¡Ya no hay tiempo! ¡Los han fusilado! Un grito de horror sale de entre

aquel coro de ángeles, que se escapa como una bandada de palomas

perseguidas por el halcón. ¡Los habían fusilado, en efecto! ¡Pero cómo!

Treinta y tres oficiales, de coroneles abajo, formados en la plaza,

desnudos enteramente, reciben parados la descarga mortal. Dos

hermanitos, hijos de una distinguida familia de Buenos Aires, se abrazan

para morir, y el cadáver del uno resguarda de las balas al otro. «Yo

estoy libre--grita--; me he salvado por la ley.» ¡Pobre iluso! ¡Cuánto

hubiera dado por la vida! ¡Al confesarse había sacado una sortija de la

boca donde, para que no se la quitaran, habíala escondido, encargando al

sacerdote devolverla a su linda prometida, que al recibirla dió, en

cambio, la razón, que no ha recobrado hasta hoy la pobre loca!

Los soldados de caballería enlazan cada uno su cadáver y lo llevan

arrastrando al cementerio, si bien algunos pedazos de cráneos, un brazo

y otros miembros quedan en la plaza de Tucumán, y sirven de pasto a los

perros. ¡Ah! ¡Cuántas glorias arrastradas así por el lodo! ¡Don Juan

Manuel Rosas hacía matar del mismo modo y casi al mismo tiempo, en San

Nicolás de los Arroyos, veintiocho oficiales, fuera de ciento y más que

habían perecido obscuramente! ¡Chacabuco, Maipú, Junín, Ayacucho,

Ituzaingó! ¿Por qué han sido tus laureles una maldición para todos los

que los llevaron?

Si al horror de estas escenas puede añadirse algo, es la suerte que cupo

al respetable coronel Arraya, padre de ocho hijos, prisionero, con tres

lanzadas en la espalda; se le hizo entrar en Tucumán a pie, desnudo,

desangrándose y cargado con ocho fusiles. Extenuado de fatiga, fué

preciso concederle una cama en una casa particular. A la hora de la

ejecución en la plaza, algunos tiradores penetran hasta su habitación, y

en la cama lo traspasan a balazos, haciéndole morir en medio de las

llamaradas de las incendiadas sábanas.

El coronel Barcala, el ilustre negro, fué el único jefe exceptuado de

esta carnicería, porque Barcala era el amo de Córdoba y de Mendoza, en

donde los _cívicos_ lo idolatraban. Era un instrumento que podía

conservarse para lo futuro; ¿quién sabe lo que más tarde podrá suceder?

Al día siguiente principia en toda la ciudad una operación que se llama

_secuestro_. Consiste en poner centinelas en las puertas de todas las

tiendas y almacenes, en las barracas de cueros, en las curtiembres de

las suelas, en los depósitos de tabaco. En todas, porque en Tucumán no

hay federales, esta planta que no ha podido crecer sino después de tres

buenos riegos de sangre que ha dado al suelo Quiroga, y otro mayor que

los tres juntos que le otorgó Oribe. Ahora dicen que hay federales que

llevan una cinta que lo acredita, en la que está escrito: _¡Mueran los

salvajes, inmundos unitarios!_ ¡Cómo dudarlo un momento!

Todas aquellas propiedades mobiliarias y los ganados de las campañas

pertenecen de derecho a Facundo. Doscientas cincuenta carretas con la

dotación de diez y seis bueyes cada una, se ponen en marcha para Buenos

Aires llevando los productos del país. Los efectos europeos se ponen en

un depósito que surte a un baratillo, en el que los comandantes

desempeñan el oficio de baratilleros. Se vende todo y a vil precio.

Hay más todavía: Facundo en persona vende camisas, enaguas de mujeres,

vestidos de niños; los despliega, los enseña y agita ante la

muchedumbre. Un medio, un real, todo es bueno; la mercadería se

despacha, el negocio está brillante, faltan brazos, la multitud se

agolpa, se ahoga en la apretura. Sólo sí empieza a notarse que, pasados

algunos días, los compradores escasean, y en vano se les ofrecen

pañuelos de espumilla bordados por cuatro reales; nadie compra.

