Obtúvolas, empero, a fuerza de ruegos y de seducciones para mientras

tanto durase la guerra de Córdoba; concluída la cual, empezaron de nuevo

las exigencias de hacerle desnudarse de aquel poder ilimitado. La ciudad

de Buenos Aires no concebía por entonces, cualesquiera que fuesen las

ideas de partido que dividiesen a sus políticos, cómo podía existir un

Gobierno absoluto. Rosas, empero, resistía blandamente, mañosamente. «No

es para hacer uso de ellas--decía--, sino porque, como dice mi

secretario García Zúñiga, es preciso, como el maestro de escuela, estar

con el _chicote_ en la mano para que respeten la autoridad.» La

comparación ésta le había parecido irreprochable y la repetía sin cesar.

Los ciudadanos, niños; el gobernador, el hombre, el maestro. El ex

gobernador no descendía, empero, a confundirse con los ciudadanos; la

obra de tantos años de paciencia y de acción estaba a punto de

terminarse; el período legal en que había ejercido el mando le había

enseñado todos los secretos de la Ciudadela; conocía sus avenidas sus

puntos mal fortificados, y si salía del Gobierno, era sólo para poder

tomarlo desde afuera por asalto, sin restricciones constitucionales, sin

trabas ni responsabilidad. Dejaba el bastón, pero se armaba de la

espada, para venir con ella más tarde, y dejar uno y otra por el hacha y

las varas, antigua insignia de los reyes romanos.

Una poderosa expedición de que él se había nombrado jefe, se había

organizado durante el último período de su gobierno, para asegurar y

ensanchar los límites de la provincia hacia el Sur, teatro de las

frecuentes incursiones de los salvajes. Debía hacerse una batida general

bajo un plan grandioso; un ejército compuesto de tres divisiones obraría

sobre un frente de cuatrocientas leguas, desde Buenos Aires hasta

Mendoza. Quiroga debía mandar las fuerzas del interior, mientras que

Rosas seguiría la costa del Atlántico con su división. Lo colosal y lo

útil de la empresa ocultaba a los ojos del vulgo el pensamiento

puramente político que bajo el velo tan especioso se disimulaba.

Efectivamente: ¿qué cosa más bella que asegurar la frontera de la

República hacia el Sur, escogiendo un gran río por límite con los

indios, y resguardándola con una cadena de fuertes, propósito en manera

alguna impracticable, y que en el _Viaje de Cruz desde Concepción a

Buenos Aires_ había sido luminosamente desenvuelto? Pero Rosas estaba

muy distante de ocuparse de empresas que sólo al bienestar de la

República propendiesen. Su ejército hizo un paseo marcial hasta el Río

Colorado, marchando con lentitud, y haciendo observaciones sobre el

terreno, clima y demás circunstancias del país que recorría.

Algunos toldos de indios fueron desbaratados, alguna chusma hecha

prisionera; a esto limitáronse los resultados de aquella pomposa

expedición, que dejó la frontera indefensa como antes, y como se

conserva hasta el día de hoy. Las divisiones de Mendoza y San Luis

tuvieron resultados menos felices aún, y regresaron después de una

estéril excursión a los desiertos del Sur. Rosas enarboló entonces por

la primera vez su bandera colorada, semejante en todo a la de Argel o a

la del Japón, y se hizo dar el título de Héroe del Desierto, que venía

en corroboración del que ya había obtenido de Ilustre Restaurador de las

Leyes, de esas mismas leyes que se proponía abrogar por su base[34].

