estos días «que es un signo que su Gobierno ha mandado llevar a sus
empleados en señal de conciliación y de paz». Las palabras _Mueran los
salvajes_, _asquerosos_, _inmundos unitarios_, son por cierto muy
conciliadoras, tanto, que sólo en el destierro o en el sepulcro habrá
quienes se atrevan a negar su eficacia. La mazorca ha sido un
instrumento poderoso de conciliación y de paz, y si no, id a ver los
resultados y buscad en la tierra ciudad más conciliada y pacífica que la
de Buenos Aires. A la muerte de su esposa, que una chanza brutal de su
parte ha precipitado, manda que se le tributen honores de capitán
general, y ordena un luto de dos años a la ciudad y campaña de la
provincia, que consiste en un ancho crespón atado al sombrero con una
cinta colorada. ¡Imagináos una ciudad culta, hombres y niños vestidos a
la europea, _uniformados_ dos años enteros con un ribete colorado en el
sombrero! ¿Os parece ridículo? ¡No! Nada hay ridículo cuando todos, sin
excepción, participan de la extravagancia, y sobre todo cuando el azote
o las lavativas de ají están ahí para poneros serios como estatuas si os
viene la tentación de reiros.
Los serenos cantan a cada cuarto de hora: _¡Viva el ilustre
Restaurador! ¡Viva doña Encarnación Ezcurra! ¡Mueran los impíos
unitarios!_ El sargento primero, al pasar lista a su compañía, repite
las mismas palabras; el niño al levantarse de la cama saluda al día con
la frase sacramental. No hace un mes que una madre argentina, alojada en
una fonda de Chile, decía a uno de sus hijos que despertaba repitiendo
en voz alta: «¡Vivan los federales! ¡Mueran los salvajes, asquerosos
unitarios!»: «Cállate, hijo, no digas eso aquí, que no se usa; ya no
digas más, ¡no sea que te oigan!»
Su temor era fundado: ¡le oyeron! ¿Qué político ha producido la Europa
que haya tenido el alcance para comprender el medio de crear la idea de
la _personalidad_ del jefe del Gobierno, ni la tenacidad prolija de
incubarla quince años, ni que haya tocado medios más variados ni más
conducentes al objeto? Podemos en esto, sin embargo, consolarnos de que
la Europa haya suministrado un modelo al genio americano. La mazorca,
con los mismos caracteres, compuesta de los mismos hombres, ha existido
en la Edad Media en Francia, en tiempo de las guerras entre los partidos
de los Armagnac y del duque de Borgoña. En la _Historia de París_,
escrita por La Fosse, encuentro estos singulares detalles: «Estos
instigadores del asesinato, a fin de reconocer por todas partes los
borgoñones, habían ya ordenado que llevasen en el vestido la cruz de San
Andrés, principal atributo del escudo de Borgoña, y para estrechar más
los lazos del partido, imaginaron en seguida formar una Hermandad bajo
la invocación del mismo San Andrés. Cada cofrade debía llevar por signo
distintivo, a más de la cruz, una corona de rosas... ¡Horrible
confusión! ¡El símbolo de inocencia y de ternura sobre la cabeza de los
degolladores!... ¡Rosas y sangre!... La sociedad odiosa de los
_cabochiens_, es decir, la horda de carniceros y desolladores, fué
soltada por la ciudad, como una tropa de tigres hambrientos, y estos
verdugos sin número se bañaron en sangre humana»[39].
Poned en lugar de la cruz de San Andrés la cinta colorada; en lugar de
las rosas coloradas, el chaleco colorado; en lugar de _cabochiens_,
mazorqueros; en lugar de 1418, fecha de aquella Sociedad, 1835, fecha de
esta otra; en lugar de París, Buenos Aires; en lugar del duque de
Borgoña, Rosas, y tendréis el plagio hecho en nuestros días. La mazorca,
como los _cabochiens_, se compuso en su origen de los carniceros y
desolladores de Buenos Aires. ¡Qué instructiva es la Historia! ¡Cómo se
repite a cada rato!...