¿Qué ha sucedido? ¿Remordimientos de la plebe? Nada de eso. Se ha

agotado el dinero circulante; las contribuciones por una parte, el

secuestro por la otra, la venta barata, han reunido el último medio que

circulaba en la provincia. Si alguno queda en poder de los adictos u

oficiales, la mesa de juego está ahí para dejar al fin y a la postre

vacías todas las bolsas. En la puerta de calle de la casa del general

están secándose al sol hileras de zurrones de plata forrados de cuero.

Ahí permanecen la noche sin custodia, sin que los transeúntes se atrevan

siquiera a mirar.

¡Y no se crea que la ciudad ha sido abandonada al pillaje, o que el

soldado haya participado de aquel botín inmenso! No; Quiroga repetía

después en Buenos Aires, en los círculos de sus _compañeros_: «Yo jamás

he consentido en que el soldado robe, porque me ha parecido inmoral.» Un

chacarrero se queja a Facundo en los primeros días de que sus soldados

le han tomado algunas frutas. Hácelos formar, y los culpables son

reconocidos. Seiscientos azotes es la pena que cada uno sufre. El

vecino, espantado, pide para las víctimas, y le amenazan con llevar la

misma porción. Porque así es el gaucho argentino: mata porque le mandan

sus caudillos matar, y no roba porque no se lo mandan. Si queréis

averiguar cómo no se sublevan estos hombres y no se desencadenan contra

el que no les da nada en cambio de su sangre y de su valor, preguntadle

a don Juan Manuel Rosas todos los prodigios que pueden hacerse con el

terror. ¡El sabe mucho de eso! ¡No sólo al miserable gaucho, sino al

ínclito general, al ciudadano fastuoso y envanecido se le hacen obrar

milagros! ¿No os decía que el terror produce resultados mayores que el

patriotismo?

El coronel del ejército de Chile don Manuel Gregorio Quiroga, ex

gobernador federal de San Juan y jefe de Estado Mayor del ejército de

Quiroga, convencido de que aquel botín de medio millón es sólo para el

general, que acaba de dar de bofetadas a un comandante que ha guardado

para sí algunos reales de la venta de un pañuelo, concibe el proyecto de

sustraer algunas alhajas de valor de las que están amontonadas en el

depósito general y resarcirse con ellas de sus sueldos.

Descúbrese el robo, y el general le manda amarrar contra un poste y

exponerlo a la vergüenza pública; y cuando el ejército regresa a San

Juan, el coronel del ejército de Chile, ex gobernador de San Juan, el

jefe de Estado Mayor, marcha a pie por caminos apenas practicables,

acollarado con un novillo; ¡el compañero del novillo sucumbió en

Catamarca, sin que se sepa si el novillo llegó a San Juan! En fin: sabe

Facundo que un joven Rodríguez, de lo más esclarecido de Tucumán, ha

recibido carta de los prófugos; lo hace aprehender, lo lleva él mismo a

la plaza, lo cuelga y le hace dar seiscientos azotes. Pero los soldados

no saben dar azotes como los que aquel crimen exige, y Quiroga toma las

gruesas riendas que sirven para la ejecución, batiéndolas en el aire con

su brazo hercúleo, y descarga cincuenta azotes para que sirvan de

modelo.

Concluído el acto, él en persona remueve la tina de salmuera, le

refriega las nalgas, le arranca los pedazos flotantes y le mete el puño

en las concavidades que aquéllos han dejado. Facundo vuelve a su casa,

lee las cartas interceptadas, y encuentra en ellas encargos de los

maridos a sus mujeres, libranzas de los comerciantes, recomendaciones de

que no tengan cuidado por ellos, etc. En una palabra: no hay nada que

pueda interesar a la política; entonces pregunta por el joven Rodríguez

y le dicen que está espirando. En seguida se pone a jugar y gana miles.

Don Francisco Reto y don N. Lugones han murmurado entre sí algo sobre

los horrores que presencian. Cada uno recibe trescientos azotes y la

orden de retirarse a sus casas cruzando la ciudad desnudos

_completamente_, las manos puestas en la cabeza y las asentaderas

chorreando sangre; soldados armados van a la distancia para hacer que la

orden se ejecute puntualmente. ¿Y queréis saber lo que es la naturaleza

humana cuando la infamia está entronizada y no hay a quién apelar en la

tierra contra los verdugos? Lugones, que es de carácter travieso, se da

vuelta hacia su compañero de suplicio, y le dice con la mayor

compostura: «Pásame, compañero, la tabaquera; ¡pitemos un cigarro!» En

fin: la disentería se declara en Tucumán, y los médicos aseguran que no

hay remedio, que viene de afecciones morales, del terror, enfermedad

contra la cual no se ha hallado remedio en la República Argentina hasta

el día de hoy.