Facundo, demasiado penetrante para dejarse alucinar sobre el objeto de

la gran expedición, permaneció en San Juan hasta el regreso de las

divisiones del interior. La de Huidobro, que había entrado al desierto

por frente a San Luis, salió en derechura a Córdoba, y a su aproximación

fué sofocada una revolución capitaneada por los Castillos, que tenía por

objeto quitar del Gobierno a los Reinafé, que obedecían a la influencia

de López. Esta revolución se hacía por los intereses y bajo la

inspiración de Facundo; los primeros cabecillas fueron desde San Juan,

residencia de Quiroga, y todos sus fautores. Arredondo, Camargo, etc.,

eran sus decididos partidarios. Los periódicos de la época no dijeron

nada, empero, sobre las conexiones de Facundo con aquel movimiento; y

cuando Huidobro se retiró a sus acantonamientos, y Arredondo y otros

caudillos fueron fusilados, nada quedó por hacerse ni decirse sobre

aquellos movimientos; porque la guerra que debían hacerse entre sí las

dos fracciones de la República, los dos caudillos que se disputaban

sordamente el mando, debía serlo sólo de emboscadas, de lazos y de

traiciones. Es un combate mudo, en que no se miden fuerzas, sino

audacias de parte del uno, y astucia y amaño por parte del otro. Esta

lucha entre Quiroga y Rosas es poco conocida, no obstante que abraza un

período de cinco años. Ambos se detestan, se desprecian, no se pierden

de vista un momento, porque cada uno de ellos siente que su vida y su

porvenir dependen del resultado de este juego terrible.

Creo oportuno hacer sensible por un cuadro la geografía política de la

República desde 1822 adelante, para que el lector comprenda mejor los

movimientos que empiezan a operarse.

REPÚBLICA ARGENTINA

REGIÓN DE LOS ANDES

_Unidad bajo la influencia de Quiroga._

Jujuy.

Salta.

Tucumán.

Catamarca.

La Rioja.

San Juan.

Mendoza.

San Luis.

LITORAL DEL PLATA

_Federación bajo el pacto de la Liga Litoral._

Corrientes--Ferré.

Entre Ríos. }

Santa Fe. } López.

Córdoba. }

Buenos Aires.--Rosas.

_Federación Feudal._

Santiago del Estero

bajo la dominación de Ibarra.

López de Santa Fe extendía su influencia sobre Entre Ríos por medio de

Echagüe, santafecino y criatura suya, y sobre Córdoba por los Reinafé.

Ferré, hombre de espíritu independiente, provincialista, mantuvo a

Corrientes fuera de la lucha hasta 1839; bajo el gobierno de Berón de

Astrada volvió las armas de aquella provincia contra Rosas, que con su

acrecentamiento de poder había hecho ilusorio el pacto de la Liga. Ese

mismo Ferré, por ese espíritu de provincialismo estrecho, declaró

desertor en 1840 a Lavalle, por haber pasado el Paraná con el ejército

correntino; y después de la batalla de Caaguazú quitó al general Paz el

ejército victorioso, haciendo así malograr las ventajas decisivas que

pudo producir aquel triunfo.

Ferré en estos procedimientos, como en la Liga Litoral que en años atrás

había promovido, estaba inspirado por el espíritu provincial de

independencia y aislamiento, que había despertado en todos los ánimos la

revolución de la independencia. Así, pues, el mismo sentimiento que

había echado a Corrientes en la oposición a la Constitución unitaria de

1826, le hacía desde 1838 echarse en la oposición a Rosas que

centralizaba el poder. De aquí nacen los desaciertos de aquel caudillo y

los desastres que se siguieron a la batalla de Caaguazú, estéril no sólo

para la República en general, sino para la provincia misma de

Corrientes; pues centralizado el resto de la nación por Rosas, mal

podría ella conservar su independencia feudal y federal.

Terminada la expedición al Sur, o, por mejor decir, desbaratada porque

no tenía verdadero plan ni fin real, Facundo se marchó a Buenos Aires

acompañado de su escolta y de Barcala, y entra en la ciudad sin haberse

tomado la molestia de anunciar a nadie su llegada. Estos procedimientos

subversivos de toda forma recibida, podrían dar lugar a muy largos

comentarios, si no fueran sistemáticos y característicos. ¿Qué objeto

llevaba a Quiroga esta vez a Buenos Aires? ¿Es otra invasión que, como

la de Mendoza, hace sobre el centro del poder de su rival? El

espectáculo de la civilización, ¿ha dominado al fin su rudeza selvática,

y quiere vivir en el seno del lujo y de las comodidades? Yo creo que

todas estas causas reunidas aconsejaron a Facundo su mal aconsejado

viaje a Buenos Aires. El poder educa, y Quiroga tenía todas las altas

dotes de espíritu que permiten a un hombre corresponder siempre a su

nueva posición, por encumbrada que sea. Facundo se establece en Buenos

Aires, y bien pronto se ve rodeado de los hombres más notables; compra

seiscientos mil pesos de fondos públicos; juega a la alta y baja; habla

con desprecio de Rosas; declárase unitario entre los unitarios, y la

palabra constitución no abandona sus labios. Su vida pasada, sus actos

de barbarie, poco conocidos en Buenos Aires, son explicados entonces y

justificados por la necesidad de vencer, por la de su propia

conservación. Su conducta es mesurada, su aire noble e imponente, no

obstante que lleva _chaqueta_, el poncho terciado, y la barba y el pelo

enormemente abultados.