Otra creación de aquella época fué el _censo de las opiniones_. Esta es
una institución verdaderamente original. Rosas mandó levantar en la
ciudad y la campaña, por medio de los jueces de paz, un registro en el
que se anotó el nombre de cada vecino, clasificándolo de unitario,
indiferente, federal, o federal neto. En los colegios se encargó a los
rectores, y en todas partes se hizo con la más severa escrupulosidad,
comprobándolo después y admitiendo los reclamos que la inexactitud podía
originar. Estos registros, reunidos después en la oficina de gobierno,
han servido para suministrar gargantas a la cuchilla infatigable de la
mazorca durante siete años.
Sin duda que pasma la osadía del pensamiento de formar la estadística de
las opiniones de un pueblo entero, caracterizarlas según su importancia,
y con el registro a la vista seguir durante diez años la tarea de
desembarazarse de todas las cifras adversas, destruyendo en la
_persona_ el germen de la hostilidad. Nada igual me presenta la
Historia, sino las clasificaciones de la Inquisición, que distinguía las
opiniones heréticas en malsonantes, ofensivas, de oídos piadosos, casi
herejía, herejía, herejía perniciosa, etc., etc.; pero al fin la
Inquisición no hizo el catastro de la España para exterminarla en las
generaciones, en el individuo, antes de ser denunciado al Santo
Tribunal.
Como mi ánimo es sólo mostrar el nuevo orden de instituciones que
suplanta a las que estamos copiando de la Europa, necesito acumular las
principales, sin atender a las fechas. La ejecución que llamamos
_fusilar_ queda desde luego sustituída por la de _degollar_. Verdad es
que se fusila una mañana 44 indios en una plaza de la ciudad, para dejar
yertos a todos con esta matanza que, aunque de salvajes, era al fin de
hombres; pero poco a poco se abandona, y el _cuchillo_ se hace el
instrumento de la Justicia.
¿De dónde ha tomado tan peregrinas ideas de gobierno este hombre
horriblemente extravagante? Yo voy a consignar algunos datos. Rosas
desciende de una familia perseguida por _goda_ durante la revolución de
la Independencia. Su educación doméstica se resiente de la dureza y
terquedad de las antiguas costumbres señoriales. Yo he dicho que su
madre, de un carácter duro, tétrico, se ha hecho servir de rodillas
hasta estos últimos años; el silencio lo ha rodeado durante su infancia,
y el espectáculo de la autoridad y de la servidumbre han debido dejarle
impresiones duraderas.
Algo de extravagante ha habido en el carácter de la madre, y esto se ha
reproducido en don Juan Manuel y dos de sus hermanas. Apenas llegado a
la pubertad, se hace insoportable a su familia, y su padre lo destierra
en una estancia. Rosas, con cortos intervalos, ha residido en la
campaña de Buenos Aires cerca de treinta años; y ya el año 24 era una
autoridad que las Sociedades industriales ganaderas consultaban en
materia de arreglos de estancias. Es el primer jinete de la República
Argentina, y cuando digo de la República Argentina, sospecho que de toda
la tierra, porque ni un equitador ni un árabe tiene que habérselas con
el potro salvaje de la Pampa.
Es un prodigio de actividad; sufre accesos nerviosos en que la vida
predomina tanto, que necesita saltar sobre un caballo, echarse a correr
por la Pampa, lanzar gritos desacompasados, rodar, hasta que, al fin,
extenuado el caballo, sudando él a mares, vuelve a las habitaciones
fresco ya y dispuesto para el trabajo. Napoleón y lord Byron padecían de
estos arrebatos, de estos furores causados por el exceso de la vida.
Rosas se distingue desde temprano en la campaña por las vastas empresas
de leguas de siembras de trigo que acomete y lleva a cabo con suceso, y
sobre todo por la administración severa, por la disciplina de hierro que
introduce en sus estancias. Esta es su obra maestra, su tipo de
gobierno, que ensayará más tarde para la _ciudad_ misma. Es preciso
conocer el gaucho argentino y sus propensiones innatas, sus hábitos
inveterados. Si andando en la Pampa le vais proponiendo darle una
estancia con ganados que lo hagan rico propietario; si corre en busca de
la médica de los alrededores para que salve a su madre, a su esposa
querida que deja agonizando, y se atraviesa un avestruz a su paso,
echará a correr detrás de él, olvidando la fortuna que le ofrecéis, la
esposa o la madre moribunda; y no es él sólo el que está dominado de
este instinto: el caballo mismo relincha, sacude la cabeza y tasca el
freno de impaciencia por volar tras del avestruz. Si a la distancia de
diez leguas de su habitación el gaucho echa de menos su cuchillo, se
vuelve a tomarlo, aunque esté a una cuadra del lugar adonde iba; porque
el cuchillo es para él lo que la respiración a la vida misma.
Pues bien: Rosas ha conseguido que en sus estancias, que se unen con
diversos nombres desde los cerrillos hasta el arroyo Cachagualefú,
anduviesen los avestruces en rebaños, y dejasen, al fin, de huir a la
aproximación del gaucho; tan seguros y tranquilos pacen en las
posesiones de Rosas, y esto mientras que han sido ya extinguidos en
todas las adyacentes campañas. En cuanto al cuchillo, ninguno de sus
peones lo cargó jamás, no obstante que la mayor parte de ellos eran
asesinos perseguidos por la Justicia. Una vez él, por olvido, se ha
puesto el puñal a la cintura, y el mayordomo se lo hace notar; Rosas se
baja los calzones y manda que se le den 200 azotes, que es la pena
impuesta en su estancia al que lleva cuchillo.
Habrá gentes que duden de este hecho confesado y publicado por él mismo;
pero es auténtico, como lo son las extravagancias y rarezas sangrientas
que el mundo civilizado se ha negado obstinadamente a creer durante diez
años. La autoridad ante todo; el respeto a lo mandado, aunque sea
ridículo o absurdo; diez años estará en Buenos Aires y en toda la
República haciendo azotar y degollar, hasta que la cinta colorada sea
una parte de la existencia del individuo, como el corazón mismo.
Repetirá en presencia del mundo entero, sin contemporizar jamás, en cada
comunicación oficial: _¡Mueran los asquerosos, salvajes, inmundos
unitarios!_, hasta que el mundo entero se eduque y se habitúe a oír este
grito sanguinario, sin escándalo, sin réplica, y ya hemos visto a un
magistrado de Chile tributar su homenaje y aquiescencia a este hecho,
que, al fin, a nadie interesa.
¿Dónde, pues, ha estudiado este hombre el plan de innovaciones que
introduce en _su gobierno_, en desprecio del sentido común, de la
tradición, de la conciencia y de la práctica inmemorial de los pueblos
civilizados? Dios me perdone si me equivoco, pero esta idea me domina
hace tiempo: en la _Estancia de ganados_ en que ha pasado toda su vida,
y en la Inquisición, en cuya tradición ha sido educado. Las fiestas de
las parroquias son una imitación de la _hierra_ del ganado, a que acuden
todos los vecinos; la _cinta colorada_ que clava a cada hombre, mujer o
niño, es la _marca_ con que el propietario reconoce su ganado; el
degüello a cuchillo, erigido en medio de ejecución pública, viene de la
costumbre de _degollar_ las reses que tiene todo hombre en la campaña;
la prisión sucesiva de centenares de ciudadanos sin motivo conocido y
por años enteros, es el rodeo con que se dociliza el ganado,
encerrándolo diariamente en el corral; los azotes por las calles, la
mazorca, las matanzas ordenadas, son otros tantos medios de _domar_ a la
_ciudad_, dejarla al fin como el ganado más manso y ordenado que se
conoce.
Esta prolijidad y arreglo ha distinguido en su vida privada a don Juan
Manuel Rosas, cuyas estancias eran citadas como el modelo de la
disciplina de los peones y la mansedumbre del ganado. Si esta
explicación parece monstruosa y absurda, denme otra; muéstrenme la razón
por qué coinciden de un modo tan espantoso su manejo de una estancia,
sus prácticas y administración, con el gobierno, práctica y
administración de Rosas; hasta su respeto de entonces por la propiedad
es efecto de que el gaucho gobernador _¡es propietario!_ Facundo
respetaba menos la propiedad que la vida. Rosas ha perseguido a los
ladrones de ganado con igual obstinación que a los unitarios. Implacable
se ha mostrado su Gobierno contra los cuereadores de la campaña, y
centenares han sido degollados. Esto es laudable, sin duda; yo sólo
explico el origen de la antipatía.
Pero hay otra parte de la sociedad que es preciso moralizar, enseñar a
obedecer, a entusiasmarse cuando _deba_ entusiasmarse, a aplaudir cuando
_deba_ aplaudir, a callar cuando _deba_ callar. Con la posesión de la
_Suma del Poder público_, la Sala de Representantes queda inútil, puesto
que la ley emana directamente de la _persona_ del jefe de la República.
Sin embargo, conserva la forma, y durante quince años son reelectos unos
30 individuos que están al corriente de los negocios. Pero la tradición
tiene asignado otro papel a la Sala; allí Alcorta, Guido y otros han
hecho oír en tiempo de Balcarce y Viamonte acentos de libertad y
reproches al instigador de los desórdenes; necesita, pues, quebrantar
esta tradición y dar una lección severa para el porvenir.
El doctor don Vicente Maza, presidente de la Sala y de la Cámara de
Justicia, consejero de Rosas, y el que más ha contribuído a elevarlo, ve
un día que su retrato ha sido quitado de la sala del Tribunal por un
destacamento de la mazorca; en la noche rompen los vidrios de las
ventanas de su casa donde ha ido a asilarse; al día siguiente escribe a
Rosas, en otro tiempo su protegido, su ahijado político, mostrándole la
extrañeza de aquellos procedimientos y su inocencia de todo crimen. A la
noche del tercer día se dirige a la Sala, y estaba dictando al
escribiente su renuncia, cuando el cuchillo que corta su garganta
interrumpe el dictado. Los representantes empiezan a llegar, la
alfombra está cubierta de sangre, el cadáver del presidente yace
tendido aún; el señor Irigoyen propone que al día siguiente se reúnan el
mayor número posible de rodados para acompañar debidamente al cementerio
a la ilustre víctima. Don Baldomero García dice: «Me parece bien;
pero... no muchos coches...; ¿para qué?» Entra el general Guido y le
comunican la idea, a que contesta, clavándoles unos ojos tamaños y
mirándolos de hito en hito: «¿Coches? ¿Acompañamiento? Que traigan el
carro de la Policía y se lo lleven ahora mismo.--Eso decía yo--continúa
García--. ¡Para qué coches!...» La _Gaceta_ del día siguiente anunció
que los impíos unitarios habían asesinado a Maza. Un gobernador del
interior decía, aterrado, al saber esta catástrofe: «¡Es imposible que
sea Rosas el que lo ha hecho matar!» A lo que su secretario añadió: «Y
si él lo ha hecho, razón ha de haber tenido»; en lo que convinieron
todos los circunstantes.
Efectivamente, razón tenía. Su hijo, el coronel Maza, tenía tramada una
conspiración en que entraba todo el ejército, y después Rosas decía que
había muerto al anciano padre por no darle el pesar de ver morir a su
querido hijo.
Pero aun me falta entrar en el vasto campo de la política general de
Rosas con respecto a la República entera. Tiene ya su _gobierno_;
Facundo ha muerto dejando ocho provincias huérfanas, unitarizadas bajo
su influencia. La República marcha visiblemente a la unidad del
Gobierno, a que su superficie llana, su puerto único, la condena. Se ha
dicho que es federal, llámesela Confederación Argentina, pero todo va
encaminándose a la unidad más absoluta; desde 1835 viene fundiéndose
desde el interior en formas, prácticas e influencias. No bien se recibe
Rosas del Gobierno en 1835, cuando declara, por una proclamación, que
los _impíos unitarios_ han asesinado alevosamente al ilustre general
Quiroga, y que él se propone castigar atentado tan espantoso, que ha
privado a la Federación de su columna más poderosa. ¡Qué!...--decían
abriendo un palmo de boca los pobres unitarios al leer la proclama--;
¡qué!... Los Reinafé, ¿son unitarios? ¿No son hechura de López? ¿No
entraron en Córdoba persiguiendo el ejército de Paz? ¿No están en activa
y amigable correspondencia con Rosas? ¿No salió de Buenos Aires Quiroga
con solicitud de Rosas? ¿No iba un chasque delante de él, que anunciaba
a los Reinafé su próxima llegada? ¿No tenían los Reinafé preparada de
antemano la partida que debía asesinarlo?... Nada; los impíos unitarios
han sido los asesinos, ¡y desgraciado el que dude de ello!... Rosas
manda a Córdoba a pedir los preciosos restos de Quiroga, la galera en
que fué muerto, y se le hacen en Buenos Aires las exequias más suntuosas
que hasta entonces se han visto; se manda cargar luto a la _ciudad_
entera. Al mismo tiempo dirige una circular a todos los gobiernos, en la
que les pide que lo nombren _a él_ juez árbitro para seguir la causa y
juzgar a los impíos unitarios que han asesinado a Quiroga; les indica la
forma en que han de autorizarlo, y por cartas particulares les encarece
la importancia de la medida; los halaga, seduce y ruega. La autorización
es unánime, y los Reinafé son depuestos y presos todos los que han
tenido parte, noticia o atingencia con el crimen, y conducidos a Buenos
Aires.
Un Reinafé se escapa y es alcanzado en el territorio de Bolivia; otro
pasa al Paraná y más tarde cae en manos de Rosas, después de haber
escapado en Montevideo, de ser robado por un capitán de buque. Rosas y
el doctor Maza siguen la causa de noche, a puertas cerradas. El doctor
Gamboa, que se toma alguna libertad en la defensa de un reo subalterno,
es declarado impío unitario por un decreto de Rosas. En fin: son
ajusticiados todos los criminales que se han aprehendido, y un
voluminoso extracto de la causa ve la luz pública. Dos años después
había muerto López de Santa Fe de enfermedad natural, si bien el médico
mandado por Rosas para asistirlo recibió más tarde una casa de la
Municipalidad, por recompensa de sus servicios al Gobierno.
Cullen, el secretario de López en la época de la muerte de Quiroga, y
que a la de López queda de gobernador de Santa Fe, por disposición
testamentaria del finado, es depuesto por Rosas y sacado al fin de
Santiago del Estero, donde se ha asilado, y a cuyo gobernador manda
Rosas una talega de onzas o la declaración de la guerra, si el amigo no
entrega a su amigo. El gobernador prefiere las onzas; Cullen es
entregado a Rosas, y al pisar la frontera de Buenos Aires encuentra una
partida y un oficial que le hace desmontarse del caballo y lo fusila. La
_Gaceta_ de Buenos Aires publicaba después una carta de Cullen a Rosas,
en que había indicios claros de la complicación del gobierno de Santa Fe
en el asesinato de Quiroga, y como el finado López, decía la _Gaceta_,
tenía plena confianza en su secretario, ignoraba el atroz crimen que
éste estaba preparando.
Nadie podía replicar entonces que si López lo ignoraba, Rosas no, porque
a él era dirigida la carta. Ultimamente, el doctor don Vicente Maza, el
secretario de Rosas y procesador de los reos, murió también degollado en
la sala de sesiones; de manera que Quiroga, sus asesinos, los jueces de
los asesinos y los instigadores del crimen, todos tuvieron en dos años
la mordaza que la tumba pone a las revelaciones indiscretas. Id ahora a
preguntar quién mandó matar a Quiroga. ¿López? No se sabe. Un mayor
Muslera, de auxiliares, decía una vez en presencia de muchas personas,
en Montevideo: «Hasta ahora he podido descubrir por qué me ha tenido
preso e incomunicado el general Rosas durante dos años y cinco meses. La
noche anterior a mi prisión estuve en su casa.
»Su hermana y yo estábamos sentados en un sofá, mientras que él se
paseaba a lo largo de la sala, con muestras visibles de descontento.--¿A
que no adivina--me dijo la señora--por qué está así Juan Manuel? Es
porque me está viendo este ramito _verde_ que tengo en las manos; ahora
verá--añadió tirándolo al suelo. Efectivamente, don Juan Manuel se
detuvo a poco andar, se acercó a nosotros, y me dijo en tono
familiar:--¿Y qué se dice en San Luis de la muerte de Quiroga?--Dicen,
señor, que S. E. es quien lo ha hecho matar.--¿Sí? Así se corre...
Continuó paseándose, me despedí después, y al día siguiente fuí preso, y
he permanecido hasta el día que llegó la noticia de la victoria de
Yungay, en que, con doscientos más, fuí puesto en libertad.» El mayor
Muslera murió también combatiendo contra Rosas, lo que no ha estorbado
que se continúe hasta el día de hoy diciendo lo mismo que había oído
aquél.
Pero el vulgo no ha visto en la muerte de Quiroga y el enjuiciamiento de
sus asesinos más que un crimen horrible. La Historia verá otra cosa en
lo primero: la fusión de la República en una unidad compacta y en el
enjuiciamiento de los Reinafé, gobernadores de una provincia, el _hecho_
que constituye a Rosas jefe del Gobierno unitario absoluto, que desde
aquel día y por aquel acto se constituye en la República Argentina.
Rosas, investido del poder de juzgar a otro gobernador, establece en las
conciencias de los demás la idea de la autoridad suprema de que está
investido.
Juzga a los Reinafé por un crimen averiguado; pero en seguida manda
fusilar sin juicio previo a Rodríguez, gobernador de Córdoba, que
sucedió a los Reinafé, por no haber obedecido a todas sus instrucciones;
fusila en seguida a Cullen, gobernador de Santa Fe, por razones que él
sólo conoce, y últimamente, expide un decreto por el cual declara que
ningún Gobierno de las demás provincias será reconocido válido mientras
no obtenga su _exequátur_. Si aún se duda que ha asumido el mando
supremo, y que los demás gobernadores son simples bajaes, a quienes
puede mandar el cordón morado cada vez que no cumplan con sus órdenes,
expedirá otro en el que deroga todas las leyes existentes de la
República desde el año 1810 en adelante, aunque hayan sido dictadas por
los Congresos generales o cualquiera otra autoridad competente;
declarando además írrito y de ningún valor todo lo que, a consecuencia y
en cumplimiento de esas leyes, se hubiese obrado hasta entonces. Yo
pregunto: ¿qué legislador, qué Moisés o Licurgo, llevó más adelante el
intento de refundir una sociedad bajo un plan nuevo? La revolución de
1810 queda por este decreto derogada; ley ni arreglo ninguno queda
vigente; el campo para las innovaciones limpio como la palma de la mano,
y la República entera sometida sin dar una batalla siquiera y sin
consultar a los caudillos.
La _suma del Poder público_ de que se había investido para Buenos Aires
solo, la extiende a toda la República, porque no sólo no se dice que es
el sistema unitario el que se ha establecido, del que la persona de
Rosas es el centro, sino que con mayor tesón que nunca se grita: _¡Viva
la federación; mueran los unitarios!_ El epíteto unitario deja de ser el
distintivo de un partido, y pasa a expresar todo lo que es execrado:
los asesinos de Quiroga son _unitarios_; Rodríguez es _unitario_;
Cullen, _unitario_; Santa Cruz, que trata de establecer la confederación
perú-boliviana, _unitario_. Es admirable la paciencia que ha mostrado
Rosas en fijar el sentido de ciertas palabras y el tesón de repetirlas.
En diez años se habrá visto escrito en la República Argentina treinta
millones de veces: _¡Viva la Confederación! ¡Viva el ilustre
Restaurador! ¡Mueran los salvajes unitarios!_, y nunca el cristianismo
ni el mahometismo multiplicaron tanto sus símbolos respectivos, la cruz
y la creciente, para estereotipar la creencia moral en exterioridades
materiales y tangibles. Todavía era preciso afinar aquel dicterio de
_unitario_; fué primero lisa y llanamente _unitarios_, más tarde los
_impíos_ unitarios, favoreciendo con eso las preocupaciones del partido
ultracatólico que secundó su elevación. Cuando se emancipó de ese pobre
partido, y el cuchillo alcanzó también a la garganta de curas y
canónigos, fué preciso abandonar la denominación de impíos; la
casualidad suministró una coyuntura.
Los diarios de Montevideo empezaron a llamar _salvaje_ a Rosas; un día
la _Gaceta_ de Buenos Aires apareció con esta agregación al tema
ordinario: muera los _salvajes_ unitarios; repitiólo la mazorca,
repitiéronlo todas las comunicaciones oficiales, repitiéronlo los
gobernadores del interior, y quedó consumada la adopción. «Repita usted
la palabra _salvaje_--escribía Rosas a López--hasta la saciedad, hasta
aburrir, hasta cansar. Yo sé lo que digo, amigo.» Más tarde se le agregó
_inmundos_, más tarde _asquerosos_, más tarde, en fin, don Baldomero
García decía en una comunicación al Gobierno de Chile, que sirvió de
cabeza de proceso a Bedoya, que era aquel emblema y aquel letrero «una
señal de conciliación y de paz», porque todo el sistema se reduce a
burlarse del sentido común.