados sociales para la
República Argentina, y servía a manifestar en toda su desnudez la
situación de los espíritus y los nuevos elementos de lucha que debían
encender la guerra encarnizada que sólo puede terminar con la caída de
aquel Gobierno monstruoso. El Gobierno personal de Rosas continuaba sus
estragos en Buenos Aires, su fusión _unitaria_ en el interior, al paso
que en el exterior se presentaba haciendo frente gloriosamente a las
pretensiones de una potencia europea y reivindicando el poder americano
contra toda tentativa de invasión. Rosas ha probado--se decía por toda
la América, y aun se dice hoy--que la Europa es demasiado débil para
conquistar un Estado americano que quiere sostener sus derechos.
Sin negar esta verdad incuestionable, yo creo que lo que Rosas puso de
manifiesto es la supina ignorancia en que viven en Europa sobre los
intereses europeos en América, y los verdaderos medios de hacerlos
prosperar sin menoscabo de la independencia americana. A Rosas, además,
debe la República Argentina en estos últimos años haber llenado de su
nombre, de sus luchas y de la discusión de sus intereses el mundo
civilizado y puéstola en contacto más inmediato con la Europa, forzando
a sus sabios y a sus políticos a contraerse a estudiar este mundo
trasatlántico, que tan importante papel está llamado a figurar en el
mundo futuro.
Yo no digo que hoy estén mucho más avanzados en conocimientos, sino que
ya están en vías de experimento y que al fin la verdad ha de ser
conocida. Mirado el bloqueo francés bajo su aspecto material, es un
hecho obscuro que a ningún resultado histórico conduce; Rosas cede de
sus pretensiones, la Francia deja pudrirse sus buques en las aguas del
Plata; he aquí toda la historia del bloqueo.
La aplicación del nuevo sistema de Rosas había traído un resultado
singular, a saber: que la población de Buenos Aires se había fugado y
reunídose en Montevideo. Quedaban, es verdad, en la orilla izquierda del
Plata las mujeres, los hombres materiales, _aquellos que pacen su pan
bajo la férula de cualquier tirano_; los hombres, en fin, para quienes
el interés de la libertad, la civilización y la dignidad de la patria es
posterior al de comer o dormir; pero toda aquella escasa porción de
nuestras sociedades y de todas las sociedades humanas, para la cual
entra por algo en los negocios de la vida el vivir bajo un gobierno
racional y preparar sus destinos futuros, se hallaba reunida en
Montevideo, adonde, por otra parte, con el bloqueo y la falta de
seguridad individual, se había trasladado el comercio de Buenos Aires y
las principales casas extranjeras.
Hallábanse, pues, en Montevideo los antiguos unitarios con todo el
personal de la administración de Rivadavia, sus mantenedores, 18
generales de la República, sus escritores, los excongresales, etc.;
estaban ahí, además, los federales de la _ciudad_, emigrados de 1833
adelante; es decir, todas las notabilidades hostiles a la Constitución
de 1826 expulsadas por Rosas con el apodo de _lomos negros_. Venían
después los fautores de Rosas, que no habían podido ver sin horror la
obra de sus manos, o que, sintiendo aproximarse a ellos el cuchillo
exterminador, habían, como Tallien y los termidorianos, intentado salvar
sus vidas y la patria, destruyendo lo mismo que ellos habían creado.
Ultimamente había llegado a reunirse en Montevideo un cuarto elemento
que no era ni unitario, ni federal, ni exrosista, y que ninguna afinidad
tenía con aquéllos, compuesto de la nueva generación que había llegado a
la virilidad en medio de la destrucción del orden antiguo y la
plantación del nuevo. Como Rosas ha tenido tan buen cuidado y tanto
tesón de hacer creer al mundo que sus enemigos son hoy los unitarios del
año 26, creo oportuno entrar en algunos detalles sobre esta última faz
de las ideas que han agitado la República.