Quiroga, durante su residencia en Buenos Aires, hace algunos ensayos de

su poder personal. Un hombre con cuchillo en mano no quería entregarse a

un sereno. Acierta a pasar Quiroga por el lugar de la escena, embozado

en su poncho como siempre; párase a ver, y súbitamente arroja el poncho,

lo abraza e inmoviliza. Después de desarmarlo, él mismo lo conduce a la

Policía, sin haber querido dar a su nombre al sereno, como tampoco lo

dió en la Policía, donde fué, sin embargo, reconocido por un oficial;

los diarios publicaron al día siguiente aquel acto de arrojo. Sabe una

vez que cierto boticario ha hablado con desprecio de sus actos de

barbarie en el interior. Facundo se dirije a su botica y lo interroga.

El boticario se le impone y le dice que allí no está en las provincias

para atropellar a nadie impunemente.

Este suceso llena de placer a toda la ciudad de Buenos Aires. ¡Pobre

Buenos Aires, tan candorosa, tan engreída con sus instituciones! ¡Un año

más y seréis tratada con más brutalidad que fué tratado el interior por

Quiroga! La Policía hace entrar sus satélites a la habitación misma de

Quiroga en persecución del huésped de la casa, y Facundo, que se ve

tratado tan sin miramiento, extiende el brazo, coge el puñal, se

endereza en la cama donde está recostado, y en seguida vuelve a

reclinarse y abandona lentamente el arma homicida. Siente que hay allí

otro poder que el suyo, y que pueden meterlo en la cárcel si se hace

justicia a sí mismo.

Sus hijos están en los mejores colegios; jamás les permite vestir sino

frac o levita, y a uno de ellos que intenta dejar sus estudios para

abrazar la carrera de las armas, lo pone de tambor en un batallón hasta

que se arrepienta de su locura. Cuando algún coronel le habla de enrolar

en su cuerpo en clase de oficial a alguno de sus hijos: «si fuera en un

regimiento mandado por Lavalle--contesta burlándose--, ya; ¡pero en

estos cuerpos!...» Si se habla de escritores, ninguno hay que, en su

concepto, pueda rivalizar con los Varela, que tanto mal han dicho de él.

Los únicos hombres honrados que tiene la República son Rivadavia y Paz:

«ambos tenían las más sanas intenciones». A los unitarios sólo exige un

secretario como el doctor Ocampo, un político que redacte una

Constitución, y con una imprenta se marchará a San Luis, y desde allí la

enseñará a toda la República en la punta de una lanza.

Quiroga, pues, se presenta como el centro de una nueva tentativa de

reorganizar la República; y pudiera decirse que conspira abiertamente,

si todos estos propósitos, todas aquellas bravatas no careciesen de

hechos que viniesen a darles cuerpo. La falta de hábitos de trabajo, la

pereza de pastor, la costumbre de esperarlo todo del terror, acaso la

novedad del teatro de acción, paralizan su pensamiento, lo mantienen en

una expectativa funesta que lo compromete últimamente y lo entrega

maniatado a su astuto rival. No han quedado hechos ningunos que

acrediten que Quiroga se proponía obrar inmediatamente, si no son sus

inteligencias con los gobernadores del interior, y sus indiscretas

palabras repetidas por unitarios y federales, sin que los primeros se

resuelvan a fiar su suerte en manos como las suyas, ni los federales lo

rechacen como desertor de sus filas.

Y mientras tanto que se abandona así a una peligrosa indolencia, ve cada

día acercarse la boa que ha de sofocarlo en sus redobladas lazadas. El

año 1833, Rosas se hallaba ocupado en su fantástica expedición, y tenía

su ejército obrando al sur de Buenos Aires, desde donde observaba al

gobierno de Balcarce. La provincia de Buenos Aires presentó poco después

uno de los espectáculos más singulares. Me imagino lo que sucedería en

la tierra si un poderoso cometa se acercase a ella: al principio, el

malestar general; después, rumores sordos, vagos; en seguida, las

oscilaciones del globo atraído fuera de su órbita; hasta que al fin los

sacudimientos convulsivos, el desplome de las montañas, el cataclismo,

traerían el caos que precede a cada una de las creaciones sucesivas de

que nuestro globo ha sido teatro.

Tal era la influencia que Rosas ejercía en 1834. El Gobierno de Buenos

Aires se sentía cada vez más circunscrito en su acción, más embarazado

en su marcha, más dependiente del Héroe del Desierto. Cada comunicación

de éste era un reproche dirigido a su Gobierno, una cantidad exorbitante

exigida para el ejército, alguna demanda inusitada; luego la campaña no

obedecía a la ciudad, y era preciso poner a Rosas la queja de este

desacato de sus edictos. Más tarde, la desobediencia entraba en la

ciudad misma; últimamente, hombres armados recorrían las calles a

caballo disparando tiros, que daban muerte a algunos transeúntes. Esta

desorganización de la sociedad iba de día en día aumentándose como un

cáncer y avanzando hasta el corazón, si bien podía discernirse el camino

que traía desde la tienda de Rosas a la campaña, de la campaña a un

barrio de la ciudad, de allí a cierta clase de hombres, los carniceros,

que eran los principales instigadores.

El gobierno de Balcarce había sucumbido en 1833, al empuje de este

desbordamiento de la campaña sobre la ciudad. El partido de Rosas

trabajaba con ardor para abrir un largo y despejado camino al Héroe del

Desierto, que se aproximaba a recibir la ovación merecida: el Gobierno;

pero el partido federal de la _ciudad_ burla todavía sus esfuerzos si

quiere hacer frente. La Junta de Representantes se reúne en medio del

conflicto que trae la acefalia del Gobierno, y el general Viamont, a su

llamado, se presenta con la prisa en traje de casa y se atreve aún a

hacerse cargo del Gobierno. Por un momento parece que el orden se

restablece y la pobre ciudad respira; pero luego principia la misma

agitación, los mismos manejos, los grupos de hombres que recorren las

calles, que distribuyen latigazos a los pasantes.

Es indecible el estado de alarma en que vivió un pueblo entero durante

dos años, con este extraño y sistemático desquiciamiento. De repente se

veían las gentes disparando por las calles, y el ruido de las puertas

que se cerraban iba repitiéndose de manzana en manzana, de calle en

calle. ¿De qué huían? ¿Por qué se encerraban a la mitad del día? ¡Quién

sabe! Alguno había dicho que venían..., que se divisaba un grupo..., que

se había oído el tropel lejano de caballos.

Una de estas veces marchaba Facundo Quiroga por una calle seguido de un

ayudante, y al ver a estos hombres con frac que corren por las veredas,

a las señoras que huyen sin saber de qué, Quiroga se detiene, pasea una

mirada de desdén sobre aquellos grupos, y dice a su edecán: «Este pueblo

se ha enloquecido.» Facundo había llegado a Buenos Aires poco después de

la caída de Balcarce. «Otra cosa hubiera sucedido--decía--si yo hubiese

estado aquí.--¿Y qué habría hecho, general?--le replicaba uno de los que

escuchándole había; S. E. no tiene influencia sobre esta plebe de Buenos

Aires.» Entonces Quiroga, levantando la cabeza, sacudiendo su negra

melena, y despidiendo rayos de sus ojos, le dice con voz breve y seca:

«¡Mire usted!, habría salido a la calle, y al primer hombre que hubiera

encontrado, le habría dicho: ¡sígame!; ¡y ese hombre me habría seguido!»

Tal era la avasalladora energía de las palabras de Quiroga, tan

imponente su fisonomía, que el incrédulo bajó la vista aterrado, y por

largo tiempo nadie se atrevió a desplegar los labios.

El general Viamont renuncia al fin, porque ve que no se puede gobernar,

que hay una mano poderosa que detiene las ruedas de la administración.

Búscase alguien que quiera reemplazarlo; se pide por favor a los más

animosos que se hagan cargo del bastón, y nadie quiere; todos se encogen

de hombros y ganan sus casas amedrentados. Al fin se coloca a la cabeza

del Gobierno al doctor Maza, el maestro, el mentor y amigo de Rosas, y

creen haber puesto remedio al mal que los aqueja. ¡Vana esperanza! El

malestar crece, lejos de disminuir.