Facundo se presenta un día en una casa y pregunta por la señora a un

grupo de chiquillos que juegan a las nueces; el más atisbado contesta

que no está. «Dile que yo he estado aquí.--¿Y quién es usted?--Soy

Facundo Quiroga...» El niño cae redondo, y sólo el año pasado ha

empezado a dar indicios de recobrar un poco la razón; los otros echan a

correr llorando a gritos; uno se sube a un árbol, otro salta unas tapias

y se da un terrible golpe..... ¿Qué quería Facundo con esta señora?...

¡Era una hermosa viuda que había atraído sus miradas y venía a

solicitarla! Porque en Tucumán el cupido o el sátiro no estaba ocioso.

Agrádale una jovencita, la habla y la propone llevarla a San Juan.

Imagináos lo que una pobre niña podría contestar a esta deshonrosa

proposición hecha por un tigre.

Se ruboriza, y balbuciendo contesta que ella no podía resolver...; que

su padre... Facundo se dirige al padre, y el angustiado padre,

disimulando su horror, objeta que quién le responde de su hija; que la

abandonarán. Facundo satisface todos las objeciones, y el infeliz padre,

no sabiendo lo que se dice y creyendo cortar aquel mercado abominable,

propone que se le haga un documento... Facundo toma la pluma y extiende

la seguridad requerida, pasando papel y pluma al padre para que firme en

convenio. El padre es padre al fin, y la naturaleza habla diciendo: «¡No

firmo; mátame!--¡Eh, viejo cochino!», le contesta Quiroga, y toma la

puerta ahogándose de rabia.

Quiroga, el campeón de la _causa que han jurado los pueblos_, como se

estila decir por allá, era bárbaro, avaro y lúbrico, y se entregaba a

sus pasiones sin embozo; su sucesor no saquea los pueblos, es verdad; no

ultraja el pudor de las mujeres; no tiene más que una pasión, una

necesidad: la sed de _sangre humana_ y la del despotismo. En cambio,

sabe usar de las palabras y de las formas que satisfacen la exigencia de

los indiferentes. Los _salvajes_, los _sanguinarios_, los _pérfidos_,

_inmundos_ unitarios, el _sanguinario_ duque de Abrantes, el _pérfido_

ministro del Brasil, ¡la _federación_!, ¡el _sentimiento americano_!,

¡el oro _inmundo_ de Francia, las _pretensiones inícuas_ de la

Inglaterra, la _conquista europea_! Palabras así bastan para encubrir

la más espantosa y larga serie de crímenes que ha visto el siglo XIX.

¡Rosas!, ¡Rosas!, ¡Rosas!, ¡me prosterno y humillo ante tu poderosa

inteligencia! ¡Sois grande como el Plata, como los Andes! ¡Sólo tú has

comprendido cuán despreciable es la especie humana, sus libertades, su

ciencia y su orgullo! ¡Pisoteadla!; ¡que todos los Gobiernos del mundo

civilizado te acatarán a medida que seas más insolente! ¡Pisoteadla!;

¡que no te faltarán perros fieles que, recogiendo el mendrugo que les

tiras, vayan a derramar su sangre en los campos de batalla o a ostentar

en el pecho vuestra marca colorada por todas las capitales americanas!

¡Pisoteadla!, ¡oh!, ¡sí; pisoteadla!...

En Tucumán, Salta y Jujuy quedaba, por la invasión de Quiroga,

interrumpido o debilitado un gran movimiento industrial y progresivo en

nada inferior al que de Mendoza indicamos. El doctor Colombres, a quien

Facundo cargaba de prisiones, había introducido y fomentado el cultivo

de la caña de azúcar, a que tanto se presta el clima, no dándose por

satisfecho de su obra hasta que diez grandes ingenios estuvieron en

movimiento. Costear plantas de la Habana, mandar agentes a los ingenios

del Brasil para estudiar los procedimientos y aparejos, destilar la

melaza, todo se había realizado con ardor y suceso cuando Facundo echó

sus caballadas en los cañaverales y desmontó gran parte de los nacientes

ingenios.

