momento, explican la causa de su extraña obstinación en ir a desafiar la
muerte. El orgullo y el terrorismo, los dos grandes móviles de su
elevación, lo llevan maniatado a la sangrienta catástrofe que debe
terminar su vida. Tiene a menos evitar el peligro y cuenta con el terror
de su nombre para hacer caer las cuchillas levantadas sobre su cabeza.
Esta explicación me la daba a mí mismo antes de saber que sus propias
palabras la habían hecho inútil.
La noche que pasaron los viajeros de la posta del Ojo de Agua es de tal
manera angustiosa para el infeliz secretario, que va a una muerte cierta
e inevitable, y que carece del valor y de la temeridad que anima a
Quiroga, que creo no deber omitir ninguno de sus detalles, tanto más
cuanto que, siendo, por fortuna, sus pormenores tan auténticos, sería
criminal descuido no conservarlos, porque si alguna vez un hombre ha
apurado todas las heces de la agonía; si alguna vez la muerte ha debido
parecer horrible, es aquélla en que un triste deber, el de acompañar a
un amigo temerario, nos la impone, cuando no hay infamia ni deshonor en
evitarla[36].
El doctor Ortiz llama aparte al maestro de posta y le interroga
encarecidamente sobre lo que sabe acerca de los extraños avisos que han
recibido, asegurándole no abusar de su confianza. ¡Qué pormenores va a
oír! Santos Pérez ha estado allí, con una partida de treinta hombres,
una hora antes de su arribo; van todos armados de tercerola y sable;
están ya apostados en el lugar designado; deben morir todos los que
acompañan a Quiroga; así lo ha dicho Santos Pérez al mismo maestro de
posta. Esta confirmación de la noticia recibida de antemano no altera en
nada la determinación de Quiroga, que después de tomar una taza de
chocolate, según su costumbre, se duerme profundamente.
El doctor Ortiz gana también la cama, no para dormir, sino para
acordarse de su esposa, de sus hijos, a quienes no volverá a ver más. Y
todo, ¿por qué? Por no arrostrar el enojo de un temible amigo; por no
incurrir en la tacha de desleal. A media noche la inquietud de la agonía
le hace insoportable la cama; levántase y va a buscar a su confidente:
«¿Duermes, amigo?--le pregunta en voz baja.--¡Quién ha de dormir, señor,
con esta cosa tan horrible!--¿Con que no hay duda? ¡Qué suplicio el
mío!--Imagínese, señor, cómo estaré yo, que tengo que mandar dos
postillones, que deben ser muertos también. Esto me mata. Aquí hay un
niño que es sobrino del sargento de la partida, y pienso mandarlo; pero
el otro... ¿a quién mandaré? ¡A hacerlo morir inocentemente!»
El doctor Ortiz hace un último esfuerzo para salvar su vida y la del
compañero; despierta a Quiroga, y le instruye de los pavorosos detalles
que acaba de adquirir, significándole que él no le acompaña si se
obstina en hacerse matar inútilmente. Facundo, con gesto airado y
palabras groseramente enérgicas, le hace entender que hay mayor peligro
en contrariarlo allí que el que le aguarda en Barranca-Yaco, y fuerza es
someterse sin más réplica. Quiroga manda a su asistente, que es un
valiente negro, a que limpie algunas armas de fuego que vienen en la
galera y las cargue; a esto se reducen todas sus precauciones.
Llega el día, por fin, y la galera se pone en camino. Acompáñale, a más
del postillón que va en el tiro, el niño aquel, dos correos que se han
reunido por casualidad y el negro que va a caballo. Llega al punto
fatal, y dos descargas traspasan la galera por ambos lados, pero sin
herir a nadie; los soldados se echan sobre ella con los sables desnudos,
y en un momento inutilizan los caballos y descuartizan al postillón,
correos y asistente. Quiroga entonces asoma la cabeza, y hace por un
momento vacilar a aquella turba. Pregunta por el comandante de la
partida, le manda acercarse, y a la cuestión de Quiroga «¿qué significa
esto?», recibe por toda contestación un balazo en un ojo, que le deja
muerto.
Entonces Santos Pérez atraviesa repetidas veces con su espada al
malaventurado secretario, y manda, concluída la ejecución, tirar hacia
el bosque la galera llena de cadáveres, con los caballos hechos pedazos
y el postillón, que con la cabeza abierta se mantiene aún a caballo.
«¿Qué muchacho es éste?--pregunta viendo al niño de la posta, único que
queda vivo.--Este es un sobrino mío--contesta el sargento de la
partida--; yo respondo de él con mi vida.» Santos Pérez se acerca al
sargento, le atraviesa el corazón de un balazo, y en seguida,
desmontándose, toma de un brazo al niño, lo tiende en el suelo y lo
degüella, a pesar de sus gemidos de niño que se ve amenazado de un
peligro.
Este último gemido del niño es, sin embargo, el único suplicio que
martiriza a Santos Pérez. Después, huyendo de las partidas que lo
persiguen, oculto entre las breñas de las rocas o en los bosques
enmarañados, el viento le trae al oído el gemido lastimero del niño. Si
a la vacilante claridad de las estrellas se aventura a salir de su
guarida sus miradas inquietas se hunden en la obscuridad de los árboles
sombríos para cerciorarse de que no se divisa en ninguna parte el
bultito blanquecino del niño, y cuando llega al lugar donde hacen
encrucijada dos caminos, le arredra ver venir por el que él deja al niño
animando su caballo. Facundo decía también que un solo remordimiento la
aquejaba: ¡la muerte de los 26 oficiales fusilados en Mendoza!
¿Quién es, mientras tanto, este Santos Pérez? Es el gaucho malo de la
campaña de Córdoba, célebre en la sierra y en la ciudad por sus
numerosas muertes, por su arrojo extraordinario, por sus aventuras
inauditas. Mientras permaneció el general Paz en Córdoba, acaudilló las
montoneras más obstinadas e intangibles de la Sierra, y por largo tiempo
el pago de Santa Catalina fué una republiqueta adonde los veteranos del
ejército no pudieron penetrar. Con miras más elevadas habría sido el
digno rival de Quiroga; con sus vicios sólo alcanzó a ser su asesino.
Era alto de talle, hermoso de cara, de color pálido y barba negra y
rizada. Largo tiempo fué después perseguido por la justicia, y nada
menos que 400 hombres andaban en su busca. Al principio los Reinafé lo
llamaron, y en la casa del Gobierno fué recibido amigablemente. Al
salir de la entrevista empezó a sentir una extraña descompostura de
estómago, que le sugirió la idea de consultar a un médico amigo suyo,
quien, informado por él de haber tomado una copa de licor que se le
brindó, le dió un elixir que le hizo arrojar oportunamente el arsénico
que el licor disimulaba. Más tarde, y en lo más recio de la persecución,
el comandante Casanovas, su antiguo amigo, le hizo significar que tenía
algo de importancia que comunicarle. Una tarde, mientras que el
escuadrón de que el comandante Casanovas era jefe hacía el ejercicio al
frente de su casa, Santos Pérez se desmonta y le dice: «Aquí estoy; ¿qué
quería decirme?--¡Hombre! Santos Pérez, pase por acá; siéntese.--¡No!
¿Para qué me ha hecho llamar?» El comandante, sorprendido así, vacila y
no sabe qué decir en el momento. Su astuto y osado interlocutor lo
comprende, y arrojándole una mirada de desdén y volviéndole la espalda,
le dice: «¡Estaba seguro de que quería agarrarme por traición! He venido
para convencerme no más.» Cuando se dió orden al escuadrón de
perseguirlo, Santos había desaparecido. Al fin, una noche lo cogieron
dentro de la ciudad de Córdoba, por una venganza femenil.
Había dado de golpes a la querida con quien dormía; ésta, sintiéndolo
profundamente dormido, se levanta con precaución, le toma las pistolas y
el sable, sale a la calle y lo denuncia a una patrulla. Cuando
despierta, rodeado de fusiles apuntados a su pecho, echa mano a las
pistolas, y no encontrándolas: «Estoy rendido--dice con serenidad.--¡Me
han quitado las pistolas!» El día que lo entraron en Buenos Aires, una
muchedumbre inmensa se había reunido en la puerta de la casa del
Gobierno.
A su vista gritaba el populacho: _¡Muera Santos Pérez!_, y él, meneando
desdeñosamente la cabeza y paseando sus miradas por aquella multitud,
murmuraba tan sólo estas palabras: «¡Tuviera aquí mi cuchillo!» Al bajar
del carro que lo conducía a la cárcel, gritó repetidas veces: «¡Muera el
tirano!»; y al encaminarse al patíbulo, su talla gigantesca, como la de
Danton, dominaba la muchedumbre, y sus miradas se fijaban de vez en
cuando en el cadalso como en un andamio de arquitectos.
El Gobierno de Buenos Aires dió un aparato solemne a la ejecución de los
asesinos de Juan Facundo Quiroga; la galera ensangrentada y acribillada
de balazos estuvo largo tiempo expuesta a examen del pueblo, y el
retrato de Quiroga, como la vista del patíbulo y de los ajusticiados,
fueron litografiados y distribuídos por millares, como también extractos
del proceso, que se dió a luz en un volumen en folio. La Historia
imparcial espera todavía datos y revelaciones para señalar con su dedo
al instigador de los asesinos.
PARTE TERCERA
CAPÍTULO PRIMERO
GOBIERNO UNITARIO
No se sabe bien por qué es que
_quiere gobernar_. Una sola cosa ha
podido averiguarse, y es que está
poseído de una furia que lo atormenta:
_¡quiere gobernar!_ Es un oso
que ha roto las rejas de su jaula, y
desde que tenga en sus manos _su
gobierno_, pondrá en fuga a todo el
mundo. ¡Ay de aquél que caiga en
sus manos! No lo largará hasta que
expire bajo _su gobierno_. Es una
sanguijuela que no se desprende
hasta que no está repleta de sangre.
LAMARTINE.
He dicho en la introducción de estos ligeros apuntes que, para mi
entender, Facundo Quiroga es el núcleo de la guerra civil de la
República Argentina y la expresión más franca y candorosa de una de las
fuerzas que han luchado con diversos nombres durante treinta años. La
muerte de Quiroga no es un hecho aislado ni sin consecuencias;
antecedentes sociales que he desenvuelto antes la hacían casi
inevitable; era un desenlace político, como el que podría haber dado una
guerra.
El gobierno de Córdoba, que se encargó de consumar el atentado, era
demasiado subalterno entre los que se habían establecido, para que osase
acometer la empresa con tanto descaro, si no se hubiese creído apoyado
de los que iban a cosechar los resultados. El asesinato de Quiroga es,
pues, un acto _oficial_, largamente discutido entre varios Gobiernos,
preparado con anticipación, y llevado a cabo con tenacidad como una
medida de Estado. Por lo que con su muerte no queda terminada una serie
de hechos que me he propuesto coordinar, y para no dejarla trunca e
incompleta, necesito continuar un poco más adelante en el camino que
llevo, para examinar los resultados que produce en la política interior
de la República, hasta que el número de cadáveres que cubran el sendero
ya sea tan grande, que me sea forzoso detenerme, hasta esperar que el
tiempo y la intemperie los destruyan, para que desembaracen la marcha.
Por la puerta que deja abierta el asesinato de Barranca-Yaco entrará el
lector conmigo en un teatro donde todavía no se ha terminado el drama
sangriento.
Facundo muere asesinado el 18 de febrero; la noticia de su muerte llega
a Buenos Aires el 24, y a principios de marzo ya estaban arregladas
todas las bases del Gobierno necesario e inevitable del comandante
general de campaña, que desde 1833 ha tenido en tortura a la ciudad,
fatigándola, angustiándola, desesperándola, hasta que la ha arrancado al
fin entre sollozos y gemidos la _suma del Poder público_, porque Rosas
no se ha contentado esta vez con exigir la dictadura, las facultades
extraordinarias, etc. No; lo que pide es lo que la frase expresa:
tradiciones, costumbres, formas, garantías, leyes, culto, ideas,
conciencia, vida, haciendas, preocupaciones; sumad todo lo que tiene
poder sobre la sociedad, y lo que resulte será la suma del poder público
pedida. El 5 de abril la Junta de Representantes, en cumplimiento de lo
estipulado, elige gobernador de Buenos Aires por cinco años al general
don Juan Manuel Rosas, Héroe del Desierto, Ilustre Restaurador de las
Leyes, Depositario de la Suma del Poder Público.
Pero no le satisface la elección hecha por la Junta de Representantes;
lo que medita es tan grande, tan nuevo, tan nunca visto, que es preciso
tomarse antes todas las seguridades imaginables, no sea que más tarde se
diga que el pueblo de Buenos Aires no le ha delegado la _suma del Poder
público_. Rosas, gobernador propone, a las Mesas electorales esta
cuestión: ¿Convienen en que don Juan Manuel Rosas sea gobernador por
cinco años, con la suma del Poder público? Y debo decirlo en obsequio de
la verdad histórica, nunca hubo Gobierno más popular, más deseado ni más
bien sostenido por la opinión.
Los unitarios, que en nada habían tomado parte, lo recibían al menos con
indiferencia; los federales, _lomos negros_, con desdén, pero sin
oposición; los ciudadanos pacíficos lo esperaban como una bendición y un
término a las crueles oscilaciones de dos largos años; la campaña, en
fin, como símbolo de su poder y la humillación de los _cajetillas_ de la
_ciudad_. Bajo tan felices disposiciones, principiáronse las elecciones
o ratificaciones de todas las parroquias, y la votación fué unánime,
excepto tres votos que se opusieron a la delegación de la suma del Poder
público. ¿Concíbese cómo ha podido suceder que en una provincia de
cuatrocientos mil habitantes, según lo asegura la _Gaceta_, sólo hubiese
tres votos contrarios al Gobierno? ¿Sería acaso que los disidentes no
votaron? ¡Nada de eso! No se tiene aún noticia de ciudadano alguno que
no fuese a votar; los enfermos se levantaron de la cama a ir a dar su
asentimiento, temerosos de que sus nombres fuesen inscritos en algún
negro registro, porque así se había insinuado.
El terror estaba ya en la atmósfera, y aunque el trueno no había
estallado aún, todos veían la nube negra y torva que venía cubriendo el
cielo dos años hacía. La votación aquella es única en los anales de los
pueblos civilizados, y los nombres de los tres locos, más bien que
animosos opositores, se han conservado en la tradición del pueblo de
Buenos Aires.
Hay un momento fatal en la historia de todos los pueblos y es aquél en
que, cansados los partidos de luchar, piden antes de todo el reposo de
que por largos años han carecido, aun a expensas de la libertad o de los
fines que ambicionaban; éste es el momento en que se alzan los tiranos
que fundan dinastías e imperios. Roma, cansada de las luchas de Mario y
de Sila, de patricios y plebeyos, se entregó con delicia a la dulce
tiranía de Augusto, el primero que encabeza la lista execrable de los
emperadores romanos.
La Francia, después del Terror, después de la impotencia y
desmoralización del Directorio, se entregó a Napoleón que, por un camino
sembrado de laureles, la sometió a los aliados que la devolvieron a los
Borbones.
Rosas tuvo la habilidad de acelerar aquel cansancio, de crearlo a fuerza
de hacer imposible el reposo. Dueño una vez del poder absoluto, ¿quién
se lo pedirá más tarde, quién se atreverá a disputarle sus títulos a la
dominación? Los romanos daban la dictadura en casos raros y por término
corto fijo; y aun así, el uso de la dictadura temporal autorizó la
perpetua, que destruyó la República y trajo todo el desenfreno del
Imperio. Cuando el término del gobierno de Rosas expira, anuncia su
determinación decidida de retirarse a la vida privada; la muerte de su
cara esposa, la de su padre, han ulcerado su corazón; necesita ir lejos
del tumulto de los negocios públicos a llorar a sus anchas pérdidas tan
amargas. El lector debe recordar al oír este lenguaje en la boca de
Rosas, que no veía a su padre desde la juventud, y a cuya esposa había
dado días tan amargos, algo parecido a las hipócritas protestas de
Tiberio ante el Senado romano. La Sala de Buenos Aires le ruega, le
suplica que continúe haciendo sacrificios por la patria; Rosas se deja
persuadir, continúa tan sólo por seis meses más; pasan los seis meses y
se abandona la farsa de la elección. Y, en efecto: ¿qué necesidad tiene
de ser electo un jefe que ha arraigado el poder en su persona? ¿Quién le
pide cuenta temblando del terror que les ha inspirado a todos?
Cuando la aristocracia veneciana hubo sofocado la conspiración de
Tiépolo en 1300, nombró de su seno diez individuos que, investidos de
facultades discrecionales, debían perseguir y castigar a los conjurados,
pero limitando la duración de su autoridad a sólo diez días. Oigamos al
conde De Daru, en su célebre _Historia de Venecia_, referir el suceso:
«Tan inminente se creyó el peligro--dice--, que se creó una autoridad
dictatorial después de la victoria. Un consejo de diez miembros fué
nombrado para velar por la conservación del Estado. Se le armó de todos
los medios; librósele de todas las formas, de todas las
responsabilidades; quedáronle sometidas todas las cabezas.
»Verdad es que su duración no debía pasar de diez días; fué necesario,
sin embargo, prorrogarla por diez más, después por veinte, en seguida
por dos meses; pero al fin fué prolongada seis veces seguidas por este
último término. A la vuelta de un año de existencia se hizo continuar
por cinco. Entonces se encontró demasiado fuerte para prorrogarse a sí
mismo durante diez años más, hasta que fué aquel terrible tribunal
declarado perpetuo. Lo que había hecho por prolongar su duración lo hizo
por extender sus atribuciones. Instituído solamente para conocer en los
crímenes de Estado, ese tribunal se había apoderado de la
administración. So pretexto de velar por la seguridad de la República,
se entrometió en la paz y en la guerra, dispuso de las rentas y concluyó
por arrogarse el poder soberano»[37].
En la República Argentina no es un Consejo el que se ha apoderado así de
la autoridad suprema: es un hombre, y un hombre bien indigno. Encargado
temporalmente de las Relaciones Exteriores, depone, fusila, asesina a
los gobernadores de las provincias que le hicieron el encargo. Revestido
de la suma del Poder público en 1835 por sólo cinco años, en 1845 está
aún revestido de aquel poder. Y nadie sería hoy tan candoroso para
esperar que lo deje, ni que el pueblo se atreva a pedírselo. Su gobierno
es de por vida, y si la Providencia hubiese de consentir que muriese
pacíficamente como el doctor Francia, largos años de dolores y miserias
aguardan a aquellos desgraciados pueblos, víctimas hoy del cansancio de
un momento.
El 13 de abril de 1835 se recibió Rosas del gobierno, y su talante
desembarazado y su aplomo en la ceremonia no dejó de sorprender a los
ilusos que habían creído tener un rato de diversión al ver el desmayo y
_gaucherie_ del gaucho. Presentóse de casaca de general, desabotonada,
que dejaba ver un chaleco amarillo de cotonía. Perdónenme los que no
comprenden el espíritu de esta singular _toilette_ el que recuerde
aquella circunstancia.
En fin: ya tiene el gobierno en sus manos. Facundo ha muerto un mes
antes; la ciudad se ha entregado a su discreción; el pueblo ha
confirmado del modo más auténtico esta entrega de toda garantía y de
toda institución. Es el Estado una tabla rasa en que él va a escribir
una cosa nueva, original; él es un poeta, un Platón que va a realizar su
república ideal según él ha concebido; es éste un trabajo que ha
meditado veinte años, y que al fin puede dar a luz, sin que vengan a
estorbar su realización tradiciones envejecidas, preocupaciones de la
época, plagios hechos a la Europa, garantías individuales, instituciones
vigentes. Es un genio, en fin, que ha estado lamentando los errores de
su siglo y preparándose para destruirlos de un golpe. Todo va a ser
nuevo, obra de su ingenio; vamos a ver este portento.
De la Sala de Representantes adonde ha ido a recibir el bastón, se
retira en un coche _colorado_, mandado pintar exprofeso para el acto, al
que están atados cordones de seda _colorada_ y a los que se uncen
aquellos hombres que desde 1833 han tenido la ciudad en continua alarma
por sus atentados y su impunidad; llámase la _Sociedad Popular_ y lleva
el _puñal_ a la cintura, chaleco _colorado_ y una cinta _colorada_ en la
que se lee: _Mueran los unitarios_. En la puerta de su casa le hacen
guardia de honor estos mismos hombres; después acuden los ciudadanos,
después los generales, porque es necesario hacer aquella manifestación
de adhesión sin límites a la persona del Restaurador.
Al día siguiente aparece una proclama y una lista de proscripción, en la
que entra uno de sus concuñados, el doctor Alsina. La proclama aquella,
que es uno de los pocos escritos de Rosas, es un documento precioso que
siento no tener a mano. Era un programa de su gobierno, sin disfraz, sin
rodeos: _el que no está conmigo es mi enemigo_; tal era el axioma de
política consagrado en ella. Se anuncia que va a correr sangre, y tan
sólo promete no atentar contra las propiedades. ¡Ay de los que provoquen
su cólera!
Cuatro días después la parroquia de San Francisco anuncia su intención
de celebrar una misa y _Tedéum_ en acción de gracias al Todopoderoso,
etc., etc., invitando al vecindario a solemnizar con su presencia el
acto. Las calles circunvecinas están empavesadas, alfombradas,
tapizadas, decoradas. Es aquello un bazar oriental en que se ostentan
tejidos de damasco, púrpura, oro y pedrerías en decoraciones
caprichosas. El pueblo llena las calles, los jóvenes acuden a la
novedad, las señoras hacen de la parroquia su paseo de la tarde. El
_Tedéum_ se posterga de un día a otro, y la agitación de la ciudad, el
ir y venir, la excitación, la interrupción de todo trabajo dura cuatro,
cinco días consecutivos. La _Gaceta_ repite los más mínimos detalles de
la espléndida función.
Ocho días después otra parroquia anuncia su _Tedéum_; los vecinos se
proponen rivalizar en entusiasmo y obscurecer la pasada fiesta. ¡Qué
lujo de decoraciones; qué ostentación de riquezas y adornos! El retrato
del Restaurador está en la calle en un dosel, en que los terciopelos
_colorados_ se mezclan con los galones y las cordonaduras de oro. Igual
movimiento por más días aún; se vive en la calle, en la parroquia
privilegiada. Pocos días después, otra parroquia, otra fiesta en otro
barrio. ¿Pero hasta cuándo fiestas? ¡Qué! ¿No se cansa este pueblo de
espectáculos? ¿Qué entusiasmo es aquél, que no se resfría en un mes?
¿Por qué no hacen todas las parroquias su función a un tiempo? No; es el
entusiasmo sistemático, ordenado, administrado poco a poco.
Un año después todavía no han concluído las parroquias de dar su fiesta;
el vértigo _oficial_ pasa de la ciudad a la campaña, y es cosa de nunca
acabar. La _Gaceta_ de la época está ahí ocupada año y medio en
describir fiestas federales. El _retrato_ se mezcla en todas ellas,
tirado en un carro hecho para él, por los generales, las señoras, los
federales _netos_. «Et le peuple, enchanté d'un tel spectacle,
enthousiasmé du _Tedéum_, chanté moult bien a Notre-Dame, le peuple
oublia qu'il payait fort cher tout, et se retirait fort joyeux»[38].
De las fiestas sale al fin de año y medio el color _colorado_ como
insignia de adhesión _a la causa_; el retrato de Rosas, colocado en los
altares primero, pasa después a ser parte del equipo de cada hombre, que
debe llevarlo en el pecho, en señal de _amor intenso a la persona_ del
Restaurador. Por último, de entre estas fiestas se desprende al fin la
terrible Mazorca, cuerpo de Policía entusiasta, federal, que tiene por
encargo y oficio echar lavativas de ají y aguarrás a los descontentos
primero, y después, no bastando este tratamiento flogístico, degollar a
aquéllos que se les indique.
La América entera se ha burlado de aquellas famosas fiestas de Buenos
Aires y mirádolas como el colmo de la degradación de un pueblo; pero yo
no veo en ellas sino un designio político, el más fecundo en resultados.
¿Cómo encarnar en una República que no conoció reyes jamás la idea de
la _personalidad de gobierno_? La cinta colorada es una materialización
del terror que os acompaña a todas partes, en la calle, en el seno de la
familia; es preciso pensar en ella al vestirse, al desnudarse, y las
ideas se nos grava siempre por asociación. La vista de un árbol en el
campo nos recuerda lo que íbamos conversando diez años antes al pasar
por cerca de él, ¡figuráos las ideas que trae consigo asociadas la cinta
colorada y las impresiones indelebles que ha debido dejar unidas a la
imagen de Rosas!