Anchorena se presenta al Gobierno pidiendo que reprima los desórdenes, y

sabe que no hay medio alguno a su alcance; que la fuerza de la Policía

no obedece; que hay órdenes de afuera. El general Guido, el doctor

Alcorta, dejan oír todavía en la Junta de Representantes algunas

protestas enérgicas contra aquella agitación convulsiva en que se tiene

a la ciudad; pero el mal sigue, y para agravarlo, Rosas reprocha al

Gobierno, desde su campamento, los desórdenes que él mismo fomenta. ¿Qué

es lo que quiere este hombre? ¿Gobernar? Una comisión de la Sala va a

ofrecerle el Gobierno; le dice que sólo él puede poner término a aquella

angustia, a aquella agonía de dos años. Pero Rosas no quiere gobernar, y

nuevas comisiones, nuevos ruegos. Al fin halla medio de conciliarlo

todo. Les hará el favor de gobernar, si los tres años que abraza el

período legal se prolongan a cinco, y se le entrega la _suma_ del Poder

público, palabra nueva cuyo alcance sólo él comprende.

En estas transacciones se hallaba la ciudad de Buenos Aires y Rosas,

cuando llega la noticia de un desavenimiento entre los gobiernos de

Salta, Tucumán y Santiago del Estero, que podía hacer estallar la

guerra. Cinco años van corridos desde que los unitarios han desaparecido

de la escena política, y dos desde que los federales de la ciudad, los

_lomos negros_, han perdido toda influencia en el Gobierno, cuando más

tiene valor para exigir algunas condiciones que hagan tolerable la

capitulación. Rosas, entretanto que la _ciudad_ se rinde a discreción,

con sus constituciones, sus garantías individuales, con sus

responsabilidades impuestas al Gobierno, agita fuera de Buenos Aires

otra máquina no menos complicada.

Sus relaciones con López de Santa Fe son activas, y tiene además una

entrevista en que conferencian ambos caudillos; el Gobierno de Córdoba

está bajo la influencia de López, que ha puesto a su cabeza a los

Reinafé. Invítase a Facundo a ir a interponer su influencia para apagar

las chispas que se han levantado en el Norte de la República; nadie sino

él está llamado para desempeñar esta misión de paz. Facundo resiste,

vacila; pero se decide al fin. El 18 de diciembre de 1835 sale de Buenos

Aires, y al subir a la galera, dirige en presencia de varios amigos sus

adioses a la ciudad. «Si salgo bien--dice, agitando la mano--, te

volveré a ver; si no, ¡adiós para siempre!» ¿Qué siniestros

presentimientos vienen a asomar en aquel momento su faz lívida, en el

ánimo de este hombre impávido? ¿No recuerda el lector que algo parecido

manifestaba Napoleón al partir de las Tullerías para la campaña que

debía terminar en Waterlóo?

Apenas ha andado media jornada, encuentra un arroyo fangoso que detiene

la galera. El vecino maestro de posta acude solícito a pasarla; se ponen

nuevos caballos, se apuran todos los esfuerzos, y la galera no avanza.

Quiroga se enfurece, y hace uncir a las varas al mismo maestro de posta.

La brutalidad y el terror vuelven a aparecer desde que se halla en el

campo, en medio de aquella naturaleza y de aquella sociedad semibárbara.

Vencido aquel primer obstáculo, la galera sigue cruzando la Pampa como

una exhalación; camina todos los días hasta las dos de la mañana, y se

pone en marcha de nuevo a las cuatro. Acompáñale el doctor Ortiz, su

secretario, y un joven conocido, a quien a su salida encontró

inhabilitado de ir adelante por la fractura de las ruedas de su

vehículo. En cada posta a que llega hace preguntar inmediatamente: «¿A

qué hora ha pasado un chasque de Buenos Aires?--Hace una hora--¡Caballos

sin pérdida de momento!»--grita Quiroga. Y la marcha continúa. Para

hacer más penosa la situación, parecía que las cataratas del cielo se

habían abierto; durante tres días la lluvia no cesa un momento, y el

camino se ha convertido en un torrente.

Al entrar en la jurisdicción de Santa Fe la inquietud de Quiroga se

aumenta, y se torna en visible angustia cuando en la posta de Pavón sabe

que no hay caballos y que el maestro de posta está ausente. El tiempo

que pasa antes de procurarse nuevos tiros es una agonía mortal para

Facundo, que grita a cada momento: «¡Caballos! ¡Caballos!» Sus

compañeros de viaje nada comprenden de este extraño sobresalto,

asombrados de ver a este hombre, el terror de los pueblos, asustadizo

ahora y lleno de temores, al parecer quiméricos. Cuando la galera logra

ponerse en marcha, murmura en voz baja, como si hablara consigo mismo:

«Si salgo del territorio de Santa Fe, no hay cuidado por lo demás.» En

el paso del Río Tercero acuden los gauchos de la vecindad a ver al

famoso Quiroga, y pasan la galera punto menos que a hombros.

Ultimamente llega a la ciudad de Córdoba a las nueve y media de la

noche, y una hora después del arribo del chasque de Buenos Aires, a

quien ha venido pisando desde su salida. Uno de los Reinafé acude a la

posta, donde Facundo está aún en la galera pidiendo caballos, que no hay

en aquel momento. Salúdalo con respeto y efusión; suplícale que pase la

noche en la ciudad, donde el Gobierno se prepara a hospedarlo

dignamente. «¡Caballos necesito!», es la breve respuesta que da Quiroga.

«¡Caballos!», replica a cada nueva manifestación de interés o solicitud

de parte de Reinafé, que se retira al fin humillado, y Facundo parte

para su destino a las doce de la noche.

La ciudad de Córdoba, entretanto, estaba agitada por los más extraños

rumores; los amigos del joven que ha venido por casualidad en compañía

de Quiroga, y que se queda en Córdoba, su patria, van en tropel a

visitarlo. Se admiran de verlo vivo y le hablan del peligro inminente

de que se ha salvado. Quiroga debía ser asesinado en tal punto; los

asesinos son N. y N.; las pistolas han sido compradas en tal almacén;

han sido vistos N. y N. para encargarse de la ejecución, y se han

negado. Quiroga los ha sorprendido con la asombrosa rapidez de su

marcha, pues no bien llega el chasque que anuncia su próximo arribo,

cuando se presenta él mismo y hace abortar todos los preparativos. Jamás

se ha premeditado un atentado con más descaro; toda Córdoba está

instruída de los más mínimos detalles del crimen que el Gobierno

intenta, y la muerte de Quiroga es el asunto de todas las

conversaciones.

Quiroga, en tanto, llega a su destino, arregla las diferencias entre los

gobernantes hostiles y regresa por Córdoba, a despecho de las reiteradas

instancias de los gobernadores de Santiago y Tucumán, que le ofrecen una

gruesa escolta para su custodia, aconsejándole tomar el camino de Cuyo

para regresar. ¿Qué genio vengativo cierra su corazón y sus oídos y le

hace obstinarse en volver a desafiar a sus enemigos, sin escolta, sin

medios adecuados de defensa? ¿Por qué no toma el camino de Cuyo,

desentierra sus inmensos depósitos de armas a su paso por La Rioja y

arma las ocho provincias que están bajo su influencia? Quiroga lo sabe

todo; aviso tras de aviso ha recibido en Santiago del Estero; sabe el

peligro de que su diligencia lo ha salvado; sabe el nuevo y más

inminente que le aguarda, porque no han desistido sus enemigos del

concebido designio. «¡A Córdoba!», grita a los postillones al ponerse en

marcha, como si Córdoba fuese el término de su viaje[35].

Antes de llegar a la posta del Ojo de Agua, un joven sale del bosque y

se dirige hacia la galera, requiriendo al postillón que se detenga.

Quiroga asoma la cabeza por la portezuela y le pregunta lo que se le

ofrece. «Quiero hablar al doctor Ortiz.» Desciende éste y sabe lo

siguiente: «En las inmediaciones del lugar llamado Barranca-Yaco está

apostado Santos Pérez con una partida; al arribo de la galera deben

hacerle fuego de ambos lados y matar en seguida de postillón arriba;

nadie debe escapar; ésta es la orden.» El joven, que ha sido en otro

tiempo favorecido por el doctor Ortiz, ha venido a salvarlo; tiénele

caballo allí mismo para que monte y se escape con él; su hacienda está

inmediata. El secretario, asustado, pone en conocimiento de Facundo lo

que acaba de saber y le insta para que se ponga en seguridad. Facundo

interroga de nuevo al joven Sandivaras, le da las gracias por su buena

acción, pero lo tranquiliza sobre los temores que abriga. «No ha nacido

todavía--le dice con voz enérgica--el hombre que ha de matar a Facundo

Quiroga. A un grito mío esa partida mañana se pondrá a mis órdenes y me

servirá de escolta hasta Córdoba. Vaya usted, amigo, sin cuidado.»

Facundo · 第 16 / 24 段