Una sociedad de agricultura publicaba ya sus trabajos y se preparaba a

ensayar el cultivo del añil y de la cochinilla. A Salta se habían traído

de Europa y Norteamérica talleres y artífices para tejidos de lana,

paños abatanados, jergones para alfombras y tafiletes, de todo lo que ya

se había alcanzado resultados satisfactorios. Pero lo que más

preocupaba a aquellos pueblos, porque es lo que más vitalmente les

interesa, era la navegación del Bermejo, grande arteria comercial, que,

pasando por las inmediaciones o términos de aquellas provincias, afluye

al Paraná y abre una salida a las inmensas riquezas que aquel cielo

tropical derrama por todas partes.

El porvenir de aquellas hermosas provincias depende de la habilitación

para el comercio de las vías acuáticas; de ciudades mediterráneas,

pobres y poco populosas, podrían convertirse en diez años en otros

tantos focos de civilización y de riqueza, si pudiesen, favorecidas por

un Gobierno hábil, consagrarse a allanar los ligeros obstáculos que se

oponen a su desenvolvimiento. No son éstos sueños quiméricos de un

porvenir probable; pero lejano, no.

En Norteamérica las márgenes del Mississipí y de sus afluentes se han

cubierto en menos de diez años no sólo de populosas y grandes ciudades,

sino de Estados nuevos que han entrado a formar parte de la Unión; y el

Mississipí no es más aventajado que el Paraná; ni el Ohío, el Illinois y

el Arkansas recorren territorios más feraces ni comarcas más extensas

que las del Pilcomayo, el Bermejo, el Paraguay y tantos grandes ríos que

la Providencia ha colocado entre nosotros para marcarnos el camino que

han de seguir más tarde las nuevas poblaciones que formarán la Unión

argentina. Rivadavia había puesto en la carpeta de su bufete como asunto

vital la navegación interna de los ríos; en Salta y Buenos Aires se

había formado una gran asociación que contaba con medio millón de pesos,

y el ilustre Sola realizado su viaje y publicado la carta del río.

¡Cuánto tiempo perdido desde 1825 hasta 1845! ¡Cuánto tiempo más aún

hasta que Dios sea servido ahogar el monstruo de la Pampa! Porque Rosas,

oponiéndose tan tenazmente a la libre navegación de los ríos;

pretextando temores de intrusión europea; hostilizando a las ciudades

del interior y abandonándolas a sus propias fuerzas, no obedece

simplemente a las preocupaciones españolas contra los extranjeros, no

cede solamente a las sugestiones de porteño ignorante que posee el

puerto y la aduana general de la República sin cuidarse de desenvolver

la civilización y la riqueza de toda esta nación para que su puerto esté

lleno de buques cargados de productos del interior y su aduana de

mercaderías, sino que principalmente sigue sus instintos de gaucho de la

pampa que mira con horror el agua, con desprecio los buques y que no

conoce más dicha ni felicidad igual a la de montar en buen parejero para

transportarse de un lugar a otro. ¿Qué le importa la morera, el azúcar,

el añil, la navegación de los ríos, la inmigración europea y todo lo que

sale del estrecho círculo de ideas en que se ha criado? ¿Qué le va en

fomentar el interior a él, que vive en medio de las riquezas y posee una

aduana que sin nada de eso le da dos millones de fuertes anuales? Salta,

Jujuy, Tucumán, Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos serían hoy otras

tantas Buenos Aires si se hubiese continuado el movimiento industrial y

civilizador tan poderosamente iniciado por los antiguos unitarios, y del

que, sin embargo, han quedado tan fecundas semillas.

Tucumán tiene hoy una grande explotación de azúcares y licores, que

sería su riqueza si pudiese sacarlos a poco costo de flete a la costa, a

permutarlos por las mercaderías en esa ingrata y torpe Buenos Aires,

desde donde le viene hoy el movimiento barbarizador impreso por el

gaucho de la manta colorada.

Pero no hay males que sean eternos, y un día abrirán los ojos esos

pobres pueblos a quienes se les niega toda libertad de moverse y se les

priva de todos los hombres capaces e inteligentes, que podrían llevar a

cabo la obra de realizar en pocos años el porvenir grandioso a que están

llamados por la naturaleza aquellos países, que hoy permanecen

estacionarios, empobrecidos y devastados.

¿Por qué son perseguidos en todas partes, o más bien, por qué eran

unitarios _salvajes_, y no federales _sabios_, toda esa multitud de

hombres animosos y emprendedores que consagraban su tiempo a diversas

mejoras sociales: éste a fomentar la educación pública, aquél a

introducir el cultivo de la morera, este otro al de la caña de azúcar,

ese otro a seguir el curso de los grandes ríos, sin otro interés

personal, sin otra recompensa que la gloria de merecer bien de sus

conciudadanos? ¿Por qué ha cesado este movimiento y esta solicitud? ¿Por

qué no vemos levantarse de nuevo el genio de la civilización europea,

que brillaba antes, aunque en bosquejo, en la República Argentina? ¿Por

qué su Gobierno, _unitario_ hoy, como no lo intentó jamás el mismo

Rivadavia, no ha dedicado una sola mirada a examinar los inextinguibles

y no tocados recursos de un suelo privilegiado? ¿Por qué no se ha

consagrado una vigésima parte de los millones que devora una guerra

fratricida y de exterminio a fomentar la educación del pueblo y promover

su ventura? ¿Qué se le ha dado, en cambio, de sus sacrificios y de sus

sufrimientos? ¡Un trapo colorado! A esto ha estado reducida la solicitud

del Gobierno durante quince años; ésta es la única medida de

administración nacional, el único punto de contacto entre el amo y el

siervo: ¡marcar el ganado!

CAPÍTULO IX

BARRANCA-YACO

El fuego que por tanto tiempo

abrasó la Albania, se apagó ya. Se

ha limpiado toda la sangre roja, y

las lágrimas de nuestros hijos han

sido enjugadas. Ahora nos atamos

con el lazo de la confederación y

de la amistad.

COLDEN'S, _History of six nations_.

El vencedor de la Ciudadela ha empujado fuera de los confines de la

República a los últimos sostenedores del sistema unitario. Las mechas de

los cañones están apagadas y las pisadas de los caballos han dejado de

turbar el silencio de la Pampa. Facundo ha vuelto a San Juan y

desbandado su ejército, no sin devolver en efectos de Tucumán las sumas

arrancadas por la violencia a los ciudadanos. ¿Qué queda por hacer? La

paz es ahora la condición normal de la República, como lo había sido

antes un estado perpetuo de oscilación y de guerra.

Las conquistas de Quiroga habían terminado por destruir todo sentimiento

de independencia en las provincias, toda regularidad en la

administración. El nombre de Facundo llenaba el vacío de las leyes; la

libertad y el espíritu de ciudad habían dejado de existir, y los

caudillos de provincia reasumidos en uno general para una porción de la

República. Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja, San Juan, Mendoza

y San Luis reposaban, más bien que se movían, bajo la influencia de

Quiroga. Lo diré todo de una vez: el federalismo había desaparecido con

los unitarios, y la fusión unitaria más completa acababa de obrarse en

el interior de la República en la persona del vencedor.

Así, pues, la organización unitaria que Rivadavia había querido dar a la

República, y que había ocasionado la lucha, venía realizándose desde el

interior; a no ser que, para poner en duda este hecho, concibamos que

puede existir federación de ciudades que han perdido toda espontaneidad

y están a merced de un caudillo. Pero, no obstante la decepción de las

palabras usuales, los hechos son tan claros, que ninguna duda dejan.

Facundo habla en Tucumán con desprecio de la soñada federación; propone

a sus amigos que se fijen para presidente de la República en un

provinciano; indica para candidato al doctor don José Santos Ortiz, ex

gobernador de San Luis, su amigo y secretario. «No es gaucho bruto como

yo; es doctor y hombre de bien--dice--, sobre todo, el hombre que sabe

hacer justicia a sus enemigos merece toda confianza.»

Como se ve, en Facundo, después de haber derrotado a los unitarios y

dispersado a los doctores, reaparece su primera idea antes de haber

entrado en la lucha, su decisión por la presidencia y su convencimiento

de la necesidad de poner orden en los negocios de la República. Sin

embargo, algunas dudas lo asaltan. «Ahora, general--le dice alguno--, la

nación se constituirá bajo el sistema federal; no queda ni la sombra de

los unitarios.--¡Hum!,--contesta meneando la cabeza,--todavía hay

_trapitos que machucar_[32]. Y con aire significativo añade:--Los

amigos de abajo[33] no quieren Constitución.» Estas palabras las vertía

ya desde Tucumán. Cuando le llegaron comunicaciones de Buenos Aires y

gacetas en que se registraban los ascensos concedidos a los oficiales

generales que habían hecho la estéril campaña de Córdoba, Quiroga decía

al general Huidobro: «Vea usted si han sido para mandarme dos títulos en

blanco para premiar a mis oficiales, después que nosotros lo hemos hecho

todo. ¡Porteños habían de ser!» Sabe que López tiene en su poder su

caballo moro sin mandárselo, y Quiroga se enfurece con la noticia.

«¡Gaucho, ladrón de vacas!--exclama--, ¡caro te va a costar el placer de

montar en bueno!» Y como las amenazas y los denuestos continuasen,

Huidobro y otros jefes se alarman de la indiscreción con que se vierte

de una manera tan pública.

¿Cuál es el pensamiento secreto de Quiroga? ¿Qué ideas lo preocupan

desde entonces? El no es gobernador de ninguna provincia, no conserva

ejército sobre las armas; tan sólo le quedaba un nombre reconocido y

temido en ocho provincias y aun armamento. A su paso por La Rioja ha

dejado escondidos en los bosques todos los fusiles, sables, lanzas y

tercerolas que ha recolectado en los ocho pueblos que ha recorrido;

pasan de 12.000 armas. Un parque de 26 piezas de artillería queda en la

ciudad, con depósitos abundantes de municiones y fornituras; 16.000

caballos escogidos van a pacer en la quebrada de Huaco: que es un

inmenso valle cerrado por una estrecha garganta.

La Rioja es, además de la cuna de su poder, el punto central de las

provincias que están bajo su influencia. A la menor señal, el arsenal

aquel proveerá de elementos de guerra a 12.000 hombres. Y no se crea que

lo de esconder los fusiles en los bosques es una ficción poética. Hasta

el año 1841 se han estado desenterrando depósitos de fusiles, y créese

todavía, aunque sin fundamento, que no se han exhumado todas las armas

escondidas bajo de tierra entonces. El año 1830 el general La Madrid se

apoderó de un tesoro de 30.000 pesos pertenecientes a Quiroga, y muy

luego fué denunciado otro de 15.000.

Quiroga le escribía después haciéndole cargo de 59.000 pesos, que, según

su dicho, contenían aquellos dos entierros, que sin duda entre otros

había dejado en la Rioja desde antes de la batalla de Oncativo, al mismo

tiempo que daba la muerte y tormento a tantos ciudadanos a fin de

arrancarles dinero para la guerra. En cuanto a las verdaderas cantidades

escondidas, el general La Madrid ha sospechado después que la aserción

de Quiroga fuese exacta, por cuanto habiendo caído prisionero el

descubridor, ofreció 10.000 pesos por su libertad, y no habiéndola

obtenido, se quitó la vida degollándose. Estos acontecimientos son

demasiado ilustrativos para que me excuse de referirlos.

El interior tenía, pues, un jefe; y el derrotado de Oncativo, a quien no

se habían confiado otras tropas en Buenos Aires que unos centenares de

presidiarios, podía ahora mirarse como el segundo, si no el primero, en

poder. Para hacer más sensible la escisión de la República en dos

fracciones, las provincias litorales del Plata habían celebrado un

convenio o federación, por la cual se garantían mutuamente su

independencia y libertad; verdad es que el federalismo feudal existía

allí fuertemente constituído en López, Santa Fe, Ferré y Rosas, jefes

natos de los pueblos que dominaban; porque Rosas empezaba ya a influir

como árbitro en los negocios públicos. Con el vencimiento de Lavalle,

había sido llamado al Gobierno de Buenos Aires, desempeñándolo hasta

1832 con la regularidad que podría haberlo hecho otro cualquiera. No

debo omitir un hecho, sin embargo, que es un antecedente necesario.

Rosas solicitó desde los principios ser investido de _facultades

extraordinarias_, y no es posible detallar las resistencias que sus

partidarios de la _ciudad_ le oponían.

Facundo · 第 15 / 